NUNCA DEJES DE BAILAR

Carmen Grau · Capítulo 8 de 26

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NUNCA DEJES DE BAILAR

Alberto

Córdoba, febrero de 2012

Ha pasado casi un año y medio desde que les comuniqué a María y Núria mi intención de escribir una novela diferente a todo lo anterior, y por fin hoy he puesto el punto final. Tengo que releerla y corregirla antes de entregársela a María, para aligerar en todo lo posible su ardua labor.

Después de tantos años ella sigue encontrando fallos hasta donde no los hay, y ya sé que durante semanas discutiremos sobre si una frase está bien o mal redactada o sobre si me repito o uso hasta la saciedad la misma palabra.

Al final, ella casi siempre tiene razón en todo.

Pero eso es lo de menos. Lo más importante es que le va a encantar, o eso creo. Durante un año he tenido que controlar varias veces la urgencia de hablarle de ella y de mi heroína, tal era mi entusiasmo por compartir la historia.

—No me adelantes nada, ¡no quiero saberlo! —me dice siempre ella.

A veces preferiría que se involucrara más en el proceso inicial de creación de mis novelas. Por ejemplo, podría ayudarme un poco a recopilar documentación, pero ya sé que ese es mi trabajo y suficiente hace ella con todo lo que viene después. La primera vez que le sugerí que me ayudara desde el principio, con mi tercera novela, no empleó ni un minuto de reflexión antes de ponerme en mi lugar.

—Te ayudaré a pulir la novela como he hecho con las otras, pero el escritor eres tú: haz tu trabajo.

En este caso, me ha costado incluso más que otras veces mantener la boca cerrada porque en cierta manera he sentido como si le estuviera siendo infiel a María. A lo largo del año que me ha llevado escribirla, me he detenido muchas veces con la necesidad de confesarme, o justificarme, para aligerar un poco el sentimiento de culpa. El septiembre pasado, mientras cenábamos en su taberna favorita para celebrar nuestro veinticinco aniversario de bodas, abordé el tema y vi la oportunidad de aclarar las

cosas, pero al final no me quiso escuchar. Mientras esperábamos los primeros, puse mi mano sobre la suya y le dije:

—Sé que últimamente he estado menos atento contigo y lo siento mucho.

—Ya lo sé y lo entiendo, aunque llevas razón: hace meses que no hacemos el amor o me dices siquiera algo bonito. Si no fuera porque te veo pasar horas delante del ordenador y duermes cada noche a mi lado, pensaría que tienes una amante.

—Lo siento mucho, María. Te prometo que cuando termine la novela todo volverá a ser como antes. Verás, la razón por la que estoy tan metido en ella es que el personaje masculino soy yo y…

—¡No, no me digas nada! —me interrumpió ella.

—Pero es que tiene que ver con nosotros, tengo que explicarte…

—Dices que estás a punto de acabarla, ¿no? Pues puedo esperar un poco más. Si esta noche eres capaz de olvidarte de la obsesión que pareces tener con ella y dedicar toda tu atención solo a mí, me conformo.

—Trato hecho, amor. Esta noche te voy a compensar por todo el tiempo perdido, te lo prometo.

Y cumplí mi promesa. Continuamos hablando de otras cosas: de su trabajo, de nuestros sobrinos, y de lo que haremos por Semana Santa. La cena fue magnífica; no en vano, el restaurante Sociedad Plateros es uno de los mejores de Córdoba y a ambos nos encanta el salmorejo y el bacalao. Y

esa noche hicimos el amor como me avergüenza reconocer que no practicábamos desde hacía demasiado tiempo. Entonces disminuyó un poco el desasosiego que sentía por estar ocultando a María lo que ocurre en la novela.

Ahora vuelvo a sentir esa incomodidad y estoy incluso nervioso. Me pregunto si cuando la lea María se dará cuenta de que me he enamorado de mi protagonista. Claro que se dará cuenta: está claro que el personaje masculino principal se enamora del personaje femenino principal. Lo que necesito explicar es que, aunque parece una tontería, me he encaprichado de una mujer que me he inventado yo mismo y que por tanto no existe, pero es la razón de que después de tanto tiempo y por primera vez esté descuidando mi matrimonio e incluso dudando de mi amor por María. Sé que es una tontería, algo pasajero, pero me molesta, y tengo ganas de acabar con la novela de una vez para olvidarme de esa mujer que me tiene hechizado, y obligarme a mí mismo a enamorarme de nuevo de María.

Veinticinco años compartiendo tu vida con alguien es mucho tiempo; en nuestro caso, más de la mitad de nuestras vidas. No lamento nada; al contrario: he sido y sigo siendo muy feliz con María. Es lo mejor que me ha pasado en la vida, nunca me cansaré de repetirlo. Sin embargo, las cosas no fueron siempre fáciles y, sobre todo al principio, tuve que controlar mi impaciencia y desaforado deseo carnal por ella.

Al despedirnos esa primera tarde de domingo, la besé. Fue apenas un roce en los labios; ella enseguida se apartó. Me dejó un poco desconcertado, pero me repuse, y hasta me disculpé:

—Lo siento. Estoy tan contento de volverte a ver… Solo de pensar que hemos desperdiciado un verano y que he estado tan cerca de perderte…

Podrías haberte enamorado de otro. No voy a dejarte escapar otra vez.

—No me voy a escapar, pero vayamos poco a poco, por favor. Está bien que no nos hayamos visto en todo el verano porque gracias a eso has escrito otra novela. Concéntrate en acabarla; lo nuestro no corre prisa.

—La novela tampoco corre prisa. La he escrito tan rápido solo por volverte a ver.

