Malasanta

Antonio Tocornal · Capítulo 6 de 7

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Malasanta

45. Cándido Fogoso

 

[Ciudad del norte, 2009]

 

Puestos a clasificar, todo es clasificable, cómo no, y la mente de Cándido Fogoso no podía escapar, por más que hubiese querido, a la necesidad que otros tenían de catalogarla.

Los entendidos lo etiquetaban como «alteración cognitiva moderada», cosa que quedaba muy científica y muy de persona correcta, y solían quedar muy satisfechos los entendidos tras enunciar el diagnóstico; era una clasificación solidaria y propia de alguien con la empatía desarrollada y con un espíritu aquiescente, pero que además posee un nivel de vocabulario suficientemente alto como para conocer el significado de la palabra aquiescente. Los que no entendían de «connotaciones peyorativas» ni de «efectos estigmatizadores», sin embargo, lo seguían llamando simplemente «retraso mental». Al menos no llegaban a llamarlo «subnormalidad», aunque el intelecto de Cándido deambulaba por esa zona fronteriza en la que tal vez llamarlo «subnormal» habría parecido una crueldad evitable y propia de otra época, si bien atendiendo con rigor al aspecto puramente etimológico de la palabra, nadie habría negado que su entendimiento navegaba algo por debajo —«sub»— de lo estandarizado como normal. El caso es que la mente, digamos «ingenua», del púber Cándido Fogoso, el hijo de los inquilinos del tercero izquierda, nunca llegó a barajar la eventualidad de que los acontecimientos que marcaron su iniciación en el mundo del erotismo sobreviniesen de una manera tan insólita como inesperada.

Aquel episodio marcaría el comienzo de su vida sexual interactiva — como contraposición a «solitaria»—, y lo cierto es que nunca llegó a apreciar Cándido nada sórdido ni denigrante; con toda seguridad debido a su naturaleza, como hemos dicho, «ingenua».

El caso es que su alteración cognitiva moderada no iba acompañada de ninguna alteración en su apetito carnal o en su curiosidad hacia el universo de la voluptuosidad; más bien al revés.

Durante los últimos años —aquellos de tránsito entre la infancia y la edad adulta—, cultivaba el joven un catálogo con mil variantes de imágenes eróticas en su fiebre noctámbula, y sus pajas recurrentes siempre iban acompañadas por la evocación de jóvenes bellezas que visionaba en imágenes reproducidas en su teléfono móvil. Él sabía escribir en el buscador de internet «mujeres bonitas», y de inmediato le salían innumerables fotografías agradables que lo escoltaban en su sesión diaria; algo sano y nada extraordinario entre los chicos de su edad.

En una ocasión, un monitor del Centro de Educación Adaptada, que demostró una pronunciada vocación pedagógica y ser un adelantado en las costumbres al uso de su oficio, le enseñó a mejorar sus búsquedas en internet; le sugirió hacerlo en inglés, y hacerlo conjugando algunas variantes: le enseñó, entre otras cosas, a escribir biggest tits ever, que según él significaba «mujeres elegantes»; horny lesbians, que significaba «mejores amigas», o multiracial orgy —«fiestas de cumpleaños»—, y le enseñó también a centrarse en la búsqueda de vídeos, mucho más vívidos que las fotografías fijas. El chico atendió a las explicaciones y tomó buena nota, y desde entonces, y para su disfrute, a Cándido se le abrió mucho más el abanico de imágenes para evocar. El aspecto puramente lúbrico de sus búsquedas prosperó y ganó terreno, ante el consecuente repliegue del lado más romántico.

Sin embargo, nunca sospechó que la primera mujer que provocase su primera eyaculación por contacto físico —y no por ensoñación autoaplicada — pudiese ser la vecina del tercero derecha, conocida en el bloque como doña Malasanta; una solitaria algo siniestra, de ocupación limpiadora, que había sido empleada en diferentes edificios entre los que se encontró, hasta que fuera despedida, la unidad de quemados del hospital del distrito.

Por aquel entonces, Malasanta triplicaba la edad de Cándido Fogoso, aunque la diferencia parecía aún mayor. La mala vida y el consumo de alcohol durante décadas habían hecho estragos en su cuerpo: Malasanta había envejecido prematuramente y mal. La belleza y la exuberancia que la habían adornado durante gran parte de su vida ya no eran recordadas por nadie; ni siquiera por ella misma. Tal vez por Niño Truncado y por Modesto Baldío, si es que aún vivía y conservaba algo de memoria.

Había llegado a la ciudad hacía algunos años, y se había instalado en aquel pequeño apartamento de alquiler de un solo dormitorio en una barriada popular. Alguna vez mencionó a sus vecinos que había trabajado antes en el mundo del comercio sin especificar de qué comercio, aunque nadie se interesó nunca por conocer los pormenores de esa historia ni de ninguna otra. Sin embargo, de todos era conocida la afición de Malasanta por el consumo en exceso de brandy Fundador y, en varias ocasiones, su inclinación le había causado desavenencias con la comunidad.

El timbre que le correspondía en el tablero del portero automático, en el quicio de la entrada del inmueble, nunca había tenido ningún nombre rotulado; se diferenciaba del resto por un pegote sospechoso de esmalte de uñas de color rojo coralino sobre el plástico que protegía la etiqueta vacía, y que por razones de «uso intuitivo», demostró su utilidad para evitar molestias a los demás vecinos con confusiones a horas inoportunas. Durante los primeros años tras instalarse en el inmueble, solía recibir visitas de señores a cualquier hora; muchos de ellos pasados de urgencia, de alcohol o de drogas, y ocasionalmente se produjeron algunos episodios de gritos, de golpes y de risas que traspasaban los tabiques a mitad de la noche y que llegaron a despertar habladurías entre los vecinos. Poco a poco, a lo largo de los últimos años, aquellas visitas se fueron espaciando hasta desaparecer por completo. A medida que Malasanta iba perdiendo los últimos atisbos de atractivo físico, las progresivas ofertas y rebajas de tarifas dejaron de ser suficiente para conservar la clientela. El pegote de esmalte de uñas del timbre acabó por desprenderse dejando una fantasmagórica mancha de un rosa pálido, único vestigio de tiempos más alegres. No por eso escribió su nombre junto al timbre; Malasanta nunca recibía correo y, aunque suponía que doña Expiración, de seguir viva, habría perdido el interés por encontrarla, prefería no dejar pistas.

