Maquiavelo
Capítulo cinco. Al servicio de la patria
CAPÍTULO CINCO
Al servicio de la patria
Poco después de haber entrado en la Cancillería, Maquiavelo ya se abría camino. La Señoría apreciaba a aquel «buen funcionario» que no mostraba ambiciones personales y trabajaba con inteligencia y devoción, que no pertenecía a ningún partido ni favorecía ninguna facción y que se contentaba modesto con los empleos que se le confiaban, mientras daba a entender con discreción que estaba dispuesto a ocupar otros más altos, si se tenía a bien juzgarlo digno. En realidad, los elementos principales de la política florentina, interna y externa, pasaban por sus manos. Sus jefes, que reconocían su talento, se habían acostumbrado a delegar en él las iniciativas, y poco a poco sus camaradas se habían convertido en sus subordinados por el ascendiente que había adquirido sobre ellos, su evidente superioridad y su aplicación. Nunca se quejaba de tener demasiado trabajo y ninguna tarea le parecía ingrata o demasiado difícil. Para él todo era un juego y, al mismo tiempo, de todo aprendía, tanto de las bromas de los pasantes como las conversaciones de los diplomáticos y los señores.
Cada cosa ocupaba un lugar en su inteligencia y en su memoria; su mente meticulosa almacenaba todo el grano que se presentaba, y no sólo el grano, sino también la paja y hasta la cizaña. Todo serviría; quizás un día una anécdota divertida u obscena podría serle de tanta utilidad como un tratado político.
Así las cosas, los rumores de guerra que, desde hacía algún tiempo, perturbaban los despachos del Palazzo Vecchio se confirmaron. La situación entre Florencia y Venecia era muy tensa; siempre había existido
un estado de hostilidad implícita entre las dos ciudades, ambas tan distintas, tan poderosas, y a las que separaban tanto las rivalidades políticas como la competencia comercial; su carácter profundo, también, que hacía de una la ciudad marina, construida sobre el agua, cuyos palacios y campanarios semejaban una flota de galeras anclada en la laguna, y de la otra, la ciudad de tierra adentro por excelencia, asentada sobre sus colinas, sus murallas y sus tumbas. Venecia no tenía colinas, ni murallas, ni tumbas. Se parecía a un campamento de nómadas del mar que no precisaban murallas, que entregaban sus difuntos a los elementos, que navegaban a perpetuidad y cuyo hábitat era la vasta planicie de las aguas. Florencia era, por su parte, la heredera de los antiquísimos etruscos, que habían excavado en el suelo toscano sus hipogeos pintados, en los que dieron sepultura a sus numerosos muertos. Poseía la estabilidad de sus poderosas raíces, el soporte inamovible de sus basamentos de piedra. Se hundía en el suelo, con aquella tenacidad de los antiguos etruscos que habían sentido una extraña pasión por lo subterráneo. Su fuerza radicaba en su estabilidad, su pesadez y su masa, de todo lo que tenía de denso, impenetrable, opaco, rígido y grave; así la habían heredado de aquellos etruscos, melancólicos, de sonrisa singular, que eran magos y creadores de tumbas. Florencia, pues, se había convertido de forma natural en la ciudad de los banqueros y los cambistas, que no desdeñaban prestar a tasas de usurero, mientras que Venecia era la de los comerciantes osados que se jugaban su fortuna en el mar, que exponían su prosperidad y su crédito al azar de una flota que podía o no arribar a puerto. Expansivo por naturaleza, el comercio de Venecia había desembarcado en los países de Oriente, de donde procedían las especias y la seda. Las rutas de caravanas acababan, por lo general, en los comercios venecianos de Rialto y, desde allí, las rutas europeas partían hacia el centro y el norte de Europa.
Florencia mostraba menos audacia. No comerciaba con África ni con Asia. Su principal mercado era el de la lana, una industria local, y el negocio del dinero: sus financieros se convertían gustosos en socios capitalistas de los soberanos faltos de liquidez y, aun cuando los reyes eran malos pagadores, siempre sacaban partido. Florencia, la sensata, la prudente, miraba con ojos ambiciosos a la inestable Venecia y envidiaba sus
llanas y claras audacias, sus azares prodigiosos, un poco como la virgen sensata mira a la virgen loca, con un sentimiento de autojustificación algo fariseo, con una grave satisfacción burguesa; siempre que tenía ocasión de jugarle una mala pasada, la aprovechaba, algo que Venecia, por su parte, también hacía, con el placer añadido de humillar o esquilmar, cuando podía, a su orgullosa rival.
