Médico, El
El Largo Viaje
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
SEGUNDA PARTE
EL LARGO VIAJE
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LA PRIMERA ETAPA
Londres era el puerto inglés desde el que partían más barcos hacia Francia de modo que se dirigió a la ciudad que lo había visto nacer. A lo largo de todo el camino hizo altos para trabajar, pues quería emprender la aventura con la mayor cantidad posible de oro. Tras su llegada a Londres se enteró de que estaba cerrada la temporada de navegación. El Támesis se hallaba congestionado por los mástiles de los navíos anclados. Haciendo honor a su origen danés, el Rey Canuto había construido una gran Flota de naves vikingas que surcaban las aguas como monstruos con ronzal. Los temibles buques de guerra estaban rodeados por un variado conjunto: gordos galeones convertidos en barcas para pesca de altura; las galeras trirremes, de propiedad privada de los ricos; buques cerealeros achaparrados, de lenta navegación a vela; dos paquebotes mercantes con velas triangulares, de aparejo latino, carracas italianas de dos mástiles; largas naves de un sólo mástil que hacían de caballos de tiro de las flotas mercantes de los países nórdicos. Ninguna de las embarcaciones llevaba carga ni pasajeros, pues ya soplaban los vientos glaciales. En los terribles seis meses siguientes, muchas mañanas se congelaría la espuma salada en el Canal, y los marineros sabían que aventurarse hasta donde el mar del Norte confluye con el Atlántico equivalía a buscarse morir ahogado en aquellas aguas agitadas.
En el Herring, un antro de marineros del puerto, Rob golpeó contra la mesa su taza de sidra calentada con especias.
—Estoy buscando alojamiento limpio y abrigado hasta la primavera dijo
—. ¿Alguno de los presentes podría orientarme?
Un hombre bajo pero ancho, con figura de bulldog, lo estudió mientras vaciaba su taza, y luego asintió.
—Sí —dijo—. Mi hermano Tom murió en el último viaje. Su viuda, que responde al nombre de Binnie Ross, ha quedado con dos bocas para alimentar. Si estas dispuesto a pagar razonablemente, sé que te alojará encantada.
Rob le pagó una copa y lo acompañó hasta una diminuta casa cercana próxima al mercado de East Chepe. Binnie Ross resultó ser una ratita flacucha, toda ojos azules preocupados en una carita delgada y pálida. La casa estaba bastante limpia aunque era muy pequeña.
—Tengo una gata y una yegua —advirtió Rob.
—La gata no me molestará —dijo la dueña de la casa, ansiosa: era evidente que necesitaba dinero desesperadamente.
—Puedes guardar el caballo durante el invierno —dijo su cuñado—. En la calle del Támesis están los establos de Egglestan.
Rob asintió.
—Conozco el lugar.
—Está preñada —dijo Binnie Ross, alzando a la gata y acariciándola.
Rob no vio ninguna redondez extraordinaria en su liso vientre.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, convencido de que estaba equivocada—.
Todavía es muy joven; nació el verano pasado.
La chica se encogió de hombros.
Tenía razón: pocas semanas después, Señora Buffington prosperaba. Rob la alimentaba con bocados exquisitos y proporcionaba buenos alimentos a Binnie y a su hijo. La pequeña era bebé y todavía mamaba. A Rob le encantaba ir andando al mercado y hacer la compra para ellos, recordando el milagro de alimentarse bien después de largo tiempo con el estómago vacío.
La pequeña se llamaba Aldyth y el niño, de menos de dos años, Edwin.
Todas las noches Rob oía llorar a Binnie.
Llevaba en la casa menos de dos semanas cuando ella se acercó a su cama en la oscuridad. No dijo una sola palabra, pero se tendió y lo rodeó con sus delgados brazos, silenciosa durante todo el acto. Por curiosidad, Rob probó su leche y la encontró dulce.
Después, ella volvió a su propio lecho y al día siguiente no hizo ninguna referencia a lo ocurrido.
—¿Cómo murió tu marido? —le preguntó mientras ella servía las gachas del desayuno.
—En una tormenta. Wulf, su hermano, el que te trajo aquí, dijo que a mi Paul se lo había llevado la mar. No sabía nadar.
Acudió a él más de una noche, aferrándolo desesperadamente. Más adelante, el hermano de su difunto marido, que sin duda había hecho acopio de coraje para hablarle, se presentó en la casa una tarde. A partir de entonces Wulf aparecía todos los días con regalitos; jugaba con sus sobrinos, pero era evidente que hacía la corte a la madre, y un día Binnie le dijo a Rob que ella y Wulf se casarían. Este anuncio volvió más cómoda la casa para la larga espera de Rob.
Durante una ventisca, Rob asistió a Señora Buffington en el alumbramiento de una hermosa camada: una miniatura de sí misma, un macho blanco y un par de mininos negros y blancos que probablemente habían salido a su padre. Binnie se ofreció a prestarle el servicio de ahogar a los cuatro gatitos, pero en cuanto fueron destetados Rob forró un cesto con trapos y los llevó a las tabernas, donde pagó una serie de bebidas con el propósito de que alguien aceptara llevárselos.
En marzo, los esclavos que hacían el trabajo pesado volvieron al puerto y nuevas filas de hombres y narrias comenzaron otra vez a abarrotar la calle del Támesis, cargando los depósitos y los barcos con productos de exportación.
Rob hizo innumerables preguntas a los viajantes y decidió que lo más conveniente era iniciar el viaje vía Calais.
—Allí se dirige mi nave —le dijo Wulf, y lo llevó a la grada para mostrarle el Queen Emma.
El barco no era tan importante como su nombre: un enorme carcamán de madera con un mástil altísimo. Los estibadores lo estaban cargando con planchas de estaño de las minas de Cornualles. Wulf llevó a Rob ante el capitán, un galés nada sonriente que asintió cuando le preguntó si llevaría un pasajero, y mencionó un precio que parecía justo.
—Tengo un caballo y un carro —dijo Rob.
El capitán frunció el ceño.
—Te costará caro transportarlos por mar. Algunos venden sus bestias y carros a este lado del Canal y compran otros nuevos al llegar al otro lado.
Rob meditó un rato, pero decidió pagar el flete, aunque era muy elevado.
Había forjado el plan de trabajar como cirujano barbero durante sus viajes.
Caballo y el carromato rojo eran un buen equipo, y no confiaba en encontrar otro que le diera tantas satisfacciones.