Una vez que la pérdida de sus encantos, acelerada por el consumo continuado de brandy, la hubiese obligado a explorar las posibilidades de reciclarse, se resignó a buscar trabajo fuera, y había ido pasando como limpiadora por diversos edificios y empresas. Al principio, compaginaba la fregona con su antigua ocupación, con el propósito de completar, con su nueva actividad, los ingresos que iban mermando con la antigua, pero poco a poco, ante la evidencia, tuvo que ir dejando apartado, de forma definitiva, el viejo oficio de putear.

Uno de aquellos empleos esporádicos fue el de limpiadora en la unidad de quemados del hospital del distrito. Cuando la echaron por borracha y por robar vendas, pomadas y material sanitario, buscó ser apadrinada por algunos de sus antiguos clientes. Tras un periodo sin trabajo, consiguió que uno de ellos le echase una mano a cambio de un compromiso de confidencialidad.

Aquel cliente que la apadrinó, uno de sus últimos habituales, era el ferretero del final de la calle. Acudía al piso de Malasanta los primeros jueves de cada mes, tras cerrar la ferretería, coincidiendo con que su esposa se reunía con sus amigas para el tardeo mensual sin hombres, una costumbre que empezaba a ser tradición y que empleaban en beber gin-tonics y vermús sin moderación y en hablar mal de sus respectivos maridos, aunque alguna de ellas, en connivencia con las demás, la aprovechaba también como coartada cuando se le presentaba la ocasión de explorar caminos de erotismo extramarital.

Tras colgar la bata de ferretero a las ocho de la tarde, cogía una discreta bolsa de papel que guardaba escondida tras el mostrador, y salía de la tienda. Luego bajaba la reja de su establecimiento, subía la calle y, al llegar a la altura del edificio de Malasanta, miraba a derecha e izquierda para comprobar que no había nadie conocido en las inmediaciones. Tras pulsar brevemente el botón sin rotular del portero automático del tercero derecha, y mientras esperaba a que le abriesen la puerta, se miraba las punteras de sus zapatos y rezaba por hacerse invisible.

En la bolsa llevaba un sujetador y unas bragas de color carne que pertenecían a su esposa, cuya talla era de lejos mucho mayor que la del propio ferretero, una barra de labios también de su esposa de color «Red Honey Love Ultra Glass», un par de medias de nilón, unos pendientes de bisutería con sujeción de clip, y unas bridas de plástico que cogía de la ferretería.

Al llegar al apartamento de Malasanta, el ferretero pasaba al cuarto de baño donde se desvestía en silencio, se ponía la ropa interior de su mujer intentando esconder la vergüenza, y se pintaba los labios frente al espejo acabando con ese gesto tan femenino de apretarlos entre sí para homogeneizar la capa de color. Cuando estaba listo, se iba al dormitorio travestido de forma grotesca, con unas bragas que se tenía que sujetar con una mano para que no se le escurriesen, unas medias demasiado grandes que le obligaban a caminar con las rodillas pegadas entre sí para que no acabasen enrolladas en sus tobillos, y un sujetador de copa «H» que simulaba sujetar dos enormes bolas de aire sobre un pecho blanco, encanijado y peludo. Luego entregaba algunas bridas a Malasanta y le pedía que le atase las muñecas a los barrotes de la cama. Entonces comenzaba el juego.

Los encuentros siempre obedecían al mismo protocolo, por lo que la mujer ya sabía lo que se esperaba de ella: se situaba sobre el ferretero a horcajadas, con las piernas abiertas a ambos lados de su pecho, y comenzaba a escupirle y a darle bofetadas cada vez con más violencia, y a llamarle una y otra vez «chupapollas» o «puta cerda». Él le decía a todo que sí, pero le pedía que de vez en cuando le llamase otras cosas peores; que usase su imaginación. Le decía: «Ya sé que soy un chupapollas y una puta cerda, pero también soy cosas peores; no sé, llámame “asquerosa”, llámame “puta zorra de mierda”, llámame lo peor que se te ocurra; todo lo que me llames, me lo merezco».

Malasanta se rompía en vano la cabeza para encontrar giros y matices, otras maneras de insultarlo, aunque acababa siempre recurriendo a lo mismo. Poco a poco, a base de humillaciones, el ferretero se iba excitando. En algún momento, comenzaba a lloriquear y a decirle: «Perdóname mami, he sido una niña mala», o «No me castigues; te prometo que dejaré de chupar pollas de señores desconocidos». Entonces ya sabía Malasanta que debía soltar su vejiga y orinarle generosamente sobre el pecho mientras redoblaba los insultos y las bofetadas; era lo pactado. Sabía también que cuando el lloriqueo se convirtiese en un gemido agudo y casi inaudible, y luego en un mugido ronco, su trabajo habría terminado; el ferretero habría eyaculado en las bragas de su señora una limitada cantidad de esperma sin necesidad de que ninguno de los dos tocase en ningún momento su pequeño pene de quincallero. También sabía que ya podía cortar las bridas con las tijeras de cocina que había dejado preparadas sobre la mesa de noche. Su cliente se sujetaba entonces las bragas, pasaba a la ducha brevemente, y luego se secaba y se vestía en silencio.

El ferretero, satisfecho y sonriente, salía del baño vestido y ya sin ningún resto de vergüenza, como si lo que hubiese sucedido minutos antes hubiese sido algo sencillo e inocente como una partida de parchís. Entonces recogía sus pertenencias, las doblaba con primor, y las guardaba en la bolsa de papel; luego le entregaba a Malasanta un billete de cincuenta euros, y a menudo añadía algún regalo que le traía de la ferretería: unos pliegos de papel de lija de diferentes gramajes, un destornillador plano con comprobador de corriente, un pie de rey, un rollo de cinta de carrocero, o a veces algo más útil como unos trapos de cocina, una trampa para cucarachas o una bombilla de bajo consumo.

Malasanta accedía al trato porque era dinero fácil —ganaba en media hora lo mismo que en día y medio limpiando— y porque no tenía mucho donde elegir. Ya sabía ella que los primeros jueves de cada mes tenía que colocar un plástico entre el colchón y la sábana bajera, y que tenía que beber al menos un litro de agua antes de las ocho y diez de la tarde y aguantar sin ir al baño; detalles técnicos necesarios en los que se notaba su nivel de profesionalidad, pero que al ferretero, por profano, se le escapaban. Tras la sesión, aprovechaba la mujer para hacer el cambio mensual de sábanas.

