Maquiavelo
Capítulo tres. El profeta desarmado
CAPÍTULO TRES
El profeta desarmado
Sin embargo, resulta difícil imaginar dos hombres más distintos. Uno era todo razón, todo clarividencia, el espíritu en su más fina expresión. El otro participaba de las fuerzas cósmicas, poseía la violencia ciega de la tempestad y del torrente. El éxtasis lo elevaba del suelo, pero la visión del rostro de Dios lo precipitaba de nuevo contra él. La lava ardiente y humeante de las profecías emanaba de él como de un volcán. Había declarado la guerra a la maldad del mundo con una suerte de inconsciencia casi infantil. Tenía algo de los niños-caballeros de la Edad Media, de la
«inocencia» de Don Quijote también. Se encontraba terriblemente solo, pero Dios estaba con él. Y con ese bagaje partiría a la conquista del mundo.
Savonarola era un conquistador y por esa razón ya se comprende que interesase a Maquiavelo. Estaba claro que habría de ocupar un lugar en la historia. Desde su llegada a Florencia, se intuía que habría de formar parte de esos destinos fuera de serie que tan apasionante resulta encontrar en los libros de historia y, más aún, en la vida real. Daba igual que los imbéciles le despreciasen y se burlasen de él, de su feo rostro, de sus gestos torpes y tímidos, de su rudo y áspero acento ferrarés, pues Maquiavelo descubrió enseguida el genio, de una calidad excepcional: la santidad.
Corresponde a la Iglesia decidir si Savonarola fue un santo según la concepción católica. Para Maquiavelo, existía «santidad» cada vez que un ideal se llevaba hasta lo absoluto, hasta el extremo don de sí, hasta el máximo de la eficacia espiritual, y, también, cada vez que una persona realizaba el sacrificio total de su individualidad y la consagraba a aspiraciones más elevadas. La santidad exige milagros, pero ¿acaso no lo era la transfiguración de un hombre de carne y de sangre, de luz y de barro, en algo más grande que él mismo? Por otra parte, Savonarola no era de su época, lo que lo hacía más interesante y del todo distinto de aquellos humanistas que podrían considerarse arquetípicos. Los más superficiales aseguraban que pertenecía a una categoría anticuada, la de los monjes de siglos pasados, la de los predicadores de otros tiempos. Pero Maquiavelo, que lo había escuchado con atención y observado con curiosidad y sin indulgencia, no percibía en él a un superviviente de los tiempos pasados, sino, por el contrario, al profeta de un mundo nuevo en el que, probablemente, los valores heroicos volverían a primar; un mundo que no habría de contentarse con los entusiasmos moderados y los placeres discretos de aquel siglo en el que ambos vivían; un mundo que elevaría de nuevo, por encima del oleaje, el navío de la vida, el sentimiento trágico, la angustia agónica, el temor y el culto a la muerte, y la predilección por las vastas inquietudes de las inteligencias trastornadas y los corazones imposibles de serenar; un mundo que, hastiado del equilibrio, se complacería en precipitarse en la desmesura, el desatino y el desorden; un mundo donde lo patético, y no la sabiduría, habría de gobernar las acciones de los hombres; un mundo, en fin, que, consciente del drama profundo que alberga toda existencia humana, ya no consentiría en ignorarla, disimularla o disfrazarla, sino que, por el contrario, se esforzaría para experimentarla en toda su plenitud y la expresaría mediante sus formas más evidentes y sorprendentes.
Sin duda, aquel hombre era un profeta y no un rezagado. Era un explorador del futuro, un conquistador, un buscador de hombres, tal cual otros lo son de oro, especias, rutas marítimas o reinos desconocidos. Un hombre libre, también él, que desde el principio de su andadura renunció a todo, a fin de que nada entorpeciese su libertad. Había abandonado la casa
familiar para entrar en un convento, pero muy pronto, entabló una lucha con aquél y tachó de inmorales a sus superiores; se enfrentó con el Papado, incluso, cuando creyó que el Papa no había cumplido con su deber. Sin duda, aquel hombre que iba por los caminos como desfacedor de entuertos, que reprendió a los marineros de la chalana donde había tomado pasaje porque juraban y jugaban a los dados, poseía el carácter de un caballero andante. En cuanto llegaba a una ciudad, arremetía contra los vicios de los gobernantes, la avaricia de los grandes burgueses, la brutalidad de los condotieros, la elegancia de las mujeres y el abandono en las maneras de los artistas. Atacaba al gobierno, pues lo consideraba responsable de que las cosas marcharan nial y de que los hombres viviesen como paganos, en lugar de practicar la virtud.
No temía a nadie ni a nada. Intentaron asesinarlo en varias ocasiones, pero siempre desarmó a los esbirros sólo con aquella manera terrible que tenía de mirar, con sus grandes ojos negros bajo unas cejas pelirrojas y enmarañadas. Y luego estaba su voz, que llegaba hasta el fondo del alma; una voz áspera que sabía tornarse tierna y paternal. « Fratelli —exclamaba
— figliuoli», y entonces todos podían sentir que su corazón se henchía de amor y compasión por aquella pobre humanidad tan tonta, en definitiva, más tonta que mala, que iba derecha al infierno, con lo fácil que hubiera sido salvarla.
