Médico, El

Noah Gordon · Capítulo 7 de 7 · parte 1/6

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Médico, El

Hakim

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

SEXTA PARTE

HAKIM

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61

EL NOMBRAMIENTO

La mañana siguiente al retorno, Rob estudió a su niño-hombre a la luz del día y vio que era un bebé hermoso, con ojos azul oscuro, muy ingleses, manos y pies grandes. Contó y flexionó suavemente cada dedito de la mano y el pie y se regocijó con sus piernecillas ligeramente arqueadas. Un niño fuerte.

Olía como una prensa olivarera, pues había sido aceitado por su madre.

Luego el olor se hizo menos agradable y Rob cambió los pañales de un bebé por primera vez desde que atendiera a sus hermanos menores. En el fondo, todavía ansiaba encontrar algún día a William Stewart, Anne Mary y Jonathan Carter. ¿No sería un placer mostrar a su sobrino a los Cole largo tiempo perdidos?

Rob y Mary discutieron sobre la circuncisión.

—No le hará daño. Aquí todos los hombres están circuncidados, musulmanes y judíos, y para él será una forma fácil de ser mejor aceptado.

—Yo no quiero que sea mejor aceptado en Persia —dijo Mary con tono de hastío—. Deseo que lo sea en nuestra tierra, donde a los hombres no les cortan ni les atan nada, y los dejan tal como la naturaleza los trajo al mundo.

Rob rió y ella se echó a llorar. La consoló y, después, en cuanto pudo, escapó a conversar con Ibn Sina.

El Príncipe de los Médicos lo saludó cordialmente, dando gracias a Alá por su supervivencia y pronunciando palabras de pesar por Mirdin. Ibn Sina escuchó atentamente el informe de Rob sobre los tratamientos y amputaciones realizados en las dos batallas, y se interesó de forma especial en las comparaciones entre la eficacia del aceite caliente y los baños de vino para limpiar heridas abiertas. Ibn Sina demostró que le interesaba más la validez científica que su propia infalibilidad. Aunque las observaciones de Rob contradecían lo que él mismo había dicho y escrito, insistió en que su discípulo pusiera por escrito sus hallazgos.

—Además, esta cuestión concerniente al vino de las heridas podría ser tu primera conferencia como hakim —dijo.

Rob aceptó lo que decía su mente. Luego, el anciano lo observó.

—Me gustaría que trabajaras conmigo —dijo—. Como asistente.

Nunca había soñado con algo semejante. Quería decirle al médico jefe que sólo había ido a Ispahán —desde tierras remotas, a través de otros mundos, superando todo tipo de vicisitudes— para tocar el borde de sus vestiduras, pero en lugar de explicárselo, asintió.

—Hakim-bashi, ¡ya lo creo que me gustaría!

Mary no opuso reparos cuando se lo dijo. Llevaba en Ispahán el tiempo suficiente como para no ocurrírsele que su marido pudiera rechazar tal honor, pues además de un buen salario contaría con el prestigio y el respeto inmediatos de la asociación con un hombre venerado como un semidiós, más amado que la misma realeza. Cuando Rob vio que se alegraba por él, la abrazó.

—Te llevaré a casa, te lo prometo, Mary, pero todavía falta algún tiempo.

Por favor, confía en mí.

Mary confiaba en él. No obstante, reconocía que si habían de permanecer más tiempo allí, debía cambiar. Resolvió hacer un esfuerzo por adaptarse al país. Aunque reacia, cedió en lo concerniente a la circuncisión de su hijo.

Rob fue a pedir consejo a Nitka la Partera.

—Acompáñame —dijo la mujer, y lo llevó dos calles más abajo, a ver al mohel, Reb Asher Jacobi.

—Una circuncisión —dijo el mohel—. La madre... —refunfuñó, y miró a Nitka con los ojos entornados, atusándose la barba—. ¡Es una Otra!

—No tiene por qué ser un brit con todas las oraciones —dijo Nitka, impaciente. Habiendo dado el serio paso de asistir a la Otra a dar a luz, pasó fácilmente al papel de defensora—. Si el padre solicita el sello de Abraham en su hijo, es una bendición circuncidarlo, ¿verdad?

—Sí —admitió Reb Asher—. Tu padre. ¿Quién sujetará al niño? —

preguntó a Rob.

—Mi padre ha muerto.

Reb Asher suspiró.

—¿Estarán presentes otros miembros de la familia?

—Sólo mi mujer. Aquí no hay más miembros de la familia. Yo mismo sujetaré a mi hijo.

—Es una ocasión celebratoria —dijo Nitka amablemente—. ¿No te molesta? Mis hijos Shemuel y Chofni, unos pocos vecinos...

Rob asintió.

—Yo me ocuparé —propuso Nitka.

A la mañana siguiente, ella y sus robustos hijos, picapedreros de oficio, fueron los primeros en llegar a casa de Rob. Hinda, la huraña vendedora del mercado judío, fue con su Tall Isak, un erudito de barba gris y ojos azorados. Hinda seguía sin sonreír, pero llevó un regalo consistente en pañales y mantillas. Yaakob el Zapatero y Naoma, su mujer, se presentaron con una jarra de vino. Mizah Halevi el Panadero y su mujer, Yudit, aparecieron con dos grandes hogazas de pan azucarado.

Sosteniendo el dulce cuerpecillo en posición supina sobre su regazo, Rob tuvo sus dudas cuando Reb Asher cortó el prepucio de tan diminuto pene.

—Que el muchacho crezca vigoroso de mente y cuerpo para una vida de buenas obras —declaró el mohel, mientras el bebé berreaba.

Los vecinos levantaron sus cuencos con vino y aplaudieron, Rob dio al niño el nombre judío de Mirdin ben Jesse. Mary odió cada instante de la ceremonia.

Una hora más tarde, cuando todos se hubieron ido, ella y Rob quedaron solos con el bebé. Mary se humedeció los dedos con agua de cebada y tocó ligeramente a su hijo en la frente, el mentón, el lóbulo de una oreja y luego el otro.

—En el nombre del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, yo te bautizo con el nombre de Robert James Cole —dijo en voz alta y clara, imponiéndole los nombres de su padre y de su abuelo.

A partir de ese momento, cuando estaban a solas, llamaba Rob a su marido, y se refería al niño como Rob J.

Al Muy Respetado Reb Mulka Askari, mercader de perlas de Masqat, un saludo.

Tu difunto hijo Mirdin era mi amigo. Que en paz descanse.

