Misa negra
5. Misioneros armados
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
5
MISIONEROS ARMADOS
La idea más extravagante que puede surgir de la mente de un pensador político es creer que basta con que unas personas entren, armas en mano, en un pueblo extranjero y esperen que éste se adhiera sin más a las leyes y la Constitución de aquéllas. La propia naturaleza de las cosas dicta que el progreso de la razón es lento y nadie se deja seducir por misioneros armados; la primera lección de la naturaleza y de la prudencia es rechazarlos como enemigos. Se puede alentar la libertad, pero nunca crearla mediante una fuerza invasora.
M [1] AXIMILIEN R OBESPIERRE, discurso ante el Club Jacobino, París, 1792
Siempre reinará una cierta confusión en torno a los orígenes de la guerra de Irak, y no porque fuese el producto de una conspiración (como algunos han acabado por creer). Para su justificación se expusieron múltiples objetivos estratégicos, algunos de ellos aparentemente racionales. Pero, cuando se escriba por fin la historia de esta guerra, se verá que ninguno de los grupos que la apoyaban tenía objetivos alcanzables. Si alguna estrategia de conjunto tenía la administración Bush, ésta pasaba por asumir que el cambio de régimen en Irak favorecería los intereses estadounidenses y, al mismo tiempo, pondría freno al terrorismo y fomentaría la democracia en la región. Pero ésas no constituyen facetas de un único programa que puedan materializarse a la vez en un mismo intento. Son, más bien, objetivos dispares y contradictorios entre sí, por lo que, actuando como si fueran uno solo, la administración Bush dio evidentes muestras de su distancia de la realidad.
La democracia liberal no puede instaurarse en la mayoría de los países de Oriente Medio. En gran parte de esa región, la elección se limita a dos alternativas: el despotismo laico y el gobierno islamista. La administración Bush asumió que, con su intento de imponer a la fuerza la democratización de Oriente Medio, obtendría en la zona una serie de regímenes similares al de Estados Unidos. Pero pasó por alto la probabilidad de que, en vez de eso, produjera democracias antiliberales. Este tipo de régimen se sustenta sobre la creencia de que el bien común es algo evidente: cualquiera que no viva en el engaño o que no sea un corrupto estará necesariamente a favor de unas mismas políticas, por lo que no hay necesidad alguna de proteger la libertad personal ni los derechos de las minorías. Basta con que la voluntad popular —que es exactamente lo mismo que el bien común— pueda expresarse plenamente. En la práctica, claro está, el pueblo necesita una orientación. En la teoría de Rousseau, ésta la proporcionaba el legislador: una figura enigmática que guía a aquél entre bastidores. El legislador rousseauniano tiene algo en común con el gran ayatolá, cuyas impenetrables intervenciones dan forma al actual Irán teocrático. El tipo de régimen existente en aquel país es una versión islamista del sueño antiliberal de Rousseau, y cuando el resto de regímenes autoritarios de Oriente Medio sean derrocados, lo más probable es que sea esa otra variedad de democracia la que los sustituya. De hecho, ése es un proceso que ya se ha puesto en marcha en buena parte de Irak, donde una teocracia popular dominada por el chiismo está emergiendo lentamente siguiendo la línea marcada por la trayectoria iraní. Lo más seguro es que, dentro de veinte años, rijan en la mayor parte de Oriente Medio diversas versiones islamistas de democracia antiliberal. Habrá aspectos en los que éstas sean regímenes más legítimos que aquellos a los que reemplacen (y, ciertamente, necesitarán que sean aceptados como tales para tener una mínima posibilidad de desactivar algunas de las fuerzas impulsoras del terrorismo actual). Con el tiempo, algunos de esos países quizás evolucionen hasta convertirse en sistemas más parecidos a las democracias pluralistas de Europa (una versión que parecía estar resurgiendo en el Líbano hasta que el proceso descarriló nuevamente por culpa de la guerra). Pero ninguno de ellos será un clon de los sistemas políticos occidentales, y la idea de que se abre paso un «nuevo Oriente Medio», dispuesto a aceptar a Estados Unidos como modelo de gobierno, es pura fantasía.
Igual de ilusa es la creencia en la posibilidad de erradicar el terrorismo. Estados Unidos y otros países tratan de aleccionar a los países islámicos sobre la necesidad de «modernizarse» (entiéndase de repetir la pauta de desarrollo seguida en su momento por los países occidentales). Pero pasan por alto el detalle de que todo intento de imponer un modelo occidental de desarrollo sobre un país no occidental ha comportado algún tipo de terror de masas, y olvidan que la propia Europa del siglo XX fue el escenario de crímenes de Estado sin parangón en la historia. El terror ha constituido un elemento integral del Occidente moderno. También lo han practicado los contados Estados modernos que han llegado a existir en Oriente Medio (como fue el caso del Irak de Sadam, que antes de ser destruido por trece años de sanciones económicas y por la ofensiva estadounidense final, era uno de los países árabes más desarrollados). Ni siquiera en el improbable caso de que se instaurara la democracia liberal en la región, se podría poner fin a la violencia terrorista. Muchas democracias liberales —el Reino Unido, España, Italia, Alemania, Japón y Estados Unidos, por ejemplo— han padecido graves amenazas de ese tipo. En Rusia, el terrorismo ha empeorado a partir de la democratización, mientras que en China, continúa estando bajo control. Los procesos políticos pueden ayudar a afrontar el terror, pero la democracia no es la panacea. En condiciones como las que imperan hoy en día en gran parte de Oriente Medio, las organizaciones terroristas no son unas simples facciones aisladas carentes de apoyo popular. En Líbano, tras el último conflicto con Israel, Hezbolá habla ya en nombre de la mayoría de la población, mientras que en Palestina, Hamás ha constituido incluso un gobierno electo. A lo largo y ancho de la región, el terrorismo es el producto derivado de una serie de conflictos sin resolver (y, en algunos casos, irresolubles).
Entre dichos conflictos regionales, puede que destaque el que enfrenta a Palestina e Israel como el más intratable de todos, pero no son menos imponentes los próximos conflictos que se adivinan entre los propios países islámicos. Arabia Saudí e Irán compiten por la hegemonía en la zona del Golfo —una rivalidad que podría adquirir un tono peligroso si, como parece probable, ambos países se convierten en potencias nucleares en un plazo aproximado de una década— y el despertar chií que ha seguido a la destrucción de Sadam contará con la oposición notoria de los regímenes suníes. En muchos países, además, la inestabilidad política se verá acentuada por el rápido crecimiento demográfico. La población del Golfo se duplicará en aproximadamente veinte años, un proceso que dejará sin empleo a muchos millones de hombres jóvenes influidos en cuanto a sus actitudes por una escolarización fundamentalista. La paz es inalcanzable en semejantes condiciones. Siempre será posible asegurar períodos de tregua mediante una diplomacia paciente y a través de la apertura de lazos con regímenes islamistas que cuenten con cierta capacidad de influencia sobre las milicias irregulares que cometen actos de violencia terrorista. Pero la de la estabilidad es una posibilidad remota y, aunque sin duda se puede reducir la violencia terrorista, todo indica que ésta será una afección crónica en la zona.
