Maquiavelo

Marcel Brion · Capítulo 8 de 18

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Maquiavelo

Capítulo ocho. Maquiavelo conoce al Príncipe

CAPÍTULO OCHO

Maquiavelo conoce al Príncipe

César Borgia era hijo de una famosa cortesana romana, la Vanozza, y del papa Alejandro VI. La familia de su madre no era destacable, pero sí lo era la belleza de ella y, como apuntaba el viejo cronista Tommaso Tommasi:

«La dilatada experiencia le había dado tal grado de sabiduría para dirigir a quienes le gustaban con las artimañas de las cortesanas que era perfecta

[…]. Hacía ver que era una arpía insaciable, pero se guardaba muy bien de mostrar a las gentes que era una grácil y encantadora sirena». La sirena reinaba desde hacía mucho tiempo en el alma del cardenal Roderigo Borgia.

Para los escritores de aquel tiempo, resulta un tema de bellos movimientos oratorios la alianza de una prostituta y un libertino pérfido y cruel, «que se ha vuelto indigno de vivir por sus vicios», en una palabra, un verdadero

«lobo encantador». Sería competencia de los psicólogos explicar el carácter, el comportamiento y la política de César Borgia según la singularidad de sus orígenes. «Procede —explica Tommasi— de una semilla execrable y llena de ponzoña». Los historiadores, más tarde, se complacieron también en cargar aquel retrato y lo pintaron con los colores más sombríos y crueles, ignorando que entre los hombres de aquel tiempo los vicios de César Borgia no eran excepcionales y que lo único excepcional en él era su genio. Por lo demás, no difería mucho de los otros tiranos y aquel «monstruo» no era siquiera el peor. Todas las virtudes que poseía —y no hay que entender aquí la palabra «virtud» en su acepción moral habitual, sino como sinónimo de energía, capacidad, aptitud y posibilidades— se expresaban en él en grado

sumo. Era en verdad un ser único y, en el sentido en que Gobineau empleó este término, un verdadero «hijo de rey».

Por otro lado, lo habrían criado bien —al menos, cuanto era posible en semejante medio—, es decir, le habían permitido crecer a su aire, sin coacción. De este modo, su naturaleza se había desarrollado en la dirección en que la llevaban sus talentos e instintos. Nadie había intentado hacer de él un animal doméstico, un sujeto conforme, un personaje normal y corriente.

Era atractivo, atrevido, inteligente, apasionado, de aspecto noble y seductor.

El hijo favorito de su padre y el preferido de su madre, quien sin duda puso todo su empeño en formarlo según su ideal.

¿Cuál era este ideal? El de toda aquella época: un individuo, o lo que es lo mismo, un hombre que era plenamente él mismo, que desarrollaba al máximo las cualidades que le eran propias, sin preguntarse si la moral vulgar designaba con el nombre de defectos algunas de sus cualidades; un hombre para quien una personalidad era algo tan importante como una obra de arte y, por tanto, debía crearse con el mismo cuidado, aplicación y genio.

Un hombre que no ocultaba nada que pudiera hacerlo grande. Era grande aquel que había llevado al máximo la eficacia de sus actos y sus deseos, que no se juzgaba en absoluto por la dimensión de los otros hombres, sino que se medía tan sólo según sus aspiraciones, ambiciones y apetitos. Era grande aquel que se había realizado, ya fuese artista o condotiero, hombre de Estado o entregado al placer. Los criterios morales no tenían mucho ascendiente sobre él, bastaba con ser grande.

Tommasi cuenta que su madre se ocupó de él durante sus primeros años, quien «siendo una fuente impura, no podía dar más que aguas turbias y muy malos documentos»; su padre no tenía mejores ejemplos que ofrecerle. Por lo tanto, nada forzaba ni coartaba el desarrollo de una naturaleza particularmente rica, impulsiva y pronta a las audacias, en la que no había rastro de timidez, temor o indecisión. Fue uno de los grandes méritos de aquella época el de no impedir en modo alguno la eclosión de las naturalezas más extraordinarias y de ofrecer a cada una la forma de vida en la que podría desarrollarse y realizarse a su antojo.

César Borgia no era un «producto» de la herencia, la educación o la época, aunque esos tres factores hubieran ejercido una acción poderosa en

la formación y evolución de su personalidad; era sólo un individuo cuya individualidad no había sufrido ni presión, ni torcimiento, ni barrera. No todo el mundo se convertía en César Borgia, pero no todo el mundo nacía

«hijo de rey». La fabricación de los sujetos en serie, el ideal del hombre-masa, el conformismo político, social o moral, nunca ha visto con simpatía el desarrollo de aquel tipo de individuos; el Renacimiento, por fortuna, se preocupó más de formar hombres que ciudadanos, permitiendo a cada cual cultivar sus aptitudes y singularidades, sin imponerle la carga de opiniones uniformes, ideas estereotipadas, gestos «taylorizados»[10] y sentimientos estandarizados. Aquella época ponía los mismos cuidados en formar un individuo como la nuestra en destruirlo. En ese sentido, quizá César Borgia fuese un resultado de su tiempo, pero ante todo era un individuo que se había modelado a sí mismo, sin otra preocupación que la de alcanzar su completa y perfecta realización. ¿Un monstruo? Si se quiere expresarlo así…

Estudió en Pisa, donde se distinguió sobre todo en historia y en derecho.

Su padre le destinaba a la carrera eclesiástica, lo que —él mismo había dado el ejemplo— no debía contrariar sus instintos y ambiciones. Le concedió el tocado de cardenal, lo que era un bonito comienzo en las órdenes. Sin embargo, Alejandro VI conocía demasiado bien a los hombres para creer que la carrera eclesiástica convenía a César. Así pues, hizo que la abandonase y lo encaminó hacia la política. Luis XII, que tenía obligaciones hacia el Papa porque éste, muy oportunamente, había anulado su matrimonio con Juana de Valois para facilitar su matrimonio con Ana de Bretaña, recompensó al hijo del soberano pontífice que le había concedido la benéfica bula, acordándole el ducado de Valencia y la orden de San Miguel.

César Borgia se había convertido en un gran personaje, pero aquellos honores no tenían demasiada eficacia práctica. Lo que necesitaba era un principado. Parece que no era difícil conquistar uno en aquella Italia trastornada, pero no había vacante en ese momento y, aunque hubiese nombrado a César gonfaloniero de la Iglesia y capitán general de los ejércitos pontificales, grado que ponía a su disposición todas las fuerzas de la Santa Sede, Alejandro VI dudaba en entablar una guerra sólo para situar

a su hijo. Venecia y Milán verían con malos ojos cualquier intento del Vaticano por aumentar su soberanía. Además, los enemigos hereditarios del Papa —cuando no poseían ellos mismos la tiara—, los Orsini y los Colonna, poseían los ejércitos más importantes y controlaban a un gran número de condotieros.

Así pues, la alianza francesa era una necesidad. Alejandro VI la obtuvo por su benevolencia hacia el rey; a cambio, cuando Luis XII invadió Milán, obtuvo la ayuda de las fuerzas francesas para invadir por su parte la Romaña. Se procuró la ayuda de los Orsini combatiendo a los Colonna y, luego, expulsó de su ducado de Urbino a Guidobaldo da Montefeltro; de este modo, se encontró a la cabeza de un territorio importante, bien situado desde el punto de vista estratégico y proveedor de soldados reputados; con semejantes bazas, podía hacer buen papel en la partida política.

Por desgracia, ese éxito también había atraído sobre él las miradas inquietas de Florencia. La embajada de Maquiavelo ante el rey de Francia había sido consecuencia de esas ampliaciones territoriales que perturbaban, con razón, a la República. Puesto que no quería dejar descontentos a los florentinos, que eran serviciales proveedores de fondos, Luis XII sostuvo con menos efusión la causa de su aliado. César Borgia sabía muy bien que no podía contar con los franceses, pues una vez que hubieran obtenido todo lo que querían del Papa, abandonarían a su hijo. Tampoco los Orsini eran aliados seguros. En definitiva, no existía ningún aliado de confianza; César no ignoraba que las ayudas que había obtenido eran precarias y revocables en el momento mismo en que sus socios hallaran una alianza más ventajosa que la suya. Sólo se podía contar con uno mismo, con el propio talento, la fuerza, la audacia y la energía, y sólo era posible mantenerse en el poder a expensas de una vigilancia perpetua y una desconfianza absoluta. Los Borgia no poseían esas grandes «alianzas de familia» que eran una especie de coalición. Alejandro VI casó de modo provechoso a su hija Lucrecia, pero eso no bastaba. El hombre que alza el vuelo se halla siempre solo y cada vez más cuanto más alto asciende. Así, los comienzos de César habían encontrado una hostilidad negligente; ésta se transformaría en una feroz animosidad el día en que destapara la ambición que ardía en él. Había que ser fuerte y basar la propia fuerza sólo en uno mismo. Antaño, un señor

tenía su puesto asignado en el escalafón de la sociedad feudal, ayudaba y era ayudado. Pero en aquellos tiempos el hombre estaba solo. El individuo estaba librado a sí mismo, lo que le confería toda su nobleza, grandeza y libertad. « E se tu sarai solo, tu sarai tutto tuo», decía Leonardo da Vinci.