Juntos fuimos cirujanos en la India, de donde he traído estas pocas cosas que ahora te envío por intermedio de las amables manos de Reb Moise ben Zavil, mercader de Qum, cuya caravana parte este mismo día hacia tu ciudad, con un cargamento de aceite de oliva.

Reb Moise te entregará un pergamino con un plano que muestra el emplazamiento exacto del sepulcro de Mirdin en la aldea de Kausambi, con la intención de que algún día los huesos puedan ser retirados si ése es tu deseo. Asimismo, te envío el tefillin que diariamente se ceñía al brazo y que, me dijo, tú le regalaste para el minyan al llegar a los catorce años.

Además, te envío las piezas y el tablero del juego del sha con el que Mirdin y yo pasamos muchas horas felices.

No llevó otras pertenencias suyas a la India. Naturalmente, fue enterrado con su tallit.

Ruego al Señor que proporcione algún alivio a tu aflicción y a la nuestra.

Con su fallecimiento, una luz se apagó en mi vida. Mirdin era el hombre al que más he apreciado. Sé que está con Adashem y abrigo la esperanza de ser digno, algún día, de encontrarme con él.

Por favor, transmite mi afecto y respeto a su viuda y a sus vigorosos hijos, e infórmales de que mi esposa ha dado luz a un hijo saludable, Mirdin ben Jesse, y les transmite sus deseos amorosos de una buena vida.

Yivorechachah Adonai V'Yishmorechab,

Que el señor te bendiga y te guarde.

Yo soy Jesse ben Benjamin, hakim.

Al-Juzjani había sido asistente de Ibn Sina durante años. Alcanzó la notoriedad como cirujano por derecho propio, y fue el más destacado entre sus antiguos asistentes, aunque todos se habían desempeñado bien. El hakim-bashi hacía trabajar duramente a sus asistentes, y el puesto era como

una prolongación de los estudios; una oportunidad para seguir aprendiendo.

Desde el principio, Rob hizo mucho más que seguir los pasos de Ibn Sina y alcanzarle el instrumental, que a veces era lo único que exigían a sus asistentes otros grandes hombres. Ibn Sina esperaba que lo consultara si había algún problema o si era necesaria su opinión, pero el joven hakim contaba con toda su confianza, y aquél esperaba que actuara por cuenta propia.

Para Rob fue una época dichosa. Dio una conferencia en la madraza sobre los baños de vino para las heridas abiertas. Asistió muy poco público, pues esa misma mañana un médico visitante de al-Rayy conferenció sobre el tema del amor físico. Los doctores persas siempre se apiñaban en las clases referentes a cuestiones sexuales, algo curioso para Rob, porque en Europa el tema no era responsabilidad de los médicos. No obstante, él mismo asistió a muchas conferencias sobre esa materia, y ya fuese por lo que aprendía o a pesar de ello, su matrimonio prosperaba.

Mary se repuso rápidamente después de dar a luz. Siguieron las instrucciones de Ibn Sina, quien advirtió que hombre y mujer habían de guardar abstinencia durante las seis semanas posteriores al parto, y aconsejó que las partes pudendas de la madre reciente se trataran suavemente con aceite de oliva y se masajearan con una mezcla de miel y agua de cebada.

El tratamiento funcionó de maravilla. La espera de seis semanas pareció una eternidad, y cuando se cumplieron, Mary se volvió hacia Rob tan ansiosa como él hacia ella.

Semanas después, la leche de sus pechos comenzó a menguar. Fue un sobresalto, porque su producción era copiosa; Mary había contado a Rob que en ella había ríos de leche, leche suficiente para abastecer al mundo.

Cuando amamantaba, sentía aliviarse la dolorosa presión de sus pechos, pero en cuanto desapareció la presión, sintió el dolor de oír el quejido hambriento de Rob J. Comprendieron que necesitarían a un ama de cría.

Rob habló con varias comadronas, y por medio de ellas encontró a Prisca, una armenia fuerte y humilde, que tenía bastante leche para su hija recién nacida y para el hijito del hakim. Cuatro veces por día, Mary llevaba al niño al almacén de cueros de Dikran, el marido de Prisca, y aguardaba mientras

el pequeño Rob J. se alimentaba. De noche, Prisca iba a la casa del Yehuddiyyeh y se quedaba en la otra habitación con los dos bebés, mientras Rob y Mary hacían sigilosamente el amor y luego gozaban del lujo del sueño ininterrumpido.

Mary estaba satisfecha, y la felicidad la dotaba de luminosidad. Florecía con una nueva certeza. A veces Rob tenía la impresión de que ella se adjudicaba todo el mérito de la pequeña y ruidosa criatura que habían creado juntos, pero la amaba tanto más por eso mismo. La primera semana del mes de Shaban volvió a pasar por Ispahán la caravana de Reb Moise ben Zavil, camino de Qum, y el mercader les entregó regalos de Reb Mulka Askari y su hija política Fara. Ésta envió para el niño Mirdin ben Jesse seis pequeñas prendas de lino, primorosamente cosidas por ella. El mercader de perlas devolvió a Rob el juego del sha que había pertenecido a su hijo. Fue la primera vez que Mary lloró por Fara. Cuando se secó las lágrimas, Rob acomodó las figuras de Mirdin en el tablero y le enseñó a jugar. Después, a menudo hacían partidas. Rob no esperaba demasiado porque era un juego de guerreros, y Mary sólo era una mujer. Pero aprendió en seguida y comió una de sus piezas soltando un grito de guerra digno de un merodeador seljucí. La habilidad que adquirió Mary en mover el ejército de un rey, aunque poco natural en una hembra, no significó un gran choque para Rob, pues hacía tiempo le constaba que Mary Cullen era un ser extraordinario.

El advenimiento del Ramadán cogió desprevenido a Karim, tan inmerso en el pecado que la pureza y contrición implícitas en el mes de ayuno le parecieron imposibles de alcanzar, y demasiado dolorosas de soportar. Ni siquiera las oraciones y el ayuno apartaron de sus pensamientos a Despina y sus insaciables deseos. Por cierto, como Ibn Sina pasaba varias tardes por semana en diversas mezquitas y rompía el ayuno con mullahs y eruditos coránicos, el Ramadán resultó una época segura para el encuentro de los amantes. Karim la veía con tanta frecuencia como siempre.