Los asuntos de Pisa ofrecían bastantes ocasiones de discordia a las dos repúblicas comerciantes. Pisa era, desde hacía poco, una gran ciudad de negocios, casi tan importante como Venecia o Florencia, y rivalizaba con Génova por el control del Mediterráneo. Florencia se servía de ella para empequeñecer a Génova y, además, necesitaba otra salida marítima, pues el puerto de Livorno no le bastaba. Para ella era importante seguir ejerciendo el control sobre Pisa y que ésta fuese lo bastante débil para no poder defender su independencia, pero no demasiado, a fin de no estimular las codicias genovesas, que de buena gana habrían suprimido a aquella rival.
La política florentina tendía a mantener a Pisa en un estado de dependencia y subordinación, lo que irritaba sobremanera a los pisanos, quienes, por su parte, aspiraban a recuperar la libertad y la autonomía.
La cuestión de Pisa había complicado las relaciones entre Florencia y Francia durante la visita de Carlos VIII a Italia. La Señoría había subordinado la ayuda financiera que prestaba al rey —que éste necesitaba—
a su promesa de devolverle Pisa. Pisa, por su parte, había obtenido de Carlos VIII todo lo contrario, ya que el soberano se había comprometido a hacer respetar la independencia de los pisanos. Puesto que no era fácil conciliar la posición de las dos ciudades, el rey de Francia se había zafado con habilidad: mientras garantizaba a los florentinos la posesión de Pisa, uno de los generales franceses se apoderaba de la ciudadela que dominaba la ciudad y la vendía a los pisanos. El problema de la reconquista de Pisa seguía pendiente desde entonces y las explicaciones confusas con las que Carlos VIII había intentado justificar su conducta —hasta el día en que lo solventó todo regresando a Francia, lo que le dispensó de dar excusas más amplias— no habían arreglado nada. Pisa continuaba desafiando a la ciudad que pretendía ser su soberana, sus ciudadanos habían derribado el león de mármol, hermano del Marzocco de la Piazza della Signoria, que era el
símbolo de la dominación florentina, los franceses habían escurrido el bulto y, para colmo, Venecia, una vez más, favorecía a los pisanos.
Maquiavelo admiraba mucho a Venecia, su política y su constitución, y consideraba que ambas eran dignas de servir de modelo al resto de ciudades de Italia. La constitución veneciana conciliaba la firmeza y la libertad, y aseguraba la independencia de los individuos sin poner en peligro la seguridad del Estado. Leyes severas, una policía atenta, asambleas concienzudas, un gobierno ejecutivo honesto y activo permitían el libre juego de franquezas populares sin que el principio mismo de la autoridad se viese mermado o disminuido. La integridad de sus magistrados era proverbial y a menudo se citaba como ejemplo. Éstos habían obligado a renunciar a su cargo al dux Foscari, quien murió de pena, sólo porque su hijo, un muchacho honesto pero ligero, había aceptado un regalo de un ciudadano cualquiera que, con ello, creía hacer prosperar sus negocios.
Cuando se veían los escándalos que deshonraban al Vaticano y la concusión descarada que practicaban en Florencia las facciones victoriosas, no quedaba más remedio que reconocer, por poca simpatía que, en tanto que toscano, se tuviera a la Serenísima, que las virtudes antiguas pervivían en ella.
Apasionado de la política, Maquiavelo sabía apreciar el juego delicado y perfecto de las instituciones venecianas, aquella mezcla de flexibilidad y firmeza que constituía su fuerza. Parecía que Venecia hubiera resuelto los problemas más difíciles en materia de constitución; la prueba era que los asuntos públicos marchaban bien, que no había desorden ni tiranía y que el comercio era próspero, puesto que cada ciudadano consideraba un deber trabajar para la prosperidad de la ciudad.
¿Acaso no podían aclimatarse en Florencia aquellas saludables instituciones? Habría sido necesario para ello renunciar a las luchas de partidos, tan excitantes, a la tiranía de los intereses particulares; tendría que haberse aceptado que el cargo de jefe del poder ejecutivo fuese vitalicio, como el del dux, algo que los florentinos consideraban extraño y perjudicial para el espíritu de libertad. Había mucho que aprender de los venecianos, siempre que pudieran adaptarse en un pueblo de tierra adentro las mismas leyes y costumbres que eran la gloria y riqueza de un pueblo marítimo.