Con abril el tiempo se volvió bonancible y empezaron a salir los primeros barcos. El Queen Emma levó anclas del fango del Támesis el undécimo día del mes, despedido por Binnie sin demasiado llanto. Soplaba un viento fresco pero suave. Rob vio cómo Wulf y otros siete marineros halaban los cabos levantando una enorme vela cuadrada que se hinchó con un crujido en cuanto llegó a lo alto: comenzaron a flotar en la marea ascendente.
Pesada con su carga de metal, la enorme embarcación salió del Támesis, deslizándose suavemente a través de los estrechos entre la isla de Thanet y el continente, arrastrándose frente el litoral de Kent, y cruzando luego tenazmente el Canal, viento en popa.
La costa verde oscureció a medida que retrocedía, hasta que Inglaterra fue una bruma azul y luego un borrón púrpura que se tragó la mar. Rob no tuvo la oportunidad de albergar nobles pensamientos, pues estaba vomitando. Al pasar a su lado en cubierta, Wulf interrumpió sus pasos y escupió despectivamente por el colmillo.
—¡Por los clavos de Cristo! Vamos demasiado cargados para cabecear, el tiempo es inmejorable y las aguas están en calma. ¿Qué te ocurre?
Pero Rob no pudo responder, pues estaba inclinado sobre la borda para no manchar la cubierta. En parte, su problema era el terror que experimentaba, pues nunca había estado en el mar y ahora lo acosaba toda una vida de historias de ahogados, desde el marido y los hijos de Editha Lipton hasta el infortunado Tom Ross, que había dejado viuda a Binnie. Las aguas aceitosas en las que vomitaba se presentaban inescrutables e insondables, probable hogar de monstruos malignos, y Rob se arrepintió de la temeridad con que había emprendido tan extraña aventura. Para colmo de males, el viento arreció y en el mar se formaron profundos oleajes. Tuvo la certeza de
que en breve moriría, y hubiera dado buena acogida a semejante liberación.
Wulf fue a buscarlo y le ofreció una cena compuesta por pan y cerdo salado frito muy frío. Rob resolvió que Binnie debía haberle confesado las visitas a su lecho y que esa era la venganza de su futuro marido, al que no tenía fuerzas para responder.
El viaje había durado siete interminables horas cuando otra bruma se levantó en el denso horizonte y lentamente apareció Calais.
Wulf se despidió deprisa, pues estaba ocupado con la vela. Rob condujo a la yegua y el carro por la plancha, hacia una tierra firme que parecía subir y bajar como el mar. Razonó que el terreno francés no podía oscilar, pues de lo contrario habría oído hablar de semejante rareza. Lo cierto es que después de unos minutos de caminata, la tierra le pareció más firme, pero ¿a dónde iría? No tenía la menor idea de su destino ni de cuál debía ser el próximo paso. El idioma constituía un obstáculo. A su alrededor, la gente hablaba con un sonido de matraca, y no logró extraer ningún sentido a sus palabras. Finalmente se detuvo, se encaramó al carromato y batió palmas.
—¡Contrataré a quien hable mi lengua! —gritó.
Un viejo con cara de necesidad se acercó a él. Tenía las piernas canijas y una estructura esquelética que advertían que no sería muy útil para levantar y arrastrar pesos. Pero el hombre notó que Rob estaba pálido y sus ojos centellearon.
—¿Podemos hablar frente a un vaso calmante? Los alcoholes de manzana operan maravillas para asentar el estómago —dijo, y la lengua madre fue una bendición para los oídos de Rob.
Se detuvieron en la primera taberna que encontraron. Se sentaron ante una rústica mesa de pino, al aire libre.
—Yo soy Charbonneau —dijo el francés, haciéndose oír por encima del bullicio de los muebles—. Louis Charbonneau.
—Rob J. Cole.
En cuanto les sirvieron el aguardiente de manzanas, cada uno brindó a la salud del otro, y Charbonneau había acertado, porque el alcohol calentó el estómago de Rob y lo devolvió al mundo de los vivos.
—Creo que ahora puedo comer —dijo, aunque dubitativo.
Contento, Charbonneau impartió una orden y en seguida una camarera llevó a la mesa un pan crujiente, una fuente con pequeñas olivas verdes y un queso de cabra que hasta Barber habría aprobado.
—Ya ves por qué necesito ayuda—dijo Rob con tono quejumbroso—; ni siquiera sé pedir la comida.
—Toda mi vida he sido marinero. Era un crío cuando mi primer barco me dejó en Londres, y recuerdo muy bien cuánto ansiaba oír mi lengua natal —
explicó Charbonneau sonriendo.
La mitad de su vida en tierra la había pasado al otro lado del Canal, dijo, donde hablaban inglés.
—Yo soy cirujano barbero y viajo a Persia para comprar medicinas raras y hierbas curativas que serán enviadas a Inglaterra.
Eso era lo que había decidido decir a todos, para eludir cualquier discusión sobre el hecho de que la Iglesia consideraba un delito su verdadero motivo para ir a Ispahán.
Charbonneau enarcó las cejas.
—Es un largo viaje.
Rob asintió.
—Necesito un guía; alguien que traduzca lo que digo para poder presentar mis espectáculos, vender mi panacea y tratar a los enfermos durante el trayecto. Estoy dispuesto a pagar un salario generoso.
Charbonneau cogió una oliva de la fuente y la puso sobre la mesa caldeada por el sol.
—Francia —dijo y cogió otra oliva —. Los cinco ducados de Alemania regidos por los sajones. —Cogió otra y luego otra, hasta que hubo siete olivas en fila—. Bohemia —dijo, señalando la tercera—, donde viven los eslavos y los checos. Después está el territorio de los magiares, un país cristiano pero lleno de bárbaros jinetes salvajes. A continuación los Balcanes, un paraje de altas y feroces montañas, de gentes altas y feroces.
Más allá Tracia, de la que sé muy poco salvo que marca el límite final de
Europa y en ella se encuentra Constantinopla. Y finalmente Persia, adonde tú quieres ir.
Observo a Rob contemplativamente.
—Mi ciudad natal está en la frontera entre Francia y las tierras de los alemanes, cuyas lenguas teutónicas hablo desde mi infancia. Por tanto, si me contratas, te acompañaré hasta... —Recogió las dos primeras olivas y se las metió en la boca—. Debo dejarte a tiempo para estar en Metz el próximo invierno.
—Trato hecho —dijo Rob, aliviado.
Después, mientras Charbonneau le sonreía y pedía otro aguardiente, Rob consumió con gesto solemne las demás olivas de la fila, tragándose así la senda de los cinco países restantes, uno por uno.
