NUNCA DEJES DE BAILAR

Carmen Grau · Capítulo 1 de 26

Páginas del PDF

NUNCA DEJES DE BAILAR

Primera Parte

OceanofPDF.com

ENYA

Barcelona, febrero de 2016

Mi madre solía decirme que yo iba contra corriente por el simple gusto de llevar la contraria y que conmigo debía emplearse la psicología inversa.

Desde pequeña, ella la había usado a menudo para coaccionarme a hacer los deberes del colegio o lavarme los dientes. Se convirtió en un juego entre nosotras que llevamos hasta más allá de mi adolescencia. Un juego que siempre ganaba ella, aunque me hiciera creer lo contrario.

Durante años no supe que el primer chico que llevé a casa no solo le cayó mal sino que fue la causa de una tristeza profunda que esa primera noche la hizo llorar largo rato en la soledad de su cama. Mi madre era así: sufría en silencio. De cara al exterior era otra cosa. Cada mañana se miraba al espejo, sonreía a su imagen, y le decía con un dedo levantado: «Todo va a salir bien, ¡no me digas que no!», y acercaba los labios para darse un beso de autoestima. Entonces se enfrentaba al mundo y a su principal razón de ser: yo.

A los quince años, una tarde le presenté a Guillermo. No le gustó de entrada, pero fue capaz de fingir durante el año entero que salí con él.

Creyó que si me hubiera dado su sincera opinión, yo habría respondido con lo que ella llamaba «tu reactancia» y habría sido capaz de seguir con él hasta que ella muriera del disgusto. Mi madre era psicóloga; aprendí de ella toda la teoría y los términos psicológicos que conozco. Lo que no sé si me inculcó bien fue inteligencia emocional práctica; tampoco sé si la tenía ella o sabía aplicarla a su propia vida.

El problema de Guillermo, a ojos de mi madre, era que se parecía demasiado a mi padre. Fue como volverlo a encontrar, ella con veinte años más de madurez, pero él igual. Era el típico guapo de la clase, encantador, seductor, que escogía bien sus palabras vacías y hablaba mucho sin decir nada en realidad. Un pseudointelectual que no engañó a mi madre ni cinco minutos, aunque a mí sí. Yo bebía los vientos por él y tardé varios años en

darme cuenta de lo peligroso que es enamorarse de quien no te conviene en la adolescencia (bueno, en mi caso a cualquier edad ha resultado peligroso).

Ella ya lo sabía de sobra. Había conocido a mi padre a los diecisiete años; a los dieciocho me tuvo a mí. Por más que le costara, con Guillermo se colocó su mejor máscara y desde el primer momento le siguió el juego de la seducción. Esa primera tarde insistió en que se quedara a cenar y enseguida se convirtió en un invitado asiduo. Se hicieron íntimos amigos.

Al principio yo estaba encantada, pero al cabo de pocos meses empecé a picarme, sin sospechar que eso era precisamente lo que mi madre pretendía.

Su camaradería me molestaba, pero no eran celos. Guillermo coqueteaba con cualquier mujer, fuera de la edad que fuera, pero mi madre no respondía a los cumplidos, o respondía rebotándolos hacia mí. Por ejemplo, si él comentaba lo bien que le sentaba una falda o zapatos nuevos, ella contestaba: «Enya y yo fuimos ayer de compras. ¿Qué me dices de su vestido nuevo? Le queda divino, aunque con ese cuerpazo cualquier trapo le sienta bien. Ya me gustaría a mí tener tu tipo, hija. Yo ni a tu edad era tan guapa».

No, mi madre no me daba ningún motivo de celos, aunque él no cesara en sus halagos. Lo que me irritaba era que me lo pusiera tan fácil, que aceptara a Guillermo sin una sola objeción. El colmo fue cuando le confesé mi decisión de acostarme con él. Hasta que no se lo anuncié no fui consciente de que esperaba y deseaba que se opusiera o, como mínimo, que intentara disuadirme. En vez de eso, me contestó con toda serenidad:

—Sería hipócrita por mi parte decirte que no lo hicieras, que esperaras unos meses o unos años, que todavía eres joven. Eres una mujer y tienes derecho a disfrutar de tu sexualidad. Pero… ya sabes lo que me pasó a mí.