Los tenía palpitantes, sollozantes, al pie de su púlpito. No necesitaba inventar historias extraordinarias para conmoverlos: bastaba con que les explicase sus visiones. Y en aquella ciudad, donde siempre había alguna epidemia en los barrios pobres, malsanos y superpoblados, ciertos casos de peste que se ocultaban y se mantenían como el fuego en la bodega, a la espera del día de la gran llamarada, en aquella ciudad en que la guerra civil era algo casi habitual, donde las facciones se ponían nerviosas y se agitaban, y conspiraban con los franceses, con el Papa, con Milán, con la Serenísima o con los españoles de Nápoles, donde la guerra exterior seguía, si es que no la precedía, a la guerra civil, no resultaba fácil predecir alguna catástrofe cercana, anunciar una lluvia de sangre, una espada blandida por una mano invisible a través del cielo —hubo cometas—, cruces oscuras
erigidas entre las montañas de nubes y grandes y terribles jinetes martilleando el espacio aéreo, Dioscuros o jinetes funestos del Apocalipsis.
Sabía lo que iba a ocurrir y lo gritaba a todo el mundo. Lo repetía cada día, desde el púlpito, en la calle: «Arrepentíos, pues los tiempos se acercan.
Haced penitencia, que las grandes calamidades se abatirán sobre vosotros».
Hubiese deseado despertar en el pueblo amable, regalón, indiferente y artista, la fiebre sombría de la Edad Media, cuando las gentes pensaban en su alma antes que en sus placeres. Hubiese querido resucitar la pureza de la primitiva Iglesia, las bellas e ingenuas virtudes de los comienzos, el desinterés, la castidad, la modestia, la fraternidad y el amor al prójimo. Le hubiera gustado devolver esta humanidad al crisol, como una estatua defectuosa que se devuelve a la fundición, hasta que se pareciese en verdad, o en la medida de lo posible, al Creador que la hizo a su imagen.
¿Un visionario? ¿Uno de aquellos monjes exaltados a quienes la severidad del convento les había hecho perder la cabeza y que divagaban un poco? Muchas personas en Florencia, por necedad o por maldad, se complacían en confundir a Savonarola con aquel otro monje del convento de San Marco, aquel sonámbulo que tenía o creía tener visiones. A Fra Salvestro y Fra Girolamo, al medio loco y al profeta, se los asociaba como si tuvieran algo en común. ¿Fra Salvestro y Fra Girolamo? Maquiavelo no se equivocaba. Que las visiones de Savonarola fuesen de origen sobrenatural o la simple expansión de un alma ardiente, de una imaginación pintoresca, de un genio poético incluso, ¿por qué no? ¿Dónde comienza el profeta, en el poeta? Los romanos denominaban a ambos vates…
Savonarola era uno de esos fenómenos humanos de los que no es posible zafarse con un encogimiento de hombros. Los humanistas que sólo juzgaban a través de Platón o de Aristóteles, y que ya no sabían leer su Biblia, lo condenaron de forma negligente con una mueca de hastío irónico:
¡un exaltado! Pero el exaltado, como tal, también resultaba —resulta—
interesante y era importante estudiar cuál era el objeto o la naturaleza de su exaltación. Y aún admitiendo que aquel dominico fuera un impostor —
había gentes que lo pretendían—, también como tal resultaba interesante.
Esto es lo que hace la vida apasionante; esa especie de curiosidad que no desdeña nada, ese don de apegarse a lo excepcional, cualquiera que sea
su forma, magnífica o repugnante. Hay que estar atento a todo, pues el individuo más banal puede dejar de serlo cuando se encuentra la llave que abre la puerta secreta de su personalidad. No hay nada en la vida que carezca de interés: esto es lo que Maquiavelo descubrió hace mucho tiempo, y lo que hace que su vida sea para nosotros tan interesante. ¿Cómo no había de apegarse a Savonarola, aquel curioso tipo de humanidad, aquel prodigioso esbozo de superhombre?
¿Y si resultaba que era Savonarola quien tenía razón contra todo el mundo, contra los Medici, contra los humanistas, contra los racionalistas?
Lo que decía removía las cenizas de los viejos heroísmos apagados en el fondo de las almas débiles y perezosas. ¿Acaso no había razones de peso para enfrentarse con los políticos, filósofos, artistas, con el orden establecido, esto es, con la inercia, la injusticia, la necedad, el egoísmo y la maldad?
¡Quería reformar el mundo! Y ¿quién no? Los humanistas no deseaban otra cosa. Tenían su propio programa. Imaginaban que era posible mejorar la humanidad si se despertaba su afición por las obras de arte y la poesía.
Citaban el ejemplo de los atenienses, que eran un pueblo de críticos de arte.
¿Existe seguridad al respecto, de entrada? Los humanistas habían construido para su propio uso una Antigüedad maravillosa, toda iluminada, sin mácula, sin sombra. Se prosternaron ante esa creación de su espíritu y la adoraron; lo cierto es que hubieran querido edificar sobre tal modelo el nuevo mundo. El ideal de Savonarola, después de todo, no era más quimérico. Si los humanistas creían que se podía civilizar un pueblo ofreciéndole espectáculos refinados, transformando el carnaval en algo bello, en lugar de una imbecilidad obscena e infame, haciendo participar al vulgo en las diversiones exquisitas de la elite, no poniendo bajo sus ojos sino hermosos cuadros y estatuas, era porque no habían visto aún lo que aquel pueblo habría de escoger el día en que se entregase a sí mismo, en que ya no tuviese que esforzarse por complacer a los Medici. ¡Encenderá grandes fogatas en las calles y arrojará todo lo que encuentre, incluso las obras de arte!