Estar solo significaba pertenecerse total y únicamente a sí mismo; según las circunstancias, aquella soledad era una fuente extraordinaria de fuerza o una terrible debilidad. Por lo tanto, había que estar solo y ser fuerte.

«Es tiempo de que Italia vea romperse sus cadenas. ¿Con qué demostraciones de alegría y reconocimiento no recibirían su liberación esas desgraciadas provincias que, desde hace tanto tiempo, gimen bajo el yugo de una dominación odiosa? ¿Qué ciudad le cerraría sus puertas, y qué pueblo sería lo bastante ciego para negarse a obedecerle? ¿Qué rivales tendría que temer? ¿Habría un solo italiano que no se apresurara en rendirle homenaje?». Italia aguardaba a su libertador. Las palabras enardecidas de Maquiavelo traían el eco de Petrarca. César Borgia conocía la gloria que esperaba al hombre que expulsase de la Península a los «bárbaros» y que devolviese la unidad y la libertad a aquel pobre país. Se sentía capaz de desempeñar aquel papel. Aut Cesar, aut nihil. O César o nada. Él será César.

Sus súbditos le querían. En el momento de los peores desastres, la Romaña seguía siéndole fiel. Poseía ese talento, tan raro, de saber hacerse temer y amar a la vez, y ambos le eran necesarios para reinar. Y cuando se había visto forzado a usar la violencia, para aplastar una sedición o acallar a los descontentos, había tenido la habilidad de castigar a continuación con una ferocidad extrema a los hombres que habían ejecutado sus crueles órdenes, como si ellos hubieran tomado la iniciativa. Tras apoderarse de la Romaña, cuando ésta estaba, según refirió Maquiavelo, «gobernada por una infinidad de pequeños príncipes, más ocupados en expoliar a sus súbditos que en gobernarlos», y que carentes a su vez de fuerza habían servido más para arrojarlos en el desorden que para hacerlos vivir en paz, César Borgia comenzó una represión extremadamente enérgica. Dio como gobernador a aquel país, destrozado por las disputas de los pequeños príncipes y devastado por los bandidos, a uno de sus lugartenientes, Ramiro dell’Orco, que sin duda se condujo como una especie de ogro hasta el día en que César, considerando que ya había hecho demasiado y que, en adelante, el

país aterrorizado estaría tranquilo, decidió deshacerse de Ramiro. Una mañana, se encontró el cadáver del gobernador en la gran plaza de Cesena, cortado en dos; a su lado se hallaba el machete ensangrentado que había servido para la operación. Un soldado del duque montaba la guardia, de manera que era fácil adivinar de quién había partido la orden de ejecución.

Con esos medios, César se aseguraba una especie de popularidad, que no buscaba por placer, puesto que le preocupaba poco lo que el pueblo pensara de él, sino porque la necesitaba para mantener la paz en sus dominios: una represión constante le habría obligado a inmovilizar guarniciones y necesitaba tener siempre disponibles todas sus fuerzas para la «gran aventura». El miedo, una cierta admiración por su energía y su astucia, debían inspirar a sus súbditos una sumisión absoluta. Por instinto, los hombres reconocían en él al «hijo de rey» de Gobineau, al

«superhombre» de Nietzsche, y obedecían sin rechistar. Como nunca era cruel sin razón ni tiránico sin utilidad, resultaba preferible a la mayoría de pequeños potentados italianos de aquel siglo, a los que guiaba una brutalidad caprichosa y un gusto extravagante por lo arbitrario. En César, la inteligencia dominaba todos los movimientos de la pasión. Unas veces esa inteligencia se valía del amor del pueblo, otras de su espanto; dos teclados distintos, para interpretar piezas diferentes, según fuesen las necesidades.

Tanto para César como para Maquiavelo, el defecto mayor era la confusión, bien en el plano de los sentimientos, bien en el de las acciones. Según las circunstancias, convenía que a un monarca se le apodase el Amado o el Cruel, pero lo esencial era que éste no se limitara a interpretar uno solo de los dos papeles. Maquiavelo, en las inmortales páginas de El príncipe expuso de forma magistral los deberes del soberano en estas cuestiones:

«Cabe preguntarse si vale más ser amado que temido, o temido que amado. Creo que ambas cosas son necesarias, pero como no es fácil reunir las dos, cuando nos vemos reducidos a uno solo de esos medios creo que es más seguro ser temido que amado. Los hombres, hay que decirlo, son por regla general ingratos, cambiantes, taimados, tímidos y ávidos de ganancias.

Mientras les hacéis el bien son enteramente vuestros, os ofrecen sus bienes, su sangre, su vida, y hasta a sus propios hijos, como ya he dicho, cuando la ocasión es lejana; pero si se presenta, se sublevan contra vosotros. Y el

príncipe que, confiando en sus bellas palabras, omite prepararse para hacer frente a los acontecimientos, corre el peligro de perecer, porque los amigos que uno se hace a costa de dinero y no por las cualidades de la mente y del alma, raramente están a prueba de los reveses de la fortuna, y os abandonan en cuanto necesitáis de ellos. Los hombres, en general, son más dados a tratar con miramientos a quien se hace temer que a quien se hace amar. La razón es que esta amistad, que era un vínculo simplemente moral y una deuda, contraída de un favor, no puede resistir al cálculo del interés; en cambio resulta difícil deshacerse de la condena que inflige el miedo. Sin embargo, el príncipe no debe hacerse temer de manera que no pueda escapar al odio si no puede ganarse el amor, porque puede mantenerse en una posición intermedia».

César Borgia difería de Maquiavelo en que prefería la alternancia a la moderación; lo que, en suma, era más práctico y garantizaba mejores resultados. Conocía el valor del terror como medio de educación y de gobierno. Sabía también que, en la mayoría de los casos, el temor bastaba, siempre y cuando en una circunstancia dada se hubiera evidenciado que era un temor justificado, y los habitantes de Romaña se lo agradecieron.

Por eso sus asuntos habían avanzado de forma considerable. El César

«sin tierra» de antes se denominaba ahora, con orgullo, César Borgia de Francia por la gracia de Dios, duque de Romaña, de Valencia y de Urbino, príncipe de Andria, señor de Piombino, gonfaloniero y capitán general de la Iglesia. Sus conquistas no habían aplacado su ambición; al contrario, pues se volvía ahora hacia Bolonia, con el deseo aparente de expulsar a los Bentivogli, a pesar de la hostilidad de Florencia, a pesar de la prohibición expresa de Luis XII a petición de Maquiavelo. Después de lo cual, se apoderaría de Perugia.

Aquéllas serían las primeras etapas de su carrera hacia la hegemonía.

Carrera rápida, puesto que no tenía tiempo que perder. Su poder se basaba en exclusiva en el hecho de que su padre estaba sentado en el trono de San Pedro, que disponía del poder inmenso, tanto material como moral, de la Iglesia y que las arcas pontificias estaban a su disposición; arcas que el Papa llenaba, de forma muy oportuna, con los bienes de los cardenales que habían dejado de gustarle y los de los nuevos que nombraba para

sustituirlos. Cuando, después, aquellos recursos le faltaron, su prestigio y su autoridad se hubieran venido abajo de no haber sido porque antes había tenido la precaución de apuntalarlos mediante conquistas y adquisiciones, que le hicieran independiente de todos, incluso del Papa.

No convenía tener entonces al rey de Francia en contra, pero, llegado el caso, Luis XII vacilaría en reñir con el pontífice; por lo tanto, podía considerarse mero formulismo la prohibición de Luis de tomar Bolonia, a petición de los florentinos. Luis XII no llegaría a apoyar con las armas su veto. Quedaba la República, con la que había que utilizar la intimidación, al mismo tiempo que la astucia.

