No morirás
Capítulo 5
Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 18.08 horas. Madrid
Alfonso bostezó antes de hablar. Llevaban un rato en silencio, colocados igual que en su reencuentro.
—No tiene ni pies ni cabeza, Nicolás.
—Ya sé que no lo tiene, para variar. ¿Sigues creyendo que soy un egocéntrico y que me estoy inventando esto?
—Anda, mira, si ya hablas como una persona normal y no como un macarra de barrio.
—Touché, pero responde, por favor.
—Sí a lo primero, no a lo segundo. Bueno, maticemos lo último: entiendo lo del tatuaje y, hasta lo de los lunares, pero…
—Pero ¿qué?
—Que no sé si es que tienes razón o que, como la quieres tener, estás viendo cosas para justificarte.
—Joder, pareces un puto psicólogo hablando.
—Se me habrá pegado de ti.
—Que no, en serio, que es verdad que me agarraría a un clavo ardiendo con tal que no fuera ella, pero es que no lo es. Te lo garantizo.
—La garantía son unos lunares que solo has visto tú. Vamos, un juez lo toma como válido segurísimo…
—A ver, que entiendo lo que me dices, pero, coño, no sé, es que sé que ahí no tenía nada. Dejémoslo ahí porque no me siento cómodo hablando así de ella en estas circunstancias.
Volvieron a quedarse en silencio. Fue Alfonso el que tomó la palabra de nuevo:
—Vale, te creo. Pero ahora necesitamos demostrar que no es ella sin posibilidad de error. Por mucho que yo te crea, no vale de nada. ¿Se te ocurre alguna forma de hacerlo?
Nicolás, sin despegar la espalda de la pared, negó con la cabeza. Si lo supiera, desde luego, se lo habría dicho ya.
—Bueno, pues piensa… porque menudo marronazo.
El doctor Herrero volvió a asomarse al pasillo. Se hacía cargo de lo peliagudo de la situación, pero el comienzo de aquella autopsia se demoraba demasiado. Tocaba empezar ya.
—Ve, anda. Haz tu trabajo. Yo esperaré fuera del edificio si quieres. Cuando acabes podríamos ir a tomar algo y, ahí ya, si quieres, me partes la boca.
—Ah, pero ¿no vas a salir corriendo otra vez? ¿A qué debemos el honor?
—Tira.
Alfonso se vio tentado de proponerle entrar él también a la autopsia. Pese a que había pasado poco más de un año, la costumbre imperaba al tenerlo cerca. Sobre lo último había algo que lo desconcertaba, y era que no pudiera hablarle como siempre. Ya no trataba de que la persona que tenía al lado no se pareciera físicamente al Nicolás que se fue, sino que no encontraba por ningún lado el feeling, por llamarlo de algún modo, que siempre existió entre ellos. Ahora era distinto. Parecía que ambos eran dos témpanos de hielo sin sentimiento alguno, aunque Alfonso estaba convencido de que todo era provocado por una serie de factores que se entremezclaban tanto que hasta les anulaba la capacidad de comprender lo que pensaban en verdad.
Tampoco quería darle más vueltas. El tiempo acabaría hablando y todo, de una manera u otra, se acabaría solucionando.
Los dos se despidieron momentáneamente y Alfonso entró en la sala 2.
Dentro le esperaban el doctor Salinas, forense y director del departamento; el doctor Herrero, que era el que más reflejaba la preocupación en el rostro, una auxiliar y un mozo.
—Bien, ya podemos comenzar —dijo el doctor Salinas nada más verlo cerrar la puerta—. En lo poco que hemos podido adelantar, hemos enviado muestras de sangre y orina al laboratorio de Tóxicos. Como ya ha pasado un tiempo prudente, tenemos un primer resultado de lo que se ha encontrado en la sangre de la víctima. Es interesante, porque hay una leve concentración de benzodiazepina.
—Diazepam, ¿no? —preguntó tratando de matizar Alfonso.
—Así es. Como digo, es interesante dada la escasez de dicha concentración, lo que indica que a la hora de la muerte lo más probable es que los niveles de dicho psicotrópico en sangre no fueran demasiado elevados. Creo que, cuando la asesinaron, sus capacidades no estaban mermadas por la medicación.
