Malasanta

Antonio Tocornal · Capítulo 3 de 7

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Malasanta

15. Niño Truncado

 

 

[La Ciénaga, 1979]

 

Siempre que se abría la casa por las mañanas, se escapaba un olor antiguo como de flores muertas, y la luz entraba muy despacio, abriéndose camino en silencio como no queriendo tocar nada, para que nada cambiase o por no molestar.

Anhelo Truncado despertaba a su hijo de madrugada, y oreaba sus sábanas mientras canturreaba alguna copla pasada de moda:

¿Qué tiene la Zarzamora

que a todas horas llora que llora

por los rincones?

Ella que siempre reía

y presumía de que partía los corazones…

Luego lo dejaba solo un rato para que hiciese de vientre en una cuña; cuando había acabado, lo lavaba con una esponja húmeda, le ponía los pañales por si le entraban ganas de orinar mientras ella estaba ausente, lo vestía, lo peinaba, lo ayudaba a sentarse en una silla de enea con una manta doblada encima, y lo ataba con correas de cuero para que no se cayese. Luego, le daba de desayunar un vaso de café con leche y un trozo de pan con mantequilla que ella misma le acercaba a la boca para que fuese mordiendo. Antes de marcharse, arrastraba la silla hasta dejarla junto a la ventana, y le dejaba a su alcance una botella de agua con una pajita larga, hecha empalmando varias, para que pudiese beber si le entraba sed. Allí lo dejaba toda la mañana, con la radio encendida para que se entretuviese hasta que ella volvía del mercado donde tenía su puesto de frutas y verduras. Lo dejaba mirando hacia la calle, semioculto tras unos visillos finos y semitransparentes que eran como niebla tejida.

Niño Truncado tenía dieciséis años por cumplir. Tenía pelo de poeta, ojos de explorador triste, y sus genitales eran titánicos, majestuosos y funcionaban con la fuerza de un ingenio de pistones de muchos caballos de vapor. Los que los vieron coincidían en que eran dignos de un faraón o de un torero.

Lo que a Niño Truncado le faltaban eran los brazos y las piernas.

—Es un caso evidente de priapismo crónico —decía el médico—. Una vez tuve que tratar a un carretero que estuvo empalmado cuatro años, once meses y dos días, después de haber usado una silla de montar con forma inusual que, en un bache del camino, le debió de activar algún resorte nervioso en la parte posterior del saco escrotal. Cuando digo «tratar» no digo mucho, porque poco pude hacer aparte de algunas pruebas sencillas que no dieron resultados. No lo pasó bien el hombre; andar siempre empalmado sin necesidad, sin ganas, y sin nadie a mano que le sacase partido a su estado no era agradable ni práctico. Sobre todo para trabajar o cuando estaba en reuniones sociales; se solía prestar a equívocos embarazosos cuando los demás lo notaban, especialmente las mujeres, y si al final no tenía más remedio que confesar su problema, era objeto de cachondeo por parte de la parroquia.

»En el caso del chico, se conoce que al no haber piernas que irrigar, la sangre se acomoda donde mejor es recibida, en lo recóndito del cuerpo cavernoso, que tiene sus propios mecanismos de bombeo y que, como es bien sabido, no depende de la voluntad propia, sino del apetito lúbrico y de la intensidad de los estímulos externos, siendo estos dos parámetros compensados mutuamente, hasta el punto de que si el apetito es extremo, hay quien se empalma hasta con la visión de las tetas de una cabra. En el caso del chico, el detonante es fisiológico, no mental, por lo que no necesita estímulos: con los años ha ido dando de sí todo el aparato, y todo indica que va a seguir haciéndolo. De ahí esa abundancia que da gloria verla.

Anhelo Truncado dejaba de canturrear y rezaba una oración durante el rato del aseo, cuando tenía a su hijo frente a ella desnudo, inútil y empalmado, y entonces ambos evitaban mirarse a los ojos. Los dos sentían vergüenza, pero además Anhelo Truncado sentía una inmensa pena: estaba perdiendo fuerzas; pronto no tendría edad para acarrear las cajas de frutas ella sola ni para cargar con su hijo de la cama a la silla y de la silla a la cama. Por esa razón buscó a Malasanta.

 

Cada noche, al apagar la luz, Anhelo se quedaba desvelada pensando qué sería de Niño cuando ella faltase, y volvía a rezar, con los ojos muy apretados por la devoción, para que su hijo muriese antes que ella.

Mientras miraba por la ventana, Niño imaginaba todas las cosas que haría si tuviese piernas: poseer un par de zapatos, saltar en los charcos hasta ensuciarse los pantalones, estirar los dedos de los pies junto a la chimenea para sentir el calor del fuego, jugar a rayuela, pegar patadas a las piedras y a las latas, subir escalones y cordilleras, montar en bicicleta, pero sobre todo correr; comenzar a correr y seguir corriendo hasta sentir cómo se le acelera el corazón y ya no parar nunca.

E imaginaba todas las cosas que haría si tuviese brazos: untar la mantequilla en el pan, morderse las uñas, ir al gallinero a coger un huevo y evaluar su tibieza, tal vez aplastarlo en su propia mano para sentir el crujido de la cáscara y luego el plasma interior resbalar entre los dedos, o lanzarlo contra una pared con todas sus fuerzas, rascarse la cabeza cuando le picase, cazar un escarabajo y sentir la levedad de las cosquillas cuando caminase sobre la palma o entre los dedos, meter las manos en una tina de agua, en un saco de harina, en un barril de lentejas hasta los codos; contar cosas con los dedos, sacarle punta a un lápiz, hacer sombras chinescas en las paredes, jugar a las palmas, a piedra, papel, tijera, al pulso chino, al calientamanos, este puso un huevo, este lo echó al fuego, pelar una naranja, sonarse la nariz cuando lo necesitase, aprender juegos de manos con las cartas, mojarse las puntas de los dedos en saliva y apagar con ellos una vela, arrancar un higo de una higuera y sentir los dedos pegajosos de almíbar, dibujar con el dedo una cara, una palabra, un pájaro en el vaho del cristal de la ventana, descorrer el visillo y saludar con la mano a los conocidos y a los forasteros. Pero sobre todo, lo que más le gustaba imaginar era tocar con sus manos a una mujer. Recorrer de arriba abajo la piel de una mujer desnuda con las palmas de las manos, con el dorso de las manos, con las yemas de los dedos, sin prisas, con levedad; arañarla suavemente con las uñas y observar la reacción de su piel, hasta sentir cómo se le acelera el corazón y ya no parar nunca.

