Médico, El

Noah Gordon · Capítulo 4 de 7 · parte 1/3

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Médico, El

Ispahán

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

TERCERA PARTE

ISPAHÁN

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34

LA ÚLTIMA ETAPA

Pese a las apariencias, todavía se sentía Rob J. Cole cuando ese mediodía fue al caravasar. Estaba en proceso de organización una gran caravana a Jerusalén, y el inmenso espacio abierto era un confuso torbellino de conductores con camellos y asnos cargados, hombres que intentaban poner sus carros en fila, jinetes peligrosamente apiñados, mientras las bestias dejaban oír sus protestas y los apresurados viajeros vociferaban contra los animales y se insultaban unos a otros. Una partida de caballeros normandos se había apropiado del único lugar sombreado, en el lado norte de los almacenes, donde ganduleaban echados en el suelo y lanzaban sus insultos de borrachos a todo el que pasaba. Rob J. no sabía si eran los mismos que habían asesinado a Señora Buffington, pero podían serlo y los evitó con repugnancia.

Se sentó en un fardo de alfombras de oración y observó al jefe de caravanas. El kervanbashi era un robusto judío turco que usaba un turbante negro sobre un pelo entrecano que aún revelaba huellas de su anterior color rojo. Simon le había dicho que ese hombre, de nombre Zevi, podía ser inestimable para ayudarlo a ultimar un viaje seguro. Por cierto, todos se acobardaban ante el.

—¡Maldito seas! —rugió Zevi a un desafortunado conductor—. ¡Fuera de este lugar, torpe! Saca de aquí a tus animales. ¿Acaso no has de seguir a los tratantes de ganado del mar Negro? ¿No te lo he dicho dos veces? ¿Ni siquiera recuerdas cuál es tu lugar en la línea de marcha, desgraciado?

A Rob le parecía que Zevi estaba en todas partes, dirimiendo disputas entre mercaderes y transportistas, conferenciando con el amo de la caravana acerca de la ruta, verificando conocimientos de embarque.

Mientras Rob lo observaba todo, un persa se le acercó de puntillas: un hombre menudo, flaco y con las mejillas hundidas. A juzgar por su barba, de la que todavía colgaban restos de comida, era evidente que aquella mañana se había desayunado con gachas de mijo. Usaba un sucio turbante anaranjado excesivamente pequeño para su cabeza.

—¿Adónde te diriges, hebreo?

—Espero salir pronto hacia Ispahán.

—¡Ah, Persia! ¿Quieres un guía, effendi? Porque debes saber que yo nací en Qum, a una cacería de ciervos de distancia de Ispahán, y conozco todas las piedras y los arbustos a lo largo del camino.

Rob vaciló.

—Todos los demás te llevaran por la ruta larga y difícil, bordeando la costa. Luego te harán cruzar las montañas persas. Lo hacen para evitar el camino más corto, a través del Gran Desierto de Sal, porque lo temen. Pero yo puedo hacerte cruzar directamente el desierto hasta el agua, eludiendo a los ladrones.

Rob se sintió tentado a aceptar y partir de inmediato, recordando los buenos servicios prestados por Charbonneau. Pero había algo furtivo en ese hombre, y finalmente meneó la cabeza. El persa se encogió de hombros.

—Si cambias de idea, amo, recuerda que soy una ganga como guía; muy barato.

Poco después, uno de los linajudos peregrinos franceses pasó junto al fardo en el que Rob estaba sentado, tropezó y cayó contra él.

—¡Mierda! —dijo y escupió —. ¡Judío de mierda!

A Rob se le subieron los colores a la cara y se levantó. Vio que el normando llevaba la mano a su espada. Imprevistamente, Zevi cayó sobre ellos.

—¡Mil perdones, señor mío, mil perdones! Yo me ocupare de éste —dijo y empujó al atónito Rob.

Una vez lejos, Rob oyó el matraqueo de palabras que salían de labios de Zevi y meneó la cabeza.

—No hablo bien la Lengua. Y tampoco necesitaba tu ayuda con el francés

—dijo, eligiendo cuidadosamente las palabras en parsi.

—¿De veras? Ya estarías muerto, joven buey.

—Era asunto mío.

—¡No, nada de eso! En un lugar plagado de musulmanes y cristianos borrachos, matar a un solo judío sería como comer un solo dátil. Habrían matado a muchos de nosotros y, por lo tanto, era asunto mío. —Zevi lo miró echando chispas por los ojos—. ¿Qué clase de Yahud es el que habla persa como un camello, no entiende su propia Lengua y busca pendencia? ¿Cómo te llamas y de dónde eres?

—Soy Jesse, hijo de Benjamin. Un judío de Leeds.

—¿Dónde cuernos está Leeds?

—Inglaterra.

—¡Un Inghiliz! —dijo Zevi—. Nunca había visto a un judío Inghiliz.

—Éramos pocos y estábamos dispersos. Allá no hay comunidad. Ni rabbenu, ni shohet, ni mashgiah. Ni casa de estudios ni sinagoga, de modo que rara vez oímos la Lengua. Por eso sé tan poco.

—Es una desgracia criar a los hijos en un lugar en el que no sienten a su propio Dios ni oyen su propio idioma. —Zevi suspiró—. Con frecuencia es difícil ser judío.

