NUNCA DEJES DE BAILAR
Enya
Barcelona, febrero de 2016
Nada más llegar a Boston en septiembre, me había comprado una bicicleta.
Pedaleaba en ella cada día desde casa hasta el Institute; también la usaba para ir al súper o familiarizarme con la ciudad. Una tarde que salí a comprar, me la robaron. Nancy me había advertido que tenía que encadenarla siempre, sin excepciones, pero yo ya había conocido a Patrick y achaqué ese momento de descuido al despropósito del enamoramiento.
Ocurrió en un visto y no visto: después de haber salido de casa y recorrer una manzana, me di cuenta de que había olvidado el monedero, así que volví a casa, dejé la bicicleta apoyada frente a la fachada, subí de un salto los cuatro escalones que daban al porche, abrí la puerta principal y seguidamente la que daba a nuestro apartamento en la planta baja, y fui directa a la mesa del salón, donde sabía con certeza que había dejado el monedero cinco minutos antes. En menos de un minuto había vuelto a cerrar con llave la puerta de casa y de golpe la principal. Bajé los cuatro escalones de un salto y me quedé tiesa ante el espacio vacío que antes había ocupado mi bicicleta. Levanté la mirada justo a tiempo para ver a alguien con una chaqueta oscura doblar la esquina montado sobre mi flamante bicicleta nueva.
Me quedé atontada, como si me hubieran abofeteado. La reprimenda de Nancy tampoco ayudó. Denuncié el robo, pero no sirvió de nada: nunca la recuperé. Menos el día de las magdalenas de frambuesa y chocolate blanco que nunca olvidaré, siempre había ido al Institute en bicicleta. A partir de entonces tuve que hacerlo a pie o en tranvía. De todos modos, ya había empezado a nevar y hasta la primavera de poco me habría servido tener una bicicleta. Solo cuando conocí a John y Anne se me ocurrió que podía comprarme un coche.
La compra del escacharrado Mazda (del año 1985, nada menos, dos años más viejo que yo) al que le tomaría tanto cariño está asociada en mi
memoria, sin embargo, a algo desagradable, el detonante del siguiente bajón en la montaña rusa del amor.
Patrick se mostró muy entusiasmado con mi idea de comprarme un coche, sobre todo porque así podría ir a verle a su casa, que estaba a las afueras de Boston, en vez de tener que ir siempre él a buscarme o yo tomar un autobús. Fuimos juntos a un par de garajes de venta de automóviles de segunda mano, de esos que se ven desde la carretera con las cifras grandes y en rojo pintadas en el cristal delantero. La tercera vez que fui, no obstante, no me acompañó él, sino mi vecino. Y fue en esa ocasión en la que me encapriché con el Mazda plateado y deseé con todas mis fuerzas que por dentro estuviera todo bien.
Mi vecino era mecánico de profesión, y por eso le había pedido que me acompañara. Era también padre de tres niños, separado, y su hija mayor de quince años me había pedido que le diera clases de conversación de español. Teníamos una relación amistosa que había empezado antes de que yo conociera a Patrick, y nos ayudábamos en lo que podíamos de manera desinteresada. La vida en América era así, la gente se echaba una mano sin apenas conocerse, y era uno de los aspectos que más me gustaba de mi nueva vida allí. Jamás se me habría pasado por la cabeza que confiar en el vecino para la adquisición del coche volvería a herir los sentimientos de Patrick.
—¡Ya tengo coche! —exclamé nada más verlo, echándome a sus brazos, llena de júbilo.
El primer paseo, para probarlo, lo había hecho con el vecino y, tan pronto me sentí cómoda, conduje hasta el trabajo de Patrick y usé el aparcamiento gratuito para los empleados y visitantes. Le insté a que me siguiera para enseñárselo, pero se hizo el remolón. Adujo que era un mal momento, tenía trabajo. Yo insistí; estaba tan ilusionada que daba saltos de alegría. Además, supongo que como hacía más de un mes que había regresado de Barcelona y disfrutábamos de una luna de miel renovada, me estaba relajando u olvidando, como diría él, de sus sentimientos.
