Novikov

B. Crespo · Capítulo 4 de 5 · parte 1/3

Páginas del PDF

Novikov

La miró... Miró... Y miró...

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

- Mi hermano se metió en un lío enorme. No me dejaban verle, nadie me decía

porque lo habían detenido, así que... Pensé que agrediendo a un policía me encerrarían y podría hablar con él.

- ¿Y pudiste?

Había pasado a morderse la uña con más insistencia. Era como cuando estabas viendo una película y comías palomitas. Así estaba ella. Expectante ante lo que iba a decirle y por eso no podía dejar de mordisquear su dedo.

Dmitriy dejó caer la cabeza hacia adelante en signo derrotado y muy flojito contesto:

- No. Agredí a un policía para nada. Me encerraron en una celda completamente solo y por muchas voces que di gritando el nombre de mi hermano, no obtuve respuesta. — Ladeó la cabeza y sonrió. - Pero ayer si me dejaron verle.

- ¿En serio?

- Sí, uno de los guardias antes de que me soltaran, me dejó hablar con él cinco minutos.

- ¿Y? ¿Por qué eres tan lento?

Dmitriy rió por su impaciencia. Llevó la mano a su mejilla y acarició su rostro como antes no le había dejado.

- No es importante. Lo único que me interesaba era regresar a casa, contigo. Ya he avisado a mi abogado y mi cabeza está girando para encontrar una solución para su problema. — Dio un toque en su nariz. - ¿Sigues enfadada?

Se encogió de hombros.

- Podría preguntar lo mismo.

- Leona, me habría encantado llamarte, pero como te acabo de decir he tenido cuatro días insoportables. Luego llego deseando estrecharte en mis brazos y me recibes con la misma cara de mala leche de Fiona en Sreck y con un guantazo

que por poco me deja sordo. Ah, y sin dejar que me explique.

- Lo siento. Puede que me haya pasado...

Se acercó, sus labios casi se rozaban. Cerró los ojos creyendo que la iba a besar.

Sorprendida los abrió al sentir como Dmitriy perfilaba sus labios con sus dedos.

El aire se le cortó. Adoraba sus manos, sus labios, sus ojos, cuando era delicado, cuando era rudo, cuando era cariñoso, cuando era exigente... Besó sus dedos.

- Creo que los dos hemos empezado la mañana con mal pie. ¿Probamos otra vez? — Insinuó Dmitriy haciéndola sonreír.

Asintió con energía. Se había pasado. Empezaba a darse cuenta que no se podía presuponer y mucho menos actuar sin saber lo que había sucedido.

- Buenos días, leona.

Le dio un beso que recibió gratamente como debía haber sido desde un principio.

- Lo siento. Soy un poco extrema.

- ¿Un poco? Me has dejado la cara más colorada que un pintalabios rojo.

Soltó una carcajada que no pudo reprimir. Dmitriy era único y especial. Su especial e increíble hombre de hielo con el corazón más hermoso mejor escondido.

- ¿Te apetece comer fuera?

Sus palabras la hicieron caer en que todavía no tenía permiso para moverse de la cama. Nerviosa se mordió el labio. ¡Turno de discusión para Travis!

- ¿No te han informado las niñeras?

- No le he dejado hablar esta mañana. ¿De qué tendría que informarme Travis?

- Dmitriy, él no tuvo la culpa...

La hizo callar levantando el dedo. Se asomó a la puerta y gritó el nombre de Travis con todas sus fuerzas. Viendo todo el aire que había soltado en una sola palabra, pensó que se había quedado sin oxígeno y que en cualquier momento caería al suelo sin respiración.

- Señor.

- ¿Qué ha ocurrido estos días?

Travis bajó la cabeza. De nuevo sintió lástima por él. Ver lo responsable que se sentía de su golpe, cuando era absurdo que él fuera el culpable, hizo que el pecho se le comprimiera con fuerza.

- Dmitriy...

Otra vez la hizo callar. Resopló. Cuando Dmitriy se ponía así, lo mejor era dejarle hacer. El problema era que no se fiaba de que se enganchara a golpes con el pobre. Travis metió la mano en su bolsillo, al sacarla traía en ella un papel doblado. Se lo extendió y esperó con las manos metidas en los bolsillos.

Dmitriy comenzó a leer. En todo momento estuvo atenta a él. No sabía qué decía ese papel, pero bueno no era, si Dmitriy se había puesto rígido a medida que avanzaba su lectura. Supuso que había terminado cuando la hoja se arrugó en su mano. Buscó sus ojos porque eran lo único que le hacían tener una idea de como se encontraba. Se asustó. El color que tanto le gustaba había sido devorado por un color sombrío que nunca había detectado en ellos.

- ¡Dmitriy! — Desgarró su voz a la vez que se tapó la cara.

Dmitriy le había asestado un puñetazo en la boca a Travis. Le había partido el labio. Eso es todo lo que vio antes de llegar a taparse del todo la cara. No quería ver como Dmitriy seguía propinando golpes.

- ¡Para qué mierda te pago! ¿No entiendes lo que es que estés al pendiente de ella las veinticuatro horas? ¡Veinticuatro!

- Señor... ¿Cómo iba a saber?

Se oyó otro impacto que la hizo sentir terror. Dmitriy estaba fuera de sí. Podía entenderlo, ponerse en su situación. Era normal, había estado fuera, no se había enterado de nada y ahora se topaba de frente con que ella había estado cinco días en cama y él ausente.

- ¡No tienes que saber! ¡Te dije que te quería bien cerca de ella precisamente por esto!

No le fue muy difícil saber que la estaba señalando.

- ¡Dmitriy!

El rugido de Mijaíl consiguió que apartara las manos y pudiera volver a ver lo que allí estaba ocurriendo. Mijaíl empujaba a Dmitriy al otro lado de la habitación para que no se echara sobre Travis. Suspiró aliviada y agradecida.

- Lo siento, señor.

- ¡Fuera! — Graznó haciendo retumbar su voz en el dormitorio.

Travis salió maldiciendo contra él mismo. Mijaíl le soltó y en dos segundos lo tuvo sentado cogiendo su cara con desesperación.

