No morirás
Capítulo 27
Viernes, 10 de noviembre de 2017. 21.07 horas. Madrid (43 horas, 53 minutos para el fin de la cuenta atrás)
Antes de salir del coche necesitó cerrar los ojos para intentar dejar la mente en blanco. Aunque fuera solo unos segundos, no pedía más. No tuvo éxito, pero, a decir verdad, tampoco es que confiara demasiado en conseguirlo.
Miró el reloj que tímidamente marcaba la hora encima del volante de su coche. Quedaban algo más de cuarenta y tres horas para que el plazo dado por Fernando llegara a su fin.
Cuarenta y tres malditas horas.
Sabía que era un tópico demasiado manido el pararse a pensar ahora en que el tiempo corría mucho más deprisa justo cuando uno quería lo contrario, pero es que la cosa iba mucho más allá de simplemente eso. Era que corría demasiado respecto a la cuenta atrás, pero muy lento en cuanto a procedimientos y resultados. Por ejemplo, no tenía ni idea de por qué Paolo todavía no había llamado para confirmarle lo que ambos esperaban. La comparativa de ADN tampoco debía ser tan pesada. Quizá estaba asegurándose al cien por cien antes de realizar la llamada. De todas maneras, si le confirmaba lo que temían, tampoco es que fuera a cambiar el curso de la investigación. Aunque sí les serviría para llamar a cada cosa por su nombre.
Al final el que no se consolaba era porque no quería.
Hacía menos de media hora que había salido de la autopsia de Ana Miralles. Otra cosa que tal. Su incredulidad le llevó a creer que allí encontraría algún detalle inesperado que haría que todo tomara un rumbo no previsto y que ahora, gracias a eso, su corazón latiría a mil por hora. Pero no. De hecho su corazón lo hacía con una lentitud inusual, sin duda cansado de tanta tontería y tanta vuelta en círculo. Como era de prever —al menos por una persona con dos dedos de frente—, Fernando recreó tan fielmente el asesinato con el que daba comienzo la trilogía del Baztán que no hallaron ningún detalle que estuviera por casualidad. Ana había muerto por asfixia provocada por la cuerda de alrededor de su cuello. Evidentemente y pesar de tener la certeza absoluta de que era obra suya, ningún indicio les llevaba a apuntar a Fernando de manera directa. Nicolás ya le había dado muchas vueltas a lo último, más teniendo en cuenta los crímenes acaecidos un año y pico atrás. ¿Por qué se empeñaba tanto en señalarse a sí mismo como autor mediante simbología, pero, a su vez, se cuidaba extremadamente de no dejar ningún resto biológico que indicara que era él? ¿De verdad su mente era tan enrevesada como para ni siquiera hallar cierta lógica aunque fuera ahí?
Nicolás no necesitó ni dos segundos para responderse a sí mismo.
Y tanto que lo era.
Acerca de los padres de Ana Miralles apenas disponía de información. Solo sus nombres y un número de teléfono al que llamó para confirmar lo que ya imaginaba: que Ana fue un bebé comprado en su día; por lo tanto, robado a otra familia que, seguramente, la daba por muerta. La rabia que sentía ante eso estaba contenida, sin duda por lo tremendo de las muertes de seres inocentes a manos de un monstruo. Pese a ello sabía que un día se dejaría llevar por la ira y de, algún modo u otro, se pondría en contacto con cada una de las familias que aparecían en la dichosa lista que Gràcia estaba a punto de conseguir para reprenderles por lo que hicieron. Aunque ya no sirviera de nada. No era justo nada de lo que pasaba. Nada en absoluto.
Momentáneamente volvió a cavilar acerca del plan de Fernando. Hasta lo más ínfimo de su preparación asustaba, pero él creía que ya no podía encontrar nada que lo sorprendiera en cuanto a su meticulosidad.
Craso error.