23
EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA
Francia no era tan decididamente verde como Inglaterra, pero había más sol. El cielo parecía más alto, y el color de Francia era un azul oscuro. Gran parte de la tierra estaba compuesta por bosques, como su país. El campo estaba salpicado de granjas escrupulosamente pulcras, y de vez en cuando aparecía un sombrío castillo de piedra similar a los que Rob estaba acostumbrado a ver en los campos de su terruño; pero algunos señores vivían en grandes casas solariegas de madera, que eran poco comunes en Inglaterra. En los pastos había ganado y campesinos sembrando trigo.
Rob ya había visto algunas maravillas.
—Muchos de vuestros edificios campestres carecen de techo —observó.
—Aquí llueve menos que en Inglaterra —dijo Charbonneau—. Algunos granjeros trillan el grano en graneros abiertos.
Charbonneau montaba un caballo grande y plácido de color gris claro, casi blanco. Sus armas tenían aspecto de haber sido usadas y bien cuidadas.
Todas las noches atendía cuidadosamente su montura, y limpiaba y lustraba la espada y la daga. Era una compañía agradable en el campamento y en el camino.
Todas las granjas tenían huerto, ahora en flor. Rob se detuvo en unas cuantas con la intención de comprar licor, pero no encontró hidromiel.
Adquirió un barril de aguardiente de manzanas, similar al que había paladeado en Calais, y descubrió que mejoraba la Panacea Universal.
Allí, como en todas partes, los mejores caminos habían sido construidos tiempo atrás, por los romanos, para que marcharan sus ejércitos: anchas calzadas que empalmaban entre sí y eran tan rectas como lanzas.
Charbonneau hizo observaciones cariñosas sobre sus caminos.
—Abundan por doquier y forman una red que abarca el mundo. Si lo quisieras, podrías seguir por estas vías hasta llegar a Roma.
No obstante, ante un cartel que indicaba una aldea llamada Caudry, Rob hizo desviar a Caballo del camino romano. Charbonneau desaprobó la maniobra.
—Estos senderos arbolados son peligrosos.
—Tengo que recorrerlos para ejercer mi oficio. Son los únicos que llevan a las aldeas pequeñas. Tocaré el cuerno. Es lo que siempre he hecho.
Charbonneau se encogió de hombros.
Las casas de Caudry tenían techos cónicos de broza o de paja. Las mujeres cocinaban al aire libre; casi todas las casas tenían una mesa de tablones y bancos cerca del fuego, debajo de un tosco sombrajo sostenido por cuatro postes resistentes que eran troncos de árboles jóvenes. Aquello no podía tomarse por un pueblo inglés, pero Rob hizo todos los movimientos de rutina como si estuviera en casa.
Dio el tambor a Charbonneau y le dijo que lo batiera. El francés parecía divertirse y se interesó vivamente cuando Caballo se puso a hacer cabriolas al son del tambor.
—¡Hoy hay espectáculo! ¡Gran espectáculo! —gritó Rob.
Charbonneau captó la idea de inmediato, y a partir de entonces tradujo todo lo que decía Rob.
La experiencia del espectáculo en Francia resultó rara para Rob. Los espectadores reían de los mismos cuentos aunque en diferentes momentos quizá porque debían esperar la traducción. Durante los juegos malabares
Charbonneau estaba transfigurado, y sus farfullados comentarios de deleite contagiaron a la multitud, que aplaudió vigorosamente.
Vendieron grandes cantidades de Panacea Universal.
Aquella noche, en el campamento, Charbonneau insistió en que hiciera malabarismos, pero Rob se negó.
—Ya te hartarás de verme, no temas.
—Es sorprendente. ¿Dices que haces eso desde que eras un crío?
—Sí.
Le habló de los tiempos en que Barber se lo había llevado consigo tras la muerte de sus padres.
Charbonneau meneó la cabeza.
—Has tenido suerte. Cuando yo tenía doce años murió mi padre, y mi hermano Étienne y yo fuimos entregados como grumetes a una embarcación pirata. —Suspiró—. Ésa sí que es una vida dura, amigo mío.
—Creía haberte oído decir que tu primer viaje te llevó a Londres.
—Mi primer viaje en un buque mercante, a los diecisiete. Pero los cinco años anteriores navegué con piratas.
—Mi padre ayudó a defender Inglaterra contra tres invasiones. Dos veces cuando los daneses invadieron Londres. Y otra cuando los piratas invadieron Rochester —dijo Rob lentamente.
—Mis piratas nunca atacaron Londres. Una vez tocamos tierra en Romney, incendiamos dos casas y nos llevamos una vaca a la que matamos para comer carne.
Se miraron fijamente.
—Eran muy malas personas. Pero yo tenía que hacer eso para conservar la vida.
Rob asintió.
—¿Y Étienne? ¿Qué ha sido de Étienne?
—Cuando tuvo edad suficiente huyó y volvió a nuestra ciudad, donde se colocó de aprendiz de panadero. Hoy también es un viejo y hace un pan excepcional.
Rob sonrió y le deseó que pasara buena noche.
Cada tres o cuatro días iban a la plaza de una aldea distinta, donde todo transcurría como de costumbre: las tonadas libertinas, los retratos halagadores las curas con licor. Al principio Charbonneau traducía los llamamientos del cirujano barbero, pero en breve el francés se había acostumbrado tanto, que era capaz de reunir una multitud por su cuenta.
Rob trabajaba duramente, deseoso de llenar su caja, pues sabía que el dinero significaba protección en países extranjeros.
El mes de junio fue cálido y seco. Mordisquearon diminutos bocados de la oliva llamada Francia, atravesando su borde norteño, y a principios del verano estaban casi en la frontera alemana.
—Nos estamos acercando a Estrasburgo —anunció Charbonneau una mañana.
—Vayamos a esa ciudad para que puedas ver a los tuyos.
—Si lo hacemos perderemos dos días —objetó Charbonneau, pero Rob sonrió y se encogió de hombros, porque simpatizaba con el anciano francés.
La ciudad era hermosa y bullía de artesanos que estaban construyendo una gran catedral en la que ya apuntaba la promesa de incrementar la gracia general de las anchas calles y elegantes casas de Estrasburgo. Fueron directamente a la panadería, donde un locuaz Étienne Charbonneau estrujó a su hermano en un enharinado abrazo.