Los humanistas vivían en un sueño de sabiduría y belleza, que hubiesen deseado extender al mundo entero. Se proponían, con generosidad, «elevar»
al pueblo mediante la cultura. Discutían doctamente de todo ello en sus asambleas platónicas, en los jardines de los Medici, con los poetas, los artistas y los músicos, conmovidos por un entusiasmo ruskiniano que alguien no dispuesto a dejarse engañar por sus sueños tildaría de ingenuo.
Era preferible, pues, Savonarola, que no empleaba tantos modales, que moldeaba la humanidad con sus manos largas, finas y violentas; hacía ya mucho que había desestimado las ensoñaciones e ilusiones del humanismo; ya a los veinte años, no se dejaba engañar por ellas. Conocía mejores medios que la música, la pintura y las artes decorativas para reformar a los hombres. Él era el psicólogo en todo esto y sabía que el mejor argumento iba a ser el miedo: es necesario que los hombres tengan miedo si se quiere comenzar a sacar algo de ellos.
En definitiva, él había creado ese complejo del miedo; toda la ciudad sufría aquella enfermedad. Los hombres, las mujeres, los niños, los sabios, los necios, los ricos, los pobres, los eruditos y los analfabetos, todo el mundo temblaba. Los poetas desgarraban sus versos profanos, los pintores rompían sus telas paganas, los hedonistas llevaban una vida casta. La gente iba a escuchar el sermón en lugar de acudir al teatro o a la taberna. Por otro lado, ¡qué espectáculo el de las emociones que se experimentaban allí!
En aquella iglesia en penumbra donde, cuando se hacía el silencio, se oía la respiración entrecortada de la multitud que se apiñaba bajo la inmensa cúpula de Brunelleschi, y la voz del predicador, racheada como el viento, inclinaba las cabezas, golpeaba los pechos como una piedra y azotaba a la muchedumbre con un chaparrón de amenazas e injurias. «Vivís como cerdos», les gritaba a la cara. Y, en lugar de indignarse, se decían a sí mismos, en silencio: «Sí, es cierto, vivimos como cerdos». Cuando alzaba el brazo, recto por demás, y su manga caía ligeramente para dejar al descubierto su muñeca pálida, parecía que fuese a coger la espada resplandeciente que sus ojos veían suspendida en el cielo o que fuera a abrir las compuertas para que cayese la lluvia de fuego. ¡Admirables sermones!
De otro se hubiera afirmado que eran calculados, pero en el caso de Savonarola se trataba de algo muy distinto al cálculo. ¿Sabía siquiera él de qué iba a hablar cuando subía al púlpito? Sí, había preparado un esquema, tenía un plan en la cabeza y un texto de presentación que comentar. Pero
luego, cuando el espíritu de Dios lo poseía, olvidaba el plan, el esquema, el texto, y no sabía ya si estaba predicando sobre Amos, sobre el Éxodo o sobre el Apocalipsis, pues daba rienda suelta a su imaginación, a su genio.
Y como resultado toda Florencia se rendía a sus pies, excepto algunos irreductibles, por supuesto, a los que nunca redujo y que, al final, dijeron la última palabra. Pero por entonces no existía hombre tan popular, al que se aplaudiese con semejante frenesí, como aquel monje menudo, de pequeña estatura, que no poseía ninguna «ventaja física», de una fealdad poderosa y simpática, que incluso le sirvió, puesto que parecía la viva imagen de Jeremías o de Ezequiel.
Era exigente y consideraba que no podía servirse a Dios y a Mamón[5].
Si uno deseaba contarse entre los elegidos, tenía que enmendar su vida de inmediato y renunciar a todos los antiguos placeres, desde los más inocentes hasta los más culpables. Había que adquirir las virtudes de los niños, ser puros como ellos, para que la edad de oro retornase a la tierra cuando el egoísmo, el orgullo y la codicia hubiesen dejado de reinar. De manera que, dado que la ciudad también pertenecía a los niños, éstos se agruparon en cofradías, en cuadrillas, y patrullaban la calle, molestaban a los transeúntes que consideraban demasiado bien vestidos y a las mujeres maquilladas, y vapuleaban a los bebedores y jugadores. Savonarola les había devuelto la autoridad, e investidos de ella se iban a indagar a las casas, en busca de libros prohibidos, de cuadros indecentes; Savonarola confiaba en su ingenuidad para distinguir lo bueno de lo malo y destruir lo malo. Divertida iniciativa, aunque un tanto peligrosa, sin duda; el arte y la cultura no salieron ganando, parece claro, pero la idea era nueva, curiosa y graciosa.
