Mudbound

Hillary Jordan · Capítulo 3 de 5 · parte 1/4

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Mudbound

Tercera parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

 

 

LAURA

Me enamoré de mi cuñado del mismo modo que uno se duerme en el coche cuando conduce alguien de confianza… Poco a poco, con pasos imperceptibles, dejando que el balanceo del movimiento te cierre los ojos. Dejando, esa es la palabra clave. Podría haberme detenido. Podría haber enterrado esos sentimientos en algún oscuro rincón de mi mente y cerrarlo bajo llave, como había hecho con otras muchas sensaciones que me parecieron inquietantes. Lo intenté durante un tiempo pero, en el mejor de los casos, se trató de un esfuerzo sin demasiado empeño, condenado al fracaso.

Jamie hizo que lo amase desde el primer día que llegó. Haciendo cumplidos a mis guisos y ayudando un poco con las tareas domésticas. Cosas que decían: Te veo. Pienso qué puede agradarte. Yo me moría por esa clase de atención, y me empapé de ella como las galletas se empapan en la salsa de carne. Henry nunca fue un hombre atento, no con las cosas pequeñas, no con los asuntos cotidianos, que tan importantes son para las mujeres. En Memphis no me había importado demasiado, rodeada de docenas de adorables Chappells y Fairbairns, pero en Mudbound sentía mucho la falta de atención. Toda la preocupación de Henry se dedicaba a la hacienda. Hubiera recibido más atenciones de él si me hubiese crecido rabo y comenzado a rebuznar.

Quiero aclarar una cosa: cuando digo que Jamie hizo que lo amase no quiero decir que me sedujera. Ah, sí, flirteaba mucho conmigo, pero él flirtea con todo el mundo, incluso con los hombres. Le gusta ganarse a la gente. Eso hace que parezca un juego, y quizá para cierta clase de hombre lo sea, pero Jamie no era un calavera. Él necesitaba ganarse a la gente. No lo comprendí entonces. Solo veía su manera de inclinarse hacia mí cada vez que le hablaba, con la cabeza ladeada como para entender mejor mis palabras. Veía las flores silvestres que me dejaba en una botella de leche sobre la mesa de la cocina, y las sonrisas de felicidad que mostraban mis hijas cuando se metía con ellas.

Isabelle era su mascota, y yo estaba encantada de eso. Nunca supe amarla lo suficiente, ni proporcionarle la suficiente atención. Jamie fue capaz de entender su necesidad y se dedicó a ella con un extravagante afecto, el cual le fue devuelto en su justa medida. Cuando él se encontraba en la sala, para ella no existíamos ninguno de nosotros. Entraba sucio y extenuado del trabajo en el campo y la niña alzaba sus brazos hacia él como un predicador baptista invocando al Todopoderoso. Jamie entonces le revolvía el pelo y le decía:

—Esta noche estoy muy cansado para tenerte en brazos, pequeña Bella.

La niña, conociéndolo bien, pataleaba imperiosa y se estiraba hacia él, y él se inclinaba y la envolvía en sus brazos haciéndola girar y girar mientras la pequeña chillaba encantada. No solo era que la quería, es que la quería a ella en concreto. Y eso lo significaba todo para la niña. Antes de que pasase mucho tiempo ya estaba insistiendo en que la llamásemos Bella. Se negó a atender por Isabelle, incluso después de que Henry le diese unos azotes por eso. Pero ella es tan hija suya como mía, al menos en la testarudez, y al final se salió con la suya.

Aun con su ánimo afligido, Jamie supo encantarnos y sacar el buen humor de todos. Papaíto se quejaba menos, Henry reía más a menudo y dormía mejor. Yo reviví como nunca antes del aborto. Estaba menos resentida con mi esposo y no prestaba tanta atención a las privaciones de la granja. Él tuvo que saber que Jamie era la causa de mi mejoría de ánimo, pero si le molestaba no lo hizo saber. Parecía aceptar que Jamie lograse eso con las mujeres. «Resplandecen para él», como me había dicho entonces, hacía ya tantos años. Para Henry habría sido impensable plantearse que su mujer tuviera deseos de índole sexual hacia su hermano menor.

Y eso era exactamente lo que tenía yo: deseos sexuales, y con una intensidad que nunca había experimentado en mi vida. Cualquier cosa podía despertarlos: cortar un tomate, desraizar maleza en el jardín, pasarme el peine por el cabello. Mis sentidos estaban alerta. La comida era más sabrosa y los olores más ásperos. Tenía más hambre que de costumbre y sudaba más a menudo. Ni siquiera el embarazo hizo que sintiese mi propio cuerpo tan extraño.

Incluso así, todo eso podría haber acabado en nada si Jamie no hubiese construido una ducha para mí. Aquella ducha se convirtió en el crisol de mis sentimientos hacia él. Para entender la razón hay que imaginar una vida sin cuarto de baño ni agua corriente. Mantener la familia limpia era una tarea que llevaba todo el día, así que solo nos bañábamos los sábados. En los meses de verano llenaba la bañera y dejaba que los rayos de sol caldeasen el agua. Primero bañaba a las niñas, después iba yo, rezando para que nadie viniese a llamarme mientras estaba desnuda. Colgábamos sábanas en un par de tendederos para tener algo de privacidad, colocando la bañera entre ellas… Un arreglo que dejaba la pila expuesta por dos lados y proporcionaba a toda la finca un amplio panorama en días ventosos. Después de mi baño rellenaba la bañera para Papaíto. Al terminar la vaciaba y volvía a llenarla —a veces con la ayuda a regañadientes del viejo, pero la mayoría de las ocasiones yo sola— para cuando Henry y Jamie regresasen de trabajar en el campo. En invierno había que meter la bañera en casa, llevar el agua y calentarla en la cocina. A pesar de todo, y del enorme trabajo que suponía, el sábado era mi día favorito de la semana. Era el único día que me sentía limpia de verdad.