Durante el Ramadán, también el sha Ala mantenía reuniones para orar y se sometía a otras exigencias. Un día, Karim tuvo la oportunidad de regresar al maristán por primera vez en meses. Afortunadamente, ese día Ibn Sina no estaba en el hospital, pues se encontraba atendiendo a un

cortesano aquejado de fiebre. Karim conocía el sabor de la culpa: Ibn Sina siempre lo había tratado bien. El hakim era renuente a encontrarse con el marido de Despina.

La visita al hospital fue una cruel decepción. Los aprendices lo siguieron a través de las salas como de costumbre..., incluso en mayor número que antes, porque su personalidad legendaria se había agigantado. Pero no conocía a ninguno de los pacientes; todos los que había tratado con anterioridad estaban muertos o recuperados y dados de alta. Y aunque otrora había paseado por aquellas salas con segura confianza en su propia habilidad, se encontró tartamudeando mientras hacía preguntas nerviosas, sin saber lo que buscaba en pacientes que eran responsabilidad de otros.

Logró superar la visita sin revelar su torpeza, pero experimentó la triste sensación de que a menos que dedicara su tiempo a la auténtica práctica de la medicina, en breve olvidaría los conocimientos adquiridos tan dolorosamente a través de muchos años.

No tenía opción. El sha Ala le había asegurado que lo que esperaba a ambos haría empalidecer la medicina.

Aquel año Karim no corrió en el chatir. No se había preparado y estaba más pesado de lo que debía estar un corredor. Presenció la carrera con el sha Ala.

El primer día de Bairam amaneció más caluroso que el de su victoria, y la carrera transcurrió lentamente. El rey había renovado su oferta de un calaat a quien repitiera la hazaña de Karim y completara las doce vueltas a la ciudad antes de la última oración, pero era evidente que en esa jornada nadie correría ciento veintiséis millas romanas.

El acontecimiento se convirtió en una carrera en la quinta etapa, deteriorándose hasta transformarse en un combate entre al-Harat de Hamadhan y un joven soldado llamado Nafis Jurjis. Los dos habían optado por un paso demasiado veloz el año anterior, por lo que para ellos la carrera terminó en un colapso. Ahora, con el fin de evitar que ocurriera lo mismo, corrían lentamente.

Karim estimulaba a Nafis. Informó a Ala que lo hacía porque el soldado había sobrevivido con ellos en la incursión a la India. En verdad, aunque le

gustaba el joven Nafis, lo apoyaba porque no quería que ganara al-Harat, que lo había conocido de niño en Hamadhan, y cuando se encontraban, Karim aún percibía su desprecio por haber sido «el agujero donde la metía Zaki Omar».

Pero Nafis languideció después de recoger la octava flecha, y la carrera quedó en manos de al-Harat. Transcurrían las últimas horas de la tarde y el calor era brutal; dando muestras de sensatez, al-Harat indicó con un gesto que terminaría la vuelta y se conformaría con esa victoria.

Karim y el sha recorrieron cabalgando la última etapa, muy adelantados con respecto al corredor a fin de estar en la línea de llegada para recibirlo.

Ala iba en su salvaje semental blanco y Karim montaba el árabe gris que siempre sacudía la cabeza. A lo largo del camino, a Karim se le levantó el ánimo, pues todo el pueblo sabía que pasaría mucho tiempo antes de que un corredor lo emulara en el chatir, si es que alguna vez alguien lo conseguía.

Ahora lo abrazaban por aquella proeza con gritos de alegría, y también como héroe de Mansura y Kausambi. Ala sonreía de oreja a oreja y Karim sabía que podía mirar por encima del hombro y con benevolencia a al-Harat, pues el corredor era un granjero de tierras pobres y él pronto sería visir de Persia.

Al pasar por la madraza, Karim vio al eunuco Wasif en el tejado del hospital y a su lado estaba Despina con la cara velada. Al verla, a Karim le dio un vuelco el corazón y sonrió. Era mejor pasar a su lado así, en un valioso corcel y ataviado con sedas y lino, a tambalearse y tropezar apestando a sudor, cegado por la fatiga.

No lejos de Despina, una mujer sin velo perdió la paciencia con el calor y, quitándose el paño negro que cubría su cabeza, la sacudió como si imitara al caballo de Karim. Sus cabellos cayeron y se abrieron en abanico, largos y ondulantes. El sol destelló gloriosamente en su cabellera, revelando diferentes pinceladas rojas y doradas. En ese momento Karim oyó que el sha le estaba dirigiendo la palabra.

—¿Es la mujer del Dhimmi? ¿La europea?

—Sí, Majestad. La esposa de nuestro amigo Jesse ben Benjamin.

—Pensé que tenía que ser ella —comentó Ala.

El rey observó a la mujer de cabeza descubierta hasta que la adelantaron unos metros. No hizo más preguntas, y poco después Karim logró enzarzarlo en una conversación concerniente al herrero indio Dhan Vangalil y las espadas que estaba fabricando para el sha en su nuevo horno y fundición, situados detrás de los establos de la casa del Paraíso.

62

LA RECOMPENSA

Rob, como de costumbre, empezaba el día en la sinagoga Casa de la Paz, en parte porque la extraña mezcla del cántico de la oración judía y la silenciosa oración cristiana se había vuelto satisfactoria y nutría su espíritu.

Pero sobre todo porque, de alguna extraña manera, su presencia en la sinagoga representaba la satisfacción de una deuda con Mirdin.

No obstante, se sentía incapaz de entrar en la sinagoga de Mirdin, la Casa de Sión. Y aunque muchos eruditos se sentaban a diario para debatir sobre la ley en la Casa de la Paz, y habría sido sencillo sugerir que alguien le diera clases privadas sobre los ochenta y nueve mandamientos que aún no había estudiado, no le quedaban ánimos para completar esa tarea sin Mirdin. Se dijo a sí mismo que quinientos veinticuatro mandamientos servirían a un judío espurio tan bien como seiscientos trece, y dedicó su mente a otras cuestiones.

El maestro había escrito sobre todos los temas. Mientras era estudiante, Rob había tenido la oportunidad de leer muchas de sus obras sobre medicina, pero ahora estudiaba otros escritos de Ibn Sina, y cada vez sentía más respeto por él. Se había ocupado de música, poesía y astronomía, metafísica y pensamiento oriental, filología e intelecto activo, y a él se debían, además, comentarios acerca de todas las obras de Aristóteles.