Cuando Rob le preguntó si conocía una caravana numerosa y protegida con destino a Ispahán, negó con la cabeza.

—Me abordó un guía —dijo Rob.

—¿Un cagajón persa con turbante pequeño y barba repulsiva? —Zevi bufó—. Ése te llevaría directamente a las manos de los malhechores.

Quedarías tendido en el desierto con el pescuezo abierto y tus pertenencias robadas. No; será mejor que salgas en una caravana de los nuestros. —

Reflexionó un buen rato—. Reb Lonzano —dijo finalmente.

—¿Reb Lonzano?

Zevi asintió.

—Sí, posiblemente Reb Lonzano sea la respuesta. —No muy lejos se produjo un altercado entre boyeros y alguien gritó su nombre. Zevi hizo una mueca—. ¡Esos hijos de camellos, esos chacales inmundos! Ahora no tengo tiempo; pero vuelve después de que haya salido esta caravana. Ve a mi oficina por la tarde, en la cabaña de atrás del hospital principal. Entonces decidiremos todo.

Volvió horas más tarde y encontró a Zevi en la cabaña que le servía de refugió en el caravasar. Con él había tres judíos.

—Éste es Lonzano ben Ezra —dijo a Rob.

Reb Lonzano, un hombre de edad mediana y el mayor de los tres, era evidentemente el jefe de la partida. Tenía pelo y barba castaños que aún no habían encanecido, pero cualquier indicio de juventud en él quedaba descartado por su cara arrugada y sus ojos de mirada grave.

Loeb ben Kohen y Aryeh Askari eran unos diez años más jóvenes que Lonzano. Loeb era alto y desgarbado; Aryeh, más corpulento y de hombros cuadrados. Ambos tenían el cutis oscuro y curtido de los mercaderes viajeros, pero mantuvieron una actitud neutra, aguardando el veredicto de Lonzano.

—Son negociantes que vuelven a su hogar de Masqat, al otro lado del golfo Pérsico —dijo Zevi, y volviéndose hacia Lonzano prosiguió en tono severo—: A este lamentable ser lo han educado como un goy ignorante, en una remota tierra cristiana, y necesita que le demuestren que los judíos saben ser amables con los judíos.

—¿Qué negocios tienes en Ispahán, Jesse ben Benjamin? —preguntó Reb Lonzano.

—Voy a estudiar para hacerme médico.

Lonzano movió la cabeza afirmativamente.

—La madraza de Ispahán. Reb Mirdin Askari, primo de Reb Aryeh, estudia medicina allí.

Rob se inclinó ansioso y lo habría bombardeado a preguntas, pero Reb Lonzano no estaba dispuesto a dejarse desviar del tema principal.

—¿Eres solvente y estas en condiciones de pagar una parte justa de los gastos del viaje?

—Sí.

—¿Estás dispuesto a compartir los trabajos y las responsabilidades en el camino?

—Más que dispuesto. ¿En qué comercias, Reb Lonzano?

Lonzano frunció el entrecejo. Evidentemente, consideraba que la entrevista debía ser dirigida por él y no al contrario.

—Perlas —respondió a regañadientes.

—¿Hasta qué punto es nutrida la caravana en que viajas?

Lonzano permitió que un íntimo asomo de sonrisa le torciera la comisura de los labios.

—Nosotros mismos formamos la caravana.

Rob estaba confundido y se dirigió a Zevi.

—¿Cómo pueden tres hombres ofrecerme protección de los bandidos y de otros peligros?

—Óyeme bien —dijo Zevi—. Estos tres son judíos ambulantes. Saben cuándo deben aventurarse y cuándo no. Cuándo deben esconderse. Dónde buscar protección o ayuda en cualquier lugar a lo largo del camino. —Se volvió hacia Lonzano—. ¿Qué dices tú, amigo? ¿Lo llevarás o no?

Reb Lonzano miró a sus dos compañeros. Ellos guardaban silencio, y sus impenetrables expresiones no cambiaron, pero debieron de transmitirle algo porque cuando volvió a mirar a Rob, Lonzano asintió.

—De acuerdo; te damos la bienvenida. Zarparemos al amanecer desde el muelle del Bósforo.

—Allí estaré con mi caballo y mi carro.

Aryeh refunfuñó y Loeb suspiró.

—Ni caballo ni carro —sentenció Lonzano—. Navegaremos por el Mar Negro en embarcaciones pequeñas, con el fin de ahorrarnos un viaje largo y peligroso por tierra.

Zevi apoyó su manaza en la rodilla de Rob.

—Si están dispuestos a llevarte, es una oportunidad excelente. Vende el caballo y el carro.

Rob tomó una decisión inmediata y asintió.

—Mazel! —dijo Zevi con serena satisfacción, y escanció vino tinto para formalizar el trato.

Desde el caravasar fue directamente al establo. Ghiz resolló al verlo.

—¿Eres Yahud?

—Soy Yahud.

Ghiz asintió temeroso, convencido de que aquel mago era un djinn que podía alterar su identidad a voluntad.

—He cambiado de idea: te venderé el carro.

El persa le hizo una oferta miserable, apenas una fracción del valor del carromato.

—No; me pagarás un precio justo.

—Puedes quedarte con tu endeble carro. Pero si quieres venderme la yegua...

—La yegua te la regalo.

Ghiz entrecerró los ojos, tratando de ver por dónde venía el peligro.