César Borgia despreciaba Florencia como despreciaba todas las democracias; desdeñaba a aquellos banqueros, usureros enriquecidos, comerciantes de lana y de seda que se tenían por hombres de Estado. Entre Florencia y él existía una hostilidad imposible de apaciguar; de entrada, porque Florencia estaba interesada en mantener el statu quo, mientras que César iba a trastornar y reorganizar toda Italia; además, porque aquel gobierno de «demócratas» pretendía obstaculizar su carrera y darle órdenes a él, al príncipe. De todos los príncipes italianos de aquel tiempo, César fue sin duda el que poseyó el sentimiento más intenso de la monarquía absoluta.

En el fondo, no era más que un aventurero, pero tenía madera de gran rey.

Pensaba como tal. Su fuerza se situaba a la altura de sus sueños y su voluntad, al nivel de sus apetitos. Llegado el día, habría de someter a Florencia, al igual que a todas las demás repúblicas italianas, a su capricho real. Pero, por el momento, Florencia se atravesaba en su camino y se mostraba obstinada por demás en el asunto de Bolonia.

César Borgia había hecho un «disparo de advertencia», al fomentar, con ayuda de Vitellozzo Vitelli, el hermano del condotiero que ejecutaron los florentinos, una revolución en Arezzo y en el Val di Chiana, ambos dependientes de la República. A raíz de aquella revolución, Vitellozzo y César se habían instalado en la ciudad, lo que les acercaba de manera peligrosa a Florencia. Por lo tanto, Florencia se quejó al Papa, quien dio una respuesta muy confusa, y a Luis XII, quien, conforme a los acuerdos tomados a raíz de la embajada de Maquiavelo en Francia, ordenó a los invasores que restituyeran los territorios ocupados. Para dar más fuerza a su

sanción, Luis XII situó una guarnición francesa en Arezzo. Los florentinos consideraron que el oficial que la mandaba, Imbault, estaba en connivencia con César y exigieron que se le sustituyese; el rey colocó en su lugar al señor de Lanques, pero la situación no cambió. Era evidente que, aunque trataba con miramientos a la Señoría, Luis XII no quería irritar al duque de Valencia. Así pues, Florencia resolvió no volver a solicitar su intervención y tratar directamente con los Borgia.

«Nicolás, te enviamos ante Su Excelencia, el duque de Valentinois, con credenciales; te presentarás lo antes posible…». Así comenzaba el mensaje de los Señores al secretario de la Cancillería. Es de imaginar que Maquiavelo no tardó mucho en hacer su equipaje. ¡Conocer a César Borgia!

Qué oportunidad para un curioso de la política y un admirador de los grandes hombres. La tarea que le habían encomendado no era fácil; el texto de su comisión la especifica con todo detalle: «Harás observar que, siempre animados por el mismo espíritu, queremos mantener el buen entendimiento con el Soberano Pontífice y con Su Excelencia, y seguir firmemente unidos al monarca francés, cuya amistad y protección nos obligan de manera necesaria a dar parte de lo que nos enteremos y a cumplir con los deberes de fieles aliados siempre que se trate de los intereses de ese príncipe y de aquellos de sus amigos, o Estados, que dependen de su poder. Dirás también a ese señor que estos motivos nos han determinado a enviarte con prontitud ante él, ya debido a la importancia del tema, que nos ha parecido exigirlo, ya para asegurarle de nuevo que ante los movimientos de nuestros vecinos, permaneceremos invariables en nuestras disposiciones, tanto por lo que se refiere a él como a ellos, y continuaremos viendo a los amigos de Francia como los nuestros y a no separar en absoluto su causa de la de la República.

Nos parece oportuno que no vayas más lejos en esta primera audiencia…».

Según la manera en que César Borgia escuchase este discurso y respondiese, según las medidas que tomase —en especial—, se vería cómo habría que orientar las entrevistas posteriores.

La Señoría confiaba en Maquiavelo para conducir las negociaciones de la manera más ventajosa posible. Como no podía preverse la reacción de César Borgia, se concedió al enviado cierta libertad; así podría tomar las iniciativas que considerase convenientes, aunque, claro, dentro del marco

de las disposiciones que se le habían dictado. «Posees la suficiente experiencia para que no haya que trazarte un plan», le indican, pero añaden enseguida: «No te saldrás de esos límites». Y para cubrirlo, añaden también: «Si el duque te hace peticiones posteriores, le dirás que vas a escribirnos y que esperarás nuestra respuesta».

Con las credenciales en su cartera, Maquiavelo montó a caballo y galopó hasta Urbino, donde César Borgia tenía su corte. Extraña corte, donde reinaba una atmósfera inquietante. Se chismorreaba mucho, incluso existía una cierta agitación y, como en todas partes, había enanos, músicos, bufones, hombres de guerra y validos, pero ninguna de aquellas personas expresaba una sola palabra acerca de sus ideas, sus sentimientos o sus proyectos. Maquiavelo nada ganaría hablando con ellos, pues, al igual que su amo, aturdían con un torrente de palabras, pero luego, ya lejos de ellos, uno se daba cuenta de que no habían dicho nada; nada que los obligase, que los comprometiese o que permitiera adivinar qué se disponían a hacer.

Todos tomaban como modelo a su jefe, todos imitaban su actitud, sus maneras y su comportamiento. ¿O bien eran sólo marionetas en su mano poderosa, sus sombras en la pared, reflejos de su temible personalidad? El silencio de César era tan grande que todos los que trataban con él estaban desorientados. Muy distinto en esto de su padre, que hablaba mucho pero nunca hacía lo que decía —lo que es otra suerte de habilidad—, César practicaba ese silencio turbador, inquietante, temible, siniestro incluso, cuando se conocían las ambiciones de aquel hombre y se adivinaban sus proyectos.

Los embajadores florentinos —el obispo de Volterra acompañaba a Maquiavelo para apoyarle con su prestigio— aguardaron hasta la noche para que les recibiese César Borgia, quien daba siempre sus audiencias a altas horas. Algunos de sus coetáneos opinaban que lo hacía a propósito, a fin de disimular los horrorosos y sangrantes granos rojos que cubrían su rostro; a fin de ocultarlo para no dejar entrever ninguno de sus pensamientos y sentimientos, creían otros. Al entrar en la pequeña estancia, mal iluminada por la luz tenue y titilante de las velas, Maquiavelo, con el corazón agitado, observó a aquel hombre que tenía en sus manos el destino de Italia. Era apuesto, con sus grandes ojos, ardientes y tristes, su boca fina

y aquella singular asimetría de su rostro que era el reflejo de su personalidad compleja. ¿No habría quizás un melancólico detrás de aquel hombre de acción? ¿Un soñador detrás de aquel prodigioso realista?

También lo vio así Maquiavelo y, una vez terminada la entrevista, según las costumbres de los diplomáticos, registró la conversación y anotó su impresión, la resumió en una frase: «Es muy solitario y muy secreto».

Sin embargo, César había hablado durante dos horas de todo, a ratos amable, irónico o jovial. Por momentos, una sutil amenaza le hacía entornar los ojos, para que el brillo de éstos no le traicionase, y, de nuevo, daban comienzo las interminables cortesías y gentilezas. Reproches bastante incisivos habían hecho estremecer a los embajadores en el transcurso de aquella entrevista, pero en ningún momento se pusieron de relieve, no se insistió sobre las causas de fricción entre la República y el duque de Valencia. ¿En qué desembocó todo aquello? En nada. César jugó con ellos, interpretó una prodigiosa comedia para ellos, pero en definitiva se burló de ellos, puesto que salieron de aquella habitación sabiendo lo mismo que dos horas antes, cuando entraron. No sabían qué haría ni tampoco si haría algo.

¿Por dónde cogerle? Era un fuego fatuo en constante movimiento, al que no se osaba asir con demasiada firmeza, por temor a quemarse los dedos.

Los enviados de Florencia partieron de Urbino sin haber obtenido nada.

La segunda audiencia —César dilatará la espera durante varios días—

tampoco fue satisfactoria. «Todo esto no sirve para nada, no soy un comerciante…», respondió César y se negó negociar. Era un soldado, un hombre de acción; era sincero, no engañaba, jugaba limpio y, sin embargo, al resumir sus largos discursos, ¿qué hallamos? Protestas de amistad contradichas de inmediato por oscuros reproches, la afirmación de que sólo deseaba situaciones claras y, al mismo tiempo, continuas ambigüedades.

¿César era tan fuerte como se decía y como él daba a entender? Los embajadores florentinos fueron a interrogar a los dos Orsini, que estaban a su servicio. Volvieron aterrados: todo lo que César había dicho era cierto y todavía, según su costumbre, no había dicho nada. La verdad era ésta:

«Estamos tan dispuestos a la guerra que el día en que nos pongamos en marcha estaremos delante de Florencia antes de que os hayáis dado cuenta.