La noticia de su llegada se transmitió según el sistema de información familiar, y aquella tarde se presentaron para celebrarla dos apuestos hijos de Étienne y tres de sus hijas, de ojos oscuros, con su prole y sus cónyuges; la hija más joven, Charlotte, era soltera y aún vivía en casa de su padre.
Charlotte preparó una cena pródiga: tres gansos estofados con zanahorias y ciruelas pasas. Pusieron en la mesa dos tipos de pan fresco. Uno redondo, al que Étienne llamó «pan de perro», y que era delicioso a pesar de su nombre.
Estaba compuesto por capas alternativas de trigo y centeno.
—Es muy barato; se trata del pan de los pobres —dijo Étienne, y estimuló a Rob a probar una barra larga más cara, hecha con tranquillón, una mezcla de harinas con muchos granos molidos finos.
A Rob le gusto más el «pan de perro».
Fue una velada alegre. Louis y Étienne traducían todo para Rob, con gran hilaridad general. Los niños bailaron, las mujeres cantaron, Rob hizo los malabares para corresponder a la opípara cena, y Étienne tocó la gaita tan bien como horneaba el pan.
Cuando finalmente la familia se marchó, todos besaron a los viajeros a modo de despedida. Charlotte hundió el vientre y asomó su pecho recién florecido, mientras sus grandes ojos invitaban escandalosamente a Rob. Esa noche, echado en la cama, Rob se preguntó cómo sería la vida si se instalara en el seno de una familia como aquella y en un entorno tan encantador.
A medianoche se levantó.
—¿Ocurre algo? —preguntó Étienne en voz baja.
El panadero estaba sentado en la oscuridad, no muy lejos de donde yacía su hija.
—Tengo que mear.
—Iré contigo —dijo Étienne.
Salieron juntos y orinaron amistosamente contra un costado del granero Cuando Rob regresó a su cama de paja, Étienne se acomodó en la silla y se quedó vigilando a Charlotte.
Por la mañana, el panadero mostró a Rob sus grandes hornos redondos y regaló a los viajeros un saco lleno de «pan de perro» horneado dos veces para que quedara duro y no se estropeara, a semejanza de las galletas marineras.
Los habitantes de Estrasburgo tuvieron que esperar sus panes ese día pues Étienne cerró la panadería y cabalgó con ellos parte del trayecto. El camino romano los llevó hasta el río Rin, a corta distancia de la casa de Étienne, y luego se curvaba aguas abajo algunas millas, hasta un vado. Los hermanos se inclinaron en sus monturas y se besaron.
—Ve con Dios —dijo Étienne a Rob, al tiempo que enfilaba su caballo hacia su casa, y ellos salpicaban agua cruzando el vado.
Las aguas arremolinadas estaban frías y aun débilmente pardas por la tierra arrastrada por las inundaciones primaverales río arriba. La senda
ascendente de la orilla opuesta era empinada, y Caballo realizó un gran esfuerzo para arrastrar el carromato hasta la tierra de los teutones.
En seguida llegaron a las montañas, cabalgando entre altos bosques de piceas y abetos. Charbonneau estaba cada vez más callado, lo que en principio Rob atribuyó a lo mucho que le dolía separarse de su familia y de su terruño, pero al cabo de un rato el francés escupió.
—No me gustan los alemanes, ni tampoco pisar su tierra.
—Sin embargo, naciste lo más cerca de ellos que puede nacer un francés.
Charbonneau frunció el ceño.
—Uno puede vivir junto al mar y no amar a los tiburones —dijo.
A Rob lo impresionaba como una tierra agradable. El aire era frío y claro.
Descendieron una montaña alargada a cuyo pie vieron a hombres y mujeres cortando y revolviendo el heno del valle para obtener forraje tal como hacían los campesinos en Inglaterra. Subieron otra montaña hasta unas tierras de pastoreo no muy extensas donde los niños atendían a las vacas y las cabras llevadas a pastar durante el verano desde las granjas. La senda era alta, y poco después, al bajar la vista, vieron un gran castillo de piedra gris oscuro. Unos jinetes participaban en una justa con las lanzas cubiertas, en la palestra. Charbonneau volvió a escupir.
—Es la torre del homenaje de un hombre terrible, el langrave de este sitio.
El conde Sigdorff, el Imparcial.
—¿El Imparcial? No parece el sobrenombre más apropiado para un hombre tan terrible.
—Ahora es viejo —explicó Charbonneau—. Pero se ganó ese nombre en la juventud, cayendo sobre Bamberg y llevándose a doscientos prisioneros.
Ordenó que a cien de ellos les cortaran la mano derecha y a los otros cien la mano izquierda.
Llevaron a sus caballos a medio galope hasta que el castillo desapareció de la vista.
Antes de mediodía llegaron a una señal de desvío del camino romano hacia la aldea de Entburg, en la que decidieron montar su espectáculo.
Hacía unos minutos que habían tomado el desvío cuando llegaron a un
recodo y vieron a un hombre que bloqueaba el sendero, montado en un caballo flaco y cobrizo, de ojos legañosos. El hombre era calvo y tenía pliegues de grasa en su corto pescuezo. Llevaba puesta una prenda de tejido casero sobre un cuerpo al mismo tiempo carnoso y duro, semejante al de Barber cuando Rob lo conoció. No había lugar para pasar con el carromato, pero tenía las armas enfundadas y Rob refrenó al caballo mientras se estudiaban mutuamente. El hombre calvo pronunció unas palabras.
—Pregunta si tienes licor —aclaró Charbonneau.
—Dile que no.
—El hijoputa no está solo —agregó Charbonneau sin alterar el tono de voz y Rob percibió que otros dos habían dispuesto sus cabalgaduras detrás de los árboles.
Uno era un joven montado en una mula. Cuando se acercó al gordo, Rob notó la similitud de sus rasgos y dedujo que eran padre e hijo. El tercero iba en un animal enorme y torpe que parecía un caballo de tiro. Se instaló detrás del carromato, cortando la retirada por retaguardia. Tendría unos treinta años. Era menudo y de aspecto ruin; le faltaba la oreja izquierda, como a Señora Buffington.
Los dos recién llegados empuñaban espadas. El calvo dijo algo a Charbonneau en voz alta.
—Dice que debes bajar del carromato y quitarte la ropa. Quiero que sepas que en cuanto lo hagas te matarán —dijo Charbonneau—. La vestimenta es cara y no quieren que se manche de sangre.
Rob no notó de dónde había sacado Charbonneau su puñal. El viejo lo arrojó con un esforzado gruñido y un experto movimiento de mano que lo proyectó en línea recta y a gran velocidad: se hundió en el pecho del joven de la espada.