—Tienes que pagarme un precio justo por el carro, pero te regalo la yegua.

Se acercó a Caballo y le frotó el hocico por última vez, agradeciéndole en silencio los fieles servicios prestados.

—Hay algo que siempre debes tener en cuenta. Este animal trabaja con buena voluntad, pero debe estar bien y regularmente alimentado, y siempre limpio para que no le salgan llagas. Si cuando vuelvo está sano, nada te ocurrirá. Pero si lo has maltratado...

Sostuvo la mirada de Ghiz, que palideció y desvió la vista.

—La trataré bien, hebreo. ¡La tratare muy bien!

El carromato había sido su único hogar durante muchos años. Además, fue como decirle adiós al último recuerdo de Barber.

Tuvo que dejar también la mayor parte de su contenido, lo que resultó una ganga para Ghiz. Rob cogió su instrumental quirúrgico y un surtido de hierbas medicinales; la cajita de pino para los saltamontes, con la tapa perforada; sus armas y unas pocas cosas más.

Pensó que había sido moderado, pero a la mañana siguiente, mientras acarreaba un gran saco de paño a través de las calles todavía oscuras, se sintió menos seguro. Llegó al muelle del Bósforo cuando la luz viraba al

gris, y Reb Lonzano observo agriamente el bulto que le obligaba a encorvar la espalda.

Cruzaron el estrecho del Bósforo en un teimil, un esquife largo y bajo que era poco más que un tronco de árboles ahuecado, embreado y equipado con un solo par de remos que accionaba un joven somnoliento. Desembarcaron en la otra orilla, en Uskudar, una población de chozas agrupadas junto al muelle, cuyos amarraderos estaban atestados de embarcaciones de todo tipo y tamaño. Rob se enteró, con gran consternación, que les esperaba una hora de caminata hasta la pequeña bahía donde anclaba la barca que los llevaría a través del Bósforo y luego costearía el mar Negro. Cargó sobre los hombros el pesado bulto y siguió a los otros tres.

De inmediato, se encontró andando al lado de Lonzano.

—Zevi me contó lo que ocurrió entre tú y el normando en el caravasar.

No debes dar rienda suelta a tu temperamento si no quieres ponernos en peligro a todos.

—Sí, Reb Lonzano.

Exhaló un profundo suspiro cuando desplazó al otro lado el peso del saco.

—¿Ocurre algo, Inghiliz?

Rob meneó la cabeza. Sosteniendo el bulto sobre el hombro dolorido, y mientras un sudor salado le corría por los ojos, pensó en Zevi y sonrió.

—Ser judío es muy difícil —comentó.

Por último, llegaron a una ensenada desierta y Rob vio, meciéndose en el oleaje, un carguero ancho y achaparrado, con un mástil y tres velas, una grande y dos pequeñas.

—¿Qué clase de embarcación es esa? —preguntó a Reb Aryeh.

—Una chalana. Una buena embarcación.

—¡Vamos! —gritó el capitán.

Era Ilias, un griego rubio y feúcho, con la tez bronceada por el sol y una cara en la que una sonrisa con pocos dientes exhibía su blancura. Rob pensó que era un comerciante insensato, pues a bordo aguardaban nueve esperpentos con la cabeza afeitada, sin cejas ni pestañas.

Lonzano gruñó.

—Derviches, monjes errantes musulmanes.

Sus capuchas eran harapos mugrientos. Del cordón atado alrededor de la cintura de cada uno, colgaban un jarro y una honda. Todos tenían en el centro de la frente una marca redonda y oscura semejante a un callo costroso; más adelante, Reb Lonzano le contó a Rob que esa marca era el zabiba, corriente entre los musulmanes devotos que apretaban la cabeza contra el suelo durante la oración, cinco veces por día.

Uno de ellos, probablemente el jefe, se llevó las manos al pecho y se inclinó ante los judíos.

—Salaam.

Lonzano devolvió el saludo con la correspondiente inclinación.

—Salaam aleikhem.

—¡Vamos! ¡Vamos! —gritó el griego.

Vadearon hacia la acogedora frescura de la rompiente, donde la tripulación, compuesta por dos jóvenes con taparrabos, esperaba para ayudarlos a subir la escala de cuerda de la chalana, de escaso calado. No había cubierta ni estructura; sólo un espacio abierto ocupado por el cargamento de madera, resina y sal. Como Ilias insistió en que dejaran un pasillo central para que la tripulación pudiera manipular las velas, quedaba muy poco espacio para los pasajeros, y después de estibar sus bultos, judíos y musulmanes se vieron apretujados como arenques en salmuera.

Mientras levaban las dos anclas, los derviches comenzaron a aullar. Su jefe, que se llamaba Dedeh, tenía la cara envejecida y, además del zabiba, lucía tres marcas oscuras en la frente que semejaban quemaduras. Echó hacia atrás la cabeza y gritó a los cielos:

—Allah Ek-beeer.

El sonido alargado pareció quedar suspendido sobre el mar.

—La ilah illallah —coreo su congregación de discípulos.

—Allah Ek-beeer.

La chalana derivó a la altura de la costa, encontró el viento con mucha ondulación de sus velas, y avanzó en derechura al este.

Rob estaba atascado entre Reb Lonzano y un derviche joven, muy flaco, con una sola quemadura en la frente. Poco después, el joven musulmán le sonrió y, hundiendo la mano en su bolsa, sacó cuatro trozos de pan seco, que distribuyo entre los judíos.