El rey de Francia no hará nada por los florentinos; para que no sea evidente,

les enviará algunos soldados, pero se las arreglará para que éstos lleguen demasiado tarde y para que su ayuda no sea eficaz…».

Con el ánimo apesadumbrado, Maquiavelo abandonó Urbino y galopó hasta Florencia para dar cuenta a los Señores. Aquéllos fueron los preámbulos de las grandes negociaciones, que tuvieron lugar en junio. En el mes de octubre de 1502, el secretario de la Cancillería volvió a tomar el camino hacia Urbino, donde, en esa ocasión, habría de permanecer tres meses y medio, tiempo durante el cual se entrevistará con César veinticinco o treinta veces. ¡Qué conversaciones tan apasionantes! La situación había cambiado en cinco meses: César Borgia desconfiaba ahora de sus condotieros. Sabía que estaban a punto de abandonarlo, circunstancia ésta que modificaba sus relaciones con Florencia; sin embargo, la República dudaba en comprometerse con él. Las dos partes solicitaban la amistad de la República; los Orsini, que eran los instigadores de la conspiración de la Magione, y que atraían hacia sí a los principales condotieros del duque, también buscarían el apoyo de los florentinos. Habían hecho gestiones para ello y, bien mirado, César Borgia habría de encontrarse solo el día en que los Orsini, los hijos de Giovanni Bentivoglio, los Baglioni, Vitellozzo Vitelli y Oliverotto da Fermo lo abandonen. ¿El interés de los florentinos no era apoyarlos contra el enemigo común? Se contaba con la adhesión de Pandolfo Petruccio, señor de Siena, del duque de Urbino expropiado, de su madre, Giovanna di Montefeltro, gobernadora de Senigallia, y de Alviano, un gran hombre de guerra. Italia habría de agruparse contra el tirano, el usurpador…

Maquiavelo sabía que César nunca era tan grande como cuando estaba solo. La liga de los condotieros descontentos tenía todos los defectos de las asambleas populares: se discutía mucho y no se decidía nada. Eran demasiados para actuar de forma eficaz. Y, por añadidura, hablaban demasiado, explicaban sus proyectos a todo el mundo; ¿creían que César iba a dejar que le cogiesen desprevenido? César era hombre capaz de aplastar, como si se tratara de un juego, a aquellos pobres conspiradores que carecían de dotes políticas, audacia y resolución, que se exaltaban y se iban de la lengua en lugar de actuar. A Florencia no le interesaba aliarse con aquellos enredadores.

«Es una dieta de fracasados», comentaba César para referirse a la liga de la Magione, y se reía. No eran enemigos dignos de él semejantes necios e ingenuos. «No aprovecharon la ocasión de abatirme cuando era posible; ahora tengo conmigo al Papa y al rey de Francia, dos cosas que me inflaman tanto que haría falta otra agua para extinguirme». Y el duque añadía que Florencia debía desconfiar de los Orsini, pues éstos habían jurado la perdición de la República.

¿A quién creer? ¿A los Orsini y sus protestas de amistad? ¿O bien a César? César, por otro lado, se mostraba proclive a las confidencias. Ante aquel florentino de ojos vivaces y rostro astuto, que lo observaba y escuchaba sin perder detalle de su expresión, sin obviar una sola palabra, hablaba a corazón abierto, como le hubiera hablado a un viejo amigo; por ejemplo, cuando le contó la toma del ducado de Urbino: «Fui demasiado generoso, fui un necio. Sólo ejecuté a tres personas que habían faltado al respeto al Papa. A las otras las perdoné. Una imprudencia, una estupidez».

Y luego le habló de los Orsini, de Vitellozzo: «Voy a hacerte una confidencia. Vitellozzo quiere vengar a su hermano, a quien vosotros matasteis. Se hizo llevar a la Magione en litera, tan enfermo como estaba, para ponerse de acuerdo con los Orsini. ¿Contra mí? ¡Ingenuo! Contra Florencia. Los Orsini se han confabulado de acuerdo con los Medici…».

Así se desarrollaban todas las entrevistas. César era un comediante de gran talento al que uno no se cansaba de ver interpretar los papeles diversos a los que lo obligaban su humor y las circunstancias. Hacía leer a Maquiavelo las cartas de los embajadores franceses a su padre. La «fortuna es verde», aseguraba, y, de hecho, la suerte lo sirvió de forma admirable.

Había conquistado a Maquiavelo. Sí, César Borgia era un superhombre, era un hijo de rey, era el salvador que Italia esperaba desde hacía tantos siglos. No se podía luchar contra el hombre que el destino enviaba. Que nadie se dejase engañar por las intrigas de descontentos e impotentes. César solo era más grande y fuerte que todos ellos juntos. Y, además, tenía la suerte de su parte, aquella milagrosa suerte verde, tan verde como el campo en primavera.

Maquiavelo había tomado partido por él. Era preciso que Florencia marchase junto a César Borgia. Juntos habrían de realizar grandes cosas y

él, el secretario de la Cancillería, habría de ayudarle a culminar sus magnos proyectos. Pero Florencia aún tenía que dar su consentimiento. La República, como de costumbre, no tomaba el camino recto y se andaba con rodeos. Aquel gobierno de usureros y tenderos regateaba y cicateaba como si tuviera enfrente a un hombre cualquiera. No obstante, había que decidirse. O con César o contra él. En contra él hubiera supuesto ir contra Italia.

¿Serían capaces aquellos magistrados florentinos, aquellos electos por dos meses, de comprender a César como lo hacía Maquiavelo? ¿Serían capaces de anteponer a su civismo un verdadero patriotismo italiano? ¿Se liberarían algún día de sus particularismos mezquinos, de su mentalidad localista? Italia tenía por fin un jefe; un hombre que se convertiría en su jefe y que era digno de serlo; ¿dejarían escapar aquella ocasión?

Para prevenir los desaires de los Señores y evitar las susceptibilidades del pueblo soberano —«a santo de qué se inmiscuye éste; se le piden informaciones, no consejos…»— Maquiavelo se tornó humilde, se excusó por hablarles tan claro: «Que no se vea en ello arrogancia alguna, sólo una prueba de su devoción por Florencia». Pero era Italia en la que ya pensaba, más aún que en Florencia, puesto que el interés de ésta quedaba subordinado al interés de aquélla o, mejor aún, el interés general y el interés particular era todo uno.

Florencia no hizo nada. Era necesario que los Diez deliberasen largamente sobre cada cuestión. Y luego había que consultar a los jefes de los partidos, sondear la opinión pública, nombrar comisiones y subcomisiones, antes de decidir —para evitar decidir— cualquier cosa.

¡Qué buena era la democracia! No había un solo hombre que se atreviese a tomar una sola iniciativa, a adquirir una responsabilidad. Se había nombrado a Soderini gonfaloniero vitalicio, pero aquello nada cambiaba, puesto que la constitución no le otorgaba poderes suficientes y, por otro lado, Soderini era un bambino, un ser indeciso, débil y fluctuante. Cuando Maquiavelo comparaba las intrigas del Palazzo Vecchio, los juegos de influencias que paralizaban al gobierno, las lentitudes, vacilaciones y retrocesos de aquella democracia que hablaba en nombre del pueblo al que temía, con el orden y la diligencia que reinaban en la corte de César Borgia,

¡qué miserable le resultaba aquella pretendida libertad inscrita en los estandartes de la República! Borgia era un jefe que decidía, que actuaba sin aceptar el consejo de los incapaces o necios que hacían un mérito de su nombre y una especie de infalibilidad de su anonimato. Velaba por todo, se ocupaba hasta de los menores detalles. Nada se le escapaba. Maquiavelo lo había visto pasar revista: examinaba a cada soldado, uno tras otro, con minuciosidad, y si a alguno le faltaba un botón de polaina lo sabía. Leía todas las cartas, las que se recibían y las que se enviaban. Era infatigable; tenía genio, tenía fe en su destino, en su estrella, en su suerte verde. Era el jefe.

La Señoría estaba compuesta por pequeños burgueses florentinos, no por patriotas italianos. El sueño de César Borgia, admitiendo que lo hubiesen comprendido, les hubiera parecido ofensivo, la simple ambición de un príncipe italiano de lograr la supremacía sobre los otros príncipes italianos. Aquello era algo que podía aceptarse de un extranjero, pero no de un compatriota. Así, al defender los intereses estrictamente florentinos, la Señoría creía estar cumpliendo su deber, todo su deber. Por fortuna, Maquiavelo se había hecho muchos amigos y eran muchos los que valoraban el modo en que había negociado con Catalina Sforza y con el cardenal de Amboise; de no haber sido así, el tono de consejero que había adoptado y su audacia al dar opiniones que nadie le había pedido hubieran podido costarle caro.

