Oleo sobre negro (Spanish Editi
4 el Conjuro
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EL CONJURO
Sevilla. Martes, 12 de abril de 2022.
El primero en pasar por la sala de interrogatorios fue Manuel. El sevillano, impecablemente vestido y peinado, emanaba aires de suficiencia y seducción, mas, no por ello, dejaba de parecer circunspecto por la muerte de su padre.
Se sentó frente a las investigadoras y las miró con ansiedad, quizá esperando que le dieran una solución, un culpable que no tenían. Las mujeres le volvieron a dar el pésame e iniciaron la conversación con preguntas generales, para que Manuel se sintiera cómodo.
—Paloma… Paloma creo que es la nueva amiga de mi padre. No hace mucho tiempo que la conoce. Yo no la he visto nunca, solo la ha mencionado en alguna conversación.
—¿Sabía usted que su padre había adquirido muy recientemente un cuadro?
—No estoy al tanto de las inversiones de mi padre. Como les dije ayer, sabía que andaba detrás de un negocio. Me lo había mencionado de pasada alguna vez, nunca especificó más. Lo cierto es que mi padre no era muy dado al arte. No tenía un espíritu… ¿Cómo lo diría…? Contemplativo. Era una persona inteligente y práctica. Algo obsesivo cuando quería algo, pero nunca lo vi en ese estado por una obra de arte.
—Sin embargo, su padre ha sido encontrado muerto en su domicilio. Se trata de una muerte violenta y el móvil parece el robo de un lienzo. Es lo único que falta en la casa, según nos dijo usted.
—A falta de una inspección más exhaustiva yo no eché nada de menos.
Que falta un cuadro lo dice usted.
—No tiene hermanos, ¿verdad? —preguntó Marta cambiado de tercio.
—Sí, salvo sorpresas inesperadas —Manuel hizo un amago de sonrisa.
Al parecer, a pesar de lo ocurrido, le quedaba espacio para el humor.
—¿Cuándo van ustedes al notario?
—El lunes que viene.
—Muy pronto, ¿no?
—Usted sabe…
Manuel dejó colgada la frase, esperando que las inspectoras completaran la ecuación de amistades y favores.
—En cuanto al cuadro desaparecido déjeme enseñarle una foto. —Marta le puso delante una copia imprimida a color de la fotografía extraída del teléfono de la víctima. No era de una gran calidad, pero se distinguía la pintura perfectamente—. ¿Lo reconoce?
—Lo cierto es que no. No lo había visto nunca y no sé mucho de arte.
No sé de cuál se trata.
—Es “El conjuro” de Goya. Expuesto en el museo Lázaro Galdiano de Madrid.
Las dos policías estaban muy atentas a la reacción a cada pregunta, a cada comentario y, especialmente, a sus gestos en cuanto a todo lo relacionado con las revelaciones acerca del objeto sustraído. Manuel no denotó con ningún gesto que supiera algo más de lo que le decían ellas.
—En el caso de que su padre la hubiera comprado, ¿cree que se la pudo vender Julio?
—Es muy probable, por su profesión. Pero vamos, no lo sé. ¿Qué ha querido decir con “en el caso”? ¿De qué otra manera podría tenerla?
—Bueno, barajamos diferentes líneas de investigación, como es lógico.
—Tras unos segundos de silencio, Valeria añadió—: Su madre nos dijo que Joaquín estaba pasando por apuros económicos, ¿qué sabe usted al respecto?
—¿Apuros? No sé qué decirle. El global de las empresas fluctúa, depende del momento, de las inversiones que hayas hecho… Creo que la situación no era preocupante. Mi madre es muy exagerada.
—¿Tiene usted algún tipo de intervención en la empresa familiar?
—No. Sé que figuro en los papeles y de vez en cuando mi padre me hacía firmar cosas, pero hace ya años le di poderes para que actuara en mi nombre si necesitaba mi firma. Imagino que ahora, en cuanto se abra el testamento, me tocará a mí recoger el testigo.
—¿Se le ocurre alguien que podría haber hecho esto?
—En absoluto. Mi padre no tenía enemigos. Tenía rivales en el sector, pero una relación cordial con todo el mundo. Y en la esfera personal era una persona querida, con muchas amistades. No puedo creer que haya ocurrido, no puedo entender cómo hemos llegado a este punto.
Las policías siguieron realizando las preguntas necesarias para cubrir todas las lagunas, vislumbrando que Manuel poca luz les iba a arrojar.
