Noches blancas
La santa patrona de los cerdos (Lauren Myracle)
Lauren Myracle
LA SANTA PATRONA
DE LOS CERDOS
Para mi padre
y para el encantador pueblo de montana de Brevard,
Carolina del Norte, ambos llenos de gracia a reventar
1
Ser yo era un asco. Ser yo esa noche supuestamente maravillosa, con la nieve supuestamente maravillosa apilándose en montículos de un metro y medio, justo por debajo de la ventana de mi cuarto, era un asco aún mayor. Si a eso le sumaba que era Nochebuena, ser yo era casi un ascazo total. Y si además le sumaba la triste, dolorosa y devastadora ausencia de Jeb, «¡ding, ding, ding!», la campana situada en lo alto del «asquerosómetro» no podía tañer más alto.
En lugar de «Campana sobre campana», yo había dado la campanada: me había llevado el premio gordo de vidas que asqueaban. Genial.
«Bueno, aquí estás, con tu molinillo y tu anafre», me dije, al tiempo que deseaba que Dorrie y Tegan se dieran prisa en llegar. No tenía ni idea de lo que era un anafre, pero sonaba deprimente y aburrido, un objeto olvidado y abandonado en algún rincón porque ya nadie lo quiere. Como yo. Olvidada y abandonada.
«Arggg». Odiaba compadecerme de mí misma, que era la razón por la que había llamado a Tegan y a Dorrie, y les había suplicado que vinieran a verme. Pero aún no habían llegado, así que no me quedaba otro remedio que compadecerme de mí misma.
Porque echaba mucho de menos a Jeb.
Porque nuestra separación, ocurrida hacía solo una semana y que todavía dolía como una herida abierta, había sido culpa mía y solo mía. ¡La muy idiota!
Porque había escrito a Jeb un (¿patético?) e-mail pidiéndole por favor, por favor, por favor, que se reuniera conmigo en el Starbucks el día anterior para poder hablar. Pero él no se había presentado a la cita. Ni siquiera me llamó.
Y porque, después de esperarlo en el Starbucks durante casi dos horas, odiaba tanto mi vida y me odiaba tanto a mí misma que crucé como pude el aparcamiento y llegué hasta el salón de belleza Fantastic Sam’s, donde pedí con voz llorosa a la estilista que me rapara el pelo y me tiñera lo que quedara de color rosa. Y ella lo hizo, ¿por qué iba a importarle que yo cometiera un suicidio estilístico con mi cabellera?
Claro que me compadecía de mí misma: tenía el corazón partido, me daba asco y tenía pinta de pollo rosa desplumado.
—¡Dios mío, Addie! —dijo mi madre ayer por la tarde cuando por fin llegué a casa—. Menudo… corte de pelo tan impresionante. Y te lo has teñido. Tu bonita melena rubia…
Le eché una mirada en plan: «Ya que estás, ¿por qué no me pegas un tiro?», a la que ella respondió ladeando la cabeza, en plan advertencia, como diciendo: «Un momento, cariño, ya sé que estás hecha polvo, pero eso no te da derecho a tomarla conmigo».
—Lo siento —me disculpé—. Supongo que todavía no me he acostumbrado.
—Bueno… Es difícil acostumbrarse a algo tan distinto. ¿Qué te ha motivado a hacerlo?
—No lo sé. Necesitaba un cambio.
Soltó la batidora. Estaba preparando Cherries Jubilee, un postre de cerezas con licor y helado de vainilla, típico de la cena de Nochebuena en nuestra familia. La acidez de las cerezas trituradas hizo que me picaran los ojos.
—¿Por casualidad tiene algo que ver con lo que ocurrió en la fiesta de Charlie el sábado pasado? —me preguntó.
Sentí que me ardían las mejillas.
—No entiendo a qué te refieres. —Parpadeé—. Además, ¿tú cómo sabes qué ocurrió en la fiesta de Charlie?
—Bueno, cariño, es que estuviste llorando casi toda la noche hasta quedarte dormida…
—No, no es verdad.
—Y también está el detalle del puñado de horas que te has pasado colgada al teléfono hablando o con Dorrie o con Tegan.
—¡¿Has estado escuchando mis llamadas?! —le pregunté gritando—. ¡¿Has estado espiando a tu propia hija?!