Tú y yo salimos adelante, pero no fue fácil. Toma.

Me tendió una caja de preservativos. Como si ya la tuviera preparada, como si hubiera estado esperando ese momento. Peor: como si hubiera ido a comprarla expresamente para mí. Ella no se acostaba con nadie. Había dedicado toda su vida a mí y, por la falta de costumbre, se había olvidado de cómo relacionarse con los hombres, y eso que solo tenía treinta y tres años.

Así fue como perdí la virginidad, en mi propia habitación, mientras mi madre dormía en la suya; solo nos separaba el amplio salón. Y esa noche sí durmió; me lo confesó años más tarde. Que yo dejara de ser virgen no le preocupaba en absoluto. Al contrario, tal como me había dicho, creía que yo

tenía derecho a iniciarme en el sexo con quien quisiera y en el momento en que yo decidiera que estaba preparada. Confiaba en que poco después él se cansaría de mí o, mejor aún, yo me daría por fin cuenta de su superficialidad.

Ocurrirían las dos cosas a su debido tiempo. Para mi desgracia, lo primero fue que él se cansó de mí. Solo con los meses supe ver que en realidad tuve suerte, tal como me aseguró mi madre. Tuve suerte porque fui yo y no él quien se preguntó mil veces por qué me pasaba eso a mí y qué había hecho o dicho para estropearlo todo. Mientras, mi madre me abrazaba y lloraba conmigo, todavía fingiendo que a ella también la había engatusado, aunque en realidad sus lágrimas eran por la pena de ver que hacían daño a su niña.

Él se olvidó de mí sin más. Yo me quedé con el rechazo y las incontenibles ganas de llamarlo y correr tras él. Una vez más mi madre me dejó hacer, viviendo mi humillación y sufrimiento como si fueran suyos, y esperando paciente a que se me pasara. Cuando por fin me curé del desamor, me dijo eso de que había tenido suerte, que peor habría sido que me hubiera cansado yo primero.

Eso fue lo que le pasó a ella. Mi padre no nos dejó. Ella se enamoró, se quedó embarazada y vio sus sueños truncados durante mis primeros años, pero también tuvo el valor de rechazar un arreglo matrimonial impuesto por mis abuelos. Mi padre se habría casado aunque en realidad no la quisiera, como en efecto haría años más tarde, con otra mujer. Mis abuelos se lo pusieron muy fácil. El dinero lo apaña todo y, como ellos lo tenían, les ofrecieron el piso de la calle Entença, que ahora es mío y es desde donde leo mi propia historia.

Hasta que cumplí dos años, mi padre le hizo la vida imposible a mi madre. Ella no le rechazó desde el principio. Primero intentó ocultar su embarazo. No se lo dijo ni siquiera a él. Hasta que estuvo de cinco meses vivió esa euforia inesperada completamente sola. Descubrir el milagro de mi existencia fue una sorpresa, pero en ningún momento se le ocurrió deshacerse de mí. Por eso calló, porque sabía que en cuanto mi padre o mis abuelos se enteraran, harían todo lo posible por convencerla para que abortara. Cuando ya no pudo esconder más lo evidente, sucedió lo que ella había previsto: que todos quisieron arreglar «el problema». Mis abuelos ofrecieron ayudarla de la única manera que sabían: con dinero. Ellos se harían cargo de la boda, les pondrían el piso, le darían trabajo a mi padre en

su empresa mientras mi madre seguía con sus estudios… Se les olvidó preguntar qué deseaba ella.

