Malasanta
55. Próspero el Polilla
[Ciudad del sur, 2019]
Próspero el Polilla pensaba que no hay mayor verdad que dormir la siesta sobre las vías del tren. Apoyaba los tacones de las botas sobre una traviesa, las nalgas sobre otra, y una tercera traviesa le servía de almohada. A ambos lados quedaban los raíles que se perdían en su paralelismo infinito y que lo conectaban con cualquier otro punto del planeta sin necesidad de moverse, como si el viaje fuese una posibilidad que pudiese escoger en cualquier momento; le bastaba con extender los brazos a ambos lados para tocar los raíles y sentir en sus manos el tacto de la superficie pulida del hierro recalentado.
«Cuando dos rectas son paralelas decimos que se cortan en un punto del infinito conocido como “punto impropio”». Próspero recordaba vagamente aquella definición de Geometría mientras disfrutaba del duermevela con el sol en la cara y con las piedrecillas que quedaban entre las traviesas clavándosele en la espalda sin demasiada saña. Eran las típicas piedras de vía del tren: grava de cantera de color gris claro y del tamaño de ciruelas, pero con aristas que se sienten a través de la ropa si uno se acuesta sobre ellas; piedras que a veces, cuando hace calor, huelen un poco a gasoil y tienen manchas aceitosas como lunares de gasoil. Le gustaba comparar la percepción de los dedos de sol que le tocaban con levedad las mejillas y los párpados, con la otra sensación más áspera de las piedras bajo su espalda.
En algún sitio ilocalizable, el canto de una chicharra certificaba la proximidad del verano, y era feliz sabiendo que otros tenían que trabajar a esa hora.
Dormitaba con la confianza de que detectaría a tiempo las vibraciones del mercancías de las 16:45. Le sobraría tiempo para incorporarse y alejarse lo suficiente antes de que Socio comenzase a ladrar y, desde una distancia prudente, sentir el viento que provocaban, al pasar uno tras otro, los vagones cisterna que transportaban propano, fertilizantes o lejía, los vagones tolva descubiertos llenos de piedras de carbón, los vagones plataforma que transportaban docenas de automóviles sin estrenar o bosques enteros acostados, o los vagones jaula llenos de terneras o de cerdos que dejaban a su paso, como si fuesen pinceles impregnados de olor, un recuerdo de granja.
Le embargaba una sensación de triunfo mientras se despabilaba, porque había sentido las vibraciones con la suficiente antelación para ponerse a salvo, y eso significaba que un día más merecía despertar de esa siesta; que lo que quedaba de día habría de depararle alguna sorpresa agradable.
Tras desperezarse, se dirigió al parque. Socio, el perro, no estaba contento con lo que allí vería. A Próspero el Polilla, sin embargo, le pareció que aquella tarde había sido bendecida por la suerte. Luego sonreiría todo el rato mostrando las encías de arriba desnudas y cubiertas de cuajarones negros de sangre fresca.
Los chicos le dijeron que le darían diez euros por cada diente que se arrancase. Él dijo «veinte» y, ante su asombro, aceptaron. No podían sospechar que lo habría hecho por diez; tal vez por menos.
Le quedaban bastantes. Pensó que lo mejor sería empezar por los de la parte de delante, arriba. Esos no servían para masticar y no tenían las raíces tan fuertes.
Eligió bien la piedra y calculó el golpe. De la primera pedrada consiguió que aflojasen dos; de la segunda, uno más. Socio aullaba con cada golpe; le dolía el daño que su amigo se hacía a sí mismo más que si se lo hiciesen a él. Los jóvenes se divertían y lo grababan todo con teléfonos móviles. El cuarto se resistió; necesitó otro golpe para acabar de soltarse. Luego, se los fue arrancando de las encías; los movía hacia delante y hacia atrás para que se fueran soltando, y tiraba de ellos hacia abajo hasta que se desprendían con un leve crujido al ir cediendo las últimas fibras que los unían al maxilar. Uno tras otro, los iba entregando a sus compradores como cuatro pequeños triunfos. Ellos no querían tocarlos con las manos, como si estuviesen contaminados, así que Próspero los iba echando en un vaso de cartón de McDonald’s que uno de ellos sacó de una papelera y del que vació un resto de líquido negro.
Hubo aplausos, palmadas en la espalda. «¡Hostia, tío. Qué fuerte!, ¿lo has grabado?». Cada uno de los chicos se sacó un billete de su bolsillo. «¡Está zumbado el tío!». Socio gruñía, enseñaba los dientes y se le erizaba el pelo del lomo; no le gustaban aquellos jóvenes. El Polilla escupió sangre dos o tres veces mientras recibía sus cuatro billetes azules; algunos, nuevecitos. Poseía una fortuna.
Preguntó si querían más dientes. No querían más; ya tenían suficientes, aunque ni siquiera se los llevaron; los dejaron en el vaso de cartón. Luego se hicieron selfis y vídeos junto a un Próspero orgulloso y con una sonrisa amplia, negra y ardiente, que posaba formando una uve con los dedos índice y corazón. Los chicos acercaban sus teléfonos a la boca del hombre para sacar primeros planos, y luego a la del vaso, para grabar su contenido como prueba. «¡Qué asco!», decían las chicas por detrás mientras el que grababa comentaba las imágenes como si se tratase de un documental.
Próspero el Polilla estaba un poco mareado pero feliz. En la boca permanecía un intenso sabor cálido y cobrizo que se dejaba sentir entre palpitaciones y hormigueos. El dolor era soportable, y encontró extraña y casi agradable la sensación de tocar vacío y carne abierta con la punta de la lengua. Se le había hinchado el labio superior, y eso le hacía hablar con voz de borracho sin estarlo. Con tanto dinero en el bolsillo, era una cuestión de tiempo.