—Dale las gracias en mi nombre —dijo Rob—; yo no quiero.

—Tenemos que comerlo —objetó Lonzano—. De lo contrario, los ofenderemos gravemente.

—Está hecho con harina noble —aclaró tranquilamente el derviche, en persa—. Es un pan inmejorable.

Lonzano miró airado a Rob, sin duda enfadado porque no hablaba la Lengua. El joven derviche los observó comer pan, que sabía a sudor solidificado.

—Yo soy Melek abu Ishak —se presentó el derviche.

—Yo soy Jesse ben Benjamin.

El derviche asintió y cerró los ojos. En breve estaba roncando, lo que Rob consideró una muestra de sensatez, porque viajar en chalana era sumamente aburrido. Ni la vista del mar ni el paisaje terrestre cercano parecían cambiar.

No obstante, tenía cosas en que pensar. Cuando preguntó a Ilias por qué no se despegaban de la línea de la costa, el griego sonrió.

—No pueden venir a cogernos en aguas poco profundas —explicó.

Rob siguió con la vista el dedo índice de Ilias y vio, a lo lejos, unas nubes de orillas blancas que, en realidad, eran las grandes velas de un barco.

—Piratas —dijo el griego—. Quizá albergan la esperanza de que el viento nos arrastre a alta mar, y en este caso nos matarían y se llevarían mi cargamento y vuestro dinero.

A medida que el sol se elevaba, un hedor a cuerpos que no se lavaban desde hacía tiempo comenzó a dominar la atmósfera en torno a la embarcación. Por lo general, lo disipaba la brisa marina, pero cuando no era así, resultaba muy desagradable. Rob decidió que emanaba de los derviches, y trató de apartarse de Melek abu Ishak, pero no había lugar. Sin embargo,

viajar con musulmanes tenía sus ventajas, porque cinco veces diarias Ilias atracaba para permitir que se postraran en dirección a la Meca. Estos intervalos representaban otras tantas oportunidades para que los judíos comieran deprisa en tierra o se ocultaran detrás de los arbustos y las dunas a fin de aliviar intestinos y vejigas.

Hacía tiempo que su piel inglesa se había bronceado en los caminos, pero ahora sentía que el sol y la sal la transformaban en cuero. Al caer la noche fue una bendición la ausencia de sol, pero pronto el sueño desvió de su posición perpendicular a los que iban sentados, y se vio atrapado entre los pesos muertos de un Melek ruidoso y adormecido, a la derecha, y un Lonzano inconsciente a la izquierda. Cuando no soportó más, apeló a los codos y recibió fervientes imprecaciones de ambos lados.

Los judíos oraban en la embarcación. Todas las mañanas Rob se ponía su tefillin cuando lo hacían los otros, y enroscaba la tira de cuero alrededor de su brazo izquierdo tal como había practicado con la cuerda en el establo de Tryavna. Envolvía la cuerda alrededor de un dedo sí y otro no, inclinaba la cabeza sobre su regazo y albergaba la esperanza de que nadie notara que no sabía lo que estaba haciendo.

Entre desembarco y desembarco, Dedeh dirigía las oraciones a bordo:

—¡Dios es grande! ¡Dios es grande! ¡Dios es grande! ¡Dios es grande!

—¡Confieso que no hay otro Dios sino Dios! ¡Confieso que no hay otro Dios sino Dios!

—¡Confieso que Mahoma es el Profeta de Dios! ¡Confieso que Mahoma es el Profeta de Dios!

Eran derviches de la orden de Selman, el barbero del Profeta, juramentados para observar de por vida pobreza y piedad, según informó Melek a Rob. Los harapos que usaban significaban la renuncia a los lujos de este mundo. Lavarlos significaría abjurar de su fe, lo que explicaba el hedor. Llevar todo el vello del cuerpo afeitado simbolizaba que se quitaban el velo existente entre Dios y sus siervos. Los jarros que llevaban colgados de la cintura eran señal del profundo pozo de meditación, y las hondas estaban destinadas a ahuyentar al diablo. Las quemaduras en la frente eran

de utilidad en la penitencia, y ofrecían trozos de pan a los desconocidos porque Gabriel había llevado pan a Adán en el Paraíso.

Estaban haciendo un ziaret, un peregrinaje a los sagrados sepulcros de La Meca.

—¿Por qué vosotros os atáis cuero alrededor de los brazos por la mañana?

—le preguntó Melek.

—Por mandamiento del Señor —dijo y le contó a Melek cómo había sido dada la orden en el Libro del Deuteronomio.

—¿Por qué os cubrís los hombros con chales cuando rezáis, aunque no siempre?

Rob conocía muy pocas respuestas; sólo había adquirido conocimientos superficiales durante su observación de los judíos de Tryavna. Luchó por ocultar la angustia de que lo interrogaran.

—Porque el Inefable, Bendito sea, nos ha instruido que así debemos hacerlo —respondió con tono grave. Melek asintió y sonrió.

Cuando Rob se volvió, notó que Reb Lonzano lo estudiaba con sus ojos de párpados pesados.