—No se considera espiar cuando es imposible no oír al otro.
Me quedé mirándola boquiabierta. Fingía ser una madre perfecta, con su delantal navideño y preparando el postre de cerezas con la receta tradicional de la familia, cuando en realidad era… Era…
Bueno, no sabía qué era, pero sí sabía que escuchar las conversaciones de los demás era algo maligno y perverso.
—Y no digas «un puñado de horas» —le dije—. Eres demasiado vieja para hablar así.
Mi madre se echó a reír, y eso me fastidió todavía más, sobre todo porque entonces dejó de parecer cordial y me miró con esa cara de: «Pobrecita, es una adolescente y está condenada a que le partan el corazón».
—¡Oh, Addie! —exclamó—. ¿Lo has hecho para castigarte, cariño?
—¡Oh, Dios mío! —repliqué—. ¡Menudo comentario más inapropiado sobre el nuevo corte de pelo de alguien! —Y salí corriendo hacia mi cuarto para llorar a moco tendido en la intimidad.
Veinticuatro horas más tarde seguía metida en mi habitación. Había salido por la noche para comer el postre de cerezas y por la mañana para abrir los regalos, pero no lo había disfrutado. No me había invadido el espíritu navideño de júbilo y magia. De hecho, no estaba segura de seguir creyendo en el júbilo y la magia de la Navidad.
Rodé sobre la cama y agarré el iPod de la mesilla de noche. Seleccioné mi lista «Días tristes», compuesta por todas las canciones melancólicas de la historia, y le di al play.
Mi iPenguin movía con tristeza las aletas mientras «Fools in Love» sonaba en su cuerpo de plástico.
Luego volví al menú principal y fui pasando las opciones hasta llegar a «Fotos». Sabía que estaba adentrándome en un terreno peligroso, pero no me importaba. Seleccioné el álbum que me interesaba y di unos golpecitos con el dedo al botón para abrirlo.
La foto que apareció fue la primera que le había sacado a Jeb, una imagen robada con el móvil hacía poco más de un año. Ese día también nevaba, y en la foto Jeb tenía copos de nieve sobre el pelo negro. Llevaba solo una chaqueta vaquera aunque hacía un frío que pelaba, y recuerdo preguntarme si su madre y él andarían mal de dinero. Había oído que se habían mudado a Gracetown desde la reserva cherokee situada a unos ciento sesenta kilómetros de nuestro pueblo. Me parecía algo muy exótico.
En cualquier caso, Jeb y yo coincidíamos en la clase de inglés de segundo, y estaba guapísimo con su coleta negro azabache y sus ojos grises. Además, era un tío muy serio, y eso era algo nuevo para mí, porque yo era la típica payasa. Siempre lo veía inclinado sobre el pupitre, tomando apuntes, mientras yo no paraba de mirarlo a hurtadillas, maravillada por la forma en que le brillaba el pelo y por la belleza de sus pómulos, que eran lo más bonito que había visto en toda mi vida. Sin embargo, él era tan reservado que parecía indiferente, incluso cuando yo actuaba de forma superjovial. Al comentar esa cuestión tan problemática con Dorrie y Tegan, Dorrie sugirió que, a lo mejor, Jeb se sentía incómodo por el hecho de que en nuestro pequeño pueblo de montaña todo el mundo era auténticamente sureño, cristiano y blanco.
—Eso no tiene nada de malo —respondí, molesta, puesto que yo era las tres cosas.
—Ya lo sé —contestó Dorrie—. Solo digo que, a lo mejor, el chico se siente un poco extraño. Solo a lo mejor. —Dorrie sabía lo que decía; era una de los dos únicos alumnos judíos del instituto.
Tras pensarlo, me planteé si Jeb se sentiría como un extraño en nuestra comunidad. ¿Podría ser esa la razón por la que comía con Nathan Krugle, que sin duda era extraño por empeñarse en llevar siempre esa colección de camisetas de Star Trek? ¿Podría ser esa la razón por la que, todas las mañanas, antes de que abrieran el colegio, Jeb se apoyaba contra la pared, con las manos metidas en los bolsillos, en lugar de reunirse con todos nosotros para comentar el programa American Idol? ¿Sería esa la razón por la que no sucumbía a mis encantos durante la clase de inglés, porque se sentía demasiado incómodo para abrirse?
