Mi vida con los Dubois

Ariadna Baker · Capítulo 5 de 21

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Mi vida con los Dubois

Cap�tulo 4

Capítulo 4

Junio 1980

—Hoy es tu día de suerte —murmuró estirando su mano para que entrase en la habitación.

—¿Y eso? —pregunté arqueando la ceja, pero sin girarme.

—Te has montado en el recién estrenado tren de alta velocidad, has hecho el trayecto con un joven apuesto y ahora vas a dormir bajo el mismo techo de una habitación de hotel con ese mismo hombre. La lotería, te tocó la lotería.

—Jules —me eché a reír —Déjame decirte algo, no sé si me tocó la lotería, pero lo que tengo clarísimo es que, durante el viaje adquirí mucho conocimiento en temas que antes ni me iban ni me venían y, además, me has hecho reír mucho.

—¿Me estás llamando payaso?

—En absoluto —me reí viendo la cara de tristeza que ponía bromeando.

—Bueno, ¿cuál de las dos camas quieres?

—¿En qué se diferencian? —pregunté mientras él colocaba sus cosas en una cómoda pequeña igual que en la que yo estaba colocando las mías.

—No sé, según qué lado prefieras, el derecho o izquierdo… —me dijo guiñándome un ojo —Yo no tengo preferencia, será que estoy acostumbrado a dormir en una cama gigante y voy rodando a mis anchas, un día amanezco en un lado y otro en el otro.

—Bueno, pues me quedo esta misma —señalé a la que estaba a mi lado.

—Esa iba a decir yo —murmuró y me eché a reír.

—Pues para ti, me quedo la otra.

—Es que no lo tengo muy claro.

—Al final me veo durmiendo en el suelo.

—Lo decidimos mientras cenamos —me hizo un gesto con la cabeza cuando acabamos de colocar las cosas.

Fue salir por la puerta del hotel y encontrarme con unos vecinos que ni sabían que me había ido, así que los saludé amablemente y no les dije nada.

Iba saludando a los que me cruzaba y Jules se reía al ver que me conocía todo el mundo, pero es que en aquella zona me había criado y había vivido hasta el día que me fui a París.

Entramos en un restaurante muy famoso de la ciudad, era al que se solía ir a comer cuando celebrabas algo, de lo contrario, no era muy frecuente debido al alto precio de los platos.

Estuvimos charlando durante la cena de su vida en París, ahí me comentó que había estudiado la carrera de Ciencias económico-empresariales y que, de eso, precisamente, trabajaba administrando todas las rentas del patrimonio que tenían sus padres.

—Yo podría administrar también sin necesidad de carrera —bromeé.

—Claro, y yo podría poner una inyección como una enfermera sin serlo.

Me eché a reír y es que tenía respuestas para todo. Sin lugar a duda, estaba inspirado en todo momento y es que, no había momento en que no tuviera una buena salida para cualquier cosa.

Nos fuimos a la habitación y, tras ponernos los pijamas, nos acostamos.

—Buenas noches, Emma —sonó hasta serio.

—Buenas noches, Jules —sonreí, pero no me podía ver porque la luz estaba apagada y yo vuelta para el sentido contrario.

Me encantaba, simplemente me parecía un chico extraordinario, tenía algo que me despertaba una sonrisa incluso en estos momentos, que, para mí eran de lo más dolorosos. No quería ni pensar pues me salía una sonrisa de tonta que no podía con ella.

Nos despertamos casi de forma sincronizada a las siete de la mañana.

—Buenos días, ¿qué tal tu primera noche conmigo? —me hizo un guiño mientras a mí se me soltaba una risilla.

—Buenos días, Jules. Bien, bien, creo que no roncas.

—Claro que no y, si lo hiciera, sería como una melodía musical —sonrió haciéndome un guiño.

—Ni lo dudaba —aguanté la risa.

—Vamos a desayunar, tengo al apetito un poco desesperado.

—No tardo —entré en el baño a asearme y salí lista para irnos.

El croissant estaba riquísimo, además recién hecho y con crema por dentro, no lo mojé en el café por vergüenza ante Jules, pero me quedé con las ganas de haberlo hecho.

De allí nos fuimos a la parroquia, fue llegar y se me hizo un nudo en el estómago, yo no quería esa situación, pero no me dejó otra opción.

El cura apareció levantando una ceja, extrañado por verme allí.

—Buenos día, soy Jules Dubois —dijo antes de que llegara ante nosotros y al padre Bernard se le cambió la cara.

—Hola, es un placer recibirlo aquí —estaba fingiendo que estaba descompuesto.

—Venía a hablar sobre el intercambio que le hizo a Emma, el trabajo por la finca.

—No fue así, ella en agradecimiento nos la dio.