Cuando su madre se marchaba para atender su puesto de frutas y verduras, Niño Truncado giraba con la boca el dial de la radio hasta que encontraba un programa de éxitos musicales del momento. En una ocasión, se inclinó tanto para alcanzar el aparato, que perdió el equilibrio y cayó. Al volver del mercado, Anhelo lo encontró en el suelo, bocabajo, meado, atado aún con sus atalajes al respaldo de la silla, y con una ceja abierta. El accidente había ocurrido a primera hora de la mañana. Niño había pasado seis horas mirando, a pocos centímetros de su cara, el diseño que su propia sangre había trazado sobre las baldosas y que a él le pareció el mapa de Chipre, a pesar de que nunca había visto un mapa de Chipre y ni siquiera habría sido capaz de localizar Chipre en un mapa del Mediterráneo.

Aquella visión le hizo soñar con Chipre durante toda la mañana. Niño no sabía gran cosa del país aparte de lo que había oído en un programa de radio: que estaba en una isla con el mismo nombre, por lo que deducía que debía de tener playas. En su ensoñación, Niño tenía piernas, y con ellas recorría las calles y las playas de un Chipre inventado o imaginado, mucho más exótico e interesante que el real. Niño se acercaba a las jóvenes bañistas que tomaban el sol en las playas de Chipre, y sentía la arena ardiente deslizarse entre los dedos de sus pies. Cuando conversaba con ellas no se asustaban, ya que tenía piernas y brazos como todo el mundo. Con los dedos jugueteaba con un encendedor que llevaba consigo por si alguna chica necesitaba candela para encender un cigarrillo. Él les acercaba el encendedor prendido y ellas coqueteaban y se tocaban el pelo. Para proteger la llama de la brisa, rozaban apenas la mano del joven con las suyas tan suaves y pequeñas, y entonces a Niño le sobrevenía una erección imposible de ocultar.

Cuando llegó su madre, las hormigas ya se habían cansado de libar sangre en las orillas de Chipre, y las más aventureras deambulaban buscando quién sabe qué sobre la cara de Niño, aunque el joven le dijo que el incidente no tenía importancia; que acababa de ocurrir diez minutos antes y que no se había hecho daño. Anhelo lo incorporó, le sacudió las hormigas, y le curó la herida de la ceja; más tarde comprobó, con la fregona humedecida, que la sangre llevaba mucho tiempo seca, y se enterneció de la generosidad de su hijo.

Desde entonces, Anhelo dejaba la radio justo al lado de su cara, colocaba una docena de almohadas por el suelo alrededor de la silla hasta cubrir todo el perímetro, y la apuntalaba con sendas escobas a ambos lados. Niño Truncado acabó por olvidarse de su viaje a Chipre, de los paseos por la playa sobre la arena ardiente, y de las jóvenes bañistas fumadoras.

Anhelo supo de la existencia de la niña Malasanta, a quien a veces enviaban al mercado a por verduras a unas horas en las que el resto de las niñas de La Ciénaga estaban en la escuela, y la vio como una oportunidad que se le presentaba para aliviar su trabajo, así que fue a buscarla a lo de doña Expiración. La doña la escuchó con interés, y le dijo que se lo pensaría y que ya le haría saber su decisión.

Cuando Niño Truncado supo que tal vez vendría una cuidadora, le suplicó a su madre que le hiciese unos pantalones, aunque fuesen cortos y con las perneras ciegas; no quería que la niña lo viese vestido con una bolsa de tela, de las que se usaban en aquellos años para guardar el pan, ajustada a la cintura con un cordón anudado.

 

Durante el día, la joven Malasanta jugaba sola detrás del prostíbulo, en el enorme descampado donde aparcaban los camiones y que lindaba por un lado con el vertedero de neumáticos usados y por el otro con el terreno donde más tarde se construiría la depuradora de aguas residuales de la zona. Jugaba a buscar entre la chatarra sabandijas, ciempiés y caracoles para echárselos más tarde a los gallos de pelea que los empleados del prostíbulo criaban en jaulitas hechas con chapas y tela metálica oxidadas. Malasanta compartía el terreno baldío con los escombros y con las ratas, y se entretenía con trozos de juguetes rotos que a veces encontraba entre la basura, o hurgaba con un palo en la carcasa del cadáver de algún perro que alguien había arrojado tras una pelea clandestina. En invierno, después de la lluvia, se formaban enormes lavajos de agua marrón que tardaban semanas en secarse, y Malasanta se entretenía correteando en ellos hasta que su ropa quedaba empapada, o jugaba a hacer rebotar las piedras en su superficie.

A partir de cierta edad, cuando comenzaron a desarrollársele los senos, era importunada a menudo por los camioneros que aparcaban por allí en busca de desahogo, y algunas veces estuvo a punto de ser llevada por la fuerza al interior de la cabina de alguno de aquellos camiones. En esas ocasiones, utilizaba el refugio que Dámasa la Tuerta había habilitado hacía años; un lugar donde ocultarla en su cuarto los días de mal tiempo, y cuando empezaba a oscurecer y aparcaban camiones en el terreno.