La instauración de la democracia liberal y la supresión del terrorismo son objetivos diferentes y ni el uno ni el otro son realizables en buena parte de Oriente Medio. Confundir esos objetivos unificándolos como si fueran el mismo dificulta cualquier avance hacia una mayor estabilidad en la región, sobre todo, cuando se combinan con los intereses geopolíticos estadounidenses. En Irak, esa confusión ha tenido unos resultados tan calamitosos como predecibles.
IRAK: UN EXPERIMENTO UTÓPICO EN PLENO SIGLO XXI
Con la doctrina de la guerra preventiva, la administración Bush fue mucho más lejos de los credos utópicos de los fundadores estadounidenses e, incluso, de los de Wilson, Roosevelt y Reagan. La suya es, en esencia, una doctrina de guerra permanente.
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Muchos fueron los impulsos que condujeron a la guerra en Irak y no todos ellos eran conscientes o racionales. La invasión tenía como objeto asegurar el suministro de energía en Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, también pretendía reconstruir Irak y convertirla en un modelo de democracia liberal para el resto de la región. El primero de esos objetivos quedó comprometido por la propia guerra, mientras que el segundo era ya irrealizable desde un principio. Hubo un supuesto tercer fin —desmantelar el programa de ADM de Sadam—, pero no fue más que un pretexto.
En un intento de legitimar lo que en realidad constituía un acto de agresión, la administración Bush (y el gobierno Blair) caracterizó el ataque contra Irak como una respuesta ante la amenaza planteada por un programa armamentístico en fase de desarrollo. Pero su argumento era incoherente. Si ese programa de fabricación de armas estaba realmente en fase de desarrollo, existía la posibilidad de frenarlo sin necesidad de una guerra, ya fuera mediante unos procedimientos intensificados de inspección u otros métodos. Y si Sadam estaba ya en posesión de armas biológicas o químicas, no había motivo para pensar que éstas suponían un peligro para Estados Unidos: como concluían los análisis publicados por la CIA, sólo era probable que las utilizara contra los estadounidenses en el caso de que éstos invadieran el país y en el contexto de dicha invasión. La guerra podía tener como efecto previsible el de demostrar a los Estados «canallas» de todo el mundo que más les valía abstenerse de poseer las ADM de las que Sadam carecía, porque, de lo contrario, podían ser blancos de un ataque estadounidense, como Irak. Sin embargo, lejos de ralentizar la proliferación de ADM en otros países, la guerra la aceleró. Así que, en realidad, no había ningún argumento convincente a favor de la guerra desde el punto de vista de la seguridad estadounidense o global.
Los objetivos de esa guerra pertenecían a un ámbito distinto. Entre los fines geopolíticos indicados por los neoconservadores estaba la necesidad de que Estados Unidos se desvinculara de Arabia Saudí, país al que consideraban cómplice del terrorismo. Pero para ello, Estados Unidos necesitaba contar con otra fuente segura de petróleo en el Golfo y otra plataforma para sus bases militares, e Irak parecía satisfacer ambos requisitos. Si Estados Unidos controlaba una parte crucial de las reservas petrolíferas de la zona del Pérsico, podría distanciarse de un aliado en el que ya no confiaba. Al mismo tiempo, podría garantizarse el seguir siendo la potencia dominante en la región, lo que le otorgaría la capacidad de limitar las incursiones de China, India y otros Estados ávidos de energía.
Pero ése fue siempre un escenario de futuro difícil de creer. La producción de crudo en el Irak de la posguerra no ha alcanzado en ningún momento el nivel que tenía en tiempos de Sadam, y el precio del petróleo ha experimentado un aumento más que considerable. Dada la anarquía que domina en gran parte del país —la región kurda, donde no hay fuerzas estadounidenses desplegadas, es la única que mantiene la paz—, el retorno a los niveles de producción previos parece imposible. Y, con el tiempo, la producción no hará más que decrecer aún más debido a la disminución de las inversiones y a los costes de protección de las instalaciones productoras. Por culpa de la guerra de Irak, el suministro de petróleo de Estados Unidos es más inseguro que nunca. Y, en cualquier caso, pensar que el Irak posterior a Sadam aceptaría sin más el traspaso de sus reservas petrolíferas a manos estadounidenses era ya trabajar con una hipótesis de partida engañosa. ¿Por qué iba a aceptar un Irak democrático —suponiendo que tal régimen hubiese sido posible— la expropiación de su base de recursos? La guerra fue una aventura utópica incluso como ejercicio de realpolitik.
El cambio de régimen en Irak formaba parte de una guerra global por los recursos que dio inicio poco después de la caída del bloque soviético. La que a veces se conoce como primera guerra del Golfo —un título que pasa por alto la salvaje contienda que enfrentó a Irak y a Irán unos años antes— no fue más que una guerra por recursos. Ninguna de las partes que intervino trató de disimularlo hablando de difundir la democracia o de poner freno al terrorismo. El objetivo consistía exclusivamente en garantizar el suministro de petróleo. Durante la década de 1990, aquél fue un objetivo fundamental de la política exterior estadounidense, que explicó la instalación de bases militares en el Asia central y que alentó el estrechamiento de relaciones con Rusia.
A lo largo del siglo XX, la geopolítica —la lucha por el control de los recursos naturales— fue un poderoso factor que condicionó los conflictos entre Estados. La obtención y el control de las reservas petrolíferas fue uno de los factores centrales de la Segunda Guerra Mundial: fue un desencadenante de la invasión de la Unión Soviética decidida por Hitler y del ataque japonés contra Pearl Harbor. También incidió sobre el abortado intento británico de ocupación del canal de Suez en 1956. El derrocamiento del presidente laicista iraní Mohamed Mossadeq en la «Operación Ajax» dirigida por la CIA y patrocinada conjuntamente por Estados Unidos y Gran Bretaña fue organizado y ejecutado con el pretextado fin de impedir que Irán cayera bajo la órbita de la creciente influencia soviética. Su meta principal era la reafirmación del control occidental sobre el petróleo de aquel país.