Entre el carácter de los toscanos y el de los venecianos existían, además, contradicciones radicales derivadas de la naturaleza del suelo, las tradiciones, la raza original e incluso las costumbres y los gustos; todo era diferente. Se comprendía entonces que Venecia mantuviese en el poder al mismo dux mientras viviese y que Florencia renovara su Señoría cada dos meses. También esto formaba parte de las idiosincrasias nacionales.
Cualquiera que fuese la inclinación que Maquiavelo, en tanto que pensador, historiador y político, sentía por Venecia, como ciudadano debía detestar la ciudad enemiga y trabajar con todas sus fuerzas por combatirla.
No creo que el secretario de la Cancillería compartiera el odio popular contra la Reina del Adriático, pues el odio es un sentimiento primitivo, rudimentario y grosero, indigno de una mente sutil y aguda como la suya.
Además, esperaba que Venecia volviera un día a la Italia unificada que entre todos tenían que construir, para no convertirse en presa del extranjero. ¿Para qué crear, entonces, antagonismos irreductibles entre los dos Estados que eran llamados a devenir provincias de la nueva Italia y, por ende, ciudades hermanas? Maquiavelo, en fin, era demasiado inteligente para practicar, en cualquier grado o por cualquier causa, una xenofobia absurda. Cada pueblo tiene sus particularidades, sus defectos y sus cualidades. La nación que hoy es nuestra aliada puede que mañana sea nuestra enemiga y, entonces, quizás el adversario de ayer nos ayude a vencerla. ¿Por qué permitir, pues, que pasiones como el amor y el odio intervengan en cuestiones tan complejas como las relaciones internacionales, que sólo se basan en la oportunidad y el interés inmediato?
Maquiavelo opinaba, por el contrario, que ya que existía una situación de guerra entre los dos Estados —de la misma manera que hubiera podido existir la paz e incluso una alianza que los asociara contra otra república—, lo único que importaba era hacer la guerra y ganarla. Pero no había que mezclar cuestiones de sentimientos, que sólo podrían reflejar necedad o hipocresía. Maquiavelo no confundía nunca la actividad de los diferentes aspectos de su personalidad. En tanto que individuo, pensaba y sentía de un modo concreto; en tanto que miembro de un cuerpo social, de una colectividad, pensaba y sentía de forma distinta. Como ciudadano florentino, podían reclamarle para luchar contra un hombre al que él, como
individuo, admirase, estimase o amase: Maquiavelo tenía claro que ambas parcelas no se comunicaban entre sí. De haberlas mezclado, de haber permitido que se solapasen, aquello sólo habría conducido al desorden y a la confusión, que eran propios de la necedad; por tanto, la suprema inteligencia debía alejarse de ellos y combatirlos cada vez que se los encontrase.
Así pues, Maquiavelo, en tanto que secretario de la Cancillería, se comprometió en cuerpo y alma en la guerra contra Venecia. Sin duda, era inadmisible que Venecia fomentara, como lo hacía, la rebelión de los pisanos. Venecia les había enviado sus estradiotes, que eran soldados de caballería ligera, hábiles e implacables, reclutados en Albania, y tan valiosos en las guerrillas como en las batallas ordenadas. Y no contentos con prestar su apoyo a Pisa, con una arrogancia más hiriente aunque peligroso era el envío de los estradiotes, los venecianos amenazaban con invadir el Casentino, lo que les habría conducido a las mismas puertas de Florencia.
Florencia respondió a esta provocación reclutando dos condotieros famosos, los Vitelli, que se contaban entre los mejores capitanes de la época. Para conseguirlos, la República tuvo que suplicar al rey de Francia, a cuyo servicio se encontraban. Y lo hizo, aunque no sin cierta oposición por parte del conde Rinuccio da Marciano, capitán general de Florencia, quien debido a ello pasaba a ocupar el papel de subalterno, ya que el mando del ejército se le confiaba a Paolo Vitelli. Rinuccio había puesto de manifiesto su debilidad e incompetencia en enfrentamientos recientes que habían terminado en derrota; a pesar de ello, no le gustaba verse suplantado por un Vitelli a la cabeza de las tropas florentinas.
Las relaciones entre los condotieros y las ciudades que los empleaban solían ser singulares. No entraba en juego más que el interés, era un mero alquiler de servicios que no implicaba ningún elemento afectivo. El condotiero debía realizar el trabajo para el cual se le había pagado; hubiese sido una estupidez exigir que «amara» a la ciudad que le pagaba, contra la que quizá le contratarían para luchar el día de mañana. Por lo tanto, aquellos capitanes de fortuna no hacían valer preferencia alguna en la elección de sus patrones; ellos eran los elegidos y, desde el momento en que
se les pagaba bien, todo estaba dicho. Tampoco era necesario que la ciudad
«amara» al condotiero que tenía a sueldo. Todo se arreglaba con dinero y si, de un lado, se pagaba la soldada y, del otro, se conducía bien la guerra, se consideraba que todo el mundo había cumplido con sus obligaciones.