Malasanta dormía de noche detrás de un biombo, en un rincón del cuarto donde su madre se ocupaba de atender a sus clientes. Era un espacio reducido y húmedo donde había jugado desde que era niña y donde aún se entretenía los días de lluvia. Apenas había espacio para una estrecha colchoneta en el suelo y para un par de bolsas con ropa.

En una esquina del biombo, había una telaraña de dimensiones generosas. Nadie había hecho nada por quitarla, y la niña la había incluso protegido. Era el territorio de caza de una araña culona, de cuerpo tripudo y piloso y patas cortas, a rayas negras y amarillas. A veces, mientras su madre yacía con un hombre, Malasanta se entretenía dejando, sobre la tela, moscas que había cazado previamente y a las que había arrancado las alas. Las guardaba vivas en una caja de cerillas esperando el momento en que necesitaba buscarse distracciones sin hacer ruido. Dejaba caer la mosca sobre la tela y observaba fascinada cómo las vibraciones hacían que la araña despertase, se acercase a ella, le inoculase su veneno, y comenzase a devorarla con parsimonia. El proceso entero duraba quince o veinte minutos, lo que solía demorarse un servicio estándar de Dámasa la Tuerta.

Durante uno de esos ratos, Malasanta oyó el sonido de un bofetón y luego un breve gemido de su madre. No era la primera vez y no se alarmó. Sin embargo, la curiosidad la hizo mirar por la rendija que formaba el pliegue del biombo, entre dos de sus hojas. Vio a un hombre obeso sobre el cuerpo de la tuerta; vio cómo la insultaba y le soltaba un segundo golpe aún más fuerte que el primero. Al gordo se le veía disfrutar de la sesión: le había cogido gusto y se iba animando; con cada golpe se excitaba más, y las olas de grasa de sus michelines se acompasaban con las de la mujer, mientras el ritmo y el vaivén de sus embestidas iban en aumento y la cama amenazaba con deshacerse entre quejidos de hierros oxidados y muelles sueltos. Dámasa no gritó con el segundo bofetón, pero miró con urgencia hacia el biombo sabiendo que su hija estaba detrás pendiente de lo que ocurría, y Malasanta pudo ver su mirada diciéndole telepáticamente: «Tranquila, es un juego; no pasa nada».

La niña sabía que no debía hacer ruido pero, aprovechando los gruñidos del gordo, quiso imitar su violencia, y golpeó a la araña con el puño mientras su víctima se comía la última de las patas de una mosca.

La araña quedó aplastada y adherida a su mano. Malasanta sintió y vio un fluido negro y seco deslizarse por el puño y por el brazo, y cómo corría y se extendía hacia el resto de su cuerpo. Cientos de minúsculas arañitas recién nacidas, salidas del cuerpo reventado de su madre, se colaban por las mangas de su vestido, le corrían por los codos, por el cuello, por las axilas, por la espalda, por los muslos hasta llegar a los pliegues de sus bragas buscando cobijo. Malasanta se asustó y lanzó un grito sordo que de inmediato intentó tapar con las manos.

El gordo salió del interior de Dámasa y se levantó de la cama dejando a la mujer desconcertada y abierta de piernas. Se acercó al biombo y lo retiró de un manotazo. Malasanta se sacudía aún las arañas que le habían llegado hasta los párpados, hasta las comisuras de los labios, que se le metían en las orejas y en los agujeros de la nariz, que se le enredaban en el pelo. Cuando la niña abrió los ojos, el gordo estaba junto a ella, desnudo y blanco, cubierto de un vello montaraz. Su pene, húmedo y tieso pero fino y corto como un lápiz gastado, quedó a pocos centímetros de su cara. A Malasanta le llegaron efluvios de orines antiguos que emanaban del nido enmarañado de su vello púbico semioculto bajo la esfera de su vientre, también recubierto de pelo negro, que a Malasanta le evocó una araña gigante. El tipo, divertido, la aferró del cuello con su garra de oso mientras decía: «¡Vaya, vaya!, ¿qué es lo que tenemos aquí?».

No le dio tiempo a decir nada más. Dámasa había sacado un machete de debajo del colchón y lo sujetaba entre las piernas del tipo, desde atrás, amenazando sus testículos con el filo de la hoja vuelta hacia arriba.

—¡Suéltela ahora mismo y ni se le ocurra tocarle un pelo de la cabeza! — le dijo—. ¡Foda-se! ¡No tiene ni catorce años, saco de merda! ¡Póngase la ropa y ya se está largando de aquí, mal nascido, bastardo, filho da puta, vai tomar no cu!

El hombre salió corriendo de la habitación, con la ropa bajo el brazo y con la otra mano sujetándose los genitales. Un hilillo de sangre le corría desde el escroto hasta los tobillos, y aquello le hacía gritar de pánico como si le hubiesen amputado los huevos de raíz. Se vistió en el pasillo y fue directamente a buscar las faldas de doña Expiración.

La doña, en contra de sus principios, tuvo que devolverle al gordo el dinero del servicio y excusarse con él. Mandó a buscar a Dámasa y le dijo que no quería volver a ver a la niña por su casa si no era para hacerle ganar dinero.

Ordenó a uno de sus hombres que fuese al mercado, al puesto de Anhelo Truncado, y que le dijese que de acuerdo; que a cambio de cama y comida para la niña y de un cajón de verduras a la semana para ella, le prestaba a Malasanta para ayudarla con Niño y en las tareas de la casa y del puesto hasta que cumpliese los quince años y ya tuviese edad para trabajar. A la tuerta le pareció bien que se fuese durante un tiempo y conociese algo diferente, aunque solo fuese por gusto y por alejarse un tiempo de aquella vida.

Malasanta no conocía nada del mundo fuera del prostíbulo de doña Expiración. Nunca había sido escolarizada, y su madre pensaba que de poco le serviría lo aprendido fuera; que el biombo había sido su mejor escuela: desde muy pequeña había visto, desde su escondite, todo lo que iba a necesitar para desenvolverse en la única vida posible que le estaba reservada.