Durante su encierro en el castillo de Fardajan escribió un libro titulado La guía, en el que sintetizaba todas las ramas de la filosofía. Incluso era autor de un manual militar, Manejo y aprovisionamiento de soldados, tropas esclavas y ejércitos, que habría sido muy útil a Rob si lo hubiese leído antes de ir a la India como cirujano de campaña. Había escrito acerca de la matemática, el alma humana y la esencia de la tristeza. Y repetidas veces se

había explayado sobre el Islam, la religión heredada de su padre y que, a pesar de la ciencia que impregnaba todo su ser, aceptaba como dogma de fe.

Y eso es lo que hacía que el pueblo lo amara tanto. Toda la gente veía que pese a la lujosa finca y a los frutos del calaat real, pese a que hombres sabios y gloriosos del mundo entero iban a buscarlo y sondeaban sus pensamientos, pese a que los reyes rivalizaban por el honor de ser reconocidos como patrocinadores del maestro..., pese a todas estas cosas, incluso como el más humilde de los desgraciados, Ibn Sina elevaba los ojos al cielo y exclamaba:

La ilaha illa-l-Lah;

Muhammadun rasulu-l-Lah.

(No hay Dios salvo Dios;

Mahoma es el Profeta de Dios.)

Todas las mañanas, antes de la primera oración, una multitud de varios centenares de hombres se reunía delante de su casa. Eran mendigos, mullahs, pastores, mercaderes, pobres y ricos, hombres de toda condición.

El Príncipe de los Médicos sacaba su propia alfombra de plegaria y oraba con sus admiradores, y cuando cabalgaba hasta el maristán, lo acompañaban a pie, cantándole al Profeta y entonando versículos del Corán.

Varias tardes por semana se reunían algunos discípulos en su casa. En general, se hacían lecturas sobre temas médicos. Durante un cuarto de siglo, todas las semanas, al-Juzjani había leído en voz alta obras de Ibn Sina, sobre todo el famoso Qanun. A veces pedían a Rob que leyera otro libro del maestro titulado Shifa. A continuación discutían vivamente de temas clínicos mientras bebían. El debate resultaba a menudo acalorado, y algunas veces divertido, pero siempre instructivo.

—¿Que cómo llega la sangre a los dedos? —podía gritar desesperadamente al-Juzjani, repitiendo la pregunta de un aprendiz—. ¿Has olvidado que Galeno dijo que el corazón es una bomba que pone toda la sangre en movimiento?

—¡Ah! —intervenía Ibn Sina—. Y el viento pone en movimiento una embarcación de vela, pero ¿cómo encuentra el camino a Bahrain?

Muchas veces, cuando Rob se marchaba, notaba la presencia del eunuco Wasif oculto en las sombras, cerca de la puerta de la torre Sur. Un anochecer, Rob fue al campo que se extendía detrás del muro de la finca de Ibn Sina. No le sorprendió ver al semental gris de Karim agitando impaciente la cabeza.

Volvió andando hacia donde estaba su propio caballo, a la vista de todos, y estudió el aposento en lo alto de la torre Sur. A través de las rendijas de la ventana de la pared curva, una luz amarillenta parpadeaba, y sin envidia ni pesar recordó que a Despina le gustaba hacer el amor a la luz de seis velas.

Ibn Sina inició a Rob en los misterios.

—Mora en nosotros un extraño ser que unos llaman mente y otros alma, el cual ejerce un poderoso efecto sobre nuestros cuerpos y nuestra salud.

Tuve las primeras pruebas de ello siendo joven, en Bujara, cuando comenzaba a interesarme por el tema que me llevó a escribir El pulso. Tenía un paciente, un joven de mi edad que se llamaba Achmed. Su apetito había decaído hasta hacerle adelgazar mucho. Su padre, un acaudalado mercader del lugar, estaba desesperado y me rogó que lo ayudara.

»Cuando examiné a Achmed no advertí que algo funcionara mal. Pero mientras lo exploraba, ocurrió algo extraño. Le había apoyado los dedos en la arteria de la muñeca mientras conversábamos amistosamente sobre diversas poblaciones de los alrededores de Bujara. El pulso era lento y estable hasta que mencioné la aldea de Efsene, donde yo nací. ¡Se produjo tal tremolar en su muñeca, que me asusté!

»Yo conocía bien esa aldea, y mencioné varias calles que no produjeron ningún efecto hasta que llegue al camino del Undécimo Imán, momento en que su pulso volvió a palpitar y danzar. Yo ya no conocía a todas las familias de esa calle, pero nuevos interrogatorios y sondeos me permitieron averiguar que allí vivía Ibn Razi, un trabajador del cobre con tres hijas, la mayor de las cuales era Ripka, una muchacha hermosísima. Cuando Achmed la nombró, el aleteo de su muñeca me recordó a un pájaro herido.

»Hablé con su padre y le dije que la curación de su hijo consistía en que contrajera matrimonio con Ripka. Todo se arregló y hubo boda. Poco

después, Achmed recuperó el apetito. La última vez que lo vi, hace unos años, era un hombre gordo y contento.

»Galeno nos dice que el corazón y todas las arterias palpitan al mismo ritmo, de modo que a partir de una cualquiera puedes juzgar todas las demás, y que un pulso lento y regular significa buena salud. Pero desde que traté a Achmed, descubrí que el pulso también puede emplearse para determinar el estado de agitación o la paz mental de un paciente. Muchas veces me he guiado por ese criterio, y el pulso ha demostrado ser «el mensajero que nunca miente.».

Así Rob aprendió que —además del don que le permitía mensurar la vitalidad— era posible utilizar el pulso para reunir información acerca de la salud y el estado de ánimo del paciente.

Tuvo abundantes oportunidades de practicar. Mucha gente desesperada iba en tropel a ver al Príncipe de los Médicos con la esperanza de una cura milagrosa. Ricos y pobres eran tratados de la misma manera, pero Ibn Sina y Rob sólo podían aceptar a unos pocos pacientes, que en su mayoría eran enviados a otros médicos.

Ibn Sina tenía que dedicar la mayor parte de su práctica clínica al sha y miembros ilustres de su séquito. Así, una mañana Rob fue enviado a la Casa del Paraíso por el maestro, quien le informó que Siddha, la esposa del herrero indio Dhan Vangalil, estaba enferma de cólicos.

Rob solicitó los servicios del mahout personal de Ala, el indio Harsha, como traductor. Siddha resultó ser una mujer agradable, de cara redonda y pelo entrecano. La familia Vangalil idolatraba a Buda, de modo que no se aplicaba la prohibición del aurat, y Rob pudo palpar su estómago sin preocuparse de que lo denunciaran a los mullahs. Después de examinarla con todo detalle, resolvió que su problema era de dieta, pues Harsha le transmitió que ni la familia del herrero ni ninguno de los mahouts tenía suficientes provisiones de comino, cúrcuma o pimienta, especias a las que se habían acostumbrado toda su vida y de las que dependía su digestión.