Sin embargo, podía ocurrir que un condotiero ambicioso y de mala fe abusara de su fuerza para violentar a la ciudad que le empleaba; para intentar establecerse como tirano, por ejemplo. Cosa siempre a temer, sobre todo de un condotiero poderoso, que contara con el apoyo de un nutrido ejército. Si le pagaban mal, podría desear vengarse; si le pagaban bien, el espectáculo de aquella opulencia quizás incitase su codicia. Guicciardini cuenta en uno de sus escritos una vieja anécdota —demasiado bonita para ser cierta—, fiel reflejo de la mentalidad de aquel tiempo. «Una ciudad —
escribe—, satisfecha de los excelentes servicios y la lealtad de su condotiero, se preguntaba de qué manera podría mostrarle su reconocimiento, pero ninguna recompensa le parecía lo bastante buena. Los miembros del gobierno discutieron durante mucho tiempo: unos proponían ofrecerle una gran suma de dinero, además de su soldada; otros querían que se le concediesen tierras, castillos o pueblos. Todo el mundo pensaba que nada sería suficiente para un hombre que tanto había hecho. Entonces, un magistrado más perspicaz que los otros frenó el entusiasmo general: “Tened cuidado —les indicó—, pues si colmáis de regalos a este hombre le incitaréis a reclamar aún más. ¿Qué haréis si se convierte en una amenaza?
No olvidéis que los señoríos y el dinero que le daréis lo harán más fuerte y poderoso, y por lo tanto arrogante y ambicioso. Para acordarle la recompensa a la que tiene derecho y que merecen los servicios eminentes que nos ha dispensado durante tantos años sin, por ello, ponernos en peligro por su causa, os propongo lo siguiente: matémosle, luego le proclamaremos genio tutelar de nuestra ciudad, le erigiremos estatuas, le rendiremos culto, y de este modo todo se regirá según la equidad y la prudencia”».
La cuestión, resuelta de forma tan singular en esta historieta, sólo se planteaba una vez terminada la guerra, y era frecuente entonces que el patrono, movido por la ingratitud o por las sospechas, hiciera asesinar a su condotiero para evitar pagarle o para evitar temerle. Antes del inicio de las operaciones, el patrono colmaba de gentilezas a su capitán y lo honraba
como a un héroe de la antigüedad. Maquiavelo debió contemplar con una sutil y divertida sonrisa la magnífica y solemne recepción que la Señoría ofreció a los Vitelli el día de su llegada a Florencia. En presencia del pueblo y de los magistrados, reunidos todos en la plaza de la Señoría, ante el viejo palacio cubierto de guirnaldas y banderolas para la ocasión, se dio la bienvenida a los Vitelli con una larga arenga latina que pronunció Marcello Virgilio, el amigo de Maquiavelo; de este modo, los situaron al mismo nivel que Aquiles, Alejandro o Julio César. El discurso se vio interrumpido con brusquedad por un toque de trompetas: había llegado el momento de firmar el contrato. El astrólogo de los Vitelli, del que no se separaban más que de su espada, había calculado aquel momento teniendo en cuenta la posición de los astros y seguía con ansia la marcha del sol para determinar el minuto preciso en que la conclusión del acuerdo habría de ser favorable. Un segundo antes o después, el acontecimiento se hubiera desarrollado bajo malos augurios. O el astrólogo conocía mal su oficio o bien había hecho su predicción a la ligera, puesto que la guerra de Pisa tomó mal cariz para los condotieros. Al oír las trompetas, Virgilio se calló, se retiró y el gonfaloniero en ejercicio depositó en manos de Paolo Vitelli el bastón de mando, distintivo de su grado y símbolo de su función. Tras lo cual todo el mundo partió en cortejo a escuchar la misa mayor en la catedral, para atraer la bendición divina a aquella feliz conjunción.
El capitán destituido, Rinuccio, no ocultó su cólera. Para apaciguarlo hubo que encontrar un sistema que no hiriera su amor propio. De manera que se le otorgó el título de gobernador general, meramente honorífico, dejando a Vitelli el de capitán general, que implicaba el mando efectivo del ejército, también, y para acallar su susceptibilidad, tuvieron que prometerle el mismo sueldo que se le concedía a Vitelli.