- ¿Cómo te encuentras? ¿Te sigue doliendo? ¿Qué necesitas que haga? ¿Llamo al doctor?

Sus ojos estaban tan perdidos... La recorrían sin control, como si buscara alguna señal de que estaba sufriendo. Su corazón le dio un vuelco. Sujetó su cara de la misma forma en la que él la sostenía. Sentir como temblaba en sus manos, era una sensación que jamás olvidaría; era otra señal de que su corazón le pertenecía.

- Estoy bien... Simplemente bésame.

Enseguida cumplió su petición. Sus labios tomaron los suyos y con más

suavidad que nunca se movieron durante minutos sobre los suyos.

- Ты сукин сын. — Espetó Mijaíl saliendo del cuarto e interrumpiendo su momento íntimo.

Dmitriy giró la cabeza hacia la puerta. Sus labios se habían formado una línea.

Sus ojos se habían oscurecido y sus palmas se habían hecho puños apresando las sábanas en sus manos. Recordó las palabras que Mijaíl acababa de decir y tuvo que recomponer su semblante para que Dmitriy no viera que sabía que su hermano le había dicho; que era un hijo de puta.

Dmitriy regresó su atención a ella. Al mirar sus ojos, los suyos se suavizaron y su sonrisa apareció de nuevo en sus labios. Con desesperación apresó su boca.

Los besos se volvieron posesivos, exigentes y muy... Excitantes. Tantos días sin él, lograron que su deseo subiera a un ritmo acelerado y eso que únicamente la estaba besando. Su respiración se disparó y le fue difícil mantener aire en sus pulmones.

Cada beso era más demoledor que el anterior y cuando pasó a morder y lamer sus labios, ella ya estaba perdida sin poder ocultar lo mucho que necesitaba que la tocara.

Dmitriy lentamente se alejó y apoyó su frente en la de ella. Se quejó. No quería que se detuviera y se lo hizo saber pasando con sensualidad su lengua por sus labios. Dmitriy gruñó y se alejó un poco más.

- Estoy bien, Dmitriy. — Dijo sabiendo lo que por su cabeza estaba pasando.

- Lo sé. — Sonrió. - Pero no estás recuperada.

CAPÍTULO VEINTICINCO

El doctor hacía diez minutos había salido de su dormitorio. ¡Podía levantarse! La sonrisa que tenía en la cara era enorme. Todo el que la viera pensaría que le había tocado la primitiva. Para ella era lo mismo. Se sentía feliz, a pesar de que se le había prohibido hacer esfuerzos durante una semana más, estaba contenta porque podía andar, salir, pasear... Se acabó estar tendida como si fuera una enferma y atendida las veinticuatro horas del día.

Con cuidado se puso de pie. Al principio andar fue un problema, tenía los pies entumecidos. Se sentó y de esa forma fue moviendo las piernas hasta sentir un cosquilleo. Síntoma de que las piernas empezaban a despertarse tras varios días sin movimiento. Siguió un poco más con los estiramientos sentada y poco después, logró ir hasta el cuarto de baño por sí sola.

- Si que tenías prisa.

Se giró y vio como Dmitriy se apoyaba en el marco de la puerta.

- Odio ser una carga. — Comentó volviendo a lo que estaba haciendo.

Reguló el grifo. El agua empezó a salir caliente. Observó a su hombre de hielo y bajo su mirada intensa, se desprendió del camisón. Dmitriy deleitó sus oídos con un gruñido de protesta. Su sonrisa creció mientras se internaba en la ducha.

- Iré avisando a la familia que vaya sirviendo la comida.

- ¿No te gustan las vistas? — Comentó con falsa inocencia.

Se giró para encontrar su mirada. Dmitriy se había acercado tanto que casi parecía parte del cristal de la mampara. Observó encandilada como presionaba el dedo contra el cristal empañado por el agua caliente. La encandiló cada movimiento firme que hizo sobre el cristal.

- ¿Estás seguro? — Interrogó al ver que su dedo había finalizado su tarea.

Sus ojos se llenaron de dudas por unos segundos mientras la miraba a los ojos.

Carraspeó y asintió con seguridad.

- ¿Quieres apostar?

- Leona... — Avisó con poca convicción.

- Valeee. — Cedió dándose la vuelta.

¡No se lo creía ni él! Solamente había dicho lo que él quería escuchar, pero estaba por ver lo que hacía cuando se diera cuenta, que no tenía ninguna intención de cumplirla. Recordó lo que había escrito: "mucho, no sabes lo que me cuesta mantener las manos lo más lejos posible de tu piel exquisita, pero nada de sexo hasta el lunes que viene".

Negó con la cabeza. Ya estaba dándole vueltas a la cabeza para echar por tierra esa absurda norma. Terminó de aclararse y salió de la ducha. Con precaución se secó y poco después se puso un jersey celeste con el pantalón a juego. Se recogió el pelo sin peinar en una coleta como muchas veces hacía. En un principio su idea fue ir directa a la sala donde todos estaban. Cosa que no hizo porque al mirar el techo su atención fue reclamada por la lluvia.

- Agua, pura y limpia. — Dijo escuchando el sonido de la lluvia.

Se había sentado en los escalones del jardín y allí llevaba escasos dos minutos centrada en el chaparrón. Agradecía que no se viera ningún relámpago, lo más probable ya se hubiera encerrado en el dormitorio. Que la lluvia le pareciera agradable, no significaba que los truenos no la hicieran botar o cerrar los ojos por el estruendo y mucho menos que los relámpagos no la asustaban.

- Vas a pillar un resfriado.

Claudia se sentó y le pasó el brazo por encima de los hombros. Las dos miraban el cielo ennegrecido.

- ¿Te acuerdas al principio de conocernos?

- ¿Aquel día que nos tuvimos que encerrar en el coche por tu culpa?

La miró con los ojos brillantes por la diversión.

- ¡Eh, no fue mi culpa!

Dejó reposar la cabeza sobre el hombro de su amiga.

- ¿Ah, no? ¿No fue tu idea salir en plena nevada para ir al cine? ¿Y por tu cabezonería, cuando salimos la nieve había apretado y tuvimos que estar horas encerradas hasta que el camino fue despejado?

- A todo el mundo le ha sucedido alguna vez. — Se exculpó.

