Oleo sobre negro (Spanish Editi
2 el Cuadro
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EL CUADRO
Sevilla. Lunes, 11 abril de 2022.
Valeria Jara llevaba viviendo algo más de un año en Sevilla. Había alquilado un piso de dos habitaciones en Pio XII, luminoso y coqueto. Lo había ido adaptando a ella poco a poco, convirtiéndolo en algo suyo. Al principio se había sentido fuera de lugar y muy sola en aquella ciudad bulliciosa, afortunadamente, sus compañeros la habían acogido con alegría y amabilidad y, después de ese tiempo, podía decir que había hecho algunos amigos.
Lo que más extrañaba, sin duda, era la presencia constante de Javier en su vida. Con tesón, habían establecido una rutina de llamadas y mensajes; habían aprendido a acallar el deseo inmediato y a disfrutar de los momentos en los que se podían ver, sin excesivos dramas al separarse. Cada segundo contaba, la pantalla del teléfono era una ventana a su mundo, un mundo privado, un mundo hecho a la medida de los dos. Quizás les separaban quilómetros, pero a golpe de teléfono se sentían próximos y sobrellevaban aquella situación con bastante entereza.
Durante los primeros meses le habían asaltado muchas dudas, dudas acerca de si Javier sería capaz de adaptarse a aquella comunicación virtual compuesta por llamadas y mensajes, por vídeos y voces enlatadas en audios de WhatsApp. Aunque nunca se lo había dicho abiertamente, ella sabía que le había resultado difícil.
Contra todo pronóstico, contradiciendo a propios y a extraños, que no daban un duro por ellos, los sentimientos entre ambos se habían fortalecido, porque lo que les unía era más grande que las pequeñas incomodidades cotidianas. Además, se veían bastante, dadas las circunstancias. Quizá mucho más que algunas parejas convivientes en el mismo domicilio, porque, cuando estaban juntos, físicamente o a través de una pantalla, se miraban.
Desde luego, lo mejor era cuando estaban piel con piel, rozándose, tocándose, besándose como si no hubiera otros labios en el mundo. No los había en su mundo. Aquellos primeros meses lo cierto es que nunca se habían sentido solos. Porque estar acompañado no es estar rodeado de gente, es saber que hay alguien con el que puedes contar de forma incondicional y eso era exactamente lo que les sucedía a ambos.
Su despertador se había convertido en el sonido del primer mensaje que recibía en la mañana, antes de las siete.
“Buenos días, cariño”.
Esas tres palabras eran suficiente para levantarse y enfrentar el día.
Al menos, así había sido al principio. Siempre dispuestos, siempre esperando el momento del día en el que estuvieran juntos, sintiendo que aquellos minutos mutuos eran mejores que horas con cualquier otra persona. Había pasado un año ya y empezaba a notar el cansancio que acusaba su compañero. Las llamadas eran menos frecuentes y las conversaciones algo más frías. Los cambios habían sido sutiles, progresivos, pero ella, aferrada a él con una angustia feroz, la angustia que dan los años de una intensa soledad, los había ido sintiendo en su estómago, epicentro de sus emociones. No sabía bien cómo afrontar aquella situación, de lo único que era consciente es que las estrategias adoptadas con
anteriores parejas habían sido erróneas. Sin embargo, las personas somos animales conductuales, tendentes a repetir un mismo patrón y el hallarse así, sabedora de que tenía que reescribir en líneas tachadas, la angustiaba.
Para calmar su ansiedad se decía que eran imaginaciones suyas, que todo estaba bien y continuaba su vida, cubriendo ella sola las carencias del otro, sin enfrentar de raíz aquello que estuviera pasando. Sin querer ser partícipe de un problema que quizá no tuviera solución, para no tener que renunciar.
La temperatura de aquel lunes de abril era agradable y el sol entraba por los pocos resquicios que le dejaba la persiana de su habitación. A la hora fijada sonó el despertador del móvil, de nuevo el mensaje que solía recibir había sido olvidado por su interlocutor. El sonido agudo y vibrante de la alarma le produjo un vuelco en la tripa, manifestándose físicamente, el dolor del olvido. Se incorporó de un salto y trató de concentrarse en las actividades matutinas cotidianas, para no pensar en él. Pero pensaba.
