NUNCA DEJES DE BAILAR
Alberto
Córdoba, diciembre de 2010
El primer jueves acudí a la cita con María media hora antes de lo acordado.
Ya se me había pasado el efecto doloroso de lo que para mí había supuesto un desplante hacia mi novela. Solo recordaba sus pechos y el contorno de su cara; los ojos me habían parecido de color tofe, ligeramente maquillados.
Durante la semana había pensado en ella más de lo que me habría gustado.
Además, tenía curiosidad por descubrir en qué iba a consistir esa sesión de ayuda para mejorar mi novela.
Ella llegó puntual, no como la vez anterior, y después de darnos dos besos, enseguida se puso manos a la obra.
—Deja que te invite a algo esta vez —le rogué—. Es lo menos que puedo hacer y en dos horas de trabajo seguro que te entra sed.
—Está bien —concedió después de pensárselo un poco—. Un agua.
—¿Un agua? ¿En serio?
—Sí, una botella de agua.
—De acuerdo. Yo tomaré una cerveza si no te importa.
—Claro que no me importa, aunque tendrás que prestarme atención.
—Sí, señorita —me burlé con una sonrisa, pero ella no me la devolvió.
—¿Empezamos? —me apremió—. Leí la novela dos veces. La segunda fue para ir marcando todo lo que falla.
Pasó la primera hoja y puso el manuscrito encima de la mesa, entre los dos, para que yo también lo viera. Me quedé estupefacto.
—¡Pero si hay más rojo que negro!
Los márgenes y el espacio por encima del encabezado que antes habían sido blancos aparecían ahora cubiertos de garabatos en tinta roja.
—No te asustes. No toda la novela es así. Los errores se repiten, así que en sucesivas páginas solo los he marcado con rayas. Empecemos con una
regla básica: entre sujeto y predicado no hay coma. A veces no es fácil de ver porque el sujeto es muy largo.
Las dos horas se me pasaron volando, y eso que me costaba concentrarme. No retuve apenas nada de lo que María intentó inculcarme, y la prueba está en que durante años he seguido cometiendo los mismos errores que ella sigue corrigiéndome. En vez de enfocar la atención en las palabras, lo hacía en sus manos cuando las señalaba y en sus labios cuando me soltaba una complicada explicación de por qué eso se escribía así y no de otra manera. Al cabo del tiempo establecido no habíamos llegado ni a un tercio de la novela.
—Tengo que irme —anunció de pronto mientras consultaba su reloj.
—Pero todavía nos falta mucho…
—Podemos volver a quedar el jueves que viene, si quieres. Mientras tanto, deberías reescribir todo lo que ya hemos repasado.
—Lo haré. Muchísimas gracias y hasta el jueves, entonces.
Me levanté para darle dos besos de despedida antes de que se me escapara.
Esa misma noche comencé la ardua labor de aplicar los cambios de María.
Me llevó toda la semana, hasta nuestro siguiente encuentro. Fue un trabajo oneroso y aburrido que, sin embargo, me esforcé en cumplir solo para congraciarme con ella. En ese aspecto no sirvió de nada, pues ella ni me felicitó ni se dignó siquiera a echarle un vistazo a las nuevas hojas impresas que llevé conmigo; se limitó a asentir levemente con la cabeza y recordarme que todavía teníamos mucho por hacer. Así transcurrieron tres semanas. Durante ese tiempo abandoné la nueva novela que había empezado a escribir y, gracias a María, fui creando la segunda versión de la primera que, aunque no vería la luz durante bastante tiempo, gozaría de un buen éxito de ventas y críticas positivas.
Al final de nuestro tercer encuentro, me atreví a tratarla en un plano más personal. Durante las tres sesiones, yo había bromeado a veces en un intento de hacer la clase más llevadera y distendida, pero ella no se entretenía con esas nimiedades y, cuando llegaba la hora, anunciaba que se nos había terminado el tiempo y tenía que irse.
—Aquí tienes que poner una coma porque se trata de una construcción de participio absoluta que es independiente de la oración principal.