El Polilla no entendía que ni siquiera se llevaran los dientes, así que volcó el vaso en su mano y se los guardó en el bolsillo del abrigo. Pensaba que no debían de ser muy listos: se habían gastado un dineral en dientes y después despreciaban su compra. Debían de ser caprichosos, pensaba; hijos de millonarios. Mejor para él.
Fue una chica la que tuvo la otra idea, y los demás la aplaudieron: podría ganar otros veinte euros si se bebía un vaso de su propia orina. Más risas; más móviles grabando.
¿Dieciséis años?, ¿diecisiete? Por ahí debe de andar la cosa.
Mientras orinaba en el vaso de McDonald’s, de espalda a los demás, Próspero hacía cuentas y pensaba que en algún lugar había otra chica de esa misma edad a quien en una época contaba cuentos antes de dormirse. No la reconocería si la viese. Podría incluso ser una de aquellas. Desechó ese pensamiento con rapidez, como si fuese un moscardón molesto que le rondara la cabeza.
—¿Entero?
—Sí. Hasta el fondo; sin respirar. Y que no quede ni una gota.
Bebió de un solo trago prolongado mientras los jóvenes lo jaleaban y lo grababan. Apuró hasta el final, y luego abrió la boca vacía y volcó el vaso para demostrarles que se lo había bebido entero, mientras recogía con la lengua las últimas gotas que le humedecían los labios hinchados. Lo hizo con una sonrisa de triunfo: había sido un reto fácil; más fácil que el de los dientes. Estaba en racha.
Otro billete. Cinco en total. Risas. «¡Qué ascazo, por Dios!, voy a vomitar». «No me lo puedo creer, tía». Más vídeos; más selfis.
—Tío —preguntó el que parecía ser el líder—, ¿te dejarías tatuar una polla en la frente por treinta euros?
—Por cincuenta, todas las que quieras —contestó el Polilla. Los demás chicos reían y movían la cabeza de un lado a otro mientras las chicas se miraban entre ellas con las bocas abiertas de incredulidad.
—Vale, tío, cojonudo. Venimos a buscarte por aquí mañana o pasado y traemos a un colega que hace tatoos; ahora nos tenemos que ir, y además no nos queda tanta pasta.
Luego se marcharon. Iban al centro comercial, dijeron. Habían quedado con otros en la pizzería. Socio ladró una vez más mientras se marchaban; no le gustaba lo que había visto. Más risas alejándose. «Esto lo subo pero ya. La peña lo va a flipar. ¡Qué pasada, tía! Y ya verás cuando grabemos lo de los tatoos; en plan vamos a triunfar».
Cien euros. ¡Cien euros! Nunca había tenido tanto dinero en su vida o, si alguna vez lo tuvo, hacía tanto tiempo que ya no lo recordaba.
Le daba vértigo tener tanto. Si nadie se enteraba, le podría durar una buena temporada. Habría que pensar en la mejor manera de invertirlos. Retomó los dientes del fondo del bolsillo, les limpió los restos de sangre con la manga de su abrigo, y con las uñas rascó las hebras de carne que habían quedado adheridas a las raíces. Se dio cuenta entonces de lo estropeados que estaban; de un color óxido oscuro con zonas negras. De todas maneras, pensó, no le habrían durado mucho más. Al acabar, se los volvió a guardar en el bolsillo, junto al dinero.
Al fin su vida había dado un giro. La tarde no podía haberse dado mejor, y tal vez el día siguiente podría ganar más si iban en serio con el asunto de los tatuajes. Socio gemía muy flojito. Las nubes habían dejado salir al sol.
Malasanta había pasado buena parte de la mañana de pie, ante el escaparate de la tienda de animales, observando a los peces rojos nadar trazando rectángulos dentro de grandes tanques, junto a otros peces de otros colores con los que no parecían hacer buenas migas. Todo el mundo sabe, pensaba, que los peces rojos tipo «Candela» deben nadar en solitario y en peceras esféricas para que puedan trazar círculos; el círculo es su hábitat natural.
Ya no pensaba en las espirales que su propia vida había trazado nadando en el vórtice de un sumidero. Ya no pensaba en nada; solo miraba a los peces sin pensar, y se perdía en ese baile que no conducía a ninguna parte pero que era una forma de dejar que el tiempo se deshiciese en minutos que eran también circulares y que tampoco conducían a ninguna parte. El dueño de la tienda había acabado por salir y le había pedido que se marchase de allí; que le espantaba la clientela, decía. Le habría gustado que le permitiese dar a los peces un poco de pienso, pero no se atrevió a pedirlo.
Tras marcharse de la tienda de mascotas, se dirigió hacia la parte trasera del supermercado, donde descargaban los camiones y donde estaban situados los contenedores de basura y las pilas de cajas de plástico. Era la hora; ya había otros que esperaban para recoger de la basura la fruta pasada o los paquetes de lonchas de embutidos cuyas fechas de caducidad estaban a punto de cumplirse. Algunos empleados tenían la delicadeza de dejar lo más aprovechable fuera de los contenedores para que no se contaminase con el líquido putrefacto del fondo; sabían que la mercancía que dejaban fuera no tardaría en desaparecer, y hacían la vista gorda a pesar de que tenían órdenes de no facilitar el trabajo a los buscadores de basura.
No se le dio mal. Consiguió un pack de seis yogures de coco, un paquete de patatas fritas aplastadas con sabor a salsa barbacoa, y algunas latas de berberechos recién caducadas; más tarde, le cambió a otro indigente la mitad de los yogures por un racimo de plátanos que comenzaban a presentar algunas manchas marrones pero que eran perfectamente comestibles.
