No morirás

Blas Ruiz Grau · Capítulo 35 de 47

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No morirás

Capítulo 34

 

Sábado, 11 de noviembre de 2017. 10.01 horas. Madrid (30 horas, 59 minutos para el fin de la cuenta atrás)

 

El inspector jefe llegó agotado al complejo de Canillas.

Condujo Alfonso y ninguno de los dos pronunció ni una sola palabra desde que salieron de la calle Gaztambide hasta que llegaron a comisaría. No era que no encontraran de qué hablar, sino que a ninguno de los dos le apetecía, porque una vez más tenían un cadáver a punto de ser sometido a una autopsia y a un Fernando que no apareció por ninguna parte después de haber montado todo ese espectáculo.

¿Cómo había logrado escapar?

¿El episodio de crisis por el que la mujer dio aviso resultó ser una farsa para llevarlos al lugar del crimen y seguir riéndose de ellos?

Sara seguía manteniendo que no. Que el psicópata ni trataba de demostrar —al menos de manera consciente, pues Fernando pensaba que sí— su superioridad frente a los investigadores, ni fingió un momento tenso en el que se gritaba a sí mismo. Aunque Nicolás ya no sabía ni qué creer. Alfonso lo apoyaba en ese escepticismo, ya que creía que Fernando, una vez más, los dirigía por el sendero que él mismo había trazado y del que no podían salir ni queriendo. Y lo peor de todo: en el que seguirían caminando hasta que a él le diera la gana.

El resto del equipo se marchó bastante antes de que lo hicieran Alfonso y el propio Nicolás. Fue a petición del inspector jefe. Les rogó encarecidamente que pasaran un rato por casa y se relajaran antes de afrontar el último tramo del caso, sin duda crucial. Los había citado al cabo de seis horas para pasar las últimas veinticuatro dándolo todo. Cuando ambos salieron del coche se preguntaron si no deberían ellos ir a casa también a dormir un rato, pero Nicolás desechó la idea de inmediato y Alfonso, arrastrado por la negativa de su amigo, también.

Mientras llegaban a la sala de reuniones, donde previsiblemente se encontrarían Aguilar, Jurado, Paolo y Alloa aún, Nicolás no pudo evitar preguntarse si Sara no tendría razón y habría algo que no entendían y que llevó a Fernando a actuar de una forma un poco más rudimentaria que en ocasiones anteriores. Veía cierta lógica en que planearlo así ya sería una jugada maestra para otro asesino, pero para ser Fernando quien estaba detrás había aspectos que desentonaban en su manera de proceder. Nicolás hasta lo imaginó coaccionando a un conductor para que a la hora exacta saliera con el vehículo y arrastrara el cuerpo delante de todos los agentes desplazados a la escena. Puede que sonara a estupidez, pero desde luego no le hubiera extrañado. Sentir la necesidad de hacerlo él mismo como fuera denotaba una cierta desesperación y, aunque era muy probable que respondiera a la ansiedad de verse acorralado por su propia personalidad principal, quizá hubiera otro detalle que lo llevó a actuar así.

Una mala sensación recorrió su columna vertebral al pasársele por la cabeza una idea.

Necesitó comprobar de inmediato que no era cierto.

Entró en la sala de reuniones. Tal como pensaba, vio a los que creía, además de al comisario Brotons, que hablaba por teléfono con cara de perro. Fue directo al monitor que mostraba la señal que enviaba el propio Fernando, con Carolina. Permanecía girado por petición expresa suya. No quería verlo cada vez que mirara hacia ese punto. Al hacerlo comprobó, aliviado, que Carolina seguía allí. Sentada. Como tantas otras veces leía un libro, aunque justo en esos momentos lo estaba dejando en el suelo para levantarse y estirar los músculos. Respiró aliviado al comprobar que no se le había ido de las manos el asunto de Carolina y que por eso actuaba así. Ella seguía bien dentro de lo que cabía y en aquellos momentos, que las víctimas y sus familiares lo perdonasen, era lo único que le importaba.