Cuando volvió a ver a Ana encima de la plancha metálica fue consciente de lo que Fernando habría rebuscado en la dichosa lista para hallar a una chica con su aspecto. Tanta era su obsesión que hasta en ese detalle se había esmerado y le provocaba unos desagradables escalofríos. Aunque también seguía abriendo más y más la posibilidad de que estuviera siendo ayudado por alguien, porque no se imaginaba a una sola persona estudiando cada uno de los nombres de la lista personalmente para elegir a los señalados con esa precisión. Era imposible para uno solo y, más aún en un año, como parecía haberlo preparado todo.
El inspector jefe abandonó esos pensamientos y sacó cuentas de todo lo que faltaba por hacer todavía. Más si contaba también que cada caso debía individualizarse. Muchas veces se tendía a creer que todo era un conjunto por el poco tiempo transcurrido entre una muerte y otra y por que, además, de todas ellas era autor un mismo individuo, pero no. Cada caso se estudiaría por separado y todo aquello quedaba para más adelante. Aunque, claro, fuera como fuese sería después de domingo por la tarde, cuando hubiera llegado a su fin ese loco plazo. Con independencia del resultado.
Apretó fuerte los ojos. Era la primera vez que sentía algo de dolor en el pecho tras considerar la peor de todas las posibilidades. Por fin. Eso, lejos de ponerlo nervioso, lo tranquilizó: aún seguía empatizando dentro de la normalidad. A otros les parecería una tontería, pero a Nicolás lo reconfortaba teniendo en cuenta lo que sucedió durante el tiempo que estuvo desaparecido.
Apagó la radio del coche. Pese a que el motor no estaba en marcha, la música seguía sonando. Nicolás era consciente de sus muchos cambios desde que Fernando apareció en su vida, pero las ganas de seguir escuchando música, incluso de necesitarla en determinados momentos, no había variado. Antes de desconectar el aparato sonaba Náufrago, de Sôber. Una canción muy adecuada para el momento que atravesaba. Naufragaré contigo, y unidos conservaremos nuestro calor. / Y juntos emprenderemos, una ruta sin destino, un romance en el camino / Y al anochecer el viento hará, recordar.
Salió del vehículo y entró en el edificio.
Cuando llegó fue directo a la sala de reuniones. En las últimas horas, y a petición del comisario Brotons, en ella se montó una especie de centro neurálgico, donde mucha gente trabajaba contrarreloj para adelantarse a los siguientes pasos de Fernando. Una de las cosas que no gustaban a Nicolás de esto era que el comisario también había hecho instalar una pantalla de televisión gigante con la señal en directo que mandaba el monstruo con Carolina de protagonista.
La miró. Admiró su entereza, una vez más, pese a todo. Era la enésima vez que se planteaba la pregunta de cómo habría aguantado ahí encerrada tanto tiempo sin perder la cabeza. Es que no lo llegaba a concebir. Cualquier persona se arrancaría hasta el último pelo de la cabeza fruto de la angustia. Otros, incluso, intentarían quitarse la vida de algún modo. Pero Carolina no. Trató de no caer en el tópico de que nunca había conocido a alguien tan fuerte como ella, pero es que de verdad era así. La única persona con la que se podría comparar en fortaleza a su expareja estaba también dentro de aquella sala.
Nicolás miró a Sara. Se había unido a ellos para seguir trabajando cerca. No pudo traerse a todo su equipo por cuestión de espacio, por lo que optó por que viniera solo la inspectora Vigil con ella. La miró unos segundos sin que ella se percatara. Se sentía mal por, a su vez, no sentir lo que debería por ella. Era evidente que Sara dijo la verdad en su reencuentro cuando aseguró que de ningún modo volvería a tener nada con él, pero a pesar de ello no conseguía arrancarse la sensación de que no actuaba del todo bien con ella. Puede que si lograba rescatar a tiempo a Carolina su cerebro se estabilizara y fuera capaz de pensar qué quería de verdad. Ello significaba que la otra persona también lo quisiera, pero al menos él sería coherente.
