Oleo sobre negro (Spanish Editi

Valle Miranda · Capítulo 6 de 46

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Oleo sobre negro (Spanish Editi

6 una Visita

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UNA VISITA

Sevilla. Miércoles, 13 de abril de 2022.

Valeria se sentó y empezó a releer la declaración de Julio González para preparar el interrogatorio del día siguiente. Tendrían que descubrir sus cartas si querían que el hombre hablara, por eso tenían que medir muy bien hasta dónde desvelaban sus sospechas y tener fresca su declaración anterior.

Habían recibido ya el extracto de las llamadas de la víctima y repasando el historial, tras leer la declaración del pintor, vio algo que le resultó curioso. Julio había afirmado que Joaquín lo había llamado para invitarlo a tomar algo y charlar, sin embargo, el historial del teléfono de Lobato contaba una historia diferente: era Julio el que había efectuado esa llamada.

La policía levantó el auricular y marcó la extensión de Verónica.

—Vero, ¿tenemos la grabación completa del día que mataron a Joaquín?

—Sí… Pero, como dijimos, me circunscribí al visionado de la franja horaria pactada.

—Ya… Verás, quiero comprobar una cosa. ¿Nos vemos en la sala de audiovisuales?

—¿Ahora?

—Ahora.

Tres horas más tarde, Valeria había encontrado lo que quería. Llamó a Marta y le pidió que fuera a la sala donde Verónica y ella se encontraban.

—Julio nos ha mentido —aseguró—, y tenemos las pruebas. —A continuación, le extendió la hoja con las llamadas del muerto y puso el vídeo en la pantalla, mientras se explicaba.

—Nos dijo que Joaquín le había llamado para quedar, como tantas otras veces; sin embargo, mira, el que llama es él. Por eso pensé que quizá sí fuera a verlo ese día y aquí está la prueba gráfica: Julio entrando en el portal de Lobato a las siete de la tarde.

—No parece que lleve un cuadro en las manos…

—No, ya… pero la lámina es pequeña, la puede llevar escondida en el interior de la chaqueta, puede que el marco lo tuviera preparado Joaquín.

—Podría ser. En cualquier caso, es un buen hilo del que tirar, una más que documentada mentira. A ver qué le sacamos mañana. Buen trabajo, Jara.

—Gracias Marta.

—Y ahora vamos, las dos —dijo señalando a ambas mujeres—, sin chistar. Nos espera Pepi. Hay que ir a ver a los Panaderos por donde los pillemos.

Marta se refería a La Hermandad de Los Panaderos, que procesionaba los Miércoles Santos. El Miércoles, preludio de dos de los días más relevantes de la Semana, era un día cargado de tallas únicas y misterios espectaculares y bien llevados. Tal era el caso de aquella cofradía a la que Marta se refería y que Valeria se prestó a ver envuelta ya en esa vorágine de incienso y devoción que asolaba la ciudad, tras la engorrosa lluvia de los últimos días. Nunca había sido una persona religiosa, pero debía reconocer que lo que se vivía en Sevilla trascendía lo humano y lo divino.

Cenaron cualquier cosa en el primer bar decente en el que cupieron y regaron la comida con varias cañas. No era sencillo transitar por la ciudad en aquellas circunstancias. A rebufo de Pepi, que veía un hueco entre la gente donde no lo había, fueron acercándose al centro y situándose en un buen lugar.

—¡Ojú! ¡Cuánta gente, coñe! Venga, aquí nos quedamos, que ya se oye la banda, así que el misterio está a puntito de llegar —ordenó la mujer de Marta empujando sin disimulo a una pareja con aspecto extranjero para situarse en primera fila. Agarró a Valeria y la puso a su lado—. No te lo pierdas, niña.

Decenas de nazarenos caminaban lentos sobre el adoquinado en medio del bullicio reinante cuando uno de ellos le cogió la mano a la inspectora Jara. Instintivamente se llevó a la vista a la mano que le habían agarrado y, al soltarla el desconocido, descubrió en el interior de su palma una pequeña medalla brillante de plata. Alzó los ojos para encontrarse con los del encapuchado que le devolvió intensamente la mirada para después, seguir su estación de penitencia.

—¡Ojú, miarma! Tú sí que levantas pasiones… ¿Qué te ha dao? —

preguntó Pepi.

—Una medalla —respondió ella todavía azorada. Luego, dirigiéndose a Marta añadió—: Estoy convencida de que era Manuel.

