Maquiavelo
Capítulo siete. Los franceses
CAPÍTULO SIETE
Los franceses
«Los franceses son por naturaleza más intrépidos que robustos y hábiles; y si puede resistirse la impetuosidad de su primer ataque, se debilitan muy pronto y pierden valor hasta el punto de volverse tan cobardes como las mujeres. Por otro lado, soportan con dificultad las penurias y fatigas, acaban por desanimarse muy pronto y nada es más fácil entonces que sorprenderlos y abatirlos […]. Por lo tanto, para vencer a los franceses es necesario protegerse de su primer ímpetu, y se puede estar seguro de vencerlos si se puede conseguir dar largas al asunto. Por eso César afirmaba de sus ancestros que los “galos comenzaban por ser más que hombres y acababan por ser menos que mujeres”».
Los florentinos no apreciaban demasiado a los franceses. Desde el paso de Carlos VIII, conservaban el recuerdo de aquel terrible hombrecillo que había entrado en su ciudad a lomos de su caballo, los dos protegidos con armadura, la lanza baja y la mirada aviesa. Florencia se había librado por poco de los horrores del saqueo y la destrucción. Si Savonarola no hubiera trastornado al rey de Francia con sus espantosas predicciones, éste habría asolado con sus tropas la ciudad.
No apreciaban a los franceses, pero les interesaba estar en buenos términos con ellos. Los franceses eran poderosos, poseían un ejército numeroso y aguerrido, una artillería considerable que llevaban más allá de los Alpes, que superaba dificultades inauditas para franquear las montañas nevadas con sus grandes bombardas. Desde hacía dos reinados, manifestaban una inclinación terrible por intervenir en los asuntos de Italia:
Carlos VIII porque había heredado de su padre los derechos de los duques de Anjou a la corona de Nápoles; Luis XII porque había heredado de su abuela, Valentina Visconti, pretensiones sobre el ducado de Milán. El primero se había basado en la donación del rey Rene para tratar de expulsar a los españoles del sur de Italia; su sucesor veía a los Sforza como usurpadores y, además, no olvidaba la mala pasada que Ludovico el Moro había jugado a Carlos VIII llamándolo a Italia para expulsarlo después y obtener así el reconocimiento de sus compatriotas, a título de aquella
«liberación».
Aquel ir y venir de los regimientos franceses en la península, desde los Alpes hasta Sicilia, alteraba la política de Florencia. Asimismo, le imponía resoluciones que una ciudad pacífica, y más preocupada por los beneficios comerciales que por las hazañas militares, detestaba tomar. En efecto, había que decidirse por estar a favor o en contra de los franceses, con todos los riesgos que comportaba semejante decisión. Gustaba poco tener a los franceses en contra, porque parecían capaces de conquistar Italia con sus caballeros y sus bombardas; así pues, parecía más prudente no tomar partido contra ellos de forma abierta. Pero, si se derrotaba a los franceses,
¿por quiénes se tendría entonces a sus aliados italianos, aunque fuesen
«neutrales», culpables de no haberse declarado contra ellos con suficiente vehemencia?
Existían buenas relaciones comerciales con Francia. Los banqueros y comerciantes florentinos tenían sus sucursales al otro lado de los Alpes, donde realizaban fructuosas operaciones. En varias ocasiones, le habían prestado dinero al rey. ¿Qué pasaría con los créditos y los intercambios comerciales si se manifestaba una franca hostilidad? Por desgracia, las cosas llegarían a un punto en que todos los Estados italianos, lo quisieran o no, deberían tomar partido a favor o en contra de los franceses. Algunos de ellos preparaban ya una especie de coalición, de liga, para preservarse de la invasión. Entrar en aquella liga significaba romper relaciones con Francia, pero hacer oídos sordos a las demandas de los «miembros de la liga»
suponía exponerse a su venganza, si alguna vez los franceses fracasaban y volvían a atravesar los Alpes.
Los florentinos recriminaban a Francia las preocupaciones que ésta les causaba. Le echaban en cara sus ambiciosas pretensiones, sus manías guerreras que alteraban la paz de Europa. Esos buenos comerciantes consideraban desastroso que los franceses estuviesen gobernados por soberanos exaltados y quiméricos, alimentados con novelas de caballería y deseosos de imitar a los héroes de éstas. Mientras que Italia había alcanzado ya la racionalidad del Renacimiento, a Francia aún la empujaban los ideales de la Edad Media e, incluso, se adivinaba en ella un relativo resurgir del espíritu de caballería, bastante artificial, a decir verdad, superficial y literario. Aquellas simplezas bastaban, sin embargo, para inquietar a Europa, para mantener a los Estados extranjeros en pie de guerra y —lo que afectaba en especial a los sensatos políticos italianos, preocupados por no comprometerse— para instarlos a adoptar posiciones claras y francas, algo que detestaban por encima de todo.
