Mi vida con los Dubois
Cap�tulo 2
Capítulo 2
Junio 1980
No sé en qué momento cogí el sueño, pero lo había conseguido.
Miré el reloj que había en la mesita de noche y eran las dos de la tarde.
Me dirigí hacia la entrada de la casa donde estaba la cocina y allí vi a Camille con la que debía de ser Chloé.
—Buenas tardes —murmuré con una media sonrisa.
—Buenas tardes, Emma —después de saludarme miró a Chloé —Ella es la nueva chica de los recados.
—Dile que ya se puede ir porque no necesito hoy nada, que mañana regrese a la casa por si acaso se me ocurriese algo.
—Emma vive aquí —le respondió sonriendo.
—¿Con qué permiso? —preguntó, pero en tono dulce, me daba mucha tristeza ver a esa mujer de esa manera.
—Con el de su marido e hijo.
—No tengo marido, ni tengo hijo, solo muchos pretendientes que asoman por la casa para conquistarme, pero yo ya estoy muy mayor para eso —me miró —¿Cómo te llamas? —me preguntó, olvidándose que unos momentos antes Camille me había saludado por mi nombre.
—Emma, señora Chloé —sonreí.
—Un nombre bonito, sí señor —decía afirmando y doblando los labios
—Mira, mi pretendiente ya llegó.
Me giré y me di cuenta de que debía ser el señor Nathan.
—Buenas tardes, señor Nathan —sonreí —Soy Emma —le extendí la mano.
—Hola, Emma. Un placer tenerte en casa.
—Ni se te ocurra cortejarla —le avisó Chloé señalándole con el dedo.
—No osaría a eso —carraspeó mirándola. Se veía buena persona.
—Huele que alimenta —se escuchó una voz por detrás y me giré.
Vi al que sabía que era Jules, lo que no me esperaba es que fuese un joven apuesto y tan guapo como él, eso sí divertido, se le notaba en la cara, mira que el padre tenía su punto de simpatía, pero se le veía una persona seria.
—Buenas tardes, soy Emma —murmuré ruborizada.
—Es la chica que se hará cargo de los recados.
—Papá, al que decidió enviarla hay que mandarle una caja de buen vino
—dijo mirándome de arriba abajo, con todo su descaro, sin perder esa media sonrisa.
—Hijo, pórtate —carraspeó.
—¿Qué le pasa a este cretino? —preguntó Camille sacándonos una risa a todos hasta a la propia Chloé.
—A mí nada —me seguía mirando —Por cierto, me llamo Jules, para ti, Ju.
Me reí con ese comentario y más que nada por la forma en la que lo dijo.
—Vamos a sentarnos a comer —murmuró Camille en modo reprimenda mirando a Jules.
—Yo al lado de Emma que quiero ir conociendo a la que se encargará de hacernos los recados —se sentó a mi lado y yo estaba roja como un tomate.
—¿Este hombre de dónde salió? —le preguntó Chloé a Nathan y a mí me pareció adorable.
—Es tu hijo —carraspeó.
—¿Mi hijo? ¿Y para qué quiero yo un hijo?
—Mamá, tranquila que ya me limpio el culo solo y no hay que darme de comer.
—Bueno, eso de que no hay que darte de comer —murmuró Camille sacando una risa en todos menos en Chloé, que lo miraba aún sin tener muy claro que ese chico fuera su hijo.
—¿Y la alegría de tener en la mesa a un hombre con esta planta? —se miró a él mismo.
—Come, anda, come —lo miró con cara de pocos amigos, pero siempre bromeando.
Tras la comida la señora se fue a descansar a su habitación con su marido y yo me quedé con Camille en la cocina mientras recogía y yo la ayudaba, pese a sus riñas de que me sentase, pero como le dije, estaba acostumbrada a ayudar en casa y no valía para quedarme mirando.
Jules apareció de nuevo, había ido a su habitación a cambiarse de ropa y ponerse cómodo, apareció con un pantalón de algodón y una camiseta
blanca.
—Aquí está lo más bonito de la casa —dijo apareciendo por la cocina y Camille se resignó. Me eché a reír —¿Quién me hace un cafelito?
—Yo te lo hago mientras ella termina de fregar los platos.
—¿Qué pasa que no tienes manos? —le recriminó como siempre en broma.
—Claro, pero las uso para la contabilidad de las propiedades —se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
Camille me había estado explicando que Nathan tenía varias propiedades en París arrendadas y vivían de eso. Por lo visto tenían ahí una mina de oro que los libraba de trabajar y les hacía tener una vida de lo más cómoda.
Jules llevaba el tema de cobros y gestiones, así como la contabilidad de todo.