En una ocasión, Malasanta coincidió con la esposa del ferretero en la pescadería del mercado del barrio; una compraba un kilo de mejillones, y la otra un besugo para hacer en el horno. Ambas entablaron conversación de forma espontánea. Enseguida se identificó una como «exrepresentante de artículos de mercería y operaria de limpieza», y la otra como «ferretera-quincallera» o, más exactamente, «esposa de ferretero-quincallero». De forma natural, acabaron en el bar del mercado a media mañana ante una copa de Fundador la una y un gin-tonic de Larios la otra. Mientras bebían y hablaban de sus cosas, Malasanta ató cabos y reconoció, en el volumen de los pechos de la mujer, aquellos otros volúmenes huecos; las dos ausencias esféricas que llenaban el sujetador de su cliente de los primeros jueves de cada mes, pero guardó de forma escrupulosa el secreto profesional.

Cuando esa noche, ante un plato de besugo, el ferretero tuvo noticia de que las mujeres se conocían e incluso alternaban, se alarmó tanto que dio por acabadas las visitas mensuales, pero quiso hacer algo por Malasanta para asegurarse de que su esposa nunca supiese de sus transacciones. El hombre movió algunos hilos entre sus conocidos para encontrarle una ocupación honrada.

 

Malasanta comenzó a trabajar como limpiadora en una sala de cine porno para homosexuales; un local donde el ferretero parecía ser un cliente habitual. En él se proyectaban películas con títulos como La banana mecánica, El club de la ducha, o Las aventuras de los Pichapiedra (seguida por su secuela rodada en la misma tarde: Nuevas aventuras de los Pichapiedra). Eran cintas que, si bien nunca se proyectarían en Cannes o en la Berlinale, cumplían su función de forma apropiada. Por otra parte, los guionistas y los montadores de películas de ese género, sabiendo que serían exhibidas en sesiones continuas, solían tener la deferencia de simplificar la trama argumental, por lo que el espectador, incluso el más distraído, no tardaba en comprender la secuencia narrativa aunque entrase a la sala con la película mediada.

El antro era una reliquia que se caía a pedazos por falta de mantenimiento; con asientos desvencijados por efecto de mil batallas y con jirones de papel pintado que se desprendían de las paredes como la muda de una serpiente. Era el último cine de ese género que quedaba; la expansión democrática de la pornografía por internet, y los estragos del sida consiguieron que empezasen a cerrar uno tras otro. La aparición, unos años más tarde, de las aplicaciones móviles para citas, acabaron de forma definitiva con esa institución que tuvo su auge en los locos años ochenta. Los últimos clientes de aquella sala eran homosexuales viejos que no lograban entenderse con las nuevas tecnologías, y que de todas maneras solo conseguían camaradas de aventuras bajo la piadosa complicidad de la oscuridad más absoluta.

Su cometido le ocupaba toda la mañana. Pasaba la fregona y un paño húmedo entre las butacas para recoger los chorreones de esperma derramado, y a menudo tenía que pararse a restregar con una espátula y un estropajo si ya estaban demasiado resecos y adheridos, pues eran de la noche anterior. A veces, también encontraba charcos de orines. También recogía pañuelos de papel y preservativos usados que solían estar manchados de sangre o de excrementos o de ambas cosas. Los iba metiendo en una bolsa de basura como quien recoge plumas para rellenar una almohada. Cuando la bolsa estaba llena, la anudaba y la palpaba desde abajo como si fuese la vejiga hinchada de un gran pez.

A pesar de que buscó con ilusión durante años, nunca encontró entre las butacas nada de valor; ni carteras repletas de billetes, ni anillos, ni relojes de oro. Todo lo más, alguna botella de Popper vacía o una argolla de acero de las que venden en los sex shops para poner alrededor de la base del pene con el fin de estrangularlo y potenciar la duración y la intensidad de la erección. Ella sabía muy bien para qué servían; lo había visto muchas veces usados por los jóvenes que llegaban de madrugada tras el cierre de las discotecas cuando trabajaba en lo de doña Expiración. Malasanta llegó a reunir una buena colección de anillas de diferentes diámetros. Cada vez que se encontraba una, le entraba una alegría inexplicable, un estremecimiento, como si hubiese encontrado una pepita de oro o una trufa enorme. Se la guardaba en el bolsillo de la bata y luego se la llevaba a su casa, la abrillantaba con limpiametales y, cuando la veía reluciente, la guardaba como un tesoro en el cajón de la mesa de noche. A veces desplegaba su colección sobre la mesa del comedor y pasaba la tarde puliendo las argollas y ordenándolas por diámetros mientras poco a poco se iba narcotizando con la ayuda del Fundador.

En una ocasión, se encontró entre dos butacas un dedo humano envuelto en un pañuelo de papel. Estaba casi completo: dos falanges y gran parte de la tercera de un dedo corazón. Al principio se asustó porque pensaba que era un pequeño pene que, en un momento de desenfreno, había sido seccionado in situ de un mordisco, pero luego reconoció la uña y se quedó más tranquila. La uña estaba azulada, de un azul violáceo casi nocturno, pero aún conservaba una manicura impecable. Dudó durante un rato con el dedo en la palma de la mano, mirándolo sin acabar de creérselo. Se lo llegó a llevar a la nariz por ver si el olor le aportaba una pista sobre qué hacer con él. Sopesó la posibilidad de llevárselo a su jefe para que lo denunciase a la policía si lo creía conveniente. Al final prefirió no hacerlo; sabía que, al estar trabajando sin contrato y sin cotizar a la Seguridad Social, el patrón no querría a nadie husmeando y haciéndole preguntas. Valoró meterlo en la bolsa junto a los condones usados, pero no quería dejar cabos sueltos, así que acabó por arrojarlo al retrete y tirar de la cisterna. El dedo giró varias veces en el agua haciéndole una peineta movediza y espiral antes de perderse camino de las alcantarillas, donde flotaría un rato hasta ser encontrado y roído a tientas por un batallón de cucarachas ciegas y voraces, o lamido por las lenguas ásperas de una familia de ratas miopes. No le dijo nada a nadie; de esa forma, si alguien llegaba al cine y preguntaba por un dedo amputado, bastaría con encogerse de hombros y hacerse la inocente. No quería problemas y necesitaba conservar su empleo.

Malasanta tenía un gran tarro de cristal de forma esférica, a modo de pecera, donde nadaba en círculos un único pez. Era rojo, como pensaba que debía ser: los peces que nadan solos en peceras redondas, pensaba, han de ser rojos; a lo sumo, naranjas. Se llamaba Candela, en honor a su amiga pelirroja, y siempre pensó que era un pez hembra, aunque nunca hubo nada que le certificase esa certeza. Era como aquel pez que vieron en el acuario de un mesón de carretera hacía más de veinte años, un par de días antes de la muerte de su amiga.