—¡Mentira! —no pensaba entrar, pero tampoco iba a aguantar que mintiese tan descaradamente.

—Pongamos que usted lo dice así, pero lo que yo veo ahí, es una injusticia, se aprovecharon del momento tan difícil que atravesaba Emma.

—Lo vi como un acto de ofrecimiento al señor.

—Pues que baje y me lo diga —soltó Jules y casi me da algo.

—Sabes que eso es imposible, él da señales.

—Pues que le mande una porque tiene una hora para devolverle lo que es suyo o, de lo contrario, tanto como mi familia como muchas de París, dejarán de gratificar a su iglesia y estará en boca de todos. Usted decide.

—Las vendimos ayer.

—Le faltó tiempo. Enséñeme las escrituras.

—Voy —se marchó y, Jules me miró haciéndome un guiño, yo estaba de lo más nerviosa.

—Tranquila, que este va a escupir hoy billetes por la boca.

Cuando trajo las escrituras y Jules las revisó, lo primero que hizo fue mirarme.

—Te dije que tardarías 10 años en ganar esto trabajando, pero me equivoqué, hasta podrías comprarte un apartamento y vivir sin trabajar veinte años. La finca es una mina —giró la cabeza y miró al cura —Ahora mismo nos vamos hacia el banco y le traspasa el dinero a la propietaria legal.

—Pero…

—Hágalo, o, le juro que sale en todos los periódicos del país y llega esto hasta el Vaticano.

—Vale.

Cogió una especie de bolsa y salimos hacia el banco donde autorizó el traspaso de dinero como donación. Yo no me podía creer que mis padres,

sin saberlo, me habían dejado tanto y lo estaba recuperando gracias a Jules.

Pedí algo de dinero en efectivo para tenerlo para cualquier improvisto o alguna cosa que necesitase, además, quería hacerle un buen regalo a Jules, se lo compraría en cuanto llegásemos a París, se había portado muy bien.

—Bueno, padre Bernard —le dio la mano al salir del banco —que Dios le bendiga —dijo con ironía.

—Y a ustedes —murmuró el cura con el rostro de lo más pálido.

—Esto debemos celebrarlo a lo grande, me debes una comilona —me echó la mano por el hombro y besó mi mejilla.

—Claro, donde quieras.

—Pues ¿en el mismo sitio que anoche? Dijiste que allí se iba a celebrar y que mejor momento que este —se encogió de hombros.

—Por supuesto, además si quieres esta noche también te invito a cenar en el mismo sitio, no me voy a arruinar —sonreí.

—Bueno, cómo le cambia a la gente la forma de ser con el dinero —

bromeó.

—Ya ves, ni que fuera enseñando billetes —reí.

—Mejor he pensado en otra cosa, y, ¿si compramos unos bocatas y nos vamos al Jardín Royal a comerlos?

—¿Y cómo sabes de esos jardines? —pregunté arqueando una ceja.

—No pongas en duda mi inteligencia —carraspeó y echó de nuevo su brazo por mi hombro mientras andábamos —Guapa, rica y simpática, lo tienes todo.

—No soy rica y no pongo en duda tu inteligencia, pero, no sé, me sorprendió.

—Entonces ¿quieres una cita conmigo en el parque comiendo unos bocatas?

—Claro —murmuré y me dio otro beso en la mejilla.

—¿En plan bonito?

—¿Qué es para ti bonito? —me reí.

—Como si fuéramos pareja, aunque de aquí allí, vete tú a saber.

—Eres tremendo —me reí negando.

—Pero te diviertes conmigo —me señaló con el dedo de la otra mano ya que seguía con ella en mi hombro.

—Eso no te quepa la menor duda. Eres muy carismático.

—Me parece que te caigo extraordinariamente bien, al final me lo pondrás fácil —nos reímos, porque él se reía hasta de sus propias cosas.

Sentía toda clase de cosquilleos por mi estómago, esos que me producía Jules y es que me sentía tan bien a su lado que jamás había tenido esa sensación ni con el que fue mi novio.

¿Me estaba enamorando de verdad? Esperaba que no, aquello no podría ser posible, éramos de dos mundos y clases sociales diferentes, por mucho que bromease, no se fijaría en alguien como yo y, además, estaba segura de que me veía como a una niña y es que, aunque no fuese tan grande la diferencia, nos separaba una década.

Entramos en un bar que preparaban unos bocadillos típicos de Toulouse y que estaban riquísimos. El dueño me saludó con una sonrisa, como siempre, me conocía de ir a comprar algún que otro algún sábado por la noche que me apetecía y mi madre me daba el dinero.

Pedimos dos de pollo con lechuga y jamón de pavo, lo ponían en un pan de semilla tostado, además te lo daban junto con una salsa casera que estaba deliciosa y era el producto estrella de ese afamado bocadillo.

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