Aunque se conociesen los defectos de los franceses e incluso sus debilidades para la guerra, mencionadas antes, no dejaban de tenerles miedo. Sobre todo, los florentinos, que no estaban implicados de manera directa en los asuntos de Nápoles o del Milanesado y que habrían querido que tales cuestiones se decidiesen al margen de su participación. Por desgracia, el embrollo de la política italiana era tal que si se movía un sólo peón en el tablero, el resto se ponía en movimiento. La neutralidad resultaba imposible y, a la larga, aquella medida de prudencia podía llegar a convertirse en un peligro. Cuando Luis XII retomó las ambiciones de su predecesor y atravesó los Alpes con sus escuadrones y su artillería, Italia se vio expuesta de nuevo a las atrocidades de la guerra y despertó en ella un violento rencor contra los responsables.
Por fortuna, desde los Alpes hasta Florencia la distancia era larga y sería difícil vencer a los milaneses, si es que llegaban a vencerlos. Por lo tanto, se disponía de tiempo para observar la naturaleza y el desarrollo de las operaciones, con el fin de ganar tiempo y, en la medida de lo posible, de decidirse sólo con conocimiento de causa.
Nada más ascender al trono, Luis XII se había afanado por afirmar que no renunciaría a ninguno de los derechos que había heredado de su abuela; quería, incluso, conquistar cuanto antes el ducado que le correspondía por
esta sucesión. Aquel hombre «irritable y temeroso», como afirmó Maquiavelo —y lo conoció bien—, era a la vez tímido, indeciso, violento y abúlico; en resumen, un soñador al que apasionaba la acción, que se precipitaba, pues, a las aventuras con una especie de ceguera, en la que con toda probabilidad había más de falta de resolución que de osadía caballeresca.
Puesto que se había hecho popular por su política liberal, su ahorro y la disminución de impuestos, persuadió a Francia de que quería hacer la guerra a Italia; Francia no dudó en secundarlo y le acordó los créditos necesarios. Los franceses, siempre susceptibles y fáciles de exacerbar, estaban convencidos de que era su deber «vengar» la derrota que había sufrido Carlos VIII y su retirada un tanto precipitada. Mientras equipaban a la infantería y la caballería y hacían fundir bombardas de mayor calibre, Luis XII negociaba con los enemigos de los Sforza. Se había asegurado la simpatía de los venecianos, prometiéndoles una parte de sus futuras conquistas. Se había unido a Roma, subvencionando al hijo de Alejandro VI, César Borgia. Sus embajadores, en fin, demostraban a la Señoría que la victoria era una realidad y que a Florencia le interesaba perseverar en su política de amistad con Francia.
De hecho, las primeras hostilidades confirmaron el parecer de los diplomáticos. El ejército francés comandado por Trivulzio arrolló a las tropas de Ludovico, las cuales, ya por incompetencia ya por cobardía, pusieron poco brío en combatirlo. La población de Milán, asustada por aquellos reveses, responsabilizó de ello al duque y se sublevó contra él. El Moro perdió la cabeza: envió a sus hijos y su tesoro a Alemania y algunos días después tomó a su vez el mismo camino. A consecuencia de lo cual, los franceses entraron en Milán sin hallar la menor resistencia, y el 11 de septiembre de 1499 Luis XII instaló de manera oficial su estado mayor y su gobierno en la ciudad. El día de su entrada solemne, se vio precipitarse hacia él a los embajadores de los diversos Estados italianos que, hasta entonces, se habían mantenido a la expectativa y que, de repente, se habían convencido de que los franceses servían en verdad a la causa del derecho, la justicia, el honor y la libertad.
Los florentinos no fueron los últimos, se comprende, en presentar al vencedor los respetos de su admiración y afecto. Ya no se hablaba de los asuntos de Pisa, aunque hubieran sido los franceses los que incitaran a los pisanos a la rebelión y los que los apoyaran en su guerra de liberación contra Florencia. Todos los temas de discordia estaban olvidados. Por otro lado, aquel asunto era fácil de arreglar: que el rey de Francia se comprometiese a no prestar más ayuda a Pisa, y se le daría todo cuanto pudiese desear, esto es hombres y dinero.