—Pero, entonces, supongo que quiere decir que a esa hora ya se esfumó el compuesto de su sangre, ¿no? Porque dudo que le diera una dosis ridícula que no sirve en realidad para nada.
—Así es. Justo es lo que quería decir. Y, precisamente, creo que ya sabe por qué lo recalco…
—Claro. Quiere decir que es probable que aprovechara los efectos sedantes del diazepam, con la dosis correcta, para echarse sobre ella.
—Y para reforzarlo, mire —añadió el forense.
Alfonso se acercó lo que pudo a la cara de la víctima, justo al lado de la boca que era donde señalaba el forense. Incluso llevando mascarilla, el hedor característico que desprendía un cadáver —aunque llevara cinco minutos muerto— lo asaltó a traición. Tampoco le dio demasiado gusto acercarse tanto en el estado que tenía el rostro. Pero al hacerlo lo vio: dos señales moradas alrededor de la comisura de los labios.
—Marcas de haber sido amordazada —expuso en voz alta, pero como para sí mismo.
—Correcto. El cómo la asaltó ya es difícil de saber, pero mi teoría es que le dio la dosis necesaria para poder someterla a su voluntad, pero una vez ya la tuvo esperó paciente a que se le pasaran casi del todo los efectos. Esto no es inmediato. Supongo que el fin no era otro que ella fuera capaz de poner algo de su parte para subir a la plataforma, ya que a él solo le hubiera costado demasiado.
—Sí —afirmó Alfonso—, tuvo que ser así. Lo que me sorprende es que la chica estuviera tan participativa conociendo el final. Supongo que no le quedaba otra alternativa, pero no sé, no me imagino yo en su situación colaborando para ayudarlo a preparar la escena de mi muerte. Hubiera preferido dar mil patadas y que me hubiera matado donde fuera para ahorrarme un sufrimiento inútil.
—Bueno, no sé, supongo que cada uno en una situación concreta…
—Ya, ya. ¿Qué me dice del rostro? ¿Qué hay de las heridas?
—Esto ya es otro cantar. Tendremos que hacer un peel off muy riguroso para establecer la morfología del arma empleada y, aun así, nos va a ser muy difícil. Si con una herida ya cuesta…
Alfonso hace un tiempo hubiera tardado en procesar lo que el doctor trataba de decirle, pero eran tantas las veces que había oído ya el nombre de la técnica que iban a emplear que ya lo tenía por algo de su día a día. Aunque él lo llamaba «lo de las capitas», ya que la técnica en sí consistía en ir diseccionando la piel por planos para ver cómo era la trayectoria de una herida sin que ellos provocaran ningún cambio en ella.
—¿A simple vista se ve si las heridas son ante o post mortem?
—Si en lo habitual tenemos que andarnos con pies de plomo, en este caso particular ya ni le cuento. Podría basarme en el tejido que hay alrededor de las mismas, pero es que es muy peligroso. Quien se va a encargar de la labor es Jenny, nuestra magnífica técnica de anatomía patológica. ¿La conocía?
Alfonso negó con la cabeza. Era una chica joven, no pasaría de los treinta años. Se equivocó al dar por hecho que era una simple auxiliar. Aunque ningún auxiliar fuera simple.
—No. Y puede que parezca un poco inculto a pesar de mi puesto, pero no tengo ni idea de a qué se dedican.
—No le culpo —dijo el doctor Salinas—. Es una figura habitual en los institutos de medicina legal, pero aquí no disponíamos de una porque solamente somos los que más autopsias por muerte violenta hacemos de todo el maldito país. Bueno, eso y que no somos un instituto de medicina legal en sí, aunque pronto lo seremos si las presiones surten efecto. En fin… Resumiendo: Jenny es, y me vas a perdonar, Jenny, por referirme así a ti, nuestra chica para todo. Los técnicos de anatomía patológica siempre suelen acompañarnos en las autopsias y es como si fueran nuestra mano derecha. O a veces hasta las dos manos, pues son los que nos ayudan a tomar muestras haciendo el tallado, nos realizan las aperturas de los cadáveres para su reconocimiento interno… No seríamos nada sin ellos. A mí, de hecho, me ha acostumbrado tan mal que creo que ahora mismo no sabría ni abrir un cuerpo. Será ella la que tome y analice las muestras de tejido en el microscopio. Lo hará cuando comencemos con el peel off. Ahí despejaremos unas cuantas incógnitas. Eso sí, como hay tanta herida y tenemos que ir una por una, le ruego paciencia. De todas formas, me ha comentado el doctor Herrero que en el levantamiento no se observó un exceso de sangre, por lo que podríamos pensar que el corazón no bombeaba. Esto ya nos indica bastante.
