Novikov
And there's things I can't control
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
The circles underneath my eyes
Tell the truth that I've been trying to hide
I've been waiting for you way too long
Won't you come and take me home
Oh I, I'm praying this ain't all a dream
Can you, you, wake me up before you leave.
La primera en aparecer fue Claudia y lo agradeció, ella era quien portaba las bebidas. Cogió su vodka con cola y le dio un trago. Las tres bebían lo mismo.
Tenían un pacto; quedaba descartado mezclar y beber nada que no fuera fuerte.
Lo de mezclar no lo llevaban muy a raja tabla, la mitad de las veces terminaban bebiendo chupitos de whisky después de los cubalibres. Melisa llegó segundos más tarde y también tomó su vaso para darle un largo trago.
- ¿Qué tal con tu jefe?
- Peor que ayer. — Se encogió de hombros.
No quería hablar del tema. Las palabras de Dmitriy causaban en su cabeza una especie de cortocircuito que le hacía sentirse una gilipollas descomunal. Era un insensible, poco hombre y un boca sapo. Meneó la cabeza con brío y dio otro sorbo. Se iba a emborrachar, olvidar su vida y todo lo que tuviera que ver con su jefe por un día. Si por ella fuera lo haría por el resto de su vida, pero tendría que conformarse con un único día y dar gracias por poder perderse de la realidad.
- ¡Por los capullos! — Brindó Claudia que la conocía mejor que nadie.
Melisa y ella sonrieron. Cogieron sus vasos y negaron en gesto de rendición.
Llevaron sus vasos a la boca y acabaron de un trago con el líquido. Otra tradición; si se brindaba por un capullo, se bebía un trago largo, ahora, si era en plural, se acababa con lo que quedaba en el vaso aun a riesgo de caer en un coma etílico.
- Mi ronda.
Se levantó y se acercó a la barra. Pidió otra ronda y regresó por el mismo camino hasta dar con sus amigas. Se sentó y observó la pista. La gente se perdía con la música de Kakkmaddafakka "your girl" se fusionaban, la sentían. Era increíble ver como cada uno de ellos dejaba sus problemas en casa y disfrutaban de estar allí. Daba igual si estaban solos, si venían con amigos o en parejas, lo que importaba era que lo olvidaban todo. Solo existía el momento. ¿Por qué ella entonces no podía a hacerlo? ¿Por qué no dejaba de pensar? ¿Por qué los ojos grises heridos de su jefe la atormentaban?
Posiblemente la música tuviera parte de culpa. Justamente los vips, tenían que escoger una canción que le hacía recordar la confrontación de esa misma tarde.
La letra hablaba de un chico al que le gustaba la chica de un amigo suyo y que se sentía confundido porque ella le miraba y bailaba con él como debería estar haciendo con su amigo y eso le hacía imposible ser con sus amigos como él era porque la actitud que ella tenía con él se lo ponía muy difícil.
¡Sí, la canción tenía la culpa!
- Creo que es hora de chupitos.
- ¿Ya?
La miraron sus amigas asombradas.
- Y con urgencia. — Agregó.
Un rato después las rondas de chupitos empezaban a hacer efecto. Aunque a ella todavía no terminaban de animarla, por el contrario, cada vez se sentía más desanimada y la visión de Dmitriy se hacía más fuerte en su mente. Cerró los ojos. La cabeza le empezó a dar vueltas. ¡Vivan los chupitos de garrafón! Estaba segura que los buenos los reservaban para la zona vip. Abrió de nuevo los ojos dándose cuenta que cerrándolos, lo que lograba es que la cabeza le girara más rápido y tuviera ganas de vomitar y la verdad, no creía poder llegar al baño a tiempo.
Buscó a sus amigas en la pista, hacía rato que se habían ido a bailar. Tal vez, ese era el truco, bajar la borrachera a base de mover el cuerpo. Encontró a Melisa y sonrío al verla mover sus curvas muy cerca de un chico que desde donde estaba parecía bien guapo. Luego siguió su recorrido y se detuvo en su amiga Claudia.
No podía verla muy bien. El hombre que estaba comiéndole la boca de espaldas a ella, únicamente dejaba que reconociera las pulseras brillantes que sostenían el cuello de él.
Repentinamente su pecho rebotó y se fijó detenidamente en su acompañante. No sabía que era lo que le había llamado la atención y no lo supo hasta que vio
como se alejaban y su amiga le susurraba en el oído para después acercarse a la mesa donde ella estaba.
El hombre se giró y su corazón se paralizó. ¡Mierda! Aquello era demasiado para aguantar y más estando pedo. Sus ojos se apagaron y la decepción inundó todo su cuerpo. No creía siquiera que su cara lo pudiera enmascarar y eso que para ella eso era a menudo una tarea fácil.
- ¿Cómo te encuentras?
- Bien. — Dijo apartando la mirada de Dmitriy.
- ¿Seguro? No te veo...
- Estoy genial. — Fingió una sonrisa.
No le diría quien era aquel hombre. Era hora de que aceptara la realidad y se diera cuenta que ese hombre en lo único que pensaba era en meterla en caliente.
No tenía derecho a enfadarse, ni siquiera tenía porque estar celosa. Él no era nada de ella para que sintiera que su corazón se estaba haciendo polvo. ¿Qué le pasaba? Dmitriy ni siquiera la había visto. La cabreó saber que estaba muy ocupado escaneando el culo de su amiga. "Como todos", pensó, mientras se llevaba otro chupito a la boca y se lo bebía del tirón.
- ¡Vete ya!
Se puso de pie y le depositó un beso. La vio alejarse poco después y tomar la mano de Dmitriy. Entonces él fue consciente de ella y su cuerpo se congeló. Por unos minutos creyó como una tonta que por el hecho de ser consciente de su presencia, se alejaría de su amiga. Pero no. Novikov era un capullo engreído que enseguida se recompuso. Pasó la mano por la cintura de su amiga e hizo como que no la había visto. Las ganas por ponerle una almohada en la cabeza y matarlo mientras dormía, fueron muy... Muy... Fuertes.
