Novikov

B. Crespo · Capítulo 5 de 5

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Novikov

Treinta y Uno

La bajó con un movimiento ligero y que no le supuso ningún esfuerzo. La cogió del cuello de esa manera tan posesiva suya y la estampó con brusquedad contra su boca. Duro, exigente, desesperado... El beso que le estaba dando era tan intenso que las piernas le jugaron una mala pasada y casi se le doblaron. Ese era Dmitriy, su hombre de hielo. El que se apoderaba de lo que quería sin pedir permiso, sin esperar que ella estuviera de acuerdo con lo que él quisiera reclamar. Lo aceptaba, así le gustaba y así le gustaría siempre.

Gustosa saboreó cada movimiento de su lengua, cada pequeño mordisco que la hacía estremecer, cada succión que arrasaba con su capacidad para pensar. Entre

besos y mordiscos la hizo retroceder; los dos cayeron en la cama. Se presionó más contra ella, dejándole ver con su visible dureza cuanto la deseaba. Dmitriy despegó sus bocas. Reposó la frente sobre la suya y la miró directamente a los ojos.

- Ahora mismo... No sé si matarte con mis propias manos por ser tan ingenua o...

Follarte hasta dejarte sin sentido por ser tan imprudente.

- Yo...

Cerró los ojos cuando le mordió el labio con fuerza. El aliento se le escapó en sonido de jadeo.

- No tengo tiempo para esto. Debemos aclarar varios puntos antes de bajar.

Se puso de pie dejándola huérfana de su calor. Se apoyó sobre los codos. La conversación por la tensión que veía en el cuerpo de Dmitriy, iba para largo.

- ¿De verdad creías que necesitaba tu ayuda?

La pregunta fue tan directa y formulada en un tono de incredulidad excesiva, que por un segundo se sintió idiota. Fue consciente de que había hablado con Mijaíl.

Rápidamente se recuperó. Se sentó en el borde de la cama y asintió despacio...

- Solamente creí... Que tenía que hacer algo. Te escuché hablar con tu hermano...

La mirada que le dio, le selló los labios.

- Vamos a hablar claro. ¿Para qué viniste? ¿Para pedir que tu padre mandara uno de sus hombres a deshacerse de ella?

Asintió avergonzada. De repente sentía que se había excedido, que sus sentimientos no eran una excusa para acabar con alguien. En cambio, ese era su propósito, ese había sido su plan, hacer uso del poder de su padre para salvar a su hombre de una mujer que solamente quería destrozarlo.

- ¿Y por qué no creíste que ese también fuera mi objetivo?

¿Por qué? Podía alegar muchos argumentos. Él no era un asesino. No era un delincuente, no era un monstruo. Era un hombre frío, prepotente, mandón y a menudo un capullo integral, pero no un asesino sin escrúpulos. Un hombre que era conocido, que tenía una buena familia, un estatus social, unos negocios fructíferos... No, eso no le entraba a nadie en la cabeza.

- No eres un desalmado.

- ¿Y tú sí?

¡Noooo! Mierda, había dado en el clavo. Tal vez, no era tan distinta a los de su mundo, si a la primera oportunidad, esa había sido la única solución que había encontrado.

- Ya veo.

Lo observó alejarse, abrir la puerta, decir algo a quien estuviera fuera y regresar donde ella se encontraba con...

- Lee. — Ordenó dejándolo en sus piernas.

- ¿Un periódico?

Miró la portada. No veía nada extraño. Lo abrió y pasó una página y después otra. Le hacía gracia ver como Dmitriy iba perdiendo esa rigurosa calma.

- Página siete. Lee en voz alta.

Enseguida lo encontró. Le faltó poco para ahogarse con su propia lengua. Tiró el periódico al suelo y se encerró en el baño. Vomitó. Lo que tenía en el estómago y lo que no tenía.

- No te he escuchado leer.

Lo miró furibunda.

- Vete a la mierda. — Dijo mientras cogía papel.

Se limpió la boca sin apartar sus ojos de él.

- ¿No era tu deseo? — La cogió por el brazo. - Parece que se te hizo realidad.

Siguió tirando de ella hasta el cuarto. La sentó sin concesiones y le volvió a entregar el periódico.

- Lee.

Le suplicó en silencio que no le hiciera leerlo. Ya era suficiente desagradable ver la foto que había plasmada como para añadirle el titular y el texto.

- Mujer hallada en un callejón estrangulada. — Claudicó, viendo que Dmitriy no cedía. - Según informan las autoridades, la mujer parece ser sufrió abusos, posiblemente de más de un individuo...

Cerró los ojos. Aquello era demasiado cruel. Ella no habría mandado ese tipo de agresión. ¿Y qué más daba? ¡Si la iba a mandar al otro barrio!

- Sigue. No estoy escuchando.