Dejó de observar a Sara y fijó su foco en la enorme pila de libros que descansaba encima de la mesa. Desde luego, la librería Nuevo Rincón se habría llevado una alegría inmensa cuando Alicia entró pidiendo semejante cantidad de libros. La lista era muy concreta, pues en ella Nicolás le escribió los mismos títulos que Fernando dejó el fatídico día en el que encontraron su escondrijo hacía un año, ya que esos ejemplares formaban parte ahora del archivo de Pruebas y Rastros y no iba a ser tan fácil acceder a ellos. Aun así los revisaría en cuanto se pudiera por si hallaban algún tipo de indicio oculto en ellos, con el Mutilador nunca se sabía.
Nicolás dejó la orden clara de que toda la Unidad, al completo, se pusiera de inmediato a buscar en los textos sobre qué asesino de ficción imitaría ahora Fernando. Desde que por fin lograron averiguar cuál era el juego que se llevaba entre manos, Nicolás no dejaba de cavilar en ello. Tan fácil y a la vez tan complicado, tal cual hizo la primera vez. Las conclusiones de Sara acerca de que necesitaba sentir de nuevo esa emoción que justificara sus actos no podían ser más acertadas.
Cuando se dio cuenta de que el inspector jefe ya estaba dentro de la sala, la inspectora Forcadell se levantó rápidamente de su asiento y fue directa a él. Le mostró varios papeles y se los dio.
—¡Lo han conseguido! —anunció excitada—. En la UCC han conseguido recuperar el archivo. Me han explicado que está reconstruido y hay algunas cosas que faltan pero, aun así, es muy completo. El médico ese, por muy víctima que fuera de Fernando, era un maldito hijo de puta. Si te fijas en cada uno de los registros, tiene la dirección de las parejas en la época de la adopción y la actual, fechada en 2015. Creo que hacía un seguimiento de ellos.
—¿Piensas que los extorsionaba?
—¿Con qué otro fin lo haría? Supongo que es otro hilo más del que tirar. Pero, tranquilo, ahora no me importa en exceso. Lo bueno es que tenemos casi todos los nombres y, voilà, mira los registros que he resaltado.
Nicolás lo hizo. Aparecían los nombres y apellidos de los padres, así como el nombre de los que en su día fueron bebés, de Laura Sánchez del Horno, Daniel Riquelme y Ana Miralles. No es que tuvieran muchas dudas acerca del porqué, pero sin duda venía a confirmarlo en un cien por cien.
—Lo malo —continuó hablando la inspectora— es que la lista, como ves, es enorme. Menuda panda de desgraciados, tanto los que se dedicaban a comerciar con los niños como los padres que, por muy desesperados que estuvieran, no entiendo cómo entraron en algo así.
—Bueno, quizá si encontramos al siguiente asesino que imitar nos quede un poco más claro qué perfil de víctima usará Fernando. ¿Cómo vais? — preguntó en voz alta.
—Aquí estamos —respondió Alfonso—. Yo con un tal Blas Ruiz Grau y su libro La verdad os hará libres.
—Vale, creo que deberíamos ser más selectivos. Estoy seguro que Fernando solo usará autores conocidos y, por lo que tengo entendido, ese Blas no lo es. ¿Alguien de aquí lo conoce?
Todos negaron con la cabeza.
—Pues descartado. Es preferible que te pongas con Roberto López-Herrero o Benito Olmo, cuyos libros veo sobre la mesa.
Alfonso asintió.
—¿Y el resto?
—Yo he probado suerte con Juan Gómez-Jurado, Bruno Nievas y Gabri Ródenas —dijo Rossi—, pero no veo referencias tan claras a asesinos en sus novelas, así que no creo que los pueda utilizar.
—Yo, en cambio —intervino Alicia—, estoy con Gonzalo Jerez. En su libro La primera vez que maté hay un asesino en serie la mar de curioso. ¿Sabes que le clavó un boli Bic en el ojo a su víctima?
Nicolás hizo una mueca de dolor. Solo de pensarlo sus piernas temblaban.
—Bien, anótalo como una posibilidad. ¿Dónde están los subinspectores? —preguntó viendo que todavía quedaban muchos libros sin revisar, entre ellos los de Toni Hill, Claudio Cerdán, Mikel Santiago, Andreu Martín o María Oruña.