Sin embargo, las confidencias de César Borgia no lo explicaban todo sobre sus proyectos. Muy a menudo, Maquiavelo tenía la impresión de que aquel hombre terrible jugaba con él como el gato con el ratón. ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones respecto de Florencia? ¿Sus manifestaciones de amistad y su deseo de paz eran sinceros o sólo pretendían adormecer la desconfianza del embajador y de la Señoría? Por inteligente y hábil que fuese, Maquiavelo se sentía perdido en un laberinto en el que una vez tras otra pasaba por los mismos caminos, incapaz de encontrar la salida. ¿César sólo pretendía ganar tiempo? ¿Qué esperaba? ¿El envío de refuerzos franceses? Y ¿qué haría con la «dieta de los fracasados»? ¿Perdonarlos? Sí, si los necesitaba, pero en adelante se sentiría poco seguro entre ellos. Y si los «fracasados», conscientes por fin del error que cometían al amenazar a

César, se echaban atrás y hacían la paz con él, ¿cuál sería entonces la situación de aquella Florencia que en aquel momento sólo importaba al duque como contrapeso de los condotieros traidores?

Lo más desconcertante era aquella capacidad para el secreto combinada con aquel dejar hacer, aquella confianza súbita con la que César parecía abrir su corazón. Los momentos en que parecía abandonarse más ¿acaso no eran cuando más disimulaba, cuando mejor mentía? ¿Cómo distinguir la sinceridad de la impostura en sus conversaciones, llenas de sacudidas intermitentes, de súbitos silencios y largos monólogos? ¿Cómo discernir, a través de lo que decía y de lo que callaba, la verdad? Los secretarios del duque, con los que Maquiavelo se entrevistaba a menudo, Agapito y Spannochi, aumentaban todavía más la confusión. ¿Revelaban las intenciones reales de su amo después de beber o, también ellos, sólo actuaban?

Maquiavelo tenía la impresión de encontrarse en un teatro y de estar interpretando un papel en una especie de tragedia con toques de farsa, cuyo escenario ignoraba y donde sus réplicas, que avanzaban con cautela, se las dictaba la intuición que de repente tenía de lo que el interlocutor ocultaba o confesaba, sin que pudiera saberse si el propio interlocutor interpretaba dos papeles o tres, o más.

Al final, tras lentas y sutiles negociaciones, se llegó a un resultado concreto: César Borgia definió lo que esperaba obtener de la República, esto es, una condotta. Pero la República no precisaba condotieros nuevos; ya poseía todas las tropas que necesitaba. A César se le ensombreció el semblante. ¿Así pues, Florencia no quería su amistad? Florencia era la que estaba ahora en desventaja frente al Valentinois; era él quien tenía un justo tema de reproche y de rencor. Si se vengaba sería porque Florencia lo habría buscado. Puede que sólo hubiera planteado aquel proyecto de condotta para tener un pretexto. ¿Por qué querría entrar al servicio de la República? Era amo de Estados poderosos, tomaba lo que quería del Tesoro pontifical… ¿A qué intención misteriosa respondía, pues, aquella demanda?

Pero ¿cómo negarle algo a un hombre tan amable? Todas las cartas de Maquiavelo reflejaban las manifestación de amistad y de afecto con las que César lo colmaba. Estaba a la disposición de Florencia, sólo aspiraba a

servir a la Señoría. Y todo el mundo caía en la trampa de sus palabras excelsas y almibaradas. Sólo era cuestión de concordia, de reconciliación.

Se echaría un tupido velo sobre los viejos temas de disputa y, en adelante, se viviría en paz, en buena armonía y confianza mutua. ¿Por qué pelearse?

La vida era tan corta… Por otro lado, César no era el ambicioso sin conciencia que describían sus enemigos; ya había conseguido todo lo que deseaba, no quería nada más. Los tiranos de Bolonia y de Perugia podían dormir tranquilos, pues no pretendía sus ciudades. ¿Los Orsini? Eran viejos camaradas, estaba dispuesto a reconciliarse con ellos. ¿Los «fracasados» de la liga de la Magione? Imprudentes, impulsivos, pero en el fondo buena gente aquellos condotieros. Su conjura había sido una chiquillada y parecía claro que habían renunciado a ella, puesto que corría el mes de diciembre de 1502 y hacia más de tres meses que habían comenzado a conspirar. De haber tenido malas intenciones ya las habrían llevado a cabo, puesto que, en definitiva, no eran niños y sabían muy bien que es peligroso amenazar a alguien cuando la amenaza no va seguida de la acción. Los cazadores lo saben por experiencia: si no pueden matar de inmediato a la fiera, evitan por encima de todo herirla, siquiera inquietarla. Por fortuna, sus temerarios conciliábulos no le habían quitado el sueño a César; no estaba furioso contra ellos, no había en él resentimiento. Si hubiese querido vengarse ya lo habría hecho. Por otro lado, ¿acaso no servían con fidelidad al duque? Lo cierto es que acababan de apoderarse de Senigallia, y su nombre…

¡Senigallia! «La ciudad está a tiro de piedra del pie de las montañas y a una milla más o menos del borde del mar. Cerca de la ciudad fluye un riachuelo que baña los muros del lado de Fano, y delante está el camino que viene de esta última ciudad de tal manera que, al llegar a Senigallia, se siguen las montañas durante bastante tiempo; una vez en el borde del río que riega Senigallia, se gira a la izquierda y se bordea éste durante algún tiempo, luego se atraviesa un puente que está enfrente de la puerta por la que se entra a la ciudad, no directamente, sino un poco de lado. Delante de esa puerta hay un pequeño arrabal y una plaza que bordea el muelle del río, que forma allí un recodo». Aquél era el decorado. Maquiavelo, que cabalgaba en la escolta de César Borgia la mañana del 31 de diciembre, lo había abarcado todo de un vistazo, por hábito de observador. Sin embargo,

no previo qué dramática obra maestra iba a desarrollarse en aquel escenario.

Resultaba útil conocer la descripción que hacía Maquiavelo de aquellos lugares, saber de su topografía, para apreciar así, con precisión, el bellissimo inganno, como diría Paolo Giovio, esto es el «bellísimo engaño».

Encantado por la noticia de la toma de Senigallia, César Borgia quiso felicitar y dar las gracias en persona a los Orsini y a Vitellozzo, que habían logrado aquel buen golpe de mano. Y había llevado consigo a Maquiavelo para mostrarle un espectáculo que aquél sería capaz de apreciar y para tener un testigo, el testigo cuya opinión contaba para él. Todos los hilos agrupados y ajustados con paciencia durante días, semanas, meses, formaban la admirable tela. Una verdadera obra de arte. Una obra de arte política. Y aquella hermosa tela serviría para amortajar los cadáveres de los condotieros.

Pero éstos no estaban tranquilos. A pesar de las intenciones de amistad y los abrazos del duque, recordaban que éste casi nunca olvidaba los ultrajes. Les hubiera gustado sentirse seguros en su campo, en medio de sus tropas. Y César llegó con dos mil soldados de caballería y diez mil infantes.

¿Era así como se presentaba un hombre que venía en son de amistad a decidir los términos de un tratado de paz definitivo? Puesto que, según la intención del duque, aquel tratado debía firmarse en Senigallia mismo, los condotieros habían recibido la orden de reunirse con él. Por precaución, habían dejado en Senigallia la tropa de Oliverotto, mil infantes y cincuenta soldados de caballería, pero al resto habían tenido que volver a enviarlos para despejar la ciudad.

¿Es posible que César Borgia guiñase el ojo del lado de Maquiavelo para advertirle que estuviese atento y que observase bien lo que iba a ocurrir o es que conservaba aquella mente de gravedad melancólica y misteriosa que era el reverso de su prodigiosa actividad?