CAPÍTULO ONCE
A la mañana siguiente se levantó hecha un desastre. Tenía todo el maquillaje corrido y olía como si se hubiera bebido una licorería completa. Se llevó las manos a la cara y se las pasó con cansancio por ella. Miró a su alrededor. Ni siquiera sabía porque estaba en casa de Melisa. Ah, sí, porque no contaba con que Dmitriy no hubiera llevado a su ligue, que era su amiga, a su casa y con eso si que no iba a poder.
- ¿Por qué no se lo dijiste?
La sobresaltó Melisa saliendo de su dormitorio.
- ¿Qué? — Preguntó confundida.
- Que era Dmitriy. ¿Por qué te callaste?
- Creo que ayer hablé más de la cuenta.
- Y bebiste. — Puntuó. - Tuve que mandar a su casa al chico con el que estaba para traerte. Casi no te sostenías en pie. Vomitaste dos veces y no dejabas de reprenderte por no haber detenido a Claudia.
- Estaba borracha.
- Y decías la verdad. Eres tan orgullosa que a veces tú misma eres la que se mete sola en el embrollo. — Respiró con calma. - Una palabra. Una hubiera bastado y Claudia lo habría mandado a la mierda. — Dijo apoyando su cuerpo en la pared y cruzando los brazos.
- Lo sé.
- ¿Y por qué callaste?
- Habría buscado otra, qué más daba lo que dijera.
- Cristina... No habría sido tu amiga y no tendrías que vivir con ello. — La miró
con dureza. - Debes tener un mensaje y no te va a gustar.
Bajó la cabeza sintiéndose patética. El orgullo le había impedido decirle a su amiga quien era y aun peor; no pudo confesar que le gustaba. Si ella lo hubiera dicho, como bien decía Melisa, lo habría plantado y hubiera buscado a otro que esa noche calentara su cama. Por orgullo, por tonta, por esperanzas de que él se arrepintiera; se calló y ahora tendría que vivir con ello y no estaba segura de poder hacerlo.
Cogió el teléfono armándose de fuerza para ver lo que ya imaginaba. El estómago se le descompuso y eso que todavía no sabía lo que su amiga había escrito. Fue a los mensajes y sus manos empezaron a temblar. Lo mejor era no verlo, pero aun tenía esperanza, aun la mujer ilusa que cree en el amor apelaba a la ilusión de que nada hubiera pasado.
Claudia: ¡Joder! ¡Dónde estaba escondido este Dios griego! ¡Madre mía! Es...
Es... joder, es un salvaje y lo digo para bueno. ¡Eh! No penséis mal, nunca pensé que llegaría alcanzar el nirvana en un orgasmo. ¡Pues ese cabrón me ha hecho verlo! Besos niñas, que quiero repetir y que mejor despertar que tener un polvo mañanero con un hombre insaciable y caliente como el infierno.
Salió corriendo al baño y vomitó todo el alcohol que llevaba en su organismo.
Quiso creer que era la resaca lo que la había llevado a verse arrodillada en el inodoro. No admitiría que los celos le habían revuelto el estómago como si tuviera un virus estomacal y negaría que tenía sentimientos por ese payaso aunque el mismo Dios bajara y le preguntara cara a cara.
- ¿Mejor?
- No me fastidiés, Melisa.
- Llegarás tarde. Son las ocho y cuarto.
- ¡Qué me despida! — Gritó como si Melisa fuera la culpable de sus sin sabores.
En cuanto ella le dio la espalda, se adentró en la ducha y se pasó media hora bajo el agua. Luego rebuscó en el armario de su amiga algo que abrigara y que pareciera decente. Había empezado a llover y no iba a ir hasta casa de Dmitriy
para ponerse su ropa, la de su amiga por un día debía servirle. Tiró con rabia el pantalón y la camisa contra la cama. Era lo que más se acercaba a la decencia, aun así, eran las dos cosas blancas y dudaba que no se transparentara nada. Se lo puso de mala gana y se hizo una coleta alta.
- Esto es tu culpa, cretino, boca de serpiente. — Soltó en voz alta, disconforme por tener que ir con esa ropa al trabajo.
- No le importará. Seguro y alegras su día. — Sonrió traviesa.
Melisa era igual a Claudia, ninguna de las dos podía pensar en otra cosa que volver loco a un tío. Les encantaba ese poder, ver como las devoraban, como sus ojos brillaban con deseo por ellas. ¡Bien por ellas! ¿Por qué tenía ella que ser igual?
Estaba cansada de que no lo entendieran, de que quisieran que se pareciera a ellas; no podía y no quería. Era feliz con su forma de ser y ellas se empeñaban en acabar con su paciencia.
- Me voy. — Besó el carrillo de su amiga y sonrió para que viera que estaba bien. - Ni una palabra. — Avisó.
Asintió. No le hacía falta otra advertencia, sabía bien a lo que se refería y aun así seguía creyendo que su amiga la había cagado pero bien. No dijo nada porque no quería discutir, Cristina era bastante cabezona cuando quería y lo mejor era esperar que ella se diera cuenta del enorme error que había cometido.
Cogió un taxi y se dirigió a la empresa. Llegaba tarde, pero le traía sin cuidado, con la noche que había pasado, era suficiente tener que lidiar con el dolor de cabeza para preocuparse de que el señor Novikov la colgaría de una cuerda y dejaría que viera las vistas desde su oficina boca abajo. Se apeó del taxi y le tendió un billete al hombre dedicándole un breve "quédese con el cambio y que tenga buen servicio".
Cuando llegó arriba, cogió el aire en abundancia y asomó la cabeza. Volvió de nuevo al interior del ascensor. Se oían voces, Dmitriy debía arder en rabia, si sus gritos retumbaban en toda la zona. Hasta le parecía que era un terremoto lo que movía el suelo de sus pies y a punto estuvo de refugiarse debajo de una mesa.