Él, como era de esperar, no se tomó nada bien la noticia. Se sintió engañado. Eso me contó mi madre; con él nunca he hablado del tema. Le enfureció que mi madre no le hubiera hablado del embarazo desde el principio porque consideraba que la decisión de tenerme o no les concernía a los dos. Con esa excusa, desapareció. Mi madre no tuvo mucho tiempo de pasarlo mal porque ya solo vivía pensando en mí, concentrada en cada cambio de su cuerpo. Hacía meses que había llegado a la conclusión, no sé si fundada o no, de que su novio no la quería y por eso había empezado a actuar como si él ya no formara parte de su vida. No había contado con que los tipos como él no están acostumbrados a que los desechen así como así.

A las dos semanas se presentó en casa de mis abuelos adoptando una postura entre herida —porque después de tres veces sin contestarle al teléfono mi madre no había insistido más— y arrepentida. Se llevó una gran sorpresa cuando delante de mis abuelos, que quince días antes le habían puesto el futuro en bandeja, mi madre le comunicó que de ahí en adelante él ya no pintaba nada.

A partir de entonces empezó el acoso. Mi padre aseguró estar locamente enamorado, pero mi madre nunca lo creyó. Estaba convencida de que él había visto la oportunidad de dar el braguetazo de su vida. Según ella, mi padre hubiera sido un yerno aprovechado, marido adúltero y padre ausente.

Mis abuelos fueron testigos de la entereza de mi madre no sin poca sorpresa y, en el caso de mi abuela, cierta alarma. Temía que mi madre se estuviera encerrando tanto en sí misma y en el bebé por nacer que era incapaz de apreciar el amor, a su manera, de mi padre. Así que intentó ablandarla. Mi padre le dio pena y él aprovechó la brecha para seguir insistiendo. Mi abuela le abría las puertas de casa, le tomaba los recados de teléfono cuando llamaba, le ofrecía un café cuando mi madre se negaba a salir de su cuarto. Se lo ponía difícil a su propia hija, no por fastidiarla sino porque creía que yo tendría mejor futuro con dos progenitores y la actitud de mi madre le parecía egoísta.

Mi abuelo se mantuvo más al margen, secretamente orgulloso de mi madre y aliviado de no tener que cargar con un yerno no deseado. Aunque había sido él quien propusiera el arreglo del matrimonio y el empleo de mi padre en la empresa familiar, desde el principio apoyó a su hija en la decisión de ser madre soltera. En aquella época no era tan normal como

ahora, pero tampoco era la vergüenza que hubiera supuesto en la juventud de mis abuelos. Sus treinta primeros años habían transcurrido durante la dictadura franquista y se educaron en un ambiente de catolicismo obligado, reglas estrictas y la feliz ignorancia de no conocer otra realidad en la que su voto contara para decidir el futuro del país. Ambos eran hijos de empresarios, y ellos mismos, emprendedores y muy trabajadores. Vivían holgadamente y hasta que Franco murió no habían tenido motivo para cuestionarse la situación política del país. Pero sí habían sufrido en sus propias carnes la represión sexual y la censura franquista en el cine. Sin llegar a ser abiertos y desinhibidos en temas de sexo, como sí lo sería mi madre conmigo, supieron adaptarse bastante bien a los nuevos tiempos.

Cuando el orgullo herido de mi padre empezó a convertirse en algo enfermizo, mi abuela dejó de sentir lástima por él. Mi padre abandonó sus estudios y se dedicó a perseguir a mi madre allá donde fuera, al principio rogándole que volviera con él, después amenazándola e insultándola. Mi madre dejó también de estudiar, a pocos meses de terminar COU, y tardaría algunos años en retomar los libros de texto. No lo hizo porque su estado de buena esperanza fuera ya más que obvio, sino por la fobia a salir de casa y encontrarse a su exnovio apostado en la portería, esperándola y reclamando su derecho de paternidad sobre mí. Pasó los dos meses anteriores a mi nacimiento encerrada en la casa donde todavía viven mis abuelos, en el opulento barrio de Tres Torres. En una ocasión en que mi padre se puso a gritar desde la calle, bajo la ventana de mi madre, mi abuelo llamó a la policía. Se lo llevaron a comisaría y creo que hasta lo ficharon, pero enseguida lo dejaron marchar. Eso lo mantuvo alejado durante un tiempo, pero cuando nací, volvió a la carga. Mi madre me dijo muchas veces que el acoso al que la sometió mi padre fue la experiencia más traumática que sufrió jamás, efectiva en provocarle una androfobia de la que nunca quiso recuperarse. Según ella, Guillermo habría actuado de la misma manera que mi padre si hubiera sido yo quien lo hubiera dejado. Todo eso que me ahorré.