Acto seguido miró el «contador» de víctimas. La que debería aparecer tachada ya lo estaba y eso solo le trajo más preguntas a su cabeza. ¿Después de sufrir la supuesta crisis aún pudo volver a su escondrijo y poner la equis en el monigote correspondiente? ¿O acaso, de algún modo, tenía todo programado de tal forma que automáticamente, a una hora concreta, el muñeco apareciera tachado? ¿O sería Stephano, tal como decía Paolo, el que se ocupaba de aquello?

Preguntas, preguntas y más preguntas. Pero respuestas, ni una sola. Empezaba a cansarse de aquello. Estaba cada vez más harto.

Volvió a girar el monitor. Seguía con la misma idea de no verlo de no ser necesario, como ahora. Bastante nervioso le ponía la situación como para ver ahí encerrada todo el rato a Carolina. Notó que había perdido algo de aplomo y trató de recuperarlo antes de acercarse hasta Aguilar y Jurado.

—¿Cómo vais? —dijo sin más.

—Creo que bien. Lo estamos encauzando todo de una forma correcta. Es lento, pero no desistimos y ya hemos comprobado casi un veinticinco por ciento de las posibles localizaciones. De momento sin éxito, claro. Pero me apuesto el cuello a que en alguno de estos sitios tiene que estar. Será un genio asesinando a gente, pero no puede ser mejor que las guerrillas colombianas a la hora de secuestrar y ocultar a una persona, así que daré con él.

Nicolás respiró profundo. Por lo que sabía de Aguilar, no era una persona que acostumbrara a transmitir falsas esperanzas a los implicados en un secuestro. Esa era una de sus cosas buenas y malas a la vez, ya que algunos familiares se habían quejado de su crudeza. Pero Nicolás agradecía sobremanera tener a su lado a alguien así. Puede que también porque sus palabras fueran esperanzadoras y necesitara aferrarse a un clavo, aunque estuviera ardiendo, pero, fuera como fuese, logró tranquilizar una mínima parte del desasosiego que sentía.

—Creo que deberíais iros a descansar, estamos a punto de entrar en las últimas veinticuatro horas y os necesito a tope.

—Ya habrá tiempo de dormir y descansar cuando me muera, inspector jefe. No pienso moverme de aquí, seré lo que sea, pero cuando me comprometo a algo no lo dejo. Te aseguro que he pasado más noches seguidas sin dormir de las que me gustaría. Además —miró de reojo al comisario, que seguía a lo suyo, hablando por teléfono—, dispongo de medicinas mágicas que no me dejarán dormir ahora. Así que mejor aprovechar.

—Joder… —contestó Nicolás resoplando y pillando perfectamente lo que Aguilar quería decirle. Supuso que ya estaría acostumbrado a esas cosas y él mismo conocería su límite. Ojalá no llegara un nuevo problema por una tontería así.

El comisario dejó el teléfono encima de la mesa y se echó las palmas de las manos a las sienes, que masajeó con tal brutalidad que Nicolás pensó que acabaría arrancándose el cuero cabelludo.

—Supongo que nada bien… —comentó el inspector jefe para romper el hielo.

—No. Absolutamente nada. Menuda se ha montado, hostia puta. Hemos podido, de algún modo, ocultar los demás crímenes a los ojos de la gente de a pie, pero con este se ha montado un pifostio de agárrate y no te menees. Lo peor de todo es que no sé cómo coño la prensa ha señalado directamente a Fernando como el posible autor del brutal asesinato.

—¿En serio no sabe cómo? —preguntó con cierto tono irónico el inspector jefe.

—Vale, de acuerdo, pero es que ahora va a empezar a cundir el pánico a lo bestia y no lo conseguiremos parar. Su nombre comenzará a sonar de nuevo en todos los noticieros y en esos programas especiales de mierda que se sacan de la manga. Como se ponga nervioso…

—Si me permite, comisario, no creo que lo haga. Ya demostró cómo se actúa con frialdad bajo una gran presión mediática hace un año. No se va a salir de su plan. Tiene casi todo lo que quería de la forma en la que quería.