Alzó la cabeza y la miró como diciendo: "contigo pasa siempre".

- Como se nota que ya no te acuerdas cuando fuimos al Starved Rock State Park.

Después de arrastrarnos durante dos horas en coche. Nos hiciste patear los cañones estrechos, donde no nos dejaste descansar hasta ver todo lo que querías.

- Ja, ja, ja. El acantilado fue una pasada.

- Sí y la cascada.

- No te quejaste mientras te bañabas. — Ironizó Claudia.

- ¿Y quién lo haría? No soy fanática de pasarme el día andando, me dolieron los pies durante dos días, con tanta subida y bajada de escaleras, rampas y colinas.

Es normal que por lo menos quisiera guardar un recuerdo bonito para cuando saliera el tema.

- Yo no me quejo cuando me llevas a esa torre infernal con balcones de cristal.

— Atacó.

- ¿Qué cosa no haces?

- Bueno puede que un poco. Pero tu eres demasiado quejica.

- Porque a ti solamente se te ocurren majaderías. — Protestó. - ¿Y el día que lloviznaba? Nos hiciste subir a la azotea de tu piso y acabamos empapadas y resfriadas durante cuatro días.

Claudia la miró con los ojos achinados. La conocía demasiado y sabía que eso solamente tenía un significado; estaba intentando contener su risa a raya.

- ¿También soy la culpable de que el tiempo empeorara mientras estábamos allí arriba?

- ¡Nooo! Por supuesto que no. Pero si de que no nos avisaras que la cerradura por fuera estaba rota y solo se podía abrir desde dentro. Nos costó media hora de tiritones tu corta memoria.

Su risa estalló. Ahí estaba la condenada que a todo le veía la gracia. Daba igual que lloviera, que hiciera viento, que nevara... El tiempo era una nimiedad cuando a su amiga se le ocurría algún plan que llevar a cabo. No, con ella siempre una estaba entretenida y por descontado que gracias a ella sus recuerdos eran muchos; todos problemáticos y divertidos.

- Y porque... Uno de los gemelos... Estaba cerca... Que si no... posiblemente seguiríamos allí... — Soltó entre carcajadas.

Su contestación divertida, la hizo romper a reír. Claudia era un caso. ¿Querías diversión? Su nombre era Claudia. ¿Querías bailar bajo la lluvia en bañador? Esa también era Claudia. ¿Subir en globo y en vez de estar observando las vistas, estar escribiendo cualquier chorrada en un papel para hacerlo después un avión y lanzarlo desde el cielo? También era Claudia. ¿Comprar caramelos y pasarte toda la noche de halloween plantada en la puerta recibiendo a los niños ilusionados? ¡Claudia! ¡Claudia! ¡Claudia!

Así era esa alocada que decía que la vida era muy corta para tomar apego a las cosas materiales que luego de nada servirían. Por eso ella todo lo que podía hacer para ayudar, lo hacía. Poco le importaba a quien molestara, ella era así y nadie podía cambiarla. Cualquiera que la conociera se enamoraría de ella, porque era pura humildad, puro amor. El que no la amara es que no había sabido ver el tesoro que era que esa mujer te concediera su amor.

- Te adoro.

Se abrazaron con cariño.

- Siento interrumpir, pero además de que la comida esta puesta... Dmitriy y Mijaíl se están degollando mutuamente. — Dijo Penélope como aturdida.

La observó con preocupación. Se había llevado la mano a la cabeza y cerrado los ojos. Parecía un pato tambaleante que no sabía andar bien. Se movía como si estuviera haciendo un esfuerzo por mantener el equilibrio. A ella le pareció que en cualquier momento perdería el conocimiento.

Corrió hacia ella aunque sabía que esa acción podía acarrear graves represalias a su espalda. La apoyó contra su cuerpo y le echó el pelo hacia atrás. Se veía pálida.

- Claudia, trae agua y algo para darle aire.

La sentó y con la mano trató de darle un poco de aire. Verla blanca, casi sin poder sostenerse, le causó angustia. No sabía qué hacer. Nunca había visto a una persona a segundos de desplomarse como si el alma hubiera abandonado su cuerpo.

Claudia regresó unos minutos más tarde portando un cacho de cartón. Rápida se hizo con él y empezó a abanicar directamente en su cara. Penélope abrió los ojos y Claudia aprovechó para darle un poco de agua.

- ¡Penélope nos vamos!

Mijaíl que había entrado con una cara deformada por el mal genio que tenía encima, se paró de golpe. Sus ojos procesaron lo que allí sucedía y en dos pasos ágiles se posicionó al lado de su mujer. De repente sus ojos se mostraban temerosos. Acariciaba la mano de Penélope con dulzura y le susurraba al oído.

Se le asemejó al bebé que llora y al padre que le cantaba al oído para tranquilizarlo y hacerle saber que a su lado había alguien que le amaba.

Apartó la mirada. No debería sentir celos, ni envidia, pero esas emociones bailaban libremente en su interior. Sintiéndose culpable, le otorgó su puesto a Claudia y se alejó. Sus ojos habían pasado a contemplar el suelo. No podía mirarlos, se sentía como una perra odiosa por anhelar lo que ellos tenían.

- Sabes que no te habría dejado sola. — Susurró rodeándola por la cintura.

- Lo sé.

- ¿Y por qué lo dudas? ¿Por qué piensas que yo no te miro como él la mira a ella? — Señaló a su hermano.

Se mordió el labio. ¿Qué podía contestarle? Ni ella misma sabía lo que le pasaba. Estaba completamente segura que Dmitriy la quería, que se desvivía por ella. Se jugaría el cuello, la mano, la cabeza, el cuerpo entero y no lo perdería. Y

aun así, sentía que algo no estaba bien.

- ¿Cómo sabes siempre lo que pienso? — Optó por preguntar y evitar contestar.

- Tus ojos son para mí, como el agua cristalina. Puede que a veces se me escape algo, pero raras veces ocurre cuando se trata de ti. — Besó su mejilla y acarició su cuello. - Leona, no dudes de lo que siento por ti.

- Soy un poco paranoica. — Soltó en tono guasón para volver el ambiente distendido.

- No lo dudo, pero algo te preocupa.

