Oleo sobre negro (Spanish Editi
3 Interrogatorios
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INTERROGATORIOS
Sevilla. Lunes, 11 de abril de 2022.
En Sevilla llovía ya abiertamente mientras esperaban a la exmujer del difunto. Las cofradías que se habían aventurado en su estación de penitencia buscaban refugio en iglesias ajenas. A eso de las seis de la tarde apareció Rocío. Era una señora alta, delgada y elegante. Operada, sin duda, pero con mucho gusto. Valeria se preguntó si era obra de su hijo. Si, el vástago, había moldeado a la madre, devolviéndole el favor que ella le hiciera muchos años atrás, en su propio vientre.
—No tengo nada que ver ya con Joaquín. Ni siquiera nos hablábamos —
fue lo primero que dijo, incluso antes de que le preguntaran.
—¿No tuvieron contacto ese fin de semana?
—Ni ese ni ninguno desde hace ya más de tres años. Habíamos estado muchos años juntos, no nos quedaba ya nada que decirnos.
La frialdad con la que la mujer se había tomado la muerte de su expareja era cuanto menos sorprendente. Los policías estaban hartos de ver cómo los posibles sospechosos al menos fingían dolor ante ellos, aunque no lo sintieran. Era una cuestión estética y también, de alguna manera, una forma de protegerse de las sospechas.
—¿Por qué se divorciaron?
—Pues cuando no hay amor… uno puede aguantar, si lleva una buena vida, si el otro no le molesta demasiado. Pero cuando tampoco hay dinero, seguir juntos carece de sentido.
—¿Dice usted que las finanzas de Joaquín no iban bien?
—Así es. Iban fatal. Había hecho muy malas inversiones últimamente.
No sabía ni si iba a poder salvaguardar el negocio. Discretamente fue vendiendo las propiedades que tenía para obtener liquidez. Las que no me quedé yo, obviamente. —Rocío sonrió con sarcasmo—. Se le acababan los recursos. Y el dinero.
—¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño?
—Pues no. Hace mucho que nuestras vidas se habían separado. Mi hijo quizá sepa más de esto, ¿han hablado con él?
—Bueno, evidentemente lo llamamos cuando sucedió, pero tendremos que volver a hablar con él.
—Yo poco les puedo ayudar. Desde que me separé no sabía nada de su vida.
—¿Le gustaba el arte a su marido?
—¿El arte? No especialmente. A Joaquín le gustaba el deporte, los coches, los caballos…, la juerga… No estaba interesado en el arte.
Calló un instante, sopesando si debía seguir hablando.
—Poco antes de separarnos vino un día a casa eufórico. Dijo que tenía entre manos un negocio que iba a ser el final de nuestros problemas. Algo relacionado con un cuadro —añadió tras una breve pausa—. Sí, eso dijo.
—¿Un cuadro? —repitió Marta entonándolo como pregunta.
Precisamente sin querer habían llegado al quid de la cuestión—. ¿Qué cuadro?
—Y yo qué sé. No le presté atención a sus delirios de viejo acabado.
¡Bah! Yo ya había hecho las maletas, no me iba a quedar a contemplar un espectáculo lamentable, la persecución de un imposible.
—¿Sabe con quién iba a hacer negocios?
—Pues no, la verdad… Tal vez con Julio.
—¿Quién es Julio?
—Es un amigo de Joaquín, se conocen de toda la vida. Tiene un taller de pintura en Triana, pero vamos, que pintar, pinta poco. Carece de talento, aunque sí sabe apreciarlo. Se gana la vida como marchante de arte. Como pintor, la habría perdido hace tiempo.
A pesar de la antipatía de Rocío, debía reconocer que sus frases eran certeras e irónicas, lo cual hizo apreciarla no solo como alguien frío e interesado, sino también inteligente. Y la inteligencia asociada con la maldad eran cualidades peligrosas.
Valeria apuntó la calle en la que el tal Julio tenía la galería.
—Díganos, Rocío, ¿qué hizo usted anoche? Cuéntenoslo todo, paso por paso.
Sevilla. Lunes 11 de abril de 2022.
Antes de que el día hubiera concluido le entregaron a Marta el teléfono de Joaquín Lobato. De la declaración de Rocío se presumía que, si había
algo colgado en aquella pared desnuda, debía de ser valioso. Como ella estaba acabando el atestado, le pidió a Valeria que le echara un vistazo.