Cuantas más vueltas le daba, más me angustiaba. Nadie debería sentirse un extraño en su propio instituto, sobre todo nadie tan adorable como Jeb y, sobre todo, porque nosotros, sus compañeros de clase, éramos muy simpáticos.
Bueno, al menos Dorrie, Tegan, nuestros amigos y yo éramos muy simpáticos. Éramos muy, muy simpáticos. Los porretas no eran tan simpáticos. Eran unos maleducados. Ni Nathan Krugle, ese era un amargado y un resentido. Para ser sincera, me preocupaba mucho que Nathan pudiera comerle la cabeza a Jeb con vete a saber qué cosas raras.
Un día que estaba obsesionada con todo ese tema por enésima vez, pasé de la preocupación al mosqueo. En serio, ¿por qué habría decidido Jeb pasar tiempo con Nathan Krugle en lugar de pasarlo conmigo?
Por eso, el día en cuestión, estando en clase, le di unos golpecitos con el lápiz y le dije:
—¡Por el amor de Dios, Jeb! ¿Te importaría sonreír?
Se sobresaltó, se le cayó el libro al suelo, y yo me sentí fatal. Pensé: «Para el carro, Addie. Ya que estamos, la próxima vez, ¿por qué no le soplas una trompetilla en la oreja?».
Sin embargo, en ese momento, las comisuras de sus labios esbozaron una sonrisa, y se prendió una chispa de simpatía en sus ojos. Ocurrió algo más, algo que hizo que se me acelerase el pulso. Se ruborizó un poco y se agachó, a toda prisa, para recoger el libro.
«¡Ah! —Caí en lo que ocurría y me avergoncé de mí misma—. ¡Lo único que pasa es que es tímido!».
Recostada sobre la almohada, me quedé mirando la foto de Jeb en el iPod hasta que me dolió demasiado seguir viendo su imagen.
Apreté el botón central, y apareció la foto siguiente. Era del Gran Bombardeo de Hollyhock, que había tenido lugar la Nochebuena del año anterior, solo un par de semanas después de que yo le dijera a Jeb que sonriera, ¡por el amor de Dios! Como el día de Nochebuena era uno de esos que duraban una eternidad, por la impaciente espera de los regalos de Navidad, unos cuantos fuimos a dar un paseo por Hollyhock Park, para airearnos un poco.
Pedí a uno de los chicos que llamara a Jeb, y, milagrosamente, él accedió a acompañarnos.
Acabamos haciendo una guerra de bolas de nieve, de chicos contra chicas, y fue genial. Dorrie, Tegan y yo levantamos un fuerte y organizamos un sistema de distribución de bolas de nieve que consistía en que Tegan las hacía, yo las apilaba y Dorrie bombardeaba a nuestros enemigos con precisión letal. Estábamos machacando a los chicos hasta que Jeb se coló por nuestra retaguardia y me derribó. Usó todo el peso de su cuerpo para tirarme sobre nuestra pila de proyectiles nevados. Me entró nieve por la nariz y me dolió un montón, aunque me sentía demasiado eufórica para que me importara. Me volví boca arriba, riendo, y la cara de Jeb quedó pegada a la mía, a tan solo unos milímetros.
Esa fue la imagen que capturó la cámara, fue una foto tomada por Tegan con su móvil. Jeb volvía a llevar la chaqueta vaquera —la azul desteñida que le quedaba tan sexy porque resaltaba su tez morena— y también estaba riendo. Mientras contemplaba nuestros rostros felices, recordé que no me soltó enseguida. Se apoyó en los antebrazos para no aplastarme, y su risa fue moderándose hasta convertirse en una expresión de curiosidad que me hizo sentir un cosquilleo en el estómago.
Después de la guerra de bolas de nieve, Jeb y yo fuimos a tomar unos mocha lattes, los dos solos. Lo sugerí yo, pero Jeb accedió sin pensarlo. Fuimos al Starbucks y nos sentamos en las dos butacas violeta de terciopelo que hay a la entrada del local. Yo estaba como loca de contenta, él se mostraba tímido. Sin embargo, poco a poco, fue relajándose y adoptó una actitud más segura. Se acercó a mí y me cogió de la mano. Me sorprendió tanto que tiré el café.
—¡Dios mío, Addie! —exclamó y, al decirlo, se le marcó más la nuez—. ¿Puedo besarte?