—¿Qué hizo usted la noche del domingo al lunes?
—¿Soy sospechoso, inspectora? —inquirió Manuel, con voz profunda y mirando fijamente a Valeria, tan profundamente que ésta apartó la mirada,
azorada.
—En este momento, cualquiera lo es —atajó Marta.
—Como les dije estuve con mi padre hasta eso de las seis. Luego di una vuelta por Sevilla acabando de ver las procesiones y después me fui a casa, solo.
Antes de que el interrogado se fuera le pidieron que ahondara más en la persona de Julio, la última que había hablado con el difunto. Manuel les dijo que su padre y él eran compadres, que para él era como un tío, aunque no carnal y que lo conocía de toda la vida. No le extrañaba que hubieran hablado porque era algo tan frecuente como que hablara con él mismo. Se refirió a él como un gran pintor hiperrealista y restaurador. Valeria le comentó lo que había dicho su madre acerca del artista. Manuel se rio y afirmó que lo que pasaba era que Rocío nunca había tragado a Julio.
La policía ya había hablado telefónicamente con el amigo de la víctima para corroborar la llamada, pero tendrían que interrogarlo formalmente.
Sevilla. Martes, 12 de abril de 2022.
Cuando el hombre se fue entró en la sala Dolores Parra, la asistenta del hogar que había hallado el cadáver, para formalizar la declaración que había empezado a emitir en el lugar de los hechos. La mujer, llorosa, les volvió a relatar la misma historia que había referido entonces, sin cambios sustanciales en su versión. Había llegado a casa de la víctima a las nueve de la mañana como hacía todos los días de lunes a viernes. Su cometido era
limpiar la casa y hacer la comida. No notó nada raro, pero al ver el despacho cerrado llamó para preguntar si el aspirador molestaba y fue cuando se encontró con una escena dantesca: Joaquín tirado en el suelo y mucha sangre. Lo llamó a gritos, sin atreverse a entrar en la estancia y, como no contestaba, sacó su teléfono móvil del bolsillo y llamó a la policía.
—¿Dónde estuvo usted la noche anterior?
—Pues en casa, como todas las noches.
—¿Alguien que lo pueda corroborar?
—Estaba con mi hijo. Soy viuda.
—¿Estuvo toda la noche con su hijo?
—Sí, sí. Bueno, me acosté pronto, porque es dar las diez de la noche y ya no soy persona. —Calló unos segundos, cómo tratando de hacer memoria—. Sí. Me puse a ver la tele en mi cuarto, Fabián rondaba por allí, oía el televisor del salón, incluso en una ocasión le grité para que lo bajara.
Ya sabe, siempre peleábamos por la televisión, hasta que decidí comprarme una e instalarla en el dormitorio. Se acabaron las discusiones.
—Entonces, no sabe a ciencia cierta si su hijo salió o no.
—No salió, ¿por qué iba a salir? Tenía la tele puesta.
—¿Y la bajó cuando usted se lo dijo?
—Si…
—¿A qué hora fue eso?
—La verdad es que no tengo ni idea.
—Tiene que darnos los datos de su hijo, lo llamaremos. ¿Conocía su hijo a Joaquín?
—Pues claro. Lo trató siempre muy bien, nos ayudó mucho. Hasta le procuró el empleo en la galería de su amigo.
Sevilla. Martes, 12 de abril de 2022.
Cuando acabaron ya era la hora de comer. Marta propuso que pararan en algún bar camino de Triana.
La galería de Julio González se encontraba en la calle San Jacinto. Era un espacio de apenas ciento cincuenta metros, pintado de blanco y bien iluminado en el que se exhibían toda clase de pinturas, pero en el que, quizá por la época del año, predominaban las de carácter religioso. Las dos inspectoras contemplaron algunas mientras Marta, que reconocía a la mayoría de los cristos y vírgenes pintados con muy buena mano, le iba explicando a Valeria a quiénes representaban. Pronto un señor canoso y elegante, con un traje gris y corbata morada sobre una camisa blanca, les salió al encuentro.
—¿Puedo ayudarlas, señoras? ¿Buscan algo en particular?
Marta exhibió su placa identificándose. Acto seguido el hombre se presentó como Julio, el dueño de la galería. Las llevó al fondo de la estancia y las invitó a sentarse en unas butacas de líneas modernas.
—Gracias por atendernos. Hablamos por teléfono porque usted es la última persona que tiene alguna referencia del señor Lobato, pero entienda que teníamos que venir a hacerle algunas preguntas.