En los ojos del gordo se notó un sobresalto, pero aún no se había borrado la sonrisa de sus labios cuando Rob abandonó el asiento de su carromato.
Dio un solo paso hasta el ancho lomo de Caballo y se lanzó, arrancando al hombre de su silla. Aterrizaron rodando y dando zarpazos, cada uno intentando desesperadamente herir al otro. En un momento dado, Rob logró
pasar su brazo izquierdo por debajo del mentón del otro, desde atrás. Un puño carnoso empezó a golpearle la ingle, pero Rob se retorció y pudo desviar los puñetazos a una nalga. Recibió unos terribles martillazos que le entumecieron la pierna. Con anterioridad siempre había peleado borracho y enloquecido de ira. Ahora estaba sobrio y concentrado en un único pensamiento, frío y claro.
«Mátalo.»
Jadeante, se aferró a la muñeca izquierda con la mano libre y tironeó, tratando de estrangularlo o aplastarle la tráquea.
Luego pasó a la frente e intentó echarle la cabeza hacia atrás, lo suficiente para estropearle la espina dorsal.
«¡Quiébrate!», imploró. Pero el cuello era corto y grueso, acolchado con grasa y surcado de músculos.
Una mano con largas uñas negras subió hasta su cara.
Rob se debatió para apartar la cabeza, pero la mano le rastrilló la mejilla haciéndolo sangrar.
Gruñeron y lucharon como en una tosca pelea de amantes.
La mano volvió.
Esta vez llegó un poco más arriba, en busca de los ojos Clavo sus afiladas uñas y Rob gritó.
Al instante Charbonneau estaba de pie sobre ellos. Insertó la punta de la espada deliberadamente, buscando un espacio entre las costillas, y hundió a fondo la espada.
El calvo suspiró, como si estuviera satisfecho. Dejó de gruñir y de moverse y se desplomó. Rob lo olió por primera vez.
Logró apartarse del cadáver. Se sentó, acariciándose la cara vapuleada.
El joven colgaba de la grupa de la mula, con sus sucios pies descalzos cruelmente enganchados. Charbonneau le arrancó el puñal y lo limpió.
Aflojó los pies muertos sujetos a los estribos de cuerda y bajó su cuerpo a tierra.
—¿El tercero? —jadeó Rob, sin poder evitar un temblor en su voz.
Charbonneau escupió.
—Huyó al primer indicio de que no nos dejaríamos matar tan fácilmente.
—¿Obra del Imparcial, necesitado de refuerzos?
Charbonneau meneó la cabeza.
—Éstos son asesinos baratos y no hombres de un langrave.
Registró los cadáveres con la destreza del que no lo hace por primera vez.
Del cuello del hombre colgaba una pequeña bolsa con monedas. El joven no llevaba dinero, pero sí un crucifijo deslustrado. Sus armas eran de mala calidad, pero Charbonneau las arrojó en el interior del carromato.
Dejaron a los salteadores de caminos donde estaban; el cadáver del calvo yacía de bruces sobre su propia sangre.
Charbonneau ató la mula a la parte de atrás del carro y llevó de las riendas al huesudo caballo capturado. Después, volvieron al camino romano.
24
LENGUAS EXTRAÑAS
Cuando Rob preguntó a Charbonneau dónde había aprendido a lanzar diestramente un puñal, el viejo francés respondió que se lo habían enseñado los piratas de su juventud.
—Era útil para luchar contra los condenados daneses y apoderarse de sus naves. —Vaciló—. Y para luchar contra los condenados ingleses y apoderarse de sus naves —agregó con tono malicioso.
En ese entonces no le fastidiaban las trilladas rivalidades nacionales, y ninguno de ellos tenía la menor duda acerca de la valía de su compañero.
Intercambiaron una sonrisa.
—¿Me enseñarás?
—Si tú me enseñas a hacer malabarismos —dijo Charbonneau, y Rob accedió de buena gana.
El trato era desigual, pues para Charbonneau había pasado la hora de llegar a dominar una habilidad difícil, y en el poco tiempo que les quedaba sólo aprendió a botar dos pelotas, aunque extrajo un enorme placer arrojándolas y recogiéndolas.
Rob tenía la ventaja de la juventud, y los años pasados haciendo juegos malabares lo habían dotado de muñecas fuertes y flexibles, además de una mirada aguda, equilibrio y sincronización.
—Se requiere un puñal especial. Tu daga tiene una hoja fina que muy pronto se quebraría si empezaras a arrojarla, o se estropearía la empuñadura, que es el centro del peso y del equilibrio de una daga corriente. Un puñal arrojadizo equilibra el peso en la hoja, de modo que un movimiento rápido de la muñeca lo lanza fácilmente de punta hacia el blanco.
Rob aprendió deprisa a lanzar el puñal de Charbonneau de modo que presentara primero su hoja afilada. Le resultó más difícil adquirir pericia para dar en el blanco al que apuntaba, pero estaba acostumbrado a la disciplina de la práctica y arrojaba el puñal a una marca hecha en un árbol, cada vez que tenía la oportunidad.
Se mantuvieron en los caminos romanos, que estaban abarrotados de viajeros que hablaban muchas lenguas. En una ocasión, la partida de un cardenal francés los obligó a apartarse del camino. El prelado cabalgaba rodeado por doscientos jinetes y ciento cincuenta sirvientes; usaba zapatos de color escarlata, sombrero y capa gris sobre una casulla en otros tiempos blanca, y ahora más oscura que la capa por el polvo del camino. Algunos peregrinos avanzaban en la dirección general de Jerusalén, solos o en grupos reducidos o numerosos; a veces eran conducidos o instruidos por palmeros devotos religiosos que indicaban su participación en viajes sagrados usando dos palmas cruzadas recogidas en Tierra Santa. Algunas bandas de caballeros con armaduras pasaban al galope emitiendo gritos de guerra, a menudo borrachos, habitualmente belicosos y siempre sedientos de gloria, botín y diversiones. Algunos fanáticos religiosos llevaban cilicios y se arrastraban hacia Palestina sobre sus manos y rodillas ensangrentadas, para cumplir los votos hechos a Dios o a un santo. Agotados e indefensos, eran presas fáciles. En las carreteras abundaban los criminales, y la aplicación de las leyes por parte de los funcionarios era, en el mejor de los casos, negligente. Cuando un ladrón o un salteador de caminos era atrapado
con las manos en la masa, los mismos viajeros lo ejecutaban en el lugar del hecho, sin celebrar ningún juicio.