Maquiavelo se fue acercando cada vez más a Savonarola. Se le veía con asiduidad en sus sermones; estaba entre los piagnoni, los «plañideros», que era como se llamaba, de forma burlona, a los partidarios del dominico. Su mente y su alma estaban tocados por el celo del religioso; aquel ardor por reformar el mundo no carecía de ingenuidad, sin duda, pero era bello correr semejante aventura y valía la pena intentarlo. Podría parecer que todo les separaba, desde la formación misma de su espíritu hasta su carácter. Uno se había educado en la Biblia; el otro, en los escritores romanos. Uno se
inclinaba hacia la política pragmatista, mientras que el otro era todo ideal, todo fervor. Pero ambos estaban de acuerdo en reconocer que el mundo era imperfecto y había que corregirlo. ¿Por qué medios? ¿Por qué los que preconiza Savonarola no iban a ser más eficaces? Y, de hecho, puestos a juzgar la excelencia de una doctrina por sus resultados, el éxito parecía corroborar la exactitud de la teoría savonaroliana; su reputación lo precedía.
Había logrado convertir a mucha gente, y no sólo a débiles de espíritu, tímidos o ingenuos; la elite de la inteligencia seguía sus sermones, y no para ser fiel a la moda. Hombres eminentes como Ficino, Poliziano, Pico della Mirandola, se habían convertido. Quiso reformar su orden y lo consiguió: a pesar de la violenta oposición política, el Papa sancionó la separación de los dominicos toscanos de los de la Lombardía, a los que hasta hacía poco habían estado subordinados. Savonarola dio a Florencia un gobierno moral.
A él se debió, en gran parte, la expulsión de los Medici y gracias a su intervención —y a la firmeza de Capponi también— los franceses no saquearon la ciudad.
Savonarola pudo con los Medici, a los que parecía imposible desarraigar. Lorenzo el Magnífico se cansó de combatirlo, sin poder acabar con él, y eso que lo puso todo en práctica, desde la corrupción hasta la intimidación y las amenazas. Pero una vez muerto Lorenzo, Florencia volvió a ser una ciudad libre, gracias a Savonarola, y también a Francesco Vallori; se proclamó la libertad y retornó la democracia…
Pero ¡cuidado!, ¿qué iba a suceder después? Maquiavelo observaba con atención el desarrollo de los acontecimientos. Con los Medici en el exilio, la ciudad se entregaría de nuevo a las batallas de facciones, a menos que Savonarola pusiese en el lugar de los tiranos depuestos otro jefe, pues era obvio que se hacía necesario uno. Pero entonces debió de pensar que para qué otro tirano: mejor conservar el antiguo. Y Savonarola tuvo una idea genial: nombrar a Jesucristo «tirano» de Florencia. Genial porque respondía a la forma de gobierno que él preconizaba, moral y teocrática. Puesto que todo poder provenía de Dios, ¿por qué Él no habría de asumirlo directamente? Savonarola, su profeta, gobernaría en su nombre, en su lugar.
Y, en adelante, los descontentos serían además herejes, sacrílegos y blasfemos. Maquiavelo debió de aplaudir: misión cumplida.
Sin embargo, existía una fisura en el sistema político de Savonarola. Y
no resulta sorprendente, puesto que aquel monje no había recibido una formación política. Tampoco práctica, como es natural, ni teórica. Entró en el convento a los veintidós años y hasta esa edad realizó estudios de letras o de medicina. Según parece, leyó a los historiadores y moralistas, y en especial la Biblia, que no es un breviario para los hombres de Estado: las estratagemas que contiene son toscas y los regímenes que presenta rudimentarios, basados en la violencia, la rapiña y la crueldad, o de un idealismo sin contacto con lo real.
Desde el punto de vista religioso y moral, Savonarola sabía lo que quería. Su posición era inatacable. Podía decirse, incluso, que sus reivindicaciones eran las de un santo a quien le hubiese gustado que todos los hombres accediesen a la santidad; lo que sin duda es generoso, pero al mismo tiempo un tanto ingenuo. La bella alma de Savonarola, a la que sirve una elocuencia excepcional, era capaz de convencer, de transportar, de arrebatar la adhesión de cualquiera, por mucho que se defendiese.
Preconizaba una reforma que los mejores espíritus deseaban, incluso aunque no estuviesen de acuerdo sobre los medios a emplear. Sus tratados religiosos eran bellos, nobles e irrefutables. Pero cuando se mezclaba en política…
Por desgracia, su acción era inseparable de ésta e, incluso, estaba estrechamente vinculada a ella, dependía de ella. Puesto que deseaba reformar la sociedad, había de tocar de manera inevitable las cuestiones de los regímenes. ¿Cuál era el mejor régimen? ¿Cuál debía preferirse a los demás y no escatimar esfuerzos para instaurarlo? Eso era lo que Savonarola nunca expresó con exactitud. Hablaba de libertad, punto en el que todo el mundo estaba de acuerdo. Fue a Careggi a importunar a Lorenzo de Medici en su lecho de muerte y le suplicó que devolviera la libertad a Florencia.
Pero ¿qué era la libertad? Los filósofos y los hombres de Estado no tenían la misma opinión sobre ese tema.
Para Savonarola, se trataba de devolver el gobierno al pueblo. Muy bien. Pero una vez hecho esto, se apresuró a quitárselo para dárselo a Cristo Rey. Cristo no es un soberano molesto, pero ésa ya no era la democracia pura que había prometido. Por otro lado, ¿era partidario de la democracia?