Lo único que le inquietaba a Dámasa era que tal vez, después de vivir otras experiencias, la vuelta a la realidad fuese demasiado dolorosa.

 

En casa de los Truncado, Malasanta estaba mejor que en lo de doña Expiración. Ya no dormía en una colchoneta en el suelo tras el biombo. No tenía cuarto propio, pero habían preparado una cama para ella en una covacha contigua a la despensa, y allí podía dormir sin escuchar los jadeos, las risas y los insultos propios del oficio de su madre y que la habían acompañado desde siempre.

Para Anhelo Truncado, la ayuda de Malasanta supuso un gran alivio. Ambas se levantaban de madrugada; la niña ayudaba a Anhelo a cargar el carro con los cajones de fruta y verdura y se iba con ella al mercado a preparar el puesto. Luego dejaba a la mujer vendiendo toda la mañana y se volvía a la casa. Al llegar, le preparaba el desayuno a Niño Truncado y se lo daba, y luego limpiaba el polvo mientras tarareaba las melodías que escuchaba en la radio, preparaba la comida, barría y se ocupaba de Niño, que desde el primer día pidió que le colocasen la silla en el otro sentido, de espaldas a la ventana; prefería mirarla a ella mientras trabajaba que ver lo que pasaba en la calle.

Malasanta, a su tierna edad, ya había visto muchos penes erectos, de todos los tamaños, diámetros y hechuras; tímidos e insolentes; derechos y tuertos, e incluso helicoidales, al modo de un sacacorchos o de la cola de un puerco, y con muy variopintas intenciones. Hasta entonces, había sido indiferente a todos ellos. Aun así, la primera vez que vio desnudo a Niño Truncado, no fue capaz de desviar la mirada. Anhelo se lo explicó: «Es lo único bueno que le dio la naturaleza: un rabo como el mismísimo Belcebú, y siempre empalmado. ¡Una lástima de desperdicio, con lo poco que lo va a poder disfrutar la criatura!».

Anhelo Truncado, más por ignorancia que por desidia o mala fe, hablaba delante de su hijo como si además de lisiado fuese sordo o tonto, o como si estuviese ausente o no tuviese sentimientos, y Niño Truncado permanecía callado ante sus comentarios. Se veía a sí mismo como una especie de lombriz o de larva inútil y despreciable; una carga para su madre. Niño Truncado fue siempre, para todos, un tullido hijo del pecado; un muñeco tentempié de carne que era un castigo de Dios; no más que un saco vivo con cabeza y cuatro muñones como cuatro nudos de embutido, que comía y defecaba, como un gusano grande cuyo cuerpo no fuese más que un tracto digestivo que comienza en una boca y acaba en un ano; y él lo sabía.

Lo único sencillo que tuvo en su vida Anhelo Truncado fue el parto de su hijo, facilitado por la merma en extremidades. Nació sin titubeos ni dolores, y en silencio, como si fuese el parto involuntario de un pequeño pez jabonoso.

Desde el momento en que lo pusieron en sus brazos como si fuese un trozo de carne, siempre sospechó Anhelo Truncado que una ofensa muy grave hubo de haber cometido para engendrar y parir un niño así, sin brazos y sin piernas; que todo debió de ser un castigo a causa de la profanación de la sacristía; que nunca debió sucumbir a las insistencias del sacristán en su lugar de trabajo, entre cálices, corporales, casullas, hostias sin consagrar, copones, vinajeras, manutergios y demás ferretería litúrgica cuyos nombres ignoraba.

—Es porque la sacristía es un lugar sagrado, ¿verdad, padre? —le preguntaba cada domingo al cura en confesión.

—No le des más vueltas, Anhelo —contestaba el sacerdote de La Ciénaga —. Dios ha dispuesto que en el pecado encuentres la penitencia, como debe ser. Tienes que entenderlo; estáis en pecado mortal tanto tú como la criatura, y en el infierno os encontraréis tarde o temprano con el padre, que es a quien hay que pedirle explicaciones. El niño salió tarado porque Dios no es tonto, y ni el Espíritu Santo todopoderoso, con su infinita bondad, puede perdonar una ofensa tan grandísima, así que imagínate lo poco que puedo hacer yo, que solo soy un humilde siervo del Señor. ¡Qué más quisiera yo! Anda, vete en paz y reza mucho.

 

Años atrás, cuando Anhelo Truncado aún podía con el peso de su hijo, lo despertaba a veces, tarde en la noche, para sacarlo a hurtadillas a la calle, en el interior de un barril de madera relleno con mantas y almohadas y fijado por el fondo a la carretilla de madera que usaba para acarrear las cajas de fruta. Durante esos paseos, protegidos de miradas indiscretas, le enseñó la parte trasera de la iglesia, la que no se veía desde su ventana, donde estaba la entrada de la sacristía en la que fue engendrado. Lo llevó hasta las lindes del pueblo con los campos de cultivo; así pudo saber de la existencia de vacas, ovejas, cerdos, caballos, burros y tractores, y también de norias, acequias, molinos y aljibes. Supo lo que era un campo arado, y qué aspecto tenía la fruta en los árboles, y las hortalizas en los surcos de los sembrados. Hasta entonces, solo las había visto en cajas o en el plato. Aprendió que nadie sabe lo que hay al final de los caminos por mucho tiempo que se recorran, y que las horas, fuera de la casa, tenían minutos más cortos.

Disfrutó como nunca lo había hecho una vez que les sorprendió un aguacero en mitad del paseo nocturno, y su madre corrió de vuelta a la casa empujando la carretilla bajo la intensa lluvia. Poco acostumbrado a nuevos estímulos sensoriales, los goterones de agua helada sobre su piel le activaron las terminaciones nerviosas como pequeños resortes de placer, como si fuese la primera caricia a un perro que ha pasado toda su vida encerrado en una jaula, así que acabó por empalmarse dentro del barril mientras la lluvia chorreaba por su pelo de poeta. Una vez en el zaguán, con la ropa empapada y pegada al cuerpo, fue la única vez que madre e hijo rieron juntos, aunque Niño Truncado no pudo adivinar que debajo de las gotas de lluvia que resbalaban sobre la cara de Anhelo, corrían otras saladas.