Luis XII se mostró exigente. Reclamó novecientos hombres de caballería, tres mil infantes y cincuenta mil ducados. Quería también que los florentinos reclutasen por una elevada suma al condotiero Giuliano della Rovere, hermano del futuro papa Julio II, con el cual estaba obligado. En cuanto a los asuntos de Pisa, se volvería a hablar de ello cuando los franceses regresaran de Nápoles, tras la conquista. Aún quedaban cuestiones financieras bastante espinosas, deudas contraídas por el Moro y cuyo importe Luis XII quería que le restituyesen los florentinos.
Suspirando, la Señoría aceptó esta nueva reivindicación y mandó a Milán un embajador para examinar las cuentas de Ludovico y determinar la cifra de los créditos en discordia.
Al partir hacia Alemania, el Moro había dejado sus archivos en desorden y, a pesar de que los inspectores florentinos trabajaron durante mucho tiempo en sus expedientes, ya se había dispuesto que Maquiavelo se uniera a ellos; éste ya se encontraba cerrando su equipaje y ensillando su caballo cuando se produjo un acontecimiento inesperado. Los milaneses que habían aplaudido la entrada de las tropas francesas, no tardaron en hablar mal de las exacciones de los ocupantes. Ludovico el Moro, que había recobrado ánimo y reunido a quinientos caballeros alemanes y a ocho mil infantes suizos, se presentó de improviso ante los ciudadanos y éstos lo aclamaron. Una parte de los suizos de Trivulzio, al reconocer a compatriotas suyos bajo los estandartes del duque y enterándose por ellos de que el Moro pagaba mejor que los franceses, se apresuraron a pasarse al otro bando. Por lo tanto, Trivulzio evacuó la ciudad, mientras dejaba una guarnición en el castello, con fama de inexpugnable.
El año tocaba a su fin; el siglo, también. En la primavera, los franceses decidieron intentar el gran golpe. La Trémoille se unió a Trivulzio con diez mil suizos, que esta vez no se habían alistado a título individual, sino que constituían regimientos cantonales y, con el asentimiento de su Confederación, servían bajo sus propios estandartes.
Cuando los suizos de Ludovico descubrieron sus amados estandartes, declararon de forma manifiesta que no combatirían al toro de Uri o a la gamuza de los Grisones. (Hay quienes aseguran que, además, estaban descontentos porque no se les pagaba con regularidad). Los oficiales milaneses se esforzaron por retenerlos mediante promesas y súplicas, pero justo cuando la batalla iba a empezar, se les vio alcanzar, con armas y equipajes, las líneas francesas, donde se les recibió con grandes muestras de alegría.
En la práctica, la guerra había terminado. Ludovico el Moro se vistió de soldado y se ocultó entre un grupo de gentes de a pie, o se disfrazó de religioso, en opinión de otros. Pero el pobre hombre era demasiado conocido para poder ocultarse durante mucho tiempo. Y, sin duda, le traicionaron. La cuestión es que los franceses lo hicieron prisionero y lo llevaron al castillo de Loches, donde murió después de diez años de duro cautiverio.
Los florentinos se apresuraron en enviar al vencedor al embajador Tommaso Soderini, al que Maquiavelo acompañaba en calidad de secretario. A pesar de que hubiese cumplido de forma honrosa sus negociaciones con Catalina Sforza, creía que había que enviar al rey de Francia un embajador que «impusiera». La Señoría consideraba a Maquiavelo un buen empleado, nada más. En teoría, todos los ciudadanos beneficiati podían aspirar a los empleos, pero, en realidad, se reservaban los más importantes a los nobles, los notables y los florentinos ricos y distinguidos por el esplendor de su familia. Maquiavelo era un pobre diablo de origen modesto, sin dinero y de poca prestancia. Su rostro taimado, iluminado por ojos chispeantes de inteligencia, su aspecto endeble y su modesto atavío no le otorgaban aquella distinción, que los diplomáticos siempre han considerado eficaz. Soderini, si bien era menos inteligente que Maquiavelo, tenía buena presencia y hablaba bien: eso bastaba. Con tal que
le asignaran un buen secretario, cumpliría a la perfección su misión. La idea era que Soderini hiciera las arengas oficiales y paseara por el campo real su noble estatura, mientras Maquiavelo discutía las cuestiones prácticas con los ministros y los oficiales del rey. Se podía contar con él también para observar, interrogar, escuchar y resumir lo que había aprendido así en preciosos informes, concisos, profundos, perspicaces y, algo que apreciaban también los florentinos, escritos en aquella lengua firme, sobria, elegante y nerviosa, a la que la Crusca[8] no podría hacer ningún reproche. Soderini era bastante inteligente para comprender que debía dejar a su secretario todo el trabajo útil; a él sólo se le pedía que fuese «representativo».