El resto del tiempo apestábamos. Uno puede decir todo lo que quiera acerca del sudor limpio, pero apesta igual que el de cualquier otra clase. A Henry no parecía importarle, pero yo nunca me pude acostumbrar. Recordaba mi pequeño cuarto de baño en la calle Evergreen con desmayada nostalgia. Era algo que yo daba totalmente por garantizado, incluso de vez en cuando mascullaba por la escasa presión del agua y las desportilladuras en la bañera de porcelana. Tiempo después, mientras tomaba apresurados baños en una lágrima de agua fría en la cocina, aquel pequeño cuarto de baño se me antojaba un lugar de lujo inimaginable.

Las peores temporadas llegaban con mis menstruaciones. El dulzón hedor a almizcle de mi sangre en las compresas de trapo que llevaba parecía llenar la casa hasta que apenas me dejaba respirar. Cada noche esperaba a que los demás se durmiesen y entonces iba de puntillas a la cocina y lavaba los trapos. Una noche, mientras estaba en cuclillas sobre la bañera con el camisón envuelto alrededor de la cintura y mi mano moviéndose con torpeza entre mis piernas, Henry llegó a donde estaba. Dio media vuelta de inmediato y se fue pero ¡ay, qué avergonzada me sentí!

Jamie tuvo que adivinar cómo me sentía. Un día de marzo regresaba de hacer compras en Greenville, había pasado la noche allí, y descubrí un estrecho tendejón en la parte posterior de la casa, con un enorme cubo sujeto a un aparato de polea montado encima. Jamie había terminado la obra justo cuando las niñas y yo llegamos con el coche.

—¿Qué es eso, tío Jamie? —preguntó Amanda Leigh.

—Es una ducha, mi pequeña petunia.

—¡No me gustan las duchas, me gustan los baños! —gritó Bella.

—No la he construido para ti, cielo. La he construido para tu mamá.

Bella frunció el ceño al oír eso. Jamie le revolvió el cabello a la niña, pero sus ojos estaban fijos en mí.

—Y bien —dijo—, ¿qué te parece?

—Me parece la cosa más maravillosa que he visto nunca.

Y lo era. Por supuesto, la ducha requería cierto esfuerzo, como todo en Mudbound. Todavía había que calentar el agua en la cocina y llevarla fuera… Dos o tres calderos, dependiendo de si una iba a lavarse la cabeza o no. Había que bajar el gran cubo de ducha, rellenarlo de agua caliente y después volverlo a subir tirando de la cuerda puesta en la polea. Luego una entra en el tendejón, se desnuda y cuelga la ropa sobre las paredes. Cuando una ya está preparada, tira con suavidad de una segunda cuerda unida al borde del cubo, haciendo que se incline y derrame la cantidad de agua justa para enjabonarse. A continuación se va tirando y soltando la cuerda hasta que se acaba el agua.

Me di mi primera ducha aquella misma tarde. Era una de esas noches suaves de principios de primavera, cuando el aire parece un ser vivo, rodeándote y sosteniéndote con suavidad. En cuanto entré en el tendejón y cerré la puerta, me encontré en un mundo privado. Podía oír el profundo tamborileo de insectos y batracios al otro lado de las paredes, la constante música del Delta, y más a lo lejos las voces de los hombres entremezcladas con el sonido de Amanda Leigh practicando escalas en el piano. Me quité la ropa y así me quedé durante varios minutos en el cálido y envolvente aire. Por encima de mi cabeza flotaban grandes nubes teñidas por los rayos del sol poniente, de fantásticos tonos rosáceos y dorados. Tiré de la cuerda, sentí el agua corriendo por mi cuerpo y pensé en mi cuñado, en sus manos aserrando los tablones, uniéndolos, clavándolos. Incluso me hizo un plato para colocar el jabón, según vi. Estaba sujeto a la base y contenía una pequeña barra de jabón repujada color púrpura, de la clase que venden en las tiendas de moda en Memphis. Al llevármelo a la nariz olí la oscura y punzante dulzura de la lavanda. Era mi aroma favorito; se lo había dicho a Jamie una vez, hacía años. Y él lo recordaba.

Froté mi cuerpo con el jabón, preguntándome si mientras construía la ducha me habría imaginado así, desnuda y libre bajo el cielo nocturno. No sé qué me impresionó más, si el pensamiento o la poderosa oleada de placer que me proporcionó.