No miré lo que me señalaba. En vez de eso, la tomé de la mano con la excusa de consultar su reloj y propuse:
—¿Podemos dejarlo por hoy? Estoy un poco cansado. Esta semana me ha tocado horario de noche en el trabajo y no acabo de adaptarme.
Para mi sorpresa, ella accedió y por primera vez se interesó en mí y no en mi novela.
—Háblame de tu trabajo. ¿Te gusta?
—No está mal. Me pagan bien y sigo aprendiendo cosas nuevas.
—¿No preferirías vivir de la literatura?
—Sí, claro, quién no. Pero no soy un iluso, ya sé que eso es prácticamente imposible.
—No es imposible, pero tampoco fácil.
—¿Y tú a qué aspiras? ¿Profesora de instituto, eso es todo?
—¿Te parece poco?
—No, no, pero… eres tan inteligente… Dedicarse a la enseñanza me parece desperdiciar un poco tu talento.
—¿Inteligente? —Soltó una carcajada—. No me considero especialmente inteligente. Soy trabajadora, eso sí, y en cuanto a desperdiciar mi talento en la enseñanza, estás totalmente equivocado. Tengo sueños, claro que sí. Me gustaría ser capaz de inspirar a mis alumnos el amor por la buena literatura y ojalá de mis clases salga algún futuro premio nobel que me nombre en el discurso como una de las mayores influencias en su carrera literaria. —
Volvió a reír como para quitarle importancia.
Era la primera vez que la veía soltarse así y me gustó tanto que tuve que reprimir el impulso de besarla.
—Estás mucho más guapa cuando sonríes, ¿sabes? Deberías hacerlo más a menudo.
—Estar guapa no es una de mis aspiraciones —repuso poniéndose seria de nuevo.
—Mentirosa. No sé qué quieres decir con lo de participio absoluto, soy un tarugo para estas cosas, pero sí tengo una buena baza de escritor: soy observador. Me gustaría invitarte a cenar, ¿qué tal mañana?
—No.
—¿El sábado?
—Tampoco.
Se levantó, pero yo esta vez no lo hice. Me quedé sentado con las piernas cruzadas, mirándola, cómodo en la certidumbre de que aparte de mi chapuza literaria, algo más le atraía de mí. No entendía su rechazo, pero ya lo averiguaría. Ella vaciló un momento, sopesando si agacharse para darme los dos besos de despedida o no. Por fin no lo hizo, pero se le escapó un amago de sonrisa cuando dijo:
—Nos vemos el jueves a la misma hora.
—El jueves que viene no voy a poder —mentí—. Tendremos que dejarlo para el siguiente.
—Está bien —repuso ella.
Fueron dos semanas larguísimas. Pensaba en ella a todas horas. Casi cada viernes y sábado salía con Miguel y mi grupo de amigos a bares o a la misma discoteca de siempre. Hacía meses que no salía con ninguna chica y, desde que conociera a María, ni siquiera me fijaba en las que se contorneaban en la pista con escasa ropa. Pero ese sábado bebí más de la cuenta y terminé pasando la noche en casa de una mujer diez años mayor que yo, de la que a la mañana siguiente no recordaba ni el nombre. Sí tenía una vaga idea de cómo había sido el sexo, muy bueno a pesar de mi embriaguez, o al menos para mí, en parte porque imaginé penetrándola a ella, mi María. Me sentí aliviado cuando sin siquiera invitarme a un café, la mujer, que en la discoteca me había contado que se acababa de separar, me espetó: «No quiero volverte a ver. Lo de anoche fue una equivocación, pues yo sigo enamorada de mi marido. Y por cierto, me llamo Manuela, no María».
Aunque no me arrepentí de esa noche de desenfreno, tuve que reconocerme a mí mismo que lo único que me animó a acercarme a Manuela en la discoteca fue el despecho. Diez minutos antes había tenido una conversación reveladora con Miguel. Estaba obsesionado con María, tenía la seguridad de que ella también se sentía atraída por mí y, conociéndome, sabía que yo no cejaría en mi empeño de conquistarla hasta conseguirlo. Así que antes tenía que sincerarme con Miguel y hablarle de mis intenciones.