Él intentó disimular su decepción inicial, aunque enseguida adoptó esa sonrisa que me desconcertaba y que al final llegué a detestar, solo cuando comprendí que era falsa. Sonreía, pero por dentro ya me estaba odiando un poco. Una vez en el aparcamiento, ninguno de los dos pudimos fingir más.
—No parece que te alegres mucho por mí —observé, empezando a desinflarme.
—Bueno, es que… no lo veo tan fantástico, la verdad. Era mucho mejor el último que vimos tú y yo. Ya lo tenías casi decidido, ¿por qué te echaste atrás?
—Volví allí con Michael y él dijo que no estaba tan bien. Los frenos estaban demasiado gastados o no sé qué… Yo no entiendo de estas cosas.
Estuvimos mirando y probando otros, luego fuimos a otro garaje que conocía él y vimos este, una ganga por solo dos mil dólares, y está muy bien. Tiene los neumáticos nuevos.
—¿Y te fías de ese tío?
Vi un destello de furia en sus ojos, pero extrañamente Patrick seguía con la sonrisa en los labios.
—Sí, claro que me fío. Es un buen hombre y los motores y carrocerías
¡son su especialidad!
—Es un desgraciado y un fracasado que ha pasado tres años en la cárcel por asesinato —me recordó Patrick, como si no le hubiera contado la historia yo misma—. ¡Te fías más de alguien que ha matado a un hombre que de tu propio novio!
—Fue en defensa propia —musité, perpleja— y no fue asesinato, sino homicidio.
Era una historia que me había impactado, no solo porque era verdadera y horrible, sino porque Michael nos la contó a Nancy y a mí al poco tiempo de conocernos, mientras tomábamos una cerveza en el porche de la casa.
Dijo que ya que íbamos a ser vecinos más valía que nos hablara de su oscuro pasado cuanto antes para que no se le escapara cualquier otro día en el transcurso de una conversación y sobre todo para que entendiéramos por qué no tenía la custodia de sus hijos, a pesar de que su exmujer era alcohólica y drogadicta y los niños vivían con la madre de ella. El incidente había ocurrido hacía ya años, al menos ocho o nueve. Michael y su mujer ya se habían separado. El matrimonio había durado siete años y esa noche él estaba con los niños, cuidándolos en la casa de ella, que había salido con su amante de turno. Regresaron los dos bebidos, él gritando e insultando a Michael, ella riendo. Los niños dormían y no vieron nada. Quizás oyeron los gritos y el golpe, pero nunca se lo pregunté; de todos modos, eran muy pequeños. El tipo borracho llevaba una pistola en la mano y amenazó a
Michael con disparar. Por lo visto, la exmujer le había contado cosas que no dejaban muy bien a Michael —mentiras, según él, pues era una sociópata empedernida que se creía sus propios desvaríos— y el gilipollas había caído en la trampa. Michael estaba sereno y sobrio —no bebía—, pero se hizo con una barra de hierro que había guardado durante años en la casa que ocupara con su mujer precisamente por si se presentaba una situación como esa. Y
la usó, sin vacilar, un momento después de que el otro levantara la pistola y le apuntara a la cara, tambaleándose y gritando: « I’m gonna kill you, asshole! ». Michael hizo oscilar la barra como si se tratara de un bate de béisbol y, de un golpe certero en un lado de la cabeza, mató al amante de su exmujer. Esa no había sido su intención, claro, solo había pretendido defenderse y no calibró su fuerza. Tampoco pudo saber que el arma no estaba cargada. El clic del gatillo fue lo que le hizo reaccionar con ese miedo que se tradujo en descomunal fuerza. En fin, una tragedia, porque si el miedo lo hubiera paralizado siquiera durante un segundo, el cerebro habría tenido tiempo de comprender que esa era la única intención del borracho: asustarlo. « You scumbag! Stupid little piece of shit! », gritó la mujer, y Michael siempre tuvo la duda de si se refería a él o al amante. En el juicio alegó defensa propia, pero lo acusaron de homicidio voluntario que, según la ley de Massachusetts, es un asesinato cometido en respuesta a una provocación razonable. Perdió su trabajo y pasó tres años en la cárcel durante los cuales apenas vio a sus hijos, su única razón de ser. La pena inicial era de diez años, pero lo absolvieron por buena conducta. Como castigo perpetuo, no se le permitía salir del país, jamás tendría la custodia de sus hijos (aunque mantenía un acuerdo amistoso con su exsuegra y los veía cada fin de semana), no podía poseer un arma de ningún tipo y, en caso de salir de los estados de Nueva Inglaterra (no lo hacía), necesitaba un permiso especial de la policía.