Los venecianos, sin embargo, avanzaban con rapidez. Hubo que retirar las tropas situadas delante de Pisa, comprar regimientos a Ludovico Sforza y reclutar a otros pequeños condotieros, puesto que era necesario cerrar el paso a los invasores. Venecia ya había tomado Marradi y Bibbiena cuando fue derrotada por un hombre de guerra con el que no contaba: el abad de los Camaldoli. Don Basilio, a quien Maquiavelo reconocía dotes de estratega, y cuyo amor y fervor patrióticos alababa, reunió a los campesinos, los armó y
los lanzó contra el ejército veneciano, al que infligieron una derrota inesperada. La victoria coincidió con la supuesta enfermedad del duque de Urbino, condotiero al servicio de Venecia. Éste alegó su mala salud para retirarse de la guerra y, tras atravesar las líneas florentinas gracias a un salvoconducto de Vitelli, regresó ufano a su casa.
Ese doble fracaso forzó a los venecianos a aceptar las propuestas del duque de Ferrara, que se había erigido en mediador de los pueblos enfrentados. Cada cual hizo concesiones y, en los primeros días de 1499, se firmó el tratado de paz. Infortunado, como todos los tratados, plagado de pretextos para guerras futuras. En él se indicaba que los pisanos conservaban sus fortalezas y su derecho a comerciar libremente, pero que estaban sometidos a los florentinos. Los venecianos aceptaban evacuar el Casentino, del que se habían apoderado, y desinteresarse de la cuestión pisana, por todo lo cual Florencia les daba cien mil ducados (pagables en doce anualidades, de manera que habría calma, mientras el tratado no fuera considerado papel mojado).
Los pisanos declararon de inmediato que el tratado no era válido y que no lo cumplirían. Así que la guerra volvió a empezar, pero sin los venecianos: las hostilidades se limitaban a los florentinos y a los pisanos.
Entre tanto, la Señoría había concebido sospechas sobre la lealtad de los Vitelli; consideraba que aquellos hombres le costaban muy caro y que habían demostrado ser poco eficaces hasta el momento. Por su causa, se habían visto obligados a aumentar la soldada de Rinuccio; al saberlo, otro condotiero, Jacopo d’Appiano, tirano de Piombino, había reclamado, a su vez, idéntico pago. Y todos los condotieros, pequeños o grandes, habían aprovechado para pedir un aumento. El pueblo estaba cansado de pagar impuestos, declaraba que no daría ni un céntimo más para la guerra y, a fin de que quedase claro su descontento, hizo huelga en el momento de las elecciones.
Ante semejante aprieto, los Diez, que habían apreciado el talento de Maquiavelo, lo enviaron al campo de los Vitelli. Se hacía preciso saber por qué la guerra no avanzaba ahora que Pisa estaba abandonada a su suerte, vigilar a los Vitelli, estimular su celo y, si cometían traición, conseguir las pruebas de ésta. Para un hombre que nunca había abandonado su despacho,
era una misión apasionante. Vería de cerca el tumulto de la guerra, participaría en las batallas y escaramuzas, estudiaría las fortificaciones y la maniobra de los regimientos, y, finalmente, se instruiría —¡el sueño de aquel hombre apasionado por la ciencia!— en un arte del que no poseía más conocimientos que los que los libros le habían enseñado. Iba a examinar la práctica de un arte cuya teoría conocía bien por haberla aprendido de los estrategas antiguos y modernos. Iba a respirar el olor de la pólvora, a oír el tronar de las bombardas, a ver los destellos del sol en los cascos y corazas.
Y, por fin, estaría cerca de los Vitelli, vivirá próximo a ellos y analizaría, sin prisas, el curioso mecanismo psicológico de la mente de un condotiero italiano del siglo XV.
Ya desde su despacho, había intentado apaciguar los celos y susceptibilidades, curar las heridas del amor propio. Se había esforzado por despertar en los capitanes de fortuna, que servían a Florencia como podían servir a Pisa, un cierto sentimiento patriótico; lo que sin duda parece anacrónico, y podemos imaginar la sonrisa socarrona con la que Maquiavelo escribió aquellas cartas, mientras se preguntaba si tales argumentos serían capaces de impresionar a los condotieros.
¿Cómo saberlo? Maquiavelo andaba buscando un jefe. Esperaba encontrar, en aquella época fértil en grandes personalidades, al Príncipe, cuyos pasos él habría de guiar hacia la victoria, hacia la unidad italiana.