"Vamos allá", de nuevo se infundió valor y consiguió poner un pie fuera del elevador. Para ello tuvo que decirse veinte veces que solo era un hombre y así pudo tomar asiento en su mesa.
Diez minutos después, se apresuró a ir a la sala del desayuno y preparó el café como le gustaba a su jefe. Caminó con tranquilidad y tocó dos veces a la puerta; las voces se detuvieron.
- Pasa. — La voz de Dmitriy tratando de sonar natural, mandó a su cuerpo calambres.
Se recordó que solamente era un hombre, se plantó su mejor sonrisa y accedió a la oficina. Colocó el vaso delante de él y se mantuvo firme ante la mirada de cólera que le dedicaba. Podía sentirla sobre ella, como su cuerpo se removía inquieto. No le dio la satisfacción de que lo viera, se volvió y entonces vio a Mijaíl con la vista puesta en ella. Sonrió ampliamente, se acercó y besó su mejilla como siempre, impasible ante el hombre que estaba a segundos de obviar la presencia de su hermano y estrangularla ante sus ojos.
- ¿Estás bien? — Dudó en preguntar.
Le miró... Miró...
- ¿Me veo mal? Bueno, quizás un poco, es que me pasé bebiendo chupitos. — Le guiñó un ojo y se marchó cerrando la puerta detrás de ella.
Se sentía orgullosa, ni siquiera le había mirado, había aguantado como una valiente y ahora empezaba a ver que posiblemente, si seguía ignorando a don payaso podría aguantar las tres semanas que le quedaban. Se sentó en su silla recién recargada de optimismo y se centró en la agenda; no habían reuniones.
"Que raro", se dijo, volviéndola a revisar.
Más extraño le pareció que diez minutos después, el teléfono todavía no hubiera sonado ni una vez. Verificó el teléfono y se dio cuenta que estaba desenchufado.
Frunció el ceño. Eso era muy inusual. Lo dejó como estaba y observó los papeles rosas con los nombres de las mujeres. Se le había olvidado, el día que se fue enfadada, no se los había entregado a su jefe y como ayer no se dignó a aparecer,
tampoco. Lo haría cuando Mijaíl, se fuera.
Poco después de las once la puerta se abrió y Mijaíl, salía soltando el aire con brusquedad. Se arrimó al mostrador y se apoyó en él.
- ¿Me puedes iluminar?
- ¿Yo?
- Sí, tú. He aguantado horas al idiota que tengo por hermano refunfuñando y no he conseguido sacarle que mierda le pasa.
- Pues... No sé. Ayer por la noche se le veía de maravilla.
- ¿Anoche?
- Sí. Se fue a casa con una amiga mía.
- ¿Con tu amiga?
No podía creer que su hermano fuera tan burro.
- Sí y parece que lo pasó bastante bien. — Hizo como que se quedaba pensativa, mientras dejaba su dedo reposar en sus labios. - No. No puedo decirte que puede haber pasado para que tenga ese humor de ogro.
- Si por cualquier cosa la toma contigo... Quiero que me llames. ¿De acuerdo?
- No te preocupes. Todo estará bien. — Sonrió con serenidad para apaciguar sus nervios.
Mijaíl se internó en el ascensor y ella regresó la mirada a su móvil. Quería matarlo y no podía porque era su jefe, además de que no estaría bien, ella no tenía derecho a sentir esos impulsos por las acciones de su jefe. Tenía que grabarse en la cabeza que él era su jefe y que ahí se terminaba la historia.
Claudia: Niñas, tengo su número por si quiero repetir. Ja, ja, ja y no lo descarto,
tiene unas manos, una boca, un don para tocar los puntos exactos... ¡Bueno ya!
Que si no me veo llamándole esta misma noche.
El mensaje añadía una carita con un guiño al final. Cerró el mensaje y por unos minutos se quedó mirando el teléfono. Las ganas de vomitar habían regresado y le estaba costando poder beberse el café que se había preparado. Le empezaba a parecer que hacía un siglo que lo había hecho y dejado sobre la mesa.
Levantó la cabeza y su vista se dirigió a la puerta cerrada del despacho. Todo estaba mal, se sentía decepcionada, desilusionada, triste... Eran tantas las emociones que rondaban en ella, que no sabía qué hacer. Había visto la otra cara de Dmitriy, podía asegurar que no era un mamón sin escrúpulos, pero después de lo de anoche... Después de haberla visto... Después de la discusión que habían tenido por la tarde... Su juicio tambaleaba y pensaba que había querido ver algo que no existía en él; un corazón.
- Hola, ¿está don perfecto?
Giró la cabeza con rapidez y dejó el móvil entre los papeles que tenía cerca del ordenador.
- Sí, pero no aseguro que quiera atenderte.
- Bueno, habrá que probar. — Le dedicó su mejor sonrisa. - Necesito que firme un presupuesto para una campaña a lanzar en unas semanas.
- Bien. Espera un segundo.
Dio dos golpes fuertes en la puerta y al poco escuchó la voz del jefe concediéndole la autorización para entrar. Se adentró lo justo hasta estar parada en medio del despacho clásico. Era como cualquier oficina, lo único que variaba era la pantalla enorme a su costado izquierdo.
- Señor Novikov, David está fuera esperando para verle.
Dmitiry la observó muy detenidamente. Con descaro hizo un recorrido de todo su cuerpo. Todo en ella se revolucionó; efecto provocado por su intensa y
caliente mirada. Parecía que no tenía prisa y que le importaba poco que su amigo, estuviera fuera. Apartó la mirada concienzudamente. Esperó paciente que le diera instrucciones para proceder, pero pasados unos segundos, el sonido de la silla la advirtió que se estaba poniendo de pie.
- No te muevas. — Se adelantó Dmitriy a sus movimientos.
Sabía cuando debía pelear y cuando no y precisamente aquel no era el mejor momento. Ella era su secretaria y tenía que acatar las ordenes que diera, aunque no le gustaran. Siguió sus pasos como si él fuera una flauta y ella una serpiente.