Las rivalidades del período de la Posguerra Fría se han desarrollado con un contexto de fondo distinto. El equilibrio de poder entre productores y consumidores de energía está cambiando. Los Estados que producen petróleo son ahora capaces de dictar los términos en los que están dispuestos a hacer negocios con el mundo. Rusia está aprovechando su posición como suministradora de petróleo y gas natural para hacerse valer en la política mundial, mientras que Irán se ha erigido en uno de los principales contendientes por la hegemonía en el golfo Pérsico. Tras todos estos cambios se esconde el hecho de que las reservas petrolíferas mundiales se agotan con la misma rapidez con la que la demanda global aumenta. Las existencias de crudo no se están vaciando en el sentido literal de la expresión, pero la denominada teoría del «cénit del petróleo» sugiere que la producción global se halla seguramente muy próxima a su máximo posible. El del cénit petrolero es un concepto que los gobiernos actuales se toman muy en serio. Un informe del Departamento de Energía de Estados Unidos titulado Peaking of World Oil Production: Impacts, Mitigation and Risk Management («La producción mundial de petróleo alcanza su cénit: efectos, atenuación y gestión de riesgos»), publicado en febrero de 2005, concluía lo siguiente: «El mundo no se había enfrentado nunca a un problema como éste. Si no se atenúa considerablemente con más de una década de antelación, el problema dejará de ser temporal para convertirse en generalizado y permanente. Las transiciones energéticas previas (de la leña al carbón y del carbón al petróleo) fueron
paulatinas y evolutivas; el cénit petrolero será brusco y revolucionario[3]» Cuando a un petróleo cada vez más escaso se le suma una industrialización cada vez más intensa, la rivalidad creciente por el control de las reservas mundiales restantes está asegurada. La geopolítica del cénit del petróleo está condicionando las políticas de las grandes
potencias[4].
La importancia del petróleo como valor supremo fue admitida por el más poderoso estratega de la administración Bush. En un discurso pronunciado en el almuerzo especial de otoño del Institute of Petroleum de 1999, el entonces presidente de Haliburton, Dick Cheney, señaló lo siguiente:
Ni que decir tiene que la producción de petróleo es una actividad que agota sus propios recursos. Cada año
se hace necesario encontrar y desarrollar reservas equivalentes a las que se extraen solamente para mantenernos igual, para no quedar descompensados. Y esto es así tanto para las empresas como para el mundo en general. […] Entonces, ¿de dónde va a salir el petróleo? El petróleo es único por su naturaleza estratégica. No hablamos aquí de jabón en escamas ni de ropa deportiva. La energía es auténticamente fundamental para la economía mundial. La guerra del Golfo fue un reflejo de esa realidad. El grado de implicación de los Estados confiere al petróleo una categoría de mercancía singular. […] Los Estados y las empresas petroleras públicas controlan evidentemente un 90% aproximado de los activos. El petróleo continúa siendo un negocio esencialmente estatal. Y aunque son muchas las regiones que ofrecen grandes oportunidades petrolíferas, Oriente Medio —donde se concentran dos tercios del petróleo mundial (y el más
barato, por cierto)— sigue siendo el auténtico premio gordo de este sector[5].
Los comentarios de Cheney evidencian la clara conciencia que tenía de la teoría del cénit del petróleo, una conciencia que se reflejó posteriormente en la decisión tomada por la primera administración Bush de reclasificar la política energética para colocarla dentro del apartado de la seguridad nacional. Que el petróleo constituyó un factor de vital importancia en la orden de ir a la guerra en Irak apenas ofrece dudas. Estados Unidos actuó con la intención tanto de instaurar un régimen que le garantizase su suministro nacional de petróleo como de mostrar la determinación con la que se proponía controlar las reservas del Golfo en su conjunto.
La aventura se encalló por la imposibilidad de fundar un Estado eficaz sobre las ruinas de otro anteriormente demolido. Hoy circula la opinión generalizada de que el desastre podría haberse evitado si se hubiera planificado adecuadamente la reconstrucción de la posguerra. En apoyo de dicho punto de vista se alega que sí se elaboraron algunos planes previos —de los que el documento de 2002 del Departamento de Estado estadounidense sobre el futuro de Irak es un ejemplo—, pero
fueron descartados por Bush y Rumsfeld[6]. Sin embargo, imaginar que el caos que siguió a la invasión estadounidense podría haberse prevenido es algo que carece de todo fundamento. Parte del supuesto de que esa guerra tenía unos objetivos alcanzables, cuando éstos, en realidad, no eran tales. De haber existido algo mínimamente equiparable a una reflexión previa de carácter realista, jamás se habría emprendido aquella campaña militar. Instaurar la democracia liberal en el país era un imposible, pero derrocar el régimen significó la destrucción del Estado.
No estoy argumentando nada a posteriori. Muchas voces habían previsto la insurgencia que siguió al éxito militar inicial y en la propia historia de Irak abundan las muestras de lo sobradamente conocidos que eran (desde hace ya varias generaciones) los riesgos de gobernar aplicando el principio de la mayoría en aquel país. Anteriormente conocido como Mesopotamia, el Estado de Irak es en gran parte obra de la diplomática británica Gertrude Bell, quien —junto con T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) y Harry St. John Philby (funcionario colonial británico y padre del espía soviético Kim Philby)— lo construyó a partir de tres provincias del deshecho Imperio otomano y lo fundó como reino de la dinastía hachemita en 1921. Con la caída de los otomanos en 1919, Bell —la primera mujer nombrada para un puesto de autoridad política en el servicio colonial británico— se convirtió en secretaria del alto comisionado británico, sir Percy Cox, y empezó a construir el nuevo Estado. En 1920, Bell se reunió con Sayid Hasán Al Sáder, la figura más destacada de los chiíes de Irak y bisabuelo de Muqtada Al Sáder, el comandante del Ejército del Mahdi que se rebeló contra la ocupación estadounidense en 2004. Ella reconocía que un régimen democrático significaría allí la instauración de un gobierno teocrático: «No dudo ni por un instante de que la autoridad final debe encontrarse en manos de los suníes, pese a la inferioridad numérica de éstos, porque, de no ser así, tendremos un Estado teocrático, lo que sería como tener al mismo diablo». Uno de sus principales objetivos era «apartar a los clérigos chiíes de la administración de los asuntos públicos», para lo cual resultaba esencial que gobernara la élite suní. Al mismo tiempo, uno de los intereses estratégicos que movía a los británicos en aquel momento era el de conservar el control de los yacimientos petrolíferos del norte del país. Creando un nuevo reino en el que los chiíes estuvieran apartados del poder y los kurdos se vieran privados de un Estado separado, sería posible satisfacer ambos fines
simultáneamente[7].
Uno de los motivos por los que Bell fue capaz de construir ese nuevo reino fue su versado conocimiento de la cultura de la región. Hablaba árabe y persa con fluidez, tradujo al inglés los versos del licencioso místico sufí Hafiz, y fundó el Museo Arqueológico de Bagdad (conocido más tarde como Museo Nacional de Antigüedades), que, tras haber conservado durante casi ochenta años los tesoros del país, fue saqueado en los momentos inmediatamente posteriores a la invasión estadounidense. El saqueo — que se produjo en un momento en que la única institución gubernamental iraquí protegida por la vigilancia estadounidense era el Ministerio del Petróleo— propició que
Donald Rumsfeld comentara al respecto: «Esas cosas pasan[8]». A partir de los primeros años de la década de 1920, Bell empezó a mostrar su desacuerdo con la política seguida por el Reino Unido en aquel país. En 1926, marginada por el servicio colonial y sin influencia alguna sobre los acontecimientos, ingirió una sobredosis de somníferos y
murió en Bagdad, en cuyo cementerio británico fue enterrada[9].