Las negociaciones iban a versar ante todo sobre la cuestión de Pisa.
Durante su primera entrada en Milán, Luis XII había prometido ayudar a Florencia a reducir a los písanos. Pero de todos es sabido lo que vale una promesa. Carlos VIII había adquirido los mismos compromisos, mientras instigaba en secreto a los písanos a la resistencia y les enviaba refuerzos. El primer tratado había decidido que esta cuestión se regularía de regreso de Nápoles, pero entonces aquello parecía demasiado aleatorio. Por lo tanto, Soderini recibió la orden de obtener del rey la resolución inmediata del asunto de Pisa. Para ello un ejército francés, mantenido en parte a expensas de los franceses, en parte a expensas de los florentinos, se apoderaría de esta ciudad. Concluido el acuerdo, dicho ejército se puso en marcha, y Soderini lo siguió. Lo acompañaba su secretario, todo ojos y oídos, y encantado de respirar una vez más el olor de la pólvora y de ver maniobrar en el polvo dorado los bellos batallones suizos y gascones. Apasionado como era de la ciencia militar y la estrategia, Maquiavelo se alegraba de participar en el asedio; de entrada en calidad de patriota florentino, hostil por tradición a los písanos, pero sobre todo en calidad de experto en materia de táctica y de poliorcética.
Parece que el número de soldados que los franceses habían enviado —
cuatro mil suizos, dos mil gascones y quinientos lanceros—, junto con las tropas florentinas, que permanecían en los bastiones y en las obras de sitio tras la «traición» de los Vitelli, hubiese bastado para hacerse con la ciudad.
Pero los písanos se defendían bien y los franceses atacaban mal. Alegaban, como excusa, que estaban mal aprovisionados. El apetito de los suizos y de
los gascones asustaba a los italianos, más sobrios y menos exigentes.
Parecía imposible saciar a aquellos famélicos, al margen de cuantas provisiones se les suministrasen. La Señoría había enviado a este efecto a Luca degli Albizzi y Giovan Battista Ridolfi, pero de hecho era Maquiavelo quien se ocupaba de todo y aquella obligación era carga demasiado pesada para sus débiles hombros.
Estoy seguro de que los severos juicios que más tarde emitiría acerca de los franceses estuvieron motivados en las preocupaciones que lo agobiaron durante aquella guerra de Pisa. Reprobaría asimismo su avidez y prodigalidad. «El francés —escribiría— es, por naturaleza, ávido del bien ajeno, que a continuación gasta con igual derroche que si se tratara del suyo». A pesar de todos los esfuerzos que se realizaron para alimentarlas bien, las tropas se negaron a actuar. Un día, incluso, en que la artillería había echado abajo una parte de las murallas, acontecimiento favorable sin duda para un asalto, su jefe, Beaumont, excusó su pasividad alegando, una vez más, que las provisiones eran insuficientes. Las disputas se acentuaron.
Entre los italianos, se contaba que los franceses escondían el pan y el vino que recibían y, a continuación, clamaban que se morían de hambre. Con el apetito francés y la avaricia florentina en conflicto, era normal que el asedio de Pisa sufriese las consecuencias. Los gascones se habían ido y los suizos se rebelaban y amenazaban a sus oficiales.
Maquiavelo escribía a la Señoría cartas alarmistas: había que tomar medidas, enviar víveres, dinero. Pero los Señores no veían las miradas terribles de los suizos, no oían sus alaridos e insultos. Así las cosas, y como a las amenazas casi siempre las suceden los actos, los suizos se dirigieron a la tienda de campaña de los enviados florentinos y los hicieron prisioneros, así de simple. Los hicieron rehenes.
Hubo que pagar las soldadas atrasadas, incluso a regimientos recién llegados de Roma, que no tenían derecho a ello. Los soldados, tras haber cobrado el dinero, se dispersaron, dejando a los florentinos solos, en sus bastiones abandonados, a merced de un ataque de los enemigos, si es que llegaban a enterarse de lo ocurrido.
Y no debieron tardar en enterarse, y, puestos sobre aviso por sus espías, los pisanos atacaron los bastiones que hacía poco había construido Paolo
Vitelli, rompieron las líneas florentinas y restablecieron la comunicación con Luca, su vieja aliada, la cual les envió también refuerzos.