No podía creer el descaro que tenía, si lo que estaban viendo sus ojos no era una alucinación; había cerrado la puerta con seguro. Se puso nerviosa y caminó inconscientemente hacia atrás hasta que sus piernas toparon con la mesa.
- Había dicho que no te movieras.
Se acercó a ella y se paró demasiado cerca, estaba invadiendo su espacio. Sus ojos grises abrasaban su cuerpo. La desnudaba con su mirada profunda. Se agarró fuerte con las dos manos al borde de la mesa, sus nudillos iban cambiando de color conforme a la presión que ejercía.
- Me gusta mucho cuando me llamas por mi apellido.
Llevó la mano a su cara y puso un mechón de pelo detrás de su oreja. Mordió con fuerza su labio. Estaba utilizando todo su autocontrol para no dejarlo lesionado de por vida. No se lo perdonaría, era demasiado guapo para dejarlo estéril. Y joven, se recordó.
- ¿Qué haces?
La confusión apareció enseguida en sus ojos.
- Las paces. — Soltó Dmitriy con su rostro casi pegado a su cara con una voz ronca que mandaba vibraciones por toda su piel.
Echó su cuerpo un poco más hacia atrás y en el mismo momento se arrepintió.
Dmitriy la había cogido de la cintura y sentado en la mesa, además de colocarse
entre sus piernas. ¡Genial, como en las películas! Pensó con sarcasmo a la vez que se mordía más fuerte el labio.
- Las paces. — Repitió sus palabras y le sonaron a chiste. - ¡Tú eres tonto! Te acuestas con...
No le permitió seguir, se apoderó de sus labios y la silenció con facilidad. Por supuesto intento alejarse, no quería sentir sus besos, no lo quería cerca, quería sentir repulsión... Quería... Quería... Tantas cosas quería y ninguna era la que deseaba y se dio cuenta que querer hacer algo, no contrastaba con lo que deseaba.
Sus labios se cernieron sobre los suyos con exigencia. Movimientos precisos, tortuosos e implacables. No le daban ni un minuto de tregua. Mordía, succionaba y volvía adentrar su lengua en su boca saboreando cada rincón de ella. Su cuerpo se arqueaba ansioso con cada lamida que le prodigaba, con cada gruñido que salía de su boca. Gemía en protesta sin control cuando se alejaba decidido a darle el tiempo suficiente para recuperar el aliento. Entonces Dmitriy sonreía con prepotencia y enseguida la obsequiaba con lo que anhelaba; volvía a internarse en su boca y jugueteaba con su lengua.
Hacía rato que había perdido la razón, la única concentración que tenía era seguir los constantes y frenéticos movimientos de la boca de Dmitriy.
Unos fuertes golpes la hicieron consciente de la majadería que estaba haciendo.
Le dio un empujón y trató de apartarlo e irse con la poca dignidad que le quedaba. Dmitriy no se lo permitió, pegó su cuerpo más al suyo y la miró directamente a los ojos.
- Lo siento.
- ¿Qué has dicho?
Se quedó pasmada.
- No repito...
- Entonces yo no he oído nada.
Rió. Esa pelirroja le desarmaba. Negó con la cabeza, no quería repetirlo, le había costado un huevo decirlo y aun así la súplica que denotaba su voz le hizo desear repetirlo.
- Lo siento. ¿Contenta?
- ¿Por qué lo sientes?
- No vas a parar, ¿verdad?
- Si te disculpas tiene que ser con todas las de la ley. — Se encogió de hombros.
Dmitriy besó su hombro a la par que la puerta los volvía a importunar. Siguió dejando besos en su piel hasta llegar a su boca. La volvió a besar y al alejarse sonrió sin restricciones.
- Te invito a cenar.
- Cenar. Tú y yo. ¿Quieres qué terminemos en el hospital?
- Ja, ja, ja. Te prometo que me comportaré.
Era una pésima idea. Seguía creyendo que una cena en la que ellos dos eran los protagonistas, no saldría bien. ¿Entonces por qué le costaba la vida decir que no?
Quizás, era porque su cuerpo estaba condenadamente cerca y seguramente ese era el motivo mayor, pero no el único. Sonreía y era la sonrisa más hermosa y divina que hasta hoy le había visto. Sus ojos resplandecían y parecía que miraban a través de ella como si quisiera descubrir el secreto más oculto de su alma. Sus cejas estaban levantadas en una clara invitación al desafío. Y entonces se percató que ninguno de ellos era el originario para que ella dijera que sí, si no que lo que la hizo decidirse; fue tener consciencia de que él quería una cena con ella como personas normales, dejando los sobrenombres que les marcaban como
"jefe y secretaria". Y ella también lo deseaba.
- ¿Cuándo?
Dmitriy esbozó una sonrisa triunfal y persistió en sostenerla entre sus brazos, pasando del gilipollas que había fuera y no dejaba de tocar la puerta.
- Esta noche.
Pegó de nuevo sus labios a los de ella. Se alejó reticente de su cuerpo y la dejó sobre sus pies. Observó como se colocaba el cabello y aseguraba que no se viera como lo que se veía; una mujer a la que le habían comido la boca con ansias.
Sacudió la cabeza con una sonrisa y se dijo que nunca debía haberla besado.
Desde ese momento estaba perdido. Esa jodida pelirroja había infectado su cabeza y no le dejaba razonar con cordura.
- ¡Dios va a ser imposible fingir que estábamos hablando! — Dijo arrugando la nariz, mientras tocaba sus labios que ya empezaban a hincharse.
Ese gesto le pareció gracioso, pero a la vez que quisiera esconder lo que allí había pasado, le hizo resurgir su mal genio. A la mierda con sus empleados. La había besado y quería que todo el mundo supiera que ella estaba fuera de los límites. Era suya de momento y no dejaría que nadie tocara lo que era suyo.
- Me importa poco lo que piensen. Si quiero besarte, lo hago. Si quiero tenerte aquí o en el puto ascensor, incluso en el suelo de la entrada, te tengo, es mi jodido edificio. Yo no tengo porque dar explicaciones de lo que hago. — Dijo fanfarrón.