Mi madre permitió que mi padre me viera cuando yo ya tenía un mes, pero le dejó claro que eso no sentaba precedentes y que le quería fuera de nuestras vidas. Ella escogió mi nombre, por la cantante irlandesa que había descubierto el verano anterior mientras estudiaba inglés en Donegal y que casualmente se haría mundialmente famosa un año después de mi nacimiento. A nadie más le gustaba el nombre, pero eso a mi madre no le

importaba. Tomó todas las decisiones concernientes a mí siempre sola, sin escuchar la opinión de los demás. En mi partida de nacimiento y el libro de familia, junto a «padre» aparece la palabra «desconocido», aunque mi madre jamás me ocultó su identidad. Desde pequeña me contó la historia tal como era y a él lo vi varias veces a lo largo de mi niñez y adolescencia.

Durante mis dos primeros años mi madre continuó negándose a que formara parte de nuestras vidas porque él no cesaba en sus ruegos, que invariablemente se convertían en amenazas. Mi madre seguía convencida de que no nos quería a ninguna de las dos, aunque él insistiera en jurar lo contrario. Decía que cualquier otro idiota se habría sentido afortunado por la libertad de no tener que cargar con una mujer e hija no deseadas, pero la rabia de no ser él quien tomara la decisión lo tenía poseído. Tantos años de rechazo debieron de suponer un duro golpe para él, pero me inclino a pensar que mi madre tenía razón.

Llegó un día en que por fin mi padre se rindió y, después de dos años de distancia, mi madre nos presentó. Yo ya tenía cuatro años y mi madre me dijo: «Este es Sergio, tu padre, del que ya te he hablado». Reaccioné como si se tratara de un amigo suyo cuya atención le pertenecía: sin mucho interés. No echaba de menos la figura de un padre porque nunca la tuve, así que no sabía lo que era. Ese primer encuentro fue en la granja de la esquina de la calle Entença, que todavía existe. Yo no lo recuerdo; lo sé porque me lo contó ella. Quedamos para merendar. Yo me tomé un Cacaolat y un donut, ellos solo un café. Sergio y yo no nos hicimos ningún caso. Él me miraba sin saber cómo hablarme y yo estaba concentrada en el donut rebozado de azúcar. Ellos también hablaron poco, pero a partir de entonces mi madre accedió a quedar con él al menos una vez al año para que viera cómo yo iba creciendo. Los primeros encuentros fueron tensos, aunque con los años se fueron suavizando. Nunca llegaron a ser amigos. Ninguno de los dos superó el resentimiento que a veces afloraba en sus conversaciones, si bien consiguieron al menos mantener siempre la cordialidad.

Sergio nunca le dio dinero a mi madre para mi manutención porque ella se negó a aceptar nada de él. En cambio, sí aceptó la ayuda de mis abuelos.

Al principio vivimos con ellos, pero a partir de mis dos años, los desacuerdos con mi abuela sobre la mejor manera de criarme se hicieron cada vez más frecuentes, hasta que mi madre les pidió permiso para alojarnos en el piso de Entença, que ya entonces estaba a su nombre y desocupado. Mis abuelos accedieron, cómo no, por más que a ella le doliera