Cada noche, Malasanta se instalaba durante horas frente a Candela, y la observaba nadar en círculos mientras pensaba en los círculos que había trazado su propia vida, como si desde el principio hubiese estado girando en el vórtice de un sumidero que nunca se decidía a tragársela; como si fuese imposible escapar a esa corriente circular que había supuesto su existencia, y cada año, cada episodio de su vida, fuese una vuelta más en una espiral de cuyo arrastre fuese imposible salir.

Poco a poco, vaciaba su botella de Fundador a pequeños sorbos mientras observaba las evoluciones del pez, su única compañía, y escuchaba viejas bachatas dominicanas hasta caer dormida en el sofá. Cada mañana y cada tarde le echaba a Candela un pellizco de pienso para peces; cada dos o tres días, la metía en un vaso durante un rato mientras vaciaba la pecera, limpiaba la película verdosa de algas que crecía adherida a la cara interior, y la rellenaba de nuevo con agua del grifo. Candela parecía revivir durante unos minutos cuando sentía el agua fresca acariciar sus lomos rojizos, porque nadaba dos o tres vueltas a un ritmo frenético, como si estuviese explorando su nueva agua.

Cada seis meses —mes arriba, mes abajo— Candela amanecía muerta y flotando en la superficie del agua, y entonces Malasanta la arrojaba por el retrete junto al agua de la pecera. Luego tiraba de la cisterna y miraba cómo Candela nadaba en círculos sus dos o tres últimas vueltas antes de desaparecer para siempre, como si fuese la puesta en escena de una despedida. Aquello le recordaba su niñez en el prostíbulo de doña Expiración, cuando tras cada uno de los abortos clandestinos de su madre se tenía que deshacer de los restos biológicos arrojándolos al váter, y desaparecían girando, de la misma forma en que se fue el dedo que encontró en el cine, marchándose con aquel gesto obsceno y circular, o de la misma forma en que se despidió de los restos de la Candela humana cuando tiró por el retrete el agua de haber fregado lo que quedaba de ella.

Más tarde, aprovechando su salida al bar de la esquina, Malasanta iba hasta la tienda de animales y traía otro pez rojo Candela en una pequeña bolsa de plástico transparente y, cuando lo echaba a la pecera, se hacía a la idea de que era el mismo pez Candela. Pensaba o aceptaba o quería creer que era el mismo pez Candela, o a lo sumo una reencarnación del inmediatamente anterior, o de alguno de sus hermanos nonatos, como si el desagüe del retrete desembocase, a través de misteriosas tuberías transmutacionales, en el acuario de la tienda de mascotas, y bastase el tiempo del trayecto para devolverles la vida o para reencarnarse en el nuevo pez. A veces, si Candela moría un sábado o un domingo, Malasanta tenía que esperar hasta el lunes a primera hora para sustituirla, y entonces el fin de semana se le volvía de un desasosiego insoportable, porque todo el peso de la soledad caía sobre ella hasta que conseguía narcotizarse por completo con la ayuda de la mezcla dulzona y pegajosa de bachata y Fundador.

En una ocasión, Malasanta ideó y construyó un juguete para que Candela se entretuviese mientras ella limpiaba en el cine. Ató el ojo de cristal que fuera de su madre a un trozo de hilo y, al otro extremo, a unos cuatro dedos de distancia, ató el corcho de una botella de vino. De esa forma, introducidos en la pecera, el corcho mantenía al ojo flotando a media profundidad, y Candela nadaba a su alrededor sintiéndose acompañada y observada en todo momento. De esa forma, pensaba Malasanta que Candela no se sentiría tan sola y colmaría sus ansias de exhibicionismo, y debió de acertar, porque se la veía alegre evolucionar alrededor de la prótesis mientras se miraba en el reflejo de la pupila. Siempre que Malasanta se marchaba a trabajar, introducía el juguete en el tarro y lo dejaba flotar entre dos aguas. A veces, Malasanta se quedaba dormida escuchando bachata y observando cómo su pez la bailaba con el ojo, alrededor del ojo, y soñaba que Candela era un enorme pez salvaje, un viejo mero que vivía en el mar, junto a los farallones de una costa embravecida, tal vez frente a las playas de Chipre. Malasanta recordaba que Modesto Baldío, durante uno de aquellos viajes por carretera en su viejo Citroën, le contó que había visto un documental sobre el mero, y le dijo que es un pez hermafrodita; comienza la vida como hembra y, cuando alcanza los diez o doce años, se convierte en macho. Malasanta soñaba que el pez Candela, al igual que su amiga, cambiaba un día de sexo pero en el otro sentido, que se convertía en macho, en un gran macho de mero, y que se tragaba el ojo de cristal como si fuese un huevo de tortuga, y soñaba que tal vez alguien, un viejo pescador solitario o un guardafaros en una isla desierta, acababa por capturar al enorme mero y por encontrar el ojo de cristal en el interior de su vientre.

Hasta aquella tarde, cuando lo cruzaba mientras subía las compras en el ascensor, Malasanta procuraba ignorar al hijo de los vecinos de descansillo, al que había visto crecer y al que consideraba «rarito». Cándido también guardaba silencio y se refugiaba en su mundo aumentando el volumen de su reproductor de música.

En el Centro de Educación Adaptada, el mismo monitor que le enseñó a Cándido Fogoso los rudimentos del idioma inglés les relató a él y a su grupo de condiscípulos que, en ciertos presidios, era costumbre extendida entre los internos masturbarse con la ayuda de una manopla de baño rellena de pasta recién hervida. No documentó la proveniencia del dato, ni aclaró si se trataba de una leyenda urbana o de hechos contrastados. Los presidiarios aseguraban —decía— que la textura y la consistencia de la pasta, combinadas con una temperatura idónea de entre treinta y ocho y cuarenta y dos grados, la humedad, y la maestría en la presión con que se manejase el vaivén de la manopla, simulaban de forma prodigiosa la penetración en el interior de una vagina humana forrada de mucosas bien lubricadas y tibias; una metáfora de la más exquisita hospitalidad.

Unos días más tarde, algunos de sus compañeros comenzaron a asegurar que en efecto así era, si bien ninguno de ellos habría tenido suficientes elementos para establecer una comparación objetiva que no estuviese basada en conjeturas o en suposiciones, ya que todas las experiencias eróticas que atesoraban hasta entonces habían sido autoaplicadas.

Durante semanas, Cándido buscó la oportunidad para ensayar el experimento, y pensaba en ello mientras visionaba vídeos de «mujeres elegantes» y de «mejores amigas» encerrado en su habitación de adolescente. Algunos de sus condiscípulos ya hablaban de los resultados con orgullo de playboy, como quien narra las maravillas de la última conquista de una modelo o de una miss de algún país nórdico. Todo un descubrimiento sensorial, decían —o habrían dicho de haber manejado un vocabulario más complejo—, que creaba adicción y al que no podrían ya renunciar. Sin embargo, Cándido no encontraba un rato de intimidad lo suficientemente largo como para poder desplegar los medios preliminares y disfrutar de la experiencia con la tranquilidad requerida.