—Me vas a obligar a que te ponga un ultimátum —dijo cruzándose de brazos pero con una sonrisa pícara—: No volveré a verte hasta que la hayas terminado, tal como habíamos acordado.

—¿Lo dices en serio? —Estaba de veras sorprendido.

—Se me acaba de ocurrir ahora, pero creo que es una buena idea, así no te desconcentrarás.

—Pero podría tardar un mes todavía…

—No me parece mucho.

—No quiero dejar de verte durante un mes. ¿Tú sí?

—Yo también quiero verte, pero creo que es importante que no descuides tu trabajo. Yo también voy a estar ocupada con el inicio de las clases.

—Encontremos un término medio, pues. ¿Por qué no quedamos cada domingo por la tarde, como hoy? Solo hasta que termine la novela. Iremos despacio, como tú quieras.

—Trato hecho.

Y así lo hicimos durante un mes y medio en el que todavía se respiró un clima estival. Cada domingo nos encontramos en un lugar diferente: fuimos

al Jardín Botánico a ver plantas y flores, a pasear y tumbarnos en la hierba, a recorrer la ciudad en bicicleta, y también al cine, a cenar y a una exposición de pintura. Yo terminé la novela, le dije que la quería, la cogí de la mano, la abracé y la besé apenas rozándola con los labios. Y empecé a conocerla. Llegué a sentirme ridículo formando parte de un amor adolescente cuando yo ya me creía muy adulto en ese campo, y sobre todo en el del sexo. Una tarde vimos a una pareja que no debía de pasar de los dieciséis años manoseándose en un banco del parque de Los Patos, y sentí envidia. María, en cambio, se escandalizó y dijo:

—Qué falta de respeto. Podrían irse a un hotel.

Para entonces yo ya estaba tan enamorado que no quise aceptar que quizás fuera una mojigata, o una frígida, o qué se yo. De repente recordé una escena de sexo en mi primera novela, algo muy sutil y nada gráfico que habíamos repasado meses antes sin que ella se incomodara.

—¿Qué te pareció que el detective Romero se liara con la viuda en la escena de la comisaría?

—¿En Enigma en la mezquita? Bien, me gustó esa parte.

—Sí, pero terminan practicando el sexo en el despacho del detective, encima de la mesa para ser exactos, y durante horas de trabajo.

—Sí, pero él antes lo ha cerrado con llave para asegurarse de que nadie los va a molestar.

—La viuda hace poco que ha perdido a su marido… Y además lo han matado —seguí recordándole para tratar de descubrir si algún acto de los personajes chocaba con la moralidad de María.

—Ya se ve al final que ella no lo quería tanto, ¿no? Y aunque lo hubiera querido, que no se acostara con Romero no iba a devolverle la vida al muerto.

—¿Entonces no te parece mal la forma de actuar de la viuda?

—¿A qué viene eso, Alberto? —preguntó riendo—. Claro que no me parece mal, cada uno es dueño de sus actos y la viuda no hace daño a nadie al liarse con Romero, que es soltero. Pero lo de esos dos en el banco me parece una falta de respeto hacia el resto de la gente que caminamos por aquí; hay muchos niños y gente mayor. Cada escena tiene su lugar, y el parque una tarde de domingo no es lugar para el sexo.

Pronto descubriría que María, además de inteligente, guapísima y muy religiosa, era sincera y nunca aplicaba a otros la moralidad católica que tan

arraigada estaba en su propia vida. La represión sexual que le habían inculcado y que tanto contrastaba con el crimen horrible del que fue víctima y que todavía no me había contado supondría un lastre en nuestra relación, pero muy poco a poco y con muchos años lo fuimos superando.

El primer beso de verdad ocurrió a mediados de diciembre, en la oscuridad del cine Alkázar. Fuimos a ver Regreso al futuro, que estaba de estreno. Era la primera película de una trilogía en la que durante años me empeñé en encontrar sus múltiples incongruencias temporales. Esa primera vez no la vi entera, aunque fue muy al final, en el momento en que los padres de Marty se besan y él les dice que tenía una buena corazonada sobre ellos, cuando sin pensarlo me giré hacia María y acerqué mis labios a los suyos, y ella me correspondió en un beso húmedo y largo.

A partir de entonces ya no dejamos de besarnos nunca, y nos veíamos mucho, tres o cuatro veces por semana. A mí esos besos me volvían loco y me devanaba los sesos buscando lugares oscuros donde llevarla para empezar a explorar su cuerpo durante los fríos meses de invierno. En los asientos traseros de mi desvencijado dos caballos chupé y succioné sus duros pezones por primera vez y descubrí esos pechos perfectos que aún hoy serían la envidia de cualquiera. Yo estaba muy excitado pero procuraba avanzar con cautela y mucha suavidad, temeroso de que en cualquier momento me detuviera, como había ocurrido en ocasiones anteriores. Esa vez, sin embargo, me dejó continuar; por el ritmo de su respiración adiviné que ella también estaba disfrutando y me hice la vana ilusión de que quizás esa noche consumáramos nuestro amor. El momento inevitable llegó cuando deslicé una mano por debajo de su falda e intenté bajarle las medias.

—Eso sí que no —susurró apartándome la mano.

Pocos minutos después insistí de nuevo confiando en que se dejaría llevar, pero se había roto el momento. Ella se puso tensa de repente e incluso me apartó un poco y se ajustó el sujetador. Me había pasado de la raya.

—Lo siento —musité en un intento de disimular mi contrariedad—.

Pensaba que a ti también te gustaba.

—Sí, me gusta —respondió bajando la cabeza—, pero no creo que debamos continuar.