Se me disparó el corazón y, de pronto, la tímida era yo, lo cual no tenía ningún sentido. Jeb me cogió la taza y la dejó encima de la mesa, se acercó a mí y posó sus labios sobre los míos. Cuando al final se apartó un poco, su mirada tenía la calidez del chocolate fundido.
Sonrió, y yo también me derretí como el chocolate.
Fue la Nochebuena más perfecta de toda mi vida.
—¡Eh, Addie! —me llamó mi hermano pequeño desde el piso de abajo, donde mi madre, mi padre y él estaban jugando a un juego de la Wii que le había traído Papá Noel—. ¿Quieres boxear conmigo?
—No, gracias —respondí.
—¿Y una partida de tenis?
—No.
—¿Bolos?
Solté un bufido. La Wii no era precisamente algo que me hiciera saltar de alegría. Pero Chris tenía ocho años. Solo intentaba animarme.
—¡A lo mejor más tarde! —le contesté gritando.
—Vale —respondió, y oí las pisadas que se alejaban.
También oí que decía a nuestros padres: «Ha dicho que no», y me sentí aún más melancólica. Mi padre, mi madre y Chris estaban juntos abajo, con los nunchakus en los puños y atizándose en la cara alegremente, mientras yo estaba en mi cuarto, triste y sola.
«¿Y de quién era la culpa?», me pregunté a mí misma. «Venga ya, cierra el pico», me respondí.
Fui pasando las fotos: Jeb posando en plan cursi con un pastelito Reese’s Big Cup, porque sabía que era mi dulce favorito y me lo había traído para darme una sorpresa.
Jeb en verano, sin camiseta, en la fiesta de la piscina de Megan Montgomery. ¡Dios, era tan guapo…!
Jeb con gesto entre lascivo y adorable, en el lavado de coches benéfico que organizó el Starbucks del pueblo. Me quedé mirando su foto y me derretí por dentro. Había sido un día muy divertido, y no solo divertido, sino guay, porque estábamos allí por una buena causa. Christina, la jefa de mi turno en el Starbucks, se había puesto de parto antes de hora, y nuestro local quería ayudarle a pagar las facturas del hospital que el seguro no cubría.
Jeb se había ofrecido voluntario para echar una mano y se comportó como un auténtico caballero. Llegó a las nueve en punto de la mañana y se quedó hasta las tres, limpiando coches y trabajando como una bestia; parecía uno de esos tíos buenos que salen en los calendarios universitarios con el torso desnudo. Hizo muchísimo más de lo que podría esperarse de un novio, y me sentía pletórica. Cuando el último coche salió del aparcamiento, rodeé a Jeb con los brazos y pegué mi cara a la suya.
—No tenías que esforzarte tanto —dije. Inspiré su olor a jabón—. Era tuya desde que te he visto limpiar el primer coche.
Me había puesto en plan provocativo, y para ello usé una frase de Renée Zellweger en Jerry Maguire, cuando dice a Tom Cruise, «Era tuya desde el primer “hola”». Pero Jeb frunció el ceño y respondió:
—Ah, ¿sí? Vale. Pero no entiendo muy bien qué quieres decir.
—¡Ja, ja! —dije yo suponiendo que deseaba que le dijera más cosas bonitas—. Ha sido un detallazo que te hayas quedado hasta el final. Si lo has hecho para impresionarme… Bueno, que no hacía falta. Eso es todo.
Enarcó las cejas.
—¿Crees que he lavado todos esos coches para impresionarte?
Sentí que me ardían las mejillas y caí en la cuenta de que no estaba de broma.
—Esto… Ya no.
Me sentí tan avergonzada que intenté apartarme de él. Pero me lo impidió. Me besó en la coronilla y dijo:
—Addie, mi madre me ha criado sola.
—Ya lo sé.
—Por eso sé lo difícil que es ser madre soltera para una mujer. Eso es todo.
Por un instante me sentí muy tonta. Era algo lamentable. Aunque sabía que el hecho de que Jeb quisiera ayudar a Christina ya era bueno de por sí, no me habría importado que parte de su motivación hubiera estado relacionada conmigo.
Jeb me acercó a su cuerpo.
