Médico, El

Noah Gordon · Capítulo 6 de 7 · parte 1/3

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Médico, El

El Cirujano de Guerra

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

QUINTA PARTE

EL CIRUJANO DE GUERRA

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51

LA CONFIDENCIA

—¿Por qué les resulto tan antipática? —peguntó Mary a Rob.

—No lo sé.

No hizo ningún intento por engañarla, pues ella no era tonta. Cuando la hija menor de Halevi fue hacia ellos haciendo pinitos desde la casa de al lado, Yudit —su madre, que ya no llevaba pan tierno al judío extranjero—

corrió a buscar a su hija sin decir palabra y huyó como de la peste. Rob llevó a Mary al mercado judío y descubrió que ya no le sonreían como al judío del calaat, que ya no era el cliente predilecto de la vendedora Hinda.

Se cruzaron con la vecina Naoma y su rechoncha hija Lea, y ambas apartaron la mirada fríamente, como si el zapatero Yaakob ben Rashi no hubiese insinuado a Rob, en una comida sabatina, que tenía la oportunidad de pasar a formar parte de la familia.

Siempre que Rob caminaba por el Yehuddiyyeh, veía que los judíos que conversaban guardaban silencio y fijaban la vista en el vacío. Notaba los codazos significativos, el feroz resentimiento en una mirada casual, incluso una maldición murmurada en labios del viejo Reb Asher Jacobi el Circuncidador, como proyectando rencor contra uno de los suyos que había probado la fruta prohibida.

Se dijo a sí mismo que no le importaba: ¿Qué significaba realmente para él la gente del barrio judío?

Mirdin Askari era distinto, y a Rob le constaba que lo evitaba. Por las mañanas echaba de menos la sonrisa de Mirdin, con sus grandes dientes a la vista y su reconfortante compañía, pues ahora Mirdin ponía invariablemente una expresión adusta cuando le dedicaba un breve saludo y se alejaba de inmediato.

Un día, Rob se decidió a buscarlo; lo halló a la sombra de un castaño, en los terrenos de la madraza, leyendo el vigésimo y último volumen de Al-Hawi, de Rhazes.

—Rhazes lo hizo bien. Al-Hawi abarca toda la medicina —dijo Mirdin, incómodo.

—Yo he leído doce volúmenes. Pronto llegaré a los otros. —Rob miró a su amigo—. ¿Está tan mal que haya encontrado a una mujer a la que amo?

Mirdin lo miró a los ojos.

—¿Cómo pudiste casarte con una Otra?

—Mary es una joya, Mirdin.

—«Pues los labios de una mujer extranjera saben como un panal y su boca es más suave que el aceite.» ¡Es gentil, Jesse! Eres un imbécil. Somos un pueblo disperso y asediado que se esfuerza por sobrevivir. Cada vez que uno de nosotros se casa fuera de nuestra fe, significa el fin de generaciones futuras. Si no lo entiendes, no eres el hombre que yo creí que eras, y nunca más seré amigo tuyo.

Rob se había estado engañando a sí mismo: la gente del barrio judío le importaba, porque lo había aceptado libremente. Y aquel hombre importaba más que nadie, porque le había brindado su amistad y Rob no tenía tantos amigos como para desecharlo.

—No soy el hombre que creías que era. —Se sintió impulsado a hablar convencido de que no depositaba erróneamente su confianza—. No me casado fuera de mi fe.

—Ella es cristiana.

—Sí.

La cara de Mirdin se vació de sangre.

—¿Es una broma estúpida?

Como Rob no respondió, Mirdin recogió el libro y se incorporó.

—¡Hereje! Si lo que dices es cierto, si no estás loco... no sólo arriesgas tu propio cuello, sino que pones en peligro el mío. Si consultas el Fiqh te enterarás de que al decírmelo me has incriminado y que, a partir de este momento, participo del engaño a menos que te denuncie. —Escupió—.

¡Hijo del Maligno, has puesto a mis hijos en peligro y maldigo el día en que nos conocimos!

Mirdin se alejó a toda prisa.

Pasaron los días, y los hombres del kelonter no fueron a buscarlo: Mirdin no lo había delatado.

En el hospital, el matrimonio de Rob no significaba ningún problema. El cotilleo de que se había casado con una cristiana circuló entre el personal del maristán, pero allí ya lo tenían catalogado como excéntrico —el extranjero, el judío que había pasado de la cárcel al beneficio del calaat— y aquella unión indecorosa era aceptada como una aberración más. Por añadidura, en una sociedad musulmana, en la que cada hombre podía tener cuatro esposas, tomar una mujer no provocaba la menor agitación.

No obstante, lamentó profundamente la pérdida de Mirdin. En esos días veía muy poco a Karim; el joven hakim había sido secuestrado por los nobles de la corte, que lo festejaban con entretenimientos y fiestas día y noche. Desde que ganara el chatir, el nombre de Karim estaba en boca de todos.

De modo que Rob estaba tan solo con su esposa como ella con él, y ambos se adaptaron fácilmente a la convivencia. Ella era exactamente lo que la casa necesitaba: ahora el hogar era más cálido y confortable.

Enamorado, Rob pasaba con ella todos sus momentos libres, y cuando estaban separados recordaba su carne húmeda y rosada, la línea larga y tierna de su nariz, la vivaz inteligencia de sus ojos.

Se internaron cabalgando en las montañas e hicieron el amor en las tibias aguas sulfurosas del pozo secreto de Ala. Rob dejó el libro de antiguas imágenes indias donde ella pudiera verlo, y cuando intentó las variaciones que allí aparecían, descubrió que Mary lo había estudiado. Algunas prácticas resultaron placenteras y otras les causaron hilaridad. Reían a menudo y gozosamente jugando a extraños y sensuales juegos íntimos.

Siempre aparecía en él el científico.

—¿Qué es lo que hace que te vuelvas tan húmeda? Eres un pozo que me absorbe.

Ella le hundió un codo en las costillas.

Pero a Mary tampoco la incomodaba su propia curiosidad.

—Me gusta tanto cuando está pequeña...: floja y débil y con el tacto del raso. ¿Qué la hace cambiar? Una vez mi niñera me contó que se ponía larga, pesada y tiesa porque se llenaba de neuma. ¿Es cierto?