Henry fue el beneficiario de todo aquel ardor redescubierto. Casi siempre había sido él quien iniciase nuestros actos amorosos, pero entonces me descubrí buscándolo en nuestro lecho, para sorpresa suya y mía. A veces me rechazaba. Nunca me daba una explicación, simplemente cogía mi mano exploradora y la devolvía a mi lado de la cama, despidiéndose con unos toquecitos antes de volverse. La ira que me embargaba aquellas noches era tan ardiente y cruda que me sorprendía que no incendiase el lecho. Yo nunca lo rechacé, ni una sola vez en todos nuestros años de matrimonio. ¿Cómo osaba apartarme a un lado como si fuese una mascota inoportuna?

Intentaba mantener en secreto mis sentimientos hacia Jamie, pero nunca se me dio bien el subterfugio; mi padre solía llamarme su Cornetilla por el modo en que mi rostro plasmaba cada una de mis emociones. Un día Florence y yo trabajábamos juntas en casa, yo cocinando y ella separando la ropa para la colada, cuando dijo:

—El señó Jamie va mejó.

—Sí —le dije yo—. Creo que sí.

Siete meses en la hacienda le habían sentado bien. No me hacía ilusiones acerca de que estuviese sano del todo, pero sufría menos pesadillas y físicamente parecía más fuerte. Mis guisos habían añadido algo de carne en su cuerpo; sentía un orgullo especial por conseguirlo.

—Encontró una mujé, es por eso —añadió Florence con una sonrisa maliciosa.

Sentí un nudo en la garganta, como si hubiese tragado una piedra.

—¿De qué estás hablando?

—¿Ve aquí? —levantó una de sus camisas. Tenía una mancha carmín en el cuello.

—Eso es sangre —apunté—. Probablemente se cortó al afeitarse.

Pero sabía que no. La sangre seca hubiese sido marrón.

—Bueno, pues entonces seguro que es sangre con buen oló —apostilló Florence.

La piedra en mi garganta pareció crecer hasta que apenas me permitía tragar.

—No es bueno pa un hombre estar sin una mujé —continuó, con ánimo de conversar—. A una mujé pué que le guste un hombre, pero pué ir bien sin él. El Todopoderoso se encargó d’eso. Pero un hombre nunca va prosperar sin una mujé a su lao. Buscará p’arriba y p’abajo hasta encontrar una. Claro que el señó Jamie es de los que les vienen fácil. Se ponen en la fila como las margaritas a los laos del camino, esperando que las recojan. Solo tié que estirar la mano y…

—Cierra el pico —le dije—. No pienso oír ni una palabra más de esas bajezas.

Nos quedamos un instante mirándonos una a otra y después Florence humilló los ojos, pero no antes de que pudiese adivinar un brillo de conocimiento en esos ojos oscuros.

—Ve y trae algo de agua —ordené—. Quiero hacer un poco de café.

Obedeció moviéndose con una tranquilidad que rayaba la insolencia. Cuando hubo cerrado la puerta a su espalda, me acerqué a la mesa y cogí la camisa. Me la llevé a la nariz y olí el empalagoso aroma del perfume Lily of the Valley. Me pregunté qué clase de mujer emplearía esa fragancia. Sus ropas serían cortas y sus uñas estarían pintadas con el mismo tono carmín que su pintalabios. Tendría una risa gutural, fumaría cigarrillos con una larga boquilla y dejaría ver su combinación a propósito cuando cruzase las piernas. No será más que una mujerzuela de tres al cuarto, pensé.

—¿Hueles algo que te gusta, chica? —me volví y vi a Papaíto encuadrado en la ventana. Sentí las mejillas ardiendo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuánto había oído? Lo suficiente, a juzgar por la sonrisita grabada en su rostro.

Tiré la camisa en el cesto con despreocupación, o eso esperaba.

—Solo sudor —respondí—. Ya sabe, el hedor que sale de una persona cuando desarrolla alguna clase de trabajo. Quizá haya oído hablar de ello.

Salí de la habitación antes de que pudiese contestar.

 

El problema surgió el primer sábado de abril. Llevaba al viejo en coche hasta el pueblo cuando nos encontramos con Jamie llegando con la camioneta. Al acercarnos pude ver a Ronsel Jackson en el asiento del pasajero. Con buen sentido, había mantenido un perfil bajo durante el año pasado en casa. Apenas lo veíamos, a no ser su lejana silueta en el campo, inclinado sobre su azada. Verlo así pareció apaciguar a Papaíto; al menos dejó de despotricar cada día hablando de «ese negraco listillo».

—¿Quién va con Jamie? —preguntó Papaíto, mirándolos entornando los ojos.

El viejo era demasiado vanidoso para llevar gafas en público, así que a menudo dependía de nosotros para que fuésemos sus ojos. Por una vez, me alegró.

—No lo sé —le dije—. No puedo verlo bien.

El camino era demasiado estrecho para que pasasen los dos vehículos. Jamie apartó la camioneta para cedernos el paso y yo me vi forzada a aminorar hasta andar al ralentí. Al rebasarlos, Jamie alzó una mano a modo de saludo. Ronsel iba sentado a su lado, mirando directamente hacia delante.

—¡Para el coche! —ordenó Papaíto. Frené, pero Jamie continuó. La cabeza de Papaíto giró para seguir la marcha de la camioneta por el parabrisas trasero—. ¿Has visto eso? Creo que llevaba al negraco ese con él.

—¿A quién se refiere?

—A ese chico de los Jackson, el bocazas. ¿No lo viste?

—No. Me daba el sol en los ojos.

Papaíto se volvió hacia mí, atravesándome con su mirada de basilisco.