- Por favor...

Levantó una ceja y le dio una sonrisa.

- ¿No tienes estómago para leer, pero si lo ibas a tener para vivir toda la vida con su muerte en tu consciencia? — Dijo retóricamente. - Mira el día. — Demandó con su característica voz de mando.

Repasó la página intentado evitar volver a leer el titular y el texto del cual no había leído ni la cuarta parte.

- El viernes...

- ¡Vaya! Eso significa que antes de que tú salieras de Chicago... Ella ya había

sido encontrada. — Dijo con una calma difícil de creer. - ¡Y tú en vez de venir y contarme tus inquietudes, decides ponerte los pantalones de valentona y regresar a casa para arreglar un problema que ya estaba solucionado!

Le dio un puñetazo a la pared. Se tapó la boca con las manos. No podía entender porque estaba tan cabreado. Ni sabía que decir, ni que preguntar, si era mejor hablar o callar.

- Yo... Yo solamente te escuché y quise buscar una salida. — Dijo de carrerilla.

Dmitriy agarró su cintura y la pegó a su pecho.

- Lo sé, pero no acertaste. Ahora pregúntame lo que realmente quieres preguntar.

- No quiero saber. — Dijo a toda velocidad.

- No seas testaruda. Pregunta. — Insistió.

Se mordió el labio nerviosa. Dmitriy que era astuto y percibió su debate emocional, se acercó y apresó su oreja con sus dientes. Jugó un poco con ella y luego se apartó y dijo:

- Vamos... Leona, estás deseando saber...

- No. — Soltó muy segura.

Aunque su corazón sabía la respuesta, no quería ver a Dmitriy como un ser despreciable. Primero tendría que despreciarse a ella misma por haber querido a hacer lo que él había hecho; él sabía que no se lo podía reprochar.

- ¿Me desprecias?

Negó.

- ¿Me odias?

- No.

- ¿Me quieres?

¿A qué venía ahora tanta pregunta? Asintió.

- ¿Quieres seguir conmigo?

- Dmitriy. — Sonrió. - Sabes que muy difícilmente, podría dejar de querer estar contigo.

Dmitriy la observó detenidamente. Sentía como buscaba en sus ojos alguna señal que le dijera lo contrario a lo que le había dicho. Solamente encontraría unos ojos limpios y transparentes gritándole, lo mucho que lo quería.

- No hay vuelta atrás. — Advirtió.

Se encogió de hombros. Iría al fin del mundo si se lo pedía. Daría la vuelta a la tierra corriendo, si él lo quería. Bailaría desnuda en un escenario delante de cientos de miradas, si él lo deseaba. Con él iba contra todo.

- Por ti lo haría todo. — Confesó.

Por lo que pudo ver, su respuesta le infló el ego, además de aumentar su orgullo de macho.

- Bien. Porque tengo una petición...

La puerta sonó interrumpiendolos. Segundos después apareció ante ellos Travis.

- Ya han llegado.

- Dos minutos.

Travis asintió con la cabeza y cerró la puerta detrás de él.

- ¿Por dónde íbamos?

Besó sus labios con mucha delicadeza.

- Dmitriy, te estás desviando. Ibas a hacerme una petición.

Sonrío en sus labios. Imposible no hacerlo. Su ceño fruncido y su mueca con la boca en una clara protesta de desagrado, era la cosa más linda que había visto hasta ese día en cualquiera de sus otros gestos. Aunque si lo pensaba... Todos sus gestos eran sexis e irresistible.

- Es que en realidad es una exigencia. — Dijo algo forzado.

- Bueno, no tenemos mucho tiempo por lo que he podido ver. Así que... ¿Qué tal si lo sueltas ya?

Esperó. El tiempo se le hizo eterno. Dmitriy estaba como indeciso. No podía ser tan grabe para que ni él mismo supiera cómo plantear lo que quería. Paciente, siguió esperando con su sonrisa en los labios. También tenía algo que decir y quería a hacerlo cuando todo entre ellos estuviera aclarado.

- Vamos a bajar y vas a mantenerte en silencio.

- Vale.

Eso podía a hacerlo con los ojos cerrados.

- Voy a intercambiar tu libertad por la del imbécil que tengo en mi poder. —

Siguió cauto.

Su corazón brincó. Iba a conseguir su libertad. Saldría de ese mundo que tanto pavor le daba. Nunca acabaría como su pobre madre; obligada a cumplir ordenes y sumisa sin derecho a expresar su voluntad.

- Y luego pedirás que esa puta marca que tienes en el culo, sea intercambiada por las señas de los Caballeros.

Se quedó de piedra. Sus ojos iban de un sitio a otro sin rumbo fijo. Se intentó apartar de Dmitriy, pero su agarre no se lo permitió. ¡Qué demonios!

- Leona.