35

LA SAL

Los dos primeros días, el tiempo se mantuvo tranquilo y agradable, pero al tercero el viento refrescó y levantó mar gruesa. Ilias mantuvo diestramente la chalana entre los peligros de la nave pirata y el embate de la rompiente. Al atardecer, unas figuras lisas y oscuras asomaron entre las aguas de color sangre, curvando y zambullendo su cuerpo alrededor y por debajo de la embarcación. Rob se estremeció y conoció el auténtico miedo, pero Ilias rió y le dijo que eran marsopas, unos seres inofensivos y juguetones.

Al amanecer, la marejada subía y caía en escarpadas vertientes, y el mareo volvió a Rob como un viejo amigo. Su vomitera resultó contagiosa incluso para los endurecidos marineros, y poco después la embarcación era un tumulto de hombres mareados y jadeantes que oraban a Dios en una variedad de idiomas, rogándole que pusiera fin a su desdicha.

En el peor momento, Rob suplicó que lo abandonaran en tierra, pero Reb Lonzano meneó la cabeza.

—Ilias ya no se detendrá para permitir que los musulmanes recen en tierra, porque aquí hay tribus turcomanas —dijo—. Al extranjero que no matan lo convierten en esclavo, y en cada una de sus tiendas hay uno o dos desgraciados maltratados y encadenados a perpetuidad.

Lonzano contó la historia de su primo, que con dos hijos robustos había intentado llevar una caravana de trigo a Persia.

—Los cogieron. Fueron atados y enterrados hasta el cuello en su propio trigo y los dejaron morir de hambre, que no es una buena muerte.

Finalmente, los turcomanos vendieron los cadáveres descompuestos a nuestra familia, para que les diéramos sepultura según el rito judío.

Así pues, Rob se quedó en la embarcación y, de este modo, como una serie de años nefastos, pasaron cuatro días interminables.

Siete días después de haber dejado Constantinopla, Ilias maniobró la chalana hasta un diminuto puerto a cuyo alrededor había unas cuarenta casas apiñadas, algunas de ellas con estructuras de madera desvencijada, pero en su mayoría de adobe. Era un puerto de aspecto inhóspito, pero no para Rob, que siempre recordaría con gratitud la ciudad de Rize.

—¡Imshallah! ¡Imshallah! —exclamaron los derviches cuando la barca tocó el muelle.

Reb Lonzano recitó una bendición. Con el cutis oscurecido, el cuerpo más delgado y el vientre cóncavo, Rob saltó de la embarcación y caminó con gran cuidado por la tierra ondulada, alejándose del odiado mar.

Dedeh se inclinó ante Lozano, Melek parpadeó ante Rob y sonrió, y los derviches siguieron su camino.

—Vamos —dijo Lonzano.

Los judíos echaron a andar con paso pesado, como si supieran adonde iban. Rize era un lugar lamentable. Unos perros amarillos salieron corriendo y les ladraron. Se cruzaron con unos niños que reían tontamente y tenían los ojos ulcerados; una mujer desaseada que cocinaba algo en un

fuego al aire libre; dos hombres dormían a la sombra, tan próximos como amantes. Un viejo escupió al verlos pasar.

—Su principal negocio consiste en la venta de ganado a la gente que llega por mar y sigue el viaje a través de las montañas —explicó Lonzano—.

Loeb tiene un conocimiento perfecto de las bestias y comprará para todos.

Rob dio dinero a Loeb. Poco después, llegaron a una pequeña choza, junto a un gran redil en el que había burros y mulas. El tratante era un hombre de ojos desviados hacia los lados. Le faltaban el tercero y cuarto dedos de la mano izquierda, y si bien el que se los cortó había hecho una chapuza grotesca, sus muñones fueron útiles como ganchos de tracción cuando separó los animales para que Loeb los inspeccionara.

Loeb no regateó ni mostró remilgos. A menudo miraba un instante y de soslayo un animal. A veces se detenía para examinar ojos, dentaduras, cruces y corvejones. Propuso comprar una sola de las mulas, y el vendedor protestó ante su oferta.

—¡No es suficiente! —exclamo indignado, pero cuando Loeb se encogió de hombros y comenzó a alejarse, el hombre lo detuvo y aceptó su dinero.

Compraron tres animales a otro comerciante. El tercero al que visitaron echó una larga mirada a las bestias que conducían y asintió lentamente.

Separó animales de su redil para ellos.

—Cada uno conoce el ganado de los demás y éste ha visto que Loeb sólo acepta lo mejor —dijo Aryeh.

Poco después, cada uno de los cuatro miembros de la partida judía tenía un burrito resistente para montar, y una mula fuerte como animal de carga.

Lonzano dijo que si todo iba bien sólo faltaba un mes de viaje hasta Ispahán, y Rob cobró nuevas fuerzas. Tardaron un día en atravesar la llanura costera y tres en cruzar unas estribaciones montañosas. Después escalaron macizos más elevados. A Rob le gustaban las montañas, pero aquellas culminaban en picos áridos y rocosos, escasamente poblados de vegetación.

—Se debe a que la mayor parte del año no hay agua —explicó Lonzano

—. En primavera se producen graves inundaciones, y el resto del tiempo

hay sequía. Si vemos un lago, probablemente será de agua salada, pero nosotros sabemos dónde encontrar la potable.

Por la mañana rezaron. Después, Aryeh escupió y miró desdeñosamente a Rob.

—No sabes una mierda. Eres un estúpido goy.

