Mi vida con los Dubois

Ariadna Baker · Capítulo 2 de 21

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Mi vida con los Dubois

Cap�tulo 1

Capítulo 1

Junio 1980

No conseguía reprimir las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas mientras observaba por la ventanilla del autocar como me iba alejando de Toulouse, mi ciudad natal, esa que a partir de ahora tenía que dejar atrás para comenzar una nueva vida en París.

Hacía un mes mi vida se había desvanecido por completo…

Vivía felizmente en casa de mis padres hasta que, el mismo día en el que yo cumplía mis veintiún años, sucedió una tragedia mientras estaba haciendo unas gestiones en la calle. Mi casa salió ardiendo, y, el fuego no solo arrasó con ella también lo hizo con mis padres.

No recuerdo un dolor más grande que el que yo sentí ese día y los posteriores. Estaba desolada, como si me hubieran arrancado la piel, dolía muchísimo la crueldad con la que mis padres se tuvieron que despedir de la vida. Me destrozaba pensar cuanto sufrimiento tuvieron que pasar en esos momentos.

Me quedé sin nada, además, no teníamos un seguro de la casa dado que vivíamos con lo justo, por lo que, solo me quedó un trozo de tierra en el que no podía construir nada ya que no tenía ni dinero ni trabajo.

Por suerte, el cura me dio cobijo en la iglesia, y, dos semanas después me propuso un cambio: yo les entregaba el trozo de tierra y ellos me conseguían un trabajo de interna en París y me pagaban el pasaje. Acepté sin dudarlo, no tenía nada y eso para mí era mucho.

Mis padres eran de Nantes, pero se vinieron a Toulouse unos meses antes de yo venir al mundo.

Siempre me contaron que su relación no fue aceptada por ninguna de las dos familias y, por eso, decidieron poner tierra de por medio, venirse aquí e instalarse para rehacer sus vidas. Nunca me hablaban de ellos, era algo que tampoco me atrevía a preguntar porque pensaba que les hacía mucho daño, al fin y al cabo, eran sus familiares, por mucho que no los vieran y que no los hubieran apoyado.

Mis padres eran la noche y el día, él muy serio y rotundo, ella muy bromista e inocente, pese a sus cincuenta años.

Mi madre se lo comía a besos y abrazos, él era muy frío y no le respondía, pero no por eso, ella nunca dejaba de hacerlo.

Con mi madre me solía abrazar varias veces al día, con mi padre jamás recuerdo un abrazo, solo besos fríos y porque el momento lo requería, pero,

no por eso no lo quería, todo lo contrario, amaba a los dos con todo mi corazón y entendía que él era una persona que era como un bloque de hielo, pero no por eso, significara que no tuviera corazón. Siempre estuvo ahí y nunca nos falló en ningún sentido.

Me era difícil encontrarme en esta situación, sola y con terribles miedos a lo que la vida me depararía y es que, cuando pasa algo así, te das cuenta lo importantes que son esas personas que guían tu vida, esas que tan injustamente me habían arrebatado.

Y ahora me esperaba una nueva vida en París, allí, en la capital, esa que me daba mucho respeto a pesar de ser mi país, pero era la gran ciudad, la madre de todas las ciudades, donde más habitantes había.

No sabía nada de la familia a la que iba a servir, ni su historia, nada, lo que sí sabía es que me estaban esperando.

Fueron muchas horas de autobuses ya que tuve que cambiar un par de veces, pero por fin, a las nueve de la mañana estaba pasando por esa Torre Eiffel que me impresionó al verla ahí tan voluminosa.

Me bajé y cogí mi maleta, tenía pocas cosas, ropa que me donaron en la iglesia cuando lo perdí todo.

Otro autobús me llevo directa a la calle que aparecía en la nota que me habían dado.

Me paré ante la puerta, estaba en uno de los barrios más importantes y lujosos de la ciudad, Le Marais.

Las puertas eran grandes, de madera, en medio de una fachada que era impresionante de lo bonita que lucía. Llamé tocando con la mano de bronce que había en una de ellas.

Me abrió una señora del servicio vestida con su vestido negro y delantal blanco.

—Buenos días, debes de ser Emma.