- No quiero oírte. — Cortó.

- Tienes que hacerlo.

- ¿Por qué?

- Porque tu única salida soy yo, si no quieres que los de la Rosa te busquen allí a donde vayas. Tu sabes lo insistentes y persecutorios que son.

Su mirada cayó. Le pidió con las manos que le dejara un poco de espacio para respirar. Su ilusión y esperanzas pegaron el batacazo del siglo contra el suelo.

Tomó asiento. El temor la hacía temblar y no era seguro estar de pie.

- No tengo opción...

- No puedo dártela. Arriesgarme, sería perderte.

- No quiero esta vida Dmitriy... — Susurró.

Su voz era tan débil, que un principio pensó que no la habría escuchado.

- ¿Ni siquiera conmigo?

Al mirar sus ojos la angustia creció. Le quería, eso lo tenía claro y plasmado en el pecho. Pero, estaba en las mismas... Una cárcel donde podía ser usada como los hombres de la organización quisieran.

- ¡No! — Gritó entrando en pánico. - ¡Me lo has estado ocultando! ¡Tú que odias los engaños! Ahora resulta que eras tú, él que más escondía...

- ¡Vamos, que querías que te dijera! Hey, nena, tengo algo que confesarte, te has enamorado de un miembro de la organización de la que tú huiste. ¿Eso querías que te dijera?

- No lo sé... — Confesó en un murmullo. - Nunca quise vivir en este mundo...

No quiero tener hijos para criarlos como asesinos y menos quiero que mis hijas se casen con ellos y las utilicen para sus tratos despreciables.

- No sabes de lo que estás hablando.

Eso la enfadó. Se dio la vuelta y se asomó por la ventana. Claro que sabía lo que decía. Había sufrido desde que era niña esa vida. Y no solamente ella, sino también su madre y todas las otras mujeres nacidas allí.

- No, claro. Ahora me he inventado que sois unos locos que disfrutan matando y que mi madre no está todo el día en un club pasando de uno a otro como si fuera un bañador que te quitas y te vuelves a poner. — Recogió el aire que había soltado aspirando con fuerza. - ¿Me mandaras a uno de los tuyos? ¿Dejarás que otros me tengan sin que yo quiera?

Su mano la agarró inesperadamente por el brazo y la hizo girar. La mirada que le dio, fue la más fría, dura y severa que podía darle.

- Primero deja de decir mierdas. Te llevo protegiendo desde que vi esa mierda de marca. ¡Jamás dejaría que otro te pusiera una mano encima! Con mucha más razón pisarías uno de mis putos clubs. Segundo, no somos asesinos. — Le espetó en la cara. - Los asesinos son los que matan niños, mujeres y personas inocentes... Cosa que nosotros no hacemos. Sí, hacemos toda clase de ilegalidades que nos produzca dinero y poder, pero estás muy equivocada. La organización, cuando acepta una misión de ese calibre; investiga. Y después de investigar es cuando la acción se lleva a cabo y únicamente si esa persona es culpable del delito que la otra persona le acusa. Nosotros hacemos justicia para esas personas que no la tienen y han perdido las esperanzas. Por otro lado los enemigos son tema a parte.

- ¿Y eso os hace mejores?

- No quieras juzgar, lo que tu misma casi pones en práctica por tus propios deseos.

- Dmitriy...

- No he terminado. Me parece que no entiendes como va el tema de las mujeres.

- ¿No?

- ¡No! — Alzó la voz perdiendo la paciencia. - La mujer que como tú es marcada con el símbolo de la organización, queda vetada para cualquier hombre. ¿Por qué crees que tu padre permitió que te la pusieran? Tan ilusa eres que no entendiste que te estaba protegiendo de los clubs que tú desprecias. Puede que Ethan sea un hijo de puta, lo sé, no hace falta que tu me cuentes tus episodios vividos. Pero si tengo claro, que te quiere y todo lo que ha hecho ha sido para hacerte fuerte.

Porque en este mundo si no eres fuerte, sin sentimientos y no actúas con pies de plomo, caes igual que la espuma cuando se desvanece.

Como siempre dejó de escuchar. No le interesaba hablar de su padre. Ella sabía lo que había sido su vida, los miles de sin sabores que había tenido que soportar.

Los desprecios que todavía le dolían. Los momentos que le daban de lado y la echaban de los círculos de chavales por ser quien era. Movió la cabeza mandando lejos los recuerdos.

- No puedo.

Casi estaba sollozando. No hacía ni dos minutos que le había dicho que por él lo haría todo y a la primera oportunidad le daba la espalda.

- Respetaré tu decisión, pero si en la asamblea que ha convocado tu padre, no pides mi protección... La organización...

En su voz percibió la tristeza. Dejó caer su mano y se alejó. No hizo falta que le dijera que se moviera, sabía que tenía que bajar porque se lo había dicho antes.