Rob zanjó la cuestión ocupándose personalmente de la distribución de dichas especias. Ya se había ganado la consideración de algunos mahouts

atendiendo las heridas de guerra de sus elefantes, y ahora conquistó también la gratitud de los Vangalil.

Llevó a Mary y a Rob J. de visita con la esperanza de que los problemas comunes a la gente trasplantada a Persia sirvieran como base de una amistad. Pero la chispa de comprensión que se había encendido instantáneamente entre Fara y Mary no reapareció. Las dos mujeres se observaron incómodas y observando una rígida cortesía. Mary tuvo que esforzarse por no mirar fijamente el kumkum negro y redondo pintado en medio de la frente de Siddha. Rob nunca volvió a llevar a su familia a casa de los Vangalil.

Pero volvió solo, fascinado por lo que lograba hacer Dhan Vangalil con el acero.

Sobre un hoyo poco profundo del suelo, Dhan había construido un horno de fundición, consistente en una pared de arcilla rodeada por una pared exterior y más gruesa de roca y barro, todo asegurado mediante estacas. El horno llegaba a la altura de los hombros de un hombre normal, tenía un paso de ancho, y se estrechaba hasta un diámetro ligeramente menor en lo alto, para concentrar el calor y reforzar las paredes.

En ese horno Dhan forjaba el hierro quemando capas alternativas de carbón y mineral de hierro persa, de anchuras variables entre un guisante y una nuez. Alrededor del horno había cavado una zanja poco profunda.

Sentado en el reborde exterior y con los pies dentro, ponía en funcionamiento unos fuelles hechos con el pellejo de una cabra entera, emitiendo cantidades exactamente controladas de aire sobre la masa incandescente. Encima de la parte más caliente de esa masa, el mineral se reducía a fragmentos de hierro semejantes a metálicas gotas de lluvia, las cuales se derramaban a través del interior del horno y se depositaban en el fondo, formando una mezcla de gotas de carbón, escoria de hierro, llamada tocho.

Dhan había sellado con arcilla un agujero de descarga, que ahora rompió para sacar el tocho; luego lo refinó mediante fuertes martillazos que exigieron diversos recalentamientos en la forja. La mayor parte del hierro

del mineral se convertía en escoria y desperdicios, pero el que era reducido producía una buena cantidad de hierro forjado.

Pero era blando, explicó a Rob por intermedió de Harsha. Las barras de acero indio, trasladadas por los elefantes desde Kausambi, eran durísimas.

Fundió varias en un crisol y luego apagó el fuego. Al enfriarse, el acero era sumamente quebradizo. Dhan lo hizo trizas y lo salpicó sobre las piezas de hierro fundido. Después, sudando entre sus yunques, tenazas, cinceles, punzones y martillos, el delgado indio desplegó unos bíceps semejantes a serpientes mientras unía el metal blando y el metal duro. Soldó en la forja múltiples capas de hierro y acero, martillando como un poseso, retorciendo y cortando, superponiendo, plegando la lámina y martillando una y otra vez, mezclando sus metales como un calderero la arcilla. También recordaba a una mujer amasando pan.

Observándolo, Rob comprendió que nunca podría aprender las complejidades, las variaciones en las sutiles habilidades transmitidas a lo largo de muchas generaciones de herreros indios, pero entendió el proceso haciendo un sinnúmero de preguntas.

Dhan manufacturó una cimitarra que curó en hollín humedecido con vinagre de cidra, y que dio por resultado una hoja con un «grabado ácido de filigranas» de un color de azul oscuro, como ahumado. De haber sido fabricada sólo con hierro, la hoja habría resultado blanda y pesada; si sólo hubiera empleado el duro acero indio, habría resultado quebradiza. Pero esa espada adquirió un filo fino, capaz de cortar un pelo en el aire, y era un arma flexible.

Las espadas que Ala había encargado a Dhan no estaban destinadas a los reyes. Eran armas para la soldadesca, sin adornos, que serían amontonadas en previsión de una guerra futura en la que unas cimitarras de calidad superior podían dar ventajas a Persia.

—Dentro de unas semanas se quedará sin acero indio —observó Harsha.

Sin embargo, Dhan se ofreció a hacerle una daga a Rob, como muestra de gratitud por lo que el hakim había hecho por su familia y por los mahouts.

Rob la rehusó con pesar: esas armas eran hermosas, pero no quería tener que ver nada más con matanzas. Empero, no se resistió a abrir el maletín y

mostrarle a Dhan un escalpelo, un par de bisturíes y dos cuchillas para amputaciones, una de hoja curva y delgada, la otra grande y serrada para cortar huesos.

Dhan esbozó una amplia sonrisa, dejando a la vista el vacío de muchos dientes, y movió la cabeza afirmativamente.

Una semana más tarde, Dhan le entregó sus instrumentos, de un acero estampado afiladísimo, superior a cualquier otra herramienta quirúrgica que Rob hubiese tenido en sus manos.

Sabía que iban a durarle toda la vida. Era un obsequio principesco y exigía un regalo generoso a cambio, pero estaba demasiado abrumado para pensar en ello por el momento. Dhan apreció el enorme placer de Rob y se congratuló de ello. Imposibilitados de comunicarse con palabras, se abrazaron. Juntos engrasaron los objetos de acero y los envolvieron de uno en uno en trapos. Terminada la tarea, Rob se los llevó en una bolsa de cuero.

Pletórico de deleite, se alejaba a caballo de la Casa del Paraíso cuando se encontró con una partida de caza conducida por el rey, que volvía al palacio. Con sus burdas ropas de cazador, Ala personificaba con exactitud al sha que Rob había visto por primera vez años atrás.

Refrenó su caballo e inclinó la cabeza con la esperanza de que pasaran a su lado sin detenerse, pero al instante Farhad acercó su caballo al medio galope.

—Quiere que te acerques.

El capitán de las Puertas volvió grupas y Rob lo siguió hasta donde estaba el sha.

—Ah, Dhimmi. Tienes que cabalgar un rato conmigo.

Ala indicó a los soldados que lo acompañaban que se retrasaran, mientras él y Rob iban con los animales al paso hacia el palacio.

—No te he recompensado por los servicios prestados a Persia.

Rob estaba sorprendido, pues pensaba que todas las recompensas por los servicios prestados durante la incursión a la India habían quedado atrás.

