Mudbound
Agradecimientos
Si James Cañón no hubiese asistido a mi primer taller en Columbia. Si uno no hubiese amado la escritura del otro, y el uno al otro. Si no hubiese leído y criticado cada borrador de este libro, además de los incontables borradores anteriores de cada capítulo, durante los años que me costó escribirlo. Si no me hubiese animado y estimulado, ayudado en la docena de veces que estuve al límite, hecho que me riese de mí misma e inspirado con su ejemplo, Mudbound hubiese sido un libro diferente y yo estaría escribiendo esta nota de agradecimiento por ahí, en una bonita celda acolchada. Gracias, mi amor, por todo lo que me has dado. No podría haber tenido consejero más sabio ni amigo más leal.
También deseo mostrar mi agradecimiento a las siguientes personas, instituciones y fuentes:
Jenn Epstein, mi querida amiga, escogida como «poli malo», que siempre estuvo dispuesta a dejarlo todo y leer, y cuyas duras e incisivas críticas tuvieron un valor incalculable para moldear la narrativa.
A Binnie Kirshenbaum y Victoria Rebel, cuya guía y entusiasmo me mantuvieron en marcha; a Maureen Howard, amiga y mentor, quien me dijo que no debía temer a mi propio libro, y a los muchos miembros del Departamento de Escritura de la Facultad de Artes en la Universidad de Columbia que me animaron.
A Chris Parris-Lamb, mi extraordinario agente y defensor, por ver lo que otros no vieron; a Sarah Burnes y el equipo de Gernet Company, por acoger a Mudbound con tanto entusiasmo; y a Kathy Pories de Algonquin, por creer en el libro y ser una guía tan atenta y sensata.
A Barbara Kingsolver, por su tremenda fe en mí y en Mudbound, su ayuda para hacer de la historia una narración coherente y cautivadora, su apasionado apoyo por la literatura acerca del cambio social y su generoso y necesario fallo.
Al Centro de Artes Creativas de Virginia, la Fundación Napoule; a la Fundación Valparaíso y la Fundación Stanwood para la Ayuda a Artistas Necesitados, por la inversión de tiempo para escribir y los lugares de exquisita belleza donde hacerlo, y al Departamento de Escritura de la Universidad de Columbia y la Asociación Americana de Mujeres Universitarias por su apoyo financiero.
A Julie Currie, por el precio de las mulas en 1946 y otros detalles complicados; a Petra Spielhagen y Dan Renehan, por su ayuda con el horrible inglés de Resl, y a Sam Hoskins, por las lecciones de ortopedia.
A la obras: All God’s Dangers: The Life of Nate Shaw, de Theodore Rosengarten; The Wild Blue, de Stephen Ambrose; Byron’s War: I Never Will Be Young Again, de Byron Lane; Liberators (y toda la serie PBS), de Lou Potter, y st The 761 «Black Panther» Tank Batallion in World War II, de Joe Wilson, por ayudarme a crear personajes creíbles a partir de mis esbozos de aparceros, pilotos de bombarderos y tanquistas.
A Denise Benou Stires, Michael Caporusso, Pam Cunningham, Gary di Mauro, Charlotte Dixon, Mark Erwin, Marie Fisher, Doug Iring, Robert Lewis, Leslie McCall, Elizabeth Molsen, Katy Rees y Rick Rudik por su constante amistad y fe en mí; y a Kathryn Windley, por todo eso y algo más.
Y por último, a mi familia: Anita Jordan y Michael Fuller; Jan y Jaque Jordan; a mis hermanos, Jared y Erik; y a Gay y John Stanek. Nunca un autor ha sido más amado ni recibido tanto apoyo.