Se quejaron a Luis XII, quien respondió con una carta evasiva, llena de bellas promesas, y envió al lugar de los hechos a Duplessis de Compon, encargado de examinar la situación y de remitir informes. Franceses y florentinos se culpaban los unos a los otros. De buena gana, Luis XII habría dejado que las cosas evolucionaran sin intervenir, según los términos del tratado que obligaba a los florentinos a pagar veinticinco mil ducados por mes para el sostenimiento de las tropas, pero la Señoría consideraba que había invertido mucho dinero para lograr un resultado todavía peor, puesto que la victoria infundía de nuevo valor a los pisanos, pues ya sabían que no tenían nada que temer de los franceses. Luis XII había vuelto a Francia y se mostraba indiferente a los intereses florentinos. Sus generales en Italia se preocupaban poco de contentar a la República. Si quería obtenerse algo, había que solicitar al propio rey, discutir con sus ministros y analizar, en fin, si el que estaba enfrente era un aliado o un enemigo.
El apuesto Soderini parecía insuficiente para una misión tan delicada, de modo que se envió a Della Casa, quien tenía fama de inteligente. Por precaución, se le asignó de nuevo a Maquiavelo, quien durante los primeros meses había aprendido a conocer a los franceses y sabía cómo hablarles, cómo manejarlos. «Un francés al que se le pide un servicio piensa de entrada en el provecho que puede sacar de ello. Los primeros compromisos que se adquieren con ellos son siempre los más seguros. Que se encuentran en la imposibilidad de obligar, os abruman con promesas. Que están en condiciones de prestar ayuda, lo hacen a regañadientes, si es que lo hacen.
Son de lo más humilde en la mala fortuna y muy insolentes en la buena.
Son ligeros, cambiantes y mantienen su palabra como la mantiene un vencedor».
El 28 de Julio de 1500, los enviados florentinos llegaron a Lyon, donde se les había indicado que encontrarían al rey, pero éste ya no estaba. Se reunieron con él en Nevers, ocho días después. Los había recibido el cardenal Georges d’Amboise, arzobispo de Ruán, quien controlaba la voluntad del rey. Maquiavelo comprendió enseguida que si se podía hacer amigo del cardenal o, al menos, interesarlo en los asuntos de Florencia,
habría ganado la partida. Por desgracia, Maquiavelo no era más que un subordinado y Francesco della Casa, embajador titular, conducía las negociaciones, mientras que su secretario escribía las cartas y redactaba los informes.
La suerte quiso que el embajador cayera enfermo y regresara a Italia.
Sin duda, lo sustituiría un notable, pero mientras esperaba la llegada de éste, Maquiavelo estaba tranquilo. En el ínterin, aprovechó para acercarse al cardenal, quien se sorprendió en un primer momento al descubrir tanta inteligencia en Maquiavelo y saber que era un simple secretario. Por su cultura, su brillante mente y su conocimiento de los problemas políticos, Maquiavelo interesó al prelado. Éste estaba encantado de llevarlo en su coche durante los incesantes viajes en los que la Corte iba de castillo en castillo y, entonces, hablaban sin boato ni testigos, podría decirse que casi como amigos, lo que permitía al secretario decir todo lo que quería.
Al ver que las ambiciones de César Borgia y el apoyo que le daba Alejandro VI preocupaban a los franceses, Maquiavelo aprovechó para pintar un cuadro muy negro de Roma y sus codicias, un retrato terrorífico del duque de Valencia; de pasada, hizo alusión a la intención que se adivinaba en César de convertirse en el amo de toda Italia. Si ese proyecto cristalizaba, ¿qué ocurriría con las pretensiones francesas sobre Milán y Nápoles?
Había descubierto el punto débil. Mientras cabalga de Melun a Blois, de Nantes a Tours, recorriendo la Bretaña, volviendo a Île-de-France, siempre por montes y valles, a caballo, en coche, bajo las lluvias de octubre, a todas horas falto de dinero, puesto que la vida era cara en 1 rancia y recibía un salario miserable, Maquiavelo fue atrayendo hacia sus intereses al cardenal de Amboise. ¿Por qué pelearse con Florencia por una miserable cuestión de dinero, cuando lo que se dirimía era el futuro de Francia en Italia? Si por su intransigencia la corte de Francia perdía la simpatía de los toscanos, Florencia se aliaría con los Borgia; ¿acaso era aquello lo que deseaba? ¿No apoyaba Francia al duque de Valencia? Pues bien, vería las consecuencias de aquella imprudencia: sería el fin de su dominación en Italia…
Así discutían, aunque no siempre en tono cordial, puesto que un día el cardenal perdió los estribos y afirmó que «los italianos no entendían nada
de asuntos militares». A lo que Maquiavelo replicó con acritud que «los franceses no entendían nada de asuntos políticos». Era un principio de Maquiavelo no mentir cuando se podía conseguir todo diciendo la verdad.
