Novikov

B. Crespo · Capítulo 3 de 5 · parte 1/3

Páginas del PDF

Novikov

¡Discusión! Le vino la palabra en forma…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

¡Discusión! Le vino la palabra en forma de alarma. Ese imbécil, no iba a desistir.

- ¿Qué haces aquí Travis?

- Señorita, el señor me manda a avisarla de que si no sale por voluntad propia...

Entrara a por usted. — Dijo como si fuera una grabación.

- Dígale de mi parte al señor Novikov. Que se dé una vuelta por el lago y que se detenga en medio del triangulo a ver si con suerte desaparece.

El niñero se dio la vuelta. Siguió sus andares y pudo ver como abría la puerta del coche, se inclinaba y lo más seguro repetía lo que ella le acababa de decir.

Apartó la mirada y regresó a la conversación con sus amigas.

- Entonces, ¿tu padre te dejara el local?

- Eh... Todavía se muestra reticente. — Dijo Melisa sin apartar la mirada de la puerta.

- Viene hacia aquí. — Advirtió Claudia que miraba la misma dirección que Melisa.

Se encogió de hombros. Sus amigas no vieron su gesto. Las dos estaban pendiente del hombre que a pasos agigantados se acercaba a ellas. Se mantuvo firme y se obligó a seguir mirando su refresco. Estaban en un lugar público, el era conocido y no creía que fuera a montar una escena, arriesgándose a salir al día siguiente en las revistas.

- Chicas. — Saludó.

- Hola.

- ¿Qué te trae por aquí?

- Si me dejáis espacio, os muestro el asunto que me ha traído a este lugar.

¡Qué clase de amigas tenía!

Las dos se habían movido en cuanto el don perfección había acabado de hablar.

Ella se negaba a poner sus ojos en él. Había decidido acabar lo que fuera que hubieran tenido y no iba a retroceder. Lo que él había hecho, no tenía nombre. Se sintió traicionada y poca cosa ante esa mujer. Él salió corriendo detrás de ella, su prioridad fue ayudar a esa mujer en vez de estar a su lado en la primera reunión familiar que tenían. Debía seguir sintiendo algo por ella si tomó esa decisión.

Nadie le quitaba esa idea de la cabeza.

- Mírame. — Ordenó.

Por lo cerca que sintió su aliento, intuyó que estaba a su costado. Le ignoró.

Cogió su refresco y terminó lo que quedaba. Alzó la cabeza y vio como sus dos amigas se habían quedado de pie sin apartar la mirada de ellos. Cogió el bolso del respaldo de la silla y extrajo la cartera. Sacó un billete que dejó en la mesa con rapidez.

Dmitriy fue más rápido que ella y se apoderó de su mano. Se la llevó a la boca y la besó. Apartó la mano y no tuvo nada que ver con su acción, si no que justamente había apresado su mano herida y el pinchazo que la atravesó casi la hizo maldecir en voz baja.

- Dame la mano. — Exigió sin derecho a discutir.

¿No podía a hacer como que no había visto nada? Despacio estiró el brazo, dejando la palma de su mano reposar en la de Dmitriy.

- ¡Vamos! — Graznó, tras haber levantado su manga hasta el codo y verificar lo que había intuido.

- Dmitriy, no es nada. Para.

Como si le hablara a la pared siguió tirando de ella hasta llegar a la calle.

- ¡Basta!

Se soltó de su agarre de malas maneras y comenzó a caminar hacia su casa.

- ¡Novikov!

No había dado ni tres pasos, cuando él la había cogido por la cintura y levantado en volandas. ¿Por qué tenía que ser tan testarudo? Pataleó con fiereza, esta vez si quería darle una patada que le doliera. El dolor la atravesó de nuevo y tuvo que dejar de intentar darle un buen golpe.

- ¡Travis, la puerta!

La metió en el coche sujetándola por la cintura. En ningún momento la soltó. Se las había ingeniado para entrar sin soltarla y sentarse con ella sobre sus piernas.

Parecía que era su nueva postura favorita.

- A casa, Paolo.

- Novikov esto ya lo hemos vivido. Dile que detenga el coche.

- Hablaremos en casa.

- No pienso hablar con usted, señor.

Su mandíbula se contrajo. No le gustaba como se estaba dirigiendo a él. Esa forma distante, hacía que su enojo creciera por momentos. La giró bruscamente y la dejó de cara a él. Sujetó sus manos a la espalda con una mano de manera que la pelirroja no pudiera evitar lo que iba a hacer. Con cuidado de no lastimar su mano herida, se encargó de tenerla bien sostenida. Aprovechando que llevaba unas mallas elásticas, introdujo su mano sin titubear hasta llegar donde quería y dejar la palma de la mano presionando contra ella.

- ¡Ni una palabra más!

El calor se propagó con rapidez por su cuerpo y la hizo jadear. Quiso cerrar las piernas, pero en la forma que la había colocado, le era imposible. ¡Bastardo!

Se mordió el labio con fuerza. Dmitriy separó sus labios con sus dedos e introdujo uno en ella. Sus ojos la quemaban. La excitación empezaba a poseerla.

Metió otro más y tuvo que apretar sus labios con más fuerza al recordar que no estaban solos.

- Dmitriy...

Estaba tan caliente y deseosa de que siguiera tocándola, que había olvidado repentinamente lo enfadada que estaba.

- Eso es leona.

Acercó sus labios a la vez que introducía otro dedo y empezaba a moverlos en su interior. Abrió la boca para él, dejando que su lengua entrara en ella. Jadeó.

Sentía como Dmitriy se iba poniendo duro. Era difícil no notarlo, crecía por segundos debajo de ella.

- Señor, estamos llegando.

Dmitriy sacó despacio la mano. Acarició su rostro con ternura y la besó con suavidad. Con las respiraciones agitadas salieron del coche. No podía creer que fuera tan fácil para él salirse con la suya. Todavía sentía el tacto de su mano entre sus piernas. Un cosquilleo insoportable se había instalado en ese lugar.

En cuanto cerró la puerta, se abalanzó sobre ella sin darle tiempo de reacción. Le quitó la blusa dando un tirón como si fuera un bestia; todos los botones saltaron.

La apresó entre la puerta y su cuerpo tratando de no tocar su brazo herido y mordió su cuello. Se sentía salvaje, parecía que quería marcarla. Chilló de dolor y excitación. Los dos estaban en la misma línea.

- ¿Serás buena mientras me deshago de tus pantalones o te tengo que amarrar las manos?

Calor... Mucho calor fue lo que sintió ante su amenaza. Negó débilmente.

- Buena, chica. — Mordió sus labios.