Así que le siguió con la cabeza baja y los pensamientos dando vueltas por su cabeza sin parar. Terminaron de bajar los escalones. Dmitriy le tendió la mano y le dio un apretón. Le gustó, que a pesar de todo lo que le había dicho, hubiera tenido ese gesto con ella.

Entraron en el salón. Los pies se le enredaron y casi cayó. Dmitriy como siempre su salvador, la atrapó antes de que llegara a pasar. No había podido evitarlo. La

impresión de ver allí a tantos hombres juntos, la había puesto muy nerviosa.

Se abrazó a Dmitriy y escondió el rostro en su brazo. Su padre se acercó y se puso a su otro costado. Intentó entretenerse contando los hombres que había en el salón, cada vez que llegaba a trece se perdía.

Durante una hora, Dmitriy explicó porque no había avisado de que se encontraba en su territorio, porque tenía en su poder a un miembro de la Rosa y porque pedía mi libertad. Todos se juntaron durante diez minutos dejándolos al margen a ellos dos. Fue impresionante y una situación tensa que te cagas. Sus nervios por cada minuto que pasaba, subían un grado.

- Novikov, entendemos que Ariel es muy bella y todos estamos de acuerdo que cuando queremos una mujer para nosotros, podemos actuar sin medir las consecuencias. Pero Tristán, pide que sea resarcida esa acción, devolviendo a su hermano y que él sea quien decida si ella dispone de esa libertad, ya que pertenece a ellos esa decisión.

- No. La libertad de ella no está en discusión.

- Novikov. — Habló un hombre mayor que parecía derrochar sabiduría. - Es nacida en la organización y sabes el destino de quien pretende abandonarla para quien no ha nacido dentro, por lo tanto sabes que las consecuencias son agravadas para los miembros que pertenecen por nacimiento. Su libertad significa traición y la traición la condenamos.

El hombre hizo una pausa y la miró. Sus ojos le transmitían un sentimiento de compasión. Sentía que ese hombre se estaba poniendo en su lugar y que podía entender como se estaba sintiendo. Lo que no se explicaba era como era posible que lo viera así de claro, cuando para ella todos estaban cortados por la misma tijera.

- Lo que si podemos admitir es una concesión a su favor, rompiendo el acuerdo con los de la Rosa y por lo tanto debería volver con su padre hasta que llegado el momento sea entregada a otro miembro de la organización.

- ¡No podéis hacer eso! Pertenece a la Rosa. Tiene la marca de nuestra organización y es a Eric a quien corresponde esa decisión. — Refutó Tristán

molesto.

La seguridad que mostró, la hizo perder esperanzas. Se acurrucó más a Dmitriy y escondió la cabeza, creyendo que estaba perdida.

- El trato no se llevó a término.

Se sorprendió al oír a su padre intervenir. Por el rabillo del ojo le observó. Se pasaba la mano por la barbilla mientras miraba a Tristán con una mirada decisiva.

- Y como no se llevó a cabo, no es vuestra la decisión. Por eso he convocado la asamblea para que ellos vean desde fuera, puesto que todos nosotros somos afectados en esta historia y no seremos objetivos.

Media hora más pasó y seguía sin entender porque se negaban a dejar que fuera ella la que eligiera su destino, su vida, su camino. Observó a Dmitriy y vio sus ojos apagados. Se mantenía inamovible, sin mostrar un ápice de flaqueza, pero ella que le conocía sabía que estaba sufriendo. Que su alma se estaba consumiendo, que el fuego lo abrasaba... Y entonces todo lo vio claro...

- ¿Puedo hablar?

Todos la miraron y el primero fue el hombre que tenía al lado sosteniéndola de la mano. Su sorpresa era igual de grande que la de todos los allí presentes; nadie esperaba que quisiera decir algo. El mismo hombre se puso de acuerdo con todos y después asintió. Hasta le pareció ver que sonreía.

- Puedes.

Abrió los ojos más sorprendida que al principio. Siempre pensó que eran unos dictadores que no escuchaban la voz de las mujeres. Quizás, fue demasiado dura con su razonamiento...

- Acepto que no fue muy buena idea escapar, lo reconozco. Pero estaba desesperada. Desde los quince años llevaba escuchando que debía unirme a la Rosa para que la paz entre los dos bandos se prolongara. Para unir dos

organizaciones que desde años atrás se dedicaban a disputarse los territorios y negocios. Que yo aseguraba que la alianza se diera consiguiendo así hacer más difícil que posibles enemigos ocuparan lo que a ellos les correspondía. En otros términos, para que la organización se hiciera más poderosa. Porque la unión hace la fuerza. Y yo era la cabeza de turco que debía ser sacrificada para declarar la buena armonía entre los dos grupos. — Los miró a todos un segundo, intentando adivinar sus reacciones. - Estaba asustada, enfadada y sin saber que hacer. Nadie me escuchaba. De la forma que lo dijera, nadie me prestaba atención, porque yo aseguraba un lazo irrompible a las dos organizaciones. Lo siento.