Era una familia bonita, divertida y muy unida, con la única dificultad de que la señora tenía demencia, pero era de lo más adorable y Camille me dijo que siempre había sido una gran mujer.
—Así que mañana comienzas a hacer gestiones y compras.
—Sí —contesté poniéndole el café sobre la mesa.
—Me iré contigo, te haré de guía para enseñarte los lugares a los que deberás de ir para según qué cosas.
—¿Seguro?
—Contigo me iría al fin del mundo.
—¡Jules! —le riñó Camille.
—Encima de que intento ser amable —protestó aguantando la sonrisilla.
—Que te conozco…
—Vaya, ahora resulta que no voy a poder ser ni buena persona.
—Sí, buena persona sí, pero no te las gastes así con la chiquilla.
—Tranquila —murmuré sonriendo —estoy acostumbrada de la universidad.
—¿Estudiabas?
—Sí, me faltaba un año para terminarla antes del suceso.
—¿Qué pasó?
—Pues la casa de mis padres… —les conté la historia y a Jules se le cambió la cara y a Camille se le escaparon algunas que otras lágrimas.
—Siento mucho lo que te sucedió —Camille se acercó y me dio un beso en la mejilla y me la acarició con mucho cariño.
—Gracias.
—No sé qué decir —murmuró Jules mirándome con tristeza, se le habían quitado todas las ganas de bromas.
—Tranquilos, no os preocupéis, el venir aquí y tener trabajo para mí fue como si me salvaran la vida.
—Claro que me preocupo, el cura que te dijo que te cambiaba las tierras por este trabajo, no tenía derecho a eso y, es más, tu tierra en el centro de Toulouse vale un pastón —dijo Jules en tono enfadado.
—Pero yo no tenía para construir.
—Pero sí para venderla y haberte hecho con un dinero que con este trabajo tardarías muchos años en obtener.
—Estaba sin nada —murmuré con tristeza.
—Pobre de ellos, la que les ha caído —dijo Camille.
—No lo sabes bien —contestó Jules.
—No quiero líos, acepté eso.
—Bueno, pero no sabes lo que hay detrás, no solo te han engañado a ti, lo han hecho también con nosotros.
—No entiendo nada.
—Se suponía que nos hicieron el favor por cómo nos portamos con la iglesia. Se suponía que nos mandaban a alguien de fuera de París, porque así lo pedimos y, ahora no solo se supone, queda claro, que encima negocian con un trabajo que ofrezco yo y, encima de forma desorbitada aprovechándose de quién peor está ¿Qué clase de iglesia se supone que es?
—Bueno —dije con tristeza —siento haber contado nada.
—Así no se solucionan las cosas, hija —me dijo Camille tocándome la cabeza.
—Mañana salimos hacia Toulouse.
—¿Mañana? —pregunté asustada.
—No te preocupes por nada que te traigo de vuelta y aquí tienes tu trabajo, pero vamos a ir a solucionar las cosas.
—Pero no quiero…
—No hay más nada que hablar —se tomó el café y se levantó marchándose muy afectado.
—No sé para que he hablado —repetí con tristeza a Camille.
—Has hecho muy bien y te voy a contar algo… Jules es una persona de lo más graciosa y divertida, pero tras ese humor que a veces es pesado, hay un hombre que no permite injusticias, además es caritativo como su padre, así que si descubrió que no les bastó con lo que donó y que encima hicieron eso, no se va a quedar de brazos cruzados e irá a hablar con quién tenga que hablar. No te lo tomes a mal, pero te han engañado y no debes de tener pena porque Jules quiera poner las cosas sobre la mesa.
—Pero ya firmé que se lo cedía.
—Déjalo a él, sabe cómo tiene que hacer las cosas.
—Me da mucha cosa que se vea envuelto en este embrollo por mi culpa y ahora tener que ir a Toulouse, yo no tengo dinero aún para mi pasaje.
—Ni él te permitiría pagarlo, de todas maneras, seguro que vais de una manera más rápida y cómoda que con la viniste. Te aconsejo que te acuestes temprano esta noche para mañana estar descansada.
Me había quedado un poco mal por esa situación, volver a aquel lugar para recriminar los actos que yo acepté no lo veía muy ético, pero, estaba claro que era mi jefe y que sabía de lo que hablaba, por lo que, no iba a tener en cuenta mi opinión que, según él, había sido aceptar un trato desorbitado.
Por la noche durante la cena me dijo que ya tenía todo listo para el viaje al día siguiente y que estuviera lista a las ocho de la mañana.
Me acosté dándole muchas vueltas a la cabeza y sintiendo que había metido la pata sincerándome y contando todo.
Jules no tenía freno, por lo que me había dicho Camille, así que debía dejar todo en sus manos y que él se encargase de esa situación.
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