Varios oficiales habían sido ascendidos por su valor, y los soldados habían recibido bolsas con monedas. Karim había sido premiado tan profusamente por el sha que, según los cotilleos del mercado, en breve le adjudicarían una serie de altos puestos. Rob estaba contento de que lo hubieran pasado por alto, dichoso de que las incursiones fueran historia.

—Tengo pensado para ti otro calaat: una casa más grande y extensos terrenos; una finca adecuada para organizar una fiesta real.

—No es necesario ningún calaat, Majestad. —con voz seca, agradeció al sha su generosidad—. Mi presencia fue una forma modesta de saldar mi deuda contigo.

Habría sido más elegante de su parte hablar de amor por el monarca, pero no podía, y de todos modos Ala no pareció tomarse sus palabras a pecho.

—No obstante, mereces una recompensa.

—En tal caso, solicito a mi sha que me recompense permitiéndome permanecer en la casita del Yehuddiyyeh, donde estoy cómodo y me siento feliz.

El sha lo miró fijamente y con dureza. Por último, asintió.

—Ahora vete, Dhimmi.

Hundió los talones en el semental blanco, que partió de un salto. La escolta se apresuró a galopar tras él, y un instante después los soldados de caballería pasaron junto a Rob, produciendo un gran alboroto.

Pensativo, Rob volvió grupas y se dirigió a casa, para mostrar a Mary los instrumentos de acero estampado.

63

UN DISPENSARIO EN IDHAJ

Aquel año el invierno fue crudo y llegó temprano a Persia. Una mañana, todas las cumbres montañosas aparecieron nevadas, y al día siguiente fuertes y gélidos vientos soplaron sobre Ispahán arrojando una mezcla de sal, arena y nieve. En los mercados, los tenderos cubrían sus artículos con trapos y suspiraban por la llegada de la primavera. Abultados por los cadabis de piel de cordero que les llegaban a los tobillos, se acurrucaban alrededor de los braseros e intercambiaban chismorreos referentes a su rey.

Aunque gran parte del tiempo reaccionaban a las hazañas de Ala con una risilla entre dientes o con una mirada torva y resignada, el último escándalo llevó una expresión grave a muchos rostros, expresión que no provocaba la exposición a los terribles vientos.

En vista de las borracheras cotidianas y del libertinaje a que se entregaba el sha, el imán Mirza-aboul Qandrasseh había enviado a su amigo y jefe de edecanes, el mullah Musa Ibn Abbas, para que intentara razonar con el rey y le recordara que la bebida era abominable para Alá y que estaba prohibida por el Corán.

Ala llevaba horas bebiendo cuando recibió al delegado del visir, al que escuchó con atención. En cuanto se percató del contenido del mensaje y captó el tono cuidadosamente medido de Musa, el sha bajó del trono y se acercó a él.

Desconcertado y sin saber cómo comportarse, el mullah siguió hablando.

De inmediato, y sin cambiar de expresión, el rey volcó el vino sobre la cabeza del anciano, para asombro de todos los presentes: cortesanos, sirvientes y esclavos. Durante el recordatorio del sermón, no dejó de volcar vino sobre todo el cuerpo de Musa, mojándole la barba y las ropas. Luego lo echó con un ademán, devolviéndoselo a Qandrasseh empapado y plenamente humillado.

Fue una muestra de desdén para todos los religiosos de Ispahán y ampliamente interpretado como prueba de que los tiempos de Qandrasseh como visir tocaban a su fin. Los mullahs se habían acostumbrado a la influencia y los privilegios que Qandrasseh les había proporcionado, y a la mañana siguiente, en todas las mezquitas de la ciudad se oyeron oscuras y perturbadoras profecías concernientes al futuro de Persia.

Karim Harun fue a consultar el tema con Ibn Sina y Rob.

—Ala no es así. Sabe mostrarse el más generoso de los compañeros, alegre y encantador. Tú lo has visto en la India, Dhimmi. No hay luchador más valiente que él, y si es ambicioso en su deseo de llegar a ser un gran Shahanshah se debe a que anhela la grandeza de Persia.

Los otros dos lo escuchaban en silencio.

—He intentado apartarlo de la bebida —dijo Karim, tan apenado como su antiguo maestro y su amigo.

Ibn Sina suspiró.

—Es más peligroso para los demás a primera hora de la mañana, cuando despierta con la enfermedad del vino del día anterior en su cuerpo. Hazle beber en ese momento té de sen, para purgar los venenos y quitarle el dolor de cabeza; también debes rociar su comida con hueso molido de fruta armenia, a fin de liberarlo de la melancolía. Pero nada lo protegerá de sí mismo. Cuando bebe debes apartarte de él, si puedes. —Observó a Karim atentamente—. Y tú también has de cuidarte cuando vas por la ciudad, pues eres conocido como el predilecto del sha y, en general, te consideran rival de Qandrasseh. Ahora tienes enemigos poderosos dispuestos a jugarse el todo por el todo para interrumpir tu ascenso.

Rob miró a Karim.

—Y tienes que llevar una vida intachable —advirtió en tono significativo

—, porque tus enemigos se aferrarán a cualquier debilidad que tengas.

Recordó el odio por sí mismo que había sentido cuando hizo cornudo al maestro. Conocía a Karim; pese a su ambición y a su amor por aquella mujer, era básicamente bondadoso, y Rob imaginaba la angustia que experimentaba al traicionar a Ibn Sina.

Karim asintió. Al separarse, apretó la muñeca a Rob y sonrió. Éste le devolvió la sonrisa. Karim conservaba todo su encanto, aunque ya no se mostraba despreocupado. Rob percibió una gran tensión y una inquieta incertidumbre en su rostro, y se compadeció de su amigo.

Los ojos azules del pequeño Rob contemplaban el mundo intrépidamente.

Había empezado a gatear, y sus padres se regocijaron cuando aprendió a beber de una taza. Por sugerencia de Ibn Sina, Rob probó a alimentarlo con leche de camella, que según el maestro era el alimento más sano para un niño. Esa leche despedía un olor fuerte y contenía grumos amarillentos de grasa, pero el niño la tragó ávidamente. A partir de entonces Prisca dejó de amamantarlo. Todas las mañanas, Rob iba a buscar leche de camella al mercado armenio, con un cántaro de piedra. El ama de cría, siempre con un

bebé en brazos, se asomaba al almacén de cueros de su marido para verlo pasar.