—En realidad no tengo tanta prisa con los resultados. Yo, con saber la causa de la muerte, la hora y demás… Aunque la causa parece clara…
—De eso tengo pocas dudas. No lo firmaré como tal todavía, pues me puedo encontrar una sorpresa de última hora, pero apostaría mi mano derecha a que se debe a una hemorragia aguda como consecuencia de la sección de ambas arterias carótidas. Vamos, un degüello de toda la vida.
Alfonso miró una vez más a la víctima, ahora sin nombre. Unos minutos antes creía que Nicolás estaba loco, pero ahora mismo ya no dudaba de que la chica muerta de encima de la mesa no era Carolina. Más que nada porque Nicolás podía caracterizarse por muchas cosas, pero una de ellas, quizá la mejor de todas, era que no se engañaba nunca a sí mismo. Al contrario. Así que, si él decía que no lo era, no lo era. Ahora, para ponerle nombre y apellidos tendría que dar parte a la Unidad de Desaparecidos. Una vez hecho, comenzaría a girar una inmensa rueda que, tarde o temprano, acabaría ofreciendo al cuerpo una identidad concreta. Además, si se tenía en cuenta la teoría del forense —que él también apoyaba— de que hubiera desaparecido en las últimas horas, todo se volvía considerablemente más sencillo.
—¿Hay algo más que recalcar? —preguntó el inspector sin dejar de mirar el cuerpo.
—No lo veo demasiado importante, pero fíjese en el golpe en la pierna.
Alfonso lo hizo.
—Juraría que es reciente. Este moretón podría habérselo causado Fernando al darle un golpe.
—Puede que intentara escapar y él la derribara.
—No es descabellado, pues tiene unas ligeras abrasiones en la zona de los brazos. Supongo que al llevar manga larga la cosa no ha ido a más. Si fueran producto de un arrastre, estoy seguro de que serían mayores, por lo que puede que se las hiciera tras caer después del supuesto golpe.
—¿Ahora sí está todo?
—Todo lo que ahora podemos contar con el examen externo, sí. Una vez más les ruego paciencia a la hora de esperar resultados. Someteremos su sangre a análisis más exhaustivos para comprobar si contiene otras sustancias y, bueno, con la cara vamos a tardar un buen rato, aunque no sé hasta qué punto merece la pena.
—Está bien. Creo que por mi parte es suficiente, no soporto ver cuando la abren, con todos mis respetos a la víctima, en canal. Vuelvo a Canillas y quedo a la espera de los informes.
Ambos forenses asintieron. Antes de que saliera, el doctor Herrero quiso decirle algo.
—Una última cosa: debería saber que la inspectora Forcadell nos ha pedido que le enviemos a ella los resultados. ¿Qué hacemos?
—No hacerle caso. Me los envían a mí.
Salió de la sala 2 con la sensación de sentirse de nuevo vivo. Menuda paradoja…
También salió del edificio.
Nicolás lo esperaba apoyado en el capó de su Peugeot 407. Tenía los brazos cruzados y lo miraba expectante.
—¡Qué sorpresa que sigas aquí! —Alfonso no le dio tregua.
—No te cansas, ¿eh? Ya te he dicho que quería tomar algo contigo y, bueno, charlar.
—Ah, no sé, como ahora eres tan hippy, lo mismo has cambiado de opinión. ¿Nos fumamos unos porritos, tron? Cualquiera sabe lo que piensas.
—Si te digo la verdad, ahora solo pienso en Carolina.
—Vaya, este sí se parece al Nicolás de hace años… —Alfonso miró sus manos. Tenía el teléfono móvil en ellas—. Has probado a llamarla, ¿verdad?
—Situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Supongo que todavía no puedo analizar nada con claridad. Alguna tontería todavía me sale sola.