Bell sabía que el Estado que había creado jamás podría ser democrático. En las regiones chiíes, democracia siempre significaría teocracia; en las zonas suníes, conflicto sectario, y en el norte kurdo, separatismo. El reino creado por Bell duró hasta que unos oficiales simpatizantes de Nasser asesinaron a la familia real en 1958, dos años después del colapso definitivo del poder británico en la región (tras el fracasado intento franco-británico de hacerse con el control del canal de Suez), El despotismo de Sadam se fundamentaba sobre las mismas realidades de división sectaria y dominio suní en las que se sustentó el reino ideado por Bell. Derrocar aquel régimen significaba destruir el Estado a través del que operaba y crear la democracia contra la que Bell ya había advertido en su momento. Aunque nunca llegó a ser tan completamente totalitario, el Irak de Sadam era un régimen ilustrado de corte similar al de la Rusia soviética. Era totalmente laico: el único Estado de la zona del Golfo no regido por la ley islámica de la sharía, sino por un código legal de estilo occidental, e implacablemente hostil al islamismo (algo que Estados Unidos admitió en la década de 1980, cuando suministró armamento e información de inteligencia a Sadam en su guerra contra Irán).
Irak siempre ha sido un Estado compuesto y con profundas divisiones internas. Aun siendo más represivo, el régimen de Sadam fue bastido sobre los mismos cimientos que el reino de Bell. Sadam mantuvo la unidad de Irak reprimiendo a la mayoría chií y a los kurdos, entre otros. La destrucción de su régimen liberó a esos grupos y dejó al Estado iraquí sin poder ni legitimidad. La democracia era imposible, porque requería de un grado inalcanzable de confianza entre las diversas comunidades que componen la sociedad de aquel país. Las minorías necesitan garantías de que no pasarán a convertirse en perdedores permanentes con la nueva situación. Si no las reciben, apuestan por escindirse del Estado que las engloba en ese momento para instaurar el suyo propio. Estaba claro que los kurdos buscarían seguir ese camino y que los cinco millones de suníes del país se resistirían al dominio de la mayoría chií. Las fisuras entre estos grupos eran demasiado hondas como para que las desvencijadas estructuras de Irak pudiesen sobrevivir a ellas. En casi todas partes, Jos Estados que, de la noche a la mañana, se convierten en democráticos tienden a desmembrarse: sucedió en la URSS y en la antigua Yugoslavia, por ejemplo. Nunca hubo razón alguna para pensar que Irak sería distinto. Cuando en diciembre de 2006 se dio finalmente cumplimiento a la sentencia de muerte de Sadam (en una ejecución sórdida y caótica), el Estado iraquí ya había dejado de existir.
Aunque entreverado a cada paso de ideas propias de una versión un tanto delirante de la realpolitik, el proyecto neoconservador de cambio de régimen en Irak constituye un ejemplo clásico de mentalidad utópica llevada a la práctica. Para los neoconservadores que planearon y organizaron aquella guerra, la democracia tenía que ser el resultado automático del derrocamiento de la tiranía. Si se producía alguna dificultad durante la transición, ésta podría resolverse aplicando principios universales (entiéndase, estadounidenses). De ahí la construcción de una estructura federalista imaginaria que siguió a continuación. El sistema ideado para Irak evidenciaba una fe en las constituciones escritas que difícilmente se corresponde con la propia historia de Estados Unidos, que sólo logró alcanzar la unidad nacional a través de una guerra civil.
En la práctica, la administración Bush no tenía ni idea de dónde se había metido. Apenas unas semanas antes de la invasión, aún no sabía qué gobierno iba a imponer en aquel país. La opinión dominante oscilaba entre la instauración de un gobernador de estilo militar (siguiendo el modelo del Japón de posguerra) y la aplicación de una transición inmediata a la democracia. Donald Rumsfeld —un burócrata militar y nacionalista estadounidense antes que un neoconservador de ninguna clase— no tuvo nunca interés alguno por llevar la democracia a Irak, pero tampoco había propuesto ninguna estrategia concreta para gobernar el país en cuanto el régimen de Sadam hubiese sido derrocado. Sustituir al dictador por un gobierno militar —como sugerían algunas autoridades británicas— no era una opción realista, ya que suponía instaurar lo que, en la práctica, sería una administración colonial de muy dudosa viabilidad a largo plazo (y que Estados Unidos rechazaba de plano). Para una poderosa facción de la administración Bush, la guerra había sido desde el primer momento un medio para imponer una democracia de corte estadounidense en aquel país. Ese era especialmente el caso de Paul Wolfowitz. James Mann, autor de un estudio sobre los autollamados «vulcanos» —el círculo de estrategas de defensa que componían el gabinete de guerra de George W. Bush—, ha escrito que Wolfowitz
se convirtió en el alto cargo de la administración más estrechamente relacionado con la invasión de Irak. Durante la invasión, los estadounidenses que trabajaban en la zona de guerra se inventaron el mote de «Wolfowitz de Arabia» para el subsecretario de Defensa, un apelativo que describe el nivel de intensidad, apasionamiento e, incluso (o al menos, así lo parecía en ocasiones), fervor romántico con el que éste encaró los
objetivos de derrocar a Sadam y llevar la democracia a Oriente Medio [10].
Para Wolfowitz, principal arquitecto de la guerra, la invasión constituía un preludio de la futura democratización de toda la región. La incompetencia del procónsul de Bush en Irak, Paul Bremer, tuvo tan devastadoras consecuencias que la apuesta por una rápida instauración de la democracia en Irak pasó enseguida a ser la única vía que le quedaba a la administración estadounidense para aparentar un mínimo de legitimidad.
En sus primeros comunicados, emitidos en mayo de 2003, Bremer disolvió el ejército iraquí y destituyó a las autoridades públicas baazistas, incluidos los profesores universitarios y los maestros de educación primaria, los enfermeros y los médicos. El corresponsal del Washington Post en el Pentágono, Thomas E. Ricks, describió la decisión de Bremer con estas palabras:
[…] el 23 de mayo, Bremer emitió la Orden n.º 2 de la APC (la Autoridad Provisional de la Coalición), de disolución de los organismos iraquíes, que ponía formalmente fin a varios colectivos: las fuerzas armadas iraquíes (cuyas filas sumaban unas 385 000 personas), el personal dependiente del Ministerio del Interior (en el que se hallaba englobado un número sorprendentemente alto de funcionarios —285 000— porque incluía a las fuerzas de la policía y de la seguridad interna) y las unidades de seguridad presidencial (una fuerza de unos
50 000 efectivos). […] Muchos de esos hombres estaban armados [11].