—¿Cómo está lo tuyo con María? —empecé.
—¡Buf! Mal… No avanzo mucho, la verdad. Un morreo es todo lo que conseguí, pero en cuanto intenté meterle mano me paró. Desde entonces,
¡nada! Hace más de un mes. La llamo a menudo pero siempre me da la excusa de que tiene que estudiar.
—Oye, pues ya que a ti no te hace mucho caso, voy a intentarlo yo, si no te importa.
—¿Pero qué dices, tío? ¿Hablas en serio? ¿Te gusta? —Parecía de veras sorprendido.
—Claro que me gusta. Muchísimo. Voy a pedirle para salir.
—Yo la vi primero —respondió Miguel con tono acusador.
—¿Me tomas el pelo? —No pude reprimir una carcajada—. No somos niños y María no es un juguete. Tú solo quieres tirártela. A mí me gusta de verdad, tío.
—¿Tirármela? No me has escuchado, amigo. Llevo más de un mes detrás de ella. Aquí hay sexo fácil a raudales. —Hizo un gesto con el brazo para señalar la pista de baile—. Con María nunca será fácil, eso ya lo he comprobado, así que si solo fuera sexo lo que me interesa de ella, ya habría desistido.
—Pues yo también quiero intentarlo.
—Ni se te ocurra. —Levantó un dedo amenazador antes de dirigirse hacia la pista.
—¡Dejemos que elija ella! —le grité, pero no estuve seguro de que me oyera.
Pocos minutos después estaba bailando con una chica, muy arrimados los dos; al final de la noche los vi magreándose en uno de los sofás del piso de arriba de la discoteca. Para entonces yo ya estaba borracho y colgado del cuello de Manuela, y me fui con ella sin despedirme de Miguel.
La cuarta sesión con María fue como las otras. Un saludo rápido y enseguida nos pusimos a repasar la novela. Pedí una cerveza para mí y un agua para ella. Siempre insistía en pagar yo, era lo mínimo, pero ese día se me ocurrió que debería remunerarla por todo ese trabajo que estaba haciendo por mí. No me atreví a proponérselo por miedo a ofenderla, pues varias veces me había insistido en lo de su compromiso social; además, Miguel me había contado que realizaba obras de voluntaria en una casa de caridad.
Estaba preciosa, como siempre. Aquel día llevaba una falda corta y no pude resistir la tentación de interrumpir la clase, más o menos por la mitad,
para preguntarle:
—¿Cómo es que tienes las piernas tan morenas? ¿Es que no te pasas todo el día estudiando en la biblioteca?
—No, claro que no. Ahí hay demasiada gente y el silencio me desconcentra. Paso muchas horas en el terrado de mi casa, leyendo y preparando los exámenes al sol, junto a las sábanas colgadas para secarse, pero me pongo crema.
—Algún día me gustaría ir allí contigo. Tú podrías leer y yo escribir. O
solo mirarte.
—Bueno, a lo que íbamos —respondió ella con una palmada en el manuscrito—. No nos distraigamos.
Antes de que las dos horas tocaran a su fin volví a adelantarme yo para declarar lo evidente:
—Ya estamos llegando al final.
—Sí, solo quedan diez páginas. Si quieres, seguimos un poco más y ya acabamos. Así no tenemos que volver a quedar.
—Prefiero que lo dejemos aquí y sí volvamos a vernos. ¿Tú no?
—Sí, bueno… Será la última vez.
—La última vez en que me ayudes con la novela, pero no necesariamente la última que nos veamos, ¿no? ¿Te gusta el cine?
María soltó aire por la nariz antes de contestar:
—Nos vemos el jueves que viene, entonces.
Se levantó y no esperó a que yo también lo hiciera. Me quedé sentado sin mirarla. No me sentía con la misma confianza de la última vez; al contrario, empecé a tener mis dudas, quizás había alimentado unas ilusiones infundadas.