—Tú eres el estúpido y te expresas como un cerdo —regañó Lonzano a Aryeh.

—¡Ni siquiera sabe ponerse el tefillin! —dijo Aryeh con tono malhumorado.

—Se ha criado entre extranjeros, y si no sabe, ésta es nuestra oportunidad de enseñarle. Yo, Reb Lonzano ben Ezra ah-Levi de Masqat, le transmitiré algunas costumbres de su pueblo.

Lonzano enseñó a Rob a ponerse correctamente las filacterias. El cuero se arrollaba tres veces alrededor del brazo, formando la letra hebrea shin, y luego se envolvía siete veces por el antebrazo, descendía a través de la palma y alrededor de los dedos, de manera que dibujaba otras dos letras, dalet y yud, componiendo así la palabra shaddai, uno de los siete Nombres Impronunciables.

Simultáneamente se decían oraciones, entre ellas un pasaje de Oseas, 2 : 21-22: Y te desposaré conmigo para siempre... en juicio y justicia, y misericordia, y miseraciones. Y te desposaré conmigo en fe, y conocerás al Señor.

Al repetirlas, Rob se echó a temblar, pues había prometido a Jesús que a pesar de mostrar la apariencia exterior de un judío, le seguiría siendo fiel.

Entonces recordó que Cristo había sido judío y que, sin duda, a lo largo de su vida se había puesto miles de veces las filacterias mientras decía esas mismas oraciones. Así se aliviaron su corazón y su miedo, y repitió las palabras que decía Lonzano mientras las tiras que rodeaban su brazo le enrojecieron la mano de una manera sumamente interesante, pues eso indicaba que la sangre había quedado bloqueada en los dedos por las ceñidas ataduras, y se encontró preguntándose de dónde venía la sangre, y adónde iría desde la mano cuando se quitara la tira de cuero.

—Algo más —dijo Lonzano mientras desenrollaban las filacterias—. No debes descuidar la búsqueda de la guía divina porque no sepas la Lengua.

Está escrito que si una persona no puede decir una súplica prescrita, debe al menos pensar en el Todopoderoso. Eso también es rezar.

No eran unas figuras garbosas, pues si un hombre no es bajo, existe cierta desproporción cuando monta un asno. Los pies de Rob apenas se separaban del suelo, pero el burro soportaba fácilmente su peso durante largas distancias, y era una bestia ágil, perfectamente idónea para subir y bajar montañas.

A Rob no le gustaba el ritmo de Lonzano, que llevaba una fusta de espinos con la que constantemente golpeaba los flancos de su burro.

—¿Para qué ir tan rápido? —refunfuñó finalmente, pero Lonzano no se molestó en volverse.

Fue Loeb quien respondió:

—En los alrededores vive una gentuza capaz de matar a cualquier viajero, y detesta especialmente a los judíos.

Conocían de memoria la ruta. Rob no sabía nada del camino, y si les ocurría algún percance a los otros tres, era dudoso que el sobreviviera en aquel entorno desolado y hostil. La senda subía y bajaba precipitadamente, serpenteando entre los oscuros y amenazadores picos del este de Turquía.

Entrada la tarde del quinto día, llegaron a un pequeño cauce que jugueteaba caprichosamente entre márgenes contorneadas de rocas.

—El río Coruh —informó Aryeh.

Casi no había agua en la bota de Rob, pero Aryeh movió la cabeza negativamente cuando lo vio dirigirse al río.

—Es agua salada —advirtió en tono cáustico, como si Rob tuviera la obligación de saberlo.

Siguieron cabalgando. Al doblar un recodo, al atardecer, vieron a un zagal que apacentaba cabras. El pastorcillo dio un salto y se alejó en cuanto los vio.

—¿No deberíamos perseguirlo? —preguntó Rob—. Tal vez haya salido corriendo para informar a los bandidos de que estamos aquí.

Lonzano lo miró y sonrió. Rob notó que la tensión había desaparecido de su rostro.

—Era un niño judío. Estamos llegando a Bayburt.

La aldea tenía menos de cien habitantes, y aproximadamente la tercera parte eran judíos. Vivían protegidos por un muro alto y difícilmente expugnable, construido en la ladera de la montaña. Cuando llegaron a la puerta, la hallaron abierta. En cuanto la hubieron traspuesto, se cerró a cal y canto a sus espaldas, y al desmontar encontraron seguridad y hospitalidad en el barrio judío.

—Shalom —saludó el rabbenu de Bayburt, sin sorpresa.

Era un hombre menudo, que habría formado un conjunto perfectamente armonioso a horcajadas de un burro. Su barba era espesa y tenía una expresión melancólica alrededor de la boca.

—Shalom aleikhum —dijo Lonzano.

En Tryavna habían hablado a Rob del sistema judío de viajes, pero ahora lo vio con ojos de participante. Unos chicos se llevaron los animales para atenderlos, otros recogieron sus botas para lavarlas y llenarlas de agua dulce del pozo del lugar. Las mujeres les dieron trapos húmedos para que pudieran lavarse, y luego les sirvieron pan fresco, sopa y vino antes de que fueran a la sinagoga, a reunirse con los hombres del pueblo para el ma'ariv.

Después de las oraciones se sentaron con el rabbenu y algunas autoridades.

—Conozco tu cara, ¿no? —preguntó el rabbenu a Lonzano.