El licenciamiento de las fuerzas iraquíes había sido la medida siguiente después de la Orden n.º 1 de Bremer —de «desbaazización» de la sociedad iraquí—, que había apartado de los cargos públicos a los miembros de alto rango del partido baazista. En conjunto, ambas órdenes —que, según Ricks, contaban con la firme oposición del jefe de la delegación de la CIA en Bagdad— dejaron sin empleo a más de medio millón de personas. En un país donde la familia media está compuesta por unas seis personas, eso significaba que más de dos millones y medio de habitantes (una décima parte aproximada de la población total) habían perdido su principal fuente de ingresos. Al parecer, Bremer dictó dichas órdenes siguiendo el consejo de Ahmed Chalabi, que aspiraba a instalar a sus aliados en los puestos vacantes.
El efecto de las órdenes de Bremer fue el desmantelamiento del Estado iraquí. La policía y las fuerzas de seguridad dejaron de ser instituciones nacionales para convertirse en cotos privados de las milicias sectarias, que las utilizaban para secuestrar, torturar y asesinar. Fuera de la Zona Verde —el área de alta seguridad en el centro de Bagdad donde se hallan ubicadas las embajadas estadounidense y británica, así como el gobierno iraquí apoyado por la Coalición— la anarquía reinaba en el país. Hacia finales de 2006, cada día eran asesinadas aproximadamente unas cien personas y, según estimaciones de Naciones Unidas, las torturas habían alcanzado un nivel peor que el impuesto en su
momento por Sadam[12].
La impresión promovida por la administración Bush de que Irak tiene ya un gobierno en ciernes que está reconstruyendo el país carece de toda base real. El gobierno instaurado con el respaldo estadounidense es un campo de batalla entre fuerzas sectarias y el Estado iraquí es ya historia. Si Sadam hubiera sido asesinado o hubiera muerto de causas naturales, es muy probable que su régimen le hubiera sobrevivido. Pero al imponer un cambio de régimen, la administración Bush creó un Estado fallido, dotado de un gobierno frágil y sumamente dependiente de las milicias chiíes (algo que Bush ignora en sus absurdas críticas a las políticas del ejecutivo de Bagdad). El caos resultante ha situado el objetivo declarado de la invasión (encontrar y destruir el supuesto programa de ADM de Sadam) fuera de toda posibilidad. Si Sadam poseyó alguna vez armas químicas o biológicas (como, sin duda, fue el caso durante la década de 1990), éstas han desaparecido ya junto al Estado de Irak.
Hay quien sostiene que el fracaso de las fuerzas estadounidenses en su propósito de pacificar Irak se debe a que el número de efectivos desplegado ha sido insuficiente. Bien es cierto que el plan trazado por Donald Rumsfeld para toda la guerra erró gravemente al no prever la insurgencia que siguió a la desaparición de las fuerzas de Sadam. Rumsfeld, quien durante todo su ejercicio en la actual administración estadounidense fue proponente entusiasta de una «revolución de los asuntos militares» sobre la base de una elevada dependencia de la tecnología y un uso limitado de las fuerzas de tierra, llegó a ser detestado por los mandos militares por haber impuesto una estrategia inviable para aquella guerra y fue el primer sacrificado cuando el electorado estadounidense dio signos evidentes de rechazarla. Pero poco habría importado si el despliegue hubiese sido más numeroso. Pese a tener allí a más de cuatrocientos mil soldados tras la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña fue incapaz de imponer su voluntad mediante la fuerza militar. Cuando por fin logró crearse algún tipo de orden, éste vino a través de medios políticos. Los británicos invadieron Mesopotamia en 1914, en parte, para asegurarse el suministro de crudo para su Armada, que Winston Churchill (entonces ministro de Marina) había ordenado modernizar sustituyendo los motores con caldera de carbón por los de petróleo, más eficientes. La propia ocupación tuvo numerosas complicaciones: entre diciembre de 1915 y abril de 1916, la Fuerza Expedicionaria Mesopotámica de los británicos sufrió más de veinte mil bajas a manos de las fuerzas otomanas en Kut Al Amara, lo que hizo que, a partir de aquel momento, recurriera a arrasar las poblaciones de la zona mediante ataques aéreos (una táctica que el ejército británico volvería a emplear en Afganistán en la década de 1920).
El Estado de Irak fue construido para lograr una situación de paz que resultaba imposible de alcanzar mediante el uso de la fuerza militar. Sin embargo, las operaciones militares estadounidenses en Irak no han ido acompañadas de ningún objetivo político alcanzable. Hasta comienzos de 2007, más de tres mil estadounidenses habían perecido (cifra superior a los fallecidos a consecuencia del 11-S) y más de veinte mil habían resultado heridos por unos objetivos que, al no haber sido formulados en ningún momento de un modo mínimamente coherente, eran irrealizables. Las fuerzas de Estados Unidos han cometido errores y algunos crímenes, pero la culpa de la derrota estadounidense no puede ser achacada a irnos soldados que fueron enviados hasta allí en una misión imposible. La responsabilidad corresponde a los dirigentes políticos que concibieron la misión y ordenaron su ejecución.
Es verdad que las fuerzas estadounidenses no estaban bien preparadas para la guerra de contrainsurgencia que se puso en marcha a renglón seguido de la ocupación de Bagdad. Como consecuencia de las humillantes derrotas padecidas en Vietnam y Somalia, la doctrina militar estadounidense ha tendido a basarse en la denominada «protección de fuerzas» y el «shock and awe» (o «dominio rápido»). En la práctica, esto se traduce en matar a cualquier habitante del país ocupado del que no sea descabellado creer que pueda suponer una amenaza para las fuerzas estadounidenses y en superar al enemigo mediante el uso de una potencia de fuego apabullante. Estas estrategias, eficaces en las fases iniciales de la guerra, cuando las fuerzas de Sadam eran el enemigo, resultan contraproducentes cuando el enemigo pasa a ser la mayor parte de la población, como sucede en la actualidad. El conflicto es en estos momentos lo que el general sir Rupert Smith —comandante de la Primera División Acorazada británica en la guerra del Golfo, de las fuerzas pacificadoras de la ONU en Sarajevo y del ejército británico en Irlanda del Norte entre 1996 y 1998— ha denominado una «guerra entre la
población[13]». En un conflicto de esta clase, la superioridad numérica vale poco y el uso intenso de la potencia de fuego resulta inútil o, incluso, contraproducente. Cualquier simpatía inicial que algún sector de la población local pudiera sentir hacia las fuerzas ocupantes estadounidenses se disipó definitivamente después de que éstas arrasaran la ciudad de Faluya a comienzos de 2004. Aquella ofensiva, en cuyas operaciones, destinadas a «sacudir y freír» a la población de la ciudad, se emplearon bombas de racimo y armas químicas (concretamente, un tipo muy determinado de fósforo blanco conocido
como «napalm mejorado[14]»), fue una acción perfectamente comparable con la destrucción de la capital chechena, Grozni, a cargo de las fuerzas rusas. En términos militares, resultó un auténtico fracaso (apenas unos días más tarde, los insurgentes tomaron una ciudad más grande —Mosul— donde se hicieron con una gran cantidad de armas) y la desconsideración por las vidas de los iraquíes allí demostrada avivó enormemente la insurgencia. Una alta autoridad británica que no quiso revelar su nombre comentó lo siguiente en abril de 2004: «Mi opinión (y la de la cadena de mando británica) es que el uso de la violencia que han hecho los estadounidenses es desproporcionado y ha constituido una respuesta excesiva a la amenaza a la que se enfrentan. Ellos no ven a la población iraquí como nosotros la vemos. Para ellos son una
especie de [*][15] üntermenschen».