En su casa no lo dejaban jugar con fuego, pero en el Centro de Educación Adaptada les habían enseñado a poner agua a hervir y a cocinar pasta al dente que, según tenía entendido Cándido, era idioma italiano, y significaba «estado de la pasta en el que, al ser arrojada contra la pared, se queda esta adherida a los azulejos» (Cándido se maravillaba de la capacidad de síntesis del idioma italiano). Los monitores y la directora, por su parte, sostenían que el objetivo último del centro era que sus usuarios aprendiesen a llevar una vida autónoma, y por esa razón fomentaban actividades como aprender a cocinar platos sencillos.

La ocasión propicia se le presentó un viernes en el que sus progenitores salieron a visitar a su abuela. Sabía que dispondría al menos de dos horas, tiempo suficiente para calentar agua, hervir la pasta, abandonarse sin prisas a las mieles de la lujuria, y hacer desaparecer de la cocina los elementos comprometedores para evitar tener que dar explicaciones embarazosas.

Los ravioli y los tortellini fueron descartados por el relleno: no quería imprevistos ni sorpresas que se saliesen del guion. Desechó los penne porque, para el uso al que estarían destinados, el nombre le pareció desfavorable — por no decir abiertamente inapropiado—. Los farfalli tenían bordes dentados, por lo que ni se lo planteó. Los pappardelle, los tagliatelle y los fettuccine pudieron haber sido opciones a tener en cuenta, pero también los descartó por no hallarlos en la despensa, una razón de peso. Finalmente, dudó entre macarrones y espaguetis que eran, por otra parte, las únicas opciones disponibles. Optó por los espaguetis porque le pareció que la ausencia de aristas y la continuidad de la pasta dotarían a su simulacro de un plus de verosimilitud anatómica. No le faltaba razón: sin haber tenido ocasión de constatarlo y sin profundos conocimientos de anatomía, le costaba imaginar la mucosa vaginal con la inquietante textura corrugada inherente al macarrón.

En el momento en que el agua de la cacerola comenzaba a romper en ebullición, otra ebullición tenía lugar en el cuerpo cavernoso del joven: la erección de Cándido era ya extrema. Cuando, unos minutos más tarde, sacó un espagueti con un tenedor, sopló sobre él, lo arrojó contra los azulejos de la cocina y vio que se quedaba adherido como le habían enseñado en el Centro de Educación Adaptada, supo que la pasta estaba al dente o, lo que es lo mismo, lista para el amor (Cándido se volvió a maravillar de las insospechadas polisemias que deparaba el idioma italiano). Su lubricidad estaba disparada cuando, con manos temblorosas, escurrió la pasta y la introdujo en la manopla. Poco tiempo antes había escrito en el buscador de internet «multiracial orgy», y llevaba media hora visionando vídeos de animadas fiestas de cumpleaños en la pantalla de su teléfono móvil mientras se frotaba la entrepierna sobre el pantalón.

La urgencia que la lascivia inducía lo llevó a pecar de impaciencia, que es el defecto de todo fornicador diletante. El resultado era previsible: una quemadura de segundo grado en toda la longitud y el perímetro de su verga. Desde la unión con el escroto hasta la punta del glande, todo era rojez, un dolor agudo y palpitante, y pequeñas burbujas en la piel. La tirantez derivada de la erección no hacía sino agravar la situación.

El púber creyó morir de dolor. Buscando ayuda a la desesperada, y algo aturdido o extraviado ante lo apremiante de la situación, Cándido salió al descansillo entre alaridos. Allí se dio de bruces con doña Malasanta, que había salido del interior del tercero derecha alarmada por el griterío. Al ver al muchacho con los pantalones a media asta y con los bajos escaldados, reconoció de inmediato la quemadura y le dijo:

—¡Ay, por Dios! ¿Qué te ha pasado, criatura? Entra en casa, que tengo un ungüento buenísimo contra quemaduras que me traje del trabajo.

Al poco rato, recostado en el sofá de su vecina, notó con alivio el tacto fresco de la pomada que Malasanta le administraba con generosidad. Era aplicada con un amoroso e ininterrumpido masajeo arriba y abajo, arriba y abajo, lentamente, para que fuese bien absorbida y tuviese un efecto hidratante, analgésico y reconfortante.

Casi de forma inesperada, el dolor dejó espacio al desconcierto, al miedo, a algo de vergüenza pero no demasiada y, más tarde y de forma abierta, a la lujuria. Rebrotó en el muchacho una concupiscencia involuntaria, diferente de la de un rato antes; una voluptuosidad que, en otro carácter menos inocente, tal vez habría sido bochornosa. Cerró los ojos, se dejó llevar por el dulce vaivén balsámico y, como era de esperar, no tardó mucho en culminar, asistido, lo que solo no pudo.

El pez Candela bailaba una bachata lenta y machacona coqueteando con la pupila de víbora del ojo de cristal de Dámasa la Tuerta que, sostenido por un corcho, flotaba entre dos aguas. Desde el interior de su habitáculo de vidrio, el pez espiaba a hurtadillas la imagen invertida y distorsionada de su protectora, convertida en samaritana ocasional de su joven vecino.

—¡Listo! —dijo una Malasanta satisfecha y sonriente mientras se limpiaba las manos en un paño de cocina—. Vuelve mañana a la misma hora y te repito la cura, y no hace falta que digas nada a tus padres.

Cándido abrió los ojos medio aturdido, se subió los pantalones, y se marchó en silencio sin saber muy bien lo que había ocurrido. Un profundo bienestar, como un hormigueo, le recorría todo el cuerpo. Una vez que hubo vuelto a su estado de reposo, apenas notaba la zona quemada. Por primera vez en mucho tiempo, sentía una satisfacción plena, como quien acaba de comer tras un prolongado ayuno o como quien encuentra una sombra fresca en el desierto.

Entró en su casa con la idea de tirar los restos de pasta por el retrete y de esa forma hacer desaparecer las pruebas, pero en el último momento se dio cuenta de que tras la cura le había entrado hambre, y que después de todo ya tenía la merienda preparada. Mientras comía la pasta hervida ya fría, sin sal ni salsa alguna, y enrollándola en un tenedor directamente en el interior de la manopla, se dio cuenta de que ni siquiera le había dado las gracias a su vecina; al fin y al cabo le había salvado la vida —pensaba—, o algo parecido.