—Hasta el jueves —musité casi avergonzado.
Durante la semana vi a Miguel, y hablamos como si la escena de la discoteca no hubiera tenido lugar. No volvimos a mencionar a María. Se convirtió en un tema tabú entre nosotros porque ambos sabíamos que a espaldas del otro seguíamos maquinando para conseguir sus atenciones.
Quizás para no dañar nuestra larga amistad, no quisimos admitir abiertamente que ahora éramos además rivales, y que ganara el mejor.
En mi caso, sobre todo, no quise hablar de ella porque habría tenido que admitir que en mí tampoco parecía tener ningún interés. La había invitado a cenar y al cine, y las dos veces me había rechazado. No solo eso: había osado decirle que me gustaría acompañarla durante sus largas horas en el terrado, ¡qué gilipollas! Ella no me había dado ningún indicio, y aun así, algo dentro de mí, llámese intuición o sexto sentido, me decía que yo también le gustaba. Igual me equivocaba, pero hasta entonces me había sentido muy orgulloso de poseer ese sexto sentido, que ponía en práctica cuando miraba películas o leía buenas novelas de misterio, siempre intentando adivinar qué iba a pasar. Si las novelas o películas están bien realizadas, siempre hay pistas que el lector o vidente avispado ve y el que no presta la debida atención, no. Yo me vanagloriaba de captar esas pistas; con las películas rara vez erraba y al escribir mi primera novela había intentado ir sembrando también esos adelantos de lo que va a suceder pero sin dejar de sorprender al lector al final. María me había concedido que sí había logrado crear suspense. Me pregunté si ella estaría haciendo lo mismo y llegué a la conclusión de que no, todo lo contrario: ella se esforzaba por esconder la atracción o simpatía que sentía hacia mí. El día que la había llamado mentirosa llevaba puesto un vestido de verano estampado con un poco de escote y se había pintado las uñas; desde el primer día me había parecido muy femenina, pero estaba seguro de que cada vez lo era más y me había hecho la ilusión de que el esmero que ponía en su cuidado personal era por mí.
Y por fin llegó el último día. En media hora alcanzamos la página final.
—Muchas gracias por todo lo que has hecho. No sé cómo compensarte.
—No tienes que hacerlo. Me ha gustado trabajar contigo, ha sido un placer. Me equivoqué: no eres como muchos escritores que van por el mundo con el ego subido. Aceptas las correcciones con humildad, no te crees que lo sabes todo y que tu obra es la mejor del mundo.
—Gracias a ti, creo que mi obra es la peor del mundo —no pude evitar responder, aunque con una sonrisa.
—Si he sido demasiado dura, lo siento. Tienes muchas posibilidades como escritor.
—Viniendo de ti, me lo tomo como un cumplido.
—De veras lo creo. Cuando termines tu segunda novela llámame, si quieres. Me encantará leerla.
Sentí alegría durante un segundo, y enseguida tristeza. Lo primero porque quería volverme a ver, y lo segundo porque no era yo, sino mis novelas lo único que le interesaba. Aunque parezca absurdo, sentí celos de esa segunda novela, que ni siquiera existía todavía porque hacía un mes y medio que la había abandonado.
—Te llamaré. Pero si vas a hacer lo mismo que con esta, tendremos que firmar antes un contrato de trabajo. Te pagaré; es de justicia.
—De acuerdo. —Rio para quitarle importancia—. Aunque me conformaría con que me mencionaras en los agradecimientos cuando la publiques.
—Eso, además.
Nos despedimos. La dejé marchar sin más porque no habría soportado otro rechazo. Me quedé en la terraza mucho rato, medio atontado, con la vista perdida en las viejas acacias que coronaban la plaza mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Pedí otra cerveza y hojeé por enésima vez los papeles tan manoseados que formaban mi primera novela. Esa misma noche reescribiría las últimas páginas y me olvidaría durante años de ese primer intento de ser escritor. Debía ponerme con la segunda tentativa cuanto antes. Me llevaría meses terminarla y la perspectiva de no ver a María durante tanto tiempo me llenó de angustia, pero por otro lado esa circunstancia se convirtió en el motor que me puso en marcha, mi motivación principal.