Se arrodilló bajo su mirada lujuriosa. Agarró del dobladillo de la cintura y lentamente hizo descender sus pantalones. Le dio un toque en el pie. Lo levantó y después hizo lo mismo con el otro terminando de extraer la prenda. Al subir se detuvo a la mitad del camino. Llevó las manos a su culo y apretó hacia adelante, mientras por encima de sus braguitas le daba un mordisco que la hizo humedecer. Se incorporó. Sacó su pecho derecho y lo succionó con hambre a la vez que apartaba la tela que le molestaba y encontraba su punto de placer.

Ver como mantenía sus ojos en los suyos mientras la tocaba la acercó a la cúspide. Reprimió un gemido.

- Por favor... — Suplicó.

Dmitriy dejó su mano muy quieta y soltó el duro pezón que había estado torturando sin piedad.

- ¿Qué quieres? — Susurró frente a sus labios.

Los colores de la vergüenza que sentía se mezclaron con los de la excitación.

- Dime lo que quieres, leona.

Sopló con resignación. O hacía lo que él quería o se quedaba sin orgasmo.

- A ti, ahora.

Le había costado, lo había dicho.

- No hay nada mejor que cumplir los deseos de mi leona.

Se desabrocho el pantalón y lo deslizó lo justo para poder sacar su erección. Lo miró con fascinación, cada vez le gustaba más. Se mordió el labio. Estaba ansiosa por sentir de nuevo esa delicia en su interior.

- ¿Te gusta? — Preguntó acariciándose.

Asintió. En ese momento no podía hablar. Le costaba respirar con normalidad y sentía que solamente mirándole sería capaz de estallar.

- La próxima vez, te dejare que la tengas en tus manos.

La besó y ella no pudo hacer más que abrir la boca y entrelazar su lengua con la de él.

- Te voy a levantar y quiero que me rodees con las piernas. ¿Lo has entendido?

Su voz de mandato era tan sexi que no podía hacer más que asentir como una tonta. Así lo hizo, sosteniéndola por las caderas. Lo que no le había advertido era que conforme la pusiera en esa postura se adentraría en ella de un solo golpe. Se

sorprendió y chilló a la vez. No de dolor, que entrara de esa forma imprevista y feroz, la había puesto mucho.

Encontró rápidamente el ritmo. Con fiereza entraba y salía. Escuchaba los gemidos de su pelirroja y el animal que había en él quería adentrarse en lo más hondo de su interior. Grabarle en la cabeza que era suya, que le pertenecía. A base de golpes contundentes que arremetían su espalda contra la puerta, sintió como cada vez estaba más húmeda. Le faltaba muy poco. Se movió con más brutalidad.

- Pellizca tus pezones, leona. — Ordenó.

Se llevó las manos a sus pechos. Deseaba complacerle. No había nada en la vida que deseara más que sentir que le daba placer. Se pellizcó. Primero tanteó con cuidado y luego fue subiendo la intensidad.

- Eso es mi leona.

La miró fascinado como si jamás hubiera visto a una mujer acariciándose los senos.

- Dame lo que quiero. — Demandó.

Se abalanzó hacia su boca y ahogó el gemido de su pelirroja con su boca. Sintió como su cuerpo se tensaba y poco después como se contraía alrededor de su miembro succionándolo y haciéndolo ir con ella segundos más tarde.

Dmitriy dejó reposar su frente sobre su cuello. Sentía contra su pecho el subir y bajar del suyo. Iba muy rápido. Su aspiración era profunda. La suya no es que fuera mucho mejor, daba pequeñas bocanadas de aire tratando de que el oxígeno llenara su cuerpo. Cinco minutos después, sintió como lentamente se alejaba.

Con cuidado dejó sus piernas sobre tierra firme, por decirlo de algún modo, porque si lo pensaba, aquello había sido como dar una vuelta en una moto de agua a toda velocidad.

- ¿Estás bien?

Su mirada escrutadora, junto con su pregunta, le hicieron asentir a pesar de que no estaba muy segura. Dmitriy se internó en el baño. Recogió su pantalón y revisó su blusa; iría directa al cubo de la basura. Sacudió el pantalón...

- ¡Mierda!

¡No podía ser! Corrió hacia la cocina. Encima de la encimera estaba el rollo de cocina y con rapidez se hizo con él. Partió un buen trozo de papel y se lo llevó entre las piernas, donde se entretuvo en limpiar sus flujos mezclados con el líquido de Dmitriy. Oyó abrirse la puerta del baño y tiró el papel a la papelera.

- ¿Quieres darte un baño?

Su prepotencia la irritó. ¡Condenado fuera por tener un cuerpo pecaminoso!

Negó con la cabeza. Tenía que irse. Por lo menos antes de que perdiera toda la dignidad. Era poca y más después de lo que había pasado, pero por poca que fuera debía conservarla.

- Dmitriy... Esto no arregla nada...

Lo señaló a él primero y luego a ella. ¿Por qué no lo entendía? ¿Guapo y listo, no entraban en la misma ecuación? Lo observó acercarse y dio un paso atrás.

Estaba desnuda. Y eso y Dmitriy en la misma frase, solamente existía un término al que llegar; ¡Cama!

- Leona... Voy a llamar al doctor y después hablaremos de lo que quieras. ¿De acuerdo?

- No, Dmitriy... No puedes esperar que con un polvo, se arregle todo. No es así de fácil.

- No te has quejado mientras teníamos el polvo... — Remarcó con chulería la última palabra cabreado porque ella agotaba su paciencia.

- Hablar contigo es inútil. — Desistió de intentar que lo entendiera.

Acabó de ponerse el pantalón, se anudó la blusa por encima del ombligo de

manera que le cubriera los pechos, pero la barriga le quedaba completamente al aire. ¡Iba a helarse!

- Leona...

Sus manos la rodearon desde atrás. Dmitriy se había acercado en el descuido que ella había tenido. Besó su cuello y acarició su estómago con tranquilidad. Era una caricia tan tierna... Que su cuerpo decidió disfrutarla un poco más.

- Lo siento. — Susurró en su oído. - Lo siento y lo siento. Dime cuantas veces quieres que lo repita y lo haré.

Negó con la cabeza. ¿Cómo era posible que fuera un sin cerebro? ¡No quería que lo repitiera! Con una era suficiente. Le creía, percibía en su voz lo arrepentido que estaba, pero... No había dicho lo que ella quería oír.

- Dmitriy eres increíblemente bobo. — Quitó las manos de su piel. — No me sirve tu disculpa, si eres tan tonto como para no darte cuenta que necesito una explicación. — Le dio un empujón y pasó por su lado camino a la puerta, mientras murmuraba... - Lo único que tenías que haberme dicho es el porque.

Cerró la puerta tras ella con fuerza. Quería gritar. Desgarrarse las cuerdas bucales. ¿Por qué? ¡Por qué! Porque había tenido que ir a enamorarse del único hombre en la tierra que no sabía lo que era tener un corazón. Que lo único que entendía era de sexo y placer. Que no sabía lo que era agradecer un gesto simple como lo era que le sirvieran el café. Porque... Porque... Porque Dios le había escogido precisamente a ese hombre...