«Una vez preparado, el duque de Valentinois se puso en marcha hacia Senigallia. Cuando la cabeza de su caballería llegó al pequeño puente, se detuvo sin atravesarlo; una parte se alineó en el lado del campo y la otra en el lado del río, quedando entre ambas filas un espacio por el que la infantería desfiló y entró en la ciudad sin detenerse. Vitellozzo, Pagolo y el duque de Gravina fueron a caballo al encuentro del duque, acompañados

por un pequeño número de soldados de caballería. Vitellozzo no llevaba armas; cubierto con una capa forrada de verde, parecía triste y abatido, como si presintiera la suerte que le esperaba. Su tristeza impresionó incluso a algunos de sus amigos, que conocían su valor y todo lo que había sido. Se pretende que, cuando abandonó su ejército para ir a Senigallia, se despidió y encomendó su familia y todas sus pertenencias a los jefes, y aconsejó a sus nietos pensar más en el valor de sus ancestros que en su grandeza.

»Una vez junto al duque, los tres lo saludaron con sinceridad y fueron recibidos con un aire risueño; enseguida, quienes tenían orden de hacerse con ellos se colocaron a su lado. Pero el duque, al no ver con ellos a Oliverotto, que se había quedado en Senigallia con su tropa, a la que ejercitaba en la plaza donde tenía su alojamiento, indicó a Don Michele, que se encargaría de él, que evitara que pudiese escapar. Enseguida, Don Michele se adelantó y al encontrar a Oliverotto le dijo que no era el momento de tener así sus tropas, fuera del cuartel, puesto que era de temer que las del duque quisieran ocuparlo, y le dijo quilo mejor era que las hiciera entrar y que le acompañara para reunirse con el duque. Oliverotto le hizo caso y se avanzó hacia el duque, quien lo llamó en cuanto lo vio.

Después de haberlo saludado, Oliverotto lo siguió.

»Una vez en Senigallia, y ya en el alojamiento que se les había destinado, los cuatro prisioneros fueron conducidos a una habitación secreta, donde se les encerró. Enseguida el duque de Valentinois montó a caballo y dio orden de desarmar a las gentes de Oliverotto y de los Orsini.

Las de Oliverotto fueron sorprendidas y expoliadas por completo, pero las de los Orsini y las de Vitellozzo, que estaban apartadas y que se temían la desgracia ocurrida a sus jefes, tuvieron tiempo para reunirse y, recordando su valor y aprovechando la disciplina en la que habían sido instruidas por los Orsini y los Vitelli, formaron un batallón cuadrado y salieron del país a pesar de los esfuerzos de los habitantes y del ejército enemigo. Los soldados del duque, descontentos por tener únicamente el botín de la tropa de Oliverotto, empezaron a saquear la ciudad de Senigallia y la habrían devastado por completo si el duque no hubiese detenido su audacia haciendo castigar a los más rebeldes.

»En cuanto ese movimiento fue aplacado y una vez llegada la noche, el duque pensó que era esencial deshacerse de Vitellozzo y de Oliverotto. Por lo tanto, los condujeron juntos a un lugar apartado, donde fueron estrangulados. No se cita de ellos ninguna palabra destacable ni digna de la grandeza de su pasado. Vitellozzo dijo que rogaba al Papa que le acordara la indulgencia plenaria por todos sus pecados; Oliverotto, llorando, acusó a Vitellozzo de ser la causa de todo lo que había hecho contra el duque. Se dejó con vida a Paolo Orsini y al duque de Gravina, hasta que el duque fuese informado de que el Papa había hecho detener en Roma al cardenal Orsini, al arzobispo de Florencia y al señor de Santa Croce. En cuanto hubo recibido la noticia, hizo estrangular a sus dos prisioneros en el castillo de la Pieve, el 18 de enero de 1503».

Maquiavelo no había visto más que el primer acto de la tragedia. A las dos de la mañana, un secretario de César Borgia fue a sacarlo de la cama. El duque quería hablarle. César, alegremente, lo abrazó y le contó todo lo que acababa de pasar entre bastidores. Estaba exultante, como un pintor que, tras concluir su obra maestra, está impaciente por que la admire su amigo más querido, el más entendido. Maquiavelo se alegraba con él: era en verdad una obra maestra, ejecutada de forma admirable. En cuanto a las víctimas —¡pobres necios!—, les estaba muy bien empleado por haberse metido de manera tan estúpida en la boca del lobo. Hubiera sido una pérdida de tiempo compadecer a los torpes e imbéciles. Aquellas gentes habían recibido el justo castigo por su imprudencia y su ingenuidad; no habían eliminado a César cuando lo tenían a su merced, lo habían provocado en la Magione y luego se habían quedado muy tranquilos, como si un hombre así dejara pasar, sin pestañear, semejante provocación. ¡No se puede ser más tonto!

Aquélla era la única oración fúnebre que Maquiavelo consideró digna de las víctimas de Senigallia. Como buen político, admiraba el modo en que todo el asunto se había planeado, ejecutado y concluido. Un hombre inteligente sólo podía elogiar una estratagema lograda de manera tan magistral. Lo esencial era haberla logrado y haber hecho que fuese bella.

Una estratagema, como un cuadro o una estatua, podía y debía ser «algo bello». No cabía un juicio moral: se trataba de política. El más fuerte tenía

razón; la que le otorgaba su fuerza. Los condotieros habían perdido la partida porque jugaron mal; se empeñaron en una conspiración, pobres benditos, y luego se expusieron a merced del jefe contra el que conspiraban; había resultado fácil prever la suerte que les aguardaba. Si hubiesen sido tan inteligentes como César, y más rápidos, habría sido éste el que acabase en una fosa. La suerte verde era para quien la tomaba. Y, como afirmaba nuestro amigo Guicciardini, «es mejor que seamos nosotros quienes se lo hagamos a ellos que ellos nos lo hagan a nosotros».

El crimen, en sí mismo, no era bueno ni malo. Era justo, lo provocaba la necesidad, y cuando se realizaba con tal refinamiento y destreza, de necesario pasaba a ser bello; se elevaba al nivel de obra de arte, puesto que el arte estaba en todo, tanto en el crimen como en la pintura y la poesía. La obra maestra era la marca del genio. Era eso lo que distinguía a un hombre de genio, como César Borgia, de un político mediocre, aunque no carente de talento, como Gian Paolo Baglioni. También Baglioni, durante su guerra contra Julio II, habría de tener al enemigo a su merced, pero lo dejaría escapar. ¿Merecía elogios acaso su mansedumbre? Maquiavelo, que colmó a César Borgia de halagos sinceros y entusiastas por la «obra maestra» de Senigallia, sólo expresó reprobación y desprecio por el pobre Baglioni, culpable de haber actuado con los escrúpulos de un hombre honesto cuando el momento reclamaba una acción pronta, enérgica e implacable. Baglioni, refiere Maquiavelo, «tenía la ocasión de ganarse una reputación eterna, de eliminar a su enemigo en un instante y de apoderarse de la presa más codiciada. Puesto que todos los cardenales que estaban entonces con el Papa le habrían valido precioso botín. Pero este hombre que públicamente no se avergonzaba de ser incestuoso y parricida no supo, o, a decir verdad, no se atrevió a aprovechar la ocasión que se le presentaba de llevar a cabo una empresa donde todos habrían admirado su valor y su inteligencia, y que le habría inmortalizado, puesto que hubiera sido el primero en mostrar a los jefes de la Iglesia el poco caso que debe hacerse a las gentes que viven y reinan como ellos; hubiera, en fin, cometido un crimen cuya grandeza habría cubierto la infamia y lo habría situado por encima de los peligros que debían resultar de éste».

Maquiavelo ya no censuraría a César Borgia por haber hecho asesinar a su hermano, el duque de Gandia, cuyo cuerpo acabó en el Tíber. Todo acto estaba justificado, ya por la necesidad ya por la belleza. Y cuando ambas se daban juntas, como en Senigallia, la obra resultaba perfecta y, sin duda, digna de admiración. Ahora bien, César era un hombre que ejecutaba en el acto, sin vacilaciones ni remordimientos, todo lo que creía necesario; por lo que merecía la absolución; y como por añadidura, y además de su genio, era un italiano del Renacimiento, era necesario que añadiese el mismo arte a un acto tan simple como lo era una puñalada, por lo cual merecía el elogio y el respeto. Y ya que, en definitiva, aquel hombre era la estrella ascendente, el prototipo del superhombre y del hijo de rey, el amo futuro de toda Italia, el jefe, en una palabra, había que servirle con una devoción total y ciega.