Dmitriy volvió a apretar su mano. Sus ojos le indicaron lo orgulloso que se sentía de ella. Estaba segura que deseaba abrazarla, pero no podía porque en aquel momento significaría demostrar su debilidad. Y si mostraba que tenía una debilidad, muchos podrían causarle daño a su mundo a través de ella. La utilizarían como meta para destruirlo a él.

- Sabemos que no es fácil. También tu padre nos ha hecho saber que debió sentarse a hablar contigo y explicarte en qué consiste nuestro mundo...

- ¿Puedo decir algo más?

- Tienes un minuto. Después daremos el veredicto.

Se soltó de la mano de Dmitriy. Dio un paso adelante y levantó la cabeza con dignidad. Sentía como todos la observaban curiosos a la expectativa de lo que iba a decir, pero la mirada intensa que abrasaba su espalda, era la única que le interesaba tener sobre ella.

- Quiero hacer una petición que me gustaría que consideraran. Las dos organizaciones llevan tiempo trabajando juntas y hasta día de hoy, a las dos les va de fábula tal y como lo están haciendo. Pido que tengan en cuenta mis palabras y que no me entreguen a la Rosa porque un hombre con capricho de niño, se ha emperrado en que yo le pertenezco. Ese trato como bien ha dicho mi padre no se dio y se ha demostrado que no me necesitan para mantener la paz.

Se infundió valor y suplicó en silencio que la escucharan. Que por una vez, sus palabras fueran oídas y que no le negaran la felicidad que tanto había ansiado.

- Pido la protección de Novikov y solicitó que mi marca sea modificada, siendo sustituida por las siglas "cbs" de los Caballeros.

- ¡Zorra!

No vio en el momento que Dmitriy se movió, solamente pudo asimilar que le acababa de partir la boca a Tristán de un puñetazo.

- Ten más cuidado cuando hables. ¿No has oído lo que ha pedido?

- ¡Has jugado bien hijo de puta! — Gruñó.

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

- ¡Basta los dos!

Se oyó de uno de los hombres cuando Dmitriy fue a darle otro puñetazo.

Insatisfecho por no poder llegar a tocarlo, le dio una sonrisa de prepotencia y le susurró un: "que te den sopla pollas".

- Tristán ¿podrías decirnos qué es lo que ha pedido Ariel?

- Lo sabéis. — Dijo de mala gana.

- Nosotros sí, pero tú parece que lo has olvidado. Por favor, explica la base de nuestra ley.

Tristán la miró con rabia. Sus ojos citaban lo que por su boca no podía soltar en ese instante; quería despedazarla. Se encogió atemorizada y se resguardo de

nuevo tras la espalda de Dmitriy.

- Toda mujer que sea mayor de edad, que no este casada y pida protección de uno de los miembros de la organización, toma posesión de su destino, decidiendo así que su tutela dentro de la organización pase a ese miembro, si este decide hacerse cargo.

- Por lo tanto... ¿Novikov? — Dijo el hombre mayor que le parecía un sabio.

- ¡Esto es un atropello!

- ¡Silencio!

Todos acataron la orden. Ella en parte, porque todavía estaba asimilando lo que había dicho Tristán lleno de coraje. Sus palabras para ella, aunque no le daban la libertad que quería en su exactitud, si le daba la suficiente. No estaría sometida a unos miembros despreciables que no valoraban a la mujer como lo eran los de la Rosa. Conocía a Dmitriy y sabía que la amaba. Para ella era suficiente con esa pequeña escapatoria y victoria que había conseguido gracias a que había repetido las palabras que Dmitriy en un principio le había exigido que dijera.

- Será un honor tenerla como miembro de la organización de Chicago.

Lo dijo con tanta seriedad, que hasta ella estuvo a punto de engañarla con esa indiferencia de "una más, no es problema". Pero como siempre, fue poner sus ojos en los de él y vio todo lo que a los demás no le dejaba ver.

- Entonces todo solucionado. La asamblea acepta que Ariel quede a cargo de Novikov y los suyos y pedimos que se libere a Eric lo antes posible.

Los hombres fueron saliendo de la sala mientras Dmitriy marcaba en el teléfono.

Sonrió y sin poder contenerse lo abrazó. Dmitriy dejó el teléfono en el aire para rodearla con ternura.

- ¿Por qué has decidido apelar a mis palabras?

Se hizo la pensativa para picarle un poco. En cuanto su boca se abriera, su ego

volvería a echar a volar.