Extrajo su móvil mientras caminaba. Los niñeros seguían sus pasos. Dos iban andando detrás de ella y dos en coche. La cabreaba que Dmitriy fuera tan meticuloso con respecto a su vigilancia. Era lógico que se quedara tan tranquilo cada vez que tenían una discusión y ella se iba. ¿Cómo no estarlo? Por falta de uno, tenía cuatro personas que le informaban de sus pasos. Se sentía como una mujer importante con tanta seguridad.

- ¡Hola!

- ¿Nos vemos en la torre?

- ¿Hoy? Lo más seguro esté completamente llena. Ese plan me resulta un poco...

Estresante.

- Claudia, necesito distraerme. Ahora mismo ir a casa... No es buena idea.

Lo decía en serio. Si iba a su casa en ese preciso momento, lo más probable era que dentro de una hora tuviera otra lesión. Y no quería. Quería relajarse y dejar de pensar en la estupidez que había hecho. No era bueno que Dmitriy tuviera ese poder sobre ella. Estaba perdida. Si estaba enfadada y él sin una sola palabra era capaz de meterse entre sus piernas consiguiendo que olvidara el motivo por el que debía negarse, no significaba otra cosa que estaba jodida... Jodida... y más y más... Jodida.

- Está bien. En quince minutos...

- ¿Quince de quince? O... ¿Quince de más de media hora?

- ¿Qué insinuás? — Preguntó con falsa voz de ofendida.

- ¿Yo? Nada. — Exageró su voz al hablar.

- ¡Bruja!

- Quince, Claudia.

Colgó sin esperar su respuesta y sonrió. Apresuró sus pasos y en cuanto vio un taxi lo paró. Abrió la puerta. Antes de montar se giró, alzó la mano y saludo a los dos idiotas que la seguían. Sabía que no los perdería, pero al menos los retrasaría, ya que sus compañeros tendrían que parar para que ellos se subieran y luego continuar su persecución constante tras ella.

Quince minutos más tarde, le entregaba al hombre un billete con el que de costumbre, le dijo: que se quedara con el cambio. Se detuvo en las puertas de la enorme torre. Como siempre Claudia, todavía no había llegado. Frunció el ceño cuando vio estacionarse el auto de sus niñeras. ¿No se podían perder por la

ciudad? Observó como se abría la puerta y Travis con su habitual traje negro se dirigía hacia ella. Se cruzó de brazos y esperó.

- ¿Ahora qué?

- Señorita Harris. El señor le pide amablemente que regrese a casa esta noche.

Quiere que cenen juntos y conversar con usted.

- Dígale a su amo... Que deje de acosarme. Que tengo casa y que cenare sola.

Que si se aburre... Busque a su ex novia o que se compre un perro y salga a correr con él.

- Ya estoy aquí.

Arqueó una ceja hacia el guardaespaldas, dejándole claro cual era su postura.

Después se giró y abrazó a su amiga. Paso su brazo por el de ella y se dirigieron al interior.

- ¿Problemas? — Inquirió Claudia curiosa.

- Que va...

- ¿Segura? Tu perrita tenía cara de mala uva... — Comentó divertida.

- Ja, ja, ja. Espera a ver su rostro cuando le de mi mensaje al amo.

- ¡Qué mala!

Se encogió de hombros.

- ¿Te puedo dejar sola mientras voy por las entradas o aparecerá tu controlador de nuevo y te secuestrará?

- Más le vale que no, porque soy capaz de tirarlo por la ventana desde el último piso.

Diez minutos después, Claudia apareció con la mano hacia arriba meneando su

teléfono de un lado a otro; eso era señal de que ya podían subir. De repente un hombre distraído colisionó con ella y los dos aterrizaron en el frío suelo. Salió corriendo en su dirección.

¡Lo que no le pasaba a su amiga, no le pasaba a nadie!

- ¿Estáis bien?

Estiró la mano para ayudar a su amiga a ponerse de pie.

- Eh, sí, creo que sí.

- Lo siento. No te he visto. — Dijo el hombre con un acento inglés muy marcado, mientras terminaba de ponerse en pie.

- ¿Tú? — Casi chilló Claudia.

Miró de uno a otro. En el mismo momento que su amiga había puesto los ojos sobre el hombre que tenían delante... Su mirada se había vuelto asesina. No dejaba de traspasarlo con los ojos, parecía que quería matarlo, evaporizarlo... Se mantuvo con los labios bien juntos y al costado de su amiga, viendo como el rubio de ojos chocolate, le dedicaba la sonrisa más sensual que tenía.

- Claudia. — Pronunció el hombre con un tono extraño en la voz.

- Vámonos.

La cogió por el codo y empezó a dirigirla hacia el ascensor.

- ¿No me presentas a tu amiga?

- Está pillada. Busca a otra que desahogue tu pistola.

- No tendría que hacerlo, si lo hicieras tú...

- Quizás... Cuando te quedes cojo, tengas esa suerte... ¡Imbécil!

Las puertas del ascensor se cerraron y entonces se echó a reír. Su amiga tenía una mueca en los labios y su ceño estaba arrugado al máximo. Ese hombre verdaderamente, la desquiciaba y eso para ella era muy divertido. Tal vez y con suerte, ese inglés era el tipo que la podía dominar.

- No comentaste que era inglés...

- ¿Y qué? Sea de donde sea, sigue siendo un maldito chulo.

- A ti lo que te molesta, es que es igual a ti... Y temes que él sea más rápido a ponerte en la puerta en bragas.

- ¡No digas tonterías!

- Claudia... — Salieron del ascensor. - Allí abajo casi me ahogáis con la tensión sexual que derrochabais.

Levantó la mano en advertencia para que no discutiera. Ella sabía lo que había visto y esos dos se tenían unas ganas tremendas. Así que por mucho que ella se lo negara, no se lo quitaría de la cabeza. Por eso era más fácil terminar la conversación ahí que empezar una pelea de cabezonas. Las dos eran muy testarudas cuando se trataba de emociones. Era como si confesar la verdad, las hiciera verse débiles y nadie quería ser débil ante la vista de nadie. Preferían negar lo evidente y que nadie pudiera utilizar sus emociones, sentimientos... Para herirlas.

CAPÍTULO DIECIOCHO

- ¡Esto es una pasada! — Dijo maravillada.

Había estado tantas veces... Y le seguía pareciendo el lugar más espectacular de Chicago. Aunque nunca podía disfrutarlo como quería, siempre estaba lleno de turistas que al igual que ella querían deleitarse con las mejores vistas.

- No entiendo porque te parece tan emocionante estar sobre una superficie de cristal a más de cuatrocientos metros del suelo. — Especificó Claudia.

Se le había olvidado que a su amiga, no le hacía mucha gracia estar allí arriba. A pesar de que siempre la acompañaba, se decantaba por quedarse en el interior, mientras ella echaba fotos de un sitio a otro sin dejarse nada por plasmar.

