Noches blancas
Capítulo 3
3
Al asomarme a la plataforma helada del vagón, salpicada de nieve porque la puerta estaba abierta, vi a los miembros de la tripulación revisando el tren con sus linternas.
Se encontraban a varios vagones de distancia, y aproveché para salir. Los peldaños metálicos estaban en un ángulo muy vertical, eran muy altos y la nieve helada los cubría por completo. Además, entre el tren y el suelo había más de un metro de separación. Me senté en el último escalón húmedo, mientras la nieve me caía en la cabeza, y me di impulso para levantarme con mucha precaución. Caí a cuatro patas sobre la superficie cubierta por casi treinta centímetros de nieve, me hundí hasta los muslos, pero no fue muy doloroso. No tenía que ir muy lejos. Estábamos justo al lado de la carretera, a unos seis metros más o menos. Lo único que tenía que hacer era llegar hasta allí, cruzar los carriles y pasar por debajo del cruce elevado. Tardaría solo un par de minutos.
Jamás había cruzado una interestatal de seis carriles. Jamás se me había presentado la ocasión, y, de haber sido así, me habría parecido una mala idea cruzarla. Pero no se veía ningún coche. Parecía el fin del mundo, un nuevo inicio de la existencia; el antiguo orden había desaparecido. Me costó unos cinco minutos cruzar la autovía, porque el viento soplaba con fuerza y se me metían los copos de nieve en los ojos. En cuanto lo conseguí, vi que debía cruzar un tramo más. Podía tratarse de hierba o asfalto o más carretera, en ese momento, estaba todo blanco y parecía profundo. Fuera lo que fuese, había un bordillo oculto debajo con el que tropecé. Cuando por fin llegué a la puerta del local, estaba cubierta de nieve de los pies a la cabeza.
En el interior de la Waffle House la temperatura era muy cálida. De hecho, hacía tanto calor que las ventanas estaban cubiertas de vaho, lo que hacía que los enormes adornos navideños pegados en los cristales empezaran a despegarse y estuvieran a punto de caerse. Los altavoces emitían los típicos temas de jazz navideño, con su sonsonete machacón. Los olores predominantes eran de líquido limpiasuelos y aceite de freidora demasiado reaprovechado, aunque percibí un tenue aroma prometedor. Habían frito patatas y cebollas hacía no mucho tiempo, y estaban ricas.
Lo que se intuía al observar al personal no era mucho mejor que las conclusiones sobre la comida. Desde el fondo de la cocina llegaba el sonsonete de dos voces masculinas, solapadas con sonidos de bofetadas y risas. Había una mujer sumida en su propia desgracia, situada en el rincón más alejado de la trastienda, con un plato lleno de colillas delante de ella. El único empleado visible era un chico, más o menos de mi edad, que montaba guardia en la caja registradora. La camiseta de Waffle House le quedaba demasiado larga y holgada, el pelo de punta le asomaba por debajo de una gorra con visera que llevaba caladísima hasta las orejas. En la placa con su nombre se leía: DON-KEUN. Cuando entré, estaba leyendo una novela ilustrada. Mi aparición le iluminó un poco la mirada.
—¿Qué pasa? —dijo—. Tienes cara de frío.
Fue una observación acertada. Respondí asintiendo con la cabeza.
Don-Keun estaba muerto de aburrimiento. Se percibía en su voz y por la forma en que estaba echado sobre la caja registradora, como abatido.
—Esta noche todo es gratis —añadió—. Puedes pedir lo que quieras. Órdenes del cocinero y del ayudante del encargado en funciones. Ambos dos ante tus ojos.
—Gracias —contesté.
Creí que estaba a punto de añadir algo más, aunque hizo como una mueca de disgusto, abochornado por el ruido de la trifulca a bofetón limpio de la trastienda, que cada vez se oía con mayor nitidez. Había un periódico y varias tazas de café delante de uno de los sitios de la barra. Fui a tomar asiento solo unos taburetes más allá, esforzándome por mostrarme sociable. Cuando me senté, Don-Keun se volvió de golpe hacia mí.
—Hummm… Quizá sería mejor que no te…
Dejó la frase inacabada y retrocedió un paso cuando alguien avanzó hacia la barra desde los baños. Era un hombre de unos sesenta años, con el pelo rubio, ligera barriga cervecera y gafas. ¡Ah, sí!, e iba vestido con papel de aluminio. De los pies a la cabeza. Incluso iba tocado con un gorrito del mismo material. Y lo llevaba como si nada.
Tío de Aluminio ocupó el sitio con el periódico y las tazas, y me saludó moviendo la cabeza antes de que yo pudiera levantarme.
—¿Cómo va la noche? —me preguntó.
—Podría irme mejor —respondí con sinceridad. No sabía hacia dónde mirar: a su cara o a su cuerpo deslumbrante, cegador.
—Mala noche para salir.
—Sí —respondí al tiempo que escogía su abdomen deslumbrante, cegador, como punto en el que concentrar la mirada—. Muy mala.
—¿Por casualidad no necesitarás que te remolque?
—No, a menos que tenga usted un remolque para trenes.