Cabría dudarlo tras leer sus obras. Prefería la democracia a la tiranía, pero comprendía —y Maquiavelo aprobaba— que la democracia conduce casi de forma inevitable a una tiranía cualquiera. Por tanto, ¿era preferible el gobierno de uno solo? Parece que Savonarola así lo creyó. Pero entonces
¿en qué había de basarse dicho gobierno? De basarse en la violencia, sería injusto y, por ende, ilegítimo. Si se pretendía que fuese perfectamente justo, entonces sólo iba a aceptarse si provenía de Dios. ¿Una monarquía de derecho divino, pues? ¿Como en Francia? Quizá por eso Savonarola sentía tanta simpatía por los franceses y no vio con malos ojos que Carlos VIII invadiese Italia.
Pero en caso de reclamar una monarquía de derecho divino, por lo tanto hereditaria, ¿adónde irían a parar las instituciones democráticas? ¿Cómo conciliar esto con la vieja constitución florentina? No se trataba de criticar en detalle la nueva constitución, la que Florencia se había procurado en 1494, después de la expulsión de los Medici, pues era justa en su conjunto, y si no la desvirtuaba el juego de los partidos sería saludable. Por desgracia, era híbrida e imprecisa, y se notaba que no había querido favorecer a un partido en detrimento de otro, que había pretendido complacer al pueblo sin oprimir demasiado a los burgueses y permitir el máximo de libertades sin dar paso a la licencia y la anarquía. Era una obra de buena voluntad y buena fe, pero no pasaba de ser la obra de un monje y de varios «moderados» de tendencias democráticas, precisamente los más peligrosos.
Al examinarlo bien, Maquiavelo constató que no sólo había una fisura en el sistema político del dominico, sino que existía también una ignorancia profunda de la verdadera naturaleza humana, una creencia ingenua en su perfectibilidad y, sobre todo, un error radical, que consistía en suponer que podía hacerse llevar una vida virtuosa a todo un pueblo porque se había conseguido conmoverlo, despertar en él el miedo a la muerte, al infierno, a la peste y a los franceses. Lo cierto es que los reinados del Ogro y el Coco suelen ser bastante cortos. El día en que el pueblo florentino dejara de tener miedo, cuando se cansara de escuchar los sermones incendiarios y de practicar la virtud, ¿qué podía pasar con aquel régimen que descansaba casi en exclusiva sobre el prestigio personal de Savonarola?
Escuchando hablar a las gentes —y sabemos que a Maquiavelo le gustaba pasear por las calles, mezclarse con los grupos que discutían bajo un soportal, al pie de una estatua o en un banco de la plaza— el joven descubrió que la dictadura de Savonarola estaba tocando a su fin. No en vano se vejaba a las personas en nombre de la libertad, se arruinaban las industrias de lujo, se hacían cerrar los comercios y se condenaba a los obreros al paro. Los negocios iban mal, todo lo contrario que en tiempos de los Medid. Savonarola había suprimido los carnavales mitológicos y paganos, pero era más agradable ver desfilar carros con hermosas muchachas que asistir a los retozos de los viejos monjes coronados de flores que daban saltitos mientras entonaban sus cánticos.
La popularidad de Savonarola sólo duró un tiempo. Se cansaron de él, como antes de los Medici. Y el día en que el favor de las masas —
conseguido mediante sus reformas financieras y sus medidas demagógicas
— le abandonó, se encontró solo, como lo estuvo al comienzo de aquella extraordinaria política de la que no hacía falta ser profeta para predecir que habría de acabar en catástrofe.
Savonarola quiso ser justo, equitativo, generoso, moral, en una palabra.
Pero no comprendió que, de ordinario, la moral y la política no forman buena pareja, y su política fue la que sufrió las consecuencias. Proclamó el derecho del pueblo a gobernarse a sí mismo y el pueblo se sirvió de ello para derrocarlo el día en que se cansó de él. No había más que un medio de consolidar su posición: no contar demasiado con el prestigio moral, la fidelidad de sus partidarios y la bondad del pueblo, y hacer lo que hacen todos los hombres de Estado que quieren mantenerse en el poder, es decir, constituir un buen ejército. Debió tomar como modelo a los tiranos, en lugar de nutrirse de nobles quimeras, estudiar la historia de los emperadores romanos y aprender de sus coetáneos, los Sforza, los Visconti, los Baglioni, los aragoneses e, incluso, los papas, pues ellos sí mantenían intacto su poder. Creyó en el poder de la virtud, la bondad y la justicia, mientras que sus ayudantes infantiles, a buen seguro, ya no creían en ello. Precisamente es esto lo que, en resumidas cuentas, hace la vida decepcionante: no se puede vivir en el propio ideal. O se traiciona el ideal o se traiciona la vida.
Un «profeta desarmado»: eso fue Savonarola. La palabra, de por sí terrible, tiene en boca de Maquiavelo el valor de una condena capital. De manera que a nadie le sorprenderá, por poco que posea una buena cultura histórica y algo de olfato, el desarrollo de los acontecimientos, cuando aquella ola de descontentos, instigada por los Medici, se volvió contra el predicador y lo derribó.
El «profeta desarmado» fue la víctima de su propia reforma. Su gobierno teocrático se hundió porque el miedo al Infierno y la amenaza de los castigos celestiales no bastaron para contener los instintos de las masas.