—Sí, buenos días.

—Yo soy Camille, pasa —dijo sonriente. Debía de tener como sesenta años, pero se la veía muy jovial —. No hay nadie, los señores están con su hijo en una visita al doctor.

—¿Se encuentran bien?

—Sí, tranquila, solo es que la señora Chloé tiene demencia avanzada, han ido a una revisión, pero poco se puede hacer por ella, ya perdió la cabeza hace muchos años y no es consciente de la realidad, le dices algo y en nada te lo vuelve a preguntar, no sabe ni quienes somos. Hay que tenerle paciencia.

—Claro —mi tono sonó triste.

—Su marido, el señor Nathan tiene el cielo ganado, la cuida muchísimo y siempre está pendiente de ella, al igual que su hijo Jules, que la adora, además, es muy divertido y siempre le pone humor a todo.

—¿Tienen más hijos? —pregunté mientras la seguía hasta la que iba a ser mi habitación.

—No, además a Jules lo adoptaron cuando tenía unos meses, él es conocedor de su historia. Ni que decir tiene que los lazos sanguíneos no hacen la familia, lo hace la lealtad y el amor que se brindan mutuamente.

—Claro, no cabe duda.

—No te será difícil adaptarte.

—Intentaré estar a la altura, usted me dice lo que debo limpiar, hacer para comer y demás, que yo me pongo rápido, y, si algo no le gusta me lo dice que yo lo vuelvo a hacer.

—¿Vienes a quitarme el trabajo? —preguntó con un carraspeo que parecía bromeando.

—No, ¿por qué piensa eso? —puse cara de tristeza.

—Estás diciendo de hacer lo que a mí me corresponde, creo que no te explicaron bien. Tu trabajo consiste en hacer los recados de la casa.

—Ah, pero también puedo ayudar a limpiar y cocinar que no me importa.

—Tranquila, con que me traigas todo lo que vaya necesitando, estoy más que feliz. Y, otra cosa, puedes tutearme, que me haces mayor si me hablas de usted —me dijo con una sonrisa.

—Vale.

—Te dejo para que coloques tus cosas y descanses un poco, el viaje fue largo.

—Pero puedo comenzar ya a trabajar.

—Duerme un rato, luego te veo en la cocina. Comienzas mañana —me hizo un guiño y me dejó en la habitación.

Y yo que creía que iba a estar encerrada en la casa dedicándome a los quehaceres, eso de ser la chica de los recados me gustaba y, aunque me imponía mucho la ciudad, estaba segura de que eso de salir a hacer las cosas me iba a venir muy bien.

Me acordé de mis padres, habían luchado tanto para que terminase la carrera de enfermería, de la que solo me faltaba un año, que, ahora, si viesen como estaba todo, se les hubiera partido el alma, pero yo no me podía permitir seguir estudiando cuando no tenía ni siquiera un techo.

Coloqué mis cosas con una añoranza y tristeza que me invadían por completo y es que, lo había perdido todo, no me quedaba nada, era como si hubiera vuelto a nacer en otro lugar, siendo adulta y en un entorno muy diferente. Todo era muy difícil de digerir, pero estaba completamente segura de que poco a poco me iría adaptando a mi nueva vida.

Me di una ducha en el baño que había para el servicio y que me había enseñado Camille, el resto de la casa no la había visto pero si me había dado cuenta de que era grande, señorial y todo estaba impecable.

Parecía un museo, pero sin cargar mucho.

Regresé a la habitación y me metí en la cama, la verdad es que había viajado mucho y estaba agotada, en el autocar era imposible descansar, no había forma de coger una buena postura.

Escuché unos pasos por el pasillo, pero no me parecieron los de Camille, eran como zapatos de hombre, no era un tacón ni nada parecido.

Seguramente que ya habían llegado Jules o los señores, a los que más tarde conocería.

Cerré los ojos y comencé a imaginar el mar, eso me relajaba mucho a pesar de que nunca había ido a la playa, ese era mi sueño, darme un baño o pasear por la orilla. Debía de ser una sensación de lo más placentera.

Pero no, a pesar del cansancio, me era imposible dormir, era por la mañana, en una casa nueva, por más que lo intentaba no podía.

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