Luego fue a una panadería a comprar un bollo de pan que no le quisieron cobrar. Cuando terminaba una comida sin pan, tenía la sensación de no haber comido, y además disfrutaba más de la idea de mojar el pan en la salsa de los berberechos que del sabor de los berberechos en sí.
Desde entonces, se había instalado en el parque con su botín; en el banco más escondido, tras una densa cortina vegetal. Allí comió sin ser molestada por nadie. De entrante, medio paquete de fragmentos de patatas fritas, casi harina anaranjada con grasa y sal. Siguió con los berberechos y con el pan mojado en su salsa. De postre, un plátano y un yogur. Sería la única comida del día, suficiente, y además le quedaban algunos plátanos y yogures por si le entraba hambre por la noche, antes de dormir. Allí mismo, sentada en el banco, pasó el resto de la tarde sesteando y dejando que las horas se asentasen las unas sobre las otras.
Desde su banco, Malasanta lo había visto todo; había sido testigo del trato comercial de Próspero el Polilla, de cómo destrozaba su dentadura y de cómo se había bebido su propia orina. Lo observó todo mientras picoteaba, del fondillo del paquete, el resto de patatas fritas aplastadas y con sabor a salsa barbacoa, pero no salió de la oscuridad hasta que los chicos estuvieron lejos. No se fiaba de nadie, como una rata resabiada. Sabía que aún estaría activa la orden de busca y captura contra ella por el asunto de su vecino Cándido Fogoso y que, si se metía en líos y conseguían identificarla, sería detenida de inmediato, así que lo mejor era no llamar la atención. Estaba acostumbrada a moverse con cautela: no había sido tarea fácil aguantar diez años durmiendo en la calle y burlando los controles de la autoridad.
—¿Cuánto has conseguido? —preguntó.
—No es asunto tuyo.
—¿Qué vas a hacer con tanto dinero, Polilla? ¿Me vas a convidar?
La mano de Próspero comenzó a sudar dentro del bolsillo del abrigo. Apretaba los billetes —eran «sus» billetes— y le gustaba sentir cómo crujían.
—¡Me lo he ganado yo, ya lo has visto! —Casi le gritó—. Esos chicos son míos; ni se te ocurra ir a buscarlos. A mí aún me queda un montón de dientes y a lo mejor, cuando vuelvan mañana, quieren más.
—Vale, vale, pero préstame un euro cincuenta o invítame a una botella. Tienes mucho. He visto cómo te lo daban.
—Lárgate, Malasanta. ¿Quieres?
—Si me das cinco euros, te hago una mamada.
—Mírate. ¿Quién te crees que eres, Miss Mundo?
—También tengo plátanos. ¿Quieres un plátano y un yogur? Son de coco.
Próspero el Polilla volvió a escupir sangre. Una sangre pesada y densa mezclada con saliva que se alargaba unos segundos colgando de un hilillo antes de desprenderse de sus labios. Socio husmeó el pequeño charco oscuro y luego lo lamió. El hombre se dio cuenta de que un diente de abajo también había recibido lo suyo. Lo empujaba con la lengua y vio que bailaba medio suelto; le fastidió no haber conseguido un billete más. A lo mejor aguantaba en su sitio hasta el día siguiente. Tal vez fuese cierto que volverían.
—Tres euros —regateó la mujer.
Malasanta no quería reconocer, o tal vez no recordaba, que hacía ya muchos años que nadie estaba dispuesto a pagar por sus servicios.
—No quiero mamadas de una vieja borracha. Ni por cinco euros, ni por tres, ni gratis.
—¡Convídame entonces!
El Polilla sopesó los pros y los contras. No quería arriesgar.
—Escúchame bien —le dijo—: no tengo monedas sueltas, pero ahora voy al supermercado; te compro una botella y nos vemos en media hora en la estación. No me tienes que hacer ninguna mamada ni tengo la intención de follar contigo, pero escucha lo que te digo: si les dices a los otros que tengo dinero, te pincho en la yugular y te dejo en el parque entre los arbustos hasta que te desangres. ¿Está claro?
—Te lo juro. ¿Puede ser una botella de Fundador?
—¡Mira la otra! ¿Qué te crees, que soy Bill Gates?
—¿Quién?
—Bill Gates. Es igual, déjalo. Una de tinto de a litro, pero que conste que me la debes.
Próspero entró en la estación abandonada a través de una pequeña puerta de servicio oculta en una fachada lateral, tras unas matas de maleza que crecían salvajes desde hacía décadas. Había sido forzada años atrás y se podía entreabrir lo suficiente como para acceder. Aquella guarida era recurrente y muy conocida entre los sintecho de la ciudad. Las autoridades estaban al tanto, pero preferían mirar hacia otro lado; cuantos más indigentes se procurasen refugio por ellos mismos, menos recursos tendrían que destinar a servicios sociales.
Todo estaba cubierto por una espesa capa de polvo antiguo que investía a los objetos y a la luz con un silencio de sudario.
Malasanta lo esperaba en la penumbra. De una bolsa de plástico de supermercado, Próspero sacó una botella de vino tinto de un litro, y se la tendió a la mujer; sacó otra igual para él, y un par de paquetes de salchichas de Frankfurt crudas para compartir con Socio. Pensó que al menos aquella noche le convenía comer algo blando, y que finalmente aceptaría uno de los yogures de Malasanta, y tal vez un plátano.