Parpadeó muy seguido ante sus palabras orgullosas y arrogantes. No podía entender como en un momento estaba relajado y manso como un corderito y al otro su chip había hecho "plof" y se mostraba malhumorado, impertinente y con ganas de discusión.
Los golpes en la puerta volvieron a sonar. Observó como Dmitriy cansado y con la paciencia agotada se dirigía a la puerta. Con una mirada que haría retroceder al más valiente, abrió y ensartó a su amigo David.
- Dmitriy...
- Ahora no. — Avisó conteniendo el mosqueo. - Si no te abro deberías deducir
que estoy ocupado. Vuelve a tu planta y no vuelvas a tocarme los huevos.
Esperó a que se diera la vuelta. No estaba para aguantarlo ahora y menos cuando tenía a la pelirroja allí que era mucho más entretenida. Que su amigo decidiera ese momento para recorrer su oficina con la vista, le mosqueó. Y más se enfureció cuando sus ojos se encontraron con los de Cristina y no pudo ocultar su asombro como si fuera Cristóbal Colón y hubiera descubierto América. Cerró la puerta de un portazo y le cortó la visión. Se apoyó en ella. La pelirroja era muy hermosa. Estaba hambriento y deseoso de poder ver ese buen trasero sin nada que lo cubriera.
- ¡Perfecto Novikov! Ahora seré la comidilla de la oficina. — Se lamentó.
- Deberías dejar de provocarme usando mi apellido para dirigirte a mí. No te haces ni una idea de la de cosas que se me pasan por la cabeza para hacerte, cuando siento mi apellido salir de tus labios.
- Será mejor que me vaya...
Las cosas ya estaban bastante tensas y encima Dmitriy no ayudaba con sus palabras llenas de lujuria y sus ojos empeñados por el deseo, mirándola como si fuera la mujer de un sueño húmedo hecho realidad. No era tonta y no olvidaba todo lo que había pasado el día anterior. Y si él la estaba mirando así, únicamente era por la puñetera ropa de su amiga ceñida que dejaba poco espacio para la imaginación.
Andó con cautela hasta estar al lado de Dmitriy y le suplicó en silencio que detuviera el juego. Su mirada le reveló que no quería hacerlo. Que sus pensamientos al igual que los de ella estaban en los minutos antes que habían compartido y en los que ella se había rendido a su tacto. Se avergonzó y se puso roja. Había gemido, había sentido la excitación, como su cuerpo deseaba sus caricias, como sus labios se fundían con sus besos. De nuevo él la había hecho perderse en la burbuja que la atrapaba cada vez que él se apoderaba de sus sentidos.
- Esta noche. — Hizo hincapié en la cita que habían acordado haciéndose a un lado y antes de que ella terminara de atravesar la puerta.
CAPÍTULO DOCE
Se refugió en la silla detrás del mostrador. Todavía temblaba y estaba aturdida.
Los nervios que se habían apoderado de su cuerpo, no dejaban que pudiera centrarse en su tarea. Tampoco es que tuviera muchas, pero había suficientes para mantenerla distraída. En cambio, por muy ilógico que pareciera, aquel día no encontraba ninguna que dispusiera de la suficiente fuerza para que ella consiguiera mantener su cabeza ocupada y olvidara los besos calenturientos que había recibido.
Miró el reloj y como era costumbre, salió a comprar la comida de su jefe. Llegó a la puerta de la calle y un hombre le cortó el paso. Lo observó con curiosidad esperando que se hiciera a un lado. Cosa que el hombre alto y grande con cara de mala leche no hizo.
- Soy Travis. Señorita Harris.
Su cara cambió y las ganas de subir los diez pisos por las escaleras y lanzar a ese hielo hermético por su propia ventana crecieron. En su lugar respiró con
paciencia y pasó de largo al tipo sin dirigirle la palabra. Procuró caminar con energía hasta llegar al restaurante chino. Una tarea que su nuevo guardián, le puso difícil. Estaba lloviendo y se había emperrado en ir detrás de ella con el paraguas abierto encima de su cabeza.
Entró por las puertas del restaurante y agradeció que el buque de hombre, no la siguiera. Pidió lo de siempre y esperó. Cada día era un lugar distinto y una comida diferente. No entendía como ese hombre conservaba ese cuerpazo duro con tanta porquería que se metía en el cuerpo. Ella a esas alturas ya parecería una bola grasosa. Él por su parte, seguía viéndose como un pecado con piernas largas y esculturales. Y sus brazos... ¡Virgencita! Eran tan grandes que rodearlos con sus manos era una misión difícil. Y su pecho... Por la poca atención que le había prestado, se veía demasiado apetitoso, incluso las tablas que marcaba su estómago la incitaban a querer tocar y pasar su lengua por cada uno de esos cuadraditos.
Movió la cabeza con energía. ¿Qué le pasaba? Parecía una adolescente que no podía contener sus hormonas bajo control y aún menos mantener sus pensamientos a raya. Que su jefe era una divinidad de hombre, lo sabía desde hace tiempo, pero nunca se había parado a mirarlo, nunca lo había visto como alcanzable, como una posibilidad para ella.
Se estaba volviendo loca y la culpa la tenían sus amigos que la habían echado a sus brazos sin miramientos y estas eran las consecuencias; no podía controlar su deseo, las ganas de volver a sentir su boca, de sentir sus caricias, de sentir como la deseaba, de sentir su cuerpo aplastando el suyo... Todo la llevaba hacia un lugar... Ese hombre le gustaba y mucho más de lo que debería estar permitido.
De nuevo sintió como los colores tomaban posesión de sus mejillas.
- ¿Vas a seguirme todo el tiempo? — Ladró al hombre que parecía de la edad de Dmitriy y que no había dejado de seguirla desde que había salido de la oficina.
- Es mi trabajo.
- No eres muy conversador.
- Señorita, no me pagan para hablar.
- ¡Quieres quitar ese dichoso paraguas de mi cabeza! — Dijo cansada de aguantar que la tratara como si fuera una princesa.