Me arrepentí de haberle contado la historia a Patrick, aunque cuando lo hice su reacción no había sido esa. Había sido como la mía, de incredulidad y horror, y había comentado algo parecido a mis propios pensamientos:
«Parece mentira, como de película, aunque estas cosas pasan de verdad. La cuestión es: ¿quién se basa en quién, los productores y directores de cine en la realidad, o el público fácilmente manejable en lo que ve en la caja tonta?». Como yo cuando me lo contó Michael, Patrick se había abstenido de juzgar.
Claro que entonces no había sentido celos porque, en definitiva, de eso se trataba. Patrick estaba celoso porque yo había pedido consejo y ayuda a otro hombre, y eso dañó su orgullo. Él se había ofrecido a ayudarme, incluso faltando horas al trabajo, y yo no solo desestimaba su opinión sino que demostraba claramente que no le necesitaba. Todavía no me lo diría así de claro, pero con el tiempo y otros incidentes parecidos ya sí, y yo me acostumbraría a oír de sus labios las palabras inconsiderate y selfish para referirse a mí.
—Bueno, tengo que volver al trabajo. No todos somos estudiantes, algunos tenemos que ganarnos el pan. Ya nos veremos.
Me dio un beso en la mejilla antes de dejarme sola, abatida y al mismo tiempo maravillada de su poder: ¿cómo conseguía, con tan pocas palabras, hacerme sentir tan mal, cuando minutos antes había sentido tanta alegría?
—Oye, espera, ¡lo siento! —grité a sus espaldas, pero él ni siquiera se giró, solo me hizo un gesto de despedida con la mano.
Más tarde lo llamé para reiterar que lo sentía, que no había creído que fuera a molestarle tanto que me dejara aconsejar por Michael. No obstante, él no perdonaba tan fácilmente.
Como consecuencia de eso, mi querido Mazda nunca le gustó y ya nunca quiso saber nada de él. Lo usé siempre para conducir sola. Si íbamos juntos, era en su deslumbrante BMW. Pero lo peor fue que por esa tontería —al menos para mí lo era— volvió a marcar distancias. Nos veíamos solo cuando él quería, que durante un tiempo fue muy poco, una o dos veces por semana. Volvió a decirme que quizás estábamos yendo demasiado rápido.
Yo lo pasé mal, aunque no tanto como la primera vez. Me costó acostumbrarme de nuevo a verlo con su coraza y preferí no hacerlo: su indiferencia era demasiado dolorosa. Solo después de no devolverle dos llamadas, lo tuve de nuevo a las puertas de mi casa como un perrito faldero.
Lo imperdonable es que volviera a seducirme —y lo haría muchísimas veces más— de manera tan arrolladora; creo que esa vez fue la del fin de semana largo en Nueva York. Y volví a sentirme especial, importante, valorada. Cuando estábamos bien, me decía cosas bonitas, sobre el color de mi pelo (natural) o la forma de mis pies, pero lo más importante era que me escuchaba con mucha atención, siempre mirándome a los ojos. No me interrumpía jamás cuando yo le hablaba de libros y a veces me pasaba horas analizando uno en concreto. Me hacía sentir inteligente. Él era una de esas
personas que se concentra en lo que hace; focus era otra de las palabras habituales en su vocabulario, una más de las que con el tiempo llegué a detestar. Pobres palabras, cuántas de ellas llegué a borrar de mi lista por culpa de mis malas experiencias. Otra fue beauty —bella—, porque ese fue el apelativo cariñoso con el que empezó a llamarme enseguida, desde las vacaciones en Antigua. «Muy apropiado: la bella y la bestia», me diría un día Anne, su propia madre. No me importaba que me llamara así; es más, lo que no me gustaba era oír mi nombre en sus labios, porque cuando lo hacía era en ese tono que me decía que él estaba más allá, a un metro por encima o por delante de mí, adelantado a su tiempo. Como en todo, tardé tiempo en encontrar la palabra justa para definir el trato que Patrick empleaba conmigo, pero al final lo hice: condescendencia.