La policía intentó desbloquearlo con el gesto que había interpretado el hijo de la víctima y comprobó con agrado que funcionaba. Se sentó en su escritorio y cuando se disponía a abrir la aplicación de WhatsApp, una intuición le hizo dirigirse, en primer lugar, a la galería de imágenes. Casi da un salto en la silla al ver que la última foto que Joaquín había capturado era un selfie de sí mismo con un cuadro al fondo de la estancia en la que se hallaba. ¡El cuadro!
Corrió al despacho de Marta, que había apagado el ordenador y se disponía a irse a casa.
—¡Marta! ¡Lo tenemos!
Marta le cogió el teléfono sin decir palabra y se detuvo unos instantes a ver lo que Valeria le mostraba. Seguidamente cogió su móvil e hizo una foto a la pantalla del teléfono de Joaquín, luego se la envió a alguien.
—Un atajo, miarma —le dijo guiñándole el ojo. Valeria supuso que se lo había enviado a su mujer, que era profesora de historia del arte en un instituto—. Vamos, te vienes a cenar.
Se subieron en ambos coches y pararon unos minutos a comprar la cena en una freiduría de pescado que había en Triana. Valeria nunca antes había comido el pescado así y, a pesar de que no le gustaba demasiado, enseguida se aficionó esa forma de cocinarlo.
Pepi les abrió la puerta con una gran sonrisa. Ya había dispuesto platos y cubiertos sobre el mantel, así como había abierto una botella de vino blanco.
—Mañana no sales —afirmó.
Se refería a la procesión.
—Eso ya lo veremos… —contestó enigmática la inspectora—. ¿Has visto la foto?
—Claro, no soy tonta, sé que las frituras son un mero chantaje. Sé que ambas sólo me queréis por lo que sé.
Las tres mujeres rieron al unísono y empezaron a comer. Una vez hubieron dado buena cuenta del bacalao, con la segunda botella de vino ya iniciada, Pepi empezó a contarles lo que sabía.
—Se trata de “El conjuro”, de Francisco de Goya. El pintor nació en un pueblo de Zaragoza y vivió a caballo entre los siglos dieciocho y diecinueve. Se trasladó y vivió en Madrid la mayor parte de su vida. Entre sus obras destacan “Los caprichos”, por ejemplo, y otra pintura que conoceréis sin duda “Los fusilamientos del 3 de mayo”, o la serie de Pinturas negras. Se quedó sordo aquejado de una enfermedad, y murió finalmente en Burdeos.
—Estupendo, Pepi, pero del cuadro, ¿qué sabes?
—Me lo guardaba para el final. A ver… “El conjuro” o “Las brujas”: se trata de una obra pequeñita, cuarenta y tres por treinta centímetros. Usó la técnica del óleo sobre lienzo. Pintó una serie de cuadros con esta temática de brujas, aquelarres y similares, estaba muy de moda para la élite en aquella época. “El conjuro” fue un encargo del Duque de Osuna, al que se lo vendió en… 1798.
—¿Qué se supone que representa?
—Pues un rito satánico, ¡mirad! —Pepi las situó frente a un ordenador portátil en cuya pantalla se veía el cuadro y fue describiéndolo—. En la parte central hay mujeres viejas y feas, ataviadas de negro. Son brujas. Una,
la de la derecha, lleva un cesto de niños recién nacidos. Es de sobra conocido que las brujas sacrificaban a bebés, e incluso, se los comían.
Pocas cosas puede haber más terribles que esa. La de al lado lee un libro de conjuros, probablemente esté formulando uno en ese momento. Las otras dos completan la tétrica escena, fijaos que una de ellas está como clavando agujas en un muñeco… o ¡peor! En un niño chico. Ante ellas hay otra mujer agachada, de amarillo. Se supone que es otra bruja, que está aterrorizando a un pobre hombre. Este lleva camisa blanca, que simboliza su pureza, su papel de víctima en el aquelarre. Fijaos: el cielo está lleno de búhos, aves asociadas a la brujería, y hay una especie de cuerpo volando… Otra bruja, sin duda. El cuadro es realmente aterrador ahora, así que imaginaos en la época en la que fue pintado.