- Lo siento, señorita. Cumplo ordenes del señor.
Apresuró sus andares deseando llegar a la oficina y decirle un par de cosas a su jefe. Cuando pisó el primer escalón que la llevaba a las puertas giratorias, Travis plegó el paraguas y le dio un saludo con la cabeza, quedándose a un lado de las columnas blancas. Sonrió a las chicas al pasar al igual que había hecho con los guardias de seguridad que vigilaban el edificio.
Cuando llegó arriba su cabreo la dominaba y se dirigió al despacho con pasos seguros. Sus zapatos resonaban contra las baldosas. Abrió la puerta sin llamar...
- ¡Mierda! Yo... — Se le trabó la lengua y no encontró forma de hablar.
Cerró la puerta avergonzada, miró el suelo y vio las bolsas de la comida. Ni siquiera había sido consciente de cuando las había soltado. Para una vez que no llamaba y tenía que hacerlo justo ese día. Se mordió con fuerza el labio e intentó olvidar la imagen. No lo consiguió; la imagen de Dmitriy con la cabeza echada hacia atrás en su sillón y su erección en la mano la iba atormentar todo el santo día.
Unas manos rodearon su cintura con confianza, mientras que una risa contenida, divertida y muy sexi llenó sus oídos. Se cubrió la cara con las manos y percibió como la jalaba con suavidad y la adentraba de nuevo en su oficina.
- Baja las manos. — Ordenó tratando de ser firme.
- Eeem, tienes... Tu...
- ¿Polla?
- Pene. — Corrigió escandalizada. - ¿Está guardada?
- Ja, ja, ja. Sí, pero si quieres la vuelvo...
- ¡No! — Dijo lo más rápido que pudo.
¿Qué tenía esa oficina? ¿Por qué siempre terminaba allí dentro y en los brazos de su jefe? Bajó los brazos con cuidado, Dmitriy nunca mentía, pero en este tipo de situaciones quien sabía lo que podía suceder, así que no se fiaría de él.
- Pareces una colegiala. Estás muy roja.
Rompió a reír y su corazón se aceleró.
- No le veo la gracia. Tú... Tú no tienes decencia. ¡Novikov, por Dios! ¿Cómo se te ocurre? ¡En la oficina!
Desvió los ojos sintiendo el calor calentar su rostro.
- He hecho cosas peores.
Sonrió con diversión y besó su cuello. Hacía varios minutos que había notado que su atención estaba allí puesta. No imaginó que besaría su vena palpitante para sentir su pulso en sus labios. Contuvo el oxígeno en sus pulmones. Ese hombre la estaba llevando al borde de su resistencia. Le extrañaba estar aguantando tanto, porque la verdad es que deseaba ser devorada por el lobo y si no se había rendido ya, no era por otro sentimiento que el puro orgullo.
- Eres un pretencioso y un...
Dmitriy besó sus labios cortando toda palabrería.
- ¿Un qué? — Inquirió con guasa.
- Un grosero, además de...
Volvió apresar sus labios desmoronando los pocos pensamientos y frases que podía coordinar.
- ¿De qué?
Se estaba divirtiendo el condenado.
- ¡Qué te den!
Le puso el dedo medio frente a la cara por si sus palabras no habían sido suficiente claras.
Dmitriy le dio la mirada más caliente que alguna vez vio y apresó su dedo con los labios. Succionó con experiencia y brío sin apartar sus ojos de ella. Juntó las piernas queriendo calmar el intenso ardor que estaba sintiendo al ver como aquel hombre se afanaba en chupar su dedo como si tuviera otro manjar en la boca. Un gemido escapó de sus labios y Dmitriy dejó de apresar su dedo para en un movimiento depredador acercarse a su oído...
- Quiero tenerte. — Dijo desesperado como un imbécil que necesitaba bajar su calentón.
¡Por favor que anoche estaba en la concha de Claudia! ¿Qué clase de magia utilizaba que la hacía olvidar que era un mujeriego? Le dio un empujón y se alejó de él.
Se acercó a la ventana y contempló como el agua caía, mientras su cuerpo iba regresando a su estado normal. Reposó la frente sobre la superficie fría del cristal. Su respiración aun era acelerada y se encontraba exaltada por lo que casi había hecho. Segundos después se dio la vuelta y pudo mirar de frente a Dmitriy; lo encontró apoyado con la cabeza en la pared, soltando el aire con fuerza. Le pareció que hablaba en susurros y no fue difícil saber que lo que hacía era regañarse por haber cometido semejante error, cuando ya la tenía en sus manos.
Soltó el aire por la nariz como si fuera una tetera puesta al fuego que echaba el vapor caliente al aire. Estaba usando todo su dominio para no arrancarle la ropa como un animal. Era lo que debería hacer, pero no entendía qué coño le pasaba con ella, que quería que se le entregara sin reparos. Ella también lo deseaba, lo presentía cada vez que la tenía cerca, cada vez que la besaba, con cada caricia ella se deshacía en sus dedos. ¿Por qué entonces se lo ponía tan jodidamente difícil? Se estaba hartando, su paciencia tenía un límite y ya estaba tambaleando en la cuerda floja.
- Dmitriy...
- Vete.
¿La había echado? Lo observó queriendo creer que se lo había imaginado. No se movía, veía su espalda subir y bajar. Sentía su respiración profunda. Se acercó, no podía irse así. En ese momento sentía unas ganas irrefrenables por abrazarlo.
Se puso a su espalda y lo rodeó con sus brazos. No llegaba a abarcarlo completamente. Era demasiado grande. Le recordaba a un muro de bloques; grande, ancho y duro. Así era Dmitriy. Y le gustaba. Sostenerlo de aquella manera entre sus brazos sin excitación de por medio, fue algo maravilloso. Había pensado que se daría la vuelta y la alejaría. Que reusaría su contacto. Jamás habría creído que se quedaría quieto como un niño que no sabía si debía apartarse.