Rob meneó la cabeza.

—No es aire. Se llena de sangre arterial. He visto a un ahorcado cuya picha rígida estaba tan henchida de sangre que era roja como un salmón.

—¡Yo no te he ahorcado a ti, Robert Jeremy Cole!

—Es algo que tiene que ver con el aroma y la vista. Una vez en el último tramo de un viaje brutal, iba cabalgando un caballo que prácticamente no podía moverse por la fatiga. Pero olió una yegua en el viento, e incluso antes de verla, su órgano y sus músculos parecían de madera, y echó a correr hacia ella tan ansiosamente que tuve que refrenarlo.

La amaba tanto que compensaba cualquier pérdida. Sin embargo, le dio un vuelco el corazón la tarde en que una figura apareció ante la puerta.

—Pasa, Mirdin.

Rob le presentó a Mary, que lo observó con curiosidad; en seguida sirvió vino y pasteles dulces y los dejó solos. Fue a alimentar a los animales, con el instinto que Rob ya conocía.

—¿De verdad eres cristiano?

Rob asintió.

—Puedo llevarte a una ciudad alejada, en Fars, donde el rabbenu es primo mío. Si solicitas la conversión a los sabios del lugar, tal vez accedan.

Entonces ya no tendrías que mentir ni engañar a nadie.

Rob lo miró a los ojos y meneó lentamente la cabeza. Mirdin suspiró.

—Si fueses un granuja, aceptarías de inmediato. Pero eres un hombre honrado y fiel, además de un médico poco común. Por eso no puedo volverte la espalda.

—Gracias.

—Tu nombre no es Jesse ben Benjamin.

—No. Mi verdadero nombre es...

Pero Mirdin movió negativamente la cabeza a modo de advertencia y levantó la mano.

—El otro nombre nunca debe ser pronunciado entre nosotros. Has de seguir siendo Jesse ben Benjamin.

Miró a Rob apreciativamente.

—Te has integrado en el barrio judío. En algunos aspectos algo me sonaba a falso. Pero se lo adjudiqué a que tu padre era un judío europeo, un apóstata que se descarrió y no se ocupó de transmitir a su hijo nuestro patrimonio histórico.

»Pero debes permanecer constantemente alerta y vigilante si no quieres cometer un error fatal. Si quedaras al descubierto, tu engaño acarrearía una espantosa sentencia del tribunal de un mullah. La muerte, indudablemente.

Si desvelan tu secreto, estarán en peligro todos los judíos que viven aquí.

Aunque ellos no son responsables de tu engaño, en Persia es fácil que sufran los inocentes.

—¿Estás seguro de que quieres comprometerte en semejantes riesgos? —

preguntó Rob serenamente.

—Lo he meditado y asimilado. Tengo que ser amigo tuyo.

—Me alegro.

Mirdin asintió.

—Pero mi amistad tiene un precio.

Rob esperó.

—Debes comprender todo cuanto atañe a lo que finges ser. La condición de judío requiere mucho más que vestirse con un caftán y llevar la barba recortada de cierta manera.

—¿Y cómo haré para adquirir esos conocimientos?

—Debes estudiar los mandamientos del Señor.

—Conozco perfectamente los diez mandamientos.

Agnes Cole, su madre, se los había enseñado a todos sus hijos. Mirdin meneó la cabeza.

—Los diez sólo son una fracción de las leyes que componen nuestra Torá.

La Torá contiene seiscientos trece mandamientos. Y esos son los que tendrás que estudiar, junto con el Talmud...: los comentarios referentes a cada ley. Sólo entonces llegarás a captar el alma de mi pueblo.

—Mirdin, eso es peor que el Fiqh. Ya estoy asfixiado por los estudios —

dijo Rob con tono desesperado.

A Mirdin se le iluminaron los ojos.

—Ése es mi precio —dijo.

Rob vio que hablaba en serio y suspiró.

—¡Maldito seas! De acuerdo.

Por primera vez durante la entrevista, Mirdin sonrió. Se sirvió un poco de vino y, haciendo caso omiso de la mesa y las sillas europeas, se dejó caer en el suelo y se sentó con las piernas cruzadas bajo su cuerpo.

—Entonces comencemos. El primer mandamiento dice: «Fructificad y multiplicaos.»

Rob pensó que era sumamente grato ver el rostro sencillo y cálido de Mirdin en su casa.

—Lo intento, Mirdin —dijo, sonriente—. ¡Hago todo lo que puedo!

52

LA FORMACIÓN DE JESSE

—Se llama Mary, como la madre de Yeshua —dijo Mirdin a su mujer, en la Lengua.

—El nombre de ella es Fara —dijo Rob a Mary en inglés.

Las dos mujeres se estudiaron mutuamente.

Mirdin había llevado de visita a Fara y a sus dos hijitos de piel morena Dawwid e Issachar. Las mujeres no podían conversar, pues no se comprendían. Sin embargo, poco después se comunicaban ciertos pensamientos y reían entre dientes, hacían ademanes, ponían los ojos en blanco y soltaban exclamaciones de frustración. Tal vez Fara se hizo amiga de Mary por orden de su marido, pero desde el principio las dos mujeres, tan distintas en todo sentido, experimentaron estima mutua.

Fara enseñó a Mary a recoger su larga cabellera pelirroja y cubrirla con un paño antes de salir de casa. Algunas mujeres judías usaban velo al estilo musulmán, pero muchas se limitaban a cubrirse los cabellos, y este único acto volvió menos llamativa a Mary. Fara le mostró los puestos del mercado donde los productos eran frescos y la carne de buena calidad, y le indicó a qué mercaderes había que evitar. Le enseñó a preparar la carne kasher, mojándola y salándola para quitarle el exceso de sangre. También le trasmitió cómo había que colocar carne, pimentón, ajo, hojas de laurel y sal en un caldero de barro cubierto que luego se colocaba sobre carbones encendidos, y la carne se dejaba cocer lentamente durante el largo shabbat para que se volviera sabrosa y tierna; un plato delicioso que se llamaba shalent y que se convirtió en la comida favorita de Rob.

—Me gustaría tanto hablar con ella, hacerle preguntas y contarle cosas...

—dijo Mary a Rob.

—Te daré lecciones para que aprendas la Lengua.