Y ahora recuerdo un día, cuando ya llevábamos dos años juntos —con varios altibajos— que se enfadó porque no estaba prestando atención a lo que hacía un grupo de mamarrachos corriendo detrás de una pelota ovalada.
Patrick había pagado cientos de dólares por las entradas para ese partido y estaba explicándome las normas del juego con suma paciencia. Yo cometí el error de mirar donde no debía. Era un hermoso día de primavera, casi verano, y me distrajo la visión de un ala delta a lo lejos. Patrick me pilló mirando al cielo en vez de a la hierba, donde ya se amontonaban unos encima de otros. Su ira por una cosa así estaba tan fuera de lugar que en ocasiones como esa me convencía de que estaba enfermo. A él le molestaba que yo estuviera siempre en las nubes —eso lo decía él, hasta que le conocí jamás había creído ser más despistada de lo normal—, y una vez, ya muy al final, supe que mi amor por la literatura le parecía una tontería; me lo dijo así de claro: una pérdida de tiempo. Él solo leía libros que le hacían avanzar más, aprender algo nuevo. Lo mío era un hobby, me diría, pero con eso ¿iba a ganar dinero? Él se interesaba por mi afición porque era una persona considerada, porque me quería, y por eso le sacaba de quicio mi desinterés por lo suyo. La verdad es que a mí me importaba poquísimo que los Red Sox ganaran la liga o no, que los New England Patriots llegaran a la Super Bowl o que el equipo nacional de hockey sobre hielo venciera a los canadienses. Pero Patrick me daba pocas opciones para escabullirme de los eventos deportivos que, aparte de su carrera profesional, eran su vida: compraba entradas para que fuéramos los dos juntos a los partidos, y lo hacía con tanta ilusión que si yo hubiera rechazado alguna invitación le habría vuelto a romper el corazón. Así que aguantaba, igual que él
aguantaba mis rollos sobre Scott F. Fitzgerald y su amor por Zelda o por qué El guardián entre el centeno marcó un hito en la literatura norteamericana contemporánea. Mi error fue no disimular que me aburría como una ostra en los partidos. Él sí disimuló siempre. Solo durante el tercer año encontré la palabra apropiada para eso: falsedad.
Durante el primer año Patrick no acababa de mostrarse tal como era. Yo iba con pies de plomo, pero él también escondía mucho de su lado oscuro.
Quizás por eso se alarmó cuando le dije que me había encontrado con Joanna. Ella le conocía mejor que nadie, claro, incluso más que sus propios padres. Con el tiempo he comprendido que Patrick temió que Joanna y yo hubiéramos ido a tomar un café juntas y me hubiera contado lo monstruoso que podía llegar a ser. No fue eso lo que ocurrió. Su ruptura era aún muy reciente. Según Patrick, se había terminado meses antes de empezar nosotros, pero ellos habían vivido juntos y no había sido tan fácil y rápido desmontar esa vida. Además, había sido él quien la había desechado a ella.
Desechado, sí, esa es la palabra, aunque él nunca la usó, pero estoy segura de que fue eso lo que hizo, igual que me haría muchas veces a mí.
Patrick nunca me habló mal de ella, eso no lo hacía; lo único que había mencionado, aparte de que dependía demasiado de él, eran sus celos y que no tenía estudios. Patrick tenía cualidades muy buenas y una de ellas era esa, que jamás hablaba mal de nadie a terceras personas, por eso conseguía mantener esa imagen de perfección para todo el mundo que no le conocía.
A los únicos que no engañaba era a sus padres, que se sentían responsables de que fuera así, y a la novia de turno. Yo todavía no lo conocía bien y la aparición de Joanna a esas alturas tan tempranas de nuestra relación hizo que me llevara una imagen muy desafortunada de ella, reforzando lo poco que me había contado Patrick.
Sucedió una mañana después de que Patrick se fuera a una convención en Seattle, donde estaría cinco días. Habíamos pasado la noche anterior juntos en su casa. Yo había conducido mi coche, pero por la mañana fuimos en el suyo al aeropuerto y yo lo conduje de vuelta a su casa para recoger el mío y hacer exactamente lo mismo cinco días después.
