Noches blancas

John Green · Capítulo 6 de 41

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Noches blancas

Capítulo 5

5

 

Nos alejamos de la Waffle House por una pequeña carretera secundaria, guiándonos solo por las parpadeantes luces de posición de los coches que pasaban cada pocos segundos y dibujaban una senda amarilla de luz estroboscópica en la oscuridad. Caminábamos por el centro del asfalto, en plan apocalíptico, como los dos últimos habitantes de la Tierra. Permanecimos en silencio durante al menos quince minutos. Hablar consumía demasiada energía, y la necesitábamos para seguir adelante. Además, abrir la boca suponía que todo el aire gélido nos entraría en los pulmones.

Cada paso era un pequeño reto. El grosor de la nieve acumulada era tanto y te atrapaba de tal forma que su fuerza me tiraba de los pies hacia abajo cada vez que la pisaba. Como era de esperar, tenía las piernas tan congeladas que empecé a sentirlas calientes. Las bolsas que llevaba en la cabeza y en las manos sí que me protegían. Cuando ya habíamos adoptado un ritmo de marcha, Stuart rompió el hielo e inició una conversación.

—¿Dónde están realmente tus padres? —me preguntó.

—En la cárcel.

—Sí. Lo has dicho cuando estábamos dentro. Pero te pregunto dónde están de verdad.

—Que están en la cárcel —dije por tercera vez.

Intenté que esa vez me tomara en serio. Lo entendió bastante bien y no repitió la pregunta, aunque se tomó un rato para asimilar mi respuesta.

—¿Por qué? —dijo al final.

—Bueno…, participaron en un… altercado.

—¿Qué son, manifestantes?

—Son compradores —dije—. Participaron en un altercado en una feria comercial.

Se detuvo en seco.

—¡¿No me digas que ha sido en el altercado de la feria de Flobie en Charlotte?!

—Ahí ha sido —respondí.

—¡Oh, Dios mío! ¡Tus padres son de los cinco de Flobie!

—¿«Los cinco de Flobie»? —pregunté con voz temblorosa.

—Los cinco de Flobie han sido el temazo del día en el trabajo. Todos los clientes hablaban de ellos. Los informativos han estado poniendo imágenes del altercado todo el día…

¿Los informativos? ¿Imágenes? ¿Todo el día? Ah, sí, bien, bien, bien… Unos padres famosos, el sueño de cualquier chica.

—Todo el mundo adora a los cinco de Flobie —añadió—. Tienen montones de fans… Bueno, al menos les parecen graciosos.

Sin embargo, debió de percatarse de que a mí no me parecía tan gracioso y de que esa era la razón por la que estaba perdida en un extraño pueblo justo en Nochebuena, con bolsas de plástico en la cabeza.

—¡Ahora eres guay! —Empezó a dar grandes saltos por delante de mí—. Seguro que la CNN te entrevista. ¡La hija de Flobie! No te preocupes. ¡Yo espantaré a las cámaras!

Interpretó un teatrillo fingiendo que impedía el paso a los periodistas y daba puñetazos a los fotógrafos, y fue una coreografía complicada. Y logró animarme. Yo también empecé a interpretar mi papel, me tapé la cara con las manos como si estuvieran disparándome flashes. Seguimos así durante un rato. Fue una buena forma de desconectar de la realidad que estábamos viviendo.

—Esto es ridículo —dije al final, después de estar a punto de caerme intentando esquivar a uno de los paparazzi imaginarios—. Mis padres están en la cárcel. Por una casita navideña de cerámica.

—Mejor por eso que porque estuvieran traficando con crack —repuso, y volvió a situarse a mi altura—. ¿No crees?

—¿Siempre estás tan contento?

—Siempre. Es un requisito para trabajar en Target. Soy un Smiley humano.

—¡Tu novia estará encantada!

Lo dije solo para parecer inteligente y observadora. Esperaba que él dijera: «¿Cómo has sabido que tenía…?». Le habría respondido: «He visto la foto de tu cartera». Y él habría pensado que yo era como Sherlock Holmes y le habría parecido menos desquiciada que al conocerme en la Waffle House. (Algunas veces, hay que esperar un poco para recibir esa clase de gratificaciones, pero siempre compensa).

Sin embargo, en lugar de reaccionar como yo esperaba, volvió la cabeza con brusquedad hacia mí, parpadeó y siguió caminando con paso firme y dando grandes zancadas. Se acabó la diversión. Se puso serio de golpe.

—No queda mucho. Pero en este punto hay que tomar una decisión. Desde aquí, podemos continuar por dos caminos. El que sigue por aquí mismo, por el que tardaremos unos cuarenta y cinco minutos yendo a este paso. O el atajo.

—Vamos por el atajo —respondí enseguida—. Evidentemente.