En realidad, Socio no era su perro; se habían adoptado mutuamente tras la muerte por sobredosis de su anterior dueño; el perro comenzó a seguir a Próspero por todas partes, y el Polilla le daba parte de su comida hasta que acabaron por hacerse amigos. Era un perro mestizo y viejo; de color chocolate sucio, dientes marrones y pelo desgreñado: un perro de mendigo. Siempre tenía los ojos llenos de legañas y el pelaje enmarañado y plagado de pulgas y de garrapatas, pero era una buena compañía; alguien a quien hablar y en quien confiar, y que por las noches le daba calor y le alertaba con sus gruñidos cuando acechaba algún peligro. Habían establecido una relación simbiótica en la que ambos se beneficiaban de la compañía del otro.
El Polilla y Malasanta apartaron con los pies algunos escombros y restos de basura, y cada uno se instaló en su rincón; lo suficientemente apartados el uno de la otra como para no invadirse mutuamente el espacio vital. Acomodaron unos cartones sobre el polvo de las baldosas, y sacaron sendas mantas que habían dejado escondidas entre los cascotes. No temían que alguien las robara, no eran objeto de codicia: cualquiera que acudiese a la Cruz Roja podía obtener un par gratis. Antes de extenderlas, las sacudieron por si había cucarachas. Había, claro; cayeron al suelo y corrieron a esconderse en varias direcciones, como cuando a alguien se le desfonda un monedero y rueda la calderilla.
No fue difícil abrir las botellas de vino: los tapones eran de rosca; una iniciativa astuta por parte de los diseñadores contratados por la bodega, que conocían bien las circunstancias de los clientes de esa franja de mercado de un vino burdo y primario cuya calidad nunca sería el parámetro prioritario a tener en cuenta para su elección.
Ya estaba anocheciendo. Un resplandor de luz color gamuza, proveniente de las primeras farolas, atravesaba la capa de polvo acumulado sobre los pocos cristales sin romper que quedaban en los ventanales, y se esparcía en el vestíbulo de la vieja estación dibujando claroscuros y proyectando sombras que se distorsionaban sobre los desconchados de las paredes. Cada vez que pasaba un coche por la avenida, las sombras se movían en abanico para volver luego a su sitio.
Habían sido los primeros en llegar, por lo que pudieron instalarse en los rincones más protegidos de las corrientes de aire. Aún no había acabado de llegar el verano, y las noches refrescaban. Si bien era un engorro cargar con el abrigo durante el día, al caer la noche se alegraba de tenerlo; el Polilla no podía arriesgarse a dejarlo en algún sitio y que alguien se lo robara.
Bebieron en silencio. A ninguno de los dos le interesaba la vida del otro, y su relación se basaba en el silencio mutuo. Cada uno, en su rincón, dialogaba con su botella. El Polilla lo hacía a largos tragos espaciados por sus propios pensamientos: tenía planes que hacer. El primer sorbo lavó el recuerdo rancio a sabor de orines que se le había quedado adherido en la garganta y en el paladar, y lo reemplazó por el otro sabor áspero y acartonado del vinazo. El alcohol, en contacto con las heridas de la boca, aún abiertas, le asestó un latigazo de dolor que le subió por el maxilar hasta la frente.
Malasanta bebía a pequeños sorbos; entre un trago y el siguiente, enroscaba el tapón de su botella, lo apretaba bien, y la escondía bajo la manta. Cada vez que tenía un trago en la boca, lo retenía un ratito antes de tragarlo, hasta que se le adormecían algunas papilas, y entonces casi no percibía la diferencia de sabor entre el vino barato y el recuerdo que le quedaba del otro aroma más ambarino y aterciopelado del brandy.
El enorme vestíbulo de la estación era frecuentado por otros como ellos. Aquella tarde-noche no había nadie más; era temprano. La mayoría de los usuarios estaría cenando en los comedores sociales o, si habían conseguido algo de dinero, estarían bebiéndoselo en los parques o comprando dosis de heroína en las chabolas de los suburbios; luego se las inyectarían o se las fumarían instalados en la estación para poder pasar una noche tranquila sin la tortura del síndrome de abstinencia. Malasanta y el Polilla sabían que se tendrían que dar prisa y acabar sus botellas antes de que llegasen los demás. De lo contrario, serían importunados hasta que accediesen a compartirlas.
Por todas partes había polvo, botellas rotas, cascotes, latas de conservas vacías, trozos de vidrio, basura, jeringuillas usadas… Una parte del tejado estaba hundido, y por el agujero que se abría entre las vigas podridas, se colaba el agua cuando llovía. Si alguien se hubiese asomado alguna vez por la noche en verano, habría visto estrellas, pero allí nadie se interesaba por las estrellas; al único que se le ocurrió dormir bajo aquella zona ruinosa lo encontraron al día siguiente con el cráneo aplastado por la caída de una viga de hierro, y su cadáver se quedó entre los escombros durante días hasta que los bomberos lo sacaron de allí.
A veces, durante la noche, moría alguno de los inquilinos; siempre en silencio y en soledad. Normalmente era debido a una sobredosis; yonquis que no soportaban una heroína inesperadamente demasiado pura, o bien cortada con productos venenosos, pero también ancianos alcohólicos con el hígado cirrótico reventado, o alguno que se desangraba lenta y discretamente tras una pelea a cuchilladas desencadenada tras un pequeño hurto de dinero o de alguna papelina. Los demás solo se daban cuenta a los dos o tres días, cuando veían que el bulto no se había movido del mismo sitio y además comenzaba a oler peor de lo habitual. Entonces rebuscaban en sus bolsillos, se repartían su ropa y sus magras pertenencias, y se buscaban otro refugio donde dormir. Nadie avisaba a las autoridades; simplemente esperaban hasta que se corría la voz de que se habían llevado al muerto, y solo entonces, tímidamente, comenzaban a volver, como las ratas cuando vuelven a tener confianza en un sitio después de haber visto morir allí a una de las suyas tras caer en un cepo. Cuando podían retornar, dormían durante las primeras semanas en un edificio cuyas paredes se habían impregnado del hedor pertinaz de la carne humana en descomposición, aunque ellos no lo notaban o, si lo notaban, no les importaba.