Se había acostumbrado a desayunar tostadas con aceite acompañando el café con leche. Después se acercaba a la comisaría y dependiendo del día, se reunía con el equipo o continuaba con los quehaceres que tuviera pendientes. En esa ocasión se sentó en su mesa e hizo un repaso de las tareas que debía abordar. Hacia las diez y media Marta se plantó delante de su mesa.
Marta Arenal era la inspectora jefe con la que trabajaba desde que aterrizó en aquella ciudad sureña. Era alta y con algunos quilos de más.
Morena, con los ojos negros y el pelo corto y liso siempre detrás de las orejas. Gastaba un acento cerrado, con eses muy aspiradas, y una simpatía que desentonaba con su aspecto marcial. Siempre vestía traje pantalón pulcramente planchado y vivía con otra mujer, una profesora de instituto.
Marta había acogido a Valeria como una madre. Era dura, implacable cuando las cosas no estaban hechas como ella quería. Sin embargo, también era paciente para explicarle sus formas y cariñosa. Solían quedar los viernes con otra oficial, y la pareja de Marta para tomar unas cañas por el centro; habían formado una extraña familia que, sin reparos, había acogido a Javier como una mascota exótica en un mundo creado por y para mujeres. Su mundo.
—Vamos Jara, tenemos un cadáver.
Valeria se levantó enseguida y siguió a su compañera, que ya se dirigía a la puerta de la comisaría. Salieron a la avenida Blas de Infante y rodearon el Parque de los Príncipes hasta llegar a Virgen de Luján. Marta no había abierto la boca durante el trayecto y a Valeria le extrañó que parara en esa calle. No estaba acostumbrada a que los homicidios se sucedieran en barrios de alta alcurnia como aquel, pero al parecer, así había sido, pues Marta entró en un edificio residencial franqueando una cancela de hierro forjada.
El portal era de techos altos y elegante, con solería de azulejos y paredes revestidas de las mismas losas. Un angosto ascensor las llevó al ático. El oficial apostado en la puerta las dejó pasar, con un breve saludo inclinando la cabeza, en cuanto reconoció a Marta. Dentro, un equipo de cinco personas ya se había puesto a procesar el lugar. Enseguida localizaron a una mujer hecha un manojo de nervios sentada en una butaca de piel en el salón.
Otro oficial les salió al encuentro antes de dirigirse a ella.
— El forense y la comitiva judicial están de camino. La víctima es Joaquín Lobato, un conocido hombre de negocios. Varón de 68 años.
Degollado. Hay mucha sangre, pero no parece que se hayan llevado nada.
—¿Un ajuste de cuentas?
—A todas luces, Marta. Esta gente con dinero nunca es trigo limpio… A saber los chanchullos en los que andaba metido. Bueno, eso ahora ya es cosa vuestra. —A continuación, señaló a la mujer que estaba sentada—. Esa es la empleada del hogar, encontró el cadáver esta mañana.
Valeria se acercó a la llorosa asistenta y se sentó frente a ella.
—Lamento mucho lo que ha ocurrido —le dijo.
—Gracias. Nadie más que usted va a darme el pésame, pero lo cierto es que Joaquín y yo éramos familia. Desde que me quedé viuda nos ha ayudado mucho, tanto a mí como a mi hijo. Estoy destrozada, no me lo creo.
Dolores mostraba abiertamente su pena. Como su nombre, se dibujaba en cada gesto, en cada palabra y en todos sus silencios.
—¿Cómo se llama? Después ya le pediremos los datos completos, simplemente para dirigirme a usted…
—Dolores Parra —atajó la empleada.
—Si no le importa, me gustaría hacerle unas preguntas. Aunque le sea difícil, hacerlo cuanto antes es importante. Es usted la que más información nos puede dar ahora mismo.
—Lo entiendo. Lo que sea por ayudar a Joaquín. Bueno —rectificó—, ahora ya no lo puede ayudar nadie. Dígame.
Las lágrimas surcaban su rostro, Su aflicción era patente, descarada, ruidosa. Marta se preguntó qué habría habido realmente entre la víctima y su criada, historia vieja, harto repetida.
—¿Me puede contar lo que sucedió esta mañana cuando usted llegó a la casa?