En una de aquellas salidas clandestinas conoció el camposanto y la tumba de su padre, de quien decían que murió del disgusto al verlo. Lo cierto es que lo mató su afición desmedida por el aguardiente, acrecentada al final por los miedos a la boda obligada y a la paternidad de un hijo incompleto.

El día señalado, mientras medio pueblo esperaba en la iglesia junto a la novia, no lo encontraron ni en la taberna ni en su casa. Lo buscaron en la sacristía y allí estaba en coma, con el hígado reventado y tres botellas de aguardiente vacías junto a él. Entre cuatro lo llevaron en volandas hasta el altar mientras uno de ellos intentaba sin demasiado éxito anudarle una corbata. El cura, a gritos y a cachetadas, intentó en vano sacarle el «sí quiero» entre los estertores de la muerte, pero lo que había de ser boda acabó en funeral.

Aprovechando que el cura ya estaba vestido, la misa pagada y la gente reunida, celebraron las exequias al momento con el novio de cuerpo presente tirado bocabajo frente al altar, sobre un charco de sus propios vómitos. La novia no sabía muy bien qué debía hacer o qué se esperaba de ella, y permanecía callada y de pie junto al sacristán muerto, con su ramo de flores en la mano, hasta que el sacerdote le dijo que mejor se sentase en un banco; que lo que había de ser boda se tornaba en misa de difuntos, y que una novia viva al lado de un novio cadáver era una frivolidad que se prestaba a confusión y deslucía el protagonismo que el finado merecía.

A Anhelo le hicieron sitio en la tercera fila, puesto que las dos primeras estaban reservadas para los familiares directos, y ella no llegó a serlo por un cuarto de hora. Escuchó la misa con Niño bebé a su lado en el interior de un canasto, vestido tan solo con un grueso calcetín de adulto cubriéndolo hasta el cuello, y mirando hacia la bóveda de cañón del templo. Al final de la misa, el sacerdote le negó la comunión delante de todo el pueblo —como se la negaría ya siempre a partir de entonces— por ser madre soltera y profanadora de sacristías.

El carpintero de La Ciénaga salió de la iglesia con su ayudante y, al poco rato, volvieron con el ataúd de madera barata y de dimensiones estándar que siempre guardaban en el taller para una emergencia. Antes de que lo cerraran, el dueño de la corbata aprovechó para recuperarla. Anhelo deseó en silencio que la dejaran sola con él un momento para despedirse como merecía: con un escupitajo en la cara y con una maldición. Al ser observada por tantos ojos, se tuvo que conformar con murmurar la maldición entre dientes mientras se tragaba el salivazo que le supo a bilis.

De esa forma, Anhelo Truncado pasó en un rato de soltera a viuda sin pasar por casada. Tras el entierro, todo el pueblo la observó en silencio caminar de vuelta hacia su casa; sola y humillada, con el traje de novia que ella misma se había cosido, con su bebé roto vestido con un calcetín y dormido en la canastilla, y con una deuda importante con el carpintero, que los familiares directos que ocupaban los primeros bancos se apresuraron a cederle, y que fue pagando poco a poco en verduras y hortalizas.

Anhelo sería marcada para siempre como madre soltera, y jamás le perdonó al sacristán que se muriese borracho delante de todo el pueblo justo antes de devolverle la honra. Nunca llevó flores a la tumba del padre de Niño, pero los domingos de madrugada, al no haber mercado, se acercaba hasta el cementerio con una cesta de verduras podridas que había ido guardando durante la semana. Sobre la sepultura de tierra esparcía las cebollas pochas, las coles podridas y los tomates aplastados, que acababan por ser comidos por las ratas de cementerio y por los pájaros, por los gusanos, las sabandijas y los caracoles, y todos ellos terminaban defecando sobre la tumba. No faltó ni un domingo, para que los jugos putrefactos de la descomposición se filtrasen bajo la tierra y le recordasen constantemente al ánima del sacristán que la desgracia que había dejado en La Ciénaga no habría de ser perdonada mientras ella viviese.

Jamás se le volvió a arrimar otro hombre con buenas o con malas intenciones exceptuando los que iban a comprarle verduras en el mercado. Para todos se convirtió en alguien que encarnaba una suerte de maldición; una mujer que solo podía concebir monstruos.

Una mañana, mientras Anhelo estaba en el mercado vendiendo sus coliflores y sus berzas, Malasanta cuidaba de Niño Truncado, que reposaba en su cama. Era apenas un catre al que el carpintero de La Ciénaga, a cambio de más verduras, había sustituido las patas por otras más altas, con el propósito de hacer más cómodo el trabajo de su cuidadora.

Niño miraba al techo y se dejaba hacer. Mientras peinaba su pelo de poeta —casi un juego de muñecas—, Malasanta lo miraba a los ojos de explorador triste. Supo reconocer en ellos algo intenso, un hambre en su mirada, y se preguntó si también ella, como tantas veces había visto hacer a las mujeres del prostíbulo, sería capaz de dirigir el pensamiento y la voluntad de un hombre con la simple exhibición de su desnudez. Le pareció que era una buena oportunidad para intentarlo con aquel tullido inofensivo que de todas maneras, pasase lo que pasase, nada podría hacer contra ella.

Muy despacio, Malasanta se desabrochó la camisa y se descubrió los pechitos de adolescente para que Niño se los viese; los acercó a su cara para que le llegasen los olores a jabón y a vainilla, a pan y a hierba. Mientras él aspiraba los aromas de su piel afrutada, la muchacha notó que una pequeña tirantez eléctrica despertaba las puntas de sus pezones, y le gustó que él no despegase la vista de su cuerpo, como si la estuviese tocando con los ojos.