Era cierto que los Borgia aspiraban a la hegemonía y ya trabajaban en ello.
De entrada debilitando a Florencia, le explicó, puesto que se sabía que Florencia era amiga de los franceses. Contra Florencia dirigía las maniobras el duque de Valencia, las intrigas contra Bolonia, Ferrara y Mantua, aliadas de Florencia, los acuerdos con los venecianos, enemigos encarnizados de la República; el Papa se proponía traer de nuevo a Piero de Medici a la ciudad de donde le había expulsado para devolverle el poder de sus antepasados, Cosme y Lorenzo. El interés común de Francia y Florencia exigía que no permitiesen que César Borgia deviniese demasiado fuerte; una palabra del rey bastaría para detenerlo o, si aquello no frenaba su audacia, un acto de fuerza… A cambio, Florencia abriría con generosidad sus cofres, como en el pasado. Para un soberano, era muy provechosa la amistad de una ciudad rica.
Y durante aquel tiempo el secretario escribía a la Señoría que había que desconfiar del rey, puesto que era versátil, pero también pagar. «Recuerden lo que me ha dicho el cardenal, que había que pagar, ya como amigo ya como enemigo, y que se juzgarían vuestros sentimientos por hechos y no por vanos discursos». No era extraño que las cartas en las que exponía largamente los problemas de alta política que resolvía acabasen con quejas y peticiones. También él necesitaba dinero; no era como aquellos embajadores, ricos y banqueros, que podían prescindir de su sueldo y sufragar sus propios gastos. Él era un pobre empleado, mal pagado, que no contaba con emolumentos para cubrir gastos de viaje ni de representación, y que desembolsaba sin cesar, para no hacer un papel demasiado malo. «Sólo le diré unas pocas palabras sobre la necesidad en la que me encuentro; ustedes saben que al partir sólo recibí ochenta ducados, que los gastos de correo me han costado treinta; tampoco ignoran que me vi obligado a proveerme de todo en Lyon y que tengo tres caballos que mantener; una posición semejante implica gastos que no pueden hacerse sin dinero».
En su correspondencia de aquella época comenzaban a reflejarse aquellos lancinantes problemas de dinero que habrían de acosarlo durante
toda su vida. Maquiavelo era pobre; en medio de los «grandes burgueses florentinos», tenía aspecto de menesteroso; se veía obligado a mendigar algunos ducados para no verse privado del todo, para vivir… Su suele o era escaso y cuando se encontraba en misión en el extranjero, la Señoría, que tenía otras preocupaciones, olvidaba a menudo enviarle dinero. La Señoría desatendió de nuevo sus peticiones y volvió a reclamar: «Lo módico de mi sueldo, los gastos que me veo obligado a hacer, la poca esperanza que tengo de recibir nuevas ayudas, me ponen en serias dificultades». Siempre dificultades, siempre aquellas quejas de empleado indigente, aquellas lamentaciones de un hombre al que se ha encargado las negociaciones más importantes y al que atormentan las preocupaciones más vulgares y ridículas.
Se quejó a la Señoría del pobre papel que se veía obligado a hacer junto a aquellos franceses magníficamente vestidos, con su exiguo traje de pana, gastado y arrugado; con su escarcela vacía, cuando necesitaba dinero para obtener informaciones, ofrecer banquetes, en los que las confidencias acudían solas a los labios, y mantener a espías y agentes secretos. Y
Florencia le respondió que se las arreglara.
Eso hizo. Años después, cuando hiciera balance de su vida y volviera la vista a los años pasados, concluiría: «Nací pobre y aprendí a sufrir más que a disfrutar». Por otro lado, sus placeres no eran de los que se compraban con dinero. Los sutiles gozos de la inteligencia que experimentaba hablando de política con hombres de Estado extranjeros no tenían precio. Se trataba de jugar sobre seguro. Luis XII, a pesar de su humor cambiante, era desconfiado y el cardenal de Amboise se mostraba un político sutil. No era fácil embaucarlos.
Pero la táctica de Maquiavelo no consistía en embaucar al adversario.