—¿Me estás mintiendo, chica?

—Por supuesto que no, Papaíto —repliqué con toda la inocencia de que pude hacer acopio.

Gruñó y miró al frente, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Voy a decirte una cosa; será mejor que no se trate de ese negraco.

Hicimos nuestros recados y regresamos a la granja varias horas después. Confiaba en poder tener unas palabras en privado con Jamie antes de que Papaíto hablase con él, y hubiese sido una suerte, pero al llegar estaba en el patio con Harry, arreglando algo en la camioneta. Las niñas corrieron a recibirnos, pidiendo los caramelos que les había prometido.

—Os los daré dentro —les dije—. Jamie, ¿me ayudarías a meter esta comida en casa?

—Espera un puto momento —le dijo Papaíto a Jamie—. ¿Quién era ese que llevabas en la cabina de la camioneta?

Los ojos de Jamie volaron hacia los míos. Hice una discreta negación con la cabeza, esperando que nadie reparase en ella y llegase a alguna conclusión.

—¿Y bien? ¿Vas a contestarme o no? —preguntó Papaíto.

—Niñas, entrad en casa —dije—. Yo iré enseguida.

Se fueron a regañadientes. Jamie esperó hasta que estuvieron lo bastante alejadas para oírnos antes de contestar.

—Pues la verdad es que era Ronsel Jackson. ¿Qué le importa? —su voz sonó firme, pero sus mejillas le daban un aspecto agotado. Me pregunté si habría vuelto a beber.

—¿Qué pasa? —preguntó Henry.

—Traje a Ronsel desde el pueblo. Es evidente que Papaíto no lo aprueba.

—No si va sentado en la cabina contigo, no lo apruebo, y apuesto a que tu hermano tampoco —dijo Papaíto.

Henry tenía una expresión incrédula.

—¿Le dejaste entrar en la camioneta trayéndolo desde el pueblo?

—¿Y qué pasa si lo hice? —repuso Jamie—. ¿Qué más da?

—¿Te vio alguien?

—No, pero tampoco me hubiese importado.

Se miraron uno a otro, Jamie desafiante, Henry con su conocida mezcla de ira, sentimientos heridos y perplejidad que había visto últimamente dirigida hacia mí. Negó con la cabeza.

—Ya no sé quién eres —le dijo—. Me pregunto si lo sabes tú.

Se volvió y caminó hacia la casa. Jamie lo miró ir como si quisiera detenerlo, pero no se movió.

—Procura que no te pille llevando otra vez a ese chimpancé —le dijo Papaíto.

—¿O qué? —contestó Jamie—. ¿Va a pegarme con su cachaba?

El viejo mostró una ancha sonrisa, revelando sus largos y amarillentos dientes. Casi nunca sonreía; al hacerlo, el efecto fue extraño y repulsivo.

—Ay, no será eso lo que te haga.

Papaíto siguió a Henry hasta el interior, dejándome a solas con Jamie. Su cuerpo parecía tenso, preparado para la violencia o la huida. Yo me debatía entre querer calmarlo o regañarlo.

—No puedo quedarme aquí —dijo—. Me voy al pueblo.

Con su mujer, pensé.

—Ojalá cambies de idea —le dije—. He preparado conejo estofado para la cena.

Alzó una mano y, con un dedo, rozó con suavidad mi mejilla. Juro que sentí el contacto en cada fibra de mi cuerpo.

—Dulce Laura —dijo.

Lo vi marchar. La camioneta y su estela polvorienta fueron haciéndose más y más pequeñas hasta al final desaparecer, y yo pensé: conejo estofado. Eso es lo que he sido capaz de ofrecerle. Era todo lo que jamás podría ofrecerle. Saberlo suponía un conocimiento amargo como la bilis.

 

FLORENCE

Tres veces pasé la escoba por sus pies. Y dije: «Lo siento, señó Jamie, hoy toy algo torpe». La tercera vez la señá McAllan me echó una reprimenda, me mandó fuera de la casa y acabó de barrer. No me importaba lo que pensase ella, ni tampoco él. Solo quería que se marchase. Pero no se marchaba. Ni siquiera después de echar sal en sus huellas y colocar una bolsa de mojo con semillas de estramonio y goma’lástica bajo su cama. Él continuaba regresando como la falsa moneda que era.

Aunque era una moneda brillante, con su cara atractiva y su sonrisa de niño pequeño. A los paisanos les gusta como es, y no pueden evitarlo, como los niños que anhelan tener bayas de acebo pero no saben de su veneno; solo ven algo rojo y bonito y se lo quieren meter en la boca. Y cuando se las quitas lloran como si les arrancases el corazón. Hay mucha maldad en el mundo que desde fuera parece hermosa.

Jamie McAllan no era malvado, no como lo era su papá, pero cumplía igual con los designios del Oscuro. Era un barco de poco calado. Whisky en su aliento a mediodía y olor a mujer cada lunes. Claro que un hombre puede disfrutar de sus actividades naturales, e incluso con su bebida, y ser una criatura del Señor, pero Jamie McAllan tenía un pozo en el alma, un abismo de la clase que al demonio le encanta descubrir. Es como abrirle la puerta, dejarle entrar y perpetrar su maléfica labor. Creí que quizá se la hubiese abierto durante la guerra y que se la cerraría con el tiempo, pero el pozo no hacía más que crecer y crecer. Ninguno de ellos lo veía, excepto yo. Jamie McAllan supo camelarlos bien, sobre todo a la señá McAllan. Por el modo en el que lo miraba, una pensaría que era su esposo y no su cuñado. Pero a Henry McAllan parecía no importarle, en el caso de que lo hubiese notado. Voy a decir una cosa, si alguna vez mi hermana le pusiera esos ojitos a mi Hap, se los arrancaría de un zarpazo.