Próspero el Polilla sopesó la opción de esconder su dinero entre los cascotes o, mejor aún: lo más sensato sería esperar a que Malasanta se durmiese para largarse de allí. Aquella vieja alcoholizada era capaz de irse de la lengua a cambio de un vaso de vino tan pronto como se acabase la botella. Si alguno de esos yonquis se enteraba de que tenía casi cien euros, no dudaría en robárselos aunque para ello tuviese que abrirle la garganta de un tajo mientras dormía.
No estaría mal, pensaba, gastarse el dinero en un sitio en el que nadie lo conociese; como un rey.
Un afeitado de barbería bien apurado, un filete bien hecho con puré de patatas, un cupón de los ciegos; no, ¡dos!, un puro, un collar de cuero para Socio, tal vez con una chapa con forma de hueso y con su nombre grabado, sentarse en la silla de un limpiabotas y dejar que le dejasen las suyas brillantes como las de un ministro o un notario, entrar en una cafetería y enseñarle los billetes al camarero cuando se acercase con intenciones de echarle, ponerlos encima de la mesa y hacer como que los plancha, como quien no quiere la cosa, quizás pedirle un capuchino y un trozo grande de pastel y mirar la cara que se le quedase; a lo mejor comprar un billete de tren de ida y vuelta —o incluso solo de ida— a algún sitio lejano, que le acercase al infinito y al «punto impropio» en el que se cortan las paralelas de las vías, para sentarse en el vagón restaurante como un señor muy viajado, y pedirse un cubalibre de Larios y mirar el paisaje por la ventanilla mientras la cabeza se le vacía de problemas; mientras va dejando los recuerdos tristes colgados de los postes del tendido que corre junto a las vías. Como habría hecho antaño. Hace tanto.
Próspero el Polilla desechó la idea del viaje, o al menos la pospuso hasta saber si finalmente fraguaba el trato de los tatuajes previsto para el día siguiente o el otro. Podría sacar un mínimo de cincuenta euros; tal vez más si se los trajinaba con alguna ocurrencia. Aquello sería el colmo de la buena suerte.
Malasanta evitaba los espejos desde hacía años pero, de haber tenido la ocasión de mirarse en uno, ya no se habría reconocido en el rostro de Dámasa la Tuerta. Tenía cincuenta y cinco años; siempre pensó que era una buena edad para morir aunque, al contrario que su madre, los diez años que pasó en la calle y el abuso del alcohol durante media vida la hacían parecer más de setenta.
El Polilla terminó con la primera botella y, con sigilo, sacó una segunda de la bolsa de plástico. Malasanta no lo vio, ya dormía: el alcohol le hacía efecto con rapidez.
Cuando Malasanta dormía, se soñaba a sí misma con catorce años, delgada, inocente y pura, durmiendo a media tarde, enredada entre los brazos inmateriales de Niño Truncado y sin moverse. Y el aire en la habitación tampoco se movía, ni la luz se atrevía a atravesar el visillo de niebla tejida que era como un aliento en invierno, para no molestar el sueño de los jóvenes amantes. Y la Malasanta soñada, mientras dormía en los brazos de aire de Niño Truncado, soñaba a su vez con paseos descalza por las playas de Chipre y con pequeños peces rojos, pero no trazando círculos en solitario en una pecera redonda, ni precipitándose por el remolino de un desagüe infecto, sino nadando libres en un lago de aguas cristalinas, sin ningún punto de referencia; sin orillas, sin fango en el fondo ni un techo de aire sofocante en la superficie, porque no había ni fondo ni superficie, tan solo aguas infinitas arriba, abajo y a todos lados, y a veces se cruzaban con otros peces Candela, todos felices, que bailaban en unas aguas hialinas cuya luz no provenía del sol, sino que también era generada por el agua, porque la luz y el agua eran una misma cosa, y la transparencia era tal que más parecía luz que agua; una luz líquida con propiedades fluorescentes.
Y a veces, los peces rojos tenían manitas y piececitos en lugar de aletas, y parecían ranitas encogidas en forma de habichuela, y nadaban ciegos porque en lugar de ojos tenían dos bultitos de piel transparente como dos pequeños forúnculos en la cabeza, como los hermanitos nonatos de Malasanta que se fueron marchando por las alcantarillas, a través del retrete de lo de doña Expiración, buscando una vida mejor en los laberintos misteriosos de la reencarnación, y que fueron su única familia.
Por esa razón, el sueño era su refugio, su territorio sagrado, y el vino, a falta de brandy, era la llave para acceder a esa morada amable y mullida. Cualquiera que la hubiese mirado mientras dormía se podría haber preguntado cuál era el secreto por el que le desaparecía el gesto amargo de su cara envejecida, y se le llenaba el rostro de paz hasta que despertaba.
Pero hacía ya muchos años que nadie la miraba y, por lo tanto, nadie se hizo nunca esa pregunta.
El vino le seguía despertando al Polilla una extraña sensación de quemazón en las encías heridas, pero ya no sentía dolor. Era un fuego vivificador. Le gustaba. Sentía los latidos del corazón palpitar desde el interior del labio, como si su maxilar superior estuviese hecho de un metal vivo y caldeado por el sol, como el cobre, y la compañía de aquella pulsión le reconfortaba.
Introdujo las manos una vez más en los bolsillos del abrigo para comprobar que todo su dinero seguía allí.