—¿Por qué no? Somos adultos, nos queremos y nos deseamos. ¿Te gustaría más que fuéramos a un hotel? ¿O nos escapáramos un fin de semana a Madrid o adonde tú quieras? ¿Para que sea más especial?

—No, no es eso…

—María —dije levantándole la barbilla para verle los ojos en la penumbra—, dime: ¿eres virgen?

Respiró hondo y tardó en abrir la boca. Entendí que por fin iba a confiarme su secreto, o al menos parte de él.

—No soy virgen, pero ocurrió contra mi voluntad. Soy católica y no quiero entregarme a un hombre antes del matrimonio. Lo siento, Alberto.

En eso somos diferentes. No voy a acostarme contigo. Puedes buscarte a otra si quieres.

—¡Pero qué dices! ¡¿Crees que te vas a deshacer de mí tan fácilmente?!

—exclamé sonriendo para que viera que no me enojaba, pero sobre todo para que me contara más.

—Bueno, eres un hombre, tienes necesidades… Yo no te puedo satisfacer.

—Un momento, un momento. Todos tenemos necesidades, tú también, lo he notado. ¿No quieres hacer el amor antes de casarnos? Pues no lo haremos. Después tendremos toda la vida.

—Pero… nunca hemos hablado de eso, Alberto.

—Pues lo hablamos ahora. Eres el amor de mi vida, haría cualquier cosa por ti. ¿A ti te gustaría casarte conmigo?

—Sí —respondió entre risas.

Yo también me reí, y esperé un poco antes de preguntarle:

—¿Vas a contarme lo que pasó?

—No sé si voy a poder…

—Inténtalo.

—Pasó hace muchos años, pero no creo que lo supere nunca. No se lo he contado jamás a nadie aparte de Dios, en confesión.

—Puedes confiar en mí, te lo prometo.

—Fue una tarde de verano, en el pueblo de Sevilla de donde es mi madre.

Mis padres y hermanas todavía van cada agosto, yo hace años que me niego a volver. Mis padres confían en mí y me dejan sola cada verano; ellos no sospecharon jamás nada.

Hizo una pausa. Le apreté la mano para animarla a continuar:

—Se me acercó un hombre cuando yo ya regresaba a casa de mis abuelos después de haber estado jugando con las amigas. Todavía había mucha luz, pero nadie nos vio. Empezó a hablarme, ni siquiera recuerdo sobre qué. Yo apenas le contesté y si lo hice fue para gritarle que me dejara en paz, pues no me inspiró confianza. Le olía mucho el aliento a alcohol y tabaco.

Entonces me agarró de un brazo y sin que tuviera tiempo a reaccionar me metió detrás de unos matorrales, contra una pared, y empezó a tocarme. Yo forcejeé todo lo que pude pero él era más fuerte. Tuve tiempo de gritar una vez antes de que me metiera algo asqueroso en la boca… creo que era un calcetín.

Las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas. Estuve a punto de decirle que no me contara más, que ya me hacía cargo, pero la curiosidad me podía, y a ella parecía que le hacía bien sacarlo todo fuera por fin. La acerqué más hacia mí, para abrazarla, y ella prosiguió:

—Fue todo bastante rápido. Mi espalda estaba contra la pared. Me subió la falda y me arrancó las bragas. Nunca en mi vida he sentido tanto miedo como en esos segundos previos. Enseguida noté su miembro y el dolor horrible. Le costó penetrarme y por un momento albergué la esperanza de que no lo consiguiera. Se enfadó y empezó a insultarme y abofetearme…

Me llamó zorra y estrecha. Al fin lo consiguió, pero yo no sentí ya nada: el dolor fue tan intenso que dejé de notarlo. Me embistió muy fuerte contra la pared y yo logré escupir el calcetín y vomité. Eso le enojó muchísimo y me apartó. Al final tuve suerte porque él no eyaculó dentro de mí.

—¿Qué pasó entonces? —pregunté cuando ella se quedó callada.

—Nada más. Eso es todo.

Eso no era todo, pero sí todo lo que estaba dispuesta a contarme esa tarde. Esperé unos segundos antes de atreverme a hacerle preguntas.

—¿Cuántos años tenías? —susurré mientras le besaba la sien.

—Doce.

—Dios mío… No me extraña que no hayas querido nunca saber nada más de los hombres. Dices que no sentías el dolor; ¿estás segura de que te penetró?

—Estoy segura. Sangré… Todavía no había menstruado nunca, pero como esa noche manché la sábana, mi madre creyó que se trataba de mi primera regla. No tuve fuerzas para negarlo… No había podido dormir en

toda la noche y al día siguiente estaba muy cansada. Dije que me encontraba mal y estuve en cama todo el día. Mis padres no sospecharon nada; mi madre dijo que era normal encontrarse indispuesta y se quedó en casa conmigo, a cuidarme, pero en ningún momento se le ocurrió pensar que tanta sangre para una primera regla no era normal. Después no la tuve durante meses; hasta los trece años no me bajó de verdad, pero continué fingiendo y mi madre creyó que sí la tenía, cada mes.

—Para ser católica eres muy pecadora —bromeé.

—Me sentí fatal por hacerlo, pero la verdad hubiera matado a mi pobre madre. Y me confesé. Me confesé de todo.

—¿Qué quieres decir con que te confesaste de todo? Tú no hiciste nada malo. ¿Por qué no hablaste? ¿Por qué no se lo dijiste a nadie? A los tipos así hay que detenerlos, castigarlos… Si te lo hizo a ti, se lo habrá hecho a otras.