¿Quién sería el Príncipe? Aún no había encontrado a nadie capaz de desempeñar el papel. ¿Quizá Paolo Vitelli iba a comprender y secundar sus aspiraciones? Admitiendo, incluso, que el condotiero estaba dirigiendo con negligencia una guerra que le parecía insignificante, ¿no cabía la posibilidad de despertar en él ambiciones grandiosas?
Pero ya en sus primeros contactos con Vitelli, Maquiavelo se sintió decepcionado: aquel condotiero no era sino un aventurero como los otros y, además, parecía claro que no jugaba limpio. Hacían dudar de él sus vacilaciones, su lentitud, el hecho de que sólo pensaba en sacar a Florencia la mayor cantidad de dinero posible, mientras trataba con muchos miramientos a sus soldados. Para calmar al pueblo y a la Señoría, a quienes indignaban sus contemporizaciones, había logrado la victoria de Cascina, pero desde entonces no había hecho nada. Mientras tanto, las arcas se iban
vaciando y muy pronto ya no podría pagarse a los soldados. ¿Acaso estaba de acuerdo con los pisanos para hacer durar la guerra hasta el momento en que los fondos florentinos se hubiesen agotado?
Un día, se oyó un gran estruendo y, en medio de una inmensa nube de polvo y cascotes, parte del muro cedió a los cañonazos de las bombardas.
La torre Stampace se vino abajo y una brecha de entre veinte y treinta brazas se abrió en las murallas. El ejército de los sitiadores se abalanzó a través de ella, con los jóvenes voluntarios florentinos a la cabeza, y pudo tomar la ciudad.
Bueno, de hecho la hubiera tomado si, en el momento en que se llegaba a la iglesia de San Paolo, la orden de batirse en retirada no hubiera detenido a los combatientes. ¿Volver atrás, cuando iban hacia la victoria? Los florentinos creyeron haber oído mal y continuaron su ofensiva, pero entonces los dos Vitelli se atravesaron en su camino y blandiendo desafiantes la espada hicieron retroceder a los desobedientes. De este modo, tras la retirada de los florentinos, los pisanos cerraron la brecha, repararon sus muros y todo volvió a comenzar.
¿Cuál había sido la responsabilidad de los Vitelli en todo aquello?
¿Acaso temieron que, si iban demasiado lejos, sus tropas podían caer en una trampa? ¿Les espantó, quizás, el ardor infundado de los voluntarios florentinos, que carecían de la prudencia profesional de los soldados de oficio? ¿O puede que, en definitiva, estuviesen en connivencia con los pisanos? Florencia no se resignó de inmediato a creer que aquellos condotieros a los que había recibido con tantos honores y a los que tan bien había pagado fuesen capaces de traición. Se les acusaba en voz baja de haber hecho fracasar la toma de la ciudad en el momento en que ésta parecía una realidad; el relato de los jóvenes florentinos sobre las operaciones señalaba su culpabilidad. Una vez más, era conveniente no ceder al mal humor y estudiar con calma el asunto.
Dos comisarios militares llegaron al campo de batalla. Por desgracia, uno de ellos enfermó de fiebres y murió poco tiempo después, lo que espantó a su colega, quien volvió presto a Florencia. Otros dos comisarios los reemplazaron, pero no supieron qué partido tomar. Los Vitelli, orgullosos, arrogantes y altivos, no admitían que «civiles» discutiesen su
manera de hacer la guerra. O tenían la confianza del gobierno florentino o ya no la tenían… Era delicado anunciarles a las claras que habían perdido esa confianza. Si se retiraban del asunto, ¿qué ocurriría? No era Rinuccio ni Appiano quienes podían conducirlo a buen fin.
Había que actuar de forma prudente. Todo acusaba a los Vitelli: el salvoconducto que habían facilitado al general enemigo, cuando el duque de Urbino había abandonado a los venecianos (a pesar de que era aquella retirada la que por suerte había puesto fin a la guerra del Casentino); su generosidad con un desertor florentino, Ranieri della Sassetta, a quien, después de pasarse a las filas de Pisa, habían apresado y devuelto la libertad, a pesar de las órdenes de la Señoría que quería que lo enviaran a Florencia para ejecutarlo. «No quiero ser el verdugo de un soldado valiente», exclamó entonces Vitelli. Lo cierto es que Florencia ya no quería confiar el mando a los sospechosos, pero, por otro lado, no podía continuar la guerra sin ellos: más valía, pues, suspender las hostilidades.