—¿No sería más fácil y rápido que fuéramos en mi coche? —le sugerí.
—Si tienes prisa o algo más importante que hacer, ya cojo un taxi —
respondió él.
No insistí; no valía la pena volver a discutir por culpa del Mazda, que para él era mi querida chatarra: « your dear piece of junk», decía.
De vuelta a su casa me detuve en un centro comercial cercano para realizar mi compra semanal en el supermercado. Lo hice antes de recoger mi coche porque aproveché para comprar también algunas cosas que me había pedido Patrick. Y fue en el pasillo de las pastas y arroces donde me encontré, de repente, a una chica rubia vestida en chándal y zapatillas deportivas, con coleta y las manos hundidas en la chaqueta, mirándome fijamente. La vi después de alcanzar un paquete de lacitos de pasta multicolor, que tan buenos quedan en ensalada, y me sobresalté: no sabía cuánto rato ni por qué llevaba observándome así esa mujer que no había visto nunca antes.
—¿Tú eres Enya? —preguntó antes de que tuviera tiempo de recuperarme del susto.
—Sí… ¿te conozco? —respondí entornando los ojos.
No podía ser del Institute, estábamos demasiado lejos.
—Vas a la Universidad de Boston, ¿no?
—Sí… —repetí con cautela—. ¿Tú también?
—No, yo no. Mis padres están divorciados, mi madre tuvo que criarnos a mis tres hermanos y a mí ella sola, yo tuve que empezar a trabajar a los catorce años. De todos modos, no soy tan lista como para ir al college; aunque hubiera tenido dinero, el high school lo pasé justito.
—Ah… —alcancé a decir.
Me vino a la cabeza una imagen involuntaria, de película americana, en la que un loco se lía a tiros en el supermercado. Porque ese país está lleno de locos, si no, ¿a cuento de qué me contaba esta su vida?
—Y eres italiana, ¿no? —continuó ella, suavizando un poco el tono de reproche que había usado en la pregunta anterior.
—No, española.
—¿Danesa?
—Española, española —recalqué yo.
Solo entonces me di cuenta de que mi interrogadora estaba nerviosa y apenas me escuchaba. Le había dicho « Spanish» y ella había entendido
« Danish».
—Claro, y supongo que habrás viajado mucho. Pues yo no he salido del país, ya ves. Estuve a punto de ir a Antigua, pero al final mi novio prefirió irse con otra.
Abrí la boca de asombro y, con los nervios, se me cayó el monedero al suelo.
—Veo que por fin se cayó el penique —dijo ella levantando una ceja.
—Esa no es una expresión americana —observé yo mientras recogía el monedero (en inglés británico, que el penique se caiga quiere decir que por fin has comprendido algo).
—No, mi madre es inglesa. Vino aquí en busca de una vida mejor, pero no tuvo suerte; el desgraciado de mi padre la dejó por otra, se ve que es algo que se hereda.
Solté un bufido. ¡Qué tía, estaba loca! Eso fue lo que pensé, y hasta me asusté. ¿Qué iba a hacerme, pegarme? Yo no sabía que Patrick la había dejado por mí y, en su defensa, creo que no fue así, pero debió de ser la manera en que él terminó, sin muchas explicaciones, simplemente, sin interés ya, lo que debió de dolerle tanto a ella.
—Conoces a Patrick Doherty, ¿no? —preguntó levantando la barbilla.
—Sí —respondí sin estar segura de si se refería a que lo conocía-conocía o solo lo conocía.
—Pues si me puedes hacer un favor, dale esto. —Me entregó un sobre—.
Es la llave de su casa, yo ya no la necesito.
—¿Y quién le digo que me la ha dado?
Ya sabía la respuesta, pero quería oír la confirmación de sus labios.
—Joanna —dijo levantando la barbilla aún más, y antes de dar la charla por concluida, añadió—: Gracias.
—¡Espera! ¿Cómo sabías que era yo? —le grité cuando ella ya se alejaba.
Se detuvo, me miró como si fuera tonta y, encogiéndose de hombros, dijo:
—Por el coche.