Para ella la Torre Willis era su lugar de desconexión con el mundo. Las vistas eran tan impresionantes que allí sus problemas se hacían pequeños. Así se veían los edificios bajo sus pies desde allí arriba. Pegó la cara al cristal y dejó salir el aire de su boca despacio. La superficie se empañó. Subió la mano y por encima de la blancura que había formado su respiración, escribió; ¿Por qué tú?

- ¿Qué haces?

- ¿De verdad lo quieres saber?

Claudia asintió. Sonrió, sabía que su curiosidad presionaba con fuerza en ella haciendo que su miedo fuera menguando como la luna llena.

- Ven. — Retó.

Claudia negó débilmente.

- No correré el riesgo de estar ahí cuando eso se raje y ceda bajo tus pies.

- Bien. Entonces no sabrás que hago...

Devolvió la vista al cristal. Ni siquiera llevaba un minuto observando en esa

dirección, cuando sintió los brazos de su amiga haciéndola a un lado para mirar lo que ella no podía dejar de mirar. Su amiga arrugó el ceño mucho más de lo normal y sonrió ampliamente.

- ¡Estás enamorada de él! — Acusó como si hubiera descubierto el mayor secreto escondido en la tierra.

Se sentó en el suelo y miró a través de de él. Por el rabillo del ojo vio como su amiga hacía lo mismo y se la quedaba mirando. Alzó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de ella y tuvo ganas de llorar.

- Me pidió que me quedara con él.

- Pero... Eso es bueno. — La observó detenidamente. - No deberías verte triste...

- No lo haría, si el mismo día que me lo pidió no hubiera ido corriendo a socorrer a su ex novia. — Suspiró pesadamente. - Me sentí como una mierda. Toda su familia estaba allí y él... ¡Mierda! Prefirió irse corriendo detrás de ella. Y encima no es capaz de darme una explicación. Si no que me busca, me echa un polvo y se cree que eso es suficiente para tenerme contenta.

Miró a su alrededor. Se había olvidado que no estaban solas. Gracias al universo y a las vistas que tenían allí, nadie se había girado a mirarla. Todos estaban entretenidos echando sus fotos. Seguramente para subirlas después a Facebook.

- No sé qué decir... Los hombres lo fastidian todo por naturaleza. Para mí que lo llevan en los genes. Tienen que joderlo sí o sí, si no, no serían hombres.

Hablaron durante un buen rato, rodeadas de las vistas más lindas sobre Dmitriy y las posibles razones por las que había actuado de esa forma. Luego pasaron media hora criticando a los hombres y al final terminaron riendo sin control, cada burrada que se les ocurría sobre ellos era peor.

Sus ánimos se levantaron y poco después, bajaron de ese lugar que hacía que todas sus preocupaciones dejaran de existir y pasaron por el Hog de camino a sus casas. Pidieron sus usuales perritos para llevar y en la puerta se despidieron, deseándose la una a la otra paciencia; paciencia para aguantar a dos hombres que se creían que el mundo giraba alrededor de su culo.

Eran las nueve cuando entró por la puerta de su apartamento. De nuevo había tenido que propinarle una patada a la puerta; siempre se atascaba. Se lo había comentado muchas veces a su casera, pero la mujer se hacía de oídos sordos.

Estaba intentando que todos los vecinos se fueran a la calle, por lo que sabían, había conseguido un comprador; por eso su cometido y pasatiempo favorito era hacerles la vida imposible.

Ya no eran muchos los que aguantaban, apenas quedaban siete en un edificio de seis plantas. Era un edificio viejo, pero estaba bastante bien y la gente que habitaba en él, eran bellísimas personas que solían estar inmersas en sus vidas.

Dejó la bolsa sobre la mesa. Se acercó a la cocina y tomó un vaso. Luego se sentó frente a la televisión. Deslió su perrito, se sirvió Pepsi y le dio un mordisco. Estaban deliciosos. Le dio otro bocado. Quizás por una vez pudiera comerse medio. La puerta sonó e interrumpió el tercer bocado que iba a darle.

- Universo por lo que más quieras que no sea él. — Pidió en voz baja.

Se mantuvo muy quieta. Tal vez así quien fuera pensaría que no había nadie.

- Señorita Harris.

Oyó la voz de Travis a la vez que volvían a sonar dos golpes fuertes en la madera de la puerta.

- ¡Lárgate! — Graznó.

No estaba para seguir aguantando idioteces ese día. Quería terminar su perrito e irse a la cama para al día siguiente empezar a buscar trabajo.

- Tengo una cosa para usted. — Insistió. - Puedo seguir tocando toda la noche.

Saltó del sofá tras escuchar su amenaza. Sabía que era capaz de hacerlo y más si las ordenes venían de un egocéntrico testarudo, que no sabía cuando detener su cansina insistencia.

- ¡Qué!

Le puso una caja delante para que la cogiera. La miró desconfiada. Siendo un paquete de Dmitriy, podía esperar cualquier cosa. La cogió desganada. Si no lo hacía, su niñera seguiría ahí de pie con el puñetero paquete. Cerró la puerta con el pie en su cara. Ya tenía el paquete, ahora podía largarse, no tenía porque seguir viendo su cara. Que ahora que caía, se dio cuenta que empezaba a caerle muy mal.

Indecisa observó aquella caja. La había dejado encima de la mesa y todavía no la había abierto. Se puso el dedo en la boca. Lo mordisqueó. Los nervios por abrirla y saber que había eran fuertes. Estiró la mano. Rompió el papel y de nuevo quitó sus manos de él.

¡Eso era un soborno!

Lo mirara de la forma que fuera, era lo que sentía. La estaba intentando apaciguar a base de regalos. Como el polvo no le había servido... Pasaba a mandarle regalos. Aun así, al final terminó abriéndolo.

- ¿Qué?

Sacó un teléfono, impecable, en su caja. Era plateado y debía valer un dineral. Se asomó de nuevo a la caja. Extrajo lo que parecía un cuadro envuelto en un papel azul de regalo. Lo rompió sin ninguna delicadeza y al ver lo que era, no pudo hacer más que quedarse mirándolo. Era un portarretrato con el marco dorado y dentro estaba la foto que se habían tomado juntos; su primera foto. Lo depositó junto al teléfono y volvió a mirar en el interior. Unas llaves...

¿Qué quería que hiciera con unas llaves? Las sostuvo entre sus dedos. Estaba confundida, muy confundida. Dmitriy estaba loco y le estaba pegando su locura.

Hizo la mano un puño y ahí sostuvo las llaves, mientras sacaba el móvil y seguía las instrucciones para encenderlo. Esperó hasta que el aparato estuvo encendido y después marcó.

- ¿Leona?

- Estabas seguro que iba a llamar, ¿verdad?

- Te conozco mejor de lo que crees...