Un día, dos enviados de la Señoría, Braccio Martelli y Antonio Canigiani, llegaron al campo. En apariencia, para traer la soldada de los regimientos y preparar la evacuación. La Señoría, siguiendo el consejo de Maquiavelo, había decidido renunciar, por el momento al menos, a tomar Pisa; no se haría nada hasta que no se hubiera ajustado las cuentas a los Vitelli. Había que actuar con circunspección. Vitellozzo Vitelli había pedido un permiso, a buen seguro para salir de escena, pero la Señoría había rechazado la petición, alegando que su presencia era necesaria. Maquiavelo, que había vuelto a Florencia, desde donde dirigía las operaciones de cerco contra los condotieros, reunía contra ellos un expediente abrumador, que, al parecer, incluía cartas en las que aquéllos prometían hacer durar la guerra.
Cuando tuvo todos los documentos que inculpaban a los Vitelli, Maquiavelo dio a sus enviados la orden de actuar, «sin que el exceso de ardor haga ir más rápido de lo necesario, ni el exceso de timidez perder la ocasión favorable». No sin gran decepción, el secretario de la Cancillería se decidió a castigar a los condotieros. Durante su estancia frente a Pisa había aprendido a conocerlos bien y, aunque ya había perdido no pocas ilusiones
—los Vitelli eran soldados de fortuna como los demás y no «príncipes»—, le disgustaba administrar contra hombres de guerra, no más culpables en
definitiva que sus semejantes, la rigurosa justicia de los magistrados florentinos. Sin embargo, era necesario golpear fuerte y dar ejemplo, pues de otro modo no se tendría ninguna seguridad con los mercenarios que se empleara en el futuro.
Por tanto, Martelli y Canigiani invitaron a los dos condotieros a cenar.
Sólo Paolo acudió a la invitación. Vitellozzo, enfermo, guardaba cama.
Después de la cena amistosa, los magistrados florentinos y el general se retiraron para hablar de negocios a una habitación apartada. Apenas habían entrado cuando aparecieron los esbirros de la Señoría y Martelli notificó a su huésped que era prisionero. Al mismo tiempo, envió a sus palafreneros a detener a Vitellozzo, pero, como aquél había desconfiado, encontraron el lecho vacío. Vitellozzo había saltado por la ventana y había huido. El destino de cada individuo, sin embargo, está escrito en los astros y no se puede escapar a él: Vitellozzo, que aquel día había escapado por los pelos a los verdugos florentinos, habría de ser más tarde una de las víctimas del
«bellísimo engaño» de Senigallia, el «sublime» golpe de mano de César Borgia contra los condotieros infieles, y moriría entonces por el garrote de Don Michele, ejecutor de las grandes obras del duque de Valencia.
Se instruía el proceso de Paolo Vitelli los últimos días de septiembre.
Los documentos que se habían presentado ante los jueces eran demoledores, de manera que se le condenó a muerte y se le ejecutó. El astrólogo que con tanta precisión había calculado el momento de la firma del contrato entre la ciudad y el condotiero, sin duda no había previsto aquel desenlace. Vitelli, por otro lado, se declaró no culpable durante todo el proceso y, hasta el momento en que el verdugo le cortó la cabeza, protestó de su inocencia.
Varios cronistas de la época estaban convencidos de ello, Guicciardini entre otros, quien no obstante fundó aquella «inocencia» en una opinión bastante singular: a su juicio, formaba parte de la naturaleza y usos de los capitanes de fortuna velar por sus intereses, a menudo incluso en detrimento de los intereses de sus patronos. Buonaccorsi, por su parte, lo consideró «un hombre excelente»; Nardi afirmó que la sentencia había sido injusta.
Maquiavelo, por el contrario, parece que no dudó de su culpabilidad, y el hecho de que el proceso se instruyese y la sentencia se ejecutase en pocos días revela que el tribunal parecía estar bastante seguro de su acto.
Traición es una palabra muy fuerte. Parece poco probable que Vitelli hubiese aceptado el soborno directo de los písanos. Cabe pensar que, puesto que mantenía buenas relaciones con los franceses, a cuyo servicio estaba en el momento en que Florencia lo contrató, hubiera seguido la política francesa en los asuntos písanos. El rey francés no quería comprometerse en aquella cuestión que tantos quebraderos de cabeza había dado a su predecesor. Su actitud hacia Pisa la determinaban sus relaciones con Milán y con Venecia: Pisa no era sino un peón en el gran tablero italiano. Le disgustaba, en fin, que los florentinos obtuviesen una victoria notable sobre aquel pequeño Estado que, desde hacía mucho tiempo, consideraba a Francia como su protectora natural. Así, se habría aleccionado a Vitelli para tener en cuenta los intereses franceses en aquel asunto; quizás, incluso, se le dieron instrucciones secretas para sabotear la guerra y su actitud el día del hundimiento de las murallas se explicaría, entonces, porque evitaba una solución radical. Fuese como fuese, pagó con su vida aquel doble juego. Así es como perecen todos los enemigos de la patria.