—¿Casi?

—Así es, me refiero a lo de Carlos.

—Es verdad. ¿Qué sabemos de eso?

—Poco o nada. Lo único que tenemos de nuevo es la declaración de la mujer que ha llamado a la Policía Local. He charlado con ella y su testimonio es muy convincente. Cuenta que estaba en la calle completamente desquiciado. De hecho, no ha podido completar como él quería el ritual del asesinato y eso sí que puede ser peligroso. Pienso, o quiero creer, que tratará de encauzar la situación. No se puede permitir el lujo de dar un paso atrás en un plan tan elaborado.

—Está bien, mantengamos la fe en que, pase lo que pase, no actuará hasta dentro de —miró su reloj e hizo los cálculos de forma mental— treinta horas. Debemos aprovechar cada minuto. ¿Y el resto?

—Los he mandado a descansar. No se puede rendir si están agotados y con el añadido de la presión. Espero no haber metido la pata.

El comisario lo miró y estudió la situación antes de hablar.

—Ha hecho bien, Valdés. Tiene toda la razón. —Miró a Paolo y Alloa y los señaló con la cabeza—. ¿Cómo van nuestros amigos italianos? No he querido molestarlos, parecen muy concentrados en lo suyo.

—Pues iba a preguntarles ahora. Si me disculpa…

El comisario hizo un gesto afirmativo. Nicolás se colocó al lado de su amigo romano.

—¿Qué tal? —preguntó sin más.

—Hola, Nicolás. Yo creo que bastante bien. Repasamos algunos de los crímenes sin resolver y hay algunos bastante jugosos.

—¿Cómo cuáles?

—Pues, por ejemplo… —rebuscó entre una pila de papeles—, mira este. Un joven de quince años estrangulado en el barrio de Cham… Cham…

—Chamberí.

—Eso. Me ha llamado la atención porque creo que, analizándolo, sería una muy buena forma de comenzar a dar rienda suelta a su psicopatía. No olvidemos que el estrangulamiento es símbolo de poder, como muy bien expuso tu compañera. Nadie nos dijo que tenga que ser igual que su padre en su forma de actuar y aquí experimentaría de este modo. Y, claro, tratando de explicar la muerte del muchacho, que no haya otros signos de violencia dice bastante. Ahora bien, hay otras muertes que me parecen interesantes y eso lo complica todo.

—¿Todas por estrangulamiento?

—Sí, pero me escama que están un tanto separadas entre sí. Mira, las he señalado aquí en el mapa.

Nicolás echó un vistazo a lo que Paolo le indicaba. Demasiada distancia.

—Se saldría de su zona de seguridad. Al ser un asesino en serie primerizo, la lógica nos dice que debería tener una, por lo que tocará revisar cuáles son las más cercanas entre sí, ¿no? —Nicolás volvió a mirar el mapa de Paolo, pero ahora con ojos analíticos—. ¿Qué hay de estas dos?

El assistente capo comprobó lo que Nicolás le indicaba. Hojeó los papeles.

—En ellas hay un nexo, murieron prostitutas…

—¿Son las únicas que tienes anotadas?

—No. Hay dos más, pero están aquí y aquí —puntualizó Paolo, demostrando que estaban algo alejadas de las otras dos.

—Mira, pero una de ellas es en la Casa de Campo. No es tan raro encontrarnos este tipo de muerte en un lugar como ese. No es el Bronx, pero alguna que otra sucede de vez en cuando. Casi que la descartaría. Pero las de aquí están más o menos cerca entre sí, en la zona del barrio de San Blas. ¿En qué circunstancias se hallaron los cuerpos?