Todo fue suave y fácil, y se sorprendió al reconocer que su cuerpo tenía de forma natural ese poder de seducción que había visto en los de las compañeras de su madre. Sin embargo, no reconoció la violencia y las vergüenzas, los miedos, las urgencias, los olores astringentes y las luchas por dominar y someter que se intercambiaban en el cuarto del burdel y que tantas veces, entre asustada y fascinada, había espiado a través de las rendijas del biombo.

Con su torso desnudo, Malasanta lo lavó transmitiéndole toda su dulzura a través de la esponja mojada con agua tibia y jabonosa. Luego secó cada rincón de su cuerpo; le untó crema, y lo acarició sin prisas —manos como plumas— empezando por el pelo de poeta, la frente, los párpados, las mejillas, los labios y el cuello; luego siguió con el pecho, los huecos de las clavículas, los costados de la caja torácica y las axilas sin continuidad. Bajó luego por el vientre hasta los muñones de abajo, y se demoró entre ellos. Allí sintió una fuerza, una tensión palpitante que imploraba en silencio ser liberada de su interminable encierro.

Embargada por una suerte de hipnosis, abarcó su sexo con las dos manos, lo apretó, y sintió el bombeo del corazón de Niño, como si el mismo sexo fuese también corazón, o fuese solo o sobre todo un corazón, o como si cuerpo entero, sexo y corazón fuesen una misma cosa: un único ente palpitante y unicelular. Malasanta acercó su cara al sexo de Niño y aspiró su olor a recién limpio mientras lo seguía sosteniendo con ambas manos; comprobó la tersura y la tirantez de su piel rozándola con los labios, y lo lamió una sola vez, muy despacio y en toda su longitud, desde la base hasta el glande. Luego comenzó a masajearlo, y poco a poco aumentó el empeño y la cadencia del vaivén, arriba y abajo, hasta que entre alaridos mudos y párpados agarrotados, le hizo descargar el tsunami blanco, hirviente y vivo que llevaba reteniendo toda su miserable vida. Fue una única andanada, caudalosa y prolongada; la explosión de una caldera con la violencia de un cañón de espuma a presión que parecía no vaciarse nunca.

Desde detrás del biombo, Malasanta había visto a su madre hacer aquellos gestos con miles de hombres, y los había visto eyacular a gritos, con gruñidos de animal herido, con hipidos, con murmullos, con gemidos, con risas, con aullidos y con llantos, e incluso rezando un avemaría o cantando el Cara al sol, pero jamás con aquel grito hacia adentro, silencioso y sagrado pero al mismo tiempo ensordecedor y sagrado. Y sobre todo, jamás había visto nada como la erupción de aquel géiser ardiente, aquel espectáculo de apoteosis pirotécnica.

La joven Malasanta se desconcertó cuando sintió que algo líquido y tibio empapaba sus bragas, y que regatos de salmuera le resbalaban cálidos por la cara interna de los muslos hasta las rodillas, hasta los tobillos, empapándole los pies y mezclándose en el suelo con los charcos que dejaron los jugos de Niño.

La temperatura de la piel se le disparó ante aquella terrible visión del joven roto y derrotado, y un zumbido en los oídos la avisaba de que había trasgredido una frontera que no sospechaba que pudiese existir: la de la comunión íntima y pura entre dos seres humanos; sin transacciones de poder o de dinero de por medio; sin vergüenzas ni dominaciones, y sin ninguna obligación más que la que marca el propio instinto. Se dio cuenta de que el sexo podía ser limpio y hermoso, y de que lo que en principio creyó que era un acto de dominación hacia Niño o una exploración de su propio poder, no era solo eso.

Se dio cuenta de que lo que hizo, lo hizo también por ella; por hacerse un regalo. Pero también se dio cuenta de que no lo hizo solo por ella: también quiso hacerle un regalo a él. Y supo que aquello, ese acto de compartir, esa suerte de vínculo de comunión, era solo un comienzo; el comienzo de algo que no sabía muy bien lo que era, cuánto duraría, ni cómo habría de acabar.

Asustada por la fuerza de la naturaleza y por el descubrimiento de que su propia voluptuosidad la hacía vulnerable, se cubrió. Durante horas limpió en silencio las paredes, el techo, las cortinas, el suelo, a sí misma y al joven, que parecía ido, ingrávido, flotando abandonado en un estado de paz y de liberación que no había conocido hasta entonces.

Desde aquel momento, al hijo de Anhelo Truncado se le formó como un velo en los ojos, o como si enfocase su vista en algún punto muy lejano, muy por detrás de las cosas que miraba, y la erección permanente nunca más le dio reposo.

Cuando Anhelo llegó del mercado y vio la paz absoluta asentada en el rostro de su hijo, miró a Malasanta buscando una explicación, pero esta agachó la cabeza y se concentró en sus tareas. La madre no dijo nada y se marchó a su cuarto a dar gracias a Dios entre lágrimas de emoción.

Al día siguiente, Niño le pidió a Malasanta que se volviese a desnudar y que le enseñase otra vez su cuerpo. Esta vez ella se quitó toda la ropa, levantó los brazos y dio varias vueltas muy despacio para que la viese desde todos los ángulos. A continuación se acercó a la cama y dejó que la contemplase de cerca y que la olfatease sin prisas mientras acariciaba su torso de niño-torso. Luego subió a la cama y se colocó de frente y a horcajadas sobre el rostro de su amigo. Acercó la entrepierna a la cara de Niño, y con las puntas de los dedos se abrió los labios de su tesoro sin estrenar, como quien abre el estuche de una joya, para que explorase los dobladillos misteriosos y los escondites que formaban los repliegues de su vulva, y en aquel momento los pezones se le erizaron y su sexo comenzó a segregar el flujo de néctar que Niño aspiraba en profundidad, ora con los ojos muy abiertos, ora con los ojos cerrados, para aprovechar con plenitud las diferencias entre las sensaciones que cada sentido le ofrecía, para finalmente comenzar a degustar las primeras gotas almibaradas que mojaban sus labios y que él recogía con la punta de la lengua.