María apretó los labios y supe que no iba a contarme nada más. Ahora que ya conocía su secreto, sentí por un lado alivio y por otro una pesada carga. Ella creía que había perdido la virginidad, pero en realidad se la habían robado, y aparte de esa horrenda experiencia, no tenía ninguna en el sexo. Habían pasado nueve años y esa tarde, conmigo en el coche, era la primera vez que se aventuraba más allá de los besos con un hombre. Qué imbécil había sido minutos antes al ilusionarme con que íbamos a hacer el amor, y qué poco la conocía todavía. A partir de entonces, aunque mi deseo por ella no haría más que aumentar y seguir obsesionándome, me frenaría siempre la imagen de un borracho forzándola contra un muro.

—Si alguna vez te molesta el aliento a cerveza y tabaco en mi boca, puedes decírmelo tranquilamente —se me ocurrió—. Llevaré siempre conmigo cepillo y pasta de dientes.

—No me molesta. —Rio mientras se enjugaba las lágrimas que seguían cayéndole por las mejillas.

Permanecimos un buen rato callados, abrazados. Yo le acariciaba el pelo y no dejaba de besarla en la cabeza como si fuera todavía esa niña de doce años.

—No quiero que me tengas pena, porque eso ya pasó.

—No te tengo pena. Me siento muy honrado porque hayas confiado en mí y porque me hayas dado una oportunidad de demostrarte que no todos los hombres somos iguales. Te quiero y voy a casarme contigo.

Es cierto que hasta esa tarde la idea del matrimonio no se me había cruzado por la cabeza, pero es que hasta entonces tampoco había sabido que con María no habría sexo si no se pasaba antes por el altar. Había imaginado que el conocimiento de nuestros cuerpos iría a la par con el de nuestras personalidades, que la relación evolucionaría de los besos y paseos por la ciudad a escaparnos los fines de semana. Incluso se me había ocurrido que algún día viviríamos juntos. Yo hacía años que ganaba un sueldo nada despreciable y ella estaba estudiando oposiciones para conseguir un puesto seguro de profesora, así que nuestras economías nos permitían dar el paso.

Pero en el matrimonio no había pensado, y menos en una ceremonia católica.

Mis padres son ateos, no por convencimiento sino más bien por pereza.

No creo que nunca hayan dedicado mucho tiempo a reflexionar sobre la existencia o no de Dios. Simplemente, no piensan en eso. Ahora ya mayores y jubilados, emplean su tiempo en las rutinas de siempre: mi madre se pasa el día en la cocina, el jardín o delante del televisor; mi padre es aficionado al bricolaje y también pasa muchas horas delante de la caja tonta. Reciben su merecida pensión de jubilación por toda una vida de trabajo y no se quejan, imploran, o pasan cuentas a Dios ni a nadie. A mi hermano Rafael y a mí nos llevaron a un colegio católico sencillamente porque en aquella época no los había de otra clase. Cuando a los siete años tocó hacer la comunión, yo fui el único niño de todo el curso que planteó un problema al no estar bautizado. El director de la escuela habló con mis padres y les sugirió que recibiera el sacramento del bautismo junto con el de la comunión. Ellos aceptaron sin más discusión, cualquier cosa por avenirse con el director y no causar problemas. Durante un tiempo el resto de niños de mi clase, animados por el bravucón de turno, me señalaron con el dedo como si fuera un paria, pues todavía no estaba absuelto del pecado original y llevaba todos esos años en peligro de terminar en el limbo. Después del bautizo-comunión el director y los profesores respiraron tranquilos por haber salvado mi alma, y los acosos por parte de los otros niños cesaron.

Dos años más tarde Rafael pasó por lo mismo. En el colegio nos empapamos de religión y misas, pero en casa nunca se habló del tema. Mis padres se casaron por la iglesia porque no tuvieron más remedio, pues en 1960 no podía hacerse de otra manera a no ser que al menos una de las partes demostrara no ser católica. A nuestros bautismos-comuniones

acudieron porque era lo que tocaba, igual que acudirían a mi boda canónica con María.

La perspectiva de llegar al matrimonio sin saber cómo nos íbamos a entender en la cama era algo tan ajeno a mí como para ella hubiera sido lo contrario. Sin embargo, en ningún momento me sentí forzado a esa situación. Al contrario, fui yo quien quiso acelerar las cosas. Ansiaba estar con ella a todas horas y, aunque continuamos viéndonos a menudo, para mí era muy frustrante seguir con ese amor adolescente que evolucionaba poco en el plano carnal.

Un fin de semana de principios de primavera nos fuimos solos a la costa en mi dos caballos. Fue la primera vez que dormimos juntos, o mejor dicho, que yacimos, porque yo apenas pegué ojo. El roce de nuestros cuerpos en la cama mientras nos besábamos era una tortura para mí. Mis manos actuaron sobre sus curvas sin que yo pudiera hacer nada para controlarlas. El deseo era tan grande que me dolía. Ella también estaba excitada y eso me volvía aún más loco, pero sabía que en cualquier momento Dios y la iglesia católica romana y apostólica se interpondrían entre nosotros, y esta vez sí que estaba sobre aviso. No se me había ocurrido preguntarle a María dónde estaba el límite, hasta qué punto no era pecado tener relaciones con el hombre al que amas, y de repente me animó la ilusión de que quizás todo estaba permitido menos la penetración. Obedientes a mis pensamientos, mis manos dejaron paso a mis labios en sus pechos y se deslizaron por la parte de abajo del pijama de María. Me recreé en sus muslos, pero en cuanto mis dedos se metieron por debajo de sus bragas, se acabó todo. Me agarró con fuerza la muñeca, aunque no hiciera falta: enseguida me aparté y dejé de chuparle el pezón; ella ya se había puesto tensa. Hundí mi cara en su cabello sobre la almohada para susurrarle al oído que la quería. Y así permanecimos largos minutos. Después, cuando ella ya dormía, desahogué mi frustración en la ducha.

