Noches blancas

John Green · Capítulo 10 de 41

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Noches blancas

Capítulo 9

9

 

No se puede pasar tanto rato encerrada en el lavabo sin despertar ciertas sospechas. Pásate allí más de media hora y la gente empezará a mirar la puerta preguntándose qué te ocurre. Estuve ahí metida como mínimo treinta minutos, sentada en el plato de ducha, con la mampara cerrada, llorando con la cara hundida en una toalla de mano que decía: «¡Que nieve!».

Sí, que nevara. Que nevara y nevara, y que la nieve me enterrara. ¡Qué cosas tan graciosas tiene la vida!

Me daba pánico salir de allí, pero, cuando lo hice, descubrí que la cocina estaba vacía. Aunque habían animado el ambiente. Había una vela navideña encendida junto a la cocina, sonaban las canciones de Bing Crosby a todo volumen, y había una jarra de café humeante y una tarta casera en la encimera. Debbie emergió del cuarto de la lavadora, situado junto a la cocina.

—Le he pedido a Stuart que fuera a casa de los vecinos a pedir un mono de nieve para Rachel —dijo—. El suyo se le ha quedado pequeño, ha crecido mucho, y los vecinos tienen una hija de su misma talla. Stuart volverá pronto.

Me miró con comprensión, como diciendo: «Sé que necesitabas tiempo para ti. Ya me encargo yo».

—Gracias —dije, y me senté a la mesa.

—Y he hablado con tus abuelos —añadió Debbie—. Tu madre me ha dado su número. Estaban preocupados, pero los he tranquilizado. No te preocupes, Jubilee. Sé que estas fiestas pueden ser difíciles, pero intentaremos que sean especiales para ti.

Estaba claro que mi madre le había revelado mi verdadero nombre. Debbie lo pronunció con cautela, como si quisiera transmitirme que había tomado buena nota de él. Que su respeto era sincero.

—Siempre he pasado unas fiestas geniales —contesté—. Jamás he pasado una mala Navidad.

Debbie se levantó y me sirvió café, me puso la taza delante, junto con una garrafa tamaño familiar de leche y un azucarero enorme.

—Sé que debe de ser una experiencia muy dura para ti —me aseguró—, pero yo creo en los milagros. A lo mejor te parece cursi, pero creo en ellos. Y que hayas llegado a casa es un pequeño milagro para nosotros.

Levanté la vista para mirarla mientras me ponía leche en el café y estuve a punto de desbordar la taza. En el baño había visto un cartelito que decía: «¡Se dan abrazos gratis!». No era nada malo —estaba claro que Debbie era una persona agradable—, pero corría el peligro de caer en el abismo de la cursilería.

—¿Gracias? —dije.

—Lo que quiero decir es que… Hoy Stuart parece más feliz de lo que ha estado en… Bueno… Tal vez no debería contarte esto, pero… Bueno, a lo mejor él ya te lo haya contado. Se lo cuenta a todo el mundo, y parece que vosotros dos habéis congeniado, así que…

—¿Contarme el qué?

—Lo de Chloe —contestó con los ojos muy abiertos—. ¿No te lo ha contado?

—¿Quién es Chloe?

Debbie tuvo que levantarse y cortarme una buena porción de tarta antes de poder responder. Creedme, era un trozo enorme de verdad. Como el séptimo tomo de la colección de Harry Potter. Podría haber derribado a un atracador atizándole con esa porción de pastel. Aunque, en cuanto la probé, me pareció un tamaño apropiado. Debbie no se cortaba con las cantidades de mantequilla y azúcar.

—Chloe —dijo, bajando la voz— era la novia de Stuart. Cortaron hace tres meses y él… Bueno, él es tan buen chico, tan sensible… Se lo tomó fatal. Ella se portó muy mal con él. Muy mal. Anoche fue la primera vez en mucho tiempo que vi al Stuart alegre de antes, cuando tú estabas sentada con él.

—Yo… ¿Qué?

—Stuart tiene muy buen corazón —prosiguió, sin tener en cuenta el hecho de que yo me había quedado petrificada, con un pedazo de tarta sin masticar en la boca—. Cuando su padre, mi exmarido, se marchó, él tenía solo doce años. Pero tendrías que haber visto cómo me ayudó y cómo se portó con Rachel. Es muy buen chico.