—Claro, claro —dijo intentando serenarse—. Llegué a casa de Joaquín a las nueve, como siempre. Tengo unas llaves y él no suele estar, así que entré y me dispuse a hacer mi trabajo. Limpiar, hacerle la comida, hacer la compra, lo de cada día. Abrí la puerta con la llave y entré en el cuarto donde me cambio de ropa.
—¿Estaba cerrada? —la interrumpió Valeria.
—Sí, sí… Recuerdo abrirla, sacar las llaves… Yo diría que sí. Si no hubiera sido así no habría entrado, me habría asustado.
La policía asintió, dándole pie a continuar con su relato.
—Fui al cuarto de la plancha, que es el primero a la izquierda y me cambié. Empecé a pasar el aspirador, como hago habitualmente a primera hora. Cuando llegué a la altura del despacho de Joaquín me extrañó ver la puerta cerrada. Si no está él, suele estar abierta, por lo que pensé que quizá se había quedado en casa a trabajar, así que llamé para saber si estaba dentro y si el ruido le estaba molestando. No contestó. —La mujer sollozó
—. Como no respondía abrí y me lo encontré, ahí, tirado. Todo lleno de sangre el pobrecito ¡Oh, Dios mío! —Volvió a llorar—. ¿Quién ha podido hacer una cosa así?
—Eso es justo lo que vamos a averiguar —aseguró Valeria.
Dolores, de repente, pareció darse cuenta de algo y exclamó preocupada:
—Mis huellas estarán por todas partes porque trabajo aquí, pero yo nunca le haría nada a Joaquín, era un buen jefe y una buena persona.
—No se preocupe, nos hacemos cargo —le respondió la inspectora—.
¿Se ha acercado al cadáver? ¿Lo ha tocado?
—Por Dios bendito, ¡no! Yo tengo mucho respeto, ¿sabe? Me dan mucho miedo estas cosas… Les llamé a ustedes inmediatamente, para eso están,
¿no?
La policía volvió a asentir intentado disimular un amago de sonrisa.
—Dígame, ¿Joaquín estaba casado? ¿Tenía familia, vivía con alguien?
—No. Se divorció hace unos tres años, algo más, creo. Vivía solo. Tiene un hijo que se independizó hace tiempo.
—¿Quién tiene llaves de este piso?
—Pues yo, Manuel, su hijo, y creo que nadie más.
—Dolores, sé que esta pregunta es muy difícil, pero ¿se le ocurre quién podría haber hecho esto?
—No, señora. Que yo sepa no tenía enemigos, aunque era un hombre de negocios y, ¿yo qué sé de eso? Sólo le puedo decir que conmigo fue siempre bueno, que a su hijo lo quería mucho, que trató al mío casi como a uno… Y que siempre estaba rodeado de amigos.
—¿Cómo de cercana era la relación que mantenía usted con Joaquín?
—Éramos amigos, casi familia. Llevo muchos años trabajando en esta casa y hacer confianza es casi inevitable, ¿no? Bueno, casi, como le he dicho. Pero nunca pasó de ahí. Ni yo era su tipo de mujer, ni él mi tipo de hombre.
—¿Qué ha querido decir con el casi? ¿Se refiere a su exmujer?
Dolores la miró con sorpresa, a aquella inspectora no se le escapaba nada, ni lo que no decía.
—En realidad sí. A mí no me gusta hablar mal de nadie, pero Rocío era una mala pécora, con perdón. Nunca me trató como a una igual, siempre con aquel desprecio y aquella soberbia.
—¿Cree usted que pudo hacerlo ella?
—No, no. Era una tirana. Estirada, antipática, altiva y desagradable, aunque sólo con los que no consideraba de su categoría, claro. En sociedad debía ser encantadora a juzgar por como medró. En cualquier caso, y a pesar de todo eso, no la veo como una asesina. Además, ella y Joaquín nunca se llevaron mal. Él la trató bien incluso tras su abandono. Creo que aún la quería y tenía esperanzas de que volviera.
Valeria asintió. Marta se encontraba inspeccionando la habitación. Se trataba de un despacho decorado sobriamente con muebles caros.