Ya habíamos hablado de boda, pero al día siguiente, mientras paseábamos por la playa bajo el agradable sol de la primavera, sentí una prisa repentina y de nuevo la sensación de estar dejando pasar un tiempo valioso.

—Casémonos —le dije—. No esperemos más, casémonos mañana mismo.

—¿A qué vienen esas prisas? —contestó ella riendo.

—Pronto hará un año que nos conocemos. Ya lo sé todo sobre ti. Sé que te quiero y que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Pero sinceramente… me estoy volviendo loco. Eres toda una mujer pero este tenerte y no tenerte me está matando. Se me va a caer la mano de las pajas que me hago.

María soltó una carcajada y todavía hoy, cuando la veo triste o contrariada, contrasto esa imagen de ella desternillándose en la playa, abrazándose los abdominales para paliar el dolor mientras yo la miraba con fingida cara de póker y le aseguraba que no tenía ninguna gracia.

—No lo sabes todo sobre mí —respondió minutos más tarde, cuando por fin logró ponerse seria y yo ya no recordaba lo que había dicho.

—No, claro, pero tengo la gran esperanza de descubrir lo que me queda por saber la noche de bodas. Tú también me deseas, ¿no? Pues si lo único que se interpone entre nosotros es una condición de la iglesia, cumplamos la condición y ya tendremos vía libre para el amor.

—No me gustaría que te casaras conmigo por esa razón, sino porque realmente quieres pasar el resto de nuestras vidas juntos.

—Claro que quiero. Había pensado que nos conociéramos antes en todos los aspectos pero tus creencias no lo permiten, así que nos casaremos primero y luego nos conoceremos. Yo te voy a querer igual, sin condiciones: el orden no altera el producto.

—Yo también te quiero. Casémonos entonces.

—Hagámoslo ahora mismo. Podemos preguntar en el ayuntamiento del pueblo, o quizás haya algún capitán de barco por aquí que se preste…

María soltó otra carcajada y en esos momentos me prometí que haría todo lo posible, siempre, por hacerla reír.

—No, tiene que ser por la iglesia.

—Por supuesto. Cómo se me ha podido ocurrir otra cosa —dije sin malicia—. Será como tú quieras. Vestido blanco, banquete y quinientos invitados.

—No, eso no. Quiero una celebración íntima. Tus padres, los míos, nuestros hermanos y los amigos más cercanos. Miguel, por descontado.

Y así fue como empezamos a planear nuestra unión ante Dios y el mundo. Esa noche no hubo escarceos porque yo caí redondo y me dormí al instante. Ella se acurrucó a mi lado más tarde y no se atrevió siquiera a despertarme para que me quitara la ropa, y mucho menos a quitármela ella.

De regreso en Córdoba, dimos la noticia a nuestros respectivos padres y les anunciamos que la boda se celebraría en cuanto tuviéramos la confirmación de una fecha por parte del cura que nos iba casar. Esas prisas repentinas hicieron enarcar cejas y levantar sospechas en mucha gente, como era lo normal en los años ochenta, época en que todos los jóvenes de España menos nosotros dos debían de estar entregándose a la promiscuidad juvenil propia de nuestra edad. Mi madre no tuvo pelos en la lengua al preguntarme, sin ocultar su ilusión, si es que iban a ser abuelos, tan jóvenes.

No, esa alegría no se la iba a dar ni entonces ni… nunca. Rafael sí tendría hijos, algunos años más tarde, pero María y yo no. No pude confesarle a mi madre —ni a nadie— que la razón del matrimonio precipitado era justo la opuesta. Lo cierto es que sentía vergüenza, ajena y propia. Por una parte me avergonzaba estar tan sexualmente desesperado y por otra me avergonzaba la impermeabilidad católica de María, que tanto contrastaba con la moderna feminidad en el resto de su persona. Ella tampoco contó nunca a nadie que llegó virgen al matrimonio porque, como siempre ha insistido en puntualizar, técnicamente no fue así.

En realidad sí lo fue. Mi primera experiencia sexual había sido con una chica tan virgen como yo, pero mucho más desinhibida que María, y puedo asegurar que fue mucho más fácil y menos doloroso para ella que para María. De todos modos, aunque María hubiera sido todo lo inmaculada que ella hubiera deseado, no creo que jamás lo hubiera contado con orgullo.

Más bien, escondía esa castidad como algo muy personal y privado, un pacto secreto entre ella y Dios. Muchas debieron de ser las personas sorprendidas que después de anunciar nuestro compromiso esperaban la consiguiente noticia del niño por nacer, que en realidad nunca llegaría.

Conseguimos fecha para principios de septiembre, mucho más tarde de lo que a mí me habría gustado pero solo un año después de empezar a ser novios. María quiso que nos casara el cura de su parroquia, un hombre ya mayor, el mismo que la había bautizado y le había ungido sus otros sacramentos, el mismo también que había escuchado y absuelto sus pecados, el que hasta dos semanas antes de la boda sabía más que yo mismo del pasado de mi mujer y de los demonios que todavía la atormentaban. En la ceremonia hablaría de la candidez, valentía, inteligencia y bondad de María de una manera tan sincera y emotiva que sentí celos de no haber sido yo quien pasara horas pensando y redactando esas palabras. A mí me dedicó

menos tiempo, pero me felicitó e hizo responsable de la nueva luminosidad que adornaba el rostro de María desde hacía un año.