Sabía que los éxitos así obtenidos eran precarios y sin futuro; la honestidad, después de todo, era más rentable. Pero la honestidad no había de excluir la astucia, a pesar de que los ingenuos creyesen lo contrario. Y aquel florentino que, como sus compatriotas, tenía un sentido exquisito para los matices, el cual había ido afinando en el transcurso de sus estudios de política, sabía, y no dudaba, que, además, entre la honestidad torpe y la habilidad mentirosa existían infinidad de grados. El verdadero diplomático
era el hombre que inspiraba confianza a los soberanos con los que trataba y practicaba con ellos una táctica en la que la lealtad y la franqueza eran lo principal. Así, cuando escribió tiempo después para uno de sus amigos, aprendiz de embajador, las «reglas de conducta», situó en primer plano la honestidad, con lo que, como se ve, demuestra estar muy lejos de ese Maquiavelo maquiavélico que la imaginación popular perfila inmerso en todo tipo de imposturas y astucias.
La «gran política», que era su alegría y su ambición, no se avenía con las mentiras groseras. Para Maquiavelo, la verdad, por otro lado —¿qué es la verdad?—, se presentaba de mil maneras; la manera misma que uno tenía de vestirse le daba significados diferentes; más aún que hacer pasar una mentira por una verdad, resultaba hábil hacer creer al interlocutor que se mentía en el momento mismo en que se era sincero. Los torpes, sin embargo, no debían arriesgarse a semejante juego. Se requería una virtuosidad que pocos hombres poseían, y aquel que creyera brillar y servir útilmente a su país con semejante clase de subterfugios se iría a pique si, al igual que el aprendiz de brujo, desatara fuerzas que no era capaz de controlar, dirigir y contener.
En la corte de Francia apreciaban a Maquiavelo por la manera modesta que tenía de presentarse. Sabía escuchar, lo que era un gran mérito, y cuando el cardenal de Amboise se enfadaba, con una sonrisa lo allanaba todo. Para aquellas ocasiones, siempre tenía una anécdota, sacada de los antiguos o de los contemporáneos. Su inteligencia, en fin, era brillante y lo hacía irresistible. Una curiosa seducción manaba de aquel hombre endeble, feo y menudo. Y, sin embargo, no buscaba complacer. No le gustaban los franceses; reprobaba que aquellos extranjeros —¡bárbaros!— se mezclasen en los asuntos de Italia. Para aquel heredero de los romanos, era «bárbaro»
cualquiera que habitase más allá de las fronteras naturales de Italia. No es que practicase la imbécil xenofobia de los hombres que se imaginan que nada está bien fuera de su propio país. Era demasiado agudo y cultivado para ignorar que cada pueblo tenía sus defectos y sus cualidades, que ninguno merecía una admiración sin reserva ni una reprobación absoluta.
En suma, para él todos los pueblos eran equiparables, incluso los propios florentinos…
Pero Maquiavelo era un patriota italiano, y como tal su sensibilidad sufría con el espectáculo de los ejércitos extranjeros acampados en suelo nacional, con la idea de que los Estados vecinos mantenían las discordias para tener pretextos de intervención en Italia, a la que veían como una presa, que se disputaban con voracidad. Maquiavelo no odiaba a los franceses. Conocía sus vicios y sus talentos; los juzgaba sin parcialidad, aunque sin simpatía también, pero la simpatía no era condición necesaria de la justicia. Había estudiado sus costumbres y encontraba en ellos muchas cosas dignas de alabanza, el amor que tenían por su rey, por ejemplo, su simplicidad y aquel desarrollo de la pequeña propiedad que él analizó con la perspicacia de un economista moderno.
En el futuro, durante las numerosas misiones que realizaría en Francia, en 1504 y en 1510, no tendría gran cosa que modificar de sus Retratos de Las cosas de Francia. Dejaría de estar en buenos términos con aquel país porque, cada vez más, era para él un país enemigo. No compartía las ilusiones de Savonarola, quien se imaginaba que Carlos VIII iba a «liberar»
a Italia; para Maquiavelo, el extranjero sólo aspiraba a oprimir, asolar y saquear; y el aliado, a ese respecto, solía conducirse de la misma manera que el enemigo: lo había visto con claridad en Pisa.
Es de lamentar que en lugar de encontrar frente a él al débil y colérico Luis XII, Maquiavelo no encontrara a Luis XI, un adversario digno de él, el prototipo mismo del hombre de Estado «maquiavélico», según la acepción que la opinión pública otorga a tal calificativo. ¡Qué bella partida habrían jugado juntos! En cambio, si Maquiavelo no siempre comprendió bien a los franceses, si algunas veces se dejó cegar por su desconfianza, rencor o resentimiento, los franceses, por su parte, se hicieron una imagen bastante ridícula del gran teórico de la política italiana. Así, hicieron un sistema de lo que para él era una mera adaptación a las circunstancias, un medio de sacar el mayor partido a las cosas. Extrajeron una doctrina de sus observaciones empíricas, descubrieron una religión de la duplicidad y la mentira en lo que tan sólo era una reacción natural de defensa. En definitiva, construyeron un sistema, cuando Maquiavelo era el hombre menos sistemático del mundo, y «codificaron» —la manía nacional de los
franceses— un tratado de la autoridad que, para él, no tenía ningún valor absoluto.