Incluso mi hijo fue poseído por él. Lo supe con el asunto de sus paseos en coche los sábados por la tarde, y también otras veces, como cuando Ronsel salía a dar una vuelta después de anochecer. Aquí, el único lugar al que va de paseo la gente de color después de caer la noche es para ir y volver del retrete exterior, si es que saben qué les conviene, desde luego. No, yo sabía exactamente dónde estaba. Estaba ahí fuera, junto al río, en ese viejo aserradero destartalado, emborrachándose con Jamie McAllan. Vi a Ronsel dirigiéndose a ese lugar muchas veces, y lo oí llegar tambaleándose bien entrada la madrugada. Intenté decirle que se mantuviese lejos de aquel hombre, pero no me hizo caso.

—¿Qué haces, que sales por ahí con ese blanco? —le pregunté.

—Nada. Solo hablar.

—Tas metiéndote en líos, eso tas haciendo.

Ronsel negó con la cabeza.

—Él no es como los demás.

—En eso tiés razón —le dije—. Jamie McAllan lleva una serpiente en su bolsillo y la lleva consigo a donde queira que vaya. Pero cuando la serpiente esté lista para morder no será a él a quien muerda, ah, no. Hundirá los colmillos en cualquiera qu’esté con él. Solo asegúrate de no ser tú.

—No lo conoces —dijo Ronsel.

—Sé que bebe whisky cada día y que se lo oculta a su familia.

Ronsel apartó la mirada.

—Solo está exorcizando sus fantasmas —dijo.

Mi hijo también tenía unos cuantos, lo sabía, aunque no iba a hablarme de ellos. Desde que regresó de esa guerra fue como una casa cerrada, nada entraba en él y nada salía de él… al menos nada de o para nosotros. Jamie McAllan tenía más poder sobre Ronsel que nosotros.

No le hablé a Hap acerca de esos dos bebiendo juntos. No me gusta ocultarle cosas a su esposo, pero Ronsel y él no hacen más que embestirse como cabras montesas. Eso fue obra de Hap; él empujaba a Ronsel para que hablase con Henry McAllan acerca de cultivar los acres dejados por los Atwood. Tenían allí una nueva familia de trabajadores, pero el señó McAllan no estaba contento con ella, así se lo dijo a Hap. Ronsel le respondió a su papá que lo pensaría, pero él quería tanto esos acres como un gato un estanque donde bañarse. Y Hap no hacía más que empujarlo y empujarlo; eso no era nada más que la obsesión por la tierra dictando su querer.

—Tú no pares y lo que vas‘hacer es sacalo por esa puerta —le dije.

—Es un hombre hecho y derecho —respondió Hap—. Necesita ter su propio lugar, comenzar su familia. Bien pué ser aquí. Uno de los gemelos podía ayudarlo. Con nosotros los cuatro trabajando cincuenta acres, y si el precio el algodón se queda por cima de los sesenta centavos el kilo, en tres, cuatro años tendremos bastante pa comprarnos nuestra propia tierra.

A Ronsel no podía importarle menos tener su propia tierra, pero no servía de nada decirle eso a mi esposo. Sería igual que cantarle tonadas a un verraco muerto. Una vez que a Hap se le mete algo en la cabeza, es ciego y sordo a todo lo que no case con su idea. Eso es lo que hace de él tan buen predicador, que su fe jamás se tambalea. Los paisanos lo reconocen en él y eso les levanta el ánimo. Pero lo que funciona en el púlpito no siempre funciona en la mesa de la cocina. Todo lo que veía Ronsel es que a su padre no le importaba qué quería él. Y lo que él quería era marchar. Yo odiaba la idea de que se fuese, pero sabía que tendría que hacerlo pronto, igual que yo tenía que apartarme y dejarlo.

 

Al llegar la primavera se emborrachaba con Jamie McAllan cada dos días. Así que cuando el viejo McAllan los vio a los dos juntos en la camioneta, me alegré. Pensé que eso pondría fin a todo el asunto.

Ronsel no nos dijo nada. Tuvimos que enterarnos de lo que había pasado por boca de Henry McAllan, igual que sucediese la última vez. Vino a casa una tarde, todo acalorado, exigiendo tener unas palabras con Hap y Ronsel. E igual que la última vez, me quedé escuchando. Me parece que tengo derecho a saber lo que se dice justo frente al porche de mi casa, estén de acuerdo los hombres o no.

—Espero que sepas por qué estoy aquí, Ronsel —dijo el señó McAllan.

—No, señó, no lo sé.

—Mi hermano dice que hoy te trajo en la camioneta desde el pueblo.

—Caramba, pues así es.

—Supongo que no sería la primera vez.

—No, no fue la primera.

—Exactamente, ¿cuánto tiempo lleva pasando todo esto?

—No sabría decirlo con exactitud.

—Hap, ¿sabes de qué estoy hablando?