Niño Truncado descubrió que las caras interiores de los muslos de Malasanta, que en aquel momento acariciaban sus mejillas, eran el territorio de piel más suave que se podía imaginar, y se maravillaba de aquel tacto de seda mientras mil bombas explotaban en su cabeza, y se odiaba por no tener brazos ni manos para abarcar aquel trozo de paraíso.

Malasanta le enseñó el milagro del clítoris, y lo acercó a su boca para que aprendiese a despertarlo con los labios, con la lengua, pero Niño Truncado tenía un talento especial con la única parte móvil de su cuerpo que podía manejar a falta de extremidades. Como si fuese un virtuoso que lo hubiese hecho durante toda su vida, en pocos minutos llevó a Malasanta a sobrevolar las azoteas del placer hasta provocarle espasmos en los muslos y en el vientre, y un temblor interior imposible de domar que se prolongó hasta lo insoportable y que se acabó por acompasar con los latidos que tronaban en el niño-corazón. Malasanta llegó a lo más alto del clímax con un grito interior, mientras se agarraba a manojos del pelo de poeta de Niño y apretaba el pubis contra su cara, encharcada ya de dulce salmuera mezclada con saliva, para sentir su boca y su lengua, y para trasmitirle a su vez sus propias convulsiones. Era una conexión magnética y sagrada, una tormenta eléctrica, un duelo a muerte, un terremoto, un abismo, una sinfonía.

Cuando pensaba que ya no podía subir más alto y su cuerpo explotaba entre espasmos y fuegos artificiales que quemaban su vientre y llegaban hasta sus extremidades, volvía a recomenzar como si fuese una secuencia de olas furiosas que no acababa nunca, cada una más fuerte que la anterior, con una intensidad que nada tenía que ver con lo que a veces había experimentado ella sola.

En algún momento, habiendo ya perdido la cuenta de tantos orgasmos encadenados, Malasanta sintió tras su cuello el chorro hirviente de la explosión de Niño, y notó cómo el líquido, denso y suave, le envolvía los hombros como una capa y resbalaba hasta la parte baja de la espalda como un abrazo cálido y reconfortante, ralentizando al llegar al quiebro que dibujaba el coxis, y acelerando de nuevo en el hueco puntiagudo que el hueso sacro dibujaba entre sus nalgas como si fuese un embudo de seda. Mientras tanto, desenredaba los dedos del pelo de Niño y se reponía de las últimas convulsiones preguntándose cuál era la naturaleza y, sobre todo, dónde estaban las fronteras de aquel país extraño que acababa de visitar.

Los días pasaban y, poco a poco, los dos aprendían al mismo tiempo a abandonarse al placer con la inocencia de dos jóvenes animales salvajes que se aparean por primera vez obedeciendo a sus instintos y sin saber nada de la maldad ni de la suciedad de la mente humana.

Y la niña Malasanta supo que durante toda su vida se había estado preparando para convivir con la sordidez más despiadada, y que estaba preparada para ello, pero que estaba muy lejos de saber cómo enfrentarse a la belleza y sobrevivirla.

 

Durante el tiempo que Malasanta siguió viviendo en casa de los Truncado, no dejó de ocuparse de todas las necesidades de Niño, incluidas las eróticas. Aprendieron a inventar juegos cuyas reglas solo ellos conocían, y múltiples formas de hacerse el amor. Malasanta fue aprendiendo que su vagina de adolescente, si había deseo y estaba bien lubricada, era lo suficientemente elástica como para albergar el mayor sexo de hombre que vería en toda su vida.

Cuando acababan, se quedaban en la cama durante horas, desnudos y abrazados y hablando de sus cosas. Él se refugiaba en los brazos físicos de ella, y ella se dejaba envolver por la calidez de los brazos metafísicos de Niño. A veces, durante alguno de esos momentos, Niño le pedía a Malasanta que le contase cómo imaginaba que debía de ser Chipre, y le preguntaba si le gustaría ir con él a pasear por las playas de Chipre si tuviese piernas, pero Malasanta nunca había oído hablar antes de ese sitio.

Anhelo la trataba como a una hija; le arreglaba la ropa que ella dejaba de usar, le compró un par de zapatos, y cada día le daba gracias a Dios por ver a su hijo tan feliz. Durante un tiempo, soñó incluso con que tal vez se podía morir tranquila antes que su hijo.

 

Sin embargo, la memoria de doña Expiración era buena para asuntos de negocios, y no estaba dispuesta a renunciar a los beneficios de lo que siempre consideró una inversión a largo plazo. Llegó un día en el que se le presentó la oportunidad de una transacción lucrativa; se acordó de Malasanta, y la mandó a buscar.

Además de las mujeres que trabajaban para ella, doña Expiración tenía a varios hombres empleados: los dos o tres que se turnaban en el puesto de portero, y otros tantos que se ocupaban del bar y del mantenimiento de la casa. Todos eran obedientes, de escasas luces, y abundante musculatura; los mantenía contentos porque por Navidad y otras fiestas les ofrecía un servicio gratis con la mujer que prefiriesen siempre que fuese en horas muertas o de baja concurrencia. A menudo recurría a ellos para expulsar a clientes demasiado borrachos, a aquellos que se habían quedado sin dinero, y a los que se propasaban con el empleo de la violencia hacia las trabajadoras sin haberlo negociado antes con la jefa y haber pagado el suplemento establecido. También eran muy útiles para convencer a las empleadas díscolas de que les convenía dejar de pensar por ellas mismas y que era más sensato y seguro someterse en todo a la protección y a la voluntad de su jefa.