En los meses previos a la boda nos dedicamos a buscar un piso de alquiler y encontramos uno sencillo y a buen precio en el barrio de San Lorenzo, con dos habitaciones, un pequeño salón y cocina, un solo baño, y una amplia terraza. Allí viviríamos durante tres años, hasta que tuvimos el dinero suficiente para comprar otro no mucho más grande en la misma zona.

Antes del verano tuvimos que asistir a un curso prematrimonial que duró cinco semanas: cada jueves de cinco a siete de la tarde. Quién me iba a decir que justo un año después de reunirnos ella y yo casi a la misma hora de cada jueves para repasar mi primera novela, volveríamos a hacerlo para entrenarnos en nuestra vida de casados. Cuando María me habló de la necesidad de asistir a ese curso creí que bromeaba, pero enseguida me aseguró, muy seria, que era un requisito indispensable para contraer matrimonio por la iglesia, y que nos iría bien para conocernos más. Me guardé mucho de mostrar mi reticencia, por no herirla, pero no pude evitar pensar que si Dios y sus secuaces continuaban interviniendo e interfiriendo en mi vida íntima con María, lo único que iban a conseguir era cabrear a un mortal que cada vez dudaba más de la fe cristiana.

En todo el año que llevábamos juntos apenas habíamos hablado de religión. Era un tema sobre el que los dos sabíamos que teníamos ideas diferentes y las respetábamos. Ella iba a misa cada domingo, incluso aquel primer fin de semana que fuimos a pasar solos a la costa se acercó a la iglesia del pueblo «para hablar con Dios».

—¿Y te contesta? —le pregunté la primera vez que le oí decir eso.

Yo entonces no lo hacía, ahora sí, a veces, y es por influencia de María.

—Me contesta con señales —dijo ella sin ironía ni muestras de percibir mi sarcasmo.

Yo no había pisado la casa de Dios desde que recibiera el bautismo y la comunión juntos porque no había tenido más remedio, y María no me animó nunca a acompañarla. Me sentí muy agradecido, pues me habría incomodado que me hubiera intentado «convertir» o algo por el estilo.

Cuando me di cuenta de que su relación con Dios, aun siendo mediante la institución eclesiástica, era algo privado que no necesitaba prodigar ni imponer a otros, ni siquiera a mí, la quise y admiré más aún, si eso era

posible. El curso prematrimonial fue el primer y único requisito canónico que tuve que cumplir; después, en veinticinco años que llevamos casados, no he vuelto a asistir a una misa a excepción de las bodas, los bautizos y los funerales a los que nos ha tocado ir. María ha continuado cultivando su fe religiosa, pero nunca, ni una sola vez, me ha recriminado que yo no lo hiciera. Ni siquiera pestañea cuando blasfemo o pronuncio el nombre de Dios en vano, aunque ella no lo hace. Es la única persona que conozco que jamás habla de Dios, ni lo menciona, pero también es la que más habla con él.

El curso no resultó tedioso como había esperado; de hecho, algunos aspectos fueron interesantes. Se hizo hincapié en la buena comunicación, la sinceridad, la igualdad y el respeto, el saber escuchar y la aceptación de la pareja tal como es. No sé por qué, pero la tarde en que se habló de la comunicación me quedé gratamente sorprendido. Quizás tuviera todavía una imagen muy retrógrada de la iglesia católica y había esperado que a sus ojos el papel de la mujer seguiría siendo el de la figura sumisa. Tenía mis motivos para pensar así, pues en la sesión dedicada a la sexualidad no se mencionó ni de pasada el orgasmo femenino, y el cura dejó muy claro que el objetivo del sexo en el matrimonio es el de procrear. Entonces le pasó la palabra a una ginecóloga que se prestó a darnos una clase sobre reproducción humana y nos habló del único control de natalidad aceptado por Dios: el llamado método Ogino o del calendario, que consiste en contar los días del ciclo menstrual y elegir los apropiados para tener o no relaciones sexuales con el objetivo de lograr o evitar el embarazo. Me sorprendió descubrir que el coitus interruptus no es aceptable, ya que, según la iglesia, con ese método se desperdicia la semilla masculina, que es vida, y desperdiciar esa vida es como matar. Esa afirmación me incomodó, como muchas otras, y me pregunté si, para sincerarme con María, debía confesarle que según esa lógica, yo había matado muchas veces a posibles futuros hijos míos. ¿Eso me convertía en un filicida? Ella escuchaba a la ginecóloga con atención, sin muestras de estar de acuerdo o no, y me di cuenta entonces de que teníamos todavía mucho de que hablar y que su catolicismo podía ser una barrera entre nosotros más poderosa de lo que había sospechado.

Después de cada sesión teórica, hacíamos ejercicios. También se nos animaba a participar con preguntas y dudas. Como en el colegio, había la típica empollona que siempre levantaba la mano (mientras su futuro marido

bajaba la cabeza) y dos o tres parejas que intervenían más que el resto.

María y yo éramos de los que callaban, pero tenía razón ella cuando dijo que el curso nos iba a ayudar a conocernos más: los ejercicios nos obligaron a ello. Le cogí de la mano antes de decirle:

—Supongo que… no hemos hablado de esto antes porque para ti es obvio. Tú quieres tener hijos, ¿no?

—Claro. ¿Tú no?