—A ver… la primera fue encontrada muerta en la calle Portal. La hallaron tumbada boca arriba. Su bolso apareció justo al lado. No se habían llevado nada, estaba vestida y su ropa, intacta. El informe incide en que tenía problemas con un tipo al que conocen como el Labios y que las sospechas apuntan hacia él. Pero parece ser que no hay nada concluyente. Hallaron marcas alrededor del cuello, así que quien le quitó la vida lo hizo con sus propias manos.

—¿Y la segunda?

—La segunda pone aquí que la encontraron igual, tirada boca arriba, aunque sobre un montón de cajas de cartón destrozadas. Las circunstancias de la muerte son similares, marcas alrededor del cuello, vestida… Aquí no aparece el nombre de ningún sospechoso.

Nicolás consideró lo que le acababa de contar Paolo. Necesitó de unos segundos para lanzar la siguiente pregunta:

—¿Mantuvieron relaciones sexuales?

—Son prostitutas, Nicolás.

—Compruébalo, por favor.

Paolo dejó las diligencias de la inspección ocular y tomó los informes del forense. Por suerte para él no eran demasiado extensos, así que no le costó encontrar lo que necesitaba en ambos casos. Las dos fallecidas no habían mantenido relaciones en, al menos, las doce horas anteriores a la muerte.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó Paolo.

—Espera. Por favor, comprueba que en las otras dos de las que dudamos no es igual.

Paolo, sin comprender todavía a su amigo, obedeció. Apenas necesitó de unos minutos para ver que en el caso de las otras dos, sí.

Nicolás ofreció la explicación que el assistente capo esperaba:

—Creo que de algún modo trata de encontrarse a sí mismo. Parecer ser que tiene la cabeza llena de pájaros, que lo de su padre lo dejó más tocado de lo que le gustaría y no sabe ni quién es, ni cómo debería proceder. Creo que si hay algo peor que un psicópata es, sin duda, un psicópata confundido.

—¿Intentas decirme que está, de alguna forma, forzando la máquina para encontrar su identidad? Es decir, ¿que ha impregnado las muertes de ritualismo para ofrecer lo que se debería esperar de él?

—Sí. No creo que tenga nada en contra de esas prostitutas. Creo que se está probando y que, como pasa tantas veces, ha elegido ese perfil de víctimas porque, no nos engañemos, es el más sencillo de controlar, pues puede disponer de ellas donde quiera y como quiera. No obstante, creo que al mismo tiempo ha experimentado para dar con unas en concreto. Por un lado tienen que estar dentro de su zona de confort. Necesita permanecer cerca de donde vive para sentirse seguro, pero lo suficientemente alejado como para que no se lo pueda relacionar con los crímenes.

—Eso parece. Así que lo referente a los lugares de los crímenes parece ser de manual.

—Efectivamente. Y creo que lo del ritual de elegir a prostitutas que no hayan mantenido relaciones sexuales durante la noche todavía forma parte del entrenamiento que está llevando a cabo para encontrarse a sí mismo. Piensa en que no es como encontrar una aguja en un pajar, pero sí es cierto que no es fácil hallar a una prostituta que todavía no haya trabajado esa noche. Porque como ves aquí —señaló el informe forense—, las mató durante la noche. ¿De cuánto es el período de enfriamiento?

Paolo comprobó las fechas.

—Cuatro meses y dos días.

—Dijiste que el otro era de siete meses, ¿verdad? Está reduciendo el tiempo de enfriamiento y no puede ser bueno. Cada vez su ansia es mayor y puede que la bestia ya esté desatada.

—Entonces no hay más que hablar, amigo. Voy a centrarme en la zona e investigarla a fondo. Puede que se esconda en ese barrio. Quizá hasta viva con Fernando, aunque no me imagino qué clase de película de terror podría salir si tenemos a dos asesinos en serie viviendo en la misma casa.

—Ya… pero, Paolo…

—Si me vas a decir que me vaya a descansar —lo cortó de golpe—, ¿cómo decías tú? —Lo pensó—. Ah, sí: ya te puedes ir yendo a tomar por el culo.