Pero ella no quiso saber nada del idioma judío ni del parsi.

—No tengo la misma facilidad que tú para las palabras extranjeras. Me llevó años aprender el inglés y tuve que esforzarme como una esclava para dominar el latín. ¿No nos iremos pronto a donde pueda oír mi propia lengua gaélica?

—Cuando llegue el momento —respondió Rob, pero no le dijo cuándo llegaría ese momento.

Mirdin emprendió la tarea de que volvieran a aceptar a Jesse ben Benjamin en el Yehuddiyyeh.

—Desde los tiempos del rey Salomón... ¡No!, desde antes de Salomón los judíos han tomado esposas gentiles y han sobrevivido dentro de la comunidad. Pero siempre fueron hombres que dejaron en claro, en su vida cotidiana, que seguían siendo fieles a su pueblo.

Por sugerencia de Mirdin, adoptaron la costumbre de reunirse dos veces por día para rezar en el Yehuddiyyeh; para el shaharit de la mañana en la pequeña sinagoga Casa de la Paz —la predilecta de Rob—, y para el ma'ariv de final del día en la sinagoga Casa de Sión, cerca de la vivienda de

Mirdin. Para Rob no significó ningún inconveniente. Siempre lo había tranquilizado el balanceo, el estado de ensueño y la rítmica canción entonada. A medida que la Lengua se volvía más natural para él, olvidó que asistía a la sinagoga como parte de un disfraz, y a veces sentía que sus pensamientos podían llegar a Dios. No oraba como Jesse el judío ni como Rob el cristiano, sino como quien busca comprensión y consuelo. A veces esto le ocurría mientras decía una oración judía, pero era más fácil que encontrara un momento de comunión en algún vestigio de su infancia; en ocasiones, mientras a su alrededor entonaban bendiciones tan antiguas que muy bien podían ser usadas por el hijo de un carpintero de Judea, pedía algo a uno de los santos de mamá, o rezaba a Jesús o a Su Madre.

Poco a poco, le fueron dirigiendo menos miradas airadas, y después ninguna, a medida que pasaban los meses y los habitantes del Yehuddiyyeh se acostumbraron a ver al robusto judío inglés sosteniendo una cidra y agitando palmas en la sinagoga Casa de la Paz durante el festival de la cosecha de Sukkot, ayunando junto a los demás en Yom Kippur, danzando en la procesión que seguía a los pergaminos celebratorios de la entrega que hizo Dios de la Torá al pueblo judío. Yaakob ben Rashi dijo a Mirdin que evidentemente Jesse ben Benjamin trataba de explicar su precipitado matrimonio con una mujer ajena a su religión.

Mirdin era astuto y conocía la diferencia entre la cobertura protectora y el compromiso total del alma de un hombre.

—Sólo te pido una cosa —le dijo—. Nunca debes permitirte ser el décimo hombre.

Rob J. comprendió. Si el pueblo religioso esperaba una mimyam, la congregación de diez judíos del sexo masculino que les permitía rendir culto en público, sería terrible engañarlos en beneficio de su artimaña. Se lo prometió sin la menor vacilación y nunca dejó de cumplir su palabra.

Casi todos los días Rob y Mirdin encontraban tiempo para estudiar los mandamientos. No se guiaban por ningún libro. Mirdin conocía los preceptos por transmisión oral.

—Está generalmente aceptado que los seiscientos trece mandamientos figuran en la Torá —explicó—, pero no hay acuerdo en cuanto a su forma

exacta. Un estudioso puede contar un precepto como un mandamiento separado, mientras otro lo puede considerar parte de la ley anterior. Yo te transmito la versión de los seiscientos trece mandamientos que pasó por muchas generaciones de mi familia y que me fue enseñada por mi padre, Reb Mulka Askar de Masqat.

Mirdin dijo que doscientos cuarenta y ocho mitzvot eran mandamientos positivos, como el que obliga a un judío a cuidar a las viudas y los huérfanos; y que trescientos sesenta y cinco eran mandamientos negativos, como que un judío nunca debe aceptar el soborno.

Aprender los mitzvot con Mirdin era más placentero que cualquier otro estudio para Rob, pues sabía que no habría exámenes. Disfrutaba escuchando las leyes judías con una copa de vino en la mano, y en breve descubrió que esas sensaciones lo ayudaban en el estudio del Fiqh islámico.

Trabajaba más que nunca, pero saboreaba cada día que pasaba. Sabía que la vida en Ispahán era mucho más fácil para él que para Mary. Aunque volvía a ella entusiasmado al final de cada día, todas las mañanas la dejaba para dirigirse al maristán y a la madraza con un tipo de entusiasmo diferente. Aquel año estudiaba a Galeno y estaba inmerso en las descripciones de fenómenos anatómicos que no podía ver examinando a un paciente: la diferencia entre venas y arterias, el pulso, el funcionamiento del corazón como un puño constantemente apretado y bombeando sangre durante la sístole, para luego relajarse y volverse a llenar de sangre durante la diástole.

Lo apartaron del aprendizaje con Jalal y pasó de los retractores, empalmes y cuerdas del ensalmador a los instrumentos de cirugía como aprendiz de al-Juzjani.

—Le caigo mal. Lo único que me permite hacer es limpiar y afilar instrumentos —se quejó a Karim, que había pasado más de un año al servició de al-Juzjani.

—Es así como empieza con cada nuevo aprendiz —replicó Karim—. No debes desalentarte.

Para Karim era fácil hablar de paciencia en esos días. Parte de su calaat consistía en una casona elegante, en la que ahora ejercía la medicina. Su

clientela estaba constituida principalmente por familias de la corte. Estaba de moda que un noble pudiese señalar, como de paso, que su médico era Karim, el héroe del atletismo persa, ganador del chatir, y atrajo a tantos pacientes en breve plazo, que habría sido próspero incluso sin el precio en metálico del estipendio adjudicado por el sha. Florecía en atuendos costosos, y cuando iba a casa de Rob llevaba regalos generosos, comidas y bebidas exquisitas. Incluso le ofreció una espesa alfombra de Hamadhan para cubrir el suelo, como regalo de boda. Coqueteaba con Mary con los ojos y le decía cosas escandalosas en persa; ella afirmaba que se alegraba de no comprenderlo, aunque en seguida se encariñó con él y empezó a tratarlo como a un hermano travieso.