El uso de la tortura en Abu Ghraib siguió una pauta ya conocida. Durante el año posterior a la caída de Sadam, cualquiera podía acabar convertido en víctima. Miles de personas fueron «barridas» de las calles y sometidas a abusos sistemáticos. Con esa forma de actuar, las fuerzas estadounidenses no hacían más que ceñirse a una senda muchas veces recorrida en el pasado. La tortura ya había sido empleada de forma generalizada por los rusos en Chechenia, por los franceses en Argelia y por los británicos en Kenia en los años cincuenta del siglo XX. Pero a diferencia de semejantes predecesores, que se especializaron en infligir dolores físicos extremos, los interrogadores estadounidenses se concentraron en aplicar la presión psicológica y, en especial, la humillación sexual. Los métodos de tortura empleados en Irak tenían como blanco la cultura de sus víctimas, que eran agredidas no sólo como seres humanos en general, sino también como árabes y como musulmanes. El uso de estas técnicas dejó entre la población local una impronta indeleble de perversión asociada a todo lo estadounidense y privó para siempre de legitimidad en Irak a cualquier régimen apoyado por Estados Unidos en aquel país.
Las autoridades militares estadounidenses han condenado los abusos que se produjeron en Abu Ghraib. No obstante, y pese a que algunos sectores del ejército se resistieron a tales prácticas, las torturas no obedecieron a una casualidad o a ejercicios puntuales de indisciplina. Desde el momento mismo en que se inició la llamada «guerra contra el terror», la administración Bush ha vulnerado abiertamente el derecho internacional sobre el trato a los detenidos. Para empezar, los miembros de las organizaciones terroristas fueron declarados «combatientes ilegales» y, como tales, privados de las garantías previstas en la Convención de Ginebra.
Los detenidos recluidos en el campo de concentración de Guantánamo corresponden a esa categoría y también eran combatientes ilegales los talibanes y los sospechosos de pertenecer a Al Qaeda apresados en Afganistán. Al hallarse fuera del alcance del derecho internacional, se convirtieron automáticamente en víctimas potenciales de torturas. En Irak, la administración Bush eludió el derecho internacional siguiendo una ruta distinta. Las tareas de vigilancia y seguridad en Abu Ghraib y en otros centros de detención estadounidenses fueron subcontratadas a empresas privadas no cubiertas por el derecho castrense ni por la Convención de Ginebra. En la práctica, eso significó la creación por parte de la administración Bush de un entorno sin ley en el que los abusos podían ser practicados impunemente. Las torturas en Abu Ghraib no fueron el resultado de la extralimitación en sus funciones de unos cuantos oficiales, sino la consecuencia de unas decisiones tomadas en los más altos niveles del mando estadounidense.
Tras Abu Ghraib, la administración Bush ha continuado defendiendo el empleo de la tortura, aunque los jueces militares, la CIA y el ejército estadounidense no han dejado de resistirse a tal práctica. En febrero de 2006, el principal responsable de contraterrorismo de la CIA, Robert Grenier, fue destituido por oponerse a la tortura y a las llamadas
«entregas extraordinarias[16]». Algunas noticias apuntan a que la red de cárceles secretas establecida por la administración para alojar a los prisioneros enviados a ellas por medio del programa de entregas especiales (consistente en secuestrar a los sospechosos para trasladarlos a países en los que pueden ser torturados sin obstáculos legales) podría haber sido clausurada porque la CIA —no muy convencida de la eficacia de las torturas y temerosa de que los agentes que las practiquen puedan ser luego denunciados ante los tribunales— se ha negado a practicar nuevos interrogatorios. Varios jueces castrenses de instancias superiores rehusaron firmar una declaración de apoyo a las políticas de Bush
en materia de «interrogatorios coactivos[17]». Como ya ocurriera con el uso de la información de inteligencia sin verificar, la decisión que la administración presidencial estadounidense tomó en su momento de recurrir a la tortura contó con diversas muestras de oposición en todas las instituciones principales del Estado federal y, aun así (y como también sucediera anteriormente), la administración se negó a desistir de aplicar dichas políticas.
La disposición a utilizar métodos inhumanos y contraproducentes aceleró el desastre en Irak. Tal vez algunos de esos errores fuesen evitables, pero, en cualquier caso, la administración Bush no había dejado de evidenciar un patrón de incompetencia arrogante consustancial a sí misma. Se negó a aceptar el asesoramiento de los organismos gubernamentales que contaban con la experiencia y los conocimientos adecuados (como el ejército regular, la CIA y el Departamento de Estado), y, en su lugar, se había guiado por el criterio de aquellos miembros de la administración cuya visión de las cosas se hallaba condicionada por una agenda claramente neoconservadora (como la Oficina de Planes Especiales). Sin embargo, la imagen del Irak de la posguerra que los neoconservadores habían promocionado demostró ser una trama entretejida de desinformación y esperanzas infundadas, mientras que la disposición a emplear medios intolerables para alcanzar fines imposibles nos mostró el nivel máximo de autoengaño al que puede llegar la mentalidad utópica.