A partir de entonces robé horas del día y de la noche, dependiendo de mi horario laboral, para escribir, y la novela empezó a avanzar a buen ritmo.
Me temo que la calidad lingüística y estilística no mejoró mucho respecto a la primera: seguí cometiendo los mismos fallos que María me había corregido y explicado decenas de veces. Ahora pienso que sin darme cuenta del todo, lo hice expresamente, pues si le presentaba una novela sin nada que corregir, no habría excusa para repetir nuestros encuentros en la terraza de la plaza del Cardenal Salazar.
Así pasé el verano, trabajando y escribiendo. Mi relación con Miguel siguió como siempre, aunque lo vi poco. Él, como estudiante financiado por sus padres, disfrutaba de unas largas vacaciones, casi por entero en Rincón de la Victoria, Málaga. Otros años me había invitado a pasar unos días e incluso semanas allí, en la casa familiar que tenían junto a la playa. Ese año, sin embargo, no lo hizo y, aunque me dolió, para qué negarlo, preferí no
indagar en el porqué. En el fondo sabía que tendría algo que ver con María.
Quizás la había invitado a ella. Decidí que sería mejor no saberlo, pues en caso afirmativo, mi ímpetu creativo se vería truncado, quizás sin remedio.
Pasé mis semanas de vacaciones solo en el piso donde aún vivía con mis padres y mi hermano Rafael; ellos también se habían ido a la costa. Nunca en mi vida he vuelto a estar tan encerrado como entonces. Pasé de ser un joven sociable y con ganas de divertirse a dejarme la piel en el trabajo. Y
todo por una mujer que no me hacía ni puto caso y que seguramente estaría riéndose de mí con mi mejor amigo, mientras hacían el amor en la playa y ella le contaba lo ridículo que había quedado con eso de «O mirarte».
Miguel y yo volvimos a vernos a mediados de septiembre. Habían pasado tres meses y medio desde que viera a María por última vez y, aunque no había dejado de pensar en ella ni un solo día, las facciones de su rostro empezaban a difuminarse en mi memoria. Tenía la novela muy avanzada y calculaba que en un mes más podría llamarla para que la leyera. No me atrevía a hacerlo antes, pero no podía aguantar más la comezón de no tener noticias suyas. Al saber que Miguel estaría de vuelta, quise salir de dudas y, si tenía que ser así, recibir la confirmación de que María lo había elegido a él, o en el mejor de los casos, a ninguno de los dos. Olvidé mi resolución de terminar antes la novela para que el desamor no me impidiera abandonarla, y pudo más la curiosidad.
Lo llamé yo. Él respondió en un tono jovial y durante unos minutos hablamos de cómo habíamos pasado el verano. Acordamos en salir a tomar unas copas esa misma noche. Cuando ya llevaba tres o cuatro cervezas en el cuerpo, por fin me atreví a abordar el tema. Me dije que el alcohol me protegería del golpe, estaba preparado para la verdad.
—¿Qué sabes de María? —le pregunté fingiendo desinterés.
Él me miró más que sorprendido, y su desconcierto me chocó a mí a su vez.
—¿Qué sabes tú de María?
—Yo nada. Por eso te pregunto, ¿no estáis juntos?
—No, hace meses que no la veo. Imaginé que vosotros estaríais juntos.
—¿Yo con ella? ¡Qué va! Nunca tuve posibilidades… Creí que tú…
—¿Me estás vacilando, tío?
Miguel se había apartado un poco de mí, después de darme un puñetazo amistoso en el hombro.
—No, tío, no te vacilo. Lo intenté, pero no hubo manera. Fui tonto, creí que había algo, pero a ella solo le interesaba mi novela, no yo.