—Aunque me alegro de haberte impresionado —dijo, y sentí sus labios sobre mi piel. También noté el calor de su torso bajo su camiseta mojada—. No hay nada que desee más que impresionar a mi chica.
Yo no estaba del todo lista para que me sacara de mi enfurruñamiento con una bromita.
—¿Estás diciendo que soy tu chica?
Se rio, como si le hubiera preguntado una obviedad.
No dejé que se librara de contestar, y me aparté de él. Me quedé mirándolo en plan: «¿Y bien?».
Su mirada de ojos negros se tornó seria y me agarró las manos.
—Sí, Addie, eres mi chica. Siempre serás mi chica.
Encerrada en mi habitación, cerré los ojos con fuerza, porque aquel recuerdo resultaba demasiado doloroso, demasiado. Demasiado doloroso y difícil de rememorar, demasiado parecido a perder un pedazo de mi ser, que, de hecho, era lo que había ocurrido. Apreté el botón de apagado del iPod, y la pantalla se volvió negra. La música dejó de sonar, y mi iPenguin dejó de bailar. Emitió ese sonidito triste de «¿Me estás apagando?», y le dije:
—Estamos apagándonos las dos, Pingu. Tú y yo.
Me dejé caer sobre la almohada y me quedé mirando al techo, para seguir dándole vueltas a cómo se habían estropeado las cosas entre Jeb y yo. Para pensar por qué había dejado de ser su chica. Conocía la respuesta más evidente («Eso, no, caca. Ni se te ocurra meterte en ese jardín»), aunque no podía evitar analizar de forma obsesiva lo que nos había llevado hasta ese punto, porque, incluso antes de la fiesta de Charlie, las cosas no iban bien entre nosotros. Y no era porque él no me quisiera, yo sabía que me quería. Y yo le quería tanto que llegaba a dolerme.
En mi opinión, lo que nos había separado fue la forma en que demostrábamos nuestro amor. O, en el caso de Jeb, la forma en que no lo demostraba. Al menos, esa era la sensación que tenía yo. Según Tegan, que estaba enganchada al consultorio amoroso del doctor Phil, Jeb y yo hablábamos diferentes idiomas en el amor.
Yo quería que Jeb fuera dulce, romántico y cariñoso, como lo había sido en el Starbucks cuando me besó por primera vez la Nochebuena del año anterior. Un mes después, acabé consiguiendo un trabajo en ese mismo local y recuerdo que pensé: «Genial, así podremos revivir nuestro beso una y otra y otra y otra vez».
Pero no lo hicimos, ni una sola vez. Aunque él se pasaba siempre por allí y yo me esmeraba por expresar con lenguaje corporal que deseaba sus besos, lo máximo a lo que llegamos fue a que se acercara más al mostrador para tensarme el nudo del delantal verde.
—Hola, chica de los cafés —me decía. Que era algo muy mono, pero no lo suficiente…
Y ese era solo un ejemplo. Había más. Yo quería que me llamara siempre para darme el beso de buenas noches, y él se sentía incómodo haciéndolo porque su piso era muy pequeño. «Es que no quiero que mi madre me oiga en plan cursi», me dijo. También estaba eso de que a otros chicos les parecía del todo normal coger de la mano a su novia por los pasillos del instituto, pero, cuando yo se la cogía a Jeb, él me daba un apretón rápido y me la soltaba.
—¿No te gusta tocarme? —le pregunté.
—Claro que me gusta —dijo. Adoptó esa mirada que yo estaba intentando borrar para siempre de su rostro y habló con voz ronca—. Ya sabes que me gusta, Addie. Me encanta estar contigo. Lo que pasa es que prefiero hacerlo cuando estemos solos de verdad.
Durante mucho tiempo, aunque todo eso me preocupara, me lo callaba. No quería ser una novia quejica.
Sin embargo, más o menos cuando llevábamos seis meses juntos (yo le regalé a Jeb una playlist con las canciones más románticas de la historia, y él no me regaló nada), me sentí muy triste. Y eso era un asco, porque yo estaba con el chico al que quería y deseaba que todo fuera perfecto entre nosotros, pero no podía encargarme yo sola de todo. Y si eso me convertía en una novia quejica, pues vale.
Por ejemplo, el tema de nuestro sexto mes juntos. Jeb se dio cuenta de mi malestar y no paraba de preguntarme qué me pasaba.