Le conté lo sucedido a Patrick cuando me llamó esa noche por teléfono. Se alarmó; me preguntó cómo me encontró, qué había en el sobre, qué me dijo, qué quería. Yo no sabía qué quería, supuse que tenía curiosidad por saber
por quién la había dejado Patrick, pero al final me había dado las gracias.
Entonces di por hecho que se refería a la entrega de la llave; mucho más tarde comprendí que me hacía a mí responsable de su liberación final de Patrick.
Patrick nunca me contó nada sobre su relación con Joanna, excepto algo tan íntimo de ellos dos que me sorprendió su confidencia. Pero lo hizo con tal delicadeza que lo entendí más como una justificación sobre sí mismo que como una queja sobre ella. Empezó por comprobar si mi conocimiento sobre ciertas cuestiones sexuales era acertado o estaba salpicado de cultura popular.
—¿Sabes lo que significa ser ninfómana?
—Hmm… ¿que le gusta mucho el sexo? —respondí un poco incómoda con su paternalismo.
—Exacto. No es que te guste practicar el sexo con muchos hombres, sino que tienes siempre muchas ganas de hacerlo.
—Ya.
—Pues eso es lo que le pasaba a Joanna. El problema era que solo quería hacerlo con uno.
—Contigo, claro. Pues menos mal, ¿no?
—No, qué va. Era enfermizo. Había épocas en que necesitaba hacerlo tres o cuatro veces al día. A mí no me apetecía pero lo hacía por ella. Ella lo pasaba mal; de todos modos, alcanzaba el orgasmo en menos de treinta segundos, así que era rápido, hasta que al cabo de pocas horas volvía a sentir la necesidad. Esa es una de las razones por las que me costó tanto romper la relación. Ella estaba de acuerdo en dejarlo, pero cuando llevábamos una semana o dos sin vernos, me llamaba desesperada, solo para hacer el amor, porque no podía pensar en otra cosa.
—¿Y la veías?
—Sí, claro. Para hacerle un favor, yo ni siquiera la deseaba ya. Pero los dos sabíamos que era un problema y habló con su madre. Así supo que a su madre también le había pasado, que es genético, pero con los años se va calmando. Incluso fue al médico, y le recetaron unas pastillas. Pasé épocas muy agobiado por ese tema. El sexo dejó de ser algo placentero para pasar a ser un deber. Muchas veces no tenía que hacer nada, solo conseguir que se me pusiera dura, tumbarme en la cama y ella disponía de mí.
Patrick me contó eso antes de que él y yo nos acostáramos, durante la primera cena en Antigua, mucho antes de que yo conociera a Joanna, y ya nunca más volvimos a hablar del tema. No se estaba quejando de lo que le había pasado con ella, sino advirtiéndome. No estaba dispuesto a liarse con otra mujer que fuera tan dependiente del sexo. Yo no le di ninguna importancia, a esas alturas ni siquiera estaba segura de sus intenciones conmigo y aún creía que éramos solo amigos.
Después de esa advertencia me llevé la imagen involuntaria de él como alguien poco activo en el sexo, lo cual no dejaba de no encajar con su atractivo físico. Pero no tuve tiempo de darle muchas vueltas: pocas horas más tarde me pidió permiso para besarme. Los días siguientes nuestros cuerpos se fueron conociendo y acoplando a la perfección y la frecuencia del sexo fue aumentando a medida que pasaban los días. En ese terreno nuestra relación fue perfecta. Yo no podía creer que de verdad alguna vez él hubiera huido del sexo. Él le ponía mucha más atención y cuidado que yo.
Como en todo lo que hacía, en el sexo también, Patrick era un perfeccionista. Y a medida que pasaron los meses, esa comunicación mejoró. Él llegó a conocer cada centímetro de mi cuerpo mejor que yo misma y llegué a preguntarme si la adicción de Joanna no habría sido algo que él mismo había propiciado. Con cada una de nuestras reconciliaciones, el reencuentro era explosivo, pero durante los días, a veces semanas, que él se escondía en su caparazón, apenas lo practicábamos.
Al final de mi segundo año con él, cuando ya no había secretos entre John y Anne conmigo y los visitaba tan a menudo, Emily me habló de Joanna.