—Lo entiendo. ¿En qué les puedo ayudar?
—Eran amigos, ¿no?
—Más que eso, éramos compadres.
A Valeria ya no le extrañaba aquella palabra, que en Sevilla se utilizaba con tanta frecuencia.
—¿De qué hablaron el domingo por la noche?
—Me llamó para invitarme a su casa a tomar una copa. Era algo habitual, solíamos quedar por lo menos una vez a la semana. Él venía aquí o yo iba a su casa. Le gustaba el ambiente bohemio de los artistas de Triana.
Le gustaba el cante y el buen vino. La verdad es que venía más él aquí, solo de vez en cuando nos encerrábamos en su casa con una buena copa de lo que fuera… Y arreglábamos el mundo, ya me entienden.
—¿Se vieron ustedes?
—Lo cierto es que no. Me dijo que me pasara al día siguiente, pero no podía y le dije que ya nos veríamos el miércoles. Ahora lo lamento. Tal vez, si yo hubiera estado allí no habría pasado lo que pasó.
Guardaron unos segundos de silencio mientras el hombre se recomponía.
Marta le extendió un folio con una imagen impresa en color.
—¿Lo reconoce usted?
—No. ¿Debería?
—No debe ser un gran entendido en pintura, entonces…
Al hombre se le notó la indignación en la cara.
—Mire señora, yo no tengo estudios. Sólo sé pintar. No conozco todos los cuadros del mundo y me muevo más en el arte contemporáneo. También en el sacro de esta ciudad, que es lo que me da de comer. Ilumíneme, si es tan amable… —A Julio le salía la mala leche sin poder evitarlo, por más que intentó darles un tono educado a sus palabras.
—Por supuesto —repuso Marta—. Se trata de “El conjuro”, una obra de Goya. Tenemos motivos para creer que Joaquín la había adquirido recientemente y fue el único objeto que no se encontró en su casa. ¿Se lo vendió usted?
—Obviamente, no.
—¿Nunca lo había visto?
—Nunca hasta hoy.
—¿Le había hablado Joaquín de su intención de comprarla?
—No.
—¡Qué raro! Siendo usted su amigo y dedicándose a esto…
—Pues ¿qué quiere que le diga?
—¿Sabe usted quién podría habérselo vendido?
—No, lo siento, pero no tengo ni idea.
—¿Dónde estaba usted el domingo por la noche?
—En la hermandad, claro. Muchas personas podrán confirmárselo.
Tras acabar el interrogatorio las dos mujeres salieron del establecimiento. Al marcharse se cruzaron con un chico que a Valeria le resultó vagamente familiar, aunque no sabía de qué. Desde luego no tenía ningún rasgo particular por el que destacara, así que lo dejó correr sin darle importancia.
Sevilla. Martes, 12 de abril de 2022.
Una vez de vuelta en la comisaría, Verónica Fuentes les salió al encuentro.
—Os traigo el informe del cuadro que me habéis pedido. De las hermandades aún estoy esperando contestación.
—Perfecto. Lo lees y te vas a casa —dijo Marta dirigiéndose a Valeria
—. Yo voy a redactar el informe con lo que nos han contado testigos y familiares.
Valeria se sentó en su mesa y leyó deprisa, pero con atención, el informe que les había preparado la agente Fuentes.
“El Conjuro o Las Brujas
Descripción: Un grupo de brujas vestidas de negro practican magia en plena noche. A sus pies hay una anciana con túnica amarilla y un hombre que viste un camisón blanco. Una de las brujas porta una vela, otra lleva un cesto con niños. Al otro lado, otra bruja clava una aguja a un muñeco de cera. En la parte superior se ve una figura desdibujada. Para algunos es el diablo, para otros, la reina del aquelarre.
Iter del cuadro: Se trata de un encargo de los duques de Osuna para decorar su casa de campo. Más tarde estuvo en posesión del duque de Tovar y lo adquirió después de 1928 José Lázaro Galdiano. En la actualidad se encuentra expuesto en el museo de Madrid Lázaro Galdiano. No se ha vendido ni se ha denunciado robo alguno.
Personas de interés:
- Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, 30 de marzo de 1746 -
Burdeos, 16 de abril de 1828). Nació en una familia de posición social
media. Ingresó en la Academia de Dibujo de Zaragoza, dirigida por José
Luzán, en 1759 a los trece años. Después fue a Italia a seguir formándose.