—Es por aquí, el camino más corto, porque esta carretera da toda la vuelta y el atajo va en línea recta. Si fuera solo, lo cogería sin pensarlo, y hasta hace media hora esa era mi situación…

—El atajo —repetí.

En plena tormenta, con la nieve y el viento azotándome la cara y haciendo que me ardiera la piel y la cabeza y las manos envueltas en bolsas de plástico, no necesitaba mucha más información. Fuera como fuese ese atajo, no podía ser mucho peor que lo que ya estábamos haciendo. Y si Stuart ya había pensado en ir por allí antes, no había razón para que no hiciera lo propio conmigo.

—Vale —dijo Stuart—. Básicamente, el atajo nos lleva por detrás de esas casas.

Mi casa está justo ahí, a unos ciento ochenta metros. Creo. Más o menos.

Dejamos las luces amarillas parpadeantes de la carretera y atajamos por una senda totalmente a oscuras que discurría entre unas casas. Mientras avanzábamos, saqué el móvil del bolsillo para ver si tenía alguna llamada perdida. No tenía ninguna llamada de Noah. Intenté hacerlo con disimulo, pero Stuart me vio.

—¿Ninguna llamada? —me preguntó.

—Aún no. Debe de seguir ocupado.

—¿Sabe lo de tus padres?

—Sí que lo sabe —dije—. Se lo cuento todo.

—¿Y lo hacéis los dos? —me preguntó.

—¿Cómo que si lo hacemos los dos?

—Has dicho que tú le cuentas todo —respondió—. No has dicho que los dos os lo contéis todo.

¿Qué clase de pregunta era esa?

—Pues claro —contesté enseguida.

—¿Cómo es, a parte de ser «parcialmente sueco»?

—Es inteligente —aseguré—. Pero no es pedante. No es de esos que siempre tienen que estar diciéndote su nota media, o que te dan pistas veladas sobre el puesto que ocupan en la lista de calificaciones de su clase. En él resulta natural. No necesita matarse a estudiar para sacar buenas notas, y no le importan tanto. Pero saca buenas notas. Muy buenas. Juega al fútbol. Participa en los concursos de matemáticas. Y es muy popular.

Lo juro, le solté ese rollo. Lo reconozco, fue como si intentara vender a Noah. Y sí, Stuart volvió a poner su cara de: «Estoy intentando no reírme de ti». Pero ¿cómo se suponía que debía responder a su pregunta? Todas las personas a las que yo conocía también conocían a Noah. Sabían quién era, lo que simbolizaba. No estaba acostumbrada a explicar cómo era.

—Impresionante currículum —dijo él, aunque no parecía para nada impresionado —. Pero ¿cómo es?

¡Oh, Dios! Habíamos entrado en un bucle.

—Es como… Como acabo de decirte.

—Tiene mucha personalidad. ¿Es poeta en la intimidad o algo así? ¿Baila en su habitación cuando cree que nadie lo mira? ¿Es divertido, como tú? ¿Cómo es en esencia?

Estaba segura de que Stuart intentaba tomarme el pelo con aquello de la «esencia». Aunque algo de lo que había dicho me había gustado, lo de si Noah era divertido, como yo. Eso había estado bien.

La respuesta era que no. Noah era muchas cosas, pero para nada divertido. En términos generales, se divertía mucho conmigo, aunque, como ya sabréis a estas alturas, a veces me resulta muy difícil permanecer callada.

En esas ocasiones, él ponía cara de cansancio.

—Intenso —dije—. En esencia es intenso.

—¿Intenso en plan positivo?

—¿Saldría con él si no fuera así? ¿Queda mucho?

Stuart por fin captó el mensaje y cerró el pico. Seguimos caminando en silencio hasta que llegamos a un espacio vacío con solo un par de árboles. A lo lejos, en lo alto de una cuesta, había más casas. Vislumbré el brillo lejano de unas luces de Navidad.

La nieve caía con tanta fuerza que todo se veía borroso. La lluvia de copos me habría parecido bonita de no haber sido porque se clavaban como agujas en la piel. Tenía las manos tan congeladas que habían sobrepasado el límite del frío y las notaba casi calientes. Las piernas no iban a sostenerme mucho más.

Stuart alargó un brazo y me obligó a parar.

—Verás —dijo—. Tengo que explicarte algo. Vamos a cruzar un pequeño riachuelo. Está congelado. Antes he visto a gente patinando por la superficie.

—¿Qué profundidad tiene?

—No es muy profundo. Un metro y medio, más o menos.

—¿Dónde está?

—En algún punto justo delante de nosotros —dijo.

Miré hacia el horizonte, totalmente teñido de blanco. En algún punto había una pequeña cuenca de agua, oculta bajo la nieve.