Al día siguiente, a la misma hora, llamó al timbre de Malasanta. Llevaba en la mano un pequeño ramo de flores de papel, coloreadas con rotuladores, que había hecho en el Centro de Educación Adaptada. Allí le habían enseñado a ser agradecido, y le habían dicho que a las mujeres les gustan las flores. Malasanta lo hizo pasar, lo invitó a sentarse en el sofá, y le repitió la cura sin prisas hasta el desenlace final. Al acabar, le dijo que no hacía falta que le llevase flores; que si quería tener un detalle con ella, no le importaba que la próxima vez le trajese una botella de Fundador.

Cuando cerró la puerta tras su marcha, Malasanta se sentó a contemplar las evoluciones de su pez Candela mientras degustaba una copa de brandy, y se concentraba en descifrar un sentimiento nuevo para ella: la satisfacción profesional que siempre había experimentado tras dejar complacido y colmado a un cliente se extendía a una nueva dimensión más altruista; más cercana a la que pensaba que podía experimentar una enfermera o el voluntario de una oenegé.

El tercer día, mientras aplicaba la pomada en el pene del joven Cándido, a Malasanta le volvió a la memoria el pelo de poeta de Niño Truncado, sus ojos de explorador triste, y los genitales masculinos más grandes y hermosos que había visto en su vida —y había visto muchos—, y se preguntó que habría sido de él; si seguiría vivo, si habría alguien que lo cuidase y que se ocupara de que nunca le faltase lo que tanto necesitaba, y si al fin tendría un televisor que le mostrase que en el mundo hay más cosas que las que veía por la ventana, oculto tras los visillos. Calculaba que en aquellos tiempos, hacía ya treinta años, debía de tener la misma edad que en ese momento tenía su vecino del tercero izquierda, pero no había color.

Malasanta, durante aquellas sesiones con el chico, se rememoraba a sí misma diez, veinte, treinta años más joven, cuando era prostituta a tiempo completo, y sentía casi nostalgia. El tratamiento que estaba aplicando a su joven vecino le hacía sentir el mismo orgullo un poco melancólico que podría experimentar un jubilado a quien permitiesen ejercer su especialidad tras lustros de inactividad.

Pasaron varios meses desde aquel incidente. Las llagas de las quemaduras se cerraron hacía mucho. Durante todo ese tiempo, cada vez que Cándido Fogoso tenía dinero, bajaba al supermercado a por una botella de Fundador, y por la tarde hacía sonar el timbre de su vecina con urgencia en la entrepierna y sin vergüenza en el alma. Solía ser una vez por semana, coincidiendo con la visita de sus padres a la abuela, y después de recibir la pequeña paga que le daban en el Centro de Formación Adaptada por hacer algunos encargos sencillos para industrias locales: trabajos de embalaje, ensamblado de juguetes simples, plegado y ensobrado de correspondencia comercial, ese tipo de cosas.

Desde que la quemadura se curara, tuvieron la ocasión de divertirse experimentando con todo tipo de lubricantes: vaselina, Nivea, aceite Tres en Uno de un bote que en su día le regalara su excliente el ferretero, pomada contra las hemorroides cuyo ligero efecto anestésico propiciaba unas sesiones algo más prolongadas, betún para el calzado, grasa para cadenas de bicicleta, un resto de pomada antimicótica Canestén —caducada— de cuando Malasanta ejercía…

También recurrían a productos del ramo de la alimentación con los que Malasanta inició a Cándido en nuevas variantes de la actividad, ya que, para mayor deleite del muchacho, le permitían a su mentora alternar el trabajo manual con el oral: mermelada de diversos sabores, leche condensada, mayonesa, sobrasada en tubo, crema de cacahuetes, margarina, crema catalana, paté de fuagrás, arroz con leche, puré de patatas soluble e instantáneo debidamente enfriado, o lo que hubiera en la despensa en esos momentos. Siempre encontraron nuevas variantes que hacían que cada sesión fuese una experiencia sensorial novedosa, y, ya de paso, acababan merendados.

La madre de Cándido, durante mucho tiempo, olisqueaba la ropa interior de su hijo antes de meterla en la lavadora. Cada semana, un nuevo olor contradecía la incipiente teoría que se había ido forjando durante la semana precedente. Aunque nunca se atrevió a abordar la cuestión de forma directa por no saber qué preguntar, construyó con sus dudas un misterio cada vez más insondable que llegó a adquirir, en sus pensamientos, matices de mito.

Cándido y Malasanta siempre charlaban un ratito después de la sesión. Él le contaba los trabajos que hacían en el Centro de Educación Adaptada, y le explicaba que le enseñaban a cocinar y algo de inglés. Sabía decir y escribir «biggest tits ever», que significaba «mujeres elegantes», y también sabía decir en inglés, entre otras cosas, «mejores amigas» y «fiestas de cumpleaños». Por otra parte, conocía también algunos rudimentos de italiano: «al dente» — decía para impresionar a su vecina— significaba «que al ser arrojado contra la pared queda adherido sobre los azulejos» o, en un contexto diferente, «listo para el amor».

A Malasanta le impresionaba que un chico rarito como Cándido supiese tantos idiomas, y lo bien que manejaba el teléfono móvil. Había aprendido a valorar la compañía del joven que la sacaba de la rutina. Le permitía que le diese la comida a Candela, que la ayudase a limpiar la pecera, y a menudo se sentaban juntos sin decirse nada a verla nadar en círculos durante horas, o escuchaban viejas bachatas dominicanas que a ella siempre la hacían desembocar en un llanto silencioso y pesado que nacía de muy profundo en las tripas y que rompía sin romper en la garganta; una pena repentina que terminaba por ahogar en brandy y que Cándido no comprendía y por la que a veces se sentía un poco culpable.

A menudo, acababa Malasanta por hacerle al joven una tortilla de patatas o un par de huevos fritos con chorizo para que recuperase fuerzas y no se marchase enseguida después de eyacular, como hicieran todos los hombres que había conocido hasta entonces a excepción del anciano Modesto Baldío, que nunca llegó a consumar, ni de Niño Truncado por razones obvias.

Cándido se sentaba entonces a la mesa de la cocina, frente a Malasanta, quien a veces se bajaba el vestido hasta la cintura y se liberaba del sujetador para que su vecino le estudiase los pechos y el efecto del desgaste de los materiales y de la acción de la gravedad. El muchacho lo hacía sin juzgar nada y sin llegar a conclusiones, mientras pinchaba con su tenedor trozos de tortilla de patatas, o mojaba pan en las yemas de los huevos fritos.