Bolsillo izquierdo, billetes. Crujir de billetes nuevos. Uno, dos, tres, cuatro billetes, ¿azules?; otro billete más pequeño, de diez, y algo de calderilla; la vuelta del supermercado. Todo en orden. Derecho, dientes. Uno, dos, tres… cuatro dientes y al parecer algunas pelusas del abrigo que se les han quedado pegadas. Sí; una bola de dientes con pelusa de bolsillo de abrigo viejo, como una especie de pequeña mascota desordenada; el fantasma de una sabandija o de una musaraña casi inmaterial; un pequeño espectro dentado en el bolsillo. Parte de mi boca; parte de mi cuerpo. Todo en orden.
Poco a poco se iba quedando dormido. Hacía esfuerzos para despabilarse de vez en cuando y de esa forma poder seguir bebiendo.
Litro y medio de tinto más el vaso de orines de un rato antes es mucho líquido para la vejiga de un viejo. Próspero se levantó para orinar y se llevó la botella mediada por si acaso. Una última meada antes de dormir; sabía que si no la echaba en ese momento, cuando aún tenía algo de voluntad, podría despertarse mojado y sin ropa para cambiarse. El perro Socio se quedó vigilando la manta de su amigo. Malasanta roncaba desde otro mundo; desde el mundo profundo del sueño de agua-luz y los peces Candela. Bajo la manta, seguía agarrando su botella; junto a su cabeza, un par de yogures y unos plátanos.
En los antiguos baños de la estación ya no corría el agua, pero ellos los seguían utilizando. Las tazas estaban llenas de excrementos y de orines hasta los bordes, y en la superficie oscura de una de ellas se descomponía una rata ahogada cuyo pelo mojado y pegado a la piel la hacía parecer más delgada y más muerta. Hacía tiempo que habían comenzado a utilizar el suelo; estaba sembrado de heces aquí y allá, sobre el embaldosado blanco y negro, como si fuesen piezas sobre un gran tablero de ajedrez, y era difícil caminar sin pisarlas. Se alternaban las mierdas antiguas, casi deshidratadas y renegridas, sin apenas olor, con las frescas.
Las cucarachas se paseaban a gusto. Cuando alguna era aplastada por un pie, sus hermanas corrían felices a devorar sus restos estando aún viva, y sorbían del interior de sus caparazones hilillos blancuzcos y gelatinosos de tripas mientras las moribundas aún movían con espasmos las patas traseras. Entre las boñigas se encontraban páginas sucias de revistas de papel cuché, la siniestra telegrafía de las cagadas de ratones, algún charco de meados aún húmedos que resbalaban desde las paredes, manchas de sangre y de vómitos secos, más jeringuillas.
En los azulejos de las paredes, como en una Altamira del horror, se alternaban los grafitis de palabras soeces y cruces gamadas, con algunos pentagramas verticales pintados con los dedos en algún momento de escasez de papel de periódico. El zumbido de alguna mosca gorda aportaba la belleza, entre tanta fealdad, en forma de un intensísimo punto verde irisado y móvil, como si se tratase de una joya viva improvisando el desarrollo de una extraña y minúscula coreografía aérea.
A veces, una rata. El chillido de una rata a lo lejos o un trotecillo, una carrerita apenas entrevista a la orilla de una pared. De noche podían roerle a uno la cara o los dedos. Si alguien había bebido tanto que no se despertaba con los mordiscos, podía amanecer sin la nariz o sin orejas. Era más corriente entre los jóvenes yonquis que iban pasados de heroína; ni siquiera se daban cuenta hasta que se despertaban y se tocaban la cara al notar la humedad de la sangre; no era hasta más tarde que afloraba el dolor en las heridas abiertas. Si eso pasaba, todos se reían del desgraciado y lo dejaban allí tirado por la mañana cuando salían a buscarse la vida. Lo más seguro era enrollarse una toalla en la cabeza y dormir con las manos en los bolsillos. Próspero no tenía ese problema; sabía que mientras Socio estuviese cerca, mantendría a los roedores alejados.
Desde los antiguos baños, escuchó ruidos. Socio comenzó a ladrar como un perro loco. Alguien había entrado en la estación. Eran varios. Borrachos. Cantaban a voces. Una botella se estrelló contra una pared, todavía lejos. Ruidos de cristales que caían como un líquido duro, y risas también duras e igual de cortantes; unas risas ansiosas e histriónicas en las que no había alegría. No eran de los habituales; era un grupo de jóvenes, pero no tan inofensivos como los adolescentes hijos de papá de por la tarde, ni tampoco como los yonquis que solían ir por allí a colocarse. El viejo se volvió a abotonar la bragueta sin haber tenido tiempo para orinar, y decidió no moverse de donde estaba. Se hizo invisible en una zona oscura: allí no lo encontrarían.
Próspero reconoció el ruido de una patada contra uno de los carros de supermercado que algún indigente utilizaba para guardar sus pertenencias: ropa sucia y algunos cartones; nada de valor. Sonó como un súbito temblor de alambres, con vibraciones armónicas, y luego el carro quiso rodar un poco sin poder evitar el vuelco. De vez en cuando intuía la ráfaga de una linterna que aventaba luz de hielo por las esquinas.
Le pareció que los cánticos tenían algo marcial o patriótico. Todos los conocían muy bien y los coreaban con vehemencia; acanalando las gargantas para provocar que el eco del enorme edificio devolviera las notas dándoles más fuerza, como para multiplicarlas o para certificar que eran muchos y que militaban una masculinidad básica, y que estaban unidos por una especie de hermandad del terror; que no conocían ni el dolor ni la compasión.