—No, señó McAllan.

—Bueno, pues deja que te lo diga —comenzó Henry McAllan—. Al parecer, aquí tu hijo y mi hermano han estado dando vueltas por el campo en mi camioneta durante sabe Dios cuánto tiempo, sentados juntos en la cabina como dos guisantes en una vaina. Mi padre los vio hoy regresando del pueblo. ¿Me estás diciendo que no sabías nada de esto?

—No, señó —dijo Hap—. Bueno, sabía que’l señó Jamie había llevao al Ronsel en la camioneta de vez en cuando, pero no que iba sentao con él en la parte de alante.

Pero Hap lo sabía porque los había visto juntos aquella primera vez. Y pueden creerme cuando les digo que le dio a Ronsel una buena charla aquel día, diciéndole que jamás volviera a sentarse en el asiento delantero del coche de un hombre blanco, a no ser que fuese el conductor y llevase una gorra negra para demostrarlo.

—Y ahora que lo sabes —dijo McAllan—, ¿qué tienes que decir al respecto?

Se hizo el silencio entre ellos. Podía percibir la lucha interior de Hap al intentar decidir cómo contestar. No estaba bien que Henry McAllan le pidiese ponerse de su parte y en contra de su hijo de esa manera. Si el señó McAllan quería ver humillado a Ronsel, debería hacerlo personalmente en vez de esperar que Hap lo hiciese por él. No lo hagas, Hap, pensé.

Pero Ronsel habló antes de que su padre pudiese responder:

—No creo que mi padre tenga nada que decir, puesto que no sabía nada del asunto. Es a mí a quien debe preguntar.

—Entonces, vale —dijo Henry McAllan—, ¿en qué demonios estabas pensando?

—El hombre blanco me dijo que entrase en la camioneta, y entré —el tono de Ronsel pretendía ser humilde, incluso yo lo noté.

—¿Estás burlándote de mí, muchacho? —preguntó Henry McAllan.

—No, señó, por supuesto que no —terció Hap—. Solo intenta explicarse por él mismo.

—Bien, pues deja que yo te explique algo a ti, Ronsel. Si vuelvo a pillarte subido a la camioneta con mi hermano, te vas a meter en un buen lío, y no me refiero a una charlita agradable como la que estamos teniendo ahora. Mi papá no es muy parlanchín cuando se cabrea, no sé si me entiendes. Así que la próxima vez que Jamie se ofrezca a llevarte, le dices que necesitas hacer algo de ejercicio, ¿me oyes?

—Caramba, sí que lo oigo —respondió Ronsel.

—¿Sabes, Hap? —dijo Henry McAllan—, esperaba que este hijo tuyo tuviese más sentido común. —Y con voz más alta, añadió—: Y eso también va por ti, Florence.

Después de que hubo marchado, salí por la puerta principal y miré. Ronsel se encontraba en pie al borde del porche con la mirada fija en la camioneta de Henry McAllan, y Hap estaba metido en su mecedora con la mirada fija en la espalda de Ronsel.

—Bueno, papá —dijo Ronsel—, ¿no vas a decirme «ya te lo dije»?

—No hay necesidá d’eso.

—Vamos, sé que lo estás deseando. Dilo.

—No hay necesidá.

Durante un buen rato el único sonido que se escuchó fue el de los grillos, las ranas de campo y los crujidos de la mecedora de Hap. Entonces Ronsel se aclaró la garganta. Vamos allá, pensé.

—Me quedaré hasta la entrega del algodón —dijo—. Después me voy.

—¿Y a ’onde vas a ir? —replicó Hap—. ¿A una d’esas grandes ciudades del Norte, donde no tiés casa ni familia? Eso no es manera de vivir.

—Allá donde vaya y allá donde viva —sentenció Ronsel—, creo que será mejor que esto de aquí.

 

HENRY

Al llegar la época de siembra estaba a punto de querer matar a mi hermano, estuviese mal de la cabeza o no. No solo era que hubiese vuelto a beber y mintiera al respecto, después de que me jurase que lo dejaría. Era su egoísmo lo que de verdad me sacaba de quicio. Jamie hacía exactamente lo que le salía de las narices, sin pensar en cómo eso podía afectar a los demás. Allí estaba yo, trabajando duro con el fin de encontrar un lugar en Marietta para mi familia y para mí; y a buen seguro que tener un hermano borrachín mezclándose con putas y negracos no iba a ayudarme. Y sobre todo, tener que escuchar a Laura excusándolo mientras mi padre se quedaba allí sentado exhibiendo esa sonrisita. Papaíto creía que no me daba cuenta del asunto, pero estaba equivocado. Aunque no hubiese tenido un par de buenos ojos plantados en la cara, mis oídos me lo hubiesen dicho.

Cantaba siempre que Jamie andaba por allí. Y si solo era yo, tarareaba.

 

A pesar de todo, no quise decir lo que dije, no de ese modo. Pero Jamie me llevó al límite y las palabras que dije, una vez dichas, no las podía anular.

Estábamos en el establo. Jamie acababa de ordeñar la vaca y llevaba la lechera a casa cuando tropezó y cayó, derramando parte de la leche sobre el suelo y parte sobre él. Entonces se echó a reír como si aquello no fuese nada. Y supongo que tenía razón, dadas las circunstancias, pero en ese momento me dolió.