Miguel soltó una carcajada que no me cayó muy bien. Di un largo trago a mi cerveza y antes de apurarla del todo hice una señal al chico de la barra para que me pusiera otra. Esperé a que Miguel se repusiera, pero parecía que iba a tardar: le había entrado uno de esos ataques de risa incontrolables que sientan tan bien al que los padece pero empieza a mosquear a los demás.
—Si me cuentas el chiste nos podremos reír juntos.
—Perdona, tío… No sé por qué me sorprendo. María es una tía muy rara.
—¿Qué quieres decir?
—Por casualidad, no te dijo que estaba enamorada de mí, ¿no?
—No… Nunca saliste al tema. De hecho, apenas hablamos de nada que no fuera mi novela. Las dos veces que lo intenté, enseguida me paró los pies y me recordó que estábamos ahí para trabajar.
—Pues a mí sí me lo dijo.
—¿Que estaba enamorada de ti?
—No, de ti.
—¿Me tomas el pelo?
Sentí como todo el alcohol consumido me subía de repente a la cabeza y tuve muchas ganas de reír. Solté una carcajada similar a la de Miguel segundos antes, pero él ahora estaba serio.
—No bromeo, y te confieso que en su momento me sentó fatal. La conociste gracias a mí. Si no le hubiera hablado de tu novela, ella jamás se habría interesado por ti. Después del día que me dijiste que te gustaba, decidí perseguirla un poco más. La esperé a la salida de clase e incluso la cortejé con flores y tonterías de esas, pero cuanta más atención le prestaba menos caso me hacía. La cosa solo duró poco más de una semana. Una tarde en que la fui a buscar me dijo muy seria que no le parecía oportuno que nos viéramos más, que al principio yo le había hecho gracia pero que había conocido a otro y se había enamorado. Insistió en que había sido algo ajeno a su voluntad; sencillamente, había ocurrido y no había podido impedirlo. Quise saber quién era el otro, claro. Y le pregunté: «¿Es
Alberto?». La tomé desprevenida y antes de que dijera nada ya supe que la respuesta era que sí.
—¿Pero ella te dijo que sí?
—Sí. Dijo «sí».
—¿Estás seguro de que dijo «sí»?
—Sí, tío, estoy seguro. Dijo «sí».
—No lo puedo creer… Eso debió de ser después de que yo la viera por última vez… A ti te confesó que me quería y a mí días antes me había pedido que la llamara solo cuando tuviera otra novela… ¿Quién entiende a las mujeres?
—Ya te he dicho que María es muy rara. Me cabreé, no voy a negártelo.
No tenía ganas de veros juntos en verano, por eso me fui antes al Rincón.
—¿Y por eso me has ignorado durante todo el verano?
—Imaginé que estarías ocupado… con ella.
—Y yo imaginé que tú estabas con ella.
—¡Qué imbéciles!
Nos partimos de risa. Yo estaba eufórico con el descubrimiento. Consulté mi reloj para calcular si era una buena hora para llamarla: las dos de la mañana. No, esperaría al día siguiente. Miguel adivinó mis intenciones y me advirtió:
—No vayas a buscarla. Espera a tener la novela y entonces la llamas, como habíais quedado. O volverá a hacerte un desplante.
—No puedo, tío, estoy totalmente obsesionado con ella. Necesito verla.
No voy a llamarla; dame su dirección e iré a su casa.
—No la tengo. Nunca quiso decirme dónde vivía. Es una tía muy desconfiada. Ahora me alegro de no haber tenido nada que ver con ella.
—Pues entonces voy a tener que engañarla. Mañana la llamaré para decirle que ya he terminado mi segunda novela.
Al día siguiente, el sentido común y una terrible resaca me obligaron a esperar hasta el atardecer para llamarla. Nos habíamos intercambiado los números de teléfono el día que nos conocimos, por si alguno de los dos debía anular la cita, pero eso no había ocurrido nunca, así que esa era la primera vez que la telefoneaba. Respondió una voz de mujer que tomé por su madre. Cuando me preguntó de parte de quién era, dudé.