Se quedó pensándolo un rato. Resulta muy violento cuando alguien no capta una ironía y dedica un tiempo a intentar entender lo que acabas de decir. Resulta doblemente violento si la persona en cuestión va vestida con papel de aluminio.
—Demasiado grande —respondió al final negando con la cabeza—. No funcionaría.
Don-Keun también negó con la cabeza y me dedicó una mirada como diciendo: «Escapa antes de que sea demasiado tarde».
Sonreí e intenté demostrar un repentino interés por el menú, que requería toda mi atención. Pedir algo me parecía lo más apropiado. Miré la carta una y otra vez, como si no lograra decidirme entre el bocadillo de gofres y las hash browns, las deliciosas tortas de patata rayada fritas a la plancha con queso fundido.
—Tómate un café —dijo Don-Keun, se acercó y me pasó una taza.
La bebida parecía quemada y desprendía un olor nauseabundo, aunque no era el momento de andarse con remilgos. De todas formas, creo que el café no era más que la coartada que me ofrecía el chico para librarme de la conversación.
—¿Has dicho que ibas en tren? —me preguntó Don-Keun.
—Sí —dije y señalé por la ventana.
Tanto el chico como Tío de Aluminio se volvieron para mirar, pero arreciaba la ventisca.
Ya no se veía el tren.
—No —repitió Tío de Aluminio—. Para los trenes no sirve.
Hizo el gesto de ajustarse los puños de papel de aluminio para subrayar el comentario.
—¿Eso le funciona? —le pregunté tras reunir el valor necesario para comentar lo evidente.
—¿Que si me funciona el qué?
—Lo que lleva. Es como lo que se ponen los corredores cuando terminan un maratón, ¿no?
—¿Qué es lo que llevo?
—El papel de aluminio.
—¿Qué papel de aluminio? —preguntó.
Después de esa pregunta, me olvidé de mis buenos modales y de Don-Keun y fui a sentarme junto a la ventana, a contemplar como vibraba el cristal por el azote del viento y la nieve.
Lejos de allí, el Smörgåsbord estaría en su momento álgido. A esas alturas se habría acabado toda la comida: los monstruosos jamones gigantes, los numerosos pavos, las albóndigas, las patatas asadas con crema de leche, el pudin de arroz, los cuatro tipos de encurtidos de pescado…
En otras palabras, era un mal momento para llamar a Noah. Sin embargo, él me había dicho que lo avisara en cuanto llegara. Y no iba a llegar mucho más lejos del lugar donde me encontraba.
Por eso lo llamé, y enseguida saltó el buzón de voz. No había pensado qué iba a decir ni qué actitud iba a adoptar, de modo que recurrí al tono desenfadado y dejé un mensaje atropellado, y seguramente también incomprensible, en el que le contaba que estaba atrapada en un extraño pueblo, junto a una interestatal, en una Waffle House, con un hombre vestido con papel de aluminio. No fue hasta ese momento cuando me di cuenta de que Noah habría creído que estaría tomándole el pelo —de una forma rara, eso sí— y que lo llamaba justo cuando más ocupado estaba. Seguramente le habría molestado el mensaje.
Estaba a punto de volver a llamarlo y hablarle con un tono más serio para aclarar que todo lo anterior no había sido una broma, cuando noté una corriente de aire, una especie de succión producida por la apertura repentina de las puertas en el instante en que un recién llegado se unió a nuestro grupito. Era alto, delgado y, por lo visto, del género masculino. Aunque resultaba difícil asegurarlo, porque iba cubierto con bolsas de plástico empapadas, las llevaba en la cabeza, en las manos y en los pies. Con él, ya eran dos las personas vestidas con cosas que no eran ropa.
Gracetown empezaba a no gustarme nada.
—He perdido el control del coche en Sunrise —dijo el chico a todos los presentes en general—. He tenido que dejarlo tirado.
Don-Keun asintió en silencio con la cabeza indicando que lo entendía.
—¿Necesitas que te remolque? —preguntó Tío de Aluminio.
—No, tranquilo. Nieva tanto que no sé si podría localizarlo.
Mientras iba quitándose las bolsas vi que el chico era de aspecto bastante normal: tenía el pelo mojado, negro y rizado, era más bien delgaducho y llevaba unos vaqueros que le iban un poco grandes. Miró hacia la barra y se acercó a mí.
—¿Te importa que me siente aquí? —me preguntó en voz baja. Asintió con un gesto casi imperceptible en dirección a Tío de Aluminio. Resultaba evidente que tampoco quería sentarse a su lado.
—Claro que no —dije.
—Es inofensivo —aclaró el chico, que seguía hablando en voz muy baja—. Pero se enrolla como una persiana. Un día me tuvo media hora pillado. Le gustan mucho las tazas. Es capaz de estar horas hablando de tazas.
—¿Siempre va vestido con papel de aluminio?
—Si no fuese vestido así, creo que no lo reconocería. Me llamo Stuart, por cierto.
—Yo… Julie.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —me preguntó.
—El tren. —Señalé el panorama de nieve y oscuridad—. Nos hemos quedado atrapados en la vía.
—¿Adónde ibas?