- Porque lo que yo quería era decidir mi destino, que nadie me lo impusiera y menos que me obligaran a estar con quien no quiero. — Sonrió ampliamente. -

Mientras todos hablaban, me he dado cuenta que ni quería estar aquí con mi padre, ni en la otra punta con los de la Rosa. El único lugar al que quiero ir es allí donde tu estés y entonces he entendido que pidiendo tu protección, escribía mi destino. Porque estar a tu lado es lo que deseo, nadie me lo ha impuesto, nadie me ha obligado y nadie me ha dicho que tenga que hacerlo. Simplemente...

Yo elijo y elijo estar con el hombre de hielo con el más lindo corazón oculto que me vuelve loca de pies a cabeza.

- Te quiero, leona. — Susurró muy flojo.

Todavía habían hombres saliendo al jardín para tomar un tentempié. Dmitriy terminó de marcar en su celular. Le guiñó el ojo y se lo llevó a la oreja.

- Puedes traerlo. — Fue directo en su orden.

Quince minutos más tarde por el rabillo del ojo mientras Dmitriy y ella hablaban, vio como Travis aparecía y a empujones hacía pasar a Eric. Lo soltó y este que ya había visto a su hermano se dirigió hacia él. Pudo sentir como Eric, no dejaba de contemplarla. Conversaba con su hermano, pero sus ojos no se apartaban de ella. Le ignoró.

- Tu familia no sabe que tú...

- No.

- ¿Por eso le contaste toda esa historia a Mijaíl? Digo, lo de que me ibas a dejar.

Dmitriy que había cogido un vaso de whisky que su padre le había ofrecido, le dio un sorbo.

- Conoces a Mijaíl. Te imaginas la cara que pondría si le dijera "oye hermano, que soy miembro de una organización donde los delitos son diarios y los asesinatos el pan de cada día. Que te parece, ¿te quieres unir?

La hizo reír. No se imaginaba a Mijaíl afrontando esa situación. Lo más seguro, nunca, jamás, de los jamases, le volvería a abrir la puerta de su casa a su hermano.

- No. Mejor no lo imagino, porque cada vez que le vea, me echaré a reír. Y no creo que pueda hacerlo sin una excusa premeditada para disculparme.

- Necesitaba tiempo. No es tan fácil como parece. Cuando se enteró de que había estado en Boston y que me había visto con ella... Tuve que inventar una excusa para él y otra para que tu no me dejaras. Y luego estaba todo listo y tú seguías de obstinada en dejarme. No entendía nada.

- Nunca fue mi intención irme.

- Si hubiera sabido que estabas planeando esta locura, ni por asomo hubiera retirado a los guardias de su puesto. Me sentí como un completo imbécil cuando me enteré que estabas aquí. — La miró con falso enfado. - Jamás he cometido tantos errores como los que he tenido contigo. Siempre lo tengo todo controlado, pero tú... Haces que pierda la cabeza.

Acarició ese lugar amado que veneraba con especial cariño. ¡Amaba su barba!

En ese instante que lo miraba y pensaba, entendía porque la llevaba y porque ella no podía dejar de pasar sus manos por ella; le hacían verse como un tipo más duro y frío de lo que ya era. Y eso nadie lo sabía excepto ella. Una gran ventaja para ella, ninguna lagarta se arrimaría a su hombre para quitárselo.

- ¡Eric!

Hizo el amago de girarse. Ni siquiera le dio tiempo. Se llevó las manos al estómago y los ojos se le llenaron de lágrimas a la vez que caía en los brazos que Dmitriy con velocidad había estirado para atraparla.

- ¡Travis trae el puto coche!

Los ojos se le cerraban mientras su cuerpo temblaba. Oyó un sonido que no supo identificar. Con esfuerzo mantuvo los ojos abiertos y levantó la mano. Llegar a

tocar su rostro le fue imposible, su mano cayó a su costado.

- Lo... Siento... Lo... Siento... — Repitió mientras las lágrimas caían por su cara.

- Escúchame, cariño. No cierres los ojos.

Lo intentó. No quería dejar de ver sus ojos. Se le cerraban...

- Te lo ordeno. No cierres los ojos. No lo hagas. Aguanta.

Sus lágrimas le partieron el corazón. Lo intentaba... Los temblores se intensificaron. Tenía frío.

- Lo... Siento... — Se arrancó de la garganta una vez más antes de que la oscuridad se la llevara.

Estar en esa postura, la incomodaba. Intentó moverse sin abrir los ojos, estaba tan cansada... El dolor la traspasó y de su boca salió un quejido. Tenía la boca seca. Necesitaba beber un poco, si no lo hacía pronto, moriría de sed. Luchó contra el agotamiento y consiguió que sus ojos respondieran a su orden de que se abrieran. Miró a su alrededor.