—Prefiero que no se lo diga. Es una sorpresa —resolví por fin.
—Está bien —contestó ella no muy convencida.
Al otro lado de la línea, me llegó su voz alejándose del aparato: «María, para ti… Un chico, no me ha dicho su nombre».
—Dígame.
—María, soy Alberto, ¿te acuerdas de mí?
—¡Alberto! Sí, claro que me acuerdo.
Percibí que de veras era una sorpresa mi llamada. Me había contestado con alegría, y eso me infundió confianza.
—Me gustaría verte para hablar de mi segunda novela.
—¿Ya la has terminado?
—Sí… Bueno, casi. —Al final no fui capaz de mentir—. ¿Te va bien mañana?
—Mañana es domingo y voy a misa.
—Ah… No sabía que eras religiosa.
La verdad era que no sabía nada de ella; esa declaración hizo que me diera cuenta de repente.
—¿Te extraña?
—No… Bueno, no sé. Yo es que… soy agnóstico.
—Por la tarde estoy libre. Podemos quedar a partir de las cinco, si te va bien.
—Perfecto. ¿Dónde?
—Donde siempre.
A las cinco menos diez ya estaba esperándola. Me levanté de la silla cuando la vi aparecer, caminando a paso ligero. Llevaba un vestido anaranjado que resaltaba su piel morena. De repente pensé que mi temor al rechazo había impedido que pasáramos juntos ese verano que ya terminaba. Al cabo de pocos días empezaría el otoño y el tiempo caluroso no duraría mucho más.
Tuve una sensación de pérdida, de tiempo desaprovechado, y me dije que ese día iba a agarrar al toro por los cuernos.
—¡Qué alegría verte, Alberto!
—Y yo, no te lo imaginas.
La abracé, no pude evitarlo. Y ella me correspondió de manera abierta y cálida. Sentí un estremecimiento con el contacto de sus senos en mi pecho.
Cuando nos separamos, me apresuré a sentarme de nuevo para colocar una mano en mi entrepierna con disimulo y comprobar mi incipiente erección.
Por suerte, ella no pareció darse cuenta. La invité a que se sentara también.
—Dentro de un rato, si quieres, vamos a pasear —añadí.
—Está bien. ¿Así que tienes una nueva novela?
Sonreí y ahogué las ganas de comentar que el verano no la había cambiado: María iba al grano, sin entretenerse en preliminares. Le hablé de la novela, de cómo me había pasado todo el verano trabajando, y respondí a sus preguntas. Al final le aseguré que al cabo de un mes como muy tarde la tendría lista. Después de unos veinte minutos y habernos tomado un refresco, la tomé de la mano y propuse que camináramos un poco. Estaba dispuesto a abordarla y pensé que en movimiento y uno al lado del otro sería más fácil para ambos que sentados frente a frente. Ella aceptó encantada. Me interesé por su carrera y su trabajo en el instituto.
—Empiezo la semana que viene. Estoy muy nerviosa y contenta a la vez.
Terminé la carrera con matrícula de honor.
—Felicidades. Tus padres deben de estar muy orgullosos.
—Sí, bueno… no es para tanto.
Seguimos andando un rato en silencio por las calles adoquinadas de la judería, y cuando nos encontramos delante de la mezquita, decidí no disimular más. Había llegado a la conclusión de que con una mujer como María no valían invitaciones al cine o a cenar. Tenía que declararle mi amor sin tapujos y esa vez estaba bastante seguro de que no me iba a equivocar.
—María… Te voy a ser sincero: ayer te llamé porque en todo el verano no he sido capaz de pensar en otra cosa que no fueras tú. Sé que es una locura, porque en realidad no nos conocemos casi nada, pero la verdad es que… te quiero.
Me detuve antes de pronunciar las dos últimas palabras, para mirarla directamente a los ojos al hacerlo. A ella se le escapó una sonrisa, pero no dijo nada, así que continué:
—Eres guapa, lista pero, sobre todo, muy buena persona. Te admiro y…
me gustaría conocerte más. Si me das una oportunidad, verás que yo tampoco soy mal tipo.