La facilidad con que Estados Unidos aceptó una valoración descabelladamente irreal de las condiciones reinantes en Irak tuvo varios orígenes. La opinión pública sólo llegó a aceptar la guerra tras una intensa campaña de desinformación que la convenció de la supuesta vinculación existente entre Sadam Husein y Al Qaeda (aun a sabiendas de que no había ninguna), y la incitó a creer en la implicación del régimen iraquí en un programa de armamentos en activo del que no existía constancia fiable alguna. Los neoconservadores que orquestaron tal campaña estaban cegados por sus propias falsas ilusiones (algunas de ellas inherentes a su forma de pensar). Creían que los métodos necesarios para alcanzar la libertad son los mismos en todo momento y lugar, y que, por lo tanto, las políticas requeridas en el caso de Irak no eran distantes de las que se habían utilizado para difundir la libertad en los antiguos países comunistas. Pero lo que resulta factible a orillas del Danubio puede no serlo en la ribera del Éufrates (ni siquiera en el supuesto de que la paz hubiera imperado en Irak, como lo hizo en la mayor parte de la Europa poscomunista) y, además, esa ferviente fe neoconservadora en la eficacia de un modelo universal venía acompañada de una indiferencia profunda ante la historia particular de aquel país. Desde su lógica, si las demás culturas se encuentran en distintas fases del camino hacia una civilización global que ya existe en Estados Unidos, no hay necesidad de entenderlas, porque pronto formarán parte de América. En la práctica, tan inquebrantable universalismo acaba erigiendo una barrera infranqueable entre Estados Unidos y el resto de la humanidad que excluye toda posibilidad seria de que el primero se
implique en la construcción nacional de otros países[18].
En Irak, esa omisión cultural alcanzó extremos surrealistas. Resguardados en el interior de la Zona Verde, una serie de especialistas enviados en comisión de servicios desde Washington (algunos de ellos, desde laboratorios de ideas neoconservadores) diseñaban el futuro de Irak aislados de toda percepción de lo absurdo de sus planes. Si los objetivos de la administración estadounidense hubieran sido realizables en lo más mínimo, sólo habrían llegado a cumplirse tras muchas décadas de ocupación. Pero se intentó hacer realidad lo imposible en cuestión de meses. Los misioneros armados que despacharon fuerzas estadounidenses a Irak esperaban la conversión instantánea de la población, pero aquellas fuerzas fueron rechazadas allí como enemigas. La advertencia que hiciera Robespierre a sus camaradas jacobinos contra los peligros de la política napoleónica de exportación de la revolución a toda Europa por la fuerza de las armas quedaba justificada una vez más (dos siglos después) en Oriente Medio.
Irak sólo es el ejemplo más extravagante de una tendencia más general en política exterior que ha pretendido renovar, revestida del ropaje liberal, algo parecido a los imperios europeos del pasado. Desde ese punto de vista, derribar la tiranía en Irak fue algo más que un intento estadounidense de asegurarse la hegemonía en Oriente Medio: fue el comienzo de una nueva especie de imperialismo guiado por los principios liberales de los derechos humanos.
LIBERALISMO MISIONERO, IMPERIALISMO LIBERAL
El humanitarista, como el misionero, suele ser enemigo irreducible de las personas con las que trata de entablar amistad, porque carece de imaginación suficiente para comprender las auténticas necesidades de éstas y de la humildad necesaria para respetarlas como si fueran las suyas propias. La arrogancia, el fanatismo, el intervencionismo y el imperialismo pueden entonces hacerse pasar por filantropía.
G [19] EORGE S
ANTAYANA
La configuración de ideas y movimientos que desembocaron en la ruinosa intervención estadounidense en Irak contenía algo más que la fusión entre utópicos neoconservadores, fundamentalistas del Armagedón y visionarios straussianos hasta aquí analizada. Esta mezcla exótica (y altamente tóxica) de creencias, de las que ninguna se hallaba fundamentada en una realidad observable o, siquiera, plausible, incorporaba un ingrediente adicional, aunque no menos peligroso: un tipo de «imperialismo liberal» basado en los derechos humanos. Los neoconservadores consiguieron recabar apoyos para un cambio de régimen en Irak y, potencialmente, en otros países de Oriente Medio porque, de ese modo, podía considerarse que estaban aplicando ideales liberales de autodeterminación y democracia. Los liberales insisten en que la legitimidad del Estado depende de su respeto por los derechos del conjunto de sus ciudadanos. Si un gobierno no cumple esa condición, es legítimo que éste sea combatido y depuesto, ya sea por su propia ciudadanía o por una fuerza externa. Los derechos humanos limitan el ejercicio de la autoridad de los Estados soberanos y si tales derechos son gravemente vulnerados, otros Estados —actuando en forma de «comunidad internacional», según la terminología acuñada por Blair en su discurso de 1999 en Chicago— tienen ya no el derecho, sino incluso el deber de intervenir para proteger esas garantías.
Esa perspectiva se vio aparentemente reforzada por las intervenciones humanitarias de la década de 1990, que, si bien fracasaron a la hora de impedir algunas de las peores atrocidades cometidas por entonces, sí lograron imponer algo parecido a la paz en la antigua Yugoslavia. La guerra de los Balcanes indujo a muchos liberales a respaldar la ofensiva contra Irak por entenderla como un medio más para la creación de un nuevo orden mundial. Aún hoy, hay algunos que continúan creyendo que el desastroso resultado final de aquel ataque no resta un ápice de justicia a la intervención militar destinada a derrocar la tiranía. Pero esa clase de intervenciones constituyen el equivalente de una versión liberal del imperialismo, como bien han reconocido algunos de sus preconizadores más influyentes. En un artículo publicado en el New York Times tres meses antes de la invasión de Irak, Michael Ignatieff proclamaba que
el de Estados Unidos no es un imperio como los del pasado, construidos sobre las colonias, las conquistas y la «carga del hombre blanco». […] El imperium del siglo XXI es una nueva invención en los anales de la ciencia política, un imperio light, una hegemonía global aderezada por los mercados libres, los derechos humanos y la democracia, y salvaguardada por la más imponente potencia que el mundo jamás ha conocido. […] La de los cambios de régimen es una labor imperial en todo el sentido de la expresión, ya que da por sentado que el interés del imperio otorga a éste el derecho a imponerse sobre la soberanía de un Estado. La administración Bush quizás se pregunte: ¿qué autoridad moral puede conservar un soberano que asesina a su propia población y practica la limpieza étnica contra ella, que ha invadido países vecinos en dos ocasiones, y que usurpa la
riqueza de su pueblo para erigir palacios y fabricar armamento letal[20]?