—¿Te parece divertido derramar una buena lechera? —le pregunté.

—Bueno, ya sabes lo que se suele decir: de nada vale llorar.

Por el modo en que pronunciaba las palabras y se ponía en pie, supe que había estado bebiendo. Eso me dolió aún más.

—No, sobre todo si es de otro —le dije.

La ancha sonrisa de su rostro se borró.

—Ya veo —contestó con tono sarcástico—. ¿Cuánto te debo, Henry? — rebuscó en el bolsillo y sacó un puñado de calderilla—. Veamos, aquí debía de haber unos doce o trece litros, ¿cuánto vale eso, dos dólares? Digamos dos con veinticinco, para asegurar. No quisiera timarte.

Y empezó a contar el dinero.

—No seas imbécil —dije.

—Ah, no, hermano mío, insisto —me tendió el dinero. Como no lo aceptaba, se acercó e intentó metérmelo en el bolsillo de la camisa. Le aparté la mano con un golpe y las monedas cayeron al suelo.

—Por el amor de Dios —le dije—. No se trata de dinero, y lo sabes.

—¿Entonces de qué se trata? ¿Qué quieres que haga, Henry?

—Pues, para empezar, que te pongas sobrio —le dije—. Que te hagas responsable de tus actos y te comportes como un hombre.

—¿Una lechera derramada y ya no soy un hombre? —preguntó.

—Últimamente no estás actuando como tal.

Sus ojos se entornaron, maléficos, igual que los de nuestro padre cuando alguien lo molestaba.

—¿Y cómo debería portarme, hermano? ¿Como tú? —dijo Jamie—. ¿Andando por ahí como si fuese Dios Todopoderoso en el Paraíso, impartiendo la Ley, tan pagado de mí mismo que no puedo ver lo desolada que está mi esposa? ¿Es esa la clase de hombre que debería ser? ¿Eh?

Nunca había golpeado a mi hermano, pero entonces estuve pero que muy cerca de hacerlo.

—Sé la clase de hombre que quieras ser —contesté—, pero que sea en otra parte.

—Vale, me voy al pueblo —y echó a andar.

—No me refiero a esta noche —apunté.

Entonces vi su rostro, la mirada que solía poner cuando las pullas de Papaíto se clavaban con demasiada profundidad; después desapareció, cubierta por una capa de indiferencia. Se encogió de hombros.

—Sí, claro —dijo—. De todos modos, me estaba cansando de este lugar.

No tiene nada, pensé. Ni esposa ni hijos, ni una casa que pueda llamar suya. Ninguna idea de sí sobre la que pueda moldear su vida.

—Mira —añadí—, eso no sonó como pretendía que sonase.

—¿Ah, no? Pues a mí me pareció que sonó bastante natural —señaló—, como si lo llevases pensando durante una buena temporada.

—Solo creo que necesitas comenzar de nuevo en alguna parte —le dije—. Ambos sabemos que no eres un granjero.

—Me iré mañana si te parece bien.

No quería que se fuese así, por las buenas y encima enfadado.

—No hay ninguna necesidad de todo esto —comenté—. Además, cuento contigo para la siembra.

Hizo como si no me oyese.

—Cogeré el primer autobús que salga de aquí mañana por la mañana — sentenció.

—Te pido que te quedes un poco más —le dije—. Solo hasta que hayamos plantado.

Lo meditó un instante y después me dedicó una amarga sonrisa.

—Lo que sea por mi hermano mayor —dijo.

Y entonces salió, con la espalda recta y rígida como la de un militar. Jamie lo negaría siempre, pero en un aspecto era igual que Papaíto. Jamás olvidaba un desaire, ni lo perdonaba.

 

LAURA

Si Henry no hubiese sido tan obstinado.

Si no hubiese habido un partido de béisbol.

Si Eboline hubiese cuidado mejor de sus árboles.

Sucedió el día 12 de abril, una semana después del incidente con Ronsel. Henry, Jamie, Papaíto y yo estábamos comiendo en Dex’s. Las niñas se encontraban en casa de Rose celebrando el séptimo cumpleaños de Ruth Ann con una muy deseada merienda y con permiso para quedarse a dormir después de la fiesta.

En mitad de la comida llegó Bill Tricklebank en nuestra busca. Eboline había llamado a la tienda, estaba frenética. Aquella mañana, una rama seca de su olmo se había desprendido hundiendo el tejado. Nadie resultó herido, pero la sala de estar quedó al descubierto y había una fuerte tormenta dirigiéndose hacia nosotros. Se esperaba que llegase a Greenville a lo largo del lunes.

—Maldita sea —dijo Henry en cuanto Bill se hubo marchado—. ¿Es que tendría que suceder justo en plena temporada de siembra?

—Iré yo —se ofreció Jamie.

—No —dijo Henry—. No es una buena idea.

La boca de Jamie se tensó.

—¿Por qué no? —preguntó.

Las cosas todavía estaban tirantes entre Henry y él. Yo me había mantenido al margen; dos veces intenté hablar con Henry acerca del asunto y casi me arranca la cabeza.

—Ya sabes por qué —espetó Henry.

—Venga, han pasado seis meses. Charlie Partain no va a hacer nada aunque me vea. Que no me verá.

—Eso es verdad, porque no vas a ir —reiteró Henry.