—¡Amo Dhimmi! ¡Amo Dhimmi! ¿Cómo está mi niño? —gritaba Prisca, y le dedicaba una sonrisa luminosa cada vez que él aseguraba que el niño estaba bien.

Debido al aire cortante, había muchos pacientes con catarros, huesos doloridos, y coyunturas inflamadas e hinchadas. Plinio el Joven había escrito que para curar un resfriado el paciente debe besar el hocico peludo de un ratón, pero Ibn Sina declaró que Plinio el Joven no merecía ser leído.

Él tenía su remedio favorito contra los males de la flema y los rigores del reumatismo. Dio instrucciones cuidadosas a Rob para que reuniera dos dirhams de castóreo y otras tantas medidas de gálbano de Ispahán, asfétida hedionda, asfétida, semilla de apio, alholva siria, gálbano, abrojo, semilla de harmela, opopónaco, resina de ruda y meollo de pepitas de calabaza. Los ingredientes secos se machacaban. Las resinas debían remojarse en aceite toda la noche y luego machacarlas. Encima había que echar miel tibia desprovista de espuma, y amasar la mezcla húmeda con los ingredientes secos y poner la pasta resultante en una vasija vidriada.

—La dosis es un mithqal —dijo Ibn Sina—, y el resultado, eficaz, si Dios quiere.

Rob fue a los rediles de elefantes, donde los mahouts respiraban ruidosamente y tosían, soportando tristemente una estación distinta de los inviernos que habían conocido en la India. Los visitó tres días seguidos, y los medicó con fumaria, artemisa y la pasta de Ibn Sina, con resultados tan poco concluyentes que habría preferido recetarles la Panacea Universal de Barber. Los elefantes no se veían tan espléndidos como en la batalla; ahora estaban cubiertos con mantas, como si llevaran encima tiendas festoneadas, en un intento por mantenerlos abrigados.

Rob se paró con Harsha para observar a Zi, el gran elefante del sha, que engullía enormes cantidades de heno.

—¡Mis pobres niños! —dijo Harsha tiernamente—. En otros tiempos, antes de Buda o de Brahman o de Vishnu o de Shiva, los elefantes eran

todopoderosos y mi pueblo les rezaba. Ahora son mucho menos que dioses, los capturamos y los obligamos a cumplir nuestra voluntad.

Zi se estremeció mientras lo miraban, y Rob prescribió que dieran a las bestias cubos de agua tibia para beber, de manera que se calentaran interiormente.

Harsha se mostró dubitativo.

—Los hemos hecho trabajar y se afanan como siempre, a pesar del frío.

Pero Rob había aprendido algo sobre elefantes en la Casa de la Sabiduría.

—¿Has oído hablar de Aníbal?

—No— dijo el mahout.

—Fue un militar, un gran jefe.

—¿Grande como el sha Ala?

—Al menos tan grande como él, pero de tiempos muy antiguos. Con treinta y siete elefantes salió a la cabeza de un ejército por los Alpes, unas montañas altas, terribles, escarpadas y cubiertas de nieve, y no perdió un solo animal. Pero el frío y la exposición a las inclemencias del tiempo los debilitó. Más adelante, cruzando montañas más bajas, murieron todos los elefantes menos uno. La lección indica que debes hacer descansar a tus bestias y mantenerlas abrigadas.

Harsha asintió respetuosamente.

—Hakim, ¿sabes que te siguen?

Rob se sobresaltó.

—Aquél, el que está sentado al sol.

Era un hombre acurrucado en el vellón de su cadabi, sentado de espaldas a la pared, para protegerse del fuerte viento.

—¿Estás seguro?

—Sí, hakim, ayer también lo vi seguirte. Incluso ahora, no te quita ojo de encima.

—Por favor, cuando me marche, ¿quieres seguirlo sin que se note, para que descubramos quién es?

A Harsha se le iluminaron los ojos.

—Sí, hakim.

A última hora de la tarde, Harsha entró en el Yehuddiyyeh y llamó a la puerta de Rob.

—Te siguió hasta tu casa, hakim. Después que entraste, lo seguí hasta la mezquita del Viernes. Fui muy astuto, porque me mantuve invisible. Entró en casa del mullah con ese cadabi hecho jirones y poco después volvió a salir totalmente vestido de negro, y entró en la mezquita a tiempo para la última oración. Es un mullah, hakim.

Rob le dio las gracias, y Harsha se fue.

Estaba seguro de que el mullah había sido enviado por los cómplices de Qandrasseh. Sin duda había seguido a Karim cuando fue a reunirse con Ibn Sina y Rob, y luego vigiló para saber en qué medida este último estaba implicado con el probable futuro visir.

Tal vez llegaron a la conclusión de que era inofensivo, porque al día siguiente Rob observó atentamente y no vio a nadie que pudiera haberlo seguido y, por lo que supo, en los días posteriores nadie lo espió.

El frío persistía, pero se aproximaba la primavera. Sólo los picos de las montañas gris purpúreo estaban blancos de nieve, y en el jardín las ramas tiesas de los albaricoqueros se veían cubiertas de minúsculos brotes negros perfectamente redondos.

Una mañana, dos soldados fueron a buscar a Rob y lo llevaron a la Casa del Paraíso. En la sala del trono, de fría piedra, sufrían los rigores del clima pequeños grupos de cortesanos con los labios amoratados. Karim no se encontraba entre ellos. El sha estaba sentado ante la mesa de encima del brasero del que se elevaba calor. Acabado el ravi zemin, hizo señas a Rob para que se acercara, y la tibieza protegida por el pesado mantel de fieltro significó un verdadero placer. El juego del sha ya estaba dispuesto, y sin pronunciar palabra Ala hizo el primer movimiento.

—Ah, Dhimmi, te has convertido en un gato hambriento —dijo poco después.

Era verdad: Rob había aprendido a atacar.

El sha jugaba con el entrecejo fruncido y los ojos fijos en el tablero. Rob usó sus dos elefantes para debilitarlo y, rápidamente, comió un camello, un caballo con su jinete y tres soldados de infantería.

Los observadores seguían la partida en un absorto e inexpresivo silencio.

Sin duda, algunos estaban horrorizados y otros encantados de que un europeo no creyente estuviera en condiciones de medirse con el sha.

Pero el rey tenía amplia experiencia y era un general astuto. Precisamente cuando Rob empezaba a creerse un tipo listo y maestro de la estrategia, Ala, a costa de sacrificar algunas piezas, fue atrayendo a su oponente.