—Alguna, dice. Bueno, ¿va esa cerveza o qué?
—Te veo más relajado hablándome. ¿Me has perdonado?
—No.
—Vale, vale. ¿Donde la Paqui?
—Donde la Paqui.
Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 19.01 horas. Madrid
Nada más poner un pie fuera de aquel lugar tomó una enorme bocanada de aire. El acto en sí era curioso, porque de donde salía se respiraba mucho mejor. Lo había comprobado. El tiempo seguía pasando, los acontecimientos desarrollándose y él todavía seguía sintiendo el gusanillo que revoloteaba en su estómago con cada paso que daba. Y que así siguiera.
No era ningún monstruo.
Antes de comenzar a andar analizó el entorno. Como no vio a nadie cerca, se relajó brevemente y hasta se permitió dejar en el suelo la bolsa que portaba. En ese momento fue consciente de los increíbles niveles de dopamina que su cuerpo albergaba. Cerró los ojos durante un par de segundos y se dejó llevar.
Una ligera brisa acarició su rostro. A pesar de no tener fuerza alguna, pudo sentir que venía cargada de frío. Ese mismo frío que se convirtió en un aliado, ya que le permitía vestir el gorro negro sin distintivos que le hacía ser todavía menos reconocible entre la gente. Miró a fondo su atuendo al tiempo que movía los brazos y giraba la cintura. Estaba impoluto, pero eso no era producto del azar, sino que se había cambiado detrás de unos arbustos. Flexionó ligeramente las rodillas para coger de nuevo la bolsa y comenzó a andar. Tenía claro hacia dónde iba. Sonrió al pensar que en pleno año 2017 todavía siguieran existiendo negocios como aquel, aunque a él le venía de perlas. Callejeó algo, más por seguridad que por necesidad, pero pronto llegó al local.
Entró en él.
Era un ciberlocutorio.
No era la primera vez que visitaba uno, aunque no solía repetir por los mismos motivos de seguridad que siempre le llevaban a dar algún rodeo antes de dirigirse a su verdadero destino, pero como cada vez que lo hacía, pensaba en que jamás hubiera pisado un lugar así en caso de no ser de extrema necesidad. Las razones de sí hacerlo estaban bastante claras: el anonimato que le proporcionaba una conexión sin nombre y apellidos, al margen de que los inmigrantes que solían pulular aquellos lugares pasaban de él. Y quizá ese argumento pesara incluso más que el primero.
Pagó el alquiler de un equipo y tomó asiento frente a uno de los ordenadores.
Volvió a notar el gusanillo otra vez dentro del estómago.
No era ningún monstruo.
La razón de sentirlo era bastante clara. La máquina ya giraba, pero ahora iba a coger bastante velocidad.
Antes de teclear se preguntó si él ya habría llegado.
Menuda tontería.
Sabía que sí.
Él lo había hecho regresar.
Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 19.21 horas. Madrid
No había pasado una eternidad desde la última vez que estuvieron ahí sentados, en el mismo lugar de siempre, pero ambos sentían que así era y eso solo añadía un extra de incomodidad a la situación. Ninguno había hablado aún, aunque en verdad no llevaban demasiado tiempo allí. La suerte estuvo de su lado, ya que Paqui, la dueña del bar La Madrileña II, no dudó en acercarse a ellos en el mismo instante en que los vio.
—Bueno, bueno… ¡dichosos los ojos!
—Hola, Paqui —saludó amistosamente Nicolás—, qué de tiempo, ¿eh?
—Y tanto. ¡Madre mía qué pelos me traes! ¿Es que te has vuelto un moderno de esos?
Él sonrió desganado, pero tratando de que no se notara en exceso.
—Qué va, Paqui. Lo que me he vuelto es un descuidado.
—Nada, vas guapísimo. Si es que menuda percha, hijo. Estáis invitados a lo que queráis. ¡Qué alegría tener de nuevo a mis dos policías favoritos!
Alfonso no pudo evitar mirar a Nicolás. El comentario de la dueña del bar no contenía malicia alguna, sin duda, pero sentía una tremenda curiosidad por ver la reacción del expolicía tras escucharlo. Pero no hizo nada. No se inmutó. O ensayó demasiado bien la pose o en verdad no le importaba no ser policía ya. Si lo último era cierto, no solo el exterior era completamente distinto de aquel Nicolás que se fue. Decidió dejarlo atrás todo y pidió:
—Para mí una Estrella Galicia, Paqui, supongo que Nicolás querrá su Nestea de siempre.