Cuando regresó a Zaragoza se dedicó a la pintura religiosa. Posteriormente se trasladó a Madrid, donde elaboró tapices para los reyes de España. Tuvo
grandes apoyos en la corte, como del murciano José Moñino y Redondo,
conde de Floridablanca que le proporcionó algunos de sus más importantes
encargos o el de los duques de Osuna, especialmente el de la esposa, María Josefa Pimentel.
Tras el levantamiento del 2 de mayo de 1808 se inició la guerra de la Independencia contra las tropas francesas. Goya nunca perdió su cargo como pintor de la corte, sin significarse políticamente. Tras la vuelta de Fernando VII continuó pintando para la corte, pero en 1824 se instaló en París, temiendo la represión absolutista, Murió en Burdeos.
- Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco IX duque de Osuna (Madrid, 8 de agosto de 1755 - 7 de enero de 1807). Se casó el 29 de
diciembre de 1771 en Madrid con su prima hermana María Josefa Pimentel
y Téllez-Girón, (Madrid, 26 de noviembre de 1750 – 5 de octubre de 1834).
Fueron los principales clientes particulares de Francisco de Goya y
Lucientes.
Para el palacete de “El Capricho” le encargaron varios cuados con la temática de brujas: El aquelarre y El conjuro, El vuelo de brujas, La cocina de los brujos, El hechizado por la fuerza y El convidado de piedra.”
A continuación, Verónica había imprimido la imagen de las pinturas que mencionaba.
Tras leer aquel breve informe, a Valeria le sobrevinieron muchas preguntas a las que tendrían que dar respuesta: ¿Por qué habían matado a
Joaquín en vez de simplemente robar el lienzo? ¿De dónde había sacado Lobato la pintura? ¿Quién sabía que obraba en su poder? ¿Era el cuadro que estaba en posesión de la víctima una falsificación? Y, si lo era, como parecía, ¿por qué robarla? ¿Por qué matar? Muchas incógnitas para el caso de que lo hubieran matado a consecuencia del robo, pero ¿y si no?
Marta tardó unas dos horas en poner por escrito todo lo que habían averiguado aquel día y las impresiones que habían tenido. Después, se fue a casa. La espesa lluvia, la tormenta, había impedido su cita de esa noche en los Jardines de Murillo, por donde debía pasar la Hermandad de La Candelaria. Mientras conducía avivó sus recuerdos del momento, con la calle atestada y el murmullo del gentío que sólo cesaba cuando el palio se les situaba de frente. De la Virgen que se mecía al compás de la música y el marco sevillano, entorno perfecto para desplegar su majestuosidad.
Imponente, conmovedora, onírica. Su cara iluminada por la candelería, sus manos temblorosas, su mirada triste. Subyugante, dolorosa, velada por el humo de los incensarios, majestuosa.
Sevilla. Martes, 12 de abril de 2022.
Sola, en casa, Valeria le daba vueltas al misterio del cuadro sin poder entender qué estaba pasando en ese caso. Parecía evidente que se trataba de una falsificación, pero, si lo era, ¿por qué habían pagado por él con la vida?
Quizá cuando tuvieran procesadas las pruebas forenses la motivación sería obvia si apuntaban a un culpable.
Aquella noche Javier no la llamó. Por un escueto mensaje de texto le anunció que iba a ser imposible pasar con ella el próximo puente. De nuevo sus inseguridades crecieron. La línea que separaba lo real de lo temido era muy tenue en su caso. Supo que iba a ser en vano seguir pensando en el caso en el que trabajaba cuando Javier, o mejor, dicho, su ausencia, lo copaba todo y se fue a la cama con la seguridad de que no iba a poder conciliar el sueño. Intentó convencerse de que todo estaba bien y de que exageraba un poco la dejadez que presentía en su pareja. Como siempre en su vida, el saber estaba a una llamada de distancia, a una pregunta hecha a tiempo. Valeria era de las que prefería moverse en el terreno de la incertidumbre, aunque la atormentara, pues, mientras no lo torpedeara una certeza, cualquier escenario, incluso el del amor, era posible aún.
Sevilla. Miércoles 13 de abril de 2022.
No había sido necesario que Marta las convocara para que las tres policías asignadas al caso de Joaquín Lobato se reunieran a primera hora en el despacho de la inspectora. Era obvio que tenían que poner en común las pruebas que había arrojado el procesamiento de la escena del crimen, que ya empezaban a llegar y marcar una hoja de ruta.
—El informe forense preliminar no nos aporta ningún dato nuevo.