¿Dónde estaba? Quiso incorporarse, pero de nuevo el dolor en el costado la doblegó. Presionó con fuerza los labios para contener los gemidos que soltaba.

- No te muevas, será peor.

Escuchar la voz de Dmitriy en medio de la oscuridad, trajo a su mente las imágenes de lo que había pasado. De nuevo sus ojos se llenaron de lágrimas.

- Tengo sed.

Se acercó y bajo la escasa luz que salía de encima de su cama, lo vio. Cogió la jarra que había en una pequeña mesa y echó un poco en un vaso. Luego se lo ofreció. No pasó por alto que al ir a cogerlo, él se apuró a soltarlo para que sus dedos no se rozaran. Mientras bebía sin apartar sus ojos de él, pudo ver que estaba demacrado. Se veía agotado, con algo más de barba de lo normal, con el

pelo enmarañado y con la ropa arrugada.

- ¿Qué ha sucedido? — Interrogó confusa.

El silencio se le hizo doloroso. Casi aseguraría que era más insoportable que el dolor que sentía en la espalda.

- El hijo de puta le quitó la pistola a su hermano y como un cobarde te disparó por la espalda. Pero puedes estar tranquila, fue una herida limpia que te dejara únicamente una cicatriz de recuerdo y por otro lado tu padre le devolvió la ofensa volando su cabeza.

Tragó con amargura. Ese era el sonido que su cabeza repetía como si fuera un vídeo puesto en modo de repetición. Buscó sus ojos preocupada. Aunque su voz había querido sonar distendida, había detectado cierta aspereza en su tono.

- Dmitriy... — Murmuró.

- ¿En serio quieres que tengamos esta discusión ahora?

Vio cómo sus ojos y boca se endurecían. Las ganas de llorar se acentuaron.

Raras veces lograba descifrar el humor de Dmitriy y aquella ocasión era una de ellas; Dmitriy estaba colérico, además de decepcionado.

- Yo...

No sabía por donde empezar. La forma en la que Dmitriy la observaba era demasiado frívola. Si no le conociera sería capaz de asegurar que Dmitriy la despreciaba, por no aventurarse y decir que la odiaba. Pensarlo le atravesó el corazón como si fuera un punzón.

- ¿Sabes? Cuando estabas muriéndote en mis brazos no dejabas de repetir que lo sentías. En ese instante, no lograba adivinar porque no dejabas de repetir hasta al cansancio, esas dos jodidas palabras.

- Dmitriy, no es el momento. — Dijo su padre entrando por la puerta.

Dmitriy se mordió la lengua. Le dio una última mirada y salió del dormitorio como alma que lleva el diablo. Las lágrimas le empeñaron la vista. ¡Qué mal lo había hecho todo!

- Papá. Lo he...

La angustia le cortó el habla y no fue capaz de terminar la frase.

- Sí.

El sollozo salió como un rugido atronador, haciendo que el dolor de su corazón se uniera con el de la espalda. Cerró los ojos tratando de evitar pensar. Merecía la muerte. La quería. La prefería a saber que Dmitriy no perdonaría su imprudencia.

Cuando volvió a despertar. Se sintió como atolondrada. Las médicas habían tenido que sedarla varias veces para que dejara de intentar salir de esa habitación. Por lo que las enfermeras le habían dicho cuando la encontraban serena, ya eran cuatro los días que llevaba allí. También le habían asegurado que pronto le darían el alta. No sin antes advertirle que no debería a hacer movimientos bruscos y que debía guardar cama como mínimo dos semanas más para que la herida no se abriera.

El sonido de la puerta abrirse, llamó su atención. Levantó la cabeza esperando encontrarse con su padre. Se sorprendió y entristeció al ver a Dmitriy con la misma cara agria de la última vez. Tenía que hacer algo, aquello no podía seguir así. Dmitriy debía entender que ella tampoco deseaba que ocurriera lo que había pasado. Que si ella fuera adivina, se hubiera cortado las piernas, antes de haber puesto rumbo hacia casa de su padre.

- Dmitriy, creo que tenemos que hablar...

Levantó la mano claramente para pedirle que se callara. Había visto en sus ojos un pequeño indicio de dolor al verlos parpadear. Suspiró y mantuvo los labios pegados. Quizás, era demasiado reciente para abordar el tema.

- ¿Desde cuando lo sabías?

Resopló. Aquello le hacía pensar que no iban a terminar las cosas como ella quería.

- Horas antes de la fiesta de Melisa. — Confesó con pena y resignación.

Dmitriy se acercó un poco hacia la cama. Presintió que ese día no lo olvidaría en mucho tiempo. Tal vez, puede que nunca.

- Eres una inconsciente, imprudente y una puta chiflada.

El rencor que desprendía su voz la dejó de piedra. "Se lo merecía, había metido la pata", se dijo para mantener la compostura y no romper a llorar, por la crueldad que Dmitriy estaba mostrándole.