- ¿Cómo se encuentra? — Preguntó e hizo como que no le había escuchado.

Mijaíl la miró y le dio una sonrisa que al mirar a su hermano se convirtió en una mueca despreciativa.

- Ha sido una bajada de tensión. Esta bien.

Dmitriy unió sus manos. Miró sus manos entrelazadas y su sonrisa volvió. Debía confiar. Olvidar todo lo que una vez había sido y empezar a creer que de verdad

Dmitriy la quería. Era un reto, eran dos años viéndolo mostrarse como un ogro carente de sentimientos, pero si había una posibilidad de que aquello que había entre ellos fuera fructífero, tenía que hacerlo. Por el bien de los dos, tenía que lograrlo.

A las cinco Dmitriy consiguió que todos salieran de casa. Fue una riña muy divertida. La que más, con su madre que se negaba en rotundo a marcharse hasta que totalmente estuviera recuperada. Dmitriy casi se volvió loco, amaba a toda su familia, no se cansaba de decirlo. Ese no era el motivo por el que estaba casi corriéndolos, no, para nada, a él lo único que le molestaba era que no le agradaba que invadieran su espacio e intimidad; sin motivo o razón aparente para hacerlo.

Finalmente se salió con la suya. Se aseguraron de nuevo que Penélope estaba bien y con abrazos y besos se despidieron de todos. La descolocó en cantidad ver como Dmitriy y Mijaíl evitaron con distracciones despedirse el uno del otro. No dijo nada. Se quedó con ese gesto guardado. Más tarde le preguntaría a que se debía esa actitud entre ellos.

- ¡Al fin!

La cogió en brazos en cuanto terminó de cerrarse la puerta. Se sentó en el sofá con ella en sus piernas. La dejó apoyada en su pecho. Luego alcanzó el mando del televisor y buscó una película para ver. No prestó atención a lo que ponía. Se acurrucó en su pecho y se llenó de la fragancia tan maravillosa que desprendía Dmitriy.

- Te he echado de menos. — Confesó aspirando ese olor tan extraño a jabón, piel y colonia que tanto la enloquecía.

- Lo siento. No debí haber ido.

Acarició su cabello. La ternura con la que pasaba la mano por su cabeza, le daba paz.

- Mañana quiero mostrarte una cosa que he preparado para ti.

- ¿Cómo lo haces? Dmitriy.

- ¿El qué?

- Tener tiempo para sorprenderme con cosas que no espero. No lo entiendo.

Tienes tiempo limitado, siempre estás trabajando. ¿Cómo es posible?

Sonrió orgulloso. Por su mirada adivinó que sorprenderla era una cosa que le encantaba hacer. Sus ojos se mostraban alegres y brillaban con igual de intensidad que una estrella en una noche oscura sin luna.

- No importa si tengo tiempo o no. Simplemente lo busco cuando quiero hacer algo para ti. Para algunas cosas tiro de mis hombres. Para otras yo mismo soy el que se encarga. No hay más. No quiero que me veas como el hombre más maravilloso de la tierra, únicamente quiero que veas a un hombre que lo intenta.

Que solo tú haces que quiera intentarlo.

Besó su cabeza. La televisión sonó avisando que una película empezaba. ¡Sí, sí!

Dimitriy cambió de canal. Con los morros y ojos fruncidos se apartó de su pecho. Se cruzó de brazos.

- No vamos a ver Bajo la misma estrella.

- ¿Por qué no? Es una historia preciosa, real, a la par que triste.

Esperó que volviera a cambiar de canal. Le hizo pucheros con la boca para convencerle cuando vio que no daba su brazo a torcer.

- Lloraras. — Objetó en desacuerdo.

- ¿Y qué?

- Que no me gusta que llores. — Informó.

Su corazón se llenó de gozo.

- Dmitriy, no pasa nada porque una persona llore viendo una película. Es una historia bonita, pero triste. Es lógico que suelte alguna lágrima.

- No quiero que llores. El pecho me hace cosas raras cuando veo lágrimas en tus ojos.

¡Qué rico!

- Por favor... — Suplicó.

Dmitriy negó con la cabeza.

- ¡Por fa! ¡Por faaaa!

Lo vio soltar el aire en abundancia y supo que se había salido con la suya.

- Te quiero.

- ¡Pelota!

Rió en sus brazos y fijó la vista en la pantalla. El tiempo fue pasando. Rió y lloró. Dmitriy en todo momento la regañaba y quería cambiar la televisión.

Cuando llegó la muerte de Augustus el llanto fue incontenible.

Dmitriy con dulzura levantó su cabeza. Con los ojos llenos de lágrimas acarició su zona de la cara favorita. Pudo ver la confusión en sus ojos, para él aquella situación le venía grande. Ni entendía porque lloraba, ni porque la angustiaba una película de esa forma.

- Soy una llorona. — Le dio una sonrisa tristona.

- No puedo rebatir tu alegato.

Le dio un golpe en el pecho.

- ¡Eres un insensible!

- ¿Ahora vas a pagar el pato conmigo? — Soltó alucinado.

Cada vez entendía menos. Quería ver la película y se la había puesto. Se había reído y había disfrutado viendo su sonrisa soñadora. Había llorado y la había abrazado reconfortándola. Ahora la escritora mataba al muchacho en vez de buscarle una cura milagrosa como hacían en otras películas y él era a quien su novia atacaba como si hubiera sido culpa de él.

Claro que le parecía una historia triste, no se imaginaba él en su vida aceptando que iba a morir, saber que su muerte estaba próxima, que ya no tenía tiempo...

Saber que no solamente él sufría si no que todos los que estaban a su alrededor y le querían sufrían su deterioro inminente. La vida era así de dura y cruel.

Cada día se veían casos de niños, adolescentes, adultos, personas mayores con esa enfermedad que no daba tregua. Años, meses, días de lucha. Manteniéndose firmes y en pie, con la frente siempre en alto. Orgullosos de tener un día más y agradeciendo el apoyo y ánimo de sus familiares. Tratamientos, pruebas y un largo camino donde al mirar hacia delante no se veía el final de la pesadilla. No era fácil, los ánimos se deterioraban y las energías escaseaban. Miles de casos, miles de historias, miles de sentimientos, miles de emociones, pero todos coincidían en una única meta; luchar con valentía y con todas sus fuerzas afrontando el miedo sin dejar que su espíritu fuera derrotado.