- Me rechazas. Me frustra que lo hagas. Que de repente te alejes como si no soportaras mi toque.
Su boca tomó el control de la situación antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. La culpa era de la sensiblera que se le había pegado a la espalda y hacía el intento por mantenerlo abrazado. Ni por asomo esa era la realidad, pero era la excusa más sencilla que podía encontrar, cuando su cuerpo aprobaba sin revolverse, ese contacto íntimo.
Hacía mucho que no permitía que nadie se tomara esa confianza, era un límite que nadie podía traspasar y los que le conocían sabían donde estaba el máximo acercamiento permitido. Y ahí estaba otra vez la pelirroja, saltándose sus normas y cogiendo lo que ella quería. No se había molestado en pensar que, tal vez, él no quería ese acercamiento.
Se quedó absorto pensando en ese instante y trató de entender porque no la estaba apartando de su cuerpo.
- No te rechazo. — Quiso ser sincera. - Me protejo. — Y aun sabiendo que iba a inflar su ego, tuvo que decirlo. - Todo tú me gustas. Sobre todo cuando sonríes y muestras tu lado humano. — Sonrió en su espalda. - Incluso cuando te burlas de mí te ves irresistible y quiero comerte a besos. — Se detuvo para ordenar su cabeza. - Quizás, cuando dejes de verme como un agujero caliente donde poder
enterrar tu juguete. Puede que entonces deje de rechazarte.
¿Le acababa de dar esperanzas? ¡Dónde se había ido su cabeza!
Dmitriy se dio la vuelta. No podía descifrar su humor, ni lo que pasaba por su cabeza. Allí de pie, sin apartar sus ojos de él, le habría encantado entender como funcionaba la brujería para meterse en su mente y descubrir cada cosa que llenara su cabeza.
Sorprendiéndola, Dmitriy la agarró por la cintura y succionó sus labios con deleite. Al alejarse su gesto era serio. ¡Le encantaba! Ese hombre hacía que toda ella se derritiera.
- La cena sigue en pie.
A las ocho estaba esperando que Dmitriy apareciera. Se encontraba muy nerviosa. Dmitriy era algo... Cambiante, por decirlo de alguna manera y ella temía que su actitud no fuera la que ella esperaba en una cena para poder disfrutar de su compañía. La música de su móvil, la hizo salir corriendo hacia la cocina, se había olvidado de donde lo había dejado. Necesitaba relajarse y pensar que estaba compartiendo un rato con un amigo. Si no aquella cena iba a ser el Titanic; se hundiría sin siquiera haber empezado a navegar.
- Hola, ¿te queda mucho?
Había sonado demasiado eufórica.
- Media hora. — Avisó y después colgó.
Miró su teléfono como si fuera el objeto más extraño que hubiera visto. ¡Qué modales! Ella comprendía que para él esos gestos fueran algo nuevo. Que le costara asimilar que estaba contando con otra persona, compartiendo sus contratiempos... "Eso era bueno, ¿no?" Se dijo mientras acababa de colocar los platos en la mesa. Dmitriy no había especificado nada sobre los planes de la cena, así que como él no había aparecido en toda la tarde, se propuso sorprenderlo y había cocinado para él.
Con cada minuto que pasó se sintió más nerviosa, un nudo se le había formado
en la boca del estómago. Estaba tan atemorizada... Dmitriy era el primer hombre con el que se permitía bajar la retaguardia. No lo podía negar, se había ilusionado. Estaba corriendo un riesgo muy grande, pero ya era demasiado tarde.
Ese hombre verdaderamente le gustaba y ni siquiera sabía como había ocurrido.
Por su cabeza nada más pasaban pensamientos tontos. Quería que la viera, que se fijara en ella, que se diera cuenta que si él ponía de su parte algo entre ellos se podría dar. Era algo difícil de lograr y se había preparado para un rechazo inminente. Dmitriy no era un hombre conocido por tener sentimientos y mucho menos por ser una persona de relaciones, pero los pequeños cambios que había visto, le hacían soñar que podía ser posible.
La puerta se abrió y el corazón se le detuvo. Estaba tan guapo. Llevaba el traje de esa mañana en azul marino y aun así, le miró como si fuera la primera vez que le veía con él.
Se acercó despacio. Desde la puerta se había percatado que la mesa estaba preparada. Se sorprendió. Había pensado en llevarla a cenar, incluso había reservado una mesa en un restaurante glamuroso. No se esperaba que ella se tomara la molestia de cocinar para él y eso hizo que la confusión se reflejara en su cara. Las mujeres por norma querían que las llevara a un restaurante carísimo y luego a su casa para disfrutar de un buen rato en la cama. Aquella pelirroja no, ella había preparado una cena, había colocado la mesa elegantemente y puesto velas. Su alma sintió algo que no sabía como afrontar.
- No sabía si íbamos a salir y como te gusta la comida casera... — Se explicó.
No sabía como tomar su reacción. Se había parado junto a la mesa y observaba fijamente cada detalle que había en ella. Se mordió el labio. Debería pensar en dejar de hacerlo en un futuro cercano, iba a terminar deformándose la boca. Sus ojos se empezaron a apagar. Dmitriy no decía nada. Solamente estaba ahí parado, como en estado de shock. Parecía un muñeco sin vida, contemplando las pocas velas que había encontrado, las copas perfectamente colocadas, los pétalos de rosas que adornaban la superficie y la botella de champán que había comprado de camino a casa.
- Había reservado una mesa para cenar.
- Oh, bueno. No pasa nada. Si me das diez minutos me arreglo y nos vamos.
Le dedicó una sonrisa pequeña.
- ¿Y perdernos este banquete? Ni por todo el oro del mundo.
Se sentó, cogió la servilleta de la mesa y la desdobló. La dejó cerca del plato y esperó impaciente que aquella pelirroja moviera las piernas para hincar el diente en lo que había preparado. Parecía un crío, el cual nunca había recibido un regalo y aquella era su primera vez.