En una ocasión, Malasanta le preguntó a Cándido Fogoso si había oído hablar de Chipre o si sabía dónde estaba; pensó que alguien que dominaba tantos idiomas igual había oído hablar de ese país; le dijo al chico que lo único que sabía de Chipre es que era la isla donde se inventó la bachata. Él no sabía nada de ese lugar aparte de que participaba en el Festival de Eurovisión, pero supo buscarlo en su teléfono móvil, y ambos aprendieron que Chipre es un país que está en la tercera isla más grande del Mediterráneo después de Sicilia y Cerdeña; que se encuentra al norte de Egipto y cerca de Palestina, Libia, Israel, Grecia y Turquía, si bien esos países tampoco los acababan de ubicar. El nombre de la capital, Nicosia, y la bandera del país con la silueta de una isla del color del cobre sobre dos ramas de olivo los hacían perderse en un estado de ensoñación que compartían en silencio. Malasanta sintió no haber sabido todo eso mucho antes para contárselo a Niño Truncado y poder haberse perdido con él en un silencio similar. La página web que consultó no mencionaba nada de la bachata.

A media mañana, mientras Cándido estaba en el Centro de Educación Adaptada, Malasanta trabajaba fregando el suelo y las butacas del cine porno. Cuando terminaba, se gastaba el dinero de su paga en copas de brandy en el bar de la esquina, en máquinas tragaperras y en cupones de los ciegos. Nunca le tocó ningún premio superior al reintegro. Con cada trago y con cada sorteo, Malasanta se iba volviendo más pobre y más vieja, pero también más conformista. Ya hacía tiempo que había aceptado su destino; que había comprendido que su vida no era más que un declive continuo, una espiral contra cuya corriente no podía luchar, y que su única patria era el fracaso. Cuando Malasanta se miraba en el espejo, veía el rostro que habría tenido su madre Dámasa la Tuerta al final de su vida de haber conservado los dos ojos.

Las flores de papel pintadas con rotuladores no acababan nunca de marchitarse; aguantaban bien, bajo una capa cada vez más gruesa de polvo, en el interior de una botella de Fundador vacía, a modo de florero, que había sido colocada junto a la pecera de Candela.

A Cándido Fogoso le fue disminuyendo el acné de la cara, se dejó un bigotillo apocado y traslúcido pero con buenas intenciones, y se echó una novia formal. Era una muchacha no muy agraciada del Centro de Formación Adaptada; un alma pura con quien a veces iba al cine o a tomar un helado o una hamburguesa, pero a la que aún no se atrevía a insinuar ningún negocio carnal de los que aprendía con su vecina o en los vídeos en inglés. Tal vez — calculaba Cándido—, si le enseñaba alguno de aquellos vídeos de fiestas de cumpleaños tan desenfadadas, el hielo se iría derritiendo poco a poco con ocasión de la siguiente celebración del cumpleaños de cualquiera de los dos.

La chica, sin ser muy consciente de qué había significado aquello, recordaba haber despertado sola en una habitación de hospital poco tiempo antes. Cuando abrió los ojos, se quedó un rato mirando el gotero sin comprender el sentido de aquel reloj de arena líquida y transparente que tenía conectado a su cuerpo a través de una vía en su mano izquierda. Más tarde, una enfermera se acercó a su cama, le tomó la temperatura, y le dijo que todo iría bien y que solo necesitaba un poco de reposo.

Durante los días que siguieron, sufrió dolores en el vientre, y le hicieron tomar algunas pastillas, pero nadie le explicó qué estaba pasando. Aconsejados por médicos y por los psiquiatras del Centro de Educación Adaptada, sus padres decidieron que había llegado el momento de someterla a una ligadura de trompas para evitar sorpresas desafortunadas. Cuando la chica volvió al centro, tras una semana de convalecencia, Cándido le dijo que la había echado de menos, y le preguntó por qué había faltado tantos días. Ella se encogió de hombros y se agarró de la manga de su chaqueta mientras lo miraba a los ojos y sonreía.

Cándido ignoraba a qué se debía la cicatriz en el vientre que ella le mostrara más tarde, e ignoraba que, gracias a ella, habría podido abandonarse a todo tipo de prácticas carnales con la muchacha, incluidas celebraciones de cumpleaños, sin temor a un embarazo no deseado. Lo cierto es que esa eventualidad jamás se le había pasado por la cabeza.

A pesar de su tímido enamoramiento, Cándido Fogoso seguía haciendo por aprovisionarse de botellas de Fundador para visitar con regularidad semanal a su benefactora, y siempre se le aceleraba el corazón después de llamar al timbre del tercero derecha, y cuando se abría la puerta muy despacio y le llegaban al olfato olores de polillas muertas, de polvo antiguo, de ambientador, de comida para peces y de coles hervidas.

Cada vez que se cruzaba con su joven vecino en la entrada del inmueble o coincidían en el ascensor, a Malasanta se le iluminaba el semblante, fruncía los labios, y le bastaba con guiñarle un ojo para invitarlo de forma telepática a pasarse luego por su casa, a traerle lo suyo, a echar un rato de charla, y a compartir una merienda tras la sesión.

Cuando eso sucedía, Cándido callaba y fijaba sus ojos en el linóleo del ascensor. No sabía si era más intenso el sentimiento de culpa, el de deseo o el de repulsión, o si los tres se alimentaban, se complementaban o se anulaban entre sí, pero a Malasanta se le dibujaba una sonrisa triunfante en sus labios de araña, porque sabía que el chaval siempre acababa tocando el timbre de su puerta. Nunca, desde la época de Niño Truncado, se había sentido Malasanta tan útil y necesaria.

En una ocasión, el siete de enero, Malasanta intuyó que su vecino tendría dinero fresco que habría recibido como regalo de Reyes, y que por lo tanto iría a verla esa misma tarde con una botella de Fundador. Bajó a la calle con treinta euros y, en lugar de gastárselos en copas y en las máquinas tragaperras, entro en una peluquería por primera vez desde hacía muchos años.