En el hospital, donde Rob suponía que la popularidad de Karim sería más limitada, ocurría lo mismo que en todas partes. Los aprendices se apiñaban y lo seguían mientras atendía a los pacientes, como si fuera el más sabio de los sabios, y Rob no estuvo en desacuerdo cuando Mirdin Askari comentó que la mejor forma de llegar a ser un médico de éxito consistía en ganar el chatir.

En ocasiones, al-Juzjani interrumpía el trabajo de Rob para preguntarle el nombre del instrumento que estaba limpiando, o cuál era su utilidad. Había muchos más instrumentos de los que Rob conocía de sus tiempos de cirujano barbero: herramientas quirúrgicas específicamente destinadas a determinadas tareas. Limpiaba y afilaba bisturís redondeados, bisturís curvos, escalpelos, sierras para huesos, curetas para oídos, sondas, lancetas para sacar quistes, brocas para extraer cuerpos extraños alojados en el hueso...

En última instancia, el método de al-Juzjani adquirió sentido, porque al cabo de dos semanas —Cuando Rob empezó a asistirlo en la sala de operaciones del maristán—, al cirujano le bastaba murmurar lo que necesitaba y Rob sabía seleccionar el instrumento adecuado y entregárselo inmediatamente.

Había otros dos aprendices de cirugía que llevaban meses a las órdenes de al-Juzjani. Se los autorizaba a operar casos poco complicados, siempre ante los comentarios cáusticos y las críticas certeras del maestro.

Tras diez semanas de asistencia y observación, al-Juzjani permitió que Rob hiciera un corte, naturalmente bajo su supervisión. Cuando se presentó la oportunidad, tuvo que amputar el dedo índice a un mozo de cuerda cuya mano había sido aplastada por el casco de un camello.

Rob había aprendido mucho mediante la observación. Al-Juzjani siempre aplicaba un torniquete, utilizando una delgada correa de cuero similar a las empleadas por los flebotomistas para levantar una vena con anterioridad a la sangría. Rob ató diestramente el torniquete y realizó la amputación sin titubeos, pues se trataba de un procedimiento que había repetido muchas veces a lo largo de sus años como cirujano barbero. No obstante, siempre había trabajado con el engorro que representaba la sangre, y estaba encantado con la técnica de al-Juzjani, que le permitió hacer un colgajo y cerrar el muñón sin necesidad de restañar la sangre, y con apenas poco más que una gota de humedad rezumada.

Al-Juzjani lo observó todo detenidamente, con su habitual gesto huraño y amenazador. Cuando Rob concluyó la operación, el cirujano dio media vuelta y se alejó sin una sola palabra de elogio, pero tampoco indicó que existiera una forma mejor de hacer las cosas.

Mientras Rob limpiaba la mesa de operaciones, sintió una oleada de alegría, reconociendo que había logrado una pequeña victoria.

53

CUATRO AMIGOS

Si el Rey de Reyes había hecho algún movimiento para reducir los poderes de su visir como resultado de las revelaciones de Rob, fue inapreciable. En todo caso, los mullahs de Qandrasseh parecían omnipresentes como nunca, y también más estrictos y enérgicos en su celo de que Ispahán reflejara la perspectiva coránica del imán en lo que respecta a un comportamiento musulmán.

Habían transcurrido siete meses sin que Rob recibiera ningún mensaje real, lo que lo ponía muy contento, porque entre su esposa y sus estudios no le sobraba el tiempo.

Una mañana, para gran alarma de Mary, fueron a buscarlo unos soldados, como en ocasiones anteriores.

—El sha desea que salgas a cabalgar con él.

—Todo está bien —le aclaró a Mary y se fue con los soldados.

En las grandes cuadras detrás de la Casa del Paraíso, encontró a Mirdin Askari con la tez cenicienta. Mientras hablaban, coincidieron en que detrás de la cita estaba Karim, quien desde que se había vuelto famoso como atleta era el compañero predilecto de Ala.

Acertaron. Cuando Ala llegó a los establos, Karim iba andando directamente detrás del gobernante, con una sonrisa de oreja a oreja.

La sonrisa fue menos confiada cuando el sha se inclinó para oír a Mirdin Askari, quien murmuraba palabras audibles en la Lengua al tiempo que se postraba en el ravi zemin.

—¡Venga! Tienes que hablar en persa y aclararnos lo que estas diciendo

—le espetó Ala.

—Es una bendición, Majestad. Una bendición que ofrecen los judíos cuando ven al rey —logro decir Mirdin—. «Bendito seas, oh Señor Dios nuestro, Rey del Universo que has dado Tu gloria a la carne y al hombre.»

—¿Los Dhimmis ofrecen una oración de gracias cuando ven a su sha? —

preguntó Ala, asombrado y complacido.

Rob sabía que se trataba de una berakhah que decían los piadosos al ver a cualquier rey, pero ni él ni Mirdin consideraron necesario aclararlo, y Ala iba de muy buen humor cuando montó su caballo blanco y mientras lo seguían cabalgando hacia el campo.

—Me han dicho que has tomado una esposa europea —dijo a Rob, volviéndose en la silla.

—Es cierto, Majestad.

—He oído decir que tiene el pelo del color de la alheña.

—Sí, Majestad.

—El pelo de la mujer tiene que ser negro.

Rob no podía discutir con un rey ni tampoco vio la necesidad de hacerlo: se sintió agradecido de tener una mujer que Ala no valoraba.

Pasaron el día más o menos como el primero en que Rob había acompañado al sha, salvo que ahora iban dos más para compartir la carga de la atención del monarca, de modo que todo fue menos tenso y más agradable que en la ocasión anterior.

Ala estaba encantado con Mirdin, pues descubrió en él a un profundo conocedor de la historia persa. Mientras cabalgaban lentamente hacia las montañas, hablaron del antiguo saqueo de Persépolis por Alejandro, acto que Ala censuraba como persa y aplaudía como militarista. A media mañana, en un lugar sombreado, Ala y Karim practicaron un lance con la cimitarra. Mientras los dos giraban y sus aceros chocaban, Mirdin y Rob conversaron serenamente de ligaduras quirúrgicas, hablando de los méritos respectivos de la seda, la hebra de lino, coincidieron en que se descomponía con demasiada rapidez, la crin y el pelo humano, favorito éste de Ibn Sina.