Estanterías de libros y carpetas de anillas flanqueaban el escritorio de caoba en el cual, además de algunos papeles y un plumier, había un marco con una fotografía del difunto y un chico joven. Marta presumió que debía ser un hijo. Se iba a dar la vuelta para preguntarle a Dolores, cuando le llamó la atención que bajo un folio parecía haber algo. Lo levantó con sumo cuidado y allí estaba: el teléfono móvil de la víctima. Pidió que lo metieran en una bolsa de plástico transparente y que, en cuanto lo registraran, se lo dieran en mano directamente a ella.
Se giró hacia la asistenta, pero vio que Valeria seguía interrogándola así que se detuvo ante el cadáver. El cuerpo descansaba en una postura incómoda, desmadejado. Las piernas estaban levemente dobladas y los brazos estirados hacia la pared vacía que miraba con el cuello torcido. A su lado, una gran mancha oscura de sangre que había empapado la cara alfombra se mezclaba con la bebida alcohólica que había caído de sus manos. Los ojos abiertos apuntaban a un lugar en el que no había nada.
Unas gotas redondas y rojas se situaban detrás de la espalda de Joaquín, la inspectora pensó, con acierto, tal y como les diría el forense más tarde, que se trataba de sangre que se habría escurrido del arma antes de que el asesino la ocultara de alguna manera o se la llevara consigo.
Marta se acercó a la pared. Había una pequeña lámpara cromada con la bombilla hacia abajo. Miró con interés y percibió dos pequeños agujeros con una alcayata dentro. No era verdad que no se habían llevado nada. Allí, poco antes, había un cuadro, una foto o lo que quiera que hubiese, pero le pareció sospechoso aquel vacío. Volvió a echar un vistazo a la habitación.
No había ninguna otra copa en la estancia. Cuando lo sorprendieron, estaba solo.
—¿Había algo aquí colgado? —Se dirigió a Dolores.
—No, no que yo sepa. El jueves cuando me fui, no había nada.
—¿No trabajó el viernes?
—No señora. Como es mi santo Joaquín siempre me daba fiesta.
—Ya —repuso la inspectora, y murmuró, como para sí—: Debió recibirlo después.
Luego volvió a elevar el tono para preguntar:
—¿Compraba Joaquín muchas obras de arte?
—Bueno… No sé… Lo que haya por la casa… Todo es caro, seguramente. Lo que sí sé es que de la decoración se encargaba la exmujer.
Joaquín no estaba para esas cosas, creo que le daba igual.
—¿Quién es el chico de la foto?
—Manuel. El hijo de Joaquín. Un buen chico. Es médico, ¿saben?
Aunque bueno, en realidad se dedica a la cirugía estética en una clínica no muy lejos de aquí. Le va muy bien, ha sabido sacarle partido al dinero de su padre.
Marta pidió que localizaran al hijo y lo citaran para más tarde, cuando, presumiblemente, el cuerpo de la víctima ya hubiera sido retirado. Prefería
que el reconocimiento del cadáver se llevara a cabo en un lugar más aséptico y sin tanta carga emotiva como el propio domicilio.
En cuanto el forense terminó su primera inspección, se acercó a él para mantener una breve conversación. El juez y el letrado de la administración de justicia participaron de la misma.
—Todo apunta a que se acercó por detrás y lo cogió por sorpresa. La forma del corte lo avala. Le debió rodear con un brazo y desde esa posición le rajó el cuello. Por la trayectoria del arma, era diestro. Se trata de un arma blanca, un cuchillo, muy bien afilado, pero no dentado. Cuando examine con más detenimiento la herida, os diré más. No hay señales de forcejeo ni piel bajo las uñas que denoten que intentó defenderse. Parece obvio que no lo esperaba. Todo debió suceder muy rápido, cuestión de segundos. Fue certero… Parece que era más alto que él y debe tratarse de una persona fuerte. Imagino que buscamos a un varón, dada la mecánica de los hechos.
No hay más heridas que la del cuello.
—Todo parece indicar que entró por la puerta, aunque no rompió la cerradura. Era de noche, debió aprovechar la falta de iluminación para acercarse con sigilo. ¿Crees que es un profesional?
—Es difícil decirlo… Le salió redondo, eso es cierto. No debió tardar mucho en morir, se desangró inmediatamente. Es evidente por la profusión de sangre que hay. La herida es profunda y secciona por completo la carótida, no tuvo ninguna oportunidad.