- Lo que tienes es una confianza extremadamente irritante. ¿Qué esperas conseguir con esto?

Silencio. Llegó un momento en el que pensó que le había colgado. De repente un sonido hizo que mirara su piso, era una melodía amortiguada. Se alejó el auricular y siguió buscando de donde procedía. Camino hacia la ventana de la parte de atrás. Retiró despacio la cortina y se llevó el susto de su vida.

¡Primer porrazo para el móvil nuevo!

Se habría movido a recogerlo, era un aparato demasiado caro para estar en el suelo, pero sus ojos no se podían mover de la ventana; Dmitriy estaba apoyado con la espalda reposando en la baranda de las escaleras de incendios, sostenía una guitarra en sus manos y... ¡Por su madre que estaba cantando!

Se quedó inmersa escuchando la melodía. Los movimientos ágiles con los que tocaba aquel artilugio. La voz tan hermosa que tenía y que con cada palabra hacía que su corazón se derritiera.

Abrió la ventana y saltó fuera. Quería oírle sin restricciones. Tocarle y verificar que aquello no era un sueño. Jamás habría imaginado que, Novikov el hombre de hielo, el hombre sin corazón, supiera tocar la guitarra, cantar y además que lo hiciera con una voz preciosa.

- ¿Qué te parece?

Le costó mucho poder abrir la boca. No tenía palabras. Lo que había hecho era tan bonito y la hacía sentir tan especial que pensaba que si decía algo, la magia se rompería, despertaría en su cama y Novikov desaparecería de su vista.

- ¿Leona?

Sintió sus manos tocar su rostro y toda su fuerza se fue al quinto pino.

- Te odio. — Dijo llevando sus manos a las solapas de su cuello y tirando de él

para pegarlo a su boca.

Lo besó con desesperación. Ese hombre era un buen jugador. Sabía cómo manejarla, como tocarla, como hacer que se muriera por estar con él. En fin, había perdido de nuevo. Dmitriy se salía otra vez con la suya y a ella se la valía, porque no había otra cosa en el mundo que quisiera más que estar pegada a sus labios y encerrada entre sus brazos.

- Tengo algo que decir.

Rió en sus labios.

- ¿Ahora? — Dijo confundida.

Deseaba que la siguiera besando. No que hablara y lo jodiera todo de nuevo.

Siempre que abría la boca fastidiaba la situación.

- Me llamo Dmitriy Novikov, soy ruso, vine a Chicago con mis padres cuando tenía tres años. Me encanta tocar la guitarra y cantar. En mi adolescencia, me metí en varios problemas porque me gustaba a hacer graffitis en las paredes por la calle. Dirijo una empresa de publicidad que no me gusta, pero que me da la posibilidad de hacer crecer otra empresa más pequeña que recién está despegando. — Acarició su mejilla con ternura. - Vivo solo porque no quería ninguna mujer en mi vida que de nuevo pudiera hacerme daño. Siento lo que hice, mi intención no fue hacerte daño. Te quiero conmigo, en mi vida, que lo intentemos de nuevo.

- Dmitriy...

- Mira, conozco a Susana desde hace tanto... Que siempre he actuado así. Ella fue muy importante para mí y cuando la vi llorando, olvidé que ella ya no estaba en mi vida y como siempre hice, salí a protegerla. Fue una acción inconsciente.

- ¿Y quién asegura que no lo volverás a hacer?

- Confía en mí. Dame la oportunidad de demostrarte que tu eres lo que quiero en mi vida.

- No puedo confiar estando ella en la empresa... — Dijo despacio.

Era hermoso que le dijera que quería estar con ella. Lo admitía, su corazón se había fundido con cada palabra que salía de sus labios, pero no podía confiar. Él había ido detrás de ella, la había dejado tirada y la había metido a vivir en su empresa. ¿Cómo iba a confiar? Eso para ella era imposible y más tras haber descubierto que se había enamorado de él. Lo único que lograría sería salir con el corazón roto si se arriesgaba a tener una relación con él estando esa mujer en medio.

- Ven conmigo y si quieres la echo ahora mismo. Si es lo que necesitas para venir a casa, lo haré.

- ¿Qué? ¡No! Dmitriy, no puedes hacer eso. No podría dormir sabiendo que está en la calle por mi culpa.

- Ven a casa. — Rogó haciendo un puchero.

Estalló a reír. Era un puto manipulador. ¡Le adoraba! Ese hombre se había abierto un hueco en su corazón y la había cazado.

- Está bien. Pero prométeme que no estarás a más de dos palmos de ella.

Levantó la mano derecha dejando la palma de cara a ella.

- Palabra de Dmitriy Novikov. — Dijo muy serio.

- Ja, ja, ja. Ven aquí.

Juntaron sus labios en un beso dulce. Una hora después estaba de nuevo en casa de Dmitriy. Se estaba sirviendo un vaso de leche fresca, cuando Dmitriy que había subido a cambiarse la sorprendió abrazándola por la espalda. Le hizo cosquillas al besarla en el cuello. Su barba de días era una de las cosas que más le gustaban en él.

- ¿Vemos una película?

- La verdad, no tengo muchas ganas. Mañana tengo que levantarme temprano, tengo que buscar trabajo.

- Puedes recuperar tu puesto.

Volvió a besar su cuello.

- Ya está ocupado señor Novikov. — Le dijo divertida.

Besó su barbilla.

- Puedo darte otro. ¿Qué te parece que te ponga una mesa en mi despacho?

- ¡Claro! Que buen trabajo. ¿Y por qué exactamente me pagarías? ¿Por acostarme con el jefe?

Besó su boca con dureza. Esa condenada con su boca irónica, hacía que quisiera encerrarse con ella por horas en una habitación.

- Había pensado que podías encargarte de los pedidos.

- ¿Y qué tendría que hacer?

- Fácil. Revisar que cada pedido salga a su tiempo y que son enviados correctamente.

- ¿Y eso como se hace?

- Con el ordenador. — Soltó fanfarrón. - ¿Con qué si no? En el almacén reciben los pedido y antes de mandarlos pasan por varias personas que revisan que todos los datos están correctos. Tú serás una de esas personas. — Le dedicó una sonrisa brillante.

- Podríamos probar...

No estaba muy segura. Ella y el ordenador se llevaban bien cuando se trataba de

redes sociales. Aunque lo que le decía Dmitriy no parecía muy difícil. Podía hacerlo. Todo era ponerse y aprender. Ella en eso era buena, nadie nacía enseñado.

El despertador sonó por segunda vez. Miró a su costado. Su rostro mañanero era lo más agradable que podía ver recién levantada. De la misma forma en la que se habían dormido, se habían despertado; Dmitriy apresaba su cintura como si temiera que fuera a escapar. Pasó sus dedos por su barba. Durante segundos acarició su contorno. Se aproximó y beso sus labios con suavidad.

- ¡Dmitriy!