Joaquín no fue drogado, así que me inclino a pensar que el acto fue sorpresivo. Por la espalda y rápido. Debemos suponer, porque nada indica lo contrario, que Joaquín estaba solo en casa. Las cámaras nos ofrecen una aproximación al asesino, pero su vestimenta nos impide verle el rostro.
—Además es posible —apuntó Valeria—, que haya simulado su corpulencia, vete a saber lo que hay debajo del atuendo… ¡Puede que incluso una mujer!
Marta sonrió incrédula, si algo le había enseñado aquella profesión es que los varones eran mucho más dados a ese tipo de actos violentos, y continuó:
—Han encontrado fibras de algodón, compatibles con la túnica que llevaba. Eso es todo, no hay nada más. La sangre era la de la víctima.
Analizar todas las muestras de cabello de la habitación y las huellas va a ser de locos, titánico, y probablemente, para nada, pues todas tendrán una explicación. Serán de las personas que frecuentaba la casa, pero, en cualquier caso, nos irán llegado poco a poco.
—El nazareno llevaba guantes.
—¿Qué?
—Que el nazareno que se ve en las imágenes llevaba guantes blancos también, así que yo no esperaría nada revelador de las huellas dactiloscópicas —repitió Valeria.
—Mierda, no me había fijado. No es nada infrecuente, muchos llevan y es el complemento ideal para cometer un asesinato. Está bien, hablaré con el laboratorio para que lo sepan. De todos modos, como decía, con bastante seguridad tampoco nos iba a arrojar luz. Se tomaron muestras de sustancias halladas en el suelo —añadió Marta cambiando de tercio—, por si los zapatos habían dejado algo interesante… Parece que es cera, ¡vaya sorpresa! Lo raro sería lo contrario.
Era el primer año desde que Valeria estaba en Sevilla en que salían procesiones y, si algo había llamado poderosamente su atención, era el estado de las calles, especialmente las del centro de la ciudad, cubiertas por
la cera de los ciriales que complicaba mucho andar por ellas, pues los pies quedaban pegados a los adoquines. Mientras pensaba en ello, Marta continuaba con el análisis de la situación.
—No se ha encontrado el arma ni la túnica o el capirote, aunque seguimos buscando.
—Igual lo ha llevado a una lavandería —sugirió Verónica, y las tres mujeres rieron. Luego prosiguió con la investigación acerca del nazareno—.
He buscado cuántas hermandades llevan túnica y capirote blancos. El Domingo de Ramos salen, por orden, estas nueve cofradías: La Borriquita, Jesús Despojado, La Paz, La Cena, La Hiniesta, San Roque, La Estrella, La Amargura y El Amor. De estas, los nazarenos van completamente de blanco en La Paz, La Cena y La Amargura. La Borriquita también va de blanco, con una cruz de Santiago en el antifaz y está compuesta mayoritariamente por niños. Hay más cofradías que llevan también túnicas blancas, aunque como los antifaces son de colores diversos, las podemos descartar.
—Eso, como ya sabíamos, son un montón de nazarenos.
—Así es. Unos seis mil solo el Domingo, por concretar un poco.
Investigarlos a todos sería una tarea ingente. Pero te digo más: de las cincuenta y dos cofradías que se echan a las calles durante el resto de la semana, al menos tres, si mal no he contado, llevan túnica y antifaz completamente blancos con pequeñas variables, como la botonadura, el cíngulo, la cola o el cinturón de esparto, por ejemplo, La Candelaria o San Gonzalo. Por otra parte, no hay que olvidar que la hermandad de Las Siete Palabras va de blanco, aunque lleva escapulario rojo o Los Negritos, que lo llevan azul. Se lo pudo haber quitado. En fin, no podemos saber si el nazareno en cuestión realmente está hermanado en alguna de ellas, o si compró, robó o se hizo la ropa en una modista. Sinceramente, no creo que
el tema de la ropa, salvo que la encontremos, nos pueda dar ningún dato relevante.
—Mucho me temo que tengas razón —admitió Marta—. A ver qué te dicen las tres hermandades del domingo sobre algún tipo de incidente en sus filas. Si no hay nada, abandonaremos esa línea de investigación, por el momento.
—En cuanto al cuadro robado, resulta que no ha sido robado. Ya os conté lo que me dijeron en el museo. Tras el desconcierto de la primera llamada volví a hablar con ellos, les expliqué lo que había sucedido y les planteé la posibilidad de que la obra hubiera sido suplantado por una copia.