dejar de ser parte influyente en mi vida. Según mi abuela, yo era una niña mimada a la que se le consentía todo, motivo por el cual había que meterme en una guardería. Mi madre estaba en contra y se negó a llevarme incluso a la más cara de Barcelona. Hasta que empecé párvulos en un colegio privado, mi madre estuvo siempre en casa conmigo, sin apenas separarse de mí ni permitir que nadie más me cuidara. Solo entonces reanudó sus estudios, abandonados desde hacía tres años. Aprobó la selectividad con buena nota y terminó la carrera de Psicología en un tiempo récord y con honores. Siempre tuvo muy claro lo que quería. Cuando años más tarde abrió su propia consulta y empezó a ganar dinero por primera vez en su vida, yo ya tenía ocho años y ella veintiséis. Imagino que mis abuelos debieron de quitarse un peso de encima, aunque nunca aceptaron ningún dinero de vuelta por los años en que nos habían mantenido a las dos.

Sergio se casó hace ahora once años. Yo fui a la boda; mi madre no.

Siempre tuve la sospecha de que me invitó más para demostrarme que era capaz de asumir el compromiso del matrimonio que por verdadero deseo de tenerme a su lado en un día tan señalado. No creo que a su mujer le hiciera mucha gracia, pero si él insistió en invitarme, ella no pudo oponerse.

Él y yo tampoco hemos llegado nunca a ser amigos, y menos mientras mi madre vivió. Entonces, había un aire de incomodidad entre nosotros tan denso que casi se podía palpar. Hasta que ella murió, nunca hablamos de nada trascendental. La separación emocional que mi madre había impuesto entre nosotros imperó siempre, como si de un hechizo se tratara, y solo su muerte fue capaz de deshacerlo. Él siempre intuyó lo que mi madre me había contado sobre ellos, y que yo creí, más aún cuando me presentó a su novia y adiviné el papel dominante y posesivo que desempeñaba él en esa relación.

Con sus hijos es igual, un padre demasiado estricto para los tiempos que corren. Mis hermanos —o medio hermanos, mejor dicho— son diecinueve y veintiún años más jóvenes que yo, pero se les está educando bajo los auspicios de la religión y el condicionamiento psicológico que a mi madre le parecía tan retrógrado. Ella no me habló de Dios hasta que cumplí siete años y empezamos a leer juntas una Biblia para niños con muchos dibujos y me dijo que era un libro de cuentos no menos ficticios que el de la Caperucita Roja. Mis hermanos, en cambio, ya han recibido los sacramentos del bautismo y la comunión, y ambos han aprendido de muy pequeños a temer a Dios y a su padre, igual que cuando mis padres eran

pequeños y todavía no acababa de morirse Franco. Y ya sé que si le hablara a Sergio de la certidumbre que tuvo mi madre cuando se quedó embarazada de que él la empujaría al aborto, negaría hasta la muerte haber abrigado esa intención. La hipocresía es uno de sus pasatiempos favoritos.

Ahora los niños tienen ocho y diez años y todavía no saben que soy su hermana. Desde que regresé de Boston, hace ya más de dos años, los veo más. Sergio y su mujer me invitan a comer a su casa un domingo al mes.

Con ellos he descubierto que me gustan los niños. Me tienen cariño y eso que lo único que hago es jugar, escucharles, interesarme por sus vidas. No había imaginado que sería tan fácil; antes no sabía cómo acercarme a los niños, me parecían bichos raros a los que preguntabas qué tal les iba el colegio y no solo no te contestaban, sino que te fulminaban con una mirada de odio y los labios apretados. Ahora comprendo que eso es lo que pregunta todo el mundo, con el tono de condescendencia correspondiente y sin aguardar la más mínima respuesta. Los niños son auténticos, no entienden los formalismos y las preguntas vacías de los adultos. Sin embargo, Sergio ha decidido que es mejor para ellos que no sepan que soy su hija. Creen que soy una amiga de la familia, probablemente la única amistad de sus padres que les presta más atención a ellos. Cuando regresé de Boston, hacía tres años que no los veía y no se acordaban de mí en absoluto. Fue como si me vieran por primera vez. La mujer de Sergio les dijo: «Niños, esta es Enya, una amiga de vuestro padre».