—Podemos retroceder —sugirió.

—¿Tú ibas a ir por ese camino sí o sí? —le pregunté.

—Sí, pero no tienes que demostrarme nada.

—Ya lo sé —respondí intentando parecer más segura de lo que me sentía—. Entonces ¿seguimos caminando y ya está?

—Ese es el plan.

Y eso fue lo que hicimos. Supimos que habíamos llegado al riachuelo cuando la capa de nieve se hizo más fina. Notamos que la superficie se volvía resbaladiza en comparación con la solidez y la resistencia que habíamos percibido hasta entonces al pisar el suelo.

Fue el momento en que Stuart decidió retomar la conversación.

—Esos tíos de la Waffle House tienen mucha suerte. Están a punto de pasar la mejor noche de su vida —dijo.

Percibí cierta provocación en su tono, como si quisiera picarme. Yo no debería haber mordido el anzuelo, pero sí lo hice, por supuesto.

—¡Dios! —exclamé—. ¿Por qué los tíos sois tan simples?

—¿En qué sentido? —preguntó y me miró de soslayo, siguiendo con su jueguecito.

—Has dicho que tienen mucha suerte.

—Porque están atrapados en una cafetería con una docena de animadoras, ¿eso no es tener suerte?

—¿A qué viene esa fantasía tan arrogante? —solté, con más brusquedad de la que pretendía—. ¿De verdad los tíos creen que, por ser los únicos machos del lugar, las chicas se les echarán encima? ¿Como si solo pensáramos en encontrar machos supervivientes y montarnos una orgía con ellos?

—¿No es eso lo que suele ocurrir? —preguntó.

No me molesté en dignificar su comentario con una respuesta.

—Pero ¿qué problema hay con las animadoras? —preguntó, y parecía encantado de haber logrado provocarme—. Yo no digo que solo me gusten las animadoras. Lo que digo es que no tengo prejuicios contra ellas.

—No se trata de tener prejuicios —repliqué con firmeza.

—Ah, ¿no? Entonces ¿de qué se trata?

—Es por lo que representan las animadoras —afirmé—. Son esas chicas situadas en la banda, con sus minifaldas, diciendo a los chicos que son geniales. Elegidas solo porque son guapas.

—No sé… —dijo él en plan burlón—. Juzgar a grupos de personas a las que no conoces, dar cosas por supuestas, hablar sobre si son guapas o no… A mí sí que me parece una cuestión de prejuicios, pero…

—¡Yo no tengo prejuicios! —espeté, incapaz de controlar mi reacción airada.

En ese momento nos envolvía la oscuridad. El cielo estaba brumoso y tenía un tono rosa grisáceo. A nuestro alrededor solo se veían las siluetas de unos árboles enclenques y pelados, como manos huesudas que emergían del suelo. Sobre el terreno blanco e infinito que teníamos a nuestros pies se levantaba un remolino de copos de nieve, el ulular solitario del viento lo recorría todo y las sombras de las casas se proyectaban sobre el suelo.

—Verás —dijo Stuart, resistiéndose a dejar aquel molesto jueguecito—, ¿cómo sabes que en su tiempo libre no son voluntarias del servicio de emergencias? A lo mejor se dedican a rescatar gatitos o se encargan de la gestión de algún banco de alimentos…

—Porque sé que no lo hacen —repuse, y lo adelanté. Al hacerlo, resbalé, pero logré enderezarme—. En su tiempo libre van a hacerse la cera.

—¡Eso no lo sabes! —me gritó desde atrás.

—Es algo que no tendría que explicarle a Noah —dije—. Él lo entendería enseguida.

—¿Sabes? —contestó Stuart con tono envidioso—, con todo lo maravilloso que dices que es ese tal Noah, ahora mismo no me impresiona demasiado.

Ya había tenido bastante. Me volví y empecé a desandar el camino, dando pasos firmes y decididos.

—¿Adónde vas? —me preguntó—. ¡Oh, venga ya!

Él intentó quitarle hierro al asunto, pero yo me había hartado. Pisaba con fuerza para no perder el equilibrio.

—¡El camino de regreso es demasiado largo! —Salió corriendo para alcanzarme —. No te vayas. En serio.

—Lo siento —respondí, como si en realidad no me importara mucho—. Es que creo que sería mejor si…

Se oyó un ruido. Un ruido nuevo, distinto del ulular del viento, de los chapoteos de los pasos sobre el suelo húmedo, de las pisadas en la nieve y del hielo. Era como un chisporroteo, como el crepitar de un tronco ardiendo, lo que, teniendo en cuenta el frío, resultaba del todo irónico. Ambos frenamos en seco. Stuart me lanzó una mirada de alarma.

—No te muev…

Entonces la superficie sobre la que nos encontrábamos se hundió.