Empleó sus dos elefantes con más destreza de la que Aníbal había mostrado con sus treinta y siete, hasta que desaparecieron los elefantes y los jinetes de Rob. Pero éste se debatió con tesón, rememorando todo cuanto le había enseñado Mirdin. Antes del shahtreng transcurrieron unos minutos que se hicieron muy largos. Cuando concluyó la partida, los cortesanos aplaudieron la victoria del rey, quien se dio el lujo de exteriorizar su gran satisfacción.

El sha se quitó del dedo un pesado anillo de oro macizo y se lo puso en la mano derecha a Rob.

—Hablemos del calaat. Tendrás una casa lo bastante grande como para organizar una recepción real.

«Con un harén, y Mary en él», pensó Rob.

Los nobles aguzaron los oídos.

—Llevaré este anillo con orgullo y gratitud. En cuanto al calaat, soy dichoso con tu generosidad pasada y permaneceré en mi casa.

Su voz era respetuosa pero demasiado firme, y no desvió la mirada con suficiente rapidez en prueba de humildad. Y todos los presentes oyeron al Dhimmi decir esas cosas.

A la mañana siguiente, la noticia había llegado a oídos de Ibn Sina.

No en vano el médico jefe había sido dos veces visir. Tenía informantes en la corte y entre los sirvientes de la casa del Paraíso, y por varias fuentes se enteró de la estúpida imprudencia de su asistente.

Como siempre en momentos de crisis, Ibn Sina se sentó a reflexionar.

Sabía que su presencia en la ciudad capital era una fuente de orgullo real, que permitía al sha compararse con los califas de Bagdad, como monarca protector de la cultura y patrocinador del saber. Pero Ibn Sina conocía los límites de su influencia; una apelación directa no serviría para salvar a Jesse ben Benjamin.

A lo largo de toda su vida, Ala había soñado con ser uno de los grandes soberanos de la tierra, un rey de nombre imperecedero. Ahora hacía los preparativos para una guerra que podía llevarlo a la inmortalidad o al olvido, y en ese momento le resultaba imposible permitir que alguien obstruyera su voluntad.

Ibn Sina sabía que el rey mandaría matar a Jesse ben Benjamin.

Tal vez ya se había impartido la orden de que unos asaltantes no identificados cayeran sobre el joven hakim en la calle, o que unos soldados lo arrestaran, para ser juzgado y sentenciado por un tribunal islámico. Ala era políticamente hábil y usaría la ejecución del Dhimmi como mejor conviniera a sus propósitos.

Durante años, Ibn Sina había estudiado al sha Ala y comprendía cómo operaba su mente. Sabía lo que debía hacer.

Aquella mañana, en el maristán, reunió a su personal.

—Hemos sabido que en la ciudad de Idhaj hay una serie de pacientes demasiado enfermos para trasladarse al hospital —dijo, y era verdad—. Por lo tanto —se dirigió en particular a Jesse ben Benjamin—, debes cabalgar hasta Idhaj y montar allí un dispensario para el tratamiento de esa gente.

Después de hablar sobre las hierbas y medicinas que debía llevar en un asno de carga, de los medicamentos que podían encontrarse en dicha ciudad, y de las historias de algunos pacientes conocidos, Jesse se despidió y partió sin demora.

Idhaj estaba al sur, a tres días de lento e incómodo viaje, y el dispensario lo entretendría como mínimo tres días, lo que daría a Ibn Sina tiempo de sobra.

A la tarde siguiente, fue solo al Yehuddiyyeh y enfiló directamente hacia la casa de su asistente.

La mujer abrió la puerta con el niño en brazos. Su cara mostró sorpresa y una leve confusión al ver al Príncipe de los Médicos en el umbral, pero en seguida se recuperó y lo hizo pasar con la cortesía debida. La casa era humilde pero estaba bien cuidada, y habían conseguido hacerla cómoda, colocando tapices en las paredes y extendiendo alfombras en el suelo de tierra apisonada. Con diligencia digna de elogio, Mary puso ante él una fuente de barro con pasteles de semillas dulces y un sherbet de agua de rosas aromatizadas con cardamomo.

Ibn Sina no había contado con las dificultades idiomáticas. Cuando intentó hablar con ella, comprendió de inmediato que sólo conocía unas cuantas palabras de parsi.

Su intención era hablar largamente y con persuasión; quería informarle de que al percatarse de las cualidades intelectuales y de la competencia de su marido, fue tras el joven y corpulento extranjero como un avaro tras un tesoro que codicia o como un hombre que desea a una mujer. Quería que el europeo se entregara a la medicina porque tenía claro que Dios había destinado a Jesse ben Benjamin a la curación.

—Será una luminaria. Está casi formado, pero aún es pronto, todavía no ha llegado.

»Todos los reyes están locos. Para el que tiene el poder absoluto, no es más difícil cobrarse una vida que otorgar un calaat. Pero si huyeseis ahora significaría un resentimiento para el resto de vuestra vida, porque ha llegado muy lejos y se ha atrevido a mucho. Sé que no es judío.

La mujer se sentó abrazando al niño y observando a Ibn Sina con creciente tensión. Él intentó hablar hebreo sin alcanzar resultados, luego turco y árabe en rápida sucesión. Era filólogo y lingüista, pero conocía muy pocos idiomas europeos, pues sólo aprendía las lenguas útiles para la erudición. Le habló en griego y tampoco obtuvo respuesta.

Entonces pasó al latín y notó que ella movía ligeramente la cabeza y parpadeaba.

—Rex te venire ad se vult. Si non, maritus necabitur —Lo repitió—: El rey quiere que vayas con él. Si no lo haces, tu marido será asesinado.

—Quid dicas? —preguntó Mary, asombrada de lo que había dicho.

Ibn Sina volvió a repetirlo, muy lentamente.

El bebé comenzó a inquietarse entre sus brazos, pero ella no le prestó la menor atención. Fijó la vista en Ibn Sina. Tenía la cara pálida como la nieve, y aunque no mostraba la menor emoción, el maestro percibió un elemento que no había notado antes. El anciano comprendía a la gente y, por primera vez, su ansiedad disminuyó, pues reconoció toda la fortaleza contenida en aquella mujer. Él efectuaría las gestiones y ella haría cuanto fuese necesario.

Se presentaron a buscarla unos soldados con una silla de mano. Mary no sabía qué hacer con Rob J., de modo que lo llevó consigo. Fue una solución acertada, porque en el harén de la Casa del Paraíso el niño fue recibido por varias mujeres que se mostraron encantadas con él.

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