Esta aventura ejemplifica de una forma muy interesante las relaciones de los condotieros con las ciudades que les pagaban. Sin embargo, resulta sorprendente que los enviados pudiesen detener al capitán general del ejército en medio de su campo, entre sus propios regimientos, sin despertar sus protestas ni provocar una sedición.
Para comprenderlo hay que tener en cuenta las relaciones de los soldados de fortuna con sus capitanes. El regimiento de un condotiero como Vitelli lo conformaban elementos heterogéneos que pertenecían a distintas nacionalidades; así, la reputación de cada pueblo se debía a una virtud militar particular: los suizos eran famosos por su resistencia y disciplina, los españoles por su intrepidez, los bretones por su tenacidad y los alemanes por su habilidad como artilleros. Había también italianos, de todas las clases y categorías. No existía ningún vínculo moral entre el jefe y sus tropas, como tampoco entre el condotiero y el Estado al que servía; entre unos y otros sólo había relaciones puramente mercantiles, todo se reducía a una cuestión de dinero; el condotiero combatía por la ciudad que le pagaba mejor y el soldado, junto al condotiero que le ofrecía la mejor soldada.
Sin duda alguna también contaba el orgullo de pertenecer a un ejército célebre, de llevar los colores de Alviano, Colleone, Gattamelata, Piccinino, Colonna, Oliverotto da Fermo o Vitelli, pero en el momento en que, por ejemplo, el jefe caía en manos de un enemigo que iba a darle muerte, como en el caso anterior, el soldado consideraba absurdo defender a un hombre derrotado. Es probable que sí lo hubiera hecho en medio de una batalla, en el fuego de la acción, pero en este caso se desentendía. Es cierto, de todos modos, que el arresto de Vitelli se hizo con toda la discreción del mundo y es probable que su ejército se enterara al mismo tiempo de su arresto y de su ejecución. En tal caso, ¿para qué protestar? En definitiva, había en el campo otras tropas, las de Rinuccio y las de Appiano, que habrían presentado batalla a los hombres de Vitelli. ¿Enfrascarse en una pelea por un capitán al que ya habían cortado la cabeza? Era algo demasiado frecuente como para sentir inquietud. Por lo tanto, los soldados de Paolo Vitelli se desvincularon de él y fueron a ofrecer sus servicios a otros condotieros, que los consideraban hombres bien entrenados y adiestrados por buenos técnicos y los reclutaron sin dificultad.
El asunto de Pisa había costado caro a Florencia. La desgracia la persiguió incluso después de que se hubiera levantado el sitio. Las barcas en las que se habían colocado las piezas de artillería, demasiado cargadas al parecer, se hundieron en medio del Arno y en aquella época una bombarda o incluso un falcón eran un tesoro inestimable. Pero no fue aquél un tesoro perdido para todo el mundo: ironía del destino, fueron los pisanos los que sacaron del agua los cañones y los instalaron con gran regocijo en sus bastiones.
Pisa se había salvado; había reedificado tranquilamente sus muros, levantado la torre Stampace y fortificado sus baterías con los restos de la artillería florentina. Ante sí, no veía más que fortines donde la Señoría mantenía una pobre guarnición, en principio para vigilar los movimientos de los pisanos, pero de hecho para no confesar la humillación de renunciar por completo a la guerra. Aquella aventura desastrosa se saldaba con un gran déficit. Las arcas del Tesoro público estaban vacías, la popularidad de la Señoría muy mermada y el descontento del pueblo era enorme.
Maquiavelo había salido del paso con honor e, incluso, con beneficio. Era él
quien había dirigido las maniobras políticas y judiciales y, desde el punto de vista militar, había enviado informes tan inteligentes y penetrantes, había juzgado tan bien la situación que en adelante podía confiarse en él, incluso para criticar la conducción de una guerra. En tanto que diplomático, había actuado con una habilidad extrema, había cercado a los Vitelli sin que se dieran cuenta y conducido toda la investigación en un absoluto secreto, ese secreto que tan difícil era conseguir en los gobiernos democráticos.
Marcello Virgilio estaba orgulloso de su alumno y los señores, satisfechos.
«Este Maquiavelo —aseguraban— será un excelente embajador».
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