Le hubiera sido más útil una buena condotta. Y henos aquí, de nuevo, en el dilema inicial. O un gobierno es fuerte o es moral. O se funda en el ideal o tiene en cuenta las sórdidas realidades. En más de una ocasión han de emplearse medios injustos para garantizar la justicia. ¿Hay que renunciar a utilizarlos, porque no están de acuerdo con el estricto ideal de la justicia absoluta, o hay que consentir, de manera deliberada, que la justicia práctica se salve a costa de la justicia teórica? En política, hay que transigir de forma continuada, con uno mismo y con los demás, con el propio ideal y las propias convicciones: para durar, para subsistir, para vencer.
Savonarola no fue un «hombre fuerte». Su fuerza sólo fue moral y sabemos muy bien que eso no basta. Prácticamente estaba desarmado. Y
¿qué es un hombre sin armas, incluso si es profeta? Por lo tanto, su reforma estaba condenada al fracaso, en un plazo más o menos largo. De entrada, era imposible que le sobreviviese, porque carecía de sucesor, de heredero.
Además, era poco verosímil que la versatilidad del pueblo le permitiese llevarla hasta el final. Maquiavelo supo que se había equivocado, pues Savonarola no era más fuerte que los demás; de hecho, no era fuerte.
Desde el día en que hizo esta constatación —quizá trágica para él, puesto que estoy seguro de que Savonarola le gustaba— dejó de pertenecer a los piagnoni. Ya no creía en Savonarola ni en la eficacia política de su sistema. Que estuviese o no inspirado por Dios poco importaba. No era la religión lo que estaba en tela de juicio. Ésta sólo interesaba a Maquiavelo en tanto que accesorio de la política. De nuevo, dos ámbitos distintos que no hay que confundir, pues la metafísica es una cosa y la política, otra. Se trataba de acción y no de fe. La religión era saludable y había que
respetarla, puesto que desempeñaba un papel en el gobierno. Por lo demás, no sabemos qué pensó Maquiavelo; es el secreto del alma profunda. Quizá fue indiferente y escéptico. Quizá se contentó con guardar silencio sobre un tema que, a su entender, no interesaba ni a sus contemporáneos ni a la posteridad.
«Los príncipes o los republicanos que quieren mantenerse a salvo de cualquier corrupción deben, por encima de todo, conservar la pureza de la religión y sus ceremonias, y guardar el respeto debido a su santidad, porque no hay signo más seguro de la ruina de un Estado que el rechazo del culto divino. Así pues, es deber del príncipe y de los jefes de una república mantener sobre sus fundamentos la religión que se profesa…». Un pensamiento claro, que parece atestiguar en Maquiavelo la presencia del sentimiento religioso. Quizá lo tuvo, en efecto, y se ha calumniado en exceso a este «político del infierno», pero no fue un hipócrita y después de expresar esta afirmación la completó con crudeza manifestando por qué justificaba el mantenimiento de la religión. No era una razón de orden metafísico o moral, ni tampoco de sensibilidad, sino sólo de utilidad:
«porque, entonces, nada más fácil de conservar que un Estado formado por un pueblo religioso, por consiguiente lleno de bondad y abocado a la unión». Y el político concluyó, con un cinismo soberano: «Por eso, todo lo que tiende a favorecer la religión debe acogerse aun cuando se reconozca su falsedad, y con más razón cuando se posee sabiduría y conocimiento del corazón humano». Es así como resolvió, para comodidad suprema del hombre de Estado, el problema de las relaciones del hombre con las cuestiones divinas. Maquiavelo sólo consideró desde ese ángulo la utilidad de la religión; una utilidad práctica, de donde toda noción relativa a lo sagrado o espiritual quedaba excluida. ¿Era ése el origen de su fuerza o, por el contrario, su mayor laguna y su mayor miseria?
No combatió la religión; no fue la fe ingenua y simple la que le valió el rechazo de los humanistas. No era pagano, al menos no a su manera, aunque su concepción pragmatista y utilitaria de la religión sea, quizás, el supremo paganismo. Sin duda, en este aspecto fue heredero de los romanos, a los que se pareció también en tantos otros. Para él, el cristianismo carecía de valor, y tampoco lo tuvo a su juicio la Edad Media, con sus grandes
arrebatos de fe colectiva. Lo espiritual, como tal, no le interesaba. Era, ante todo, un intelectual, un hombre al que le complacía contemplar el juego de la inteligencia, tanto en los otros hombres como en sí mismo. Ésa fue la razón de que retuviese de la doctrina de Savonarola sus principios políticos, que, éstos sí, le interesaban y cuyo desarrollo siguió con curiosidad.
Asimismo, juzgó a Savonarola de forma muy distinta, según lo consideró profeta u hombre de Estado. El visionario le inspiró siempre cierto recelo.
En sus cartas familiares hizo alusión a sus «imposturas» y a la manera que tenía de «colorear sus mentiras». Pero más tarde, cuando escribió sobre la gran aventura savonaroliana en sus obras de historia, se mostró más ecuánime y concluyó «que sólo debe hablarse de un hombre tan grande con respeto».