—Los he mandado a seguir realizando tareas ineludibles —contestó una voz desde la puerta. Sin volverse, Nicolás supo que era la del comisario—. Sé que lo que hay aquí dentro es prioritario —se disculpó—, pero a pesar de ello no podemos saltarnos ciertos protocolos o el juez nos va a colgar a todos.
Nicolás asintió resignado. Entendía lo último, aunque no le hacía gracia.
—Por favor, Valdés, venga a mi despacho. Hay una persona esperándole dentro.
El inspector jefe salió extrañado. Si algo no tenía Brotons era un pelo de tonto, por lo que sabía que no era buen momento para entretenerlo con ninguna idiotez. Así que quienquiera que estuviera en su despacho debía de ser alguien importante.
Cuando llegaron y pasó al interior, Nicolás no pudo disimular su sorpresa. No era una persona, sino dos.
—¡Paolo! ¿Qué haces aquí?
El assistente capo Salvano se levantó presto de su asiento y se lanzó a los brazos de su amigo. Las ganas de estrangularlo por desaparecer sin dar señales tanto tiempo no habían menguado, pero comprendía que la agonía que sentiría ahora por la situación primaba. El ahora assistente Alloa, que lo había acompañado, también se fundió en un abrazo con Nicolás. Alloa no hablaba con la misma fluidez que Paolo el castellano, pero se defendía a las mil maravillas.
—¿Qué tal, inspector jefe? —dijo a modo de saludo el compañero de Paolo.
—¿Qué hacéis aquí? —insistió Nicolás.
—Amigo, tu caso es ahora nuestro caso también —respondió Paolo señalando la orden internacional expedida por la Europol que estaba encima de la mesa.
—¿Se confirma entonces?
Salvano afirmó con la cabeza.
—Mierda… Vale, venid conmigo. Os presento al equipo, o a parte de él, y ya de paso les contamos esto.
Paolo y Alloa siguieron a Nicolás hasta la sala de reuniones. Cuando entraron, como era lógico, ninguno de los que allí estaban sabía quiénes eran los dos que acompañaban a Nicolás, salvo Alfonso, que no ocultó una gran sonrisa. Hechas las presentaciones, el assistente capo les relató sus conclusiones.
—Bien —comenzó a hablar Paolo—, como ya les habrá contado el inspector jefe, mis sospechas se centraban en confirmar la identidad de la persona que se hizo pasar por Marco Draxler. Desde un primer momento tuve claro que ese no era su verdadero nombre. Marco Draxler no existe como tal. Su identidad es falsa. Bueno, me explico mejor, el Marco Draxler que hemos encontrado, el que de verdad vive en Roma, tiene ochenta y cuatro años y lo máximo que hace todos los días es asistir a misa. Averiguarlo no ha sido ni fácil ni difícil, el assistente Alloa y yo nos hemos dirigido al lugar donde supuestamente él y la señorita Blanco se conocieron, la Fundazione Carrizzi, en Roma. Hemos pedido los datos de los contratos de ambos y ahí figuraba su número de filiación. Al comprobarlo nos hemos dado cuenta de que no existía. Es falso, como su identificación.
—¿Y habéis averiguado algo acerca de quién es?
—Sí, por supuesto —aseveró el policía romano—. Los que me conocen saben que no soy amante de los ordenadores, así que le he propuesto a Alloa realizar una investigación como las de antes, preguntando de puerta en puerta hasta llegar al origen de todo. No los voy a aburrir con los detalles de cómo lo hemos conseguido, pero hemos empezado en la casa donde al parecer la señorita Blanco y él residían en Roma y hemos acabado frente a la puerta de Marusela Torri. Entiendo que no les suene quién es, pero seguro que el inspector jefe Valdés sí que conoce quién fue su amante hace treinta y cinco años…
Nicolás lo miró expectante.
—Su amante fue Guido Meazza.
Paolo esperaba que solo cayera en quién era Nicolás, como mucho Alfonso, pero las caras de todos los allí presentes mostraban lo contrario.