A mediodía dieron cuenta de ricas comidas y bebidas en la tienda del rey y se turnaron para ser derrotados en el juego del sha, aunque Mirdin se defendió con valentía, y en una de las partidas estuvo en un tris de ganar, lo que volvió más sabrosa la victoria para Ala.

En la caverna secreta de Ala los cuatro se remojaron, relajando sus cuerpos en el agua tibia de la piscina, y sus espíritus en una inagotable provisión de vinos selectos.

Karim paladeó la bebida apreciativamente, antes de tragarla, y luego favoreció a Ala con su sonrisa.

—He sido pordiosero. ¿Lo sabías, Majestad?

Ala le devolvió la sonrisa y meneó la cabeza.

—Un pordiosero bebe ahora el vino del Rey de Reyes. Sí. Escogí como amigos a un antiguo pordiosero y a un par de judíos. —La carcajada de Ala fue más audible y sostenida que la de ellos—. Para mi jefe de chatirs tengo planes nobles y elevados, y hace tiempo que me gusta este Dhimmi —Dio a Rob un empujón amistoso en el que se notaba su ebriedad—. Ahora, otro Dhimmi parece ser un hombre excelente, digno de mi atención. Debes

quedarte en Ispahán cuando acabes tus estudios en la madraza, Mirdin Askari, y hacerte médico de mi corte.

A Mirdin se le subieron los colores a la cara y se puso incómodo.

—Me honras, Majestad. Te ruego que no te ofendas, pero solicito de tu buena voluntad que me permitas regresar a mi hogar en las tierras del gran golfo cuando sea hakim. Mi padre es anciano y está enfermo. Seré el primer médico de nuestra familia, y antes de su muerte quiero que me vea instalado en el seno de mi hogar.

Ala asintió al descuido.

—¿Y qué hace esa familia que vive en el gran golfo?

—Nuestros hombres han recorrido las playas desde tiempos inmemoriales, comprando perlas a los pescadores, Majestad.

—¡Perlas! Eso está bien, pues yo adquiero perlas si son de calidad. Serás el benefactor de los tuyos, Dhimmi; porque debes decirles que busquen la más grande y perfecta y me la traigan. La compraré y tu familia se enriquecerá.

Iban haciendo eses en sus monturas cuando emprendieron el regreso. Ala hacía esfuerzos por mantenerse erguido y les hablaba con un afecto que podía o no sobrevivir a la sobriedad posterior. Cuando llegaron a los establos reales, donde asistentes y sicofantes lo rodearon para atenderlo, el sha decidió hacer ostentación de su compañía.

—¡Somos cuatro amigos! —gritó al alcance de los oídos de la mitad de los cortesanos—. ¡Sólo somos cuatro hombres buenos que son amigos!

La noticia corrió como reguero de pólvora, tal como ocurría siempre con los chismorreos referentes al sha.

—Con algunos amigos es necesaria la precaución —advirtió Ibn Sina a Rob una mañana de la semana siguiente.

Estaban en una fiesta ofrecida al sha por Fath Ali, un hombre acaudalado, proveedor de vinos de la Casa del Paraíso y de casi toda la nobleza. Rob se alegró de ver a Ibn Sina. Desde su matrimonio, haciendo gala de su sensibilidad característica, el médico jefe rara vez había solicitado su compañía por la noche. Mientras paseaban se cruzaron con Karim, rodeado

de admiradores, y Rob pensó que su amigo parecía tanto un prisionero como un objeto de adulación.

Su presencia en aquel lugar se explicaba porque cada uno era receptor de un calaat, pero Rob estaba harto de reuniones reales. Aunque diferían en algunos detalles, todas estaban marcadas por la uniformidad. Para colmo, le mortificaba que ocuparan su tiempo.

—Preferiría estar trabajando en el maristán, donde me encuentro en mi elemento —dijo.

Ibn Sina paseó la mirada a su alrededor, cautelosamente. Caminaban a solas por la finca del mercader y gozarían de un breve periodo de libertad, pues Ala acababa de entrar en el harén de Fath Ali.

—Nunca debes olvidar que tratar con un monarca no es lo mismo que tratar con un hombre común y corriente —dijo Ibn Sina—. Un rey no es algo como tú y como yo. Le basta hacer un ademán indiferente para que alguien como nosotros sea condenado a muerte. O mueve un dedo y a alguien se le permite seguir viviendo. Así es el poder absoluto, y ningún hombre nacido de mujer se le puede resistir. Vuelve un poco loco al mejor de los monarcas, incluso.

Rob se encogió de hombros.

—Yo nunca busco la compañía del sha ni tengo el menor deseo de mezclarme en política.

Ibn Sina asintió aprobadoramente.

—Los monarcas de Oriente comparten una característica: les gusta escoger como visires a los médicos, pues sienten que de alguna manera los sanadores ya cuentan con la atención de Alá. Yo sé que es fácil responder al atractivo de ese nombramiento, y me he emborrachado con el embriagador vino del poder. De joven, acepté dos veces el título de visir en Hamadhan.

Era más peligroso que la práctica de la medicina. La primera vez, escapé por los pelos a que me ejecutaran. Me encerraron en la fortaleza de Fardajan, donde languidecí durante meses. Cuando me liberaron sabía que, visir o no visir, no estaría seguro en Hamadhan. Con al-Juzjani y mi familia

me trasladé a Ispahán, donde estoy desde entonces bajo la protección del sha Ala.

Volvieron sobre sus pasos hacia los jardines donde se celebraba el espectáculo público.

—Es una suerte para Persia que Ala permita a los grandes médicos ejercer su profesión —dijo Rob.

Ibn Sina sonrió.

—Se ajusta a sus planes de darse a conocer como el gran rey que fomenta las artes y las ciencias —respondió secamente—. Ya de joven se proponía constituir un gran imperio. Ahora tiene que tratar de ampliarlo devorando a sus enemigos antes de que éstos lo devoren a él.

—Los seljucíes.