Luego compró en el supermercado un roscón de Reyes aprovechando que en veinticuatro horas había bajado su precio desde diez euros con noventa y nueve hasta solo uno. Era un roscón desprovisto ya de su significado alegórico, que, como la vida de los insectos conocidos como «efímeras», solo dura un día, y de ahí su drástica devaluación. A Malasanta le importó poco que fuese un roscón sin alma; lo que buscaba era una puesta en escena; la oportunidad de aprovechar la merienda para hacerle un regalo a su vecino. Para ello practicó, con la punta de un cuchillo, una incisión discreta por la parte inferior del roscón, e introdujo un objeto. Por la tarde, antes de entrar en materia con Cándido, lo invitó a merendar; le sirvió un vaso de leche con Cola-Cao, y lo incitó a escoger el trozo de roscón donde sabía que se escondía el regalo. Para ello utilizó una técnica poco sofisticada pero efectiva: colocó el regalo justo debajo del trozo más grande de fruta escarchada y retiró las demás. Cándido encontró en el interior una anilla para el pene de su talla exacta. Aunque estuvo a punto de pagar un precio alto, ya que pudo haber perdido un diente al morderlo, lo festejó con sorpresa y con una sonrisa sincera, aun sin saber qué era aquel objeto ni qué utilidad podría darle.

Malasanta nunca tuvo la oportunidad de instruirle en su uso como tenía previsto hacer esa misma tarde. Durante aquella visita, la madre de Cándido tuvo un fogonazo de lucidez, o tal vez se le manifestó una intuición de madre que le hizo acabar de atar algunos cabos sueltos en el apartamento contiguo. Para confirmar o descartar las sospechas que alimentaba desde hacía semanas, volvieron de la visita antes de lo acostumbrado y le pidió a su marido que llamase al timbre del tercero derecha con cualquier pretexto.

Fue una sola llamada furiosa y continua que no cesó hasta que la puerta le fue franqueada. Sacó a rastras a su hijo aún con los pantalones bajados y con el pene enhiesto y untado, con un cuidado diseño, con Nocilla de dos colores. El hombre cogió a Malasanta por el cuello y apretó con las dos manos hasta que su mujer consiguió que la soltase. A gritos, la amenazó con llamar a la policía de inmediato. Le dijo que su delito se llamaba «abuso sexual continuado a un menor con agravante de minusvalía psíquica», y que se aseguraría de que pasase al menos veinte años en la cárcel.

Malasanta no esperó a la policía. Ya había vivido años de cautiverio en La Ciénaga, en lo de doña Expiración, y no quería volver a pasar por nada parecido. Metió en una bolsa de plástico un par de mudas y algo de ropa de recambio. Por fortuna, acababa de cobrar la paga extraordinaria de Navidad —por supuesto, en efectivo— y tenía algunos billetes en el monedero. A toda prisa, echó lo que quedaba de pienso en la pecera de Candela, que de pronto vio toda la superficie del agua cubierta de partículas que comenzaron a bajar lentamente a su alrededor como una nevada de copos de avena hasta hacerla desaparecer; recuperó del interior de la pecera el ojo de su madre, apagó todas las luces menos una lamparita para que el pez no estuviese a oscuras, y le puso desde el principio una casete con bachatas para que no se asustase. Luego cogió el abrigo, el monedero y la botella de Fundador sin estrenar que había recibido de su protegido esa misma tarde, y salió a la calle dejando las llaves dentro del apartamento. Sabía que no podría volver más por allí ni por el cine.

Al salir del edificio, pudo oír de lejos la sirena del coche de la policía, y entró a esconderse en el bar de la esquina. Pidió una copa de brandy para no levantar sospechas, y se la bebió de un trago. Desde la barra, pudo ver el coche patrulla aparcando frente a la entrada del bloque, con la sirena ya apagada pero con las luces aún girando e iluminando la fachada de un bellísimo azul intermitente. Le impresionó que hubiesen sido tan rápidos. Vio cómo entraban dos agentes echando mano al cierre de las fundas de sendas pistolas.

Una vez se perdieron en el interior del edificio, Malasanta salió del bar y anduvo con rapidez pero sin correr, con la mirada baja, hasta perderse en la boca del metro, apenas a cien metros. Nadie la vio; había conseguido hacerse transparente.

Llegó hasta la estación de autobuses, se acercó a la ventanilla, y en voz muy baja pidió un billete de ida simple con destino a Nicosia. El vendedor la miró con extrañeza, y Malasanta le explicó que estaba en Chipre. El hombre se lo hizo repetir para estar seguro de que había oído bien; luego le dijo, con la naturalidad propia de quien tiene que hacer ese tipo de aclaraciones a diario, que Chipre era una isla, por lo que solo se podía llegar en avión o en barco. Desconcertada, le pidió que le aconsejase un destino alternativo pero tirando hacia el sur, hacia la tierra donde se crio. No quería pasar tanto frío como en los últimos años.

De esa forma, acabó por comprar un billete de ida para el primer autobús que salía hacia cierta ciudad sureña que quedaba sin embargo bastante apartada de La Ciénaga. Si bien doña Expiración debía de llevar años jubilada, si es que no estaba ya muerta, y ya no suponía un peligro, no quería saber nada del pueblo donde fue cautiva durante las tres cuartas partes de su vida y donde todos debían de conocerla como Malasanta, la puta fugitiva y desagradecida hija de Dámasa la Tuerta.

Se instaló en el asiento trasero del autocar. Tenía bastantes horas por delante, toda la noche, pero también tenía una botella de Fundador aún con su precinto.

Malasanta intentó calcular cuánto tiempo podría sobrevivir Candela sin que nadie le echase su comida, sin que nadie limpiase de algas verdes la pared interior de su pecera, le pusiese música, o sin que nadie se sentase con la mente en blanco a observarla nadar en círculos alrededor del ojo de vidrio. Se arrepintió de no haber dejado el frasco con el pez en el descansillo para que Cándido se hiciese cargo de ella, pero con las prisas y con el miedo no atinó a pensar con claridad. Solo deseó que, una vez muerta, Candela no acabase en el cubo de la basura, o comida por un gato, o enterrada en una jardinera. Esperó que alguien tuviese la idea piadosa de echarla por el retrete y que tirase luego de la cisterna, para que el pez pudiese atravesar las misteriosas cañerías de la transmutación y consiguiese de nuevo reencarnarse en sí mismo y seguir nadando en círculos en otra pecera o en un tarro cualquiera, o tal vez convertido en un mero; en un imponente macho adulto que pudiese nadar libre entre los farallones de las costas escarpadas de un islote. Un gran reproductor que, en el momento de la caza, se ocultaría entre los hierros retorcidos y las cuadernas hinchadas y cubiertas de incrustaciones de un antiguo pecio.

Metió la mano en el bolsillo del abrigo para darse calor, y se alegró de tocar un pequeño objeto, duro y con el frescor del vidrio, y de nuevo se acordó de su madre.

Cándido Fogoso, durante el resto de su vida, guardó como un tesoro la anilla que encontró en el roscón de Reyes de su vecina. Nunca se preguntó para qué servía, pero le pareció un bello objeto; circular y simple, como su propia existencia.