Respiré hondo. La verdad era que no se me había pasado por la cabeza tener hijos. ¿Cómo podía pensar en eso cuando ni siquiera habíamos tenido relaciones sexuales? Yo anhelaba estar con ella, convivir ella y yo solos, hacerle el amor cada noche y despertar cada mañana en sus brazos. No me había detenido a pensar que si seguíamos los dictados de la iglesia, en menos de un año podíamos tener a un churumbel desbarajustando nuestra estrenada vida conyugal.

—Sí… creo que sí, pero… me gustaría primero disfrutar de ti, pasar un tiempo solos tú y yo. Todavía somos muy jóvenes.

—Claro, cariño, no hay prisa.

Me apretó la mano como para reconfortarme y me dedicó una de sus sonrisas abiertas y francas. Sin embargo, no supe interpretar si con eso otorgaba que usaríamos métodos anticonceptivos más modernos y a mi modo de ver más fiables que el único consentido por la iglesia. Y me pareció ridículo discutirlo en esos momentos cuando todavía faltaban meses para que nos descubriéramos íntimamente.

—El sexo es mucho más que engendrar, ¿sabes? Es conexión, comunicación —se me ocurrió decirle.

—No lo sé —respondió ella—. No tengo experiencia, ya lo sabes, pero no me importa. No siento que me haya perdido nada. Al contrario, estoy contenta de no haber vuelto a…

—No digas eso —la interrumpí—. No has tenido nunca nada. «Eso» no fue una experiencia sexual. Fue un atropello, una barbaridad, un crimen en el que tú no participaste. Fuiste una víctima. Pero el sexo con alguien a quien amas de verdad imagino que debe de ser sublime.

—¿Tú tampoco lo sabes? —Se rio, incrédula.

—No soy un santo —admití algo avergonzado—. Precisamente por eso, si el sexo sin amor no está del todo mal, imagino que con amor debe de ser brutal.

—Tengo ganas de averiguarlo —susurró apretándome de nuevo la mano y guiñándome un ojo.

Habría querido besarla, pero las muestras de cariño en tal ambiente no estaban bien vistas, tal como nos había informado el cura en los primeros minutos del inicio del curso.

Ahora que miro atrás en el tiempo y reflexiono sobre esos días, me doy cuenta de que la preparación previa al matrimonio nos fue muy bien. Quizás sin ella habríamos conseguido el mismo nivel de comunicación que hemos mantenido a lo largo de los años y que estoy convencido de que es el secreto de nuestro éxito. Eso no lo sé, pero lo cierto es que gracias a ese curso y concretamente a la sesión sobre la sinceridad y la comunicación, María decidió contarme el final de la historia que había terminado demasiado abruptamente.

—Yo tampoco soy una santa —me dijo una noche de agosto mientras caminábamos por la calle Nueva hacia la plaza de las Tendillas para tomar algo.

—Sí que lo eres, y digas lo que digas no me harás cambiar de opinión.

—No lo soy porque te he ocultado algo importante. Se lo conté al padre Carlos y creí que con eso ya quedaba absuelta. Él me aseguró que sí, pero llevo semanas dándole vueltas a algo y me he dado cuenta de que si vas a ser mi marido, debo contártelo. No puede haber secretos entre nosotros.

La miré un poco alarmado y por un momento deseé que no dijera más.

Faltaban dos semanas justas para la boda y hasta ese momento todo había ido rodado. No nos quedaba más que esperar a que llegara el día y la tan esperada noche de bodas.

—Todo el mundo tiene secretos. No pasa nada, es normal. No me tienes que contar nada que te haga sentir mal.

—No estoy de acuerdo. Entre nosotros no debe haber secretos. Nuestra relación debe basarse en la confianza y yo me he dado cuenta de que si no te lo cuento todo, no puedo casarme contigo. Por otro lado, si te lo cuento y tú guardas el secreto, como te pido que hagas, te conviertes a ojos de los hombres en cómplice de un crimen.

—Estás empezando a darme miedo —dije soltando un bufido—, aunque conozco tu bondad y sé que eres incapaz de matar a una mosca. Sea lo que sea que hiciste, seguro que estás exagerando.

—Mi delito fue callar, y eso me convierte en cómplice de un asesinato, según las leyes de los hombres. Con Dios ya pasé cuentas y tengo la conciencia tranquila.

—Qué me estás diciendo, María… No me lo puedo creer. Cuéntamelo ya y desde el principio.

—El hombre que me violó no se apartó cuando vomité.

María se detuvo para comprobar mi reacción y a mí se me hizo un nudo en el estómago. Lo sabía, sabía que la violación no podía haber terminado de la manera que ella había descrito.

—Se enfadó muchísimo, eso sí, y con lo borracho que estaba debió de olvidarse de que alguien podía oírle. Volvió a insultarme y gritarme. Y de repente no dijo nada más y cayó al suelo, después de un golpe de ladrillo en la cabeza. A mí me flaquearon las piernas y también me derrumbé en la pared, pero era perfectamente consciente de lo que acababa de presenciar.

Delante de mí todavía estaba el chico que le había atestado el golpe tras acercarse sigilosamente por detrás. Era un gitano al que tenía visto del pueblo, aunque nunca habíamos mediado palabra. Tendría pocos años más que yo, quizás quince o dieciséis, pero era fuerte y tenía una mirada limpia, honesta. Eso fue lo que pensé en esos momentos, y decidí que fue Dios quien mató a mi agresor, y el gitano fue su mensajero.

—¿Y qué pasó después?

—Yo estaba muy asustada y cuando vi al tipo en el suelo tuve un ataque de histeria. Unos minutos antes había creído que iba a morirme y entonces, al comprender que me había librado, que Dios me daba una segunda oportunidad, entré en estado de shock y me puse a llorar e hipar sonoramente. El chico se alarmó, lo vi en sus ojos como platos, y más tarde comprendí que tuvo miedo de que mis llantos nos delataran, porque en vez de ayudarme a ponerme de pie o pedirme que me callara, se fue corriendo.