—Oh, yo temería a los seljucíes si fuese visir de Ispahán —dijo Ibn Sina

—. Pero Ala vigila más intensamente a Mahmud de Ghazna, porque lo dos están cortados por la misma tijera. Ala ha hecho cuatro incursiones en la India, capturando veintiocho elefantes de guerra. Mahmud está más cerca de la fuente: ha penetrado en la India con mayor frecuencia y tiene más elefantes de guerra. Ala lo envidia y le teme. Mahmud debe ser eliminado si Ala quiere seguir adelante con su sueño.

Ibn Sina se detuvo y apoyó una mano en el brazo de Rob.

—Debes cuidarte mucho. Los enterados dicen que Qandrasseh tiene los días contados como visir. Y que un médico joven ocupará su lugar.

Rob no dijo nada, pero de pronto recordó que Ala había mencionado que tenía «planes nobles y elevados» para Karim.

—Si es verdad, Qandrasseh caerá sin misericordia sobre cualquiera al que considere amigo o partidario de su rival. No es suficiente que no tengas ambiciones políticas personales. Cuando un médico trata con los poderosos, debe aprender a someterse y oscilar si quiere sobrevivir.

Rob no estaba seguro de su habilidad para someterse y oscilar.

—No te inquietes demasiado —dijo Ibn Sina—. Ala cambia de idea a menudo y de un momento para otro, por lo que nadie puede saber que hará en el futuro.

Siguieron andando y llegaron a los jardines poco antes de que el sujeto de la conversación retornara del harén de Fath Ali, al parecer relajado y de buen humor.

A media tarde, Rob comenzó a preguntarse si Ibn Sina habría sido alguna vez anfitrión de su sha y protector. Se acercó a Khuff y se lo preguntó con tono indiferente.

El canoso capitán de las Puertas entrecerró los ojos para concentrarse y luego asintió.

—Hace unos años.

Evidentemente, Ala no podía tener el menor interés por la anciana primera esposa, Reza la Piadosa, de modo que era prácticamente seguro que había ejercido su derecho de soberanía con Despina. Rob imaginó al sha trepando por la escalera de la torre de piedra, mientras Khuff custodiaba la entrada.

Y montado en el voluptuoso cuerpo menudo de la muchacha.

Fascinado ahora, Rob estudió a los tres hombres rodeados de nobles aduladores. Ibn Sina, serio y sereno, respondía a las preguntas de hombres con aspecto de eruditos. Karim, como siempre en los últimos tiempos, quedaba prácticamente oculto por los admiradores que intentaban hablar con él, tocarle la ropa, bañarse en la excitación y el destello de su solicitada presencia.

Rob tuvo la impresión de que Persia volvía sucesivamente cornudos a todos sus vasallos.

Se sentía a gusto con los instrumentos quirúrgicos en la mano, como si fueran prolongaciones intercambiables de su propio cuerpo. Al-Juzjani le dedicaba cada vez más tiempo, enseñándole con esmerada paciencia todas las operaciones. Los persas tenían diversos recursos para inmovilizar y desensibilizar a los pacientes. El cáñamo empapado en agua de cebada durante días e ingerido en infusión permitía que el paciente conservara el conocimiento y no sintiera dolor. Rob pasó dos semanas con los maestros farmacéuticos del khazanat-ul-sharaf aprendiendo a mezclar brebajes para embotar a los pacientes. Las sustancias eran imprevisibles y difíciles de

controlar, pero a veces permitían que los cirujanos operaran sin los convulsivos estremecimientos, quejidos y gritos de dolor.

Las recetas le parecían más propias de la magia que de la medicina.

Tómese la carne de una oveja. Libéresela de grasa y córtesela en trozos, que se amontonarán encima y alrededor de una buena cantidad de semillas de beleño cocidas a fuego lento. Póngase todo en un recipiente de barro, debajo de una pila de boñiga de caballo, hasta que se generen gusanos. A continuación, colóquense los gusanos en un recipiente de vidrio hasta que se encojan. Cuando sea necesario, tómense dos partes de gusanos y una parte de opio en polvo, e instílense en la nariz del paciente.

El opio era un derivado del jugo de una flor oriental, la amapola o adormidera. Crecía en los campos de Ispahán, pero la demanda era superior a la oferta, pues se empleaba en los ritos de los musulmanes ismailíes tanto como en medicina, por lo que en buena parte debía importarse de Turquía y de Ghazna. Era la base de todas las fórmulas analgésicas.

Cójase opio puro y nuez moscada. Muélase, cuézase todo junto y macérese y serenese en vino añejo durante cuarenta días. Poco después el contenido se habrá convertido en una pasta. La administración de una píldora de esta pasta hará que el paciente pierda el conocimiento y quede privado de sensaciones.

Casi siempre usaban otra prescripción porque era la preferida de Ibn Sina: Tómense partes iguales de beleño, opio, euforbio y semillas de regaliz.

Muélanse por separado y luego mézclese todo en un mortero. Agréguese una pizca de la mezcla en cualquier tipo de alimento, y quien la ingiera quedará inmediatamente dormido.

Pese a que Rob sospechaba que al-Juzjani estaba resentido por sus relaciones con Ibn Sina, en breve se encontró utilizando todos los instrumentos de cirugía. Los demás aprendices de al-Juzjani pensaron que el nuevo tenía opción a más trabajos selectos y se volvieron hoscos, descargando sus celos en Rob con insultos y murmullos. A él no le importaba, porque estaba aprendiendo más de lo que se había atrevido a soñar. Una tarde, después de realizar por primera vez a solas la intervención

que más lo deslumbraba en cirugía —el abatimiento de cataratas—, intentó agradecérselo a al-Juzjani pero este lo interrumpió bruscamente:

—Tienes un don para cortar la carne. No es algo que posean muchos aprendices, y mi dedicación a ti es egoísta, pues me quitarás mucho trabajo de encima.

Era verdad. Día tras día practicaba amputaciones, remediaba todo tipo de heridas, percutía abdómenes para aliviar la presión de fluidos acumulados en la cavidad peritoneal, extirpaba almorranas, aligeraba venas varicosas...

—Sospecho que empieza a gustarte demasiado cortar —observó astutamente Mirdin en su casa, una noche, durante una partida del juego del sha.

En la habitación contigua, Fara escuchaba cómo Mary hacía dormir a sus hijos con una canción de cuna en gaélico, la lengua de los escoceses.