La pregunta iba cargada de intenciones.
Nicolás asintió.
La mujer se marchó sonriente.
—Eres único disimulando —soltó de golpe Nicolás.
—¿Qué?
—Te he visto mirarme de inmediato cuando Paqui lo ha dicho. ¿Te da morbo saber qué pienso acerca del tema?
—Morbo no. Curiosidad, sí.
Nicolás pareció sopesar la respuesta.
—Ahora mismo podría hacerme el duro y decirte que nada me importa una mierda. De hecho, me he pasado un año y pico autoconvenciéndome de que era así. Pero no. Todo me duele más de lo que me gustaría.
—Te duele, pero te vas. Y en vez de recular, prefieres quedarte escondido, sin aparecer. Nicolás, no me cuentes historias tristes, que no tengo ganas de llorar.
—Vale, que sí, que te entiendo. Todo lo que me digas lo entiendo, pero ¿no te ha pasado nunca que creías que hacías una cosa mal y, aun así, no podías dejar de hacerla?
—No.
—En serio.
—Sinceramente, ahora no lo recuerdo, pero supongo que sí.
—Pues justamente era eso lo que me pasaba. Te prometo que yo lo sabía, pero no encontraba las fuerzas para venir y enfrentarme a esto. Era como los caballos a los que les tapan los ojos para que solo puedan mirar hacia delante. ¿Me explico?
—Sí, pero no quita que no tenga ganas de estamparte la cabeza contra la barra.
Nicolás iba a responder, pero tuvo que esperar a que Paqui les dejara las bebidas y un generoso pincho de tortilla de patatas.
—Si quieres, puedes hacerlo. Si te hace sentir mejor…
—Lo dudo. Pero no lo voy a hacer por una única y sencilla razón: Paqui no se merece que le monte el espectáculo aquí en medio. Ahora bien, lo que sí podrías hacer es quitarte la puta etiqueta de víctima de todo. Sabes que me revienta. Y no te pega nada, hostia.
—Ya, claro, qué fácil. Creo que uno no elige cómo estar en cada momento. Lo de quitarme la etiqueta esa que dices sería sencillo si fuera impostada, Alfonso, pero me siento fatal. No lo puedo evitar.
—¿Y te crees que yo no? Y no voy llorando por las esquinas.
Nicolás cogió el vaso de tubo con el Nestea y tomó un trago antes de hablar.
—¿Me vas a decir que este año tú has sido la alegría de la huerta? Venga, que nos conocemos.
—Pues no, no lo he sido, pero seguía aquí. Al pie del cañón. Con mi mierda, pero aquí. Y he hecho el subnormal en el curro todo el tiempo, pero al menos estaba. Lo que tú hiciste era demasiado fácil. ¿Te crees que a mí no me hubiera gustado desaparecer? Incluso morirme, fíjate lo que te digo. Pero no. Con mejor humor o peor aquí he seguido. No puedo irme corriendo, sin más. No cuando hago daño a muchas personas con mi espantada.
—Lo sé. Ya te digo, no puedo justificarme. Y no es ir de víctima, es que no puedo.
—¿Te puedo preguntar, al menos, dónde has estado?
—Mejor que no lo sepas. Si no estoy orgulloso de haberme ido, mucho menos de dónde he ido y de lo que he hecho allí. Han sido meses raros. No quiero ni recordarlos, aunque hay imágenes que me asaltan a traición.