¿Por qué Savonarola fue, a la postre, un «gran hombre» a los ojos de Maquiavelo, que había asistido a su triunfo y a su caída? A buen seguro, no tanto por su gran alma ni por su ideal generosamente quimérico como por la energía que invirtió en el transcurso de aquellos años de lucha. Eso fue lo que le valió la admiración de aquel hombre, al que siempre apreció por encima de todas las grandes obras maestras humanas, y por lo tanto no temió asociar, en la misma clase de admiración, al monje de San Marco y a César Borgia. Apreció sus obras, que a su juicio, «prueban su ciencia, su habilidad, su prudencia y su valor de espíritu». Admiró en Savonarola a un hombre libre, como él mismo lo era y quería seguir siéndolo. Un hombre convencido por demás de la excelencia de su causa, un rudo luchador, un combatiente infatigable y un magnífico ejemplo de «virtud», en el sentido romano del término.
Se adivina hasta qué punto debió sentirse exasperado algunas veces al ver el modo en que Savonarola desperdiciaba unas dotes tan prodigiosas y una energía tan sobrehumana en una mala causa; según el vocabulario de Maquiavelo, mala es la causa que por su misma naturaleza está abocada al fracaso. Savonarola no creía poder fracasar porque estaba convencido de que Dios estaba con él y creía que el hombre a cuyo lado Dios combate tenía asegurada la victoria. Parece obvio que Maquiavelo se mostró más razonable cuando escribió que los profetas que no tienen ejército acaban siempre mal. Reprochaba, en fin, al dominico carecer de sentido político y
provocar una confusión desastrosa entre la reforma de las almas, que sólo podía llevarse a cabo por medios espirituales, y la reforma de la sociedad, que debía poner en juego todos los medios materiales y prácticos necesarios para alcanzar el éxito. Reconocía que Savonarola tenía razón en un aspecto concreto, el teórico puro, el del ideal, y a su parecer se equivocaba cuando intentaba adaptar la realidad de las cosas a un programa que no la tenía en cuenta.
Así pues, ¿se equivocó Savonarola al mezclarse en política? Los dominicos de Santa Maria Novella, e incluso algunos de su propio convento de San Marco, se lo reprocharon de forma abierta. Maquiavelo era del mismo parecer, pues a su juicio no había que mezclarse en asuntos para los que no se posee ninguna aptitud ni preparación. Entendía que la política era, a la vez, un arte y una ciencia, de manera que no cabía improvisar un hombre de Estado. Por eso Savonarola se había equivocado al aventurarse, recién salido del convento, a gobernar una cables como la conquista francesa o los problemas con Venecia, Milán, Nápoles y el Papa. Si a un político de carrera ya le hubiera resultado muy difícil desenvolverse, ¿qué podía hacer un religioso poco instruido en las reglas de la sabiduría política y en las astucias del oficio? ¡Qué triste le pareció una admirable obra maestra humana desaprovecharse así, en una batalla perdida de antemano!
¡Qué pérdida de tiempo, cuánta energía malgastada, cuantos esfuerzos desperdiciados!
No creo equivocarme si apunto que Maquiavelo guardó rencor a Fra Girolamo por haber agravado la situación de Florencia con sus falsas reformas. ¿En qué desembocaría al final aquella revolución? Nada cambió; el pueblo y los burgueses conservaron sus defectos, el desconcierto era, incluso, un poco mayor que antes y los Medici volvieron. Ése fue el balance de la aventura savonaroliana; las facciones estaban más exaltadas, se habían intensificado las disputas de los partidos, la lucha de clases era más violenta, se habían destruido algunas obras de arte, se había hecho perder la cabeza a algunos buenos pintores y poetas estimables, a quienes el arte dijo adiós el día en que se habían convertido en plañideros y, a fin de cuentas, Savonarola había acabado en la hoguera, con dos inocentes dominicos, cuyo único crimen fue el de creer en él a ciegas.
Maquiavelo nunca estuvo ciego. Cuando volvió la vista atrás para ver el desarrollo de los acontecimientos a los que había asistido, se esforzó en juzgar de forma imparcial una actividad por la que sólo había experimentado una mezcla de simpatía, desconfianza y cierto desprecio.
La palabra puede parecer fuerte, pero para Maquiavelo, estaba justificada, por respetable y estimable que fuese Savonarola en el plano religioso o meramente humano; en tanto que hombre de Estado era un desorganizado, un ignorante y un fracasado. A Maquiavelo no le gustaban los fracasados, pero era demasiado inteligente para no diferenciar entre quienes llevaban en sí todas las causas de su fracaso y quienes habían sido víctimas de los acontecimientos. Así pues, juzgó de forma muy distinta a Savonarola y a César Borgia, puesto que, aunque ambos fracasaron, al primero lo derribó su propia falta, porque no supo adaptarse, porque no jugó el juego según las reglas; sin embargo, al segundo lo superaron los acontecimientos, la muerte del Papa y su propio envenenamiento que lo situó a dos pasos de la muerte en el momento en que más necesitaba su energía y todo su ingenio. Declarar inocente a César Borgia, en quien la posteridad verá un «monstruo», y condenar a Savonarola, que a los ojos de muchos era un santo, es a lo que conduce la moral de Maquiavelo. Ésos son los juicios éticos que sostiene. Para quien conoce bien su pensamiento y el mecanismo de su mente, este tipo de juicios, que parecen paradójicos e inicuos a los hombres actuales, no lo eran para sus contemporáneos, y en sí mismos, confesémoslo a las claras, eran justos. César Borgia poseía todas las cualidades que había que tener para triunfar en sus empresas, nunca había emprendido más de las que podía realizar. Su caída, como la de Napoleón, lúe la consecuencia de factores externos a él; en teoría, debía triunfar. Savonarola, por el contrario, se había lanzado a ciegas a una aventura irrealizable, casi insensata. Había puesto en su contra al Papa, a Milán, a Nápoles, a los grandes burgueses y al propio pueblo al que defendía. Había acumulado faltas y errores. Había contado con Francia y Carlos VIII había vuelto a su casa. Estaba seguro de obtener de los soberanos europeos la reunión de un concilio, y a excepción del francés, probablemente ningún monarca se preocupaba de ello. Se había apoyado en el favor popular, que es el más vacilante de los apoyos. Había ignorado, en
fin, la verdadera naturaleza del hombre, en la que el propio Maquiavelo no tenía ninguna esperanza. Lo cierto es que había merecido su fracaso, ya que era culpable de haberse embarcado en una empresa sin poseer ninguna de las cualidades ni elementos requeridos para triunfar en ella.