—Bueno, espero tu informe en cuanto lo tengas. No ha aparecido el arma, se la ha llevado.
Manuel, el hijo de la víctima, llegó poco después de las dos de la tarde.
Era un hombre alto, que rondaba los cuarenta años. Iba vestido de forma elegante y con el pelo engominado peinado hacia atrás de esa forma clásica
tan andaluza, lo cual no le restaba un ápice de su atractivo. Sus ademanes seguros y su manera de proceder, altiva y exquisita, no dejaban lugar a dudas de su cuna.
Dolores se le tiró a los brazos llorando y él la consoló con cariño pero con firmeza en un primer momento, para, finalmente derrumbarse y llorar como un niño en brazos de su niñera. Marta y Valeria esperaron con paciencia y empatía a que aquel encuentro emotivo y trágico, impúdicamente observado por tantos extraños, acabara para poder dirigirse al recién llegado.
—Le acompaño en el sentimiento, Manuel. Lamento ser portadora de noticias tan funestas.
—Gracias, inspectora.
—Luego le acompañaremos a la morgue para que pueda usted ver a su padre y reconocer el cadáver. Si es tan amable, me gustaría hacerle algunas preguntas in situ, entienda la importancia de la inmediatez.
—Lo entiendo. Estoy en shock aún. Hasta que no lo vea no terminaré de creerla. Cuenten conmigo para todo en lo que yo pueda ayudar. Lo más importante para mí ahora es saber quién le ha hecho esto a mi padre.
—Gracias. Dolores nos ha dicho que no tiene usted hermanos.
—La verdad es que no, soy hijo único.
—Entonces, supongo que es usted el heredero de su padre.
—Pues eso supongo yo también, pero vamos, hasta que no se abra el testamento no le puedo decir. Nos llevábamos muy bien, hacíamos muchas cosas juntos, especialmente en esta época del año, ya me entiende. Aunque no tengo ni idea de cómo habrá dispuesto.
Manuel se refería a la Semana Santa, días en los que las hermandades concentraban numerosos actos en los que padre e hijo debían de participar, a juzgar por la alusión del reciente huérfano.
—Discúlpeme, ha sonado fatal. No quería hacer ninguna insinuación capciosa, ¡Dios me libre! Únicamente lo digo porque al parecer hay por la casa algunas piezas de valor… Y quisiera saber si guardaban algún inventario o si puede comprobar qué es lo que falta.
—Miren, perdónenme, llevo aquí ya unos minutos y salvo las parcas palabras del policía que ha venido a la clínica a darme la noticia, todavía no he recibido una explicación de lo que ha pasado, ¿me lo van a contar o tengo que esperar a que salga en los periódicos? —preguntó Manuel ya sin disimular su enfado.
Valeria se dio cuenta entonces de que habían empezado la casa por la ventana y habían olvidado que el hombre se acababa de enfrentar a una inesperada tragedia respecto de la cual necesitaba respuestas. En pocas frases le resumió lo que sabían hasta entonces. Manuel Lobato le agradeció a la inspectora sus explicaciones y después, tal y como le había pedido Marta, recorrieron la que había sido su casa hasta hacía unos años con tranquilidad, pero sin pausa. Tras ese breve reconocimiento, afirmó que no echaba nada de menos.
—En cualquier caso, todo lo que vale algo está debidamente asegurado.
Ya buscaré los papeles del seguro, si quieren. La que mejor le podría decir si falta algo es Dolores, no en vano viene a esta casa cada día desde hace…
no sé cuántos años ya. Me ha visto crecer.
—Lo ha hecho —afirmó Valeria —, el que lo está corroborando es usted.
Y sí, por favor, facilítenos los papeles de los seguros que tengan.
Manuel sonrió a la policía a pesar de las circunstancias.
—Verá —continuó Marta—, lo que ocurre es que nos ha parecido que quizá podría haber algo colgado en la pared que se sitúa a la derecha según se entra en el despacho de su padre, pero Dolores nos dice que ahí el jueves no había nada. ¿Estuvo aquí el fin de semana?
—No estuve, no. La última vez que entré en el despacho la pared estaba vacía, efectivamente. Es todo lo que les puedo decir.
