Mudbound

Hillary Jordan · Capítulo 5 de 5

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Mudbound

Una conversación con Hillary Jordan

Mudbound. Una conversación con

 

Hillary Jordan

 

¿Qué la inspiró a escribir esta obra?

Mis abuelos tenían una granja en Lake Village, Arkansas, recién concluida la Segunda Guerra Mundial, y yo crecí oyendo historias acerca de ella. Era un lugar primitivo, una choza de emergencia hecha de cualquier manera, sin electricidad, agua corriente o teléfono. La llamaron Mudbound porque cada vez que llovía los caminos se inundaban y quedaban aislados durante días.

Aunque solo vivieron un año allí, mi madre, mi tía y mi abuela hablaban de la granja a menudo, riéndose o haciendo gestos de negación, según la historia en cuestión fuese divertida o truculenta. Muchas veces era ambas cosas, como suele suceder con las historias sureñas. Me encantaba escucharlas, incluso las que ya había oído una docena de veces. Era como mirar por un agujero a un mundo extraño y maravilloso, un mundo lleno de contradicciones, de una terrible belleza. Las historias revelaban cosas acerca de mi familia, sobre todo acerca de mi abuela, que era la heroína de la mayoría por la sencilla razón de que cuando la calamidad golpeaba mi abuelo siempre se encontraba en alguna otra parte.

Para mi madre y mi tía, el año transcurrido en Mudbound fue una gran aventura; y en efecto, así es como lo describen todas sus historias. No fue hasta mucho después cuando me di cuenta de qué sacrificio tuvo que suponer todo aquello para mi madre —una mujer urbana con dos niñas pequeñas—, y eso en realidad es una historia de supervivencia.

Comencé la novela —sin pensar en estar haciendo nada del otro mundo— durante un curso de posgrado. Me encomendaron la tarea de escribir una historia por boca de un miembro de la familia, y decidí escribir acerca de la granja desde el punto de vista de mi abuela. Pero lo que salió no fue una alegre historia de aventuras, sino algo más oscuro y complejo. Lo que salió fue «Cuando pienso en la granja, pienso en barro».

Entonces, ¿fue la voz de su abuela la primera que acudió al empezar a escribir el texto?

Sí, la suya fue la primera, y la única, durante cierto tiempo. A mi profesor le gustó lo que escribía y me animó a continuar, y yo intenté escribir un relato corto. Mi abuela se convirtió en Laura, un personaje de ficción mucho más feroz y rebelde de lo que ella fue, y la historia comenzó a alargarse más y más. Cuando llevaba cincuenta páginas me di cuenta de que estaba escribiendo una novela, y ahí fue cuando decidí introducir otras voces. Jamie vino a continuación, después Henry, luego Florence y por último Hap. Ronsel ni siquiera era un personaje hasta que tenía escritas… ¡ciento cincuenta páginas! Por supuesto, al entrar en la historia la cambió de un modo dramático.

Pero a Papaíto no le ha dejado hablar…

Hace nueve borradores, fue Papaíto quien en realidad narró su propio funeral (las dos escenas correspondientes al principio y el final de la novela). Y la gente —sobre todo mi editor y Barbara Kingslover, que leyeron varios borradores e hicieron unas críticas de valor incalculable— odiaba oírlo ya desde el principio, u odiaba oírlo en cualquier momento. Al final me persuadieron para que lo silenciara. Cuanto más pensaba en esos dos pasajes, más me convencía de que debería ser Jamie quien los narrase.

Sin embargo, incluso sin tener su propio pasaje, resulta evidente que ese personaje consigue llegar a todos los lectores. ¿A qué cree que se debe?

Sí, parece que la gente ha llegado a odiarlo de verdad, y así debería ser, pues es un personaje detestable. No solo personifica la fealdad de la época de Jim Crow, sino la peor versión de nosotros mismos en grado absoluto.

¿Cuál fue la parte más difícil a la hora de escribir Mudbound?

Lograr que las voces sonaran bien… sobre todo el estilo de los afroamericanos. Un buen número de amigos cargados de buenas intenciones me dijeron cosas del estilo «ni siquiera Faulkner escribía acerca de los negros en primera persona». Pero al final decidí que debía permitir a mis personajes negros describir por sí mismos las horribles condiciones de aquel tiempo y lugar.

Su novela trata el racismo en distintos niveles… en sus manifestaciones más evidentes, pero también en otras más insidiosas, como el sistema de aparceros, por ejemplo.

Al documentarme para la novela me sorprendió lo aprendido acerca de ese pernicioso sistema llamado aparcería. Poseer tu propia mula significaba la diferencia entre ser un arrendatario, en cuyo caso podías quedarte con la mitad de tu propia cosecha, o ser un aparcero, y entonces solo podrías obtener una cuarta parte. Un cuarto de la cosecha de algodón apenas daba para sustentar una familia, así que la gente se endeudaba más y más con sus arrendadores. Y además eran muy vulnerables… Desgracias, enfermedades, condiciones atmosféricas adversas… Ser un aparcero no distaba mucho de ser un esclavo.

La escena culminante de Ronsel es muy dura de leer. Imagino que fue igual de dura de escribir.

Sí, lo fue. Durante meses no supe exactamente qué iba a suceder en esa escena. Y cuando al final encontré el desenlace se me erizó el vello de los brazos. Llamé a James Cañón, mi mejor amigo (además de autor y también el lector principal durante los siete años que tardé en escribir Mudbound), y le dije «ya sé qué va a pasar con Ronsel», y se lo conté. Después hubo un silencio bastante largo y respondió con un «ah».

Temía escribir esa escena, y la pospuse durante mucho tiempo. Cuando por fin me obligué a hacerlo, lloré; lloré mucho. La leía en voz alta a medida que la iba escribiendo (lo cual para mí es una parte esencial del diálogo con lo escrito), y tener que pronunciar esas cosas horribles las hizo mucho más reales y terribles.

¿Qué libros recomendaría a los lectores interesados en profundizar más en ese periodo?

All God’s Dangers: The Life of Nate Shaw , de Theodore Rosengarten. Es un auténtico relato en primera persona de un cultivador de algodón negro en Alabama que comenzó como aparcero y acabó poseyendo su propio terreno, viviendo muchas aventuras durante el proceso. Nate era un personaje de recuerdo imborrable, inteligente (aunque analfabeto), divertido y sensato con la gente. Tenía ochenta años cuando le narró su historia a Theodore Rosengarten, un periodista neoyorquino. Y menuda vida tan fascinante que fue la suya.

The Most Southern Place on Earth , de James Cobb.

Los excelentes libros de Pete Daniel, Breaking the Land y Deep’n as It Come: The 1972 Mississippi River Flood, y también Standing at the Crossroads: Southern Life in the Twentieth Century.

La serie documental de PBS acerca de la historia de los negros en The American Experience. When we were colored, de Clifton L. Taulbert.

Y por supuesto, las obras de James Baldwin, William Faulkner, Flannery O’Connor, Eudora Welty y Richard Wright, entre otros.

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