Me quedé demasiado estupefacta para reaccionar, pero durante mi siguiente visita, en la comida, mientras los niños miraban los dibujos de la tele, me encaré a Sergio y su mujer. Después de lo que había pasado en Boston, me sentía tan sola que volver a Barcelona y descubrir cómo me privaban de parte de mi familia fue otro duro golpe para mí. Lo más doloroso había sido regresar al piso vacío de Entença, donde viví siempre con mi madre. Mis abuelos me pidieron que me mudara a su casa, al menos hasta que decidiera qué iba a hacer con mi vida, pero me negué; ya tenía veintiséis años y era hora de que me espabilara sola. Que España estuviera sumida en la peor crisis económica de su historia y que ya fueran seis millones los que engrosaban las listas de parados no iba a afectarme. Ya lo decía mi madre: yo siempre iba contra corriente. No era apoyo económico lo que necesitaba, sino cariño. Mis abuelos, benditos sean, no podrán sustituir jamás a mi madre. Con ella podía llorar durante el rato que necesitara sin que me preguntara nada. Solo me abrazaba y acariciaba el

pelo, esperando con paciencia el momento que yo escogiera para hablar de lo que me afligía, ya fuera al cabo de cinco minutos, tres días o nunca.

—No creemos que sea bueno para los niños que conozcan nuestro parentesco —dijo él—. Somos una familia normal, con valores; creemos en el núcleo familiar. Tienes que entender que fue tu madre quien escogió llevar una vida desestructurada. Yo me habría casado con ella, ya lo sabes, te habría educado, habría ejercido de padre, pero ella me borró de vuestras vidas. A efectos legales, ni siquiera soy tu padre. ¿Cómo les explico eso yo a mis hijos? Son demasiado pequeños, no lo comprenderían, les confundiría, y no quiero que sepan que tu madre me trató tan mal, porque nunca entendí por qué lo hizo.

—Los niños comprenden más de lo que nos pensamos —respondí con un hilo de voz, luchando contra las lágrimas que se me agolpaban en los ojos

—. Por favor, Sergio, déjame ser su hermana. Sé que mi madre te hizo daño, pero no me castigues a mí por ello. Lo he pasado muy mal desde que ella murió, no me fue del todo bien en Boston…

Ahora ya lloraba abiertamente, y la mujer de mi padre se levantó con la excusa de ir a la cocina a por más agua; siempre le han incomodado mis lágrimas.

—No te estoy castigando. Lo hago por el bien de ellos, no por hacerte daño a ti. No sé qué es eso tan malo que te ha pasado en Boston, pero tengo la seguridad de que saldrás adelante como siempre has hecho. Eres joven, guapa, inteligente, tienes estudios y todo el futuro por delante. No me necesitas, nunca lo has hecho, igual que tu madre. De todos modos, las puertas de esta casa estarán siempre abiertas para ti. Puedes venir a ver a los niños, con la condición de que no sepan jamás que eres su hermanastra.

—Hermana. Soy su hermana —dije entre hipos—. Hermanastros son los que no tienen ningún lazo de sangre.

Los hijos siempre pagan por los errores de los padres. Mi madre ya no está, pero las decisiones que tomó incluso antes de que yo naciera siguen afectándome. Todo tiene consecuencias. Ella le negó a mi padre formar parte de nuestras vidas, y ahora él me hace a mí lo mismo. La diferencia es que yo siempre supe quién era él porque mi madre jamás me mintió: eso sí lo hizo bien.

A mi regreso de Boston me sentí aún más sola que cuando me había ido.