Emily era la esposa del hermano de Patrick. Llevaban casados varios años y acababan de tener a su primera hija, la que se convertiría en la niña de los ojos de Anne, por la que profesaría un amor y dedicación que ella misma me confesó que no había sentido por sus dos hijos varones. Al cabo de un año y medio tendrían otra hija y poco después se divorciarían. Emily es la única persona de la familia Doherty con la que he mantenido el contacto, aunque esporádico. Ella me va informando de los acontecimientos importantes y me pregunta por mi vida. Nos hicimos amigas desde el principio, aunque cuando la conocí, junto a Paul —su marido y hermano de Patrick— noté en ellos el mismo recelo inicial que demostraron John y Anne al verme por primera vez. Tardé muchos meses en conocer la razón de esa reacción, hasta que Emily me la contó.
Durante ese primer año, por la época en que conocí a John y Anne y poco después de tropezarme con Joanna, era ella quien los visitaba cada pocos días. Iba a su casa a tomar el chocolate caliente de Anne y llorar en su hombro (como haría yo al cabo de un año) sabiendo que los familiares de Patrick eran los únicos que podían entenderla. Su propia madre, divorciada, seguía considerando a Patrick como el mejor partido posible: además de emprendedor y responsable, era encantador, y lamentaba que su hija lo hubiera dejado escapar.
—Joanna se quejaba de que Patrick ni siquiera la tocaba. Cuando vivían juntos, durante los últimos meses, dormían cada noche en la misma cama y él ni la veía, ni siquiera le daba las buenas noches, ¡como si no existiera! Ni hacía el amor con ella, nada. Llegamos a pensar que era gay.
Emily se rio cuando me contó aquello, pero a esas alturas a mí ya nada me sorprendía. Lo de hacerle pasar meses de abstinencia sexual no concordaba con la versión de Patrick, pero lo de ignorar a su víctima como si no existiera era su arma predilecta, más que el desprecio verbal.
Más tarde Anne me contó que cuando yo aparecí en la historia, Joanna todavía se autoculpaba por lo que había pasado, después de años en los que Patrick la atormentó y la hizo sentir como que no valía nada.
—El día que se presentó contigo en casa nos quedamos de piedra —me confesó Anne—. Hacía meses que ellos ya no vivían juntos y sabíamos que Patrick se había ido de vacaciones sin ella, pero todavía seguían en contacto y Joanna venía a vernos, todavía con la esperanza de que Patrick se arrepintiera de lo mal que la había tratado y le pidiera de rodillas que se casara con él. Si no te acogimos con cariño desde el principio fue por eso.
No sabíamos a qué atenernos. A Patrick no le gustaba que Joanna viniera a vernos y ella lo hacía a escondidas de él. Pero para nosotros era como una hija… ¡estuvieron tantos años juntos!, aunque con muchas separaciones también.
En ese punto Anne hizo una pausa, como para asegurarse de que sus palabras no me causaban dolor. A mí me dolía más el hecho de que se compadeciera de mí, pero mantuve la serenidad sin interrumpirla para no hacerle perder el hilo.
—Cuando tú empezaste a visitarnos más a menudo, nos vimos obligados a hablar con Joanna y hacerle ver que esta vez la ruptura era definitiva. A Patrick se le veía muy enamorado de ti y John y yo nos llenamos de
esperanza. Aunque nunca nos gustó cómo trataba a Joanna, pensamos que quizás fueran incompatibles. Tú tienes estudios como él, tenéis más cosas en común. Joanna siempre nos decía que la llamaba tonta y que no se podía hablar con ella sobre nada que no fuera sacado de Sex and the City.
No pude evitar la risa que se me escapó por la nariz. Anne también sonrió.
—Ahora hace ya más de un año que no la vemos, pero de vez en cuando me encuentro con su madre. Ella me pregunta por Patrick y yo le cuento lo enamorado y feliz que está contigo, y le pregunto por Joanna. Encontró otro trabajo de secretaria en un bufete de abogados y ha conocido a alguien que parece que la quiere y la cuida como se merece.
Así fue como supe que yo no había sido la primera. Después de casi dos años tuve la confirmación de parte de sus padres de que yo no era más que la siguiente presa en manos de un hombre manipulador, al que no lograba satisfacer porque no estaba nunca a su altura en el plano intelectual.
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