—¿Dónde había estado hasta ahora?
—En una galería de Madrid. El museo Lázaro Galdiano.
—¿Cuánto puede costar?
—Pues no tengo ni idea, Marta… Lo que alguien quiera pagar, como siempre en el arte.
—Seguro que no vale una vida —murmuró Valeria.
—¿Decías?
—Nada, chicas, que me voy a ir ya, porque mañana será otro día duro.
Marta, siento mucho que te hayan fastidiado el martes santo. Hasta mañana.
—Bueno, bueno… Eso ya lo veremos. Cuando llegue pondré a alguien a investigar sobre el pintor y el cuadro en sí, pero nosotras ya tenemos la información como punto de partida. Hazme un favor, llama a la galería y entérate de todo acerca del robo del lienzo. Igual tienes que hablar con alguien de Madrid.
—Eso está hecho, jefa.
Valeria se levantó de la silla y se dirigió a la puerta. Su compañera fue detrás.
—Te noto una mijita tristona, ¿qué pasa, Val? —preguntó Marta apoyada en el quicio de la puerta.
—Nada, nada.
—¿Es por Javier? ¿Habéis discutido?
—No, qué va. No hemos discutido, es difícil discutir cuando se coincide tan poco. —Hizo un gesto con la cabeza, como alejando los pensamientos negativos—. Sé que es complicado y que ambos tenemos trabajos muy absorbentes, pero, de vez en cuando me gustaría que mostrara algo más de interés. A veces siento que soy yo la única subida al carro.
—Las personas no actúan como una quiere, sino como son. Eso es algo que, lamentablemente, a algunos nos lleva toda una vida aprender. Y Javier te quiere, de eso estoy segura.
—Quizá el amor haya dejado de ser suficiente —respondió Valeria, y acto seguido se despidió y se fue a casa. Había pasado otro día más sin tener una mínima conversación con su novio.
Sevilla. Martes 12 de abril de 2022.
El martes por la mañana, cuando Valeria llegó a la oficina, Marta ya estaba reunida con la comisaria. Redactó el informe volcando la
información que el día anterior no tenían, en cuanto al robo en casa de la víctima. Esperaba que llegara la hora de apertura del museo en el que se encontraba el cuadro hasta ser adquirido, no sabía si legal o ilegalmente, por Joaquín Lobato.
Llamó a la pinacoteca, se identificó como policía y pidió hablar con el gerente o responsable del lugar. A su entender, cabían dos posibilidades: que se hubiera tratado de una venta legal y todavía no hubieran actualizado la página web en la que constaba la obra en exposición, o que se hubiera cometido el agravio muy recientemente y, en ese caso, o bien aún no hubieran denunciado, o bien no se hubiera volcado en la base de datos policiales. Únicamente así se explicaba que no les constara la pintura de Goya como objeto de un delito. Sin embargo, tuvo una de las conversaciones más extrañas y surrealistas que recordaba haber mantenido.
Esperó pacientemente a que Marta saliera del despacho. Cuando ésta lo hizo se dirigió directamente al de Valeria.
—Aquí hay algo raro seguro. Lo lógico es tratarlo como un robo de obra de arte con resultado de homicidio, pero ¿cómo es posible que Joaquín adquiriera el cuadro si según su exmujer estaba sin blanca? Aún no sabemos el alcance de sus problemas económicos, aunque sabemos que los tenía. No se me ocurre que alguien en esa situación se compre un cuadro tan valioso. Y, lo que es seguro, es que no lo tenía anteriormente, pues su hijo lo habría sabido, o la mujer, que no hace tanto tiempo que se separaron y,
¡coño! Si mañana viene Pepi con un Rembrandt a casa, por mucho que lo guarde bajo el colchón, yo me acuerdo de que lo tiene. Otra cosa que me llama la atención: Si era suyo previamente, ¿por qué no exponerlo hasta ahora? Y, ¿justo lo cuelga y se lo roban? Y encima lo matan, eso sí que es acumular mala suerte en poco tiempo, ¡Qué malaje, miarma! Por eso tenía
que ser nuevo. Recién comprado. O ¿robado? Tú sabes, quien roba a un ladrón... —Se rio—. ¿Has hablado con el museo Galdiano?
—Marta... —apenas susurró Valeria.
—Luego iremos a ver