Próspero reconocía bien aquellos cantos; ya los había sufrido antes, y los asociaba con pantalones militares de camuflaje, con cabezas afeitadas, con banderas, con puños americanos, navajas automáticas y con trozos de cadena; con brazos y torsos musculados y llenos de tatuajes, con fútbol violento, con consignas patrióticas y con mucho odio. El mensaje de aquellos tipos era simple y lo recordaba: «Fuera rojos; fuera moros; fuera antiespañoles; fuera maricones». Pero él no era ninguna de aquellas cosas, ¿por qué habría de temer?, y sin embargo.
Alguien entonó un monumental eructo que fue celebrado por los demás. A veces otra risa, y el sonido de una barra metálica que se arrastraba traqueteando, para infligir miedo, contra el acordeón de hierro forjado de los radiadores que habían escapado de la cosecha de los ladrones de chatarra. Era la música fría y dura del hierro contra hierro: el sonido atávico del miedo que también martilleaba contra la sutura en zigzag que unía los huesos temporal y parietal del cráneo abotargado de Próspero el Polilla.
Socio seguía ladrándole a los intrusos; de repente, un golpe seco seguido de un gemido prolongado de dolor; un segundo golpe que sonó como un botijo al ser aplastado, y luego el perro calló. Más risas; con aplausos; nuevos cánticos marciales. Próspero cerró fuerte los ojos y dejó de respirar; no sabía si era más intenso el miedo o el dolor que sentía por su amigo.
Algunas cucarachas comenzaron a trepar sobre sus botas y a buscar los bajos de sus pantalones sin ningún recato.
Una patada a una puerta de los baños.
No moverse; no moverse; no moverse; no moverse…
—¡Mierda puta, aquí no hay nadie! —exclamó una de las voces—. Os dije que había que venir más tarde.
—Mira que son cerdos los hijos de puta. Cagan donde les pillan las ganas, como putos animales —dijo otra voz.
A menos de cinco metros, Próspero era invisible. El apretar de los párpados lo había hecho invisible. Las cucarachas escalaban por las perneras de sus pantalones sin hacer ruido.
Su vejiga se soltó; una mancha oscura se fue extendiendo por la parte delantera del pantalón, y otro pantalón, cálido y húmedo, fue gradualmente sustituyendo al pantalón original de tela seca. Un regato de orín se deslizó por sus muslos, corrió por el interior de las rodillas y llegó, ya casi frío, hasta los pies, dejando primero testimonio de su paso por los tobillos y manchando perneras, botas y calcetines. Un pequeño charco circular se extendió alrededor de sus pies. Sintió la temperatura y la humedad, pero era inmune a la humillación.
A los pocos segundos, alguien gritó: «¡Bingo!».
Supo que habían descubierto a Malasanta. Lo celebraban. No era la primera vez que oía aquel tipo de insultos. Intuyó la punta de la barra de hierro buscando sus costillas para despertarla. Creyó reconocer el sonido acartonado de micciones de varios sobre su manta, el de escupitajos, el de una nariz que estalla tras el golpe de una bota con puntera de acero. Más risas. «¡Puta borracha!, ¡escoria! ¡Despierta, cojones!».
Malasanta protestaba con tímida voz beoda.
En el bolsillo de su abrigo, Próspero el Polilla apretaba con una mano los billetes que se había ganado y, sin quererlo, se clavaba sus propios dientes en la otra. Era como el reverso de un mordisco en la mano. Apretó más fuerte; pensaba que cuanto más intenso fuese el dolor de ese mordisco, más invisible sería.
No esperaba que todo acabase tan rápido, ni el súbito olor a gasolina. Un momento de silencio fue roto por el levísimo sonido de una cabeza de cerilla raspada contra el lateral de la caja. Otro momento de silencio y luego el resplandor iluminó, entre gritos de victoria, todo el vestíbulo de la estación; desde el círculo más claro donde una vez hubo un reloj, hasta las ventanillas donde antaño se expedían los billetes.
Próspero no sabía que el fuego pudiese ser ensordecedor. El crepitar de las llamas había conseguido apagar los gritos y los cánticos. Solo se oía el fuego, como si fuese un viento vivo y furioso haciendo su trabajo con ansia. Era un sonido con un poder hipnótico, que trasladaba el espíritu salvaje de los hombres desde algún lugar mágico y lejano; un lugar inalterado desde el Paleolítico, y que permanece tatuado en los genes.
Pasaron varios minutos durante los que no se oyó otra cosa. Luego, alguien dijo algo y fue como si se despertasen de un trance; de la fascinación que siempre han provocado en el cazador la combinación del fuego y de la muerte. Tal vez, los sonidos del fuego, junto con los del viento y el mar, fueron los padres ancestrales de la música, de los primeros tambores tribales, y es por eso que ante ellos no tenemos otra opción que escuchar con respeto.
Se marcharon corriendo. Ruido de muchas botas al unísono, como un solo galope. Próspero oyó la barra de hierro rebotar contra el suelo; hizo clanc, y enseguida volvió a hacer clanc el eco.
El Polilla salió de su escondite y se sacudió las cucarachas que ya habían llegado a sus hombros e intentaban colarse por el cuello de su camisa. Tenía que irse de allí cuanto antes. No quería meterse en líos.
Las ratas chillaban y huían del calor del fuego enfilando, una tras otra, las orillas de las paredes. Le sorprendió que pudiesen ser tan numerosas y chillonas. Vio un bidón de gasolina vacío tirado en el suelo.