De ahí el carácter excesivo y erróneo que alcanzaron en Francia la admiración y la denigración[9]. Se inventó de inmediato el
«maquiavelismo» y se pretendió que Maquiavelo se parecía al retrato que de él se hacía. Napoleón, más clarividente, lo admiraba con sinceridad; Descartes se entristecía con su lectura: «Hay libros cuya lectura no es tan propia para alimentar la alegría como para sustentar la tristeza, en especial el libro de ese doctor de los príncipes…». Y Jean-Jacques Rousseau opinó:
«Maquiavelo era un hombre honesto y un buen ciudadano…», lo que, a buen seguro, es lo más justo que pueda escribirse de él.
La llegada del reemplazo de Della Casa dejó en segundo plano al secretario que, en el ínterin, había discutido a solas con el rey y el cardenal.
Por otro lado, el nuevo representante florentino, Pier Francesco Tosinghi, traía el consentimiento de la Señoría para la concesión de nuevos créditos.
Luis XII había obtenido lo que quería, es decir, dinero. Florencia, a cambio, le había persuadido para que no favoreciera las empresas de los Borgia y, en particular, para que prohibiera al duque de Valencia cualquier acto de agresión contra la Toscana.
¿Cuál fue el papel de Maquiavelo en todo ello? ¿Por qué, en fin, siguiendo la detestable tradición de aquella Italia dividida, se servía de un Estado extranjero contra un príncipe italiano? Todo ello puede parecer contradictorio si se olvida que Maquiavelo era, a partes iguales, ciudadano florentino y patriota italiano, y que antes que de la unificación de toda la península se preocupaba de la salvación, seguridad y prosperidad de su ciudad. En la época en que se veía a César Borgia como un simple aventurero que alteraba Italia por la sola ambición e impaciencia de obtener un reino, como un conquistador cuyas intenciones sobre la Romaña eran perjudiciales para los intereses florentinos, Maquiavelo estaba contra César.
Por otro lado, en aquel momento, César estaba conchabado con los franceses y podía decirse, incluso, que les servía, que les hacía el juego.
«Con mi tribu estoy contra el extranjero —dice el proverbio árabe—; con mis primos, contra mi tribu; con mis hermanos, contra mis primos». A pesar de su sentimiento unificador, Maquiavelo compartía el espíritu italiano que
prefería la ciudad al país, el partido a la ciudad. César Borgia aún no era más que un debutante, una joven fiera lanzada a la arena política, con inmensos apetitos y una energía indomable. Maquiavelo no le conocía bien, no lo había observado de cerca. No sabía otra cosa que lo que se contaba de él. Y, además, la política era un perpetuo juego de equilibrio, de modo que si era necesario menguar a los Borgia para obtener de Francia una ventaja, tanto peor para los Borgia.
La ingeniosa iniciativa del secretario había triunfado sin reservas: Luis XII veía un rival en aquel César al que había colmado de favores. Para asustarlo, Maquiavelo había desenmascarado el proyecto de la unidad italiana y había extremado la vigilancia de aquel rey que pretendía ser, también él, un soberano italiano. Si los Borgia eran enemigos de Francia, él enemistaría a los franceses con los Borgia…
Después de aquellas excitantes aventuras, la tranquila Cancillería en el Palazzo Vecchio podía parecer monótona y fastidioso el trabajo que en ella se realizaba. Por fortuna, Maquiavelo no estaba nunca demasiado tiempo quieto. Habían estallado disturbios en Pistoia, guerras de clanes entre los Panciaticchi y los Cancellieri. Estos últimos eran los dueños de la ciudad, mientras que sus enemigos, exiliados, vivían en el extranjero, desde donde fomentaban desórdenes. El secretario de la Cancillería marchó pronto a restablecer la paz en Pistoia, seriamente amenazada. No sin trabajo. Pero, apenas de vuelta a su despacho, los señores le hicieron llegar una carta, con el encabezamiento acostumbrado: «Montarás a caballo enseguida y partirás sin demora…». Una nueva misión. Pero ésta habría de suponer el momento decisivo en la vida de Maquiavelo, pues iba a poner frente a frente a los dos hombres que mayor interés tenían en conocerse: al autor de El príncipe ya César Borgia.
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