—A Florida. A ver a mis abuelos. Mis padres están en la cárcel.
Decidí que valía la pena intentarlo, soltarlo como si nada. Obtuve la reacción que esperaba, aunque solo a medias. Stuart se echó a reír.
—¿Estás con alguien? —me preguntó.
—Tengo novio —dije.
Normalmente no soy tan tonta, lo prometo. Pero solo podía pensar en Noah. Seguía obsesionada con el estúpido mensaje que le había dejado en el buzón de voz.
Stuart arrugó las comisuras de los labios, como si estuviera intentando reprimir una sonrisa. Tamborileó con los dedos sobre la mesa y sonrió mientras dejaba pasar aquel momento incómodo. Yo debería haber aprovechado la escapatoria que estaba ofreciéndome con el gesto, pero no fui capaz de dejarlo estar. Sentí la necesidad de justificarme.
—La única razón por la que he dicho eso —empecé a explicar, al tiempo que caía en la cuenta de que estaba metiéndome en un jardín— es porque se supone que tendría que llamar a mi novio. Pero no tengo cobertura.
En efecto, acaba de usar la excusa de Jeb. Aunque, por desgracia, no tuve en cuenta que tenía el móvil justo delante, encima de la mesa, con todas las rayas de cobertura bien visibles. Stuart se quedó mirándolo y luego me miró a mí, pero no dijo nada.
Yo, sin embargo, tenía algo que demostrar. Era incapaz de callarme hasta dejar bien claro lo normal que era.
—Bueno, antes no tenía cobertura —aclaré—. Hasta ahora mismo.
—Seguramente es por el temporal —comentó él con amabilidad.
—Seguramente. Voy a intentar llamarlo ahora. Seré rápida.
—Tarda todo lo que quieras —respondió.
Que era la respuesta lógica. Porque solo se había sentado conmigo para escapar de la conversación sobre tazas con Tío de Aluminio. No teníamos por qué estar excusándonos sobre cuánto íbamos a tardar en volver. Además, estoy segura de que Stuart se alegró de que dejara de hablar. Se levantó y se quitó el abrigo mientras yo iba a llamar. Debajo llevaba el uniforme de los grandes almacenes Target, e incluso más bolsas de plástico. Cayeron al suelo desde el interior de su abrigo, eran casi una docena. Las recogió todas sin inmutarse.
Cuando saltó el buzón de voz de Noah, intenté ocultar mi frustración estirando el cuello para mirar por la ventana. No quería dejar un segundo mensaje patético delante de un chico al que acababa de conocer, así que colgué.
Stuart me miró levantando los hombros como diciendo: «¿Nada?» al tiempo que se sentaba.
—Deben de estar ocupados con el Smörgåsbord —dije.
—¿El Smörgåsbord?
—La familia de Noah es parcialmente sueca, por eso celebran un Smörgåsbord espectacular en Nochebuena.
Me fijé en como se le levantaba una ceja cuando dije «parcialmente». Usaba mucho esa palabra. Era una de las favoritas de Noah. Se la había copiado a él. Ojalá hubiera recordado no usarla estando con otras personas, porque era parte de nuestro vocabulario de pareja. Además, teniendo en cuenta que estaba intentando convencer a un desconocido de que no estaba como una chota, soltar cosas del tipo «parcialmente sueca» no era lo más conveniente.
—¿A quién no le gusta un buen Smörgåsbord? —dijo, con tono de broma.
Había llegado el momento de cambiar de tema.
—Target. —Señalé su camiseta. Mejor dicho, lo pronuncié «Tarshei», con una especie de acento francés que no me quedó muy gracioso.
—En efecto —contestó—. Ahora entenderás por qué he arriesgado la vida para llegar al trabajo. Cuando tienes una ocupación tan importante como la mía, hay que arriesgarse. De no hacerlo, la sociedad se desestabiliza. Ese chico tiene muchas ganas de llamar por teléfono.
Stuart señaló por la ventana, y me volví para ver de qué se trataba. Jeb estaba plantado delante de la cabina telefónica, rodeada por unos treinta centímetros de nieve.
Intentaba forzar la puerta para abrirla.
—¡Pobre Jeb! —exclamé—. Debería dejarle mi móvil… Ahora que tengo cobertura, claro.
—¿Ese es Jeb? Tienes razón… Un momento… ¿Conoces a Jeb?
—Viajaba en mi tren. Me ha dicho que venía a Gracetown. Habrá pensado recorrer el resto del camino a pie o algo por el estilo.
—Parece que lo de la llamada es una cuestión de vida o muerte —dijo Stuart y retiró la resbaladiza pegatina con forma de bastón de caramelo que había en la ventana para poder verlo mejor—. ¿Por qué no usa su móvil?
—Se le ha roto cuando nos hemos chocado.
—¿Que os habéis chocado? —repitió Stuart—. ¿Vuestro tren se ha… chocado?
—Con la nieve de la vía, nada grave.
Stuart iba a insistir un poco más en el tema del choque del tren cuando se abrió la puerta, y entonces entraron ellas. Las catorce, gritando y chillando y seguidas por una estela de copos helados.
—¡Oh, Dios mío! —solté.