¿En qué momento Maquiavelo abandonó a Savonarola? No creo que nunca fuese uno de sus ardientes partidarios; todo lo más, un simpatizante, y con toda probabilidad por curiosidad, por empatía intelectual, más que por fervor religioso o humano. Era apasionante observar a Savonarola a través de sus palabras, sus actos y los movimientos de su pensamiento. Poseía un dinamismo prodigioso, que Maquiavelo nunca se cansaba de admirar, incluso cuando lamentaba que lo emplease con tanta torpeza. No cabe duda de que Maquiavelo estuvo presente, como testigo, observador y curioso, en todos los acontecimientos de aquella epopeya tan magnífica como irrisoria.
El día de la Ascensión, cuando Savonarola subió al púlpito y lo encontró ocupado por un asno muerto. El día de la primera hoguera de las vanidades, cuando quemó en efigie al anticuario judío que había querido comprar en bloque los objetos destinados al fuego; en la segunda hoguera de las vanidades también, cuando los maniquíes que representaban a Satán y los siete pecados capitales reemplazaron la imagen del judío. En el carnaval piadoso, donde los dominicos cantaban y bailaban. En la prueba del fuego, que tanto decepcionó al pueblo, puesto que no se quemó a nadie, trágico y bufonesco día, en que los franciscanos, que habían lanzado el reto, se zafaban prudentes y esperaban con impaciencia que las autoridades vinieran a prohibir el duelo que ellos mismos habían reclamado. El día en que los
«rabiosos» y los soldados de la Señoría habían tomado al asalto el convento de San Marco, cuando Savonarola, que se entregó para evitar la masacre de sus hermanos, fue en verdad admirable, como también lo fueron los religiosos que se abrocharon la coraza, se pusieron el casco y dispararon el arcabuz en la iglesia, apoyando sus armas en el altar mayor para apuntar mejor.
Savonarola había sido más grande en su caída que en su victoria.
Victoria artificial, por otro lado, ilusoria y sin futuro, cuando, al sufrir y morir con una nobleza digna de los estoicos, Savonarola, se había colocado a la altura de los héroes de la antigüedad. Por la grandeza de alma que había
mostrado en las torturas y en la hoguera, el propio Maquiavelo, tan difícil y exigente, podía admirarlo sin reservas. Admirar no al hombre político, por supuesto, que no había cometido más que errores, sino al hombre sin más, que sabía morir como un caballero y como un santo.
La muerte de Savonarola fue infinitamente más lograda que su vida. Y
puede decirse también a propósito de él: «Mi fin es mi comienzo», puesto que su gloria póstuma se alimenta de su bella muerte, no de sus confusos esfuerzos por triunfar.
Además, ¡qué lección! ¡Qué enseñanza fueron para Maquiavelo las peripecias de aquel reinado tan breve y tan caótico! De haber conservado alguna ilusión, creo que la habría perdido al ver a la masa gritar de alegría cuando quemó a su profeta; al ver a los niños, sus pequeños cruzados, sus pequeños policías de la moral, la esperanza del futuro, los futuros dueños de una Florencia por fin regenerada, deslizarse bajo la pasarela donde el monje andaba con los pies descalzos hacia la hoguera, para pincharle las piernas y los pies con palos puntiagudos. Casi todo el mundo le había traicionado; incluso sus hermanos de San Marco, quienes, asustados de padecer por su causa la cólera del Papa, en un frenético arrebato de terror y cobardía firmaron la carta en la que le condenaban, a él, su prior, en la que renegaban de él, aplaudían por adelantado el castigo que iban a imponerle y reclamaban sanciones.
Aquello no podía terminar de otro modo. No podía ser de otro modo.
No había razón para alegrarse, al ver los acontecimientos confirmar todo lo que se esperaba de malvado, de cobarde, de bajo, por parte de sus conciudadanos, de amargura y de veneno. El hombre está hecho así. Hay que aceptarlo como es, no esperar nada de él, temerlo como se teme a un animal peligroso, sentir por él mucha piedad, bastante desprecio y quizás un poco de amor también, si el corazón os impulsa, y estar a la defensiva, los ojos bien abiertos, la mano en el puñal.
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