César había puesto a la suerte de su parte. Sin embargo, su ascensión, rápida y violenta, se había desarrollado con todas las precauciones que habían de preservarlo de una caída. Aquel prodigioso hombre de acción era, al mismo tiempo, el calculador más frío, paciente y reflexivo. Tardó tres meses en planear el bellissimo inganno de Senigallia, pero de todos es sabido que las obras maestras no se hacen en un día. Los Orsini, aquellos enemigos poderosos, estaban muertos. El pueblo de Perugia lo aclamaba como jefe. Lo que quedaba de los Vitelli solicitaba el perdón y ofrecía a cambio todos sus bienes. El magnánimo César aceptó y recibió, por cuenta de la Iglesia, por supuesto, de la que era gonfaloniero. Para sí mismo no quería nada, no tenía ambición alguna, tampoco codicia. Era el servidor de la Iglesia y cuanto conquistaba era para ella.

Misión cumplida. Parecía que Italia hubiese reconocido a su amo. Amo por la audacia, la inteligencia, la energía y la virtud, esa suprema virtud en la que se basaban todas las demás, sin la que las demás no eran nada.

Quedaban aún Petrucci y Baglioni, que no capitularían y que eran difíciles de atrapar. Y quedaba también el enemigo imprevisto, aquél con el que no se contaba: el azar, la fatalidad, que cambiaba de manera repentina el color de la «suerte verde».

Un día, el Papa invitó a cenar en su «viña» a algunos cardenales.

Hombres ricos de los que quería deshacerse para heredar de ellos y vender muy caras sus dignidades a los mejores postores de entre sus sucesores. Una

maniobra que, por tanto, parecía doblemente provechosa. A fin de que todo transcurriese con decoro y pulcritud, el plan era envenenarlos; morirían cuando ya estuviesen en sus casas y nadie sabría de qué. A tal efecto, se dispusieron dos jarras de vino, una para Alejandro VI y su hijo —César no quiso perderse la diversión— y la otra para los invitados.

Hacía calor. Antes de la comida, Alejandro VI pidió de beber. El sumiller, al corriente del asunto, estaba ausente en aquel momento; un criado tomó una jarra y llenó el vaso de César y el del Papa; con la otra, los vasos de los cardenales. Por la noche, Alejandro VI murió en medio de dolores atroces y César sólo sobrevivió porque poseía un temperamento de hierro y su energía podía incluso con los venenos más terribles. Para salvarlo, su médico hizo destripar una mula y lo metió en las entrañas, todavía calientes, del animal. Bien gracias a aquel remedio, bien a su indomable voluntad, lo cierto es que César se salvó de morir aquel día. Pero mientras se debatía entre la vida y la muerte, los acontecimientos proseguían su curso, sin él, al margen de él, contra él. Sus enemigos recobraban valor, los cardenales se reunían en cónclave a fin de elegir un nuevo papa.

¿Qué sería de César bajo el reinado del sucesor de Alejandro VI?

¿Seguiría siendo el jefe de los ejércitos, conservaría el título de gonfaloniero de la Iglesia, podría continuar disponiendo del Tesoro pontificio? Las intrigas bullían alrededor del cónclave, mientras César yacía en su lecho de enfermo. Cuando le anunciaron la elección de Pío III, se encogió de hombros: un anciano y un incapaz. Pero Pío III sólo reinó durante veintiséis días y hubo que elegir otra vez papa. Para entonces, César ya estaba restablecido y en plena posesión de sus facultades. Puesto que su destino dependía de la elección que se hiciera, era preciso que él fuese el amo del cónclave.

Las cosas habían cambiado y César ya no era el hijo todopoderoso de un padre infalible y omnipotente, sino un aventurero del que las gentes desconfiaban y al que todavía se trataba con miramientos porque se le temía. Cuando dejasen de temerle… Desposeído de una gran parte de su prestigio y su autoridad, César comprendió que no estaba en sus manos hacer nombrar al papa de su conveniencia, que sería necesario un golpe de

audacia: quitar de en medio a los candidatos que le molestaban, poner cerco al cónclave. No se atrevió; no podía. Su cuerpo, destruido por el veneno, el famoso veneno de los Borgia, se movía con dificultad, su mente había perdido la lucidez, la osadía y la determinación. Tergiversaba, contemporizaba, él, que no hacía mucho calculaba en un instante y actuaba con todos los recursos del genio, con toda la seguridad del instinto.

El éxito no dependió de él; había tomado, creía, todas las precauciones,

¿quién podía prever el irónico vuelco del destino, el necio error de un criado? Sabía que estaba a merced de un cambio de papa, pero Alejandro VI era fuerte y, a pesar de sus excesos, hecho para vivir mucho tiempo. César se había precavido de antemano contra todos aquellos peligros. «En primer lugar —refería Maquiavelo—, destruyó la familia de todos los señores a los que había despojado, a fin de quitarle al futuro papa el pretexto para despojarle a él; en segundo lugar, se ganó a todos los gentilhombres de Roma a fin de contener al papa por medio de éstos; en tercer lugar, se hizo con todos los que pudo del Sacro Colegio; y en cuarto lugar resolvió conquistar todos los Estados, toda la soberanía y todo el poder que pudiera antes de la muerte de su padre, a fin de resistir a un primer ataque».

Aquella política a largo plazo en la que se había aventurado requería su tiempo, varios años al menos, y apenas había tenido algunos meses para establecer los fundamentos. «Los fundamentos eran buenos, puesto que la Romaña le fue fiel y le esperó durante más de un mes, adonde fue, aunque medio muerto, a salvo a Roma […]. Si en el momento en que Alejandro VI había muerto él no hubiera estado enfermo, todo le habría resultado más fácil. El día en que Julio II fue nombrado, me dijo que había pensado en todos los obstáculos que podían aparecer a la muerte de su padre y que tenía remedio para ello, pero que no había previsto que él mismo estaría en peligro de muerte».

Aquellos días perdidos decidieron su futuro y, también, su caída.

Incapaz de hacer elegir a un papa de su conveniencia, sostuvo, como gran jugador que era, al cardenal della Rovere, aquel que también había sido el desdichado rival de Alejandro VI y que había guardado del fracaso un rencor feroz contra los Borgia. ¿Por qué lo favoreció? Por un acto de

suprema habilidad, a fin de que el nuevo papa le estuviese agradecido y le permitiera conservar su cargo de gonfaloniero.

Pero un error de psicología siempre se paga caro y si César había creído que el antiguo pescador de Albissola iba a ser capaz de reconocimiento, estaba equivocado: Julio II consideró que no le debía nada a César Borgia, cuyo padre le había arrebatado la tiara no hacía mucho, en el momento en que contaba con lucirla en su cabeza. No necesitaba de aquel aventurero que, además, era ahora otro «fracasado». César, pues, nada podía esperar de Julio II. Sin embargo, el duque de Valentinois presumía y alardeaba de una inquebrantable confianza, una gran esperanza. Maquiavelo lo veía siempre con el mismo rostro sonriente, como si ningún peligro lo amenazara. Creía en su estrella. Se decía que la suerte no abatiría de un revés a César Borgia.

Pero a pesar de toda su seguridad, a pesar de todos sus buenos proyectos, de los que daba parte a sus allegados —y Maquiavelo era uno de ellos—, se percibía nacer en él un sentimiento nuevo que hasta entonces nunca había conocido y que, poco a poco, iba apoderándose de él: el miedo.

Sí, César Borgia tenía miedo: estaba perdido. Con una mirada lúcida y triste, a buen seguro, puesto que había puesto grandes esperanzas en aquel hombre, Maquiavelo asistía a la decadencia rápida del Príncipe. Los observadores más superficiales lo hallaban voluble, indeciso, suspicaz, pasmado, despistado y fuera de sí; « uscito del cervello», murmuró Bentivoglio, el protonotario, a Maquiavelo. Y Maquiavelo, para definir con pocas palabras la impresión extraña que ofrecían el carácter y el comportamiento de César, escribió a la Señoría que parecía un hombre que

«da vueltas por dentro».

Sus amigos lo habían abandonado; sus secretarios, incluso el fiel Agapito, se habían ido a alquilarse a otros amos, pues César Borgia estaba acabado. Qué dolorosa decepción para Maquiavelo, que tanto lo había admirado, que tanto había esperado de él. César aún hubiera podido salvar la situación; los cardenales se peleaban, las ciudades se agitaban. Seguía siendo temible, más aún si cabe, puesto que se ignoraban sus proyectos y no se sabía dónde estaba. Las tropas pontificias seguían estando a su disposición y, además, contaba con sus españoles, que se dejarían matar por él, que sólo esperaban una señal para abalanzarse sobre el cónclave.

Pero no dio la señal: un resorte de su mecanismo interior se había roto.