Le dio un manotazo en el pecho. Ese hombre era insaciable. La había cogido de imprevisto y sentado encima de él. La cogió por el cuello y le dio el beso más caliente que existía. Apresó su lengua entre sus dientes y luego succionó.

Después la soltó y se entretuvo en lamer y mordisquear sus labios. El deseo recorrió por todo su cuerpo. Su vagina palpitó. De pronto el sexo matutino se le antojó como la mejor forma de empezar el día.

- No te muevas. — Advirtió dejándola de nuevo sentada.

Acalorada y con la mirada empañada por la excitación, siguió sus movimientos.

Dmitriy estiró el brazo y abrió el cajón. Extrajo lo que parecía una tela que dejó sobre su pecho desnudo. Su mano volvió al cajón y sacó un paquete plateado que puso sobre la cama. Al verlo el recuerdo del día anterior se abrió paso por su mente y se apuntó mentalmente ir en un rato a la primera farmacia que encontrara de camino a la oficina.

- Inclínate hacia mí. Voy a vendar tus ojos.

Titubeó por unos largos segundos en los que sus ojos no se apartaron de los de Dmitriy. Finalmente hizo lo que le había pedido. Apoyada sobre su pecho, sintió como le colocaba lo que creía era un pañuelo. Lo anudó. El aire de su boca acarició su oreja y su cuerpo se sacudió con fuerza. Tener los ojos tapados, era una sensación extraña y nueva para ella. Los nervios y la excitación se mezclaban volviéndola loca.

- Voy a deshacerme de esto... — Tocó su camisón. - Pero primero... Voy a besar esos labios que tanto me gustan.

Supuso que le iba recitando lo que iba a hacer para que no se asustara cuando sintiera su toque. O puede que lo hiciera porque sabía que su voz era lo único que aplacaba sus nervios. Su boca se posó suavemente sobre la suya. Como si quisiera enloquecerla más de lo que estaba, pasó su lengua por su labio superior.

Lo recorrió de punta a punta y después pasó a hacer lo mismo con el inferior.

Luego acarició sus labios de arriba abajo, incitándola a abrir los labios. Lo hizo y recibió un beso que la dejó sin aliento.

- Dmitriy... — Protestó, cuando lo sintió alejarse.

Esperaba que dijera algo, pero para su sorpresa se mantuvo callado. Sus manos se deslizaron con mucha lentitud hasta llegar al principio de sus rodillas. Poco después volvían a hacer el mismo recorrido llevándose la prenda consigo.

Aguantó la respiración. Se sentía expuesta ahora que la prenda había dejado de cubrir su cuerpo. Esperó... Se le hizo eterno hasta que Dmitriy decidió incorporarse, llevar las manos a su espalda y desabrochar su sostén.

- No. — Amonestó. - Quiero grabar cada centímetro de tu hermoso cuerpo. Así cuando no estés cerca... En mi mente serás perfecta.

Al oír sus palabras enloqueció e hizo algo que en otro tiempo nunca habría hecho; se echó un poco hacía atrás, reposó sus manos sobre las piernas de Dmitriy y abrió más las piernas dejando su sexo a la vista. Oyó su gruñido satisfecho y no pasó mucho tiempo cuando su mano fue directa a ese lugar.

Empezó con suavidad, subiendo su calentura poco a poco.

Sentirlo así, era un suplicio para ella. El sabía que quería más, que estaba siendo demasiado suave y el condenado no le daba lo que deseaba. Dmitriy se movió y supo que se había incorporado. Se mordió el labio con fuerza; había introducido un dedo y pellizcado el pezón a la vez con su mano libre.

¡Quería más!

Su mano se deslizó hasta su cabello. Tiró con fuerza dejándola de nuevo sentada sobre él. Introdujo otro dedo y su boca se abrió. Dmitriy la besó. Devoraba su

boca a la vez que movía sus dedos dentro de ella. Su mano se detuvo y gruñó descontenta. La estaba torturando. De nuevo sintió como se deslizaban en su interior. Gimió. Dmitriy sonrió en sus labios y añadió otro dedo, mientras su pulgar presionaba su clítoris. Se perdió, cuando empezó a moverlo haciendo círculos. Se movió buscando encontrar su liberación, Dmitriy no se lo permitió, sus dedos abandonaron su cuerpo.

- Sabes deliciosa.

Su grado de excitación subió otro grado. Se lamentó por no poder ver su acción.

La alzó un poco y casi gritó de alegría.

¡Por fin! Espera, ¿qué era eso? Frunció el ceño desorientada. De repente aquella cosa empezó a moverse, mientras se deslizaba dentro de ella. ¡Bienvenido fuera!

Esa cosa era una maravilla, mandaba placer a todas las terminaciones de su cuerpo. Era tan intenso que segundos más tarde se vio gritando potentemente, mientras su cuerpo se sacudía una y otra vez.

- ¿Bien?

¿Por qué le preguntaba? ¿Es que no veía su sonrisa bobalicona satisfecha en la boca? Asintió, mientras cogía aire con insistencia. El día menos pensado se la cargaba a fuerza de orgasmos.

- Perfecto.

La besó con posesión y después le arrancó la venda de los ojos. Parpadeó un par de veces. Su sonrisa, sus ojos, su pelo desbaratado... Todo lo hizo verse más sexi a sus ojos y las ganas por tenerlo dentro de ella se abrieron en su vientre, a pesar de que hacía poco había tenido un orgasmo infernal.

- Levanta un poco.

Se sostuvo sobre brazos y piernas. Se deslizó los pantalones hacia abajo y su perfecto mástil quedó ante sus ojos. Se pasó la lengua por los labios. Estaba deseosa por tocarlo. Todavía no lo había hecho y ese momento le parecía perfecto para inspeccionar esa brillante arma que le daba tanto placer.

- Ven aquí.

- No.

- ¿No?

Dmitriy entrecerró los ojos en su dirección. Sonrió traviesa.

- Dijiste que me dejarías tocarlo.

- Leona... La próxima vez... Ahora quiero esa cosita deliciosa que tanto me gusta rodeándolo.

- No.

Desinhibida y pensando únicamente en devolverle todo el placer que él le daba a ella, llevó su mano a su pene. Lo observó con curiosidad. Era grande... Suave...

Caliente... Y dura.

Lo rodeó con su mano sin apartar los ojos del rostro de Dmitriy. Notaba su excitación. Su respiración le delataba. Sus manos se mantenían pegadas a la cama, le estaba constando un mundo mantenerse quieto para que ella explorara minuciosamente la parte que más amaba de todo su cuerpo.

Sonrió con malicia y llevada por el instinto lo movió hacia abajo. Oh, le gustaba la sensación de poder. Volvió a subir y de nuevo a bajar. Así lo hizo varias veces sin perderse detalle de los gestos de su hombre de hielo. Parecía que le gustaba.