Alfonso iba a insistir, pero decidió dejarlo ahí. Si no lo quería contar, tampoco es que fuera a cambiar las cosas el saberlo. Se llevó un trozo de tortilla a la boca. No se percató de ello, pero era lo primero que probaba en todo el día aparte de una cantidad ingente de cigarrillos y cafés. El pincho le supo a gloria. Y no porque tuviera más hambre que Carpanta, qué va, fue porque Paqui hacía unas tortillas de patatas caseras a medio cuajar con su cebolla y todo que quitaban el sentido. Cuando se lo tragó observó a Nicolás. Había algo en él que le inquietaba. Desde el momento de su reencuentro hasta ahora parecía haber disminuido su tamaño considerablemente. Como si se hubiera deshinchado. No veía en él ni un mínimo rastro de la actitud pasota, chulesca y sin duda fingida que trajo. Ahora tenía delante al Nicolás de siempre, al inseguro, al angustioso, al noble… Eso le hizo modificar también su actitud frente a él. No es que dejara de creer que era un imbécil y un impresentable por haber actuado así, es que no le veía sentido a estar martirizándolo constantemente, ya que él mismo parecía hacerlo en su interior. Aun así, quiso hacerle la pregunta fatídica. La estuvo evitando, pero pensó que la mejor forma de normalizar la situación —en la medida de lo posible— era hablando abiertamente sobre ello.
—¿Echas de menos ser policía?
Nicolás no supo qué le llevó a saberlo, pero tenía el absoluto convencimiento de que Alfonso se lo iba a preguntar ya. A pesar de ello, no se sentía tan preparado como creía para contestar a algo así.
No es que quisiera hacerlo de ese modo, pero, ya puestos, dejó que la lágrima que en ese momento resbalaba por su rostro hablara por él.
—No te pienso abrazar, maricona —soltó Alfonso de golpe.
Nicolás levantó la cabeza y sonrió. Era la primera vez que lo hacía con absoluta sinceridad desde que se marchó.
—Va —insistió Alfonso—, en serio. Ya sé que sí, pero cuéntamelo tú mismo. ¿Lo echas de menos?
—Evidentemente. Creo que no sabría hacer otra cosa en mi vida que no sea trabajar como policía. Cada día pensaba en diferentes justificaciones a por qué me fui de aquí, pero la más recurrente era que no podía soportar verme fuera de todo. No quería no ser policía.
—Ya, capullo, pero nadie te dijo que te fueran a echar. Te iban a investigar y, probablemente, sancionar. Pero lo mismo era un par de meses fuera y listo. Ahora seguirías. De hecho, la sanción salió y yo no quise ni saberla. Y lo que más me jodía de todo es que creía que no era injusta, fuera la que fuese, porque te la merecías. Te la merecías por imbécil. Antes de entrar en el bar me he prometido que no te echaría en cara cómo actuaste, no quiero martirizarte más, pero es que te merecías cualquier sanción por haber hecho las cosas con el culo. Y la hostia que me diste te la guardo, no te creas que no. El día menos esperado te la voy a dar sin aviso alguno.
Nicolás no pudo responder. ¿Qué decir si creía que tenía razón?
—Lo que me jode, tío —continuó hablando Alfonso—, es precisamente eso. Que ahora estamos en bragas sin ti. Los inspectores que llegaron no son malos, qué va, pero es que no hay nadie que sepa más de Fernando que tú, hostia. ¡Que eres el puto Nicolás Valdés!
—Bueno. Aquí estoy. Quizá no pueda colaborar como policía, pero puedo ayudarte desde la sombra en lo que quieras.
Alfonso rio ante el comentario.
—¿Ahora qué eres, el poli corrupto apartado del cuerpo que quiere impartir justicia a toda costa sin acatar las normas? El papel no te pega, Nicolás, porque ni fumas ni bebes whisky. Además, qué coño, que no es Hollywood, que tenemos que pillar a ese chalado con lo que tenemos.
—Entonces, ¿no me contarías nada del caso?
—Coño, sabes que sí, pero no es lo mismo. Cuando te cuente las cosas a ti, el hijoputa puede haber matado a dos personas más. Y esa es otra, hay que encontrar a Carolina y saber qué ha sido de ella. Mira, ahí sí que puedes hacer algo. Búscala, búscala hasta debajo de las piedras y asegúrate de que está bien. No sé qué estás haciendo que no sales corriendo para encontrarla.
—Básicamente porque ahora mismo no tengo ni idea de cómo hacerlo; ha pasado todo demasiado rápido, pero lo que sea se me ocurrirá.
Alfonso bebió un trago de cerveza. Pidió otra a Paqui y esperó a que se la sirviera para hablar.
—Lo primero que tendrías que hacer es quitarte las pintas de Melendi que me llevas. No me creo que donde estuvieras no hubiera una puta maquinilla de afeitar o un barbero, que tenías dinero para hacerlo. No sabes lo que pareces.