No sabía por dónde empezar. Hablar con su madre de la ruptura sentimental de Stuart resultaba en parte violento e impactante. Lo que suele decirse es: «La mejor amiga de un chico es su madre». No es: «La mejor alcahueta de un chico es su madre». De ahí que me sintiera incómoda.

Peor aún, si es que esa situación podía empeorarse (y, por lo visto, sí podía), yo era el bálsamo que había curado las heridas de su hijo. Su milagro de Navidad. Me iba a retener allí para siempre, cebándome con pastel y vistiéndome con sudaderas enormes. Sería la novia de Flobie.

—Vives en Richmond, ¿verdad? —siguió parloteando—. Eso debe de estar a dos o tres horas en coche…

Estaba pensando en volver a encerrarme en el baño cuando apareció Rachel dando saltitos por la puerta y patinando con sus pantuflas en mi dirección. Intentó subírseme al regazo y me miró fijamente a los ojos. Seguía necesitando un buen baño.

—¿Qué te ocurre? —me preguntó—. ¿Por qué lloras?

—Echa de menos a su familia —contestó Debbie—. Es Navidad, y no puede verlos por culpa de la ventisca.

—Nosotros te cuidaremos —aseguró Rachel, me tomó de la mano y puso esa voz adorable de estar a punto de revelarme un secreto que saben poner los niños pequeños para salirse con la suya. Aunque, teniendo en cuenta los últimos comentarios de su madre, me sonó un tanto amenazadora.

—Eso ha sido muy bonito, Rachel —dijo Debbie—. ¿Por qué no vas a lavarte los dientes como una niña mayor? Jubilee sabe lavarse los dientes sola.

Sé hacerlo, pero no lo había hecho. No llevaba cepillo en la mochila. Cuando hice la maleta no estaba en mi mejor momento.

Oí que se abría la puerta de entrada y, al cabo de unos instantes después, Stuart entró en la cocina con un mono para la nieve.

—Solo he tenido que ver doscientas imágenes en un marco de fotos digitales — dijo—. ¡Doscientas! La señora Henderson quería demostrarme lo maravillosa que era esta prenda, tan estupenda que se conservaba como nueva después de doscientas fotos. ¿He dicho ya que eran doscientas? Bueno, ya está.

Soltó el mono y se disculpó diciendo que tenía que ir a quitarse los vaqueros y ponerse otros pantalones, porque se había quedado empapado por la nieve.

—Tranquila —me dijo Debbie cuando él salió—. Voy a llevar a esta señorita a jugar fuera para que vosotros podáis relajaros. Stuart y tú pasasteis mucho frío anoche. Os quedaréis en casa y os mantendréis abrigados hasta que averigüemos qué ocurre con tu tren. Le he prometido a tu madre que cuidaría de ti. Stuart y tú quedaos aquí a pasar el rato. Tomad un buen chocolate caliente, comed algo, meteos bajo una mantita…

En otras circunstancias habría interpretado que esa última frase significaba: «Acurrucaos bajo dos mantas diferentes, a varios metros de distancia, y mejor si hay un perro guardián entre ambos», porque eso era lo que siempre querían decir los padres. Sin embargo, me daba la sensación de que Debbie se sentía cómoda con la situación, aunque se nos ocurriera enrollarnos. Si sentíamos la necesidad de sentarnos en el sofá y compartir una manta para conservar el calor corporal, ella no se opondría. De hecho, seguramente, bajaría la calefacción y escondería todas las mantas menos una. Cogió el mono para la nieve y salió en busca de Rachel.

Me parecía una situación tan alarmante que por un momento olvidé lo mal que estaba pasándolo.

—Tienes cara de susto —dijo Stuart al volver—. ¿Ya ha estado espantándote mi madre?

Me reí de forma demasiado exagerada y me salió disparado un trozo de tarta de la boca. Stuart me dirigió la misma mirada que me había dedicado en la Waffle House la noche anterior, cuando yo divagaba sobre la condición de «parcialmente sueco» de Noah y mis problemas con la cobertura del móvil. No obstante, al igual que la noche anterior, no comentó nada sobre mi comportamiento. Se limitó a servirse una taza de café mientras me observaba con el rabillo del ojo.

—Mi madre va a salir un rato con mi hermana —explicó—, así que estaremos solos. ¿Qué te apetece hacer?

Engullí otro bocado de tarta para no tener que responder.