Apretó con un poco más de firmeza y aumentó el ritmo, más o menos como el solía mover las caderas cuando lo tenía en su interior. Pronto Dmitriy estaba alzando las caderas buscando los movimientos de su mano. Su mirada se volvió lujuriosa, deseaba más. Ver el líquido que escapaba de su miembro y mezclaba con su mano, le hizo querer saber a que sabía.

- ¡Joder!

Como el había hecho antes, detuvo sus movimientos. Pasó su dedo por la punta y recogió parte del líquido que se derramaba. Clavó sus ojos en los suyos y se

llevó el dedo a la boca.

- ¡Por hoy fue suficiente!

Le acababa de enseñar lo que era sentir tocar el cielo y que en segundos te lo arrebataran. Dmitriy se puso de rodillas y la giró con impaciencia.

- Sobre las manos y pies. No se te ocurra moverte.

Asintió a pesar de que no le había hecho ninguna pregunta, era una orden. Se puso detrás de ella. La agarró con fuerza de las caderas y segundos después su brutalidad al internarse dentro de ella, la hizo gritar. Cada golpe era más fuerte que el anterior, Dmitriy había perdido el control y se movía como un salvaje.

Casi sintió que la iba a partir, pero no, y es que no solamente aguantó, si no que lo disfrutó y esperó ansiosa cada embestida.

- Tócate para mí. — Ordenó.

Apoyó la cabeza en el colchón y coló la mano por debajo de su cuerpo. Separó sus labios y empezó a acariciarse. Frenética por los embistes que tocaban lo más hondo de su interior, intensificó la velocidad.

- Vamos, leona. Dame lo que es mío.

Su estómago se contrajo como si hubiera estado esperando su demanda y con la siguiente estocada salvaje se convulsionó. Dmitriy gruño, se dejó caer sobre ella y mordiendo su espalda, se corrió.

Dmitriy se apartó despacio de ella. Se tumbó boca arriba. Ella optó por dejarse simplemente caer. No creía que las piernas la sostuvieran después de semejante desenfreno. Giró la cabeza hacia él. Le extrañó ver sus facciones endurecidas.

Puso su mano en su estómago y acarició esa zona por unos largos minutos.

- ¿Estás bien?

Levantó la cabeza y sonrió ampliamente.

- ¿Por qué me preguntas siempre lo mismo?

Se encogió de hombros, mientras decía:

- No quiero hacerte daño. He sido un bruto.

Se acercó hasta llegar a su boca y besó sus labios con ternura.

- Me gustas suave, delicado... Y también, bruto, salvaje y descontrolado. No siempre tiene porque ser igual. Unas veces apetece hacerlo despacio y contenido.

Y otras como ahora.

- No debo permitirme perder el control y menos contigo. — Dijo como si estuviera hablando solo.

- A mí me ha gustado.

Dmitriy la miró. Se puso de pie y se encerró en el baño. Le habría seguido, pero le pareció que necesitaba esos minutos a solas. Decidió dejarle un poco de espacio y optar por darse una ducha rápida en uno de los baños de arriba.

Cuando bajó al salón se encontró a Dmitriy sentado en la cocina de espaldas a ella. Parecía inmerso en lo que estuviera haciendo. No se percató de su presencia hasta que levantó la cabeza y la vio sirviéndose un café con leche. Sus ojos se encontraron, sonrío, pero Dmitriy mantuvo su mirada seria y de nuevo se centró en su ordenador. El silencio se fue volviendo incómodo, pesado, molesto...

Llegaron a la oficina y Dmitriy seguía sin dirigirle la palabra. Sabía que no estaba enfadado, pero entonces... ¿Por qué se mostraba de repente tan frío?

Salieron del ascensor y la recepcionista les saludó al pasar. Ella correspondió con cortesía y Dmitriy pasó de largo sin siquiera dirigirle una leve mirada a la mujer. Al entrar se encontró con una mesa en el lado derecho del cuarto, ya dispuesta para ella. ¿Cómo lo hacía?

CAPÍTULO DIECINUEVE

A las doce su paciencia se había desbordado en exceso. Estaba cabreada... Muy cabreada... El idiota seguía sin mirarla. Estaba revisando unos balances y parecía que eso era la cosa más importante del mundo. Cuando lo que tenía que hacer era dejar de hacer el ganso, dejar el orgullo y postrarse a sus pies a pedirle perdón por la indiferencia con la que la estaba tratando.

- ¿Se puede?

Levantó la cabeza confundida. Nadie tenía permiso para hacer lo que esa mujer acababa de hacer. Al ver la sonrisa de la mujer, le dieron ganas de echarla a patadas del despacho. Miró a Dmitriy, por lo menos no sonreía, la interrupción de esa mujer le fastidiaba mucho. Si sus facciones ya estaban endurecidas, ahora parecía que en cualquier momento iba a saltar sobre esa mujer como si fuera un loco que se había escapado de un psiquiátrico.

- Que quieres. — Espetó con sequedad.

- Cariño, ya me has castigado bastante. Déjame volver a casa...

Arqueó una ceja. ¿Cariño? Como se levantara de la silla, ella misma le iba a enseñar el camino directo hasta la calle. Apretó el ratón en su mano y esperó a ver que hacía Dmitriy. Eso iba a ser interesante.

- Te dije que no bajaras por nada del mundo a mi despacho.

Escuchar que había decidido hablar en ruso para que ella no se enterara de la conversación, aumentó su enfado. Escuchó atentamente, mientras hacía como que miraba la pantalla.

- Lo siento. Te llamé ayer.

- Estaba ocupado. Ahora vete arriba. — Ordenó.

- ¿Subirás después? — Preguntó melosa.

Su voz junto con el descaro de esa mujer casi le hizo saltar de la silla y arrancarle esa cara artificial. Sí, artificial. Desde que la había visto, sabía que esa mujer era todo operaciones. Lo único que parecía que era suyo propio era el rojo del cabello igual al suyo.

- ¿Qué parte de lo nuestro está terminado no has entendido? ¡Sal de mi oficina ahora!

- Novikov...

- Ya no funciona. Sal. De. Mi. Jodido. Despacho. — Dijo rezumando rabia.

La mujer se dio por vencida y cerró la puerta. Por lo que había deducido, esa era Susana, su ex. Y lo conocía muy bien. Los celos se formaron en su interior y tuvo que hacer disimuladamente varias respiraciones para calmarse. Él la había echado. No la quería. Tenía que recordarlo para no discutir con él por culpa de una mala persona como era esa mujer.

- ¿Leona?

Alzó su cabeza y se encontró con unos ojos divertidos puestos en ella. Eso la dejó descolocada.

- ¿De nuevo soy tu leona?

- Ven aquí. — Demandó con su típica voz de no discutas.

Se puso de pie y caminó hacia él. Al llegar apresó sus manos y como era costumbre la sentó en sus piernas.

- Siempre eres mi leona. — Murmuró.

- No esta mañana. — Le dijo decepcionada.