En Sergio no encontré el apoyo emocional que ahora estoy segura de que

fui a buscar sin ser plenamente consciente de lo que hacía. Al quedarme huérfana de madre, por primera vez en mi vida necesité a mi padre. Pero habían pasado ya tres años de la muerte de mi madre y de la única conversación profunda que habíamos mantenido Sergio y yo, un día después del funeral. Hablamos durante horas, casi todo el rato él, mientras yo lloraba. Por primera y última vez me contó su versión de los hechos; de cómo se conocieron, del año que pasaron juntos. Reconoció que su corta relación fue siempre tormentosa porque los dos eran de carácter fuerte. En ningún momento me dijo que la hubiera querido, pero sí hizo hincapié en lo rechazado y despreciado que se había sentido. Confesó haber insistido en que volvieran a estar juntos, pero no me mencionó los insultos y amenazas de los que me había hablado mi madre. Tuve la certeza de que él no me escondió ese detalle aposta, simplemente no recordaba el daño que él había hecho, solo el que había recibido. A pesar de los años transcurridos y de la cordialidad que afectaron delante de mí, mis padres nunca llegaron a perdonarse de verdad porque ninguno de los dos aceptó haberse equivocado. Cada cual se mantuvo en sus trece y pasó la vida, sin pelearse nunca más, pero siempre esperando una disculpa del otro, que no llegó ni ante la muerte.

Aunque solo tenía veintitrés años cuando mi madre murió, de repente me sentí muy mayor, tan mayor y madura que mis padres me parecieron niños a los que me correspondía enseñar cómo comportarse. Con la enfermedad de mi madre habíamos pasado todos un año duro. Fue tan rápido que no hubo tiempo para asumirlo. Un día se descubrió un bulto en la espalda y a las pocas semanas la estaban operando para extirparle un melanoma. Seis meses más tarde la operaban de otro bulto y escuchábamos de los médicos la tan temida palabra: metástasis. El cáncer le había alcanzado los pulmones y el cerebro. En contra de lo que aconsejaron los médicos y mis abuelos, hablé con ella, a solas, y le desvelé el diagnóstico con pelos y señales, sin esconder nada.

—Gracias, gracias, gracias —me contestó mientras nos abrazábamos muy fuerte y llorábamos juntas, como habíamos hecho siempre—. Gracias por decirme la verdad; tú eres la única que siempre lo ha hecho. Así podremos despedirnos bien, hija querida. Espero morirme pronto y no ser una carga para ti.

Murió al cabo de un mes justo. Durante ese tiempo estuve siempre con ella. Era verano y no tenía nada más que hacer. Acababa de terminar la

carrera de Ciencias de la Información y, como miles de jóvenes españoles, me encontraba sin trabajo y con pocas posibilidades de obtenerlo en los tiempos de crisis que corrían. Mi madre siempre había mirado por mí, anteponiéndome a todo. Hasta en la hora de morir escogió un momento que me fuera bien a mí, cuando ya había finalizado mis estudios y no tenía ni novio ni trabajo que nos robara el poco tiempo que nos quedaba por compartir.

Mis abuelos nos habían pedido que nos trasladáramos a su casa, pero mi madre no quiso. Fiel a sí misma, insistió en morir en el que siempre había sido nuestro hogar, el piso de la calle Entença, y junto a mí. Ellos vinieron a vernos varias veces y Sergio una, pero fui yo quien no se separó jamás de ella. Contratamos los servicios de una enfermera, que me enseñó a ponerle las inyecciones de morfina y cada vez se quedaba menos tiempo, hasta que ya no la necesitamos. Mientras se mantuvo consciente, miramos álbumes de fotos y películas, hablamos y rememoramos los veintitrés años que vivimos juntas.

Lloré mucho. De rabia. Mi madre solo tenía cuarenta y un años. ¿Por qué tenía que morirse? Me enfadé con ella porque desde el día que le desvelé el diagnóstico de los médicos, asumió su muerte inminente con esa calma pasmosa que la caracterizaba. No había nada que se pudiera hacer, era demasiado tarde, pero me irritó que no se rebelara ni un ápice, que ante la muerte no mostrara ni pizca del inconformismo que años antes le había dado fuerza para enfrentarse a sus padres y a Sergio. Había dedicado su vida a mí y ahora se iba tranquila, dejándome en este mundo con la certeza de que yo me abriría camino sola, sin ayuda de nadie, tal como me diría Sergio tres años más tarde.