Rob mantenía sus armas sueltas y preparadas, casi a la expectativa de que el ladrón al que le faltaba la oreja izquierda guiara hasta ellos a una pandilla de jinetes para vengarse. Las dimensiones de Rob, su nariz rota y las rayas de las heridas faciales se combinaban para darle una apariencia formidable, pero comprendió, divertido, que su mejor protección residía en el viejo de aspecto frágil que había contratado gracias a sus conocimientos del idioma inglés.
Compraron provisiones en Augsburgo, un activo centro comercial fundado por el emperador romano Augusto en el año 12 a.C., Augsburgo era centro de transacciones entre Alemania e Italia, repleto de gente y absorto en su preocupación, que era el comercio. Charbonneau señaló a unos mercaderes italianos, llamativos por sus zapatos de costoso material y con punteras vueltas hacia arriba. Rob ya llevaba tiempo viendo un creciente número de judíos, pero en los mercados de Augsburgo notó la presencia de muchos más, instantáneamente identificables por sus caftanes negros y sus sombreros de cuero, acampanados y de ala estrecha.
Rob montó el espectáculo en Augsburgo, pero no vendió tanta medicina como anteriormente, tal vez porque Charbonneau traducía con menos entusiasmo cuando se veía obligado a utilizar la lengua gutural de los francos.
No le importó, porque su bolsa estaba abultada; de cualquier manera diez días más tarde, al llegar a Salzburgo; Charbonneau le informó de que el espectáculo en esa ciudad sería el último que presentarían juntos.
—Dentro de tres días llegaremos al río Danubio, donde te dejaré para volverme a Francia. —Rob asintió—. Ya no te seré útil. Más allá del Danubio está Bohemia, donde hablan una lengua que no conozco.
—Serás bienvenido si decides acompañarme, aunque no me hagas de intérprete.
Pero Charbonneau sonrió y negó con la cabeza.
—Ha llegado la hora de que vuelva a casa, esta vez para quedarme.
Esa noche, en una posada, se dieron un banquete de despedida, con comida lugareña: carne ahumada guisada con manteca de cerdo, col encurtida y harina. No les gustó nada y se pusieron achispados con el espeso vino tinto. Rob pagó generosamente al anciano. Charbonneau le dio un último y sobrio consejo:
—Te espera una tierra peligrosa. Dicen que en Bohemia no se nota la diferencia entre los bandidos salvajes y los mercenarios de los señores locales. Si quieres atravesar esas tierras ileso, deberás buscarte la compañía de otras gentes. Rob le prometió que trataría de unirse a un grupo fuerte.
Al llegar al Danubio, Rob comprobó que era un río más caudaloso de lo que esperaba. Sus aguas discurrían rápidas y presentaban una superficie oleosa que, según le constaba, era indicadora de hondura y peligro.
Charbonneau se quedó con él un día más de lo acordado, insistiendo en cabalgar a su lado río abajo, hasta la agreste y semiasentada aldea de Linz, donde una balsa de troncos vadeaba pasajeros y carga a través e un remanso en la ancha vía fluvial.
—Bien —dijo el francés.
—Quizá algún día volvamos a vernos.
—No lo creo.
Se abrazaron.
—Vive eternamente, Rob J. Cole.
—Vive eternamente, Louis Charbonneau.
Rob bajó del carromato y fue a contratar su pasaje mientras el anciano se iba a lomos de su huesudo caballo castaño. El barquero era un hombre tétrico y voluminoso, con un fuerte resfriado, por lo que constantemente se quitaba los mocos del labio superior con la lengua. Decidir la tarifa fue difícil porque Rob no entendía la lengua bohemia, y terminó convencido de que le había cobrado de más. Cuando regresó al carromato, después de un arduo regateo por señas, Charbonneau había desaparecido de la vista.
Al tercer día de estancia en Bohemia se encontró con cinco alemanes gordos y rubicundos, e intentó trasmitirles la idea de que quería viajar con ellos. Se mostró amable, les ofreció oro e indicó que estaba dispuesto a
cocinar y a hacer otras faenas de campamento, pero ninguno de ellos sonrió ni apartó las manos de la empuñadura de su espada.
—¡Jodidos! —dijo, por último, y se volvió.
Pero no podía reprocharles nada: su grupo ya era fuerte y él, un desconocido, un peligro en potencia. Caballo lo llevó desde las montañas hasta una gran meseta en forma de plato, rodeada de verdes colinas. Había campos cultivados de tierra gris, en los que hombres y mujeres se afanaban por obtener trigo, cebada, centeno y remolachas, pero en su mayor parte era una arboleda variada. Por la noche, no muy lejos, oyó el aullido de los lobos. Mantuvo el fuego encendido aunque no hacía frío, y Señora Buffington maullaba al oír a los animales salvajes, aunque dormía con el erizado borde de su lomo apoyado en su amo.
Había dependido de Charbonneau para muchas cosas, pero ahora descubrió que la más insignificante no había sido la compañía. Cabalgando cuesta abajo por el camino romano, conoció el significado de la palabra solo, dado que no podía hablar con ninguna de las personas que encontraba.
Transcurrida una semana desde la partida de Charbonneau una mañana se encontró ante el cuerpo desnudo y mutilado de un hombre colgado de un árbol, a la vera del camino.
El ahorcado era flaco, tenía cara de hurón y le faltaba la oreja izquierda.
Rob lamentó no poder informar a Charbonneau de que otros habían dado su merecido al tercer salteador de caminos.
25
LA INTEGRACIÓN
Rob cruzó la vasta meseta y volvió a internarse en las montañas. Éstas no eran tan elevadas como las que ya había atravesado, pero sí lo bastante accidentadas como para retardar su avance. En otras dos ocasiones se acercó a grupos de viajeros que recorrían el mismo camino, e intentó unirse a ellos, pero ambas veces fue rechazado. Una mañana, un grupo de jinetes harapientos pasaron a su lado y le gritaron algo en su extraña lengua, pero él los retribuyó con un saludo y desvió la mirada, pues se dio cuenta de que
eran unos seres violentos y desesperados. Tuvo la impresión de que si se les unía, en breve estaría muerto.
Tras su llegada a una gran ciudad, entró en una taberna y su alegría se desbordó al descubrir que el tabernero conocía algunas palabras en inglés.