—Me atrae —reconoció Rob.

Últimamente había pensado especializarse en cirugía después de obtener el título de hakim. En Inglaterra se atribuía a los cirujanos categoría inferior a los médicos, pero en Persia se les daba el tratamiento especial de ustad y disfrutaban de igual respeto y prosperidad. Pero Rob tenía sus reservas.

—La cirugía propiamente dicha es satisfactoria, pero nos vemos obligados a operar únicamente el exterior del saco de piel. El interior del cuerpo es un misterio dictaminado en libros de hace más de mil años. No sabemos casi nada del interior del cuerpo humano.

—Así debe ser —dijo plácidamente Mirdin mientras se comía un rukh con uno de sus soldados de infantería—. Cristianos, judíos y musulmanes concuerdan en que es pecado profanar la forma humana.

—Yo no hablo de profanación sino de cirugía, de disección. Los antiguos no limitaban sus conocimientos científicos con admoniciones acerca del pecado, y lo poco que sabemos se remonta a los griegos primitivos, que tenían libertad para abrir el cuerpo y estudiarlo. Abrían los cadáveres y observaban cómo está hecho el hombre por dentro. Durante un breve periodo de esos tiempos idos, su brillantez iluminó toda la medicina, pero luego el mundo cayó en la oscuridad. —Mientras protestaba se resintió su

juego, lo que Mirdin aprovechó para comerle otro rukh y un camello—.

Creo —dijo finalmente Rob, casi distraído— que durante estos largos siglos de ignorancia se encendieron algunos fuegos secretos.

Ahora Mirdin apartó la atención del tablero.

—Hombres que han tenido la audacia de abrir cadáveres en secreto, desafiando a los sacerdotes, con el propósito de hacer la obra del Señor como médicos.

Mirdin fijó la vista en el vacío.

—¡Dios mío! Habrían sido tratados como brujos.

—No pudieron informar sobre sus conocimientos, pero al menos los adquirieron.

Ahora Mirdin estaba francamente alarmado. Rob le sonrió.

—No, no lo haré —dijo cordialmente—. Ya tengo bastantes dificultades fingiéndome judío. Mi audacia no llega a tanto.

—Debemos ser agradecidos con las pequeñas bendiciones —dijo secamente Mirdin.

Estaba lo bastante incómodo y distraído como para jugar con torpeza, y entregó un elefante y dos caballos en rápida sucesión, pero Rob aún no sabía lo suficiente como para apretar hasta ganar. Rápida y fríamente, Mirdin reunió sus fuerzas, y en una docena de movimientos mortificó una vez más a Rob haciéndole experimentar el shahtreng, la angustia del rey.

54

LAS EXPECTATIVAS DE MARY

Mary no tenía otra amiga que Fara, pero la judía era suficiente. Se acostumbraron a estar horas enteras conversando, en comunicaciones despojadas de las preguntas y respuestas que caracterizan casi todos los intercambios sociales. A veces Mary hablaba y Fara escuchaba un torrente de palabras en gaélico que no entendía; y en ocasiones Fara hablaba en la Lengua a una Mary incapaz de comprenderla.

Curiosamente, las palabras no tenían la menor importancia. Lo que importaba era el juego de emociones en sus facciones, los ademanes, el

tono de voz, los secretos transmitidos por los ojos.

Así, compartían sus sentimientos, y para Mary era una ventaja, pues hablaba de cosas que jamás habría mencionado a alguien a quien conocía desde hacía tan poco tiempo. Reveló su pesadumbre por la pérdida de su padre, la soledad por la falta de la misa, la profundidad de su añoranza al despertar después de haber soñado con la joven y bella mujer que había sido Jura Cullen, para luego permanecer tendida en la casita del Yehuddiyyeh mientras, como una criatura fría y detestable, penetraba en su mente la idea de que su madre llevaba largo tiempo muerta. También hablaba de cosas que jamás habría mencionado aunque ella y Fara fuesen amigas de toda la vida: lo amaba tanto que a veces sentía un temblor incontrolable; había momentos en que el deseo la inundaba con tal calor que por primera vez comprendió a las yeguas en celo. Nunca volvería a mirar un carnero montando a una oveja sin pensar en sus propios miembros alrededor de Rob, el sabor de él en su boca, el olor de su firme carne en la nariz, la cálida extensión mágica de su marido mientras se convertían en un solo ser y él se esforzaba por llegar al núcleo de su cuerpo.

No sabía si Fara hablaba de esas cosas, pero sus ojos y sus oídos le decían que la conversación de la esposa de Mirdin era íntima e importante, y las dos mujeres, tan distintas, se vincularon, mediante el amor y la consideración, en una entrañable amistad.

Una mañana, Mirdin rió y palmeó a Rob, contento.

—Has obedecido el mandamiento de la multiplicación. ¡Ella espera un hijo, carnero europeo!

—¡Nada de eso!

—Sí —afirmo Mirdin—. Ya verás. En estas cuestiones, Fara nunca se equivoca.

Dos días después, Mary empalideció después de desayunar y vomitó. Rob tuvo que limpiar y fregar el suelo de tierra apisonada y entrar arena fresca.

Durante toda la semana, Mary vomitó regularmente, y cuando no le sobrevino el flujo menstrual quedaron disipadas todas las dudas. No tendrían que haberse sorprendido, pues se habían amado infatigablemente,

pero hacía un tiempo que Mary pensaba que quizá Dios no favorecía su unión.

En general, sus reglas eran difíciles y dolorosas, y fue un alivio no tenerlas, pero las frecuentes náuseas demostraron que el cambio no era ninguna ganga. Rob le sostenía la cabeza y limpiaba cuando vomitaba.

Pensaba con deleite y presentimientos en el niño en formación preguntándose, nervioso, qué clase de criatura brotaría de su semilla. Ahora desvestía a su mujer con más ardor que nunca, pues el científico que había en él gozaba con la oportunidad de observar los cambios hasta en su más mínimo detalle, la expansión y el enrojecimiento de las areolas, la plenitud de sus pechos, la primera curva suave del vientre, la reacomodación de las expresiones provocada por la sutil hinchazón de su boca y su nariz. Rob insistía en que se echara boca abajo para estudiar la acumulación de grasa en las caderas y nalgas, el leve engrosamiento de las piernas. Al principio Mary gozaba con tantas atenciones, pero al poco tiempo perdió la paciencia.