Eso me paralizó y me hizo reaccionar. La razón de lo que hice a continuación es algo que me he preguntado muchas veces sin encontrar respuesta. Solo sé que una vez tomado ese camino, ya no pude volver atrás.

—También saliste corriendo —me atreví a adivinar.

—No. Caminé. Sin correr. Recogí mis bragas del suelo, me compuse la falda como pude, me limpié la cara y me alejé despacio, intentando disimular el renovado dolor en la entrepierna, aunque no había nadie por la calle. Al llegar a casa me fui directa al baño, me duché y tiré la ropa a la

basura. Todavía no sé de dónde saqué tanta entereza. Al día siguiente no salí de casa, ya te lo dije. Luego sí me forcé a hacerlo para no levantar sospechas. Durante el resto del verano viví con miedo a que alguien me descubriera, pero nadie lo hizo, ni siquiera mi madre. Es algo que todavía me cuesta creer y desde entonces pienso que el gran problema de los adolescentes es que muy poca gente les presta verdadera atención.

Hizo una pausa y me miró con expresión interrogativa, como buscando mi conformidad. Me limité a asentir con la cabeza para animarla a continuar.

—La noticia salió en los periódicos y hasta en televisión. Dedujeron que se trataba de un violador al que había matado su víctima. Era un alcohólico que vivía solo, desempleado y con antecedentes, aunque no de violación. A los pocos días, leí que la policía creía que el agresor del violador había sido por fuerza una tercera persona. Pasé mucho miedo a que me descubrieran y cada vez que alguien llamaba a la puerta me aterrorizaba pensar que podía ser la policía. Imaginaba que habrían encontrado algún pelo mío en la escena del crimen o algo que me pudiera inculpar…

—Seguramente, pero con eso no habrían adelantado nada. Es como encontrar el zapato de Cenicienta; si no se presenta ella a probárselo es imposible encontrarla entre miles de candidatas.

—Sí, eso lo sé ahora, pero entonces era solo una niña. Todavía faltaba un mes para que terminara el verano y regresáramos a Córdoba; creo que fue el peor mes de mi vida. Aparte de la angustia que sentía, estuve casi todo el tiempo enferma con una cosa u otra, sobre todo resfriados y sarpullidos en la piel. Una vez aquí, me confesé enseguida con el padre Carlos, y poco a poco lo fui dejando todo atrás… hasta el verano siguiente, claro.

—¿Y al muchacho gitano lo volviste a ver?

—Sí, algunas veces por el pueblo. Era inevitable. Nunca llegamos a hablar. Creo que él estaba tan asustado como yo. Seguramente tenía miedo de que yo le delatara, aunque a mí eso no se me pasó nunca por la cabeza; siempre he creído que su intervención quizás me salvó la vida. Con los días y luego las semanas que pasaron sin que nadie nos siguiera la pista a ninguno de los dos, empezamos a saludarnos con la cabeza, siempre con disimulo y desde la distancia. Establecimos un pacto de silencio que por mi parte he cumplido hasta hoy. Ahora también lo sabes tú.

—Me has dejado atónito… pero me reafirmo en lo que te he dicho siempre: tú no hiciste nada malo. Si has hecho daño a alguien ha sido a ti misma al no compartirlo con nadie durante tantos años.

—Lo compartí con Dios y eso es suficiente. Ya te digo que no me fío de los hombres y sus leyes.

La estreché fuertemente en mis brazos, temeroso de que mis palabras no transmitieran tan bien como mi lenguaje corporal todo mi apoyo.

—Gracias por compartirlo también conmigo. Por confiar en mí. Por hacerme tu cómplice.

Me avergüenza confesar que tan solo dos días después de esa conversación, rompí nuestro pacto de confianza. Me metí en el coche y conduje hasta Sevilla, directo a la sede del ABC para consultar su hemeroteca. Quería comprobar la noticia por mí mismo. Después de dos novelas policíacas yo mismo me había aficionado a investigar casos policiales, algunos ya resueltos y otros no, y lo he continuado haciendo a lo largo de los años; así he conseguido meterme en la piel de mis detectives y asesinos, y pensar como ellos. Hasta que no localicé el artículo y lo leí con mis propios ojos, no acabé de creerme las palabras de María. A doce días de convertirla en mi compañera de por vida, me sorprendí a mí mismo dudando de su palabra, y no me gustó. Había creído que exageraba o incluso que el gitano no había existido y lo había imaginado, pero después de una hora siguiendo el caso en los viejos archivos, no me cupo duda de que me lo había contado todo tal y como ocurrió. La policía llegó a la conclusión de que la víctima de la violación no podía haber matado al agresor y que el golpe en la cabeza se lo había propinado una tercera persona. Conjeturaban que habían escapado juntos y facilitaban un número de teléfono para quien pudiera aportar pistas.

Después de eso ya no había más, ningún otro artículo que informara de cómo iba el caso y si se había resuelto o no. Estuve tentado de acercarme a la comisaría del pueblo de la madre de María para seguir indagando allí, pero me detuvo la convicción de que a ella no le haría ninguna gracia esa intromisión mía en su pasado. Ni siquiera le diría que había ido hasta Sevilla para cerciorarme de la veracidad de sus palabras. En esos momentos no me sentí digno de ella, pero me prometí a mí mismo lo que le juraría a ella ante el altar: mi fidelidad por encima de todo.

Hasta hoy he mantenido mi palabra. Veinticinco años, que no son pocos.

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