Próspero ignoraba que una manta quemándose pudiese desprender tanto humo y tan negro hasta el punto de dificultar la visión del vestíbulo en pocos minutos. La silueta de Malasanta bajo las llamas no se movía; seguía oculta bajo la manta, como si ya estuviese muerta desde antes del fuego. El intenso olor a carne chamuscada le provocó ganas de vomitar.
Al pasar junto a ella, pudo ver una mano renegrida saliendo desde debajo de la manta. Una mano ardiendo que ya no era mano sino antorcha; un nudo de huesos y tendones carbonizados que aún sostenía la botella cerrada, en cuyo interior hervía un resto de vino. Se tapó la cara con el brazo izquierdo para protegerse del calor y, con la mano derecha, intentó coger la botella mediada de Malasanta. Se quemó al contacto con el vidrio y tuvo que soltar la botella que se hizo añicos contra el suelo; el vino se evaporó al instante en una breve nubecilla de burbujas púrpuras.
El Polilla se alejó. Era lo más sensato; tal vez alguien los había visto juntos por la tarde. A través de la espesa cortina de humo negro que lo cubría todo, pudo entrever, en el medio del vestíbulo, la silueta inerte de Socio sobre un charco de sangre.
Un joven Niño Truncado, bellísimo con su pelo de poeta, sus ojos de explorador triste y con todas sus extremidades, le decía adiós agitando ambas manos. Estaba de pie y sin camisa, descalzo sobre la arena de la playa, y bajo los pantalones se le adivinaba un bulto colosal. De fondo se oían los acordes melosos y tristes de una bachata. Los peces Candela iban muriendo uno tras otro en el sueño de Malasanta, pero no flotaban boca arriba como en la pecera; desaparecían sin más, se convertían en luz. Solo quedaba aquella agua vacía que era pura luz de tan transparente, y que no tenía principio ni final, ni arriba ni abajo, solo la nada; una nada infinita y bella que no tenía forma, o que podía generarse en cualquier forma sencilla y cambiante, o compleja y cambiante, como por ejemplo un mapa de Chipre o de cualquier otro lugar, o un mapa de un Chipre indefinido y movedizo, como si lo hubiesen dibujado con sangre fresca y movediza, o como si fuese el contorno de una isla que era al mismo tiempo todas las islas. Una isla bellísima en un universo de agua luminosa, y todo ello se contraía y se replegaba sobre sí mismo en un remolino; una espiral de fuego líquido que giraba en sentido dextrógiro, cada vez a más velocidad, como preparándose para desaparecer a través de un gran vórtice negro.
La noche se había cerrado densa sobre los hombros de Próspero el Polilla. A medida que se apartaba de la iluminación amarilla y polvorienta de la ciudad, la negrura parecía volverse más límpida. Ya se había alejado unos pocos kilómetros de la estación, caminando sobre las vías que habían de dirigirlo hacia adelante, sin importar dónde, hacia la posibilidad de algún «punto impropio» donde tal vez, sin ningún motivo lógico, se habrían de cruzar al fin las paralelas de hierro. A ambos lados, sendos muros de ladrillo recubiertos de grafitis separaban los barrios periféricos de la ciudad de la vía del tren. Entre las traviesas de las vías, de haber habido algo de luz, podría haber encontrado latas de cerveza vacías, carcasas de ratones momificados por el sol, y preservativos usados.
A lo lejos, a sus espaldas, escuchó la sirena del camión de bomberos. Alguien los había alertado al ver las llamas y la espesa humareda que salía a través de los ventanales rotos de la estación. Próspero comprobó que sus billetes estaban intactos en el bolsillo de su abrigo.
Aceleró el paso ajustando las zancadas a la distancia entre traviesas, adquiriendo andares cómicos de muñeco mecánico, y de vez en cuando miraba hacia atrás por la costumbre, por ver si Socio lo seguía. En aquel momento, se dio cuenta de que llevaba los pantalones meados, y de que tenía la palma de la mano herida por el mordisco de sus propios dientes y por la quemadura sufrida al intentar coger la botella de Malasanta. Se paró un momento para echar un trago de la suya y, al echarse la botella a los labios y levantar la cabeza para apurar el resto de vino, pudo ver los primeros guiños de algunas estrellas.
Dentro de la estación, empezaba a llover agua desde diversas direcciones; una lluvia horizontal que entraba a través de las ventanas y del techo reventado del edificio, impulsada por los grupos de presión de los camiones de bomberos. La espesura del humo se deshacía en jirones al ser alcanzado por los chorros como si fuesen velas de gasa desgarradas a cañonazos. Como si de una coreografía violenta se tratase, los restos de ese humo negro se mezclaban con otro más blanquecino cuando el agua, al contacto con las llamas, se convertía de inmediato en vapor.
Desde la otra mano carbonizada de Malasanta resbaló un objeto que salió rodando: una pequeña burbuja de vidrio con el iris amarillo cobrizo de una víbora. Los fantasmas de tres muertos se quedaron mirando sin parpadear, y en el iris se reflejaba el baile hipnótico del fuego; la belleza danzante de las llamas que se duplicaban sobre la superficie pulida y convexa del mismo color, como si fuese una pequeña hoguera o la idea misma de una hoguera encerrada en una burbuja de cristal.
El calor, finalmente, la hizo estallar, y fue como un pequeño Big bang íntimo y silencioso que la dejó convertida en miles de partículas de polvo de vidrio, que por unos momentos quedó suspendido y diseminado por la violencia del incendio, justo antes de que lo tocasen las primeras gotas de agua.
Nadie fue testigo de la pequeña explosión.
Terminaste Malasanta
Antonio Tocornal
Libros como este
-
El fin de los sueños
-
Mapa de una ausencia
-
Matate, amor
-
Dibujos animados
-
El bazar de los idiotas
-
Mal de amores
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.