—¿A ti qué te parece? —le solté al final.
—¿Es porque no te he regalado nada? —me preguntó—. No sabía que íbamos a hacernos regalos.
—Bueno, pues tendrías que haberlo sabido —mascullé.
Al día siguiente me regaló uno de esos colgantes con forma de corazón de una máquina expendedora, de esas que funcionan con monedas de cuarto de dólar. Lo había sacado del huevo de plástico y lo había metido en una cajita de joyería. No logró impresionarme. Al día siguiente, Tegan me apartó del grupo para decirme que a Jeb le preocupaba que no me hubiera gustado el regalo, porque no lo llevaba puesto.
—Lo compró en el Duque y Duquesa —dije—. Es el colgante de la máquina expendedora de chorradas que hay al lado de la puerta. Es un collar de cuarto de dólar conseguido al azar.
—¿Y sabes cuántas monedas de cuarto de dólar tuvo que echar Jeb para conseguir precisamente ese colgante? —me preguntó Tegan—. Treinta y ocho. No paraba de entrar a la tienda para pedir cambio en la caja.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Quieres decir que…?
—Que quería regalarte ese colgante y no otro. El del corazón.
No me gustaba la forma en que Tegan estaba mirándome. Desvié la mirada.
—Siguen siendo menos de diez dólares.
Tegan se quedó callada. Yo tenía demasiado miedo para mirarla.
—Sé que lo has dicho sin pensar, Addie —dijo al final—. No seas idiota.
No quería ser idiota y por supuesto que me daba igual el precio del regalo. Pero quería más de lo que Jeb podía darme, y cuanto más tiempo pasábamos así, peor nos sentíamos los dos.
Transcurrieron varios meses, ¿y sabéis qué?: yo seguía haciendo que Jeb se sintiera como una mierda y él hacía lo mismo conmigo. No era algo constante, pero sucedía muchas más veces de lo que resultaba saludable, o como se diga.
—Tú quieres que sea alguien que no soy —me dijo la noche antes de que rompiéramos.
Estábamos sentados en el Corolla de su madre, delante de la casa de Charlie; todavía no habíamos entrado. Si pudiera retroceder hasta esa noche y no entrar jamás en esa casa, lo haría. Sin dudarlo.
—Eso no es cierto —repuse. Busqué a tientas la parte rajada del asiento del copiloto y empecé a agujerear la espuma del relleno con un dedo.
—Sí que es cierto, Addie —dijo.
Cambié de estrategia.
—Vale, aunque sí lo fuera, ¿por qué tiene que ser algo malo? La gente cambia por los demás continuamente. Fíjate en cualquier historia de amor, y verás que los protagonistas están deseando cambiar para que la pareja funcione. Por ejemplo, en Shrek, cuando Fiona le dice a Shrek que está harta de que esté tirándose eructos y pedos todo el rato. Y Shrek se pone en plan: «Soy un ogro. Asúmelo». Y Fiona le contesta: «¿Y si no puedo?». Por eso él se bebe esa poción que lo convierte en un príncipe que está como un tren. Lo hace todo por amor a Fiona.
—Eso es en la segunda parte de Shrek —dijo Jeb—. No en la primera.
—Da igual.
—Al final, Fiona se da cuenta de que no quiere que él sea un príncipe que está como un tren. Quiere que Shrek vuelva a ser un ogro.
Fruncí el ceño. No lo recordaba así.
—Lo que importa es que él estaba dispuesto a cambiar —dije.
Jeb lanzó un suspiro.
—¿Por qué tiene que ser siempre el chico el que cambie?
—La chica también puede cambiar —contesté—. Eso da lo mismo. Lo que estoy diciendo es que, si quieres a alguien, tienes que demostrarlo. Porque, Jeb, solo tenemos una vida. Solo una. —Me notaba cada vez más tensa por la desesperación. Ya conocía esa sensación—. ¿Es que no puedes simplemente intentarlo, aunque solo sea porque sabes que es muy importante para mí?
Jeb se quedó mirando por la ventanilla del acompañante.
—Lo que yo quiero… Quiero que me sigas hasta la escalerilla de un avión a punto de despegar y me cantes una balada en la cabina de primera clase, como hace Robbie con Julia en El chico ideal —dije—. Quiero que construyas una casa para mí, como Noah hace por Allie en El cuaderno de Noah. ¡Quiero que me lleves volando por el océano mientras navegamos en un transatlántico! Como hace el tío de Titanic, ¿recuerdas?