Maquiavelo observaba con una curiosidad apasionada la disgregación de aquella individualidad maravillosa que se fragmentaba, que se descomponía. Un pronunciamiento le había asegurado el poder. Podría haber pedido auxilio a los franceses o firmar rápido el tratado con Florencia. El veneno había destruido aquella indómita energía que ninguna fuerza humana parecía capaz de doblegar. ¿Qué pensaba hacer? Nadie lo sabía. Se decía que quería irse a Génova, reunir a los capitanes que había dejado en manos de comerciantes y, a continuación, reanudar la guerra.

Pero ¿cómo iba a conducir sus ejércitos, si ni siquiera era ya capaz de montar a caballo?

Maquiavelo lo miraba pasar, echado en su carroza, el rostro enjuto y desencajado por la angustia, los grandes ojos henchidos de nostalgia y turbados por una expresión indefinible. Había perdido el control de sí mismo. No era dueño de sí. Ya no era el amo de su cuerpo ni de su mente.

Un andrajo, sí, un andrajo al que la incertidumbre desgarraba y que, en lugar de actuar, vacilaba, titubeaba. Luis XII, al que requirió, se desentendió: Francia no deseaba comprometerse en una causa perdida.

Petrucci y Baglioni buscaban el momento favorable para rematar al enemigo herido. Todo dependía, pues, de lo que hiciese el Papa. Si mantenía a César Borgia en sus funciones de gonfaloniero de la Iglesia, estaría salvado; si el Papa lo abandonaba, estaría perdido.

¿Qué había sido de los bellos días de Cesena y Senigallia? En aquel tiempo un papa no le habría dado miedo. Ahora, en cambio, estaba en manos de Julio II, el implacable enemigo de los Borgia. La presunción con la que gritaba aún su esperanza y su confianza ya no engañaban a Maquiavelo. Eran las palabras de un hombre con el agua al cuello que quería que lo creyesen todavía fuerte. Pero ya no lo era. Una lástima…

César Borgia podría haber realizado grandes cosas; ¡sólo tenía veintisiete años! Una lástima… La suerte se había declarado en su contra. Como buen italiano supersticioso, Maquiavelo sabía que el hombre al que la suerte le daba la espalda era un hombre perdido. No le gustaban los hombres que no tenían suerte, porque estaban condenados al fracaso, y los fracasos no le interesaban. No es que tuviese el abyecto deseo de estar siempre con el más

fuerte, en absoluto, pero consideraba el éxito como el signo visible de la excelencia. El que fracasaba era aquel que no merecía ganar, que no sabía ganar, que no tenía el talento necesario para ganar. Y si, a pesar de sus dotes, de su talento y de su genio, un hombre fracasaba, porque la fatalidad le había golpeado, entonces había que apartarse de él, alejarse con horror, como de un leproso o un apestado, como de un maldito o un condenado, y también porque el trato con la mala suerte era malo, contagioso quizá.

No tenía más que esperar el curso de los acontecimientos y observar qué ocurría. ¿Qué haría Julio II? Maquiavelo conocía demasiado bien a las partes interesadas y lo que estaba en juego para albergar alguna ilusión. Un necio perdonaría. Julio II, que se había visto milagrosamente liberado de los dos Borgia, por un error en el que le hubiera gustado ver la mano de Dios, no iba a dejar escapar tan buena ocasión de acabar con aquella raza maldita.

Y no lo hizo: el Papa había hecho detener a César en Ostia, donde se había refugiado, quizá con la intención de ocultarse en un navío. ¿Dónde ocultarse? Puede que en el Nuevo Mundo aún pudieran hacerse grandes cosas. Llovía sin cesar y bajo los aguaceros de aquel noviembre siniestro conducían a César a Roma. «El tiempo nos informará de su destino futuro, pero no debéis ocuparos más de sus proyectos ni de sus esperanzas», escribía Maquiavelo a la Señoría. Con la misma impasibilidad gélida proseguía: «Los infantes que había llevado con él vuelven a Roma uno tras otro. Los gentilhombres que le acompañaban volverán con seguridad a su casa. Don Michele y las otras tropas, que han tomado la ruta de Toscana, no llegarán a su destino». Después de haber definido con indolencia, en algunas frases, la trágica caída del Príncipe, añadía: «El tiempo no parece dispuesto a mejorar; a decir verdad, hemos tenido dos días menos malos, pero hoy es más horroroso que nunca».

Y aquello era todo: nunca más se ocuparía de César Borgia. Aquel príncipe que quería ser «César o nada» ya no era nada. Durante aquel tiempo, Roma estaba convulsa; se instruía el proceso de la familia Borgia.

Las gentes a las que habían expoliado multiplicaban los gritos de venganza y las reivindicaciones pecuniarias. Alejandro VI ya no estaba y César tenía que hacer frente a la tormenta solo. Se esperaba que el cardenal de Amboise, que aún le protegía débilmente y que representaba en el Vaticano

la opinión francesa, hubiera abandonado la Ciudad Eterna para saldar la cuenta del duque de Valentinois.

¡Él, dejarse llevar ante un tribunal, aceptar que lo interrogasen y juzgasen aquellos «gatos forrados»[11]! Acabar sus días en un calabozo del castillo de Sant’Angelo. ¡No! A César aún le quedaban fuerzas suficientes para escapar a la jauría que quería despedazarlo.

«Que vaya adónde Dios quiera, cuanto antes mejor». El libro de los altos hechos del Príncipe se escribiría más tarde y se daría como modelo a innumerables generaciones de aprendices de político. «Si quiere examinarse la conducta del duque, se verá todo lo que hizo, y todo lo que había hecho para poner los fundamentos de su futuro poder. Ese examen no será superfluo, puesto que no puedo dar a un príncipe nuevo nada mejor que las acciones y el ejemplo a seguir de éste. Si, a pesar de todas esas medidas, no consiguió triunfar no fue culpa suya, sino el efecto de la mala fortuna, que lo persiguió de forma constante».

Su nombre quedaría para la posteridad y el propio Maquiavelo, que había asistido a su caída, guardaría en el fondo de su corazón simpatía y admiración por aquella víctima de la fatalidad. En un principio, la decepción y la irritación lo dominaron; pertenecía por completo al presente, a lo actual, a lo inmediato. Había demasiados acontecimientos interesantes como para perder más tiempo con César Borgia, que pertenecía al pasado.

Pero más tarde, cuando regresara a su memoria la gran aventura de aquel príncipe que había soñado con ser el unificador de Italia, cuando escribiera, con calma y con la cabeza fría y lúcida sus recuerdos, recordaría al hombre más grande de cuantos conoció y le haría justicia. Nos legó libros llenos de su memoria, sus actos y sus ejemplos. Pero ahora se apartaba de él con cierto rencor; le consideraba un hombre que no había mantenido sus promesas, que había frustrado sus más fervientes anhelos. Después, habría de mostrarse más ecuánime. «Reuniendo todas las acciones del duque, no puedo reprocharle haber faltado a nada y me parece que merece que se le proponga, como yo lo he hecho, como modelo a todos aquellos que, mediante la fortuna o las armas ajenas, han llegado a la soberanía con grandes miras y mayores proyectos». El mayor elogio, en fin, en la pluma de Maquiavelo, la aquiescencia póstuma, muchos años después de la muerte

de César, el saludo del discípulo agradecido por todo lo que le enseñó, el homenaje supremo al Maestro: «Su conducta no podía ser diferente…».

Qué podía importar ya que, sumando una imprudencia a otra, César Borgia, confiase en la palabra de un ilustre hombre de guerra y fuese a Nápoles para ponerse a merced del Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba.

¿Qué importaba que el Gran Capitán, infiel a la fe jurada —quizás había aprendido él mismo de César Borgia que en ciertos casos aquello no era una falta sino un rasgo de habilidad—, lo enviase a España y lo encerrase en el alcázar de Medina? ¿Qué más daba, finalmente, que César Borgia de Francia, duque de Valentinois, de Romaña y de Urbino, príncipe de Andria, gonfaloniero de la Iglesia y capitán general de los ejércitos papales, escapase de su calabozo y que, enrolado con nombre falso en un oscuro regimiento español, fuese a morir, de la manera más tonta, ignorado de todos, en el asedio de una pequeña ciudad, por una causa que no era la suya y que nada le interesaba? El Príncipe sobrevivió a César Borgia.

Maquiavelo conservaría toda su vida la imagen de aquel hombre de mirada ardiente y triste y haría de él, no sin justicia, el arquetipo del superhombre en política. Y cuando más tarde, en el transcurso de los siglos, los teóricos y doctrinarios se peleasen en nombre del «maquiavelismo» por o contra Maquiavelo, en el fondo, sería de César Borgia de quien se trataría, de su gran aventura, su gran ejemplo y su gran lección.

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