- Eres una llorona porque sabes que se asemeja a lo que hoy en día está ocurriendo en la vida real. Sabes que no es ficción, ni un cuento inventado, si no que sabes que hay gente que como esos muchachos día tras día viven una situación similar. — Besó su cabeza con ternura. - Y eso te entristece y te hace llorar.

- ¿Entonces no piensas que soy una sensiblera tonta que llora por una película?

Dmitriy le dio una sonrisa y la miró directamente a los ojos.

- No. Creo que eres hermosa y que tienes un corazón tan grande que no te coge en el pecho.

Sonrió como una tonta. ¡Cómo le gustaba que le dijera cosas como esa! Para qué iba a mentir, ese hombre era perfecto. Ahora que lo miraba con otros ojos, sus defectos para ella habían dejado de existir. Solamente era capaz de ver las

palabras preciosas que le decía, los besos tiernos y suaves que le daba y las miles de sorpresas que ingeniaba para ponerle una sonrisa en la boca.

Arrimó su cabeza hasta su hombro. Se apoyó sobre él y dejó su rostro escondido en su cuello. Besó aquella zona con mimo y traviesa le dio un mordisco. Dmitriy se puso igual de recto que una antena.

- Creo que es hora de ir a preparar la cena.

Delicadamente la cargó y dejó sobre el sofá. Se apoyó en el respaldo e incrédula lo miró. Su espalda ancha y su culo divino era todo lo que veía mientras caminaba a la cocina.

Resignada por su huída, se recostó en el enorme sofá y fue pasando canales. No le había dicho que tuviera que ayudarle a hacer la cena. ¡Ay, no! Él no sabía cocinar...

- ¡Dmitriy!

Se levantó con presteza y se acercó a la cocina con pasos intermedios. No quería excederse y verse otra semana en cama.

- ¿Qué haces?

- Voy a hacer la cena.

- Ni de coña.

- ¡Dmitriy no voy a comer comida a domicilio! El doctor dijo nada de esfuerzos.

Que yo sepa hacer algo ligero como una tortilla, no es esfuerzo.

Dimitriy le dio una de sus miradas de advertencia. No le estaba gustando nada que le estuviera llevando la contraria. Se plantó en sus ideas y abrió la nevera.

- ¡Halaaaa!

- De nuevo te cargas otra sorpresa. — Dijo más divertido que enfadado. - Mi

madre ha dejado la cena preparada y además te ha preparado una tarta de chocolate.

Se giró. Sus ojos buscaron los suyos. Le dio una mirada apenada y juntó las manos quedando las manos unidas, pegadas a su pecho y con los dedos apuntando al techo.

- Lo siento. — Dijo con boca pequeña.

¡Otra vez la había liado!

- Ves y siéntate. — Señaló el sofá.

Sin rechistar así lo hizo, pero primero dejó un beso en su barbilla y volvió a repetir que lo sentía. Tomó asiento frente al televisor y se entretuvo mirando el tiempo. Lluvia y más lluvia. El tiempo no daba tregua. Casi toda la semana seguiría lloviendo.

- Oye, Dmitriy, ¿que dijo tu madre sobre esto? — Señaló por encima de su espalda.

Dmitriy miró hacia donde le estaba señalando. Ocultó una sonrisa en cuanto sus ojos dieron con el grafiti. Arqueó una ceja hacia él instándole a que le respondiera.

- Primero me gritó durante una hora, luego me dio un sermón de lo que significaba la palabra romanticismo y me especificó que eso no lo era. Que eso no era otra cosa que estropear la pared y para nada halagador.

Se abstuvo de reír. No conocía mucho a Keith, pero había imaginado que sería algo como lo que acababa de escuchar. Muy a su pesar, no estaba de acuerdo. A ella le gustaba. Vale, sí, había jodido una pared, pero eso es lo que le había gustado, que a él no le había importado para hacerle ver que la quería.

- A mí me gusta. — Informó.

- ¿Entonces no hago lo que dijo mi madre?

Lo observó con curiosidad.

- ¿Qué es lo que te dijo ?

Dmitriy colocó los platos en la mesa y observó la pared como si la estuviera estudiando.

- Que cogiera un cubo y jabón y frotara hasta que no quedara ni sombra de la pintada y que si no salía frotara con más fuerza hasta que mis manos sangraran y recordara que eso era horrendo.

Rompió a reír mientras se dejó caer en el respaldo del sofá. Eso si sonaba más a Keith. Durante minutos rió sin parar. Dmitriy que no dejaba de mirarla se unió a ella con carcajadas estridentes.

CAPÍTULO VEINTISÉIS

- Dmitriy, por favor, basta.

- No.

- ¿Pero por qué?

- El doctor...

- No sigas con ese rollo. — Cortó poniéndole el dedo a la altura de la cara. -

¿Qué clase de esfuerzo ves tú en estar sentada en la oficina revisando paquetes?

- No.

¡Aaaah, iba a cogerle la lengua y a hacerle un nudo en ella!

- Voy a ir y no hay más discusión.

Se giró y subió al guardarropa. Buscó un pantalón y un jersey. Cuando encontró un pantalón de vestir en tono marrón lo tiró sobre la cama. Después se hizo con un jersey beige de lana y frente al espejo se vistió. Se dio la vuelta y se sentó en la cama para colocarse unos zapatos de tacón bajo. Se recogió el pelo en un moño y decidida a salirse con la suya volvió a la cocina.

Mientras se servía un café sintió la mirada helada de Dmitriy sobre ella. Por muy fría que fuera, su cuerpo enseguida empezó a calentarse. Se obligó a mantenerse impasible y se sentó con la taza en sus manos.

- Leona, no quiero discutir.

- ¿Quién discute? — Le dijo molesta.

Se había empeñado en que hasta el lunes no pisara la oficina. Habían pasado tres días y hasta el lunes todavía faltaban cuatro. Estaba harta, no aguantaba más sin hacer nada y para rematar su humor encerrada todo el día con Claudia supervisándola por las mañanas y Dmitriy encima de ella; tarde y noche. Y por encima no se refería a encima de su cuerpo, porque el capullo también se negaba a tocarla hasta el lunes.