Se equivocaban. Se equivocaron los dos, otra vez. A una madre se la necesita siempre; su trabajo no termina jamás, ni cuando una se cree ya adulta.

Yo había salido bien. Eso fue lo que mis abuelos y Sergio le concedieron a mi madre, que a pesar de haberme criado sola y sin escatimarme mimos, me había convertido en una mujer responsable que había sabido escoger bien sus amistades, había estudiado y no había desperdiciado su juventud experimentando con las drogas, el alcohol y el sexo.

Sin embargo, se equivocaron, insisto. Se equivocaron al pensar que no los necesitaba, que ya estaba formada. ¡Solo tenía veintitrés años! Ahora

tengo veintiocho, no muchos más, pero entonces era una cría. Todavía no me había enfrentado a nada en la vida, todo me había ido bien porque al final del día sabía que mi madre estaría en casa esperándome para que le contara mis penas y alegrías.

Su muerte me dejó un vacío que no pude soportar. Así que después de un verano infernal, encerrada en Barcelona y sin ánimos para hacer nada, decidí irme lejos. Nada me ataba ya a esta ciudad, y así me convertí en una más de los jóvenes españoles con carrera universitaria y sin trabajo que se van a buscar la vida al extranjero. Solo que yo provengo de una familia adinerada y no me fui para buscarme la vida, sino para escaparme de ella.

Si lo hubiera deseado, mi abuelo me habría conseguido un empleo en su empresa o en cualquier otra a través de sus contactos. Así mismo me lo dijo cuando fui a verlos para anunciarles que me iba.

—No quiero trabajo, vengo a pediros dinero —les dije sin tapujos.

De mi madre me quedaba una pequeña herencia, además del piso. Con su muerte, yo había pasado a ser máxima accionista de la empresa de mis abuelos, pero por cláusula no podía gestionar mis propias finanzas hasta cumplidos los treinta años.

Mi abuelo contestó justo lo que había esperado:

—Por supuesto, ¿cuánto necesitas?

—Bastante. Me voy a Estados Unidos a estudiar un máster. Ya he tramitado la solicitud y me han aceptado en la Universidad de Boston. Con el visado de estudiante podré además trabajar un máximo de veinte horas a la semana, pero eso no será suficiente para pagarme los estudios y la estancia.

Mis deseos eran órdenes para ellos: me ayudaron en todo lo concerniente a la parte económica. Llegué a Boston una semana antes de que empezaran las clases. Nunca antes había visitado Estados Unidos y aterrizar en el aeropuerto Logan sin nadie que me recibiera me causó una impresión extraña. Me sentí libre, tan libre que estiré los brazos y grité: « Hello, America, here I am! ». Algunas personas me miraron divertidas, una incluso me respondió al saludo. Pero allí nadie me conocía, nadie sabía que acababa de apagarse la luz que me había guiado toda la vida, y que ahora me sentía perdida. Nadie sabía, ni siquiera yo, que estaba huyendo de mis raíces porque no era capaz de aceptar la muerte de mi madre. Escapé de casa sin haber pasado el duelo y durante tres años me engañé imaginando que ella

seguía en Barcelona, iba a su consulta a diario y, ahora que yo ya no estaba, incluso se había echado novio por fin. Me inventé una vida nueva para ella como mecanismo de defensa para mí, porque yo quería vivir la vida, ansiaba con todas mis fuerzas ser feliz y no deshacerme en un mar de lágrimas cada vez que recordaba que no volvería a verla nunca más.

Y así empecé una nueva etapa, que fue la mejor y la peor de mi vida.

Durante tres años subí al cielo y bajé a lo más profundo del infierno varias veces. Conocí a gente y leí libros, y al final regresé a Barcelona siendo la misma Enya más esa gente y esas páginas leídas. Es decir: cambiada, marcada para siempre por unas circunstancias nuevas y sin haber resuelto aún las que había dejado atrás.

OceanofPDF.com