—He disfrutado anteriormente de vuestra hospitalidad. Estuve aquí hace seis años con mi hermano Abraham y nuestro padre, bendita sea su memoria, Jeremiah ben Label. Nuestro padre nos dejó hace cuatro años por voluntad del Altísimo, cuando un pequeño rasguño en el brazo se gangrenó y lo envenenó.

El rabbenu asintió y suspiró.

—Que en paz descanse.

Intervino entusiasmado un judío canoso que se rascaba el mentón.

—¿No me recuerdas? Soy Yosel ben Samuel de Bayburt. Estuve con tu familia en Masqat, hace diez años esta primavera. Llevaba piritas de cobre

en una caravana de cuarenta y tres camellos y tu tío... ¿Issachar?, tu tío Issachar le ayudó a venderle las piritas a un fundidor y a obtener un cargamento de esponjas marinas con buenos beneficios para mí.

Lonzano sonrió.

—Mi tío Jehiel. Jehiel ben Issachar.

—¡Eso es, Jehiel! ¿Goza de buena salud?

—Estaba sano cuando salí de Masqat.

—Bien —dijo el rabbenu—. El camino a Erzurum está controlado por una calamidad de bandidos turcos, que la plaga se los lleve y toda forma de catástrofe siga sus pasos. Asesinan, cobran rescates, hacen lo que les da la gana. Tendréis que eludirlos por una pequeña senda que atraviesa las más altas montañas. No os perderéis porque uno de nuestros jóvenes os guiará.

Así, al día siguiente muy temprano, los animales se desviaron del camino transitado poco después de dejar Bayburt, y siguieron un sendero pedregoso que en algunos lugares era muy angosto, con pendientes cortadas a pico en la ladera de la montaña. El guía los acompañó hasta que regresaron sanos y salvos al camino principal.

La noche siguiente estaban en Karakose, donde sólo había una docena de familias judías, prósperos mercaderes que gozaban de la protección de Ali ul Hamid, un poderoso jefe militar. El castillo de Hamid estaba construido en forma de heptágono, en una elevada montaña que dominaba la aldea.

Tenía la apariencia de un galeón de guerra desarbolado y desmantelado.

Subían agua desde la aldea hasta la fortaleza en asnos, y las cisternas siempre estaban llenas en previsión de un asedio. A cambio de la protección de Hamid, los judíos de Karakose tenían el compromiso de mantener llenos de mijo y arroz los almacenes del castillo. Rob y los tres judíos ni siquiera vislumbraron a Hamid, pero abandonaron Karakose de buena gana, pues no deseaban estar un minuto en un sitio donde la seguridad dependía del capricho de un solo hombre poderoso.

Estaban atravesando un territorio muy escabroso y lleno de peligros pero la red viajera funcionaba. Todas las noches renovaban la provisión de agua potable, recibían buena comida y techo, y consejo sobre lo que les esperaba

más adelante. Las arrugas de preocupación casi habían desaparecido de la cara de Lonzano.

Un viernes por la tarde llegaron a la minúscula aldea montañosa de Igdir y se quedaron un día de más en las casitas de piedra de los judíos, con el propósito de no viajar en sábado. Igdir era un pueblo frutícola y se saciaron, agradecidos, con cerezas negras y membrillo en conserva. Hasta Aryeh estaba relajado, y Loeb se mostró amable con Rob, al que enseñó un idioma secreto por señas, con el que los judíos mercaderes de Oriente hacían sus negociaciones sin hablar.

—Se comunican con las manos —explicó Loeb—. El dedo recto significa diez; el dedo doblado, cinco. El dedo apretado dejando sólo la punta a vista es uno; toda la mano representa cien, y el puño significa mil.

La mañana que abandonaron Igdir, él y Loeb cabalgaron juntos, regateando en silencio con las manos, cerrando tratos de embarques inexistentes, comprando y vendiendo especias y oro y reinos para pasar el tiempo. La senda era rocosa y difícil.

—No estamos lejos del monte Ararat —dijo Aryeh.

Rob reflexionó acerca de las elevadas y poco airosas cumbres y el terreno marchito.

—¿Por qué se le ocurriría a Noé abandonar el arca? —preguntó Rob, y Aryeh se encogió de hombros.

En Nazik, la siguiente población, se demoraron. La comunidad estaba construida a lo largo de un gran desfiladero rocoso, donde vivían ochenta y cuatro judíos y treinta veces más anatolios.

—Se celebrará una boda turca en esta aldea —les informó el rabbenu, un anciano delgado, de hombros caídos y ojos penetrantes—. Ya han comenzado las reuniones y su excitación es malsana y despreciable. No nos atrevemos a movernos de nuestro barrio.

Sus anfitriones los mantuvieron encerrados cuatro días en el sector judío.

Había comida en abundancia y un buen pozo. Los judíos de Nazik eran simpáticos y afables, y aunque el sol brillaba con crueldad, los viajeros dormían en un fresco granero de piedra, sobre paja limpia. Desde la ciudad

llegaba el alboroto de peleas, el jolgorio de las borracheras, el ruido de muebles rotos, y una vez cayó sobre los judíos una granizada de piedras desde el otro lado del muro, pero nadie resultó herido.