—¿No sabe si su padre tenía pensado adquirir un cuadro?
—Bueno, hace tiempo mencionó que tenía un negocio entre manos. Algo relacionado con un cuadro. No sé más. Lo siento.
—¿Sabe cuál?
—No, no lo sé. Tampoco sé si se trataba de uno en particular.
—No pasa nada, Manuel. Si lo había, daremos con él. En otro orden de cosas, ¿su padre tenía pareja?
— No, no la tenía. No como tal. Tenía amigas íntimas, ya está. Se divorció de mi madre hace unos tres años más o menos y desde entonces ha salido con algunas mujeres, pero nada formal, porque no me llegó a presentar a ninguna.
—¿Estaban ustedes unidos?
—Claro, era mi padre. Hacíamos muchas cosas juntos. En estas últimas semanas nos hemos visto casi cada día o, como mínimo, hablado por teléfono —repitió.
—¿Y eso no era habitual?
—No he querido decir eso. Normalmente, durante el año cada uno vamos más a lo nuestro, ambos estamos muy ocupados. Sin embargo, estos días siempre nos los reservamos, en la medida de lo posible. Ya sabe… La hermandad, todos los actos, los preparativos… Estábamos muy implicados.
Mi padre era una persona influyente dentro de la organización, aunque nunca quiso estar al frente como Hermano Mayor.
—¿Cuándo salían ustedes?
—El Miércoles Santo.
—¿Su padre tenía enemigos?
—Rotundamente no. Uno siempre genera enemistades a lo largo de la vida, no puedes gustar a todos. El mundo de los negocios además es algo descarnado, pero no se me ocurre ni una sola persona, ni un solo motivo, para que alguien asesinara a mi padre.
—¿Vio usted a su padre el domingo?
—Sí. Quedamos por la mañana y estuvimos por Sevilla, de iglesia en iglesia, viendo a unos y a otros… Lo normal de un Domingo de Ramos.
—¿Hasta qué hora estuvieron juntos?
—Hasta las seis de la tarde, más o menos. Me dijo que había quedado con unos amigos.
—Manuel…, hemos encontrado el teléfono móvil de su padre. Nos facilitaría mucho las cosas si usted nos dijera cómo se desbloquea.
Manuel lo pensó un poco. Decidió que, tarde o temprano encontrarían lo que hubiera contenido en el terminal.
—Si no lo ha cambiado, el patrón es este —respondió haciendo un gesto con la mano.
—De acuerdo, muchas gracias. Le citaremos para una declaración formal. Ahora vaya usted con ese hombre —dijo señalando a uno de los policías que ocupaban el inmueble y que se dirigía a ellos—. Le llevará al lugar donde descansa su padre.
Una vez se hubo despedido del hijo de la víctima, Valeria acompañó a Marta por el resto de las habitaciones del lujoso piso. En el cuarto de la plancha vieron colgadas y perfectamente planchadas la túnica y la capa de Joaquín, todo listo para un Miércoles Santo en el que, este año, faltaría uno de sus hermanos. Ella ya había experimentado el año anterior el fervor y la seriedad con la que se tomaban los sevillanos esa semana. Sevilla no se paraba, pero caminaba a golpe de martillo. A ritmo de marcha y saeta. Todo aquel misticismo la había cautivado enseguida y, aún sin comprenderlo del todo, se había empapado de la popularidad de la fiesta. En la comisaría, la mayoría de los policías pedían permiso un día u otro para acompañar a un misterio o a un paso de palio. La propia Marta salía los martes, con la Candelaria, y se la notaba fastidiada porque aquel crimen le había estropeado el día. La mañana, entre claros y lloviznas, no auguraba una buena tarde para las cofradías que procesionaban ese lunes.
Marta se acercó a dos oficiales que acababan de llegar a requerimiento suyo y les pidió que interrogaran a todos los vecinos puerta por puerta y que, cuando acabaran, se dirigieran a cualquier establecimiento próximo al domicilio que tuviera una cámara de seguridad y les requisaran las grabaciones. El forense había determinado que llevaría unas doce horas muerto, por lo que el crimen debió cometerse la noche anterior. Ese era el intervalo de tiempo que debían revisar.
Antes de salir del piso, llamaron a la exmujer de Joaquín y la citaron para esa tarde.
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