¡Vamos que era normal que se subiera por las paredes como si fuera una lagartija!

- Cualquier mujer estaría contenta de que su novio se preocupara por ella como yo lo hago por ti. Eso sin contar que estarían dichosas de disponer de dos semanas de vacaciones. — Comentó con calma.

¡Claro que le encantaba! ¿Ella había dicho lo contrario? No. O Dmitriy no la escuchaba o es que sufría de falta de memoria y pensando que se lo había dicho mil veces, se le había olvidado. ¿Por qué era tan tozudo?

- Yo no. — Remarcó con énfasis. - No me gusta estar encerrada. No me gusta que estéis vigilándome como si fuera una viejecita que no puede cuidarse por ella misma. No me gusta que os estéis comportando de esta manera tan irracional y lo que más me joroba es que llevas tres días sin concederme lo que quiero. —

Recuperó el aire que había perdido. - Así que deja de seguir calentando los humos porque puedes salir muy escaldado.

Levantó su taza de café y con tranquilidad se lo bebió. Luego dejó la taza en el fregadero. Dmitriy ya estaba cerrando el portátil. Se adelantó y se paró cerca de la puerta. No estaba segura de que su cabezón personal autoritario, hubiera entendido lo que le acababa de decir. En realidad entender, claro que lo había entendido, pero el tarado quería que se quedara en casa tumbada leyendo "Bajo la misma estrella" que le había regalado hacía dos noches.

Se echó a reír dejando a Dmitriy a unos metros de ella desconcertado. No podía remediarlo. Esa noche habían tenido una nueva discusión porque su hombre de hielo había hecho voto de castidad hasta el lunes. Cansada de que cada acercamiento que ocasionaba, él lo hiciera dos veces más lejano, se metió en la cama. Se tapó hasta la barbilla y le dio la espalda. Cuando Dmitriy intentó abrazarla, solamente recibió un manotazo en la mano. Tras hacer el intento tres veces sin logro alguno, lo escuchó rebuscar en el cajón de la mesita. Segundos después tenía un cuadrado de papel rojo de regalo con un lazo frente a los ojos.

Se levantó emocionada y durante varios minutos olvidó su enfado. La decepción fue grandiosa al abrir el paquete y ver el libro. Entrecerró los ojos y le hizo saber lo que le parecía su regalo lanzándoselo a la cabeza seguido de las palabras: ¿Y

para qué quiero yo esto si ya he visto la película?

- ¿Nos vamos? — Espetó algo más brusca de lo que pretendía.

- ¿Te puedes aclarar? O estás enfadada o calmada. No puedes volverme loco con tus cambios histéricos.

Punto ganador para el hombre de hielo. Tenía que dejar de pensar así, cada vez se le hacía más difícil etiquetarle con ese sobrenombre. Primero porque ya no lo sentía así y segundo porque era ridículo que todo el tiempo estuviera pensando en comérselo a besos y a la vez estar llamándole de esa forma. Tampoco es que tuviera mucha relevancia, ya no lo hacía por criticar o faltar de una forma amable el respeto. No, sus palabras eran bastante diferentes a como eran en un comienzo; ahora eran dichas por decir y desde el cariño.

- ¡Enfadada!

Dmitriy puso lo ojos en blanco. Pasó por su lado, pero antes de dejarla atrás, se detuvo. Acercó sus labios a su oreja y dijo:

- Si supieras lo deseable que te ves cuando estás enojada.

Mordió el lóbulo de su oreja. La respiración se le cortó. ¡Tenía que hacerse pruebas ya! Dmitriy se alejó de ella. Increíble, estaba excitada y ni siquiera su cuerpo había rozado el suyo. Vio como se dirigía hacia el auto. Paolo mantenía la puerta abierta; seguía lloviendo. Corrió y se internó en el interior del coche.

Como esperaba, Dmitriy la carbonizó con sus letales ojos grises.

El trayecto hasta la oficina fue silencioso y agonioso. No soportaba ver a Dmitriy con el maldito teléfono comprobando esos dichosos balances. Entraron juntos por la puerta, pero parecían dos extraños. Él iba inmerso en el aparato, ni siquiera abrió la boca para saludar a sus trabajadores. Ella en cambio sonrió y saludó levantando la mano al pasar.

- ¿Por qué eres tan antipático? — Preguntó una vez entraron en el elevador.

- ¿Yo?

Miró de un lado a otro como si buscara a alguien más en aquel espacio. Luego regresó la vista a los ojos grises que la observaban.

- ¿Ves a otro aquí con quien pueda hablar?

- No soy antipático.

- ¡No que va! Tu eres nulo social.

- ¿Nulo social? ¿De qué hablas?

¡Alucinante! No era consciente de su actitud pasota.

- De toda la gente que trabaja para ti. No eres capaz de levantar la mirada y darles un cordial saludo. De hecho, no eres capaz ni de dar un simple gracias cuando te atienden. — Especificó.

Dmitriy la observó durante los segundos que tardaron en abrirse las puertas.

Salió sin darle una respuesta. Le siguió y segundos más tarde cada uno se sentó a su mesa. Se apoyó en la mesa con los brazos cruzados y le miró. Todavía esperaba una respuesta.

- Deja de mirarme como si fuera un bicho raro.

- Es que lo eres.

- ¿Por qué? ¿Por qué no pierdo el tiempo en saludos y sonrisas? Tienen un buen trabajo, un buen sueldo, vacaciones, pagas extra e incluso facilidad para tener días que necesiten libres, sea por una reunión de escuela, por una cita en médicos, por algún percance familiar...

- ¿Y por qué seas un buen jefe, no puedes ser humano?

- Si te prometo saludar incluso a quien no conozco, ¿dejarás el dichoso temita?

Asintió con una sonrisa. Con eso se conformaba. Por lo menos de momento, más tarde le enseñaría a agradecer el trabajo que hacían por él, mientras él estaba sentado en su caro y bien decorado despacho.

- Pues empieza a trabajar.