—Los dedos de los pies —refunfuñó—. ¿Qué me dices de los dedos de los pies?

Rob estudió seriamente sus pies y le informó que los dedos no habían sufrido la menor modificación.

Los atractivos de la cirugía se estropearon para Rob gracias a una seguidilla de castraciones.

Hacer eunucos era un procedimiento corriente y se realizaban dos tipos de castraciones. Los hombres de buen porte, seleccionados para guardar las entradas de los harenes —donde tendrían muy poco contacto con las mujeres de la casa— sólo sufrían la pérdida de los testículos. Para el servicio general dentro de los harenes, eran más apreciados los hombres feos, a los que se pagaba una prima por desfiguraciones tales como una nariz aplastada o repelente de subo, la boca deforme, labios gruesos o dientes negros o irregulares. Con el fin de anular totalmente sus funciones sexuales, les amputaban la totalidad de los genitales y se veían forzados a llevar siempre el cañón de una pluma para orinar.

Con frecuencia se castraba a muchachos jóvenes. A veces se los enviaba a una escuela especializada en la educación de eunucos, en Bagdad, donde les

enseñaban canto y música, o se los instruía a fondo en la práctica del comercio, o en compras y administración, convirtiéndolos en sirvientes sumamente apreciados, en valiosas propiedades, como Wasif, el esclavo eunuco de Ibn Sina.

La técnica para castrar era rudimentaria. El cirujano sujetaba con la mano izquierda el objeto que iba a ser amputado. Con una cuchilla afilada en la mano derecha, extraía las partes con una sola pasada de la hoja, porque era esencial la velocidad. De inmediato, aplicaban una cataplasma de cenizas calientes en la zona sangrante, y la virilidad del sujeto quedaba permanentemente alterada.

Al-Juzjani le había explicado que cuando se realizaba la castración como castigo, en general no se aplicaba la cataplasma, y el hombre en cuestión moría desangrado.

Una noche, Rob llegó a casa, observó a su esposa y trató de apartar de su mente la idea de que ninguno de los hombres y chicos a los que había operado hincharía de vida a una mujer. Le apoyó una mano en el vientre tibio, que en realidad aún no había crecido mucho.

—Pronto será como un melón —dijo Mary.

—Quiero verlo cuando sea como una sandía.

Rob acudió a la Casa de la Sabiduría y leyó cuanto pudo sobre el feto. Ibn Sina escribió que después que se cierra la matriz sobre el semen, se forma la vida en tres etapas. Según el maestro médico, en la primera etapa el coágulo se transforma en un pequeño corazón; en la segunda etapa aparece otro coágulo que se desarrolla hasta convertirse en el hígado; y en la tercera etapa se forman los demás órganos principales.

—He encontrado una iglesia —dijo Mary.

—¿Una iglesia cristiana? —preguntó, y se sorprendió cuando ella movió la cabeza afirmativamente.

Rob no sabía que hubiese una iglesia en Ispahán.

La semana anterior, explicó Mary, ella y Fara habían ido al mercado armenio a comprar trigo. Giraron erróneamente en un callejón estrecho y

que olía a orines, y de pronto se encontraron ante la iglesia del Arcángel Miguel.

—¿Católicos orientales?

Ella volvió a asentir.

—Es una iglesia diminuta y triste, a la que sólo asiste un puñado de los trabajadores armenios más pobres. Sin duda la toleran porque es demasiado débil para representar una amenaza.

Había vuelto dos veces, sola, y había mirado con envidia a los andrajosos armenios que entraban y salían.

—Deben de decir la misa en su lengua. Nosotros ni siquiera podríamos decir las respuestas.

—Pero celebran la Eucaristía. Cristo está presente en el altar.

—Pondríamos en riesgo mi vida si asistiéramos. Ve a orar a la sinagoga con Fara, pero reza tus propias oraciones para tus adentros. Cuando yo estoy en la sinagoga, rezo a Jesús y a los santos.

Mary levantó la cabeza, y por primera vez Rob vio el furor latente en el fondo de su mirada.

—No necesito que los judíos me permitan rezar —replicó, muy acalorada.

Mirdin coincidió con él en rechazar la cirugía como profesión.

—No sólo se trata de las castraciones, que ya son terribles. Pero donde no hay aprendices médicos para servir en los tribunales de los mullahs, hacen comparecer al cirujano a fin de atender a los presos después de los castigos.

Debemos usar nuestros conocimientos y nuestra habilidad contra la enfermedad y para curar, no para recortar los muñones de miembros y órganos que podrían haber estado sanos.

Sentados bajo el sol de primera hora de la mañana en los peldaños de piedra de la madraza, Mirdin suspiró cuando Rob le habló de Mary y de su nostalgia por una iglesia cristiana.

—Debes rezar vuestras oraciones con ella cuando estéis a solas. Y tienes que llevarla a su terruño en cuanto puedas.

Rob asintió y estudió al otro reflexivamente. Mirdin se había mostrado agrio y detestable cuando pensó que Rob era un judío que había rechazado su propia fe. Pero desde que supo que Rob era un Otro, descubrió la esencia de una verdadera amistad.

—¿Has pensado que cada religión afirma ser la única con el corazón y el oído de Dios? —dijo Rob lentamente—. Nosotros, vosotros, el Islam...

Cada fe asegura ser la única verdadera. ¿Es posible que las tres estén equivocadas?

—Tal vez las tres aciertan —respondió Mirdin.

Rob sintió brotar una oleada de afecto. Muy pronto Mirdin sería médico y retornaría con su familia de Masqat. Cuando Rob fuese hakim, también volvería a su tierra. Indudablemente, nunca volverían a verse.

Su mirada se cruzó con la de Mirdin y tuvo la certeza de que este compartía sus pensamientos.

—¿Volveremos a vernos en el Paraíso?

Mirdin lo miró seriamente.

—Nos encontraremos en el Paraíso. ¿Es un voto solemne?

Rob sonrió.

—Es un voto solemne.

Se apretaron mutuamente las muñecas.

—Creo que la separación entre la vida y el Paraíso es un río —dijo Mirdin

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