El conservador del museo se mostró bastante preocupado al respecto y me ha dicho que iban a revisar las cámaras de seguridad por si hubiera alguna anomalía y que me avisaría con el resultado. Además, van a confirmar que el cuadro que tienen colgado es el verdadero mediante sus peritos. También nos avisarán de lo que determinen, si bien esa cuestión, obviamente, tardará más.
—Pues, recopilando —intervino Verónica—: Hemos interrogado a todas las personas próximas a la víctima y a las que se comunicaron con él en sus últimas horas. Rocío, la exmujer, tiene una coartada que hemos verificado, si bien se trata de su actual pareja. Manuel, el hijo, no tiene coartada.
Dolores y Fabián presentan una coartada mutua, o los creemos a ambos, o a ninguno. Julio dice que no se movió de una fiesta entre amigos. Los vecinos no vieron ni oyeron nada. Las cámaras nos muestran el camino que siguió el nazareno, pero de forma tan breve que no se puede concluir nada concreto de ello, sabía por dónde tirar para que le perdiéramos la pista. La ropa es un callejón sin salida… ¿Qué hacemos ahora?
—¿Has hablado con el hijo de Dolores?
—Sí. Lo llamé ayer por la tarde, confirma lo que dice su madre punto por punto. Lo del encuentro del cadáver no, porque no estaba, lo de la noche anterior.
Valeria rio por la puntualización de Verónica, mientras Marta contestaba la pregunta de la oficial, que había quedado colgada.
—Pues hay que seguir investigando a su círculo más íntimo, las cuentas de Rocío, por si encargó el crimen a un tercero, y las del resto, nunca se sabe. —Luego, cambiando de tema casi susurró—: No acabo de entender qué pasa con el cuadro… Creo que deberíamos contactar con algún experto en esa época o en el pintor… No sé, lo comentaré con la comisaria. Por otra parte, no me creo que, siendo tan amigos, Julio no estuviera involucrado en la adquisición.
—Yo tampoco le creo, la verdad. Imaginémonos por un momento que es cierto que Julio no tiene los contactos para encontrarlo… ¿No sería normal que su amigo al menos se lo comentara para que le orientara en la búsqueda? ¿Por qué ese secretismo? ¿Por qué con esa obra? Hay muchas cosas que se nos escapan aquí.
—¿Qué quieres decir, Valeria?
—Creo que lo normal para una persona pudiente que quiere comprar arte como inversión es acudir a exposiciones o subastas, asesorado debidamente, y ¡mirad qué fácil lo tenía Joaquín para apoyarse en un entendido! Sin embargo, según el relato de Julio, no lo hizo. Pueden pasar dos cosas: que diga la verdad o que realmente le ayudara, pero no nos lo quiera decir. Eso unido a que, según su hijo, a la víctima no le gustaba especialmente el arte y que, según su exmujer, tenía problemas económicos, me lleva a pensar que ni el cuadro es el cuadro, ni ha sido una adquisición limpia.
—Hombre, experto, experto ya nos demostró que no es —repuso Marta maliciosamente, tras lo que Valeria soltó una carcajada—, yo no lo contrataría como asesor.
—¡Eres mala! —replicó Jara sonriendo—. Y sí sabe. Se hizo el tonto.
—Pues eso lo hace todavía más sospechoso. Volviendo a que la adquisición no haya sido limpia, ¿qué tienes en mente?
—Falsificaciones —contestó Valeria, entonando más bien una pregunta.
—Es interesante ese apunte… ¡ Ojú! Hablaremos con la unidad de Patrimonio Histórico, a ver si tienen noticias al respecto de que se esté moviendo algo. Está claro que si es verdad que Joaquín no andaba boyante, aunque su hijo nos lo haya querido suavizar, no tiene sentido que se dedique a invertir en arte, pero sí lo tiene que se meta en asuntos turbios para ganarlo.
—Quizá por eso Julio echó balones fuera. Es probable que esté metido en el ajo. ¿No es restaurador?
—Es muy posible, sí. Me gusta esta nueva línea… Vayamos por ahí y a ver qué sale. Por ahora, salvo la investigación económica, que está pendiente, las demás líneas están muertas.
—Es una pena que no tengamos el lienzo para someterlo a una pericial forense —dijo Valeria.
—Tarde o temprano aparecerá… o eso espero. Tenemos que volver a hablar con Julio.
—¿Lo citamos mañana?
—Sí. Encárgate tú.
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