—¿El Asesino de los Pecadores? —aventuró sorprendido el inspector jefe Aguilar, que hasta el momento ni pestañeaba escuchando la historia de Paolo.
—Así es —contestó el italiano—. Veo por sus rostros que les suena de quién hablo. Así es, a Guido Meazza se le puso enseguida el sobrenombre del Asesino de los Pecadores. Fue, quizá, el caso más difícil al que me he enfrentado jamás y un tipo tan peligroso que solo lo podríamos comparar con Fernando Lorenzo.
Paolo hizo una pausa y miró a Nicolás, que no parecía reaccionar ante lo que estaba relatando, a pesar de las implicaciones que conllevaba.
—¿No dices nada? —preguntó el assistente capo.
—No sé qué puedo decir. Parezco un disco rayado repitiendo una y otra vez que todo es una maldita locura. ¿En serio me estás contando que quien sea que ayuda a Fernando es hijo de uno de los peores psicópatas de la historia de tu país? ¿En serio?
Paolo no contestó. Como respuesta se encogió de hombros. Entendía el hastío de Nicolás frente al caso. Ya no solo por los últimos acontecimientos que daban una vuelta de tuerca a todo lo sucedido, era por todo lo que había pasado desde el mismísimo momento en que investigador y psicópata cruzaron sus caminos. Eso incluso podía hacer que el inspector jefe perdiera su capacidad de reacción frente a descubrimientos importantes, como le daba la sensación que acababa de pasar ahora. A él, desde luego, le sucedió en 2013 cuando perseguía a Meazza sin saber que era él quien andaba detrás de tan horripilantes muertes. En esos momentos lo que Nicolás necesitaba era espacio y procesar los últimos datos. Mientras, decidió seguir contando todo lo que pudo averiguar en tan poco tiempo.
—Evidentemente no sé mucho de él. Su madre se ha cerrado en banda y no nos ha contado nada de cómo es. Lo único que nos ha dicho es que su nombre real es Stephano Torri y que se crio sin una figura paterna de referencia. Ya sabíamos que la persona que hallaron muerta en el piso de la señorita Blanco era un mendigo del cual no recuerdo su nombre, pero teníamos que confirmar que el ADN hallado en el cepillo de dientes de la vivienda no es el mismo que el del hijo de esta mujer y Meazza. Explicándoselo de este modo conseguimos que nos dejara ella también un cepillo de dientes que guardaba de cuando su hijo vivía con ella, no sé tampoco muy bien por qué, pero logramos extraer una muestra en condiciones de ADN que hemos comparado con el perfil del mendigo. Evidentemente ha salido negativo, por lo que se confirma que el supuesto novio de la señorita Blanco sigue vivo. He puesto a parte de mi equipo para intentar que la madre revele algún dato más sin presionarla demasiado, nos gustaría conocer más acerca de su personalidad. Sobre todo quiero confirmar mis sospechas, y supongo que las de todos, de que Stephano también es un psicópata.
—Pero ¿qué posibilidades hay de que un padre y un hijo que no se han visto nunca sean psicópatas y acaben cometiendo actos parecidos? —planteó Gràcia, escéptica.
—Tenía claro que alguien me haría esa pregunta y traigo los deberes hechos. He estado consultándolo con colegas expertos en la materia y hay estudios que demuestran que el componente genético tiene más peso que el social en los psicópatas graves. Por lo tanto, no sería raro que ese factor lo heredaran los hijos. Por supuesto, como ya sabemos también, tener predisposición a la psicopatía no implica que se acabe desarrollando, nos falta el punto social, pero como no conocemos cómo ha sido la vida de Stephano, no deberíamos afirmar ni desmentir nada. Pero viendo lo que supuestamente está haciendo, ayudando a un asesino en serie, me temo que no voy muy desencaminado.
—Pero, assistente capo —intervino Rossi—, perdone que dude de sus palabras, pero entienda que me parece afirmar demasiado. ¿En serio damos por hecho que el tal Stephano es un psicópata solo porque su padre lo fue? Ya sé que todo es… ¡bum!… pero es que no debemos movernos por corazonadas.