Cuatro días más tarde todo estaba sereno, y uno de los hijos del rabbenu se aventuró a salir. Tras las violentas celebraciones, los turcos estaban agotados y dóciles, y a la mañana siguiente Rob abandonó encantado Nazik, con sus tres compañeros de viaje.

Siguió una etapa a campo través, desprovista de colonias judías y de protección. Tres semanas después de dejar atrás Nazik, llegaron a una meseta que embalsaba una gran masa de agua bordeada por un ancho perímetro de barro blanco resquebrajado. Bajaron de sus burros.

—Estamos en Urmiya —dijo Lonzano a Rob—, un lago salado y poco profundo. En primavera, las corrientes de agua arrastran minerales desde las laderas hasta aquí. Pero el lago carece de drenaje, de forma que el sol estival evapora el agua y deja la sal en los bordes. Coge una pizca de sal y póntela en la lengua.

Lo obedeció cautelosamente e hizo una mueca.

Lonzano sonrió.

—Estás paladeando Persia.

Le llevó un momento comprender el significado de esas palabras.

—¿Estamos en Persia?

—Sí. Ésta es la frontera.

Rob se sintió decepcionado. «Tan largo camino para... esto.» Lozano era perspicaz.

—No padezcas; te enamorarás de Ispahán, te lo garantizo. Y ahora volvamos a montar, que todavía debemos cabalgar muchos días.

Pero antes Rob orinó en el lago Urmiya, efectuando así su personal aportación inglesa a la salobridad persa.

36

EL CAZADOR

Aryeh puso de manifiesto su odio. Cuidaba sus palabras delante de Lonzano y Loeb, pero cuando éstos estaban fuera del alcance del oído, sus comentarios a Rob solían ser hirientes. Pero incluso cuando hablaba con los otros dos judíos era, a menudo, menos que simpático.

Rob, más corpulento y más fuerte, a veces tenía que apelar a toda su voluntad para no golpearlo.

Lonzano era perspicaz.

—No debes hacerle caso —advirtió a Rob.

—Aryeh es un...

Rob no sabía cómo se decía cabrón en parsi.

—Ni siquiera en casa Aryeh era muy agradable, pero no tiene alma de viajero. Cuando partimos de Masqat llevaba casado menos de un año, acababa de tener un hijo y no quería irse. Desde entonces está avinagrado.

—Suspiró—. Bien, todos tenemos familia y no es fácil estar lejos de casa, sobre todo en sábado o en un día santo.

—¿Cuánto hace que salisteis de Masqat? —preguntó Rob.

—Hace ahora veintisiete meses.

—Si la vida de un mercader es tan dura y solitaria, ¿por qué os dedicáis a este trabajo?

Lonzano lo miró.

—Es así como sobrevive un judío.

Rodearon la ribera noreste del lago Urmiya y en breve volvieron a encontrarse escalando montañas altas y peladas. Pernoctaron con los judíos de Tabriz y de Takestan. Rob notó muy pocas diferencias entre la mayoría de esos pueblos y las aldeas que había visto en Turquía. Todas eran tristes poblaciones montañesas levantadas en pedregales, donde la gente dormía a la sombra y las cabras andaban dispersas cerca del pozo comunitario.

Kashan era semejante a las demás localidades, pero tenía un león en la entrada.

Un auténtico león, enorme.

—Ésta es una bestia famosa, que mide cuarenta y cinco palmos desde el hocico hasta el rabo —dijo Lonzano con orgullo, como si el león fuera suyo

—. Lo mató hace veinte años el sha Abdallah, padre del actual soberano.

Había hecho estragos en el ganado de estos campos durante siete años, y finalmente Abdallah lo rastreó y le dio muerte. En Kashan se celebra todos los años el aniversario de la cacería.

Ahora el león tenía albaricoques secos en lugar de ojos y un trozo de fieltro rojo en vez de la lengua. Aryeh comentó desdeñosamente que estaba relleno con trapos y hierbas secas. Muchas generaciones de polillas habían comido el pellejo endurecido por el sol hasta llegar al cuero en algunos puntos, pero sus patas parecían columnas y sus dientes seguían siendo los originales, grandes y afilados como cabezas de lanzas, por lo que Rob se estremeció al tocarlos.

—No me gustaría tener un encuentro con él.

Aryeh esbozó su sonrisa de superioridad.

—La mayoría de los hombres pasan toda su vida sin ver un león.

El rabbenu de Kashan era un hombre fornido, de barba y pelo rubios. Se llamaba David ben Sauli el Maestro, y Lonzano dijo que ya tenía fama de erudito pese a su juventud. Era el primer rabbenu que Rob veía con turbante en lugar del tradicional sombrero de cuero judío. Cuando habló, las arrugas de preocupación volvieron a surcar el rostro de Lonzano.

—No es prudente seguir la ruta hacia el sur a través de las montañas —les comunicó el rabbenu—. Hay una nutrida fuerza de seljucíes en vuestro camino.

—¿Quiénes son los seljucíes? —quiso saber Rob.

—Una nación de pastores que viven en tiendas y no en ciudades o aldeas

—aclaró Lonzano—. Asesinos y feroces luchadores. Suelen atacar las tierras que se encuentran a ambos lados de la frontera entre Persia y Turquía.

—No podéis atravesar las montañas —dijo el rabbenu en un tono que de notaba preocupación—. Los soldados seljucíes están más locos que los mismos bandidos.

Seguir: parte 2 de 3