Ignatieff muestra así los atractivos que el nuevo imperialismo tenía para los liberales. ¿Quién osará negar que la tiranía es mala? ¿O quién cuestionará el ideal de un mundo basado en los derechos humanos? ¿Acaso el liberalismo no ha sido siempre un credo universalista? A fin de cuentas, la pretendida validez de sus valores para toda la humanidad es un principio esencial de la filosofía liberal. ¿No es lógico deducir, entonces, que los Estados liberales están autorizados —e, incluso, obligados— a imponer sus valores en todo el mundo, aún por la fuerza si es preciso? Para muchos liberales, la «guerra contra el terror» ha sido sucesora de la Guerra Fría, una contienda en la que la democracia triunfó sobre el totalitarismo. Sin embargo, las diferencias entre una y otra son sustanciales. La Guerra Fría fue un conflicto entre Estados, pero la «guerra contra el terror» es una lucha entre Estados, por una parte, y un elenco de fuerzas mucho más amorfo, por la otra. La Guerra Fría fue librada entre Estados comprometidos con ideologías ilustradas rivales, pero la «guerra contra el terror» es una ofensiva contra fuerzas islamistas que afirman rechazar la Ilustración. Además, el enemigo durante la Guerra Fría fue un sistema comunista que nunca gozó de legitimidad popular, mientras que los regímenes islamistas —aun siendo muy débiles en comparación con el de la antigua Unión Soviética— están obteniendo un apoyo masivo. En el fondo, los dos conflictos no tienen prácticamente nada en común. Sí que es cierto, en cualquier caso, que la «guerra contra el terror», al igual que la Guerra Fría, podría ser considerada una cruzada universal, una ingente empresa progresista en la que cabría subsumir casi cualquier buena causa que se precie, una nueva fuerza
dedicada a una ideología política de los derechos humanos (y, en particular, de los derechos de la mujer) en el mundo musulmán; una ideología política contraria al racismo y al antisemitismo, por muy incómoda que ésta pueda resultar para los medios egipcios y para la Casa de Saud; una ideología política contraria también a las obsesiones de la ultraderecha en Israel, por mucho que esto enfurezca al Likud y a sus partidarios; una ideología política favorable a la educación laica, el pluralismo y el imperio de la ley en todo el mundo musulmán; una ideología política contraria al oscurantismo y a la superstición (una ideología que pretende vencer a los islamistas y a los baazistas por su flanco izquierdo); una ideología política de lucha contra la pobreza y la opresión; una ideología política de solidaridad auténtica con el mundo musulmán, lejos de la demagogia de un supuesto odio cósmico. Una ideología política, en resumen, liberal, un «renacer de la
libertad»: lo que más o menos vislumbramos en los instantes iniciales de la liberación de Kabul [21].
Paul Berman daba así rienda suelta a tan sublime imaginación en el año 2003. En ella, ni tan siquiera se insinuaba que el derrocamiento del despotismo laico en Irak desembocaría en una mezcla de anarquía y teocracia. La imposibilidad del liberalismo en Afganistán —que sólo ha tenido algo asimilable a un Estado moderno cuando las fuerzas soviéticas impusieron, con enorme crueldad, una variedad de despotismo ilustrado en ciertas zonas del país— era una realidad demasiado perturbadora como para ser tenida en cuenta. Todas las causas liberales envueltas en el manto de la «guerra contra el terror» eran deseables de forma inherente. Por lo tanto (o así pareció deducirse en aquel momento), tenían que ser también realizables en la práctica. En lo que a sus actitudes ante los cambios de régimen respecta, los neoconservadores han mantenido una perfecta sintonía con muchos liberales. El cambio de régimen era un instrumento de progreso, así que, en líneas generales, los liberales no se han mostrado más dispuestos que los neoconservadores a afrontar los costes humanos y el lamentable fracaso de aquél. La oposición política a la guerra que ha existido en Estados Unidos ha venido de ciertos elementos de la derecha paleoconservadora y de la vieja izquierda. Entre los medios liberales, sólo el New York Review of Books se mantuvo al margen de la fiebre bélica, mientras algunas revistas, como The Nation y The American Conservative, se hacían eco de las críticas procedentes de la izquierda y de la derecha, respectivamente. La oposición popular a la guerra que los votantes expresaron en las elecciones intermedias de 2006 despertó escasas reacciones entre los liberales. La mayoría guardaron silencio convencidos como estaban de que aquella guerra era una muestra del ejercicio del poder de Estados Unidos como garante final de la libertad en el mundo.
Pero el del imperialismo liberal era un programa de acción imposible. La historia del siglo XX estuvo precisamente dominada por la resistencia a los imperios occidentales desde que la flota imperial rusa fuese destruida por la japonesa en 1905 (una derrota del poder europeo que inspiraría movimientos anticoloniales en toda Asia y que Jawaharlal Nehru —la primera persona que ocupó el cargo de primer ministro de la India— calificó como uno de los acontecimientos decisivos de su vida). El fallido intento británico de imponer su control sobre el canal de Suez, la retirada francesa de Argelia, la humillación de Francia y Estados Unidos en Vietnam, y la derrota de las fuerzas soviéticas en Afganistán son sólo algunos ejemplos de la impotencia que los ocupantes occidentales de territorios situados fuera de Occidente demostraron en reiteradas ocasiones a lo largo del pasado siglo. La derrota estadounidense en Irak sólo es el ejemplo más reciente de esa misma impotencia.
Pero más allá de la imposibilidad de un proyecto imperial occidental a gran escala en la actual coyuntura histórica, la idea misma de que Estados Unidos pudiera ser el gran agente de un proyecto de esa clase tenía muy escasa verosimilitud. Justados Unidos cuenta con muy pocos de los atributos característicos de un régimen imperial. Tiene diversos grados de influencia sobre una larga lista de países (influencia que, en algunos casos, ejerce mediante la amenaza de la fuerza, pero que, en su mayor parte, se deja sentir a través de una combinación de sanciones e incentivos económicos). Las relaciones de Estados Unidos con muchos de esos países muestran un patrón imperialista en la medida en que la metrópolis estadounidense extrae recursos a través de unos gobiernos que controla hasta cierto punto. En América Latina, por ejemplo, Estados Unidos lleva mucho tiempo actuando de forma imperialista para proteger sus propios intereses económicos y estratégicos. En la actualidad, cuenta con una inmensa presencia militar y naval en el golfo Pérsico, está expandiendo sus bases en el Asia central y se está instalando en el África occidental. Pero Estados Unidos no gobierna ninguna de esas regiones y sus fuerzas mantienen un contacto mínimo con las poblaciones locales. Sus bases son burbujas de vida americana herméticamente selladas y sus embajadas, instalaciones protegidas como fortalezas y aisladas frente a cualquier incursión procedente de las sociedades que las acogen. Hay imperios de diversas formas y tamaños, y no todos se han organizado en tomo a la adquisición de territorio. Pero lo que sorprende de las relaciones imperiales estadounidenses es que contienen muy pocos compromisos estratégicos a largo plazo de los que se pueda esperar que sobrevivan a las vicisitudes de la propia política estadounidense. Cuando una intervención militar estadounidense en el extranjero se vuelve demasiado costosa en dinero o bajas personales, existe una probabilidad muy elevada de que se le ponga un brusco punto final. Como consecuencia de este hecho (considerado axiomático tanto en Washington como en los países afectados), son raras las alianzas con las élites locales gobernantes del tipo de las que permitieron a otros imperios prolongarse durante siglos. La mayoría de las existentes hoy día (como son las establecidas con Gran Bretaña, Alemania y Japón) son vestigios de la Segunda Guerra Mundial.