—Vale, mamá. Oye, ¿qué tal está Alicia?
—Madre mía, doña Alicia me pone nervioso. Casi no hablamos porque cada vez que lo hacemos nos enganchamos en una pelea. Estamos tirantes desde que te fuiste. Pero si alguien ha cambiado es ella. A mejor, claro. Si fuera un tío te diría que se sacó la oposición con el cipote. Ya ha acabado en la División de Formación y Perfeccionamiento y está con las prácticas. He hablado con Brotons varias veces para que la incorpore a nuestra unidad en cuanto se pueda. La cabrona tiene madera y vale mucho, ¿sabes?
—Joder, se le veía. Sabía que lo lograría —comentó nostálgico.
—Mira, llorón, si quieres hablo con Brotons para que tú…
—Ni de coña —lo cortó tajante—, ¿tú te imaginas la situación? Ya no es orgullo, es que no tiene ni pies ni cabeza intentar volver. Además, que no me dejarían, qué cojones.
—Como quieras… ¿Y por Sara no preguntas?
El largo silencio de Nicolás dijo más que mil palabras. Al final se decidió a hablar:
—Me da miedo preguntar. No me imagino lo que pueda pensar de mí.
—Pues si te digo la verdad, no lo sé. Ya sabes que no la aguanto, ni ella a mí, así que hemos encontrado la excusa perfecta para no dirigirnos la palabra. Yo, encantado; ella, también. Todos felices. No tengo ni idea de cómo está ni cómo se quedó con tu marcha. No sé si te hará sentir mejor o peor, pero…
—Yo qué sé… Ahora mismo me siento saturado. No puedo dejar de darle vueltas a dónde estará Carolina.
—Vale, recapitulemos, ¿qué fue lo último que supiste de ella?
—Poco. Que salía con un compañero de trabajo y que vivía fuera del país. No sé si en Italia o en Israel.
—O en algún sitio que empiece con i, ¿no? —preguntó socarrón.
—No, joder, pero es que nunca he querido pensar demasiado en ella. Con saber que estaba bien me bastaba. Y ahora que no lo sé, me estoy reconcomiendo por dentro. Aunque sea una gilipollez, lo primero que voy a hacer es pasarme por su casa en Chueca. Ojalá me abra la puerta y todo sea un vacile de Fernando para que yo vuelva y ya está.
—Vale, no se me había ocurrido. En cuanto llegue al curro me voy con una patrulla para allá. Y sobre lo de que sea un vacile… me encantaría decirte que sí, Nicolás —Alfonso prefirió contarle lo que pasaba por su cabeza—, pero con este cabronazo de por medio…
Nicolás iba a contestar, pero el teléfono móvil de Alfonso comenzó a sonar. Resopló a la vez que lo sacaba de su bolsillo. Consideró el no cogerlo, pero reconoció el número y tuvo muy claro que no podía pasar de la llamada: era el jefazo.
—El que me faltaba ahora —dijo antes de presionar el icono de color verde—. ¿Sí?
—Gutiérrez. —La voz de Brotons se oía por todo el bar sin necesidad de altavoz—. Quiero que deje las putas cañas y que venga a mi despacho, a la de ya.
—Comisario, estaba llegando. Me tiene allí en cinco minutos.
—¿Está con usted?
—¿Quién?
—Vamos, que no soy imbécil. ¿Está o no está?
—Sí…
—Pues dígale que venga también. Y que se ponga un antibalas, por si acaso le vacío un cargador en el pecho en cuanto lo vea.
Alfonso se puso blanco. ¿De verdad el comisario le había pedido que Nicolás también fuera? ¿Sería para que volviera o porque de verdad le iba a morder la yugular por lo que hizo?
—Vengan a toda velocidad. —El comisario colgó sin darle oportunidad de réplica a Alfonso, aunque, en verdad, no tenía ni idea de qué decir. Se sentía perplejo.
Pese a que Paqui les dijo que los invitaba a tomar lo que quisieran, Alfonso sacó un billete de veinte euros y lo dejó encima de la barra.
Miró a Nicolás, que tampoco supo qué decir, y lo instó:
—Vamos.