Lo observó sin poder dejar de sonreír. Había acertado. Como decía el famoso dicho, "al hombre se le ganaba por el estómago" y ella había jugado con ventaja; era muy buena cocinera y le encantaba darle de comer.
Comenzó a disponer la mesa. Iba de la cocina a la mesa y lo hizo varias veces hasta tenerlo todo en la mesa. Había preparado una pechugas glaseadas con salsa de cebolla, patatas cocidas al horno con ajo, una empanada rellena que se veía deliciosa. Canapés, huevos rellenos y unas salchichas con pan en forma de cerdo. Había pasado horas en la cocina, pero merecía la pena, por el simple hecho de ver la cara de Dmitriy estupefacto.
Tomó asiento. Casi se echó a reír. Se veía tan indeciso y deseoso que lo único que podía hacer era sonreír ampliamente llena de alegría.
- No sabía que te gustaría, he hecho varias cosas por si algo no te agrada.
- ¿Te has pasado la tarde cocinando para mí?
Lo dijo tan sorprendido que se avergonzó.
- También hay postre. — Musitó.
Espantado por lo que había sentido, se centró en probar todo lo que estaba a su alcance. Era mucho más fácil comer que afrontar algo que no quería aceptar. Se dedicó a comer y se mantuvo pensativo. Parecía que estaba comiendo solo, en ningún momento levantó la cabeza para encontrarse con los ojos de Cristina.
Sabía que estaba ahí, podía sentir como le miraba con insistencia como si así pudiera meterse dentro de sus pensamientos.
La ignoraba a propósito, como volviera a unir sus ojos a los de ella y viera esa chispa brillante avivada y esperanzada por algo que él no estaba dispuesto a ofrecer, iba a volcar la mesa y matar sus putas ilusiones.
- ¿De dónde eres? — Rompió el silencio queriendo recobrar el control.
Dejó la tarta de queso sobre la mesa y se entretuvo en colocar los dos platos que traía en su sitio. Se puso nerviosa. Su cara debía mostrar lo descompuesta que se sintió por unos segundos. Se sentó de nuevo y sonrió con naturalidad. Rezó porque Dmitriy no hubiera visto lo tensa que estaba de repente. Si lo percibió, no dijo nada. Se mantuvo a la espera de que decidiera hablar.
- Los Ángeles.
No quería mentir y por eso le contestó con la pura verdad.
- ¿Y cómo has terminado en la otra punta?
Intensificó su mirada.
- Supongo que como todo el mundo por circunstancias de la vida. — Comentó sin especificar.
- ¿Y tu familia?
- No tengo. — Contestó tajantemente.
Detectó la dureza en su voz. Sintió curiosidad. Había sido consciente del cambio en su actitud, de su mirada perdida en los cubiertos, de como apretaba sus dedos contra la mesa. Había sido sutil, pero él tenía una mirada de lince y poco se le escapaba a no ser que él no quisiera verlo.
- ¿Puedo preguntarte algo? — Preguntó cohibida, la ponía nerviosa la manera en la que la estaba escaneando.
No pudo evitar sentirse como si fuera uno de sus balances. Ponía el mismo gesto que cuando miraba esas hojas llenas de números.
- Puedes.
Habló como si fuera una de sus sirvientas y le estuviera dando permiso para retirar la mesa.
- Esa... Mujer.
Dmitriy cambió el semblante. Todos sus rasgos eran de alerta. Aun así no se detuvo...
- Preguntó si yo era una de tus... Fulanas. ¿Qué quiso decir?
- Lo que entendiste. — Enmudeció. - Soy un hombre activo, no me mires así.
Siempre te lo he dicho, disfruto de las mujeres.
- ¿En el despacho?
- Por norma suelo utilizar la última planta. Que para eso está diseñada para parecer un piso.
- ¿Y te da igual que alguien te pille?
- Nadie puede subir a esa planta. El ascensor lleva un panel incorporado y para la última planta hay que usar una llave que solamente tengo yo.
- Que bien...
¿Bien? ¡Qué decía! Por supuesto que no le parecía bien. Era... Increíble que hablara con esa sinceridad aplastante y no encontrara indicios en su rostro de que estuviera avergonzado por su comportamiento.
- ¿Qué tienes una lista para tener una a mano cuando quieres?
Rió. Casi se había acercado. Su manera era mucho más eficaz y fácil. Y estaba
deseando ver la cara que ponía cuando se la revelara. Su postura había cambiado, lo que en un primer momento había decidido que no supiera, se lo iba a relatar con todo el gusto del mundo para que dejara de soñar que él era un hombre para ella.
- No. Hago entrevistas.
- ¿Qué haces qué? — Interrogó en conmoción.
Volvió a reír. Como le gustaba esa pelirroja, preguntona, que se ruborizaba por cada cosa que se salía de lo normal.
- Las entrevisto. — Se encogió de hombros sin importancia.
Casi se cayó de la silla. Su cara debía ser de póker. Dmitriy enseguida estalló a reír como si ella fuera la mujer más graciosa del mundo. ¡Los disparates que hacía la gente! Y luego se quejaba por haber rellenado un formulario...
- ¿Me estás diciendo que las mujeres que aparecen en tu oficina son para...? —
No pudo terminar la frase.
- Sí.
- ¿Y cómo dan contigo o tú con ellas?
¿Por qué preguntaba? ¡No le interesaba!
- A través de Princezno. Todas quieren estar con el dueño. Y ese soy yo. — Sus palabras eran pura y altiva arrogancia. - Dejan sus teléfonos y las llamo. — Se llevó una cucharada de tarta a la boca. - También contactan conmigo por mi perfil de Facebook. Tengo un espacio de entrevistas privadas. Rellenan sus datos... Y les mando un mensaje con su cita.
Se mordió la lengua con fuerza. Se había hecho un pequeño corte. Le vino bien, necesitaba esa distracción. No sabía cómo digerir lo que ese cabeza rana le había confesado y lo que más coraje le daba... ¿Por qué no se había callado? Ahora no podría evitar imaginarlo arriba, en su planta privada, con una mujer, cada vez