Para asegurarse del buen desenlace de sus planes, doña Expiración envió a dos de sus hombres a hacer una visita al puesto de fruta de Anhelo Truncado y le dejasen claro que si causaba problemas, se quedaría sin verduras, sin puesto, y tal vez sin su vida o sin la vida del niño roto.

La joven Malasanta, al cumplir quince años, fue obligada a volver a lo de doña Expiración y a ocupar el puesto que le estaba destinado desde su nacimiento. Por el momento, Dámasa la Tuerta seguía teniendo cuarto propio, pero algún día, cuando su cartera de clientes de toda la vida no le diese lo suficiente para poder pagar el alquiler, tendría que compartir el de Malasanta, y entonces le tocaría a ella instalarse en el colchón y sujetarse los ataques de tos y las ganas de fumar mientras del otro lado del biombo su hija despachase a sus clientes.

Otras muchachas, jóvenes compañeras de prostíbulo, cuando supieron de las maravillas que se contaban de Niño Truncado y alentadas por Malasanta, se pasaban por su casa por las mañanas, cuando no había trabajo en lo de doña Expiración y la madre de Niño estaba en el mercado. Anhelo conocía las necesidades de su hijo y su propia impotencia para colmarlas, así que se cuidaba de que siempre quedase la puerta entornada y la casa accesible. De todas maneras, no había nada que robar aparte de algunas naranjas y manojos de acelgas o de tagarninas.

Las chicas más animosas entraban a hurtadillas y se admiraban de lo que encontraban a su disposición. Algunas se animaban a medir, con las bocas abiertas al máximo que permitían las articulaciones de sus mandíbulas, el calibre de la única extremidad de Niño, o a montarlo si estaban bien lubricadas. Él se prestaba a esos caprichos juveniles gustoso, en silencio, y de forma pasiva —la única posible—. Si bien Niño siempre estaba armado y listo, y disfrutaba con esos pasatiempos, en el momento supremo siempre cerraba los ojos y pensaba en la joven que lo liberó de sus cadenas interiores.

Desde que se incorporó a su puesto de trabajo, Malasanta se sentía demasiado sucia para volver a ocuparse del joven tullido con pelo de poeta y ojos de explorador triste que tanto alteró su espíritu; le daba miedo volver a hacer el amor con él y que la fuerza de sus sentimientos la llevase a tomar decisiones que le trajesen problemas a ella, a su madre o a los Truncado, pero se alegraba por él al saber que otras se ocupaban de vaciarlo cuando la presión era demasiado fuerte.

Malasanta dejó de visitar a Niño Truncado. Oculto tras los visillos, atado a su silla con correas de cuero, el hijo de Anhelo la veía a veces pasar por la calle. Desde su doble reclusión de casa y de cuerpo, pues su propio cuerpo era también su cárcel, podía observar cómo ella dirigía la vista hacia su ventana —unos ojos esquivos— antes de bajar la cabeza y enfilar el camino de lo de doña Expiración. El cruce de miradas duraba apenas un par de segundos, como un paréntesis en el que parecían amortiguarse los sonidos y detenerse el mundo, pero aquella breve mirada de novia con ojos de tormenta rompía cada vez lo poco que quedaba entero dentro del muchacho.

Al hijo de Anhelo Truncado se le pudo aún entrever durante mucho tiempo por las mañanas, tras los visillos de niebla tejida de las ventanas de su casa, que a veces se fundía y se confundía con la niebla real de la mañana al otro lado del cristal, y con la otra niebla de su mirada de niño que vivía entre ensoñaciones.

A su madre le iban abandonando las fuerzas necesarias para empujar la carretilla cargada con verduras, y volvió a rezar cada día para que Dios se llevase a su hijo antes que a ella.

 

Desde que Malasanta comenzó a ejercer, su mayor sueño fue reunir dinero suficiente y poder comprarle un televisor a Niño Truncado para que los días no se le hiciesen tan largos.

El primer cliente de Malasanta fue un cincuentón adinerado: el notario de La Ciénaga. Le había hecho una oferta de veinte mil pesetas a doña Expiración a cambio de un virgo intacto. Fue en ese momento cuando se acordó de la hija de la tuerta y la mandó a buscar.

En el día señalado para el encuentro, Dámasa bajó al corral y mató un pollo. Le cortó la cabeza, llenó un preservativo con su sangre y luego lo anudó. Finalmente, se lo dio a su hija con instrucciones de esconderlo bajo la almohada y, cuando el notario entrase en su vagina, reventarlo sin que se diese cuenta y restregarse la sangre por la zona.

No le costó mucho trabajo; el notario no tardó ni dos minutos en eyacular; fue tan pronto como la vio desnuda, entre tartamudeos y entre sus muslos, sin llegar a penetrarla más de un par de centímetros y casi sin tocarla. Malasanta consiguió reventar el preservativo a tiempo y manchar con sangre de pollo sus muslos y la exigua verga del cliente. El notario no llegó muy bien a saber lo que había pasado, pero quedó satisfecho; durante el resto de su vida, pudo levantar acta notarial, cada vez que se le presentó la ocasión ante sus colegas y allegados, de haber desvirgado a una niña de quince años.

En el momento del contacto con aquel hombre, lo único que irritó a Malasanta fue el notar tantas manos, brazos y piernas sobrando, molestándola por todos los costados, y cuando, entre sus muslos, sintió con repugnancia verterse una mísera, insultante, insignificante cantidad de esperma frío; un par de gotas, pegajosas y sin apenas fuerza, de semen anémico de notario de pueblo.

Aquella noche, doña Expiración cenó pollo a la portuguesa preparado por Dámasa la Tuerta, pero el precio del animal fue descontado de la comisión de la niña, por lo que su primer servicio dio un saldo negativo: empezó su carrera endeudada con la patrona, y la posibilidad de la compra del televisor para Niño Truncado se alejó un poco más: el precio de un pollo.