—¿Quién es Charlie Partain? —pregunté.

—El sheriff de Greenville —respondió Papaíto—. Nuestra familia no le hace demasiada gracia.

—Después del accidente me dijo que mantuviese a Jamie apartado de la ciudad —dijo Henry— y eso es exactamente lo que voy a hacer.

—No se trata de Charlie Partain —explicó Jamie—. No confías en mí para que vaya. ¿No es verdad, hermano?

Henry se levantó, sacó un billete de diez dólares de su cartera y lo puso sobre la mesa.

—Llama a Eboline y hazle saber que estoy de camino. Después ve al local de Tricklebank y encuentra a alguien que os lleve a casa. Volveré dentro de unos días.

Se inclinó y me dio un rápido beso. Al darse la vuelta para marchar, Jamie lo agarró por el brazo.

—¿No es verdad? —volvió a preguntar.

Henry lanzó un vistazo a la mano en su brazo y después a Jamie.

—Haz saber a los arrendatarios que se acerca una tormenta —dijo—. Mete el tractor en el granero y arregla ese postigo suelto en el dormitorio de las niñas. Y será mejor que también le eches un vistazo al tejado de la casa, clava cualquier parte del alero que se haya soltado.

Jamie le dedicó un asentimiento cortés y Henry se fue. Terminamos de comer y caminamos hasta el local de Tricklebank. Jamie y Papaíto se quedaron en la galería mientras yo entraba para llamar a Eboline. Después le compré a Bill algunos comestibles. Al salir cargada con ellos vi a Papaíto en un extremo de la galería, escuchando un partido de béisbol en la radio junto con otros hombres. Jamie estaba sentado solo al otro lado de la galería, fumando y mirando la calle con aire taciturno. Me acerqué a él y le pregunté si había encontrado a alguien que nos llevase.

Asintió.

—Nos va a llevar Tom Rossi. Fue al almacén de pienso, dijo que lo encontraríamos allí.

Tom era el dueño de la hacienda situada al oeste de la nuestra. También era ayudante del sheriff a tiempo parcial en Marietta. Sentí un extraño desánimo por vivir en un lugar donde el mal comportamiento de sus ciudadanos solo requería la presencia de una fuerza policial de un agente y medio.

—¿Está preparado para marchar? —le pregunté a Papaíto.

—¿Te parezco preparado para marchar, muchacha? Acaba de empezar el partido.

—Lo llevaré yo —dijo uno de los hombres.

—La cena es a las seis —dije.

Papaíto nos alejó con un gesto de la mano, y Jamie y yo fuimos en busca de Tom.

Me senté entre los dos de camino a la hacienda, entablando una conversación forzada con Tom mientras Jamie iba dándole vueltas a la cabeza junto a mí. En cuanto Tom nos dejó, Jamie cogió la camioneta y fue a avisar de la tormenta a los arrendatarios. Salí al oírlo regresar. Se dirigió al granero dando grandes zancadas, airado, con el cabello brillando bajo el sol. Lo llamé. Continuó andando y respondió sin dejar de andar:

—Tengo que coger la escala y ver ese tejado.

—Eso aún puede esperar un poco —le dije—. Quiero hablar contigo.

Se detuvo pero no se volvió. Su cuerpo estaba rígido, sus manos formaban puños apretados. Fui y me situé delante de él.

—Te equivocas al pensar que Henry no confía en ti —le dije.

—¿Eso crees, eh?

—¿No lo ves? Eso es lo que estaba intentando decirte cuando te pidió que avisases a los arrendatarios y todo lo demás. Eso es que confía en ti.

—Claro —dijo Jamie, con una risa áspera—, confía tanto en mí que quiere que me vaya.

—No seas tonto. Solo está dolido contigo por el asunto ese con Ronsel. Se le pasará.

Inclinó la cabeza.

—Entonces no te lo ha dicho todavía —comentó—. No pensaba que lo hiciese.

—¿Decirme qué?

—Me echó.

—¿De qué estás hablando?

—Ayer me pidió que me fuese. Me voy en cuanto termine la siembra. La semana que viene, con toda probabilidad.

Sentí un agudo dolor en alguna parte situada en el centro de mi cuerpo, seguido por una sensación de cansancio que me hizo sentir un tanto mareada. Me recordaba a cómo solía sentirme después de haber donado sangre durante el esfuerzo bélico. Solo que ahora se iba todo, toda vida y color en mí se estaba filtrando en la tierra bajo mis pies. Cuando Jamie se fuese y yo me quedase vacía, volvería a ser invisible igual que lo era antes de que llegase. No podía volver a ser aquella mujer abnegada e incorpórea, la que cumplía con su obligación sin creer en ella de verdad. No volvería. No.

Me di cuenta de que había pronunciado la palabra en voz alta cuando Jamie dijo:

—Tengo que hacerlo, Laura. Henry tiene razón en una cosa, y es que necesito comenzar de nuevo. Y estoy más que seguro de que no puedo hacerlo aquí —agitó las manos abarcando toda la hacienda… La casa destartalada y los edificios anejos, los horribles campos marrones. Y a mí, por supuesto, pues yo también era parte de aquel paisaje deprimente. El paisaje de Henry. El furor se agolpó en mi vientre, subiendo, abrasándome la garganta. En ese momento odiaba de verdad a mi esposo.

Seguir: parte 2 de 4