Por ese hombre se enteró de que la ciudad se llamaba Brünn. Los pueblos por cuyo territorio había viajado los habitaban, en su mayor parte, gentes de una tribu a las que se conocía como checos. No se enteró de mucho más, ni logró saber de dónde había sacado el tabernero sus escasos conocimientos de palabras inglesas, pues la sencilla conversación ya había exigido demasiado de su capacidad lingüística. Al abandonar la taberna, Rob descubrió a un hombre en la parte de atrás de su carro, revisando sus pertenencias.
—Fuera —dijo en voz baja.
Desenvainó la espada pero el hombre ya había saltado del carromato y se había alejado sin darle tiempo a detenerlo. La bolsa con el dinero seguía clavada a buen resguardo debajo de las tablas del carro, y lo único que faltaba era una bolsa de paño que contenía los objetos necesarios para los trucos mágicos. No fue poco consuelo pensar en la cara que pondría el ladrón cuando abriera la bolsa.
Después de este acontecimiento, limpiaba sus armas diariamente, manteniendo una ligera capa de grasa en las hojas para que se deslizaran fácilmente de sus vainas al menor tirón. De noche, su sueño era ligero o no dormía, pues estaba atento a cualquier sonido indicativo de que alguien caería sobre él. Le constaba que tenía pocas esperanzas si lo atacaba una partida como la de los jinetes harapientos. Permaneció solo y vulnerable nueve largos días, hasta que una mañana el camino dejó atrás el bosque y
—para su sorpresa, encanto y renovación de las esperanzas— ante sus ojos apareció una diminuta población casi tapada por una enorme caravana.
Las dieciséis casas de la aldea estaban rodeadas por cientos de animales.
Rob vio caballos y mulas de toda clase y tamaño, ensillados o enganchados a vagones, carros y carromatos de todo tipo. Ató a Caballo a un árbol.
Había gente por todos lados, y mientras se abría paso entre la multitud, sus oídos se vieron asaltados por un barboteo de lenguas incomprensibles.
—Por favor —le dijo a un hombre empeñado en la ardua tarea de cambiar una rueda—. ¿Donde está el jefe de la caravana?
Lo ayudó a levantar la rueda hasta el cubo, pero la única respuesta fue una sonrisa de agradecimiento y un movimiento desconcertado de la cabeza.
—¿El jefe de la caravana? —preguntó al siguiente viajero, que en ese momento alimentaba a una yunta de bueyes que tenían bolas de madera fijas a las puntas de sus largos cuernos.
—Ah, der Meister? Kerl Fritta —respondió el hombre e hizo un gesto hacia abajo.
Después fue fácil, porque todos parecían conocer el nombre de Kerl Fritta. Cada vez que Rob lo pronunciaba le contestaban con un movimiento de cabeza y un dedo indicador, hasta que por último llegó a un terreno en el que habían instalado una mesa junto a un inmenso vagón amarrado a seis alazanes de tiro más grandes que había visto en su vida. Sobre la mesa descansaba una espada desenvainada y ante ella estaba sentado un personaje que peinaba sus largos cabellos castaños en dos gruesas trenzas, enfrascado en una conversación con el primero de una larga fila de viajeros que aguardaba para viajar con él.
Rob se situó al final de la cola.
—¿Aquél es Kerl Fritta? —preguntó.
—Sí, es él —respondió uno de los hombres.
Se miraron, asombrados y contentos.
—¡Tú eres inglés!
—Escocés —corrigió el otro, levemente decepcionado—. ¡Qué encuentro! ¡Qué encuentro!—murmuró, aferrando ambas manos de Rob.
Era alto y delgado, de pelo largo y canoso, e iba bien afeitado, al estilo britano. Usaba indumentaria de viaje, de tela negra áspera, pero era un paño de buena calidad y bien cortado.
—James Geikie Cullen —se presentó—. Criador de ovejas y agente de tejidos de lana; viajo a Anatolia con mi hija en busca de mejores variedades de carneros y ovejas.
—Rob J. Cole, cirujano barbero. Rumbo a Persia, para comprar medicinas preciosas.
Cullen lo contempló casi cariñosamente. La línea avanzaba, pero tuvieron tiempo suficiente para intercambiar información, y las palabras inglesas nunca sonaron tan eufóricas en sus oídos.
Cullen iba acompañado por un hombre que llevaba pantalones marrones manchados y una capa gris hecha jirones; le explicó que era Seredy, a quien había contratado como sirviente e intérprete.
Sorprendido, Rob se enteró de que ya no estaba en Bohemia, pues, sin saberlo, dos días atrás había pasado al país de Hungría. La aldea transformada por la caravana se llamaba Vac. Aunque los habitantes disponían de pan y queso, los comestibles y otros suministros eran carísimos.
La caravana se había originado en la ciudad de Ulm, en el ducado de Suabia.
—Fritta es alemán —le confió Cullen—. No se desvive por mostrarse amable, pero es aconsejable unirse a él, dado que informes fehacientes indican que los bandidos magiares hacen presa de los viajeros solitarios y de los grupos poco numerosos, y no hay otra caravana nutrida en las inmediaciones.
Los datos sobre los bandidos parecían ser del conocimiento general. A medida que avanzaban hacia la mesa, se sumaron otros solicitantes a la fila.
Detrás mismo de Rob se situaron tres judíos, que por supuesto despertaron su interés.
—En este tipo de caravanas uno no tiene más remedio que viajar con gente bien nacida y con gentuza —comentó Cullen en voz alta.
Rob estaba observando a los tres hombres con sus caftanes oscuros y sus sombreros de cuero. Conversaban en otra lengua extraña que Rob todavía no había oído, pero le pareció que el que estaba más cerca de él parpadeó al oír las palabras de Cullen, como si lo hubiera entendido. Rob desvió la mirada.
Cuando llegaron a la mesa de Fritta, Cullen se ocupó de sus asuntos y luego tuvo la amabilidad de ofrecer a Seredy como intérprete de Rob.
El jefe de la caravana, experimentado y rápido en esas entrevistas, asimiló eficazmente su nombre, negocios y destino.
—Quiere que entiendas que la caravana no va a Persia —dijo Seredy—.
Más allá de Constantinopla tendrás que hacer tus propios planes.
Rob asintió, y entonces el alemán habló largamente.
—La tarifa que debes pagar al señor Fritta es igual a veintidós peniques ingleses de plata, pero no quiere esta moneda porque el señor Cullen le pagará en peniques ingleses y el señor Fritta dice que no le será fácil colocar tantos. Pregunta si puedes pagarle en monedas de plata francesas y alemanas.