- Me has decepcionado. Pensaba que eras lista, que eras astuta, que a pesar de ser joven, tenías cabeza y actuabas con sensatez. Me equivoqué.

Con cada palabra que dijo su corazón se hizo añicos. No era por lo que decía, porque estaba en todo su derecho de desquitarse con ella toda esa ira que le carcomía el alma. Si no por la fiereza que denotaba su voz. Siguió aguantando con sus ojos fijos en sus manos entrelazadas.

- Solamente eres una niña que no piensa en las consecuencias que pueden acarrear sus acciones. Una inmadura.

- ¡Vale ya! — Explotó.

Su voz cada vez que traspasaba sus oídos, era como una bola de granito cayendo en su cabeza. Le estaba costando no echarse a llorar y Dmitriy seguía arremetiendo, dispuesto a acabar con ella como si fuera uno de sus enemigos.

- ¿Crees que yo quería que sucediera algo como esto?

- ¿Ah, no? ¿Entonces que era en lo que estabas pensando? ¡Estabas embarazada!

¡Era mi hijo! — Gritó con el odio más aterrador que había percibido nunca. - Y

tú decidiste exponerte sabiendo que eras una traidora a la que podían haber dado

una paliza, haber llevado a uno de los clubs e incluso haber matado. ¿Lo sabías?

¿Sabías a lo que estabas exponiendo a nuestro hijo?

- Si. — Dijo con voz débil.

- No me lo dijiste. — Afirmó.

- No. — Dijo con resignación.

- Fuiste. No viste conveniente dar un paso atrás ante el peligro que ibas a correr.

Negó con la cabeza con los ojos anegados en lágrimas. No lo hizo. Solamente actuó por amor a él. En ese momento su prioridad, era liberarlo de una mujer que lo único que tenía en el corazón era maldad.

- Lo siento.

Intentó coger la mano que reposaba en su cama. Dmitriy la retiró. No le permitió ni rozarla. Se alejó unos metros y durante minutos insoportables se mantuvo callado. La tensión crecía por segundo en el ambiente. Dmitriy había levantado una barrera entre ellos. Una que posiblemente no fuera fácil de romper.

- Quedas bajo mi protección, pero fuera de mi vida.

Le costó asimilar lo que había oído y cuando lo hizo, sus palabras la golpearon muy duramente. Alzó la cabeza con rapidez. Con incredulidad lo observó salir del cuarto. Lo último que vio fue su espalda ancha, su firmeza al caminar y su determinación cuando cerró la puerta sin mirarla.

- Dmitriy...

Tan conmocionada estaba que ni echarse a llorar pudo. Como una pesadilla con la que esperaba hacerse más daño, recordó aquel día...

Claudia había salido un momento, tenía que pasarse por la empresa porque la había llamado a última hora el inglés. Comenzó a vestirse sin ganas. Iba porque era el cumpleaños de su amiga y esperaba también ver a Dmitriy para provocar

una discusión, con la que conseguiría que de nuevo se mantuviera lejos de ella.

Cuando había terminado de ponerse el pantalón, como muchas veces hacía, introdujo la mano en los bolsillos para que quedaran bien colocados. Sus dedos tocaron una especie de plástico que enseguida sacó. Al verlo casi estuvo a punto de desmayarse.

¡No podía ser! La pastilla que había comprado en la farmacia estaba en su mano, mirándola, como si se estuviera burlando de ella. Y si esa pastilla estaba ahí, significaba que nunca la había tomado y que tenía que salir corriendo a una farmacia otra vez. Así lo hizo. Aunque las siguientes veces, Dmitriy había utilizado protección, eso no quería decir que por ser una vez, su esperma no hubiera cuajado. Cuando regresó a casa con la prueba de embarazo en sus manos, lo primero que hizo fue encerrarse en el baño, leer las instrucciones y llevarla a puerto. Cinco minutos más tarde... ¡Estaba cagándose en todos sus antepasados!

Regresó a la realidad gracias a la humedad que mojó su piel. Se limpió con las dos manos, pero de nada sirvió. Los sollozos se hicieron más audibles y las lágrimas incontenibles.

- Lo que he obtenido, me lo he buscado yo... Yo sola he provocado la muerte de mi bebé... Y el abandono del hombre que amo. — Se dijo con la autoestima por los suelos.

«Fin»

Continuara...

Sobre Bárbara Crespo:

Bárbara Crespo es una mujer de veintiocho años, que vive en Andalucía con su marido y sus niños. Actualmente su vida está dedicada a ellos. En sus ratos libres, se dedica a escribir y cocinar. Aunque le encanta aprender a hacer comidas de distintos lugares, su pasión es la escritura. Por eso el tiempo que puede lo pasa creando historias.

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B. Crespo

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