Minutos después sonó el teléfono. Valeria, con el paso encima, vio quién la llamaba, pero no lo cogió, en cuanto pudiera llamaría a Javier.

Un par de horas más tarde devolvió la llamada. Javier, que se encontraba en un bar con unos amigos, ni siquiera la oyó. Cuando se metió en la cama, se percató de la llamada perdida. Ni se le pasó por la cabeza intentar contactar con ella a aquellas horas.

Sevilla. Jueves 14 de abril de 2022.

A la mañana siguiente Julio González no se presentó solo en comisaría, lo acompañaba un señor bajo, gordo y con una alopecia galopante. Su abogado.

Se sentaron en la sala de interrogatorios, frente a los dos hombres, e iniciaron la conversación. González se mostraba con la tranquilidad de aquel que se ha aprendido bien la lección y no espera que el examen le sorprenda.

—Julio, le hemos llamado para repasar su declaración. Nos dijo usted que Joaquín le había llamado para quedar pero que usted no había podido acudir, por lo que quedaron en verse otro día… ¿Quiere cambiar algo de esa declaración? ¿Lo ha recordado usted mejor? —preguntó Marta haciendo hincapié en el verbo.

—No señora, es correcto.

—Pues explíqueme por qué la llamada que nos consta entre la víctima y usted es entrante… Y por qué tenemos una grabación suya entrando en el portal de Joaquín a las siete de la tarde.

La seguridad que había mostrado hasta ese momento se transformó en desconcierto, y perlas de sudor adornaron su despejada frente.

—Quién llamó o dejó de llamar no tiene ninguna importancia —contestó el abogado por él—. Tenían una relación de amistad y, en cualquier caso, mi cliente ya ha reconocido que hablaron. En cuanto a la segunda pregunta, ¿se

trata de un interrogatorio como investigado? Porque si es así, se están ustedes saltando las leyes a la torera. Yo no he visto lectura de derechos alguna, esto es muy irregular ¡un atropello!

—Nadie le imputa nada a nadie por ahora, letrado, tranquilícese. Sólo queremos saber por qué nos mintió.

—Mi cliente no va a decir nada más, inspectora.

—Está bien, ¿quieren derechos? Les leeré los derechos.

Marta estaba enfadada, no quería haber llegado a tanto, pero lo cierto es que el abogado tenía razón. Además, el hecho de estar protegido le permitía a ella ser más agresiva en el interrogatorio y desvelarle todas sus sospechas.

Tal vez consiguiera que declarara poco o nada, aunque seguro que lograría ponerlo nervioso, lo cual era fundamental para que diera un paso en falso.

Una vez establecido que formaban parte de una red de tráfico de obras ilegales, seguro que se mostraría más colaborador en cuanto a atrapar al asesino de su amigo. Porque, eran amigos, ¿no? Ella confiaba en que así fuera. O a lo peor, podría ser el asesino. En cualquiera de los escenarios que se planteaba, poner a Julio contra las cuerdas, era su única alternativa.

—Julio, ¿para qué llamó usted a Joaquín?

—Le llamé para saber de él, inspectora, como tantas otras veces, ya se lo dije. Le llamé o me llamó, no lo recuerdo. Si ustedes dicen que le llamé,

¡sea! Le llamé.

—¿Por qué nos dijo que no había ido a su casa?

—Lamento haberlo hecho, me puse nervioso, pensé que iba a ser sospechoso. Era absurdo, ridículo que yo pudiera haber matado a mi compadre, pero ustedes no saben nada de nosotros. Supuse que sería una presa fácil, por eso mentí. Lo siento. No volveré a mentirles.

—No se preocupe, si lo hace, lo sabremos. ¿Para qué fue a su casa?

—Fui a verle, a charlar sobre unos asuntos de la hermandad. Teníamos previsto hacer una reunión de amigos hoy Jueves Santo, ya sabe, lo típico.

—Ustedes no están hermanados a la misma cofradía.

—No, no, yo salgo con El Cachorro, mañana, si Dios quiere. No era eso a lo que me refería, me refería a chascarrillos y cosas así.

—¿No le llevaba usted el cuadro?

—¿Qué cuadro?

—“El conjuro”. El que adornaba la única pared desnuda de su despacho.

El único objeto de la casa que han sustraído.

—No, señora, no. Yo no le llevaba nada, ¿acaso no se ve en las imágenes? Yo iba a ver a mi amigo, estuvimos un rato charlando en el salón y me fui. Eso es todo.