Sonrió mostrándole todo los dientes. La confundía. Sus cambios constantes, la hacían creer que estaba montada en una de esas atracciones infernales que solía haber en los parques de atracciones.

- Espera.

Esperó... Esperó... Esperó... Y se cansó. ¿Que quería que viera? Al final le cruzaba la cara. Su carácter no era precisamente pacifista. La puerta sonó con tres golpes contundentes.

- Adelante.

- Señor...

Dmitriy asintió con la cabeza. Travis se adentró en la estancia y dirigió a otros dos jóvenes que portaban una especie de carrito parecido a los que utilizaban en los hoteles. Lo dejaron en medio de la sala y se dieron la vuelta, desapareciendo por la puerta.

- ¿Todavía aquí? Venga, leona, te estás muriendo por ir y ver lo que hay. — Le guiñó el ojo.

Como niña pequeña salió corriendo. Habían tres tapaderas de metal. Mientras las miraba curiosa, Dmitriy se puso a su espalda y rodeó su cintura con sus manos.

- ¿A qué esperas? — Dijo con voz suave.

Levantó la primera tapadera. Su mano temblaba. La retiró completamente y su boca se curvó en una sonrisa.

- Lo siento. — Susurró en su oído, recitando lo que la nota con una rosa al lado decía.

Cogió la rosa y la llevó a su nariz. Aspiró su magnífico olor. Aunque él no lo sabía era su flor favorita. La puso en su lugar y levantó la segunda tapadera. Fue muy difícil lograr que su labio no temblara.

- A veces pierdo el dominio sobre mí mismo y me cuesta controlar la oscuridad de mi interior. — Recitó de nuevo.

Se hizo con la piedra azulada con motas blancas en forma de corazón que había cerca de la nota y la presionó contra su corazón. Levantó la última y los ojos se le empeñaron de tal manera que le costó mantenerlos abiertos.

- Después de mi ruptura con Susana, decidí que nunca otra mujer entraría en mi vida. Escogía mujeres que eran capaces de aguantar el sexo duro. No tenía que contenerme, ni ser delicado, ni cuidadoso. Era Dmitriy Novikov sin restricciones. Tomando lo que quería y dando lo que me apetecía. Hasta que llegaste tú... Contigo no quiero ser ese hombre. Para ti debo ser todo lo que hace mucho dejé de ser... A ti quiero solamente darte lo mejor que hay dentro de mí.

Cuando acabó de recitar la nota, sollozaba. No le había dicho que la quería, pero eso se sentía igual. Para ella esa era la declaración más hermosa que podía haber escuchado. Se giró y le miró. Le veía borroso.

¡No podía dejar de llorar! Su hombre de hielo era único. Le daba exactamente igual como fuera con los demás, con ella era maravilloso y su corazón le había reclamado como suyo. Acarició su barba y luego besó su barbilla.

- Este no tiene regalo. — Soltó en tono bromista.

Dmitriy sonrió y dijo lo que nunca habría imaginado que diría.

- El regalo soy yo. Con esa nota te estoy abriendo las puertas para que te adueñes de mi corazón.

- Ooooh, Dmitriy.

Juntó sus labios a los de él y le dio un beso dulce y lleno de emociones. Rodeó su cintura con sus brazos. Apoyó la cabeza en su pecho y sintió las maravillosas manos de Dmitriy acariciando su nuca.

- ¿Tienes hambre?

- Pues ahora que lo dices sí.

- Vamos.

Besó su frente y tiró de ella. Siempre la llevaba a arrastras. Como no se acostumbrara pronto, el día menos esperado se veía besando el suelo. Se subieron en el auto. Por primera vez, vio conducir a Dmitriy y si no hubiera sido porque iba muy entretenida rezando para que no se mataran en un accidente, ella misma le habría dado con la cabeza contra el volante.

¡Normal que no condujera, tenía que tener el carnet retirado!

El coche se detuvo. Abrió la puerta y se lanzó al suelo. Lo besó. Agradecía estar en tierra, viva, sin un rasguño. ¿Quién le había enseñado a conducir?

- ¿Qué haces leona?

- ¡Tú... Tú... Estás muy mal! ¿Has visto a la velocidad que ibas?

- ¿No te he comentado que me gusta sentir la adrenalina en mi cuerpo de vez en cuando? Dos veces al mes David y yo quedamos para echarnos unas carreras.

- ¡No, no lo dijiste! ¿Crees que me habría subido contigo si lo hubieras comentado?

- Ja, ja, ja. Después de besar eso. Te prohíbo acercar tus labios a los míos hasta que te los hayas lavado como mínimo con jabón.

- ¡Qué te follen!

Le sacó el dedo medio, mientras se ponía de pie.

- Mmmm. Buena idea, vuelve al coche que hoy vamos a hacerlo al aire libre.

- ¿Qué? ¡No!

Le pegó un puñetazo en el pecho. La sostuvo de los hombros y besó su nariz.

Todo el miedo, ira, o cualquier clase de sentimiento que no se pareciera a la ternura, desapareció de su organismo. No podía con él. Estaba mal de la azotea, pero adoraba la locura de ese hombre.

Con las manos entrelazadas tocaron al timbre. Mijaíl los recibió con una enorme sonrisa y a empujones los hizo pasar. Su euforia los confundió a los dos por igual. Penélope apareció dos minutos más tarde y su sonrisa era más enorme que la de Mijaíl.

- ¡Hola!

Se abrazaron. Le gustaba mucho esa mujer. Era una mujer que te transmitía alegría, confianza, además que era divertida y con carácter. Vamos, como ella, por eso le caía genial.

- Íbamos a salir a comer. — Comentó Mijaíl.

- Ahora podemos ir los cuatro y celebrar juntos. — Dijo alegre Penélope abrazando a Mijaíl.

- ¿Y qué celebramos?

- ¡Qué vas a ser tío!

Se atragantó. ¡Mierda! La farmacia. Lo había olvidado.

- ¡Enhorabuena hermano!

Se abrazaron los dos hermanos. De repente no quería ir a comer. El tiempo corría en su contra. No es que por una vez se fuera a quedar embarazada, pero mejor tomar precauciones y tomarse la pastilla mágica a dentro de un mes llevarse la sorpresa de su vida.

¡Tenía qué ir a la farmacia! Se lo iba a decir. La culpa era suya. El había sido quien no se había parado a ponerse el paraguas antes de meterla. En realidad la culpa era de los dos, ella estaba demasiado excitada para preocuparse en ese momento de la protección.

- ¿Leona?

- Eh, ¿Qué?

- Te estaba diciendo que si te encuentras bien. Estás muy pálida.

- ¿Podemos hablar un segundo?

La preocupación apareció no solamente en el rostro de Dmitriy. Por la forma en la que los tres la miraban, parecía que había cometido un delito al pronunciar esa frase. Dmitriy asintió y la guió a la cocina.

Seguir: parte 2 de 3