Así lo hicieron los dos. El tiempo pasaba y cada vez su trabajo se le hacía más sencillo. Era adictivo. Cuando una cosa era fácil de hacer, esa tarea enganchaba, además de que el tiempo se hacía más corto. Tan sumergida estaba que apenas miraba la hora, cuando quería darse cuenta, su jornada había concluido y era hora de volver a casa. Por eso le gustaba trabajar y por eso esos días en los que se había visto incapacitada en la cama, habían sido los peores de su vida.

Un golpe hizo que levantara la cabeza del ordenador. La confundió ver a Dmitriy dándole un golpe a la mesa. Enseguida supo que ese era el sonido que la había asustado. Se levantó de su silla a la vez que de nuevo la mano de Dmitriy impactaba contra la mesa.

- ¿Qué sucede?

Dmitriy buscó su voz. Su mirada empezó desde los pies y fue ascendiendo con lentitud hasta encontrarse con sus ojos. No lo vio venir. Cuando se quiso dar cuenta, Dmitriy la había subido encima de la mesa y la besaba con brutalidad.

Sus manos no se entretuvieron y fueron directas al botón de su pantalón.

- Recuéstate hacia atrás y levanta un poco.

Confundida por su repentino cambio, hizo lo que le había pedido. Dmitriy fue rápido y tiró de la prenda como si fuera el fin del mundo y necesitara enterrarse en ella antes de morir.

- Si te hago daño quiero que me lo digas.

- Dmitriy...

- ¿Me lo dirás? ¿Puedo confiar en ti?

Asintió a pesar de que no entendía nada, pero no le importó.

- Quiero que me lo digas.

Se acercó y apresó sus labios con los dientes haciendo la suficiente presión para

hacerle sentir un leve dolor. Un gemido escapó de sus labios envolviendo toda la habitación. Ese leve dolor incrementó el calor en su piel.

- ¿Leona? — Dijo desesperado soltando su cabello.

- Te lo diré. — Afirmó con una sonrisa.

Con maestría y habilidad Dmitriy arrancó su braguita. ¡A comprar ropa nueva!

¡Viva el abuso de fuerza! Le abrió la piernas sin delicadeza. Arrastró la mano hasta su cabello y tiró con fuerza para mantenerla casi sentada y mirando sus ojos. Su boca se abrió soltando un grito; Dmitriy de una estocada dura se había adentrado en ella. No se detuvo. Siguió arremetiendo con fuerza obligando a su vagina a abrirse un poco más con cada golpe. Le dolía, pero a la vez le gustaba.

Las sensaciones por el descubrimiento, se propagaron con rapidez por su cuerpo.

La excitación crecía... Y crecía... Con cada golpe furioso que llegaba hasta lo más hondo de sus entrañas, su orgasmo se iba originando como un huracán que iba a terminar destrozándola.

Dmitriy ahondó en sus embestidas. Se sentía cerca. Sus gemidos sonaban sin forma de poder contenerlos entre medio de su respiración entrecortada. Dmitriy cada vez era más impetuoso. Entraba y salía una y otra... Y otra vez sin detenerse. El agarre en su pelo había pasado a ser imposible de ignorar. Sus dedos se enredaban persistentes en mantenerla inmovilizada observando sus ojos mientras la poseía.

- ¿Te gusta?

Jadeó en respuesta.

- Contesta. — Ordenó sin apartar sus ojos de ella.

- S... Sí.

Otra embestida demoledora le había dificultado el habla.

- ¿Cuanto?

Mordió sus labios. Estaba segura que le había provocado un corte. Había sentido el sabor de la sangre mezclado con su saliva.

- Cuanto. — Repitió tirando de su clítoris con la mano libre.

- ¡Mucho!

Las embestidas se descontrolaron. La fuerza con la que arremetía y la profundidad que alcanzaba, la hacían sentir que en cualquier momento la iba a desgarrar por dentro. Siguió con esa intensidad unos minutos más, los suficientes para que el clímax la demoliera dejándola agotada y casi sin conocimiento mientras Dmitriy se derramaba empujando una vez más en su interior.

El agarre en su cabello se suavizó. Se dejó caer hacia atrás con el corazón a mil por hora. Temía que en cualquier momento le fuera a estallar. Dmitriy la siguió sin salirse de su interior. Se sostuvo sobre las palmas de sus manos a pesar de que se veía que estaba cansado por el esfuerzo que había hecho.

- ¿Estás bien?

- ¿Qué ha pasado? — Contestó con otra pregunta.

Respiró con fuerza para seguir recuperando todo el oxígeno que había perdido en la sesión espontánea sexual. Todavía estaba procesando lo que acababa de ocurrir y debatiendo con ella misma, como era posible que un acto con el que se tenía que haber sentido indignada, le había provocado nada más que placer.

Dmitriy no había sido cariñoso, no había sido amable, no había sido cuidadoso, no había sido generoso... ¿Era normal sentir que había estado bien? Su forma posesiva de sostenerla, su manera de reclamarla ferozmente, sus ojos unido a los suyos enseñándole por primera vez quien mandaba... Exigente, controlador, duro, cogiendo lo que quería... No, no se veía como algo normal, si no que había sentido que Dmitriy necesita oírla chillar como nunca. Y vaya si lo hizo, sus gritos eran sonoros e inevitables entre dolorosos y placenteros. Sí, estaba claro que había disfrutado.

- Malas noticias.

Dejó un beso en su cuello. Alargó la mano y cogió unos pañuelos de papel de la mesa. Se puso de pie. Primero se entretuvo en limpiarla perfectamente a ella y luego se dedicó durante unos minutos a hacer que la mezcla de jugos desapareciera de su piel.

- Si compartes conmigo lo que te preocupa, quizás pueda ser de ayuda. —

Comentó con una sonrisa, mientras bajaba de la mesa.

- No te preocupes, lo solucionaré, solamente es un cliente disgustado por la campaña que hemos hecho de su producto. — Le dio una sonrisa, que ni por años luz se tragó. - Vuelve al trabajo.

Molesta por su forma de alejarla de lo que le estaba atormentando, se giró y recogió el pantalón. Una vez se lo hubo puesto de nuevo tomó asiento en su mesa.