—Un momento —espetó el abogado que había mantenido los ojos fijos en unos folios que había colocado sobre la mesa hasta entonces—. Julio fue a verle a las siete de la tarde y lo ha reconocido. Posteriormente hablaron por teléfono, lo llamó él a las diez. Si lo hubiera matado no lo habría llamado horas después. Vamos, es absurdo.

—O sí. El contenido de la llamada no lo tenemos. No sabemos con quién habló. No sabemos si quiso fabricarse una coartada.

—Pues triangulen los teléfonos, no nos molesten con zarandajas —

protestó de nuevo el letrado de malas maneras.

—Lo haremos —zanjó Marta la cuestión—. Si Joaquín se hubiera comprado un cuadro tan importante, tan caro… ¿No se lo habría dicho?

¿No se lo habría enseñado?

—¿Qué quiere que le diga? Supongo que sí, pero no lo hizo. No sé nada sobre ningún cuadro ni estoy especialmente familiarizado ni interesado en la obra de Goya. Trabajo con autores actuales, con arte moderno. Y, fundamentalmente, arte sacro.

La relevó entonces Valeria, formulando las mismas preguntas una y otra vez, de distinta forma, intentando pillarle en un renuncio. No lo consiguió.

Después de un buen rato de preguntas repetitivas y respuestas cada vez más escuetas, perdieron la paciencia y decidieron apostar por la ofensiva final.

—Mire, Julio, su amigo tenía en su poder un cuadro muy famoso y valioso de uno de los mejores pintores de todos los tiempos. Lo malo es que esa obra, la verdadera, está colgada en un museo de Madrid y ahí sigue, por lo que el cuadro que había adquirido Lobato era una falsificación. ¿El propósito? Se lo diré yo: dar el cambiazo. Robar el auténtico y venderlo en el mercado negro. Su amigo formaba parte de una red de falsificadores y no nos creemos que usted no esté implicado. Fue a su casa esa noche, le llamó para acudir a ella. ¿Quién nos dice que bajo el antifaz del nazareno que le visitó más tarde no se esconde usted mismo? ¿Quién nos dice que no mató a su amigo? Y si no lo hizo, si la operación salió mal… Es el momento de que colabore, porque las cosas para usted se pondrán cada vez peor.

Julio palideció, pero no dijo nada. Por el contrario, habló su acompañante.

—Mi cliente no tiene nada más que añadir. El interrogatorio ha concluido.

—¿Pintó usted ese cuadro? —casi gritó Marta.

—He dicho que mi cliente no va a decir ni una palabra más. Hemos acabado aquí, inspectoras.

Los dos hombres salieron de la sala ante la frustración de las dos mujeres, las cuales no tenían ningún argumento para retenerle. No habían conseguido ninguna declaración que mereciera la pena ni les había proporcionado ninguna pista.

Pasaron la tarde cada una en su mesa, haciendo labores de oficina y esperando que quizá la conversación con la Unidad de Patrimonio Histórico les arrojara algo de luz. No tenían más líneas de investigación que aquella y se les estaba agotando. Pronto todas las vías se cerrarían al no tener más pistas que rastrear y su trabajo habría sido estéril, pero lo importante era que un asesino seguiría suelto por las calles de Sevilla si no lograban dar con él.

Marta se acercó a Valeria y le dijo que tenían pensado salir aquella noche. Al día siguiente era festivo y aquella era una noche muy grande para la ciudad, que se volvería a vestir de gala para recibir algunas de las tallas más importantes de la Semana. La majestuosidad de El Gran Poder y la alegría de las Esperanzas invadirían la ciudad esa Madrugá. Valeria declinó la oferta. No era solo que estuviera cansada, que lo estaba, es que llevaba ya varios días sin ver ni hablar con Javier y lo echaba de menos. Lo necesitaba.

Así que, esa noche, teléfono mediante, iban a cenar juntos y a charlar de todo un poco hasta que se durmieran, como solían hacer antes.

Llegó a su casa y se preparó la cena. Lejos de ponerse cómoda, se había cambiado la camiseta por una más sexy y se había retocado el maquillaje y el peinado. Sentada ya en la mesa con una cerveza, intentó hacer una videollamada a Javier, pero no se lo cogió.

Un par de horas más tarde la llamó por teléfono aludiendo una vaga disculpa. Valeria pensó que era mejor aprovechar el tiempo con él a enfadarse por la ausencia. Intentar una aproximación a recriminarle que

hacía demasiado tiempo que no se veían. Se tragó su pena y sus reproches e intentó mantener una conversación animada, una charla que lo mantuviera al teléfono, que no le diera un pretexto para colgar.

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