—Sí.
—Entonces son veintisiete de ésas —dijo Seredy con tono excesivamente zalamero.
Rob vaciló. Tenía suficiente cantidad de esas monedas porque había vendido la medicina en Francia y Alemania, pero no conocía su valor de cambio.
—Veintitrés —dijo una voz directamente a sus espaldas, tan baja que creyó haberla imaginado.
—Veintitrés monedas —repitió en tono firme.
El jefe de la caravana aceptó fríamente, mirándolo a los ojos.
—Debes llevar tus propios víveres y provisiones. Si te retrasas o te ves obligado a abandonar, te dejarán atrás —informó el traductor—. Dice que la caravana saldrá de aquí compuesta por unas noventa partidas separadas que totalizan más de ciento veinte hombres. Exige que haya un centinela cada diez grupos, de modo que cada doce días te tocara hacer guardia toda la noche.
—De acuerdo.
—Los recién llegados ocuparán su lugar al final de la línea de marcha donde hay más polvo, y donde el viajero es más vulnerable. Tú seguirás al
señor Cullen y a su hija. Cada vez que alguien que va más adelante abandone, podrás avanzar un solo lugar. Todo el que se una a la caravana a partir de este momento irá detrás de ti.
—De acuerdo.
—Y si practicas tu profesión de cirujano barbero con los miembros de la caravana, deberás compartir tus ganancias a partes iguales con el señor Fritta.
—No —se apresuró a decir, pues era injusto que aquel alemán se llevara la mitad de sus ganancias.
Cullen carraspeó. Rob miró al escocés, noto el temor en su expresión y recordó lo que había dicho acerca de los bandidos magiares.
—Ofrece diez y acepta treinta —aconsejó la voz baja a sus espaldas.
—Te daré un diez por ciento de mis ganancias —ofreció.
Fritta murmuró una única palabra que Rob interpretó como el equivalente teutónico de «mierda»; luego emitió otro sonido corto.
—Dice que cuarenta.
—Dile que veinte.
Acordaron un treinta por ciento. Mientras daba las gracias a Cullen por haberle permitido usar a su intérprete y echaba a andar, Rob observó de soslayo a los tres judíos. Eran hombres de estatura mediana y tez morena, bronceada hasta resultar casi atezada. El hombre que ocupaba en la fila el lugar inmediatamente detrás de él tenía la nariz carnosa y grandes labios sobre una barba castaña moteada de gris. No miró a Rob; dio un paso hacia la mesa, con la total concentración de quien ya ha puesto a prueba a un adversario.
Ordenaron a los recién llegados que ocuparan sus puestos en la línea de marcha durante la tarde, y que esa noche acamparan en su lugar, pues la caravana partiría al amanecer. Rob encontró su posición entre Cullen y los judíos, desenganchó la yegua y la llevó a pastorear, a pocas varas de distancia. Los habitantes de Vac estaban apelando a la última oportunidad de aprovecharse de las ganancias llovidas del cielo, vendiendo provisiones.
Un granjero se acercó a ofrecer huevos y queso amarillo, por los que pedía
cuatro monedas alemanas, un precio abusivo. En lugar de pagar, Rob trocó los alimentos por tres frascos de Panacea Universal y así se ganó la cena.
Mientras comía observó a sus vecinos, que lo observaban, a su vez. En el campamento anterior al suyo, Seredy iba en busca del agua, y cocinaba la hija de Cullen. Era una muchacha muy alta y pelirroja. En el campamento de atrás había cinco hombres. Cuando terminó de limpiar, después de comer, Rob se acercó a donde los judíos cepillaban a sus animales. Tenían buenos caballos, además de dos mulas de carga, una de las cuales llevaba, probablemente, la tienda que habían levantado. Observaron a Rob en silencio cuando se encaminó directamente hacia el hombre que estaba a sus espaldas durante sus tratos con Fritta.
—Soy Rob J. Cole. Quiero darte las gracias.
—De nada, de nada. —El hombre levantó el cepillo del lomo del caballo
—. Me llamo Meir ben Asher.
A continuación, le presentó a sus compañeros. Dos estaban con él Cuando Rob los vio por primera vez en la fila: Gershom ben Shemuel, que tenía un lobanillo en la nariz, era bajo y aparentemente duro como un trozo de madera, y Judah ha-Cohen, de nariz afilada y boca pequeña, con el pelo negro y brillante de un oso y una barba del mismo estilo. Los otros eran más jóvenes. Simon ben Ha-Levi era delgado y serio, casi un hombre, una especie de palo de barba fina. Y Tuveh ben Meir era un chico de doce años, tan crecido para su edad como lo había sido Rob.
—Mi hijo —dijo Meir. Los demás no abrieron la boca. Lo observaban atentamente.
—¿Sois mercaderes?
Meir asintió.
—En otros tiempos nuestra familia vivía en la ciudad de Hameln, en Alemania. Hace diez años todos nos trasladamos a Angora, en tierra de bizantinos, desde donde viajamos tanto al este como al oeste, comprando y vendiendo.
—¿Qué es lo que compráis y vendéis?
Meir se encogió de hombros.
—Un poco de esto, un poco de aquello...
Rob quedó encantado con la respuesta. Se había pasado horas pensando en versiones falsas sobre sí mismo y ahora veía que era innecesario: los hombres de negocios no revelan muchas cosas.
—¿Y adónde viajas tú? —preguntó el joven Simon, sobresaltando a Rob, que había creído que sólo Meir sabía inglés.
—A Persia.
—Persia. ¡excelente! ¿Tiene familia allí?
—No, voy a comprar. Una o dos hierbas, tal vez algunas medicinas.
—Ah —dijo Meir, que intercambió una mirada con los otros judíos.
Todos aceptaron inmediatamente la respuesta de Rob. Era el momento de irse, y les dio las buenas noches.
Cullen no le había quitado los ojos de encima mientras hablaba con los judíos, y cuando Rob se acercó a su campamento el escocés parecía haber perdido gran parte de su simpatía inicial.
Le presentó a su hija Margaret sin entusiasmo, aunque la chica saludó a Rob muy amablemente.
De cerca, su pelo rojo parecía agradable al tacto. Sus ojos eran fríos y tristes. Sus pómulos altos y redondeados daban la impresión de ser tan grandes como el puño de un hombre, y la nariz y la mandíbula eran atractivas aunque no delicadas. Tenía el rostro y los brazos poco elegantes a causa de las pecas, y Rob no estaba acostumbrado a que una mujer fuese tan alta.