Una hora después seguía sin poder concentrarse. Se levantó y sin decir una palabra se dirigió a la sala para prepararse un café. Ni Dmitriy la detuvo, ni hizo pregunta alguna. Se apoyó en la pared, mientras esperaba que la máquina terminara de echar el líquido. Preparó un vaso de plástico con tres cucharadas de azúcar. Cogió la jarra. Echó en el vaso el suficiente para que estuviera a su gusto y añadió leche fría.

Regresaba de la sala con el café en la mano hacia el despacho, cuando se encontró con la secretaria de Dmitriy.

- Hasta luego.

- Adiós.

Extrañada miró el reloj en la pared. ¡Las dos! ¿Cómo no se había percatado de la hora? Se regañó por haber sido tan despistada. Tan ensimismada estaba en lo que era lo que tenía a Dmitriy nervioso de la leche que se había olvidado de lo demás. La mitad del tiempo lo había pasado intentando descifrar sus gestos.

Como siempre no había conseguido nada; Dmitriy con su imperturbable cara seria, no se lo permitía. Era magnífico ver lo sencillo que era para él ocultar sus

sensaciones, sus emociones, sus preocupaciones. No había hueco abierto por donde encontrar debilidad. Por eso lo mejor era cerrar la boca y no agregarle más tensión.

Llegando a la puerta la voz conocida de Mijaíl, hizo que se quedara muy quieta y muy cerca de la puerta. Vale, estaba mal, eso ella ya lo sabía, pero los problemas y discusiones que les había visto tener últimamente, tenían que tener una explicación. Y ella quería saberla.

- Que descortés y eso que soy tu hermano. Antes por lo menos me ofrecías asiento.

- Mijaíl. — Dijo en advertencia. - No estoy para escuchar tu sarcasmo.

- ¿Y eso? Con lo feliz que se te ve. — Soltó con mordacidad. - Será que los remordimientos te están quemando los sesos.

- Ya, Mijaíl. — Dijo en actitud derrotada.

- Cuando se lo vas a decir, ¿eh?

Debido a la intriga que sentía, su mano apretó con demasiada fuerza el vaso y casi todo el líquido se derramó por su mano. Aflojó la fuerza y siguió escuchando. Más tarde ya se limpiaría.

- No puedo.

- Ya veo... No puedes, pero diste tu palabra. Llama y di que no. Que no lo vas a hacer.

- Tampoco puedo.

Se asomó con cuidado por la rendija de la puerta. Dmitriy sostenía la cabeza entre sus manos. Miraba la mesa perdido y negaba una y otra vez en un claro síntoma de angustia.

- He recibido hoy un correo. Las instrucciones son claras. Debo hacerlo antes de

cuatro días.

El estómago se le encogió. Se le veía tan abatido, tan desesperado... Quería entrar y abrazarlo. Si lo hacía podía olvidarse de encontrar respuestas.

- ¿Qué vas a hacer?

- ¡Joder, Mijaíl! En vez de ayudarme, no haces otra cosa más que añadir tensión a mis hombros.

- ¿Qué quieres que te diga? Hermano. — Remarcó con desprecio en la voz. - Ya te lo dije, pero lo repetiré.

Contuvo el aire a buen recaudo en sus pulmones temiendo que un simple soplo la delatara.

- Tú no fuiste a buscar a Diego. Tú no provocaste la discusión. Tú no fuiste el que le dio un guantazo haciendo que tropezara, llevándose un golpe que le hizo estar cuatro días en el hospital.

- Lo sé. ¡Joder!

Vio como se pasaba las manos por el pelo cansado.

- ¿Y entonces por qué pagar tú?

- ¡Por qué es nuestro hermano! ¡Por qué si yo no dejo a Ariel ella va a presentar una denuncia contra Diego en la que le acusara de matar a su hijo!

- ¿Y qué? Diego nos ha hecho mucho daño, empezando y finalizando por ti.

- Pero sigue siendo mi hermano. — Apuntó con pesar.

Se quedó pensativa. Las piezas empezaban a colocarse cada una en su sitio.

Ahora veía todo lo que Dmitriy no dejaba que viera. Comenzaba a entender porque a ratos se lo encontraba observando a la nada. Porque a veces lo escuchaba hablar solo como si estuviera discutiendo con alguien. Porque

últimamente le costaba controlar el sueño. Porque en muchas pláticas perdía el hilo de la conversación y se sumergía en una cápsula de aislamiento.

El pecho se le presionó con mucha fuerza. Parecía que alguien quería arrancárselo sin anestesia y todavía no sabía los datos enteros, ni lo que supondría su descubrimiento.

- ¿Dónde está Diego?

- Sigue en Boston. Después de dejar a esa cobra que se hace llamar mujer, se trasladó allí.

- Estuviste cuatro días en el hospital con ella, fuiste su puta asistenta consintiéndola en todo lo que pedía y no conseguiste que cambiara la versión de los hechos. ¿Por qué crees que se detendrá cuando dejes a Ariel?

Observó como Dmitriy lo miraba a los ojos. En silencio se comunicaban. Se le hizo eterno a la vez que doloroso todos esos segundos en los que ninguno de los dos abrió la boca. Su dolor se intensificó. No podía creer que esa mujer estuviera dispuesta a arrasar con sus vidas como el mar cuando se levantaba enfurecido y se tragaba ciudades.

- ¡No me vengas con esta mierda! — Gritó Mijaíl poniéndose de pie. - No es todo ¿verdad?

Le propinó una patada a la silla. Se asustó. Menos mal que había sido precavida y se había tapado la boca con la mano.

- No. Además de dejar a Ariel, tendría que volver con ella. Esa es la única manera para que Diego no sea encerrado durante años por algo que no ha hecho.

Las lágrimas se derramaron de sus ojos. Escuchar lo que esa perra pretendía, le descompuso el cuerpo. De pronto tembló sin remedio.

- ¿Qué no ha hecho?

- Que no lo hizo. — Aseguró contundente.

- ¿Y cómo estás tan seguro?

- Porque Diego será todo lo que quieras, pero en la vida tocaría a una mujer para maltratarla. Los dos sabemos lo mucho que le gustan las mujeres. ¿Alguna vez haz oído que le haya puesto un dedo encima a una sola mujer?

Seguir: parte 2 de 3