—Lo sé, lo sé. Y por eso estoy aquí. Hay más. Sé que parece que me muevo por corazonadas, pero lo que pienso de Stephano es que un día comenzó a sentir cosas dentro de él y necesitaba explicarlas. Quizá lo animaran a investigar acerca de sí mismo y eso lo llevó a conocer a su padre. Puede, y solo puede, que eso fuera el detonante. Ese momento en el que en su cabeza suena un clic, como decimos vulgarmente. Os pongo, por ejemplo, el caso de Jeffrey Dahmer, creo que todos lo conocen. Jeffrey tuvo una infancia estupenda, pero su mente comenzó a tener pensamientos oscuros, sin más, de un día para otro. Eso lo llevó a sentir curiosidad y a experimentar. Cuando lo hizo vio que necesitaba más y más hasta que llegó al punto al que llegó. Creo que el caso de Stephano es parecido. Creo que sintió curiosidad por lo que su padre hizo y experimentó, pues dentro de él habitaba algo oscuro que no lograba explicar. Como me apoyaba demasiado en esta teoría busqué crímenes más o menos recientes, sin resolver, y en los que estuvieran implicados sacerdotes.
—¿Piensas que en parte necesita recrear lo que hizo su padre? —Nicolás por fin pareció reaccionar.
—Sí, desde luego que lo pienso. Y, de hecho, hay dos crímenes ocurridos hace dos años que podrían ser obra suya. Evidentemente lo estamos investigando, pero en su momento pasaron por simples asaltos a iglesias con un fatal desenlace. Pero hay algo en ellos que me lleva a creer que no fueron fortuitos.
—Los ahogó con sus propias manos, ¿verdad? —apuntó Sara, que no perdía ni una sola palabra de lo que contaba Paolo.
—¿Conoce el caso? —preguntó extrañado.
—No. Pero si buscaba experimentar, lo más seguro es que quisiera sentir el poder que se dice que se tiene cuando se le quita la vida a una persona. Y para ello no hay nada mejor que estrangular a alguien con tus propias manos. —Sara se volvió hacia Nicolás—. Todo lo que ha contado el assistente capo tiene su lógica y no me extrañaría que esté completamente en lo cierto. Estoy de acuerdo en que la psicopatía, en estos niveles, se puede llegar a heredar debido a su gravedad y quizá Stephano quisiera seguir la senda de su padre con el único fin de calmar el ansia que crecía en él. Por eso pudo ponerse en contacto con Fernando en la cárcel. Mencionando a Donato Bilancia sabría que despertaría su interés. Los asesinos en serie son seres capaces de odiarse y admirarse entre sí como si tal cosa. Y ahora hay algo que me preocupa —se volvió de nuevo hacia Paolo—: ¿cuánto tiempo transcurrió entre las dos muertes de sacerdotes?
—Sé lo que quieres decir. Siete meses.
—Un tiempo de enfriamiento no demasiado grande. Su ansia es poderosa —sentenció Sara.
—¿Quiere decir que aquí en España ha tenido que matar él también para calmar esa necesidad? —planteó Alfonso.
—Desde luego —afirmó Sara—. Ayudar a Fernando es un divertimento, pero no creo que sacie la sed de sangre. Puede que la compulsión no sea demasiado grande todavía, pero no me creo que esos asesinatos ocurrieran hace ya dos años y él esté calmado aún. Necesita seguir explorando ese lado y aquí tiene que haberlo hecho.
—Y por ello hemos venido —concluyó Paolo—. Podría haberles pedido que investigaran crímenes similares en el último año, pero ya les he dicho antes que no soy muy amigo de lo informático, prefiero estar al pie del cañón si implica más probabilidades de éxito. He pedido permiso a la Europol, ya que el caso nos salpica directamente a la Polizia di Stato, así que estoy deseando ponerme a investigar aquí, con ustedes. Quizá encontrando a Stephano nos echemos también sobre Fernando y podamos matar a dos pájaros de un tiro.
Todos miraron a Nicolás, que parecía pensativo.
—Pues venga, vamos a ello —dijo al fin.