Jeb se volvió hacia mí.
—¿El tío ese que se ahoga?
—Bueno, evidentemente no quiero que te ahogues. No estoy hablando de ahogarse. Me refiero a que me gustaría que me quisieras tanto que estuvieras dispuesto a ahogarte por mí si fuera necesario. —Se me quebró la voz—. Quiero… Quiero que tengas un gran gesto de amor.
—Addie, ya sabes que te quiero —dijo.
—O al menos un gesto mediano —insistí, incapaz de dar mi brazo a torcer.
Su rostro se debatía entre la desesperación y la angustia.
—¿No puedes confiar en nuestro amor sin exigirme que te lo demuestre a cada segundo?
Por lo visto, no podía, como había quedado demostrado gracias a lo que ocurrió a continuación. Bueno, no exactamente «lo que ocurrió», sino lo que yo hice. Porque me puse ciega de alcohol y me porté como una imbécil, y porque me bebí unos treinta y ocho cuartos de dólar en cerveza, si no más. Quizá no fueron treinta y ocho, pero sí un montón. Y no puedo echarle toda la culpa a la borrachera.
Jeb y yo entramos en la fiesta, pero cada uno fue por su lado, porque seguíamos enfadados. Yo acabé en el sótano con Charlie y otros chicos, mientras Jeb se quedó en el piso de arriba. Más tarde me enteré de que se había unido a un grupito de frikis del cine que estaban viendo Tú y yo en la tele de plasma de los padres de Charlie. El hecho de que estuviera viendo precisamente esa película era una ironía terrible, que podría haber resultado incluso divertida, pero no lo fue para nada.
Yo me dediqué a jugar a «Un limón, medio limón» con los chicos en el sótano, porque Charlie me convenció y porque es un auténtico demonio. Cuando el juego fue decayendo, me preguntó si podíamos ir a hablar a algún sitio tranquilo y, como una idiota, lo seguí obediente y dando tumbos hasta el cuarto de su hermano mayor. Estaba un poco sorprendida, porque Charlie y yo nunca habíamos tenido una conversación así de personal.
Pero Charlie formaba parte del grupo de tíos que tanto Jeb como yo frecuentábamos. Era arrogante y se daba aires de superioridad y, en general, era un caraculo, por usar una expresión de un chico coreano del insti, pero es lo que tenía Charlie. Como parecía un modelo de Hollister, podía permitirse el lujo de ser un caraculo.
Una vez en el cuarto de su hermano, me hizo sentarme en la cama y me dijo que necesitaba que le aconsejara sobre Brenna, una chica de nuestro curso con la que salía a veces. Me miró con esa cara de «Ya sé que soy muy mono y voy a sacarle partido» y me habló de la suerte que tenía Jeb de salir con una chica tan genial como yo.
Solté un gruñido y creo que dije:
—Vale, lo que tú digas.
—¿Estáis teniendo problemas? —me preguntó—. No me digas que estáis teniendo problemas, porque sois la pareja ideal.
—Sí, claro, por eso Jeb está arriba haciendo vete a saber tú qué, y yo estoy aquí abajo contigo. —«¿Por qué estoy aquí abajo contigo?», recuerdo haber pensado y «¿Quién ha cerrado la puerta con llave?».
Charlie insistió en que entrara en detalles, se mostró encantador y comprensivo, y, cuando empecé a lloriquear, se acercó más para consolarme. Yo me resistí, pero él presionó sus labios contra los míos hasta que al final sucumbí.
Un chico estaba haciéndome mucho caso, un chico muy mono y carismático, ¿a quién le importaba que no lo hiciera con sentimiento?
Yo sí lo hice con sentimiento. Incluso mientras traicionaba a Jeb, puse sentimiento en lo que hacía.
Revivía ese momento de forma obsesiva y esa era la parte que me mataba. ¿En qué estaba pensando? Jeb y yo teníamos problemas, pero yo seguía queriéndolo. Lo quería entonces y lo quiero ahora. Lo querré siempre.
Pero ayer mismo, cuando no se pasó por el Starbucks, me envió el mensaje, alto y claro, de que él ya no me quería.