—Y si tanto te gusto, ¿cómo es que no me has llamado en todo el verano?
—¿Qué?… Porque… tú me dijiste… ¿Te estás burlando de mí?
—No me burlo. Ya sé que te dije que me llamaras cuando tuvieras la novela, pero no esperaba que de veras fueras a esperar tanto.
—Pero… ¿cómo iba a saber que tú también querías verme?
—Pensé que quizás Miguel te habría contado algo —musitó con un hilo de voz y bajando la cabeza.
Respiré hondo y la atraje hacia mí para volver a abrazarla. De nuevo tuve esa sensación de oportunidad perdida, de haberla dejado escapar, pero por otro lado me sentí muy afortunado de haber llegado a tiempo, de que ella no me hubiera olvidado durante el verano, de haber tenido esa conversación con Miguel el día anterior… Me parecía casi un milagro que estuviéramos juntos porque ella, por su parte, no había movido ni un dedo para que así fuera; confesar su amor por mí a Miguel había sido algo muy fuera de lo normal para ella.
—No, Miguel no me dijo nada. Los tíos no hablamos de esas cosas —
dije estrechándola más fuerte—. Hasta ayer… porque yo le pregunté por ti y a él le sorprendió que no te hubiera visto durante todo este tiempo.
—Yo tampoco hablo de esas cosas con nadie, pero Miguel no me dejaba en paz, tuve que decírselo.
No acababa de entender por qué había querido luchar tanto contra sus sentimientos, aunque no me atrevía a preguntárselo.
—¿Tienes miedo? —le pregunté por fin, con cautela.
—Sí.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo. Todavía no.
—Eres muy misteriosa, ¿sabes? —Me reí y me aparté un poco para mirarla—. Pero me gusta. Si algún otro gilipollas te ha tratado mal antes, olvídalo. Te prometo que yo voy a ser bueno contigo.
—Hay cosas que son imposibles de olvidar, jamás.
—Bueno… pues cuando estés preparada me lo cuentas. Mientras, ¿por qué no me hablas de todo lo demás? A qué hora te levantas, cómo tomas el café, cuántos hermanos tienes, a qué colegio fuiste de niña, qué colonia usas, eres de Pepsi o de Coca-Cola, cómo se llama tu mejor amiga…
Ella rio. Fue una risa abierta, despreocupada, feliz, que me hizo sentir el hombre más afortunado del mundo.
La tomé de la mano para volverla a invitar a caminar.
—Me levanto a las siete, desayuno café con leche y galletas, tengo dos hermanas menores, fui a las Teresianas, me pongo la colonia que me regalan por Navidad, cada año es diferente, y mi mejor amiga se llama Raquel.
—Te has olvidado de una: Pepsi o Coca-Cola.
—Ninguna de las dos.
—¿Fanta? ¿De limón o de naranja?
Ella volvió a reír.
—No consumo bebidas gaseosas, ni alcohol. Solo agua.
—¿En serio? ¿Por alguna razón política?
—Sencillamente no me gusta su sabor.
—Me encanta que no seas como yo. A mí me gustaría que no me gustara tanto el sabor de la cerveza.
Así transcurrió esa primera tarde en la que mi vida tomó un rumbo hacia el amor y poco después el matrimonio. La primera y única vez que he estado enamorado ha sido de María. Han pasado veinticinco años y mis sentimientos por ella no han cambiado; al contrario, ahora la quiero aún más. Lo del principio fue un enamoramiento mezclado de deseo carnal, pero a medida que fui conociendo su historia y descubriendo su admirable personalidad, la empecé a amar de verdad.
Miguel tuvo razón en que el sexo no sería fácil con María, pero eso resultó lo de menos. Lo más importante era que desde hacía nueve años escondía un terrible secreto, que la había atormentado y que había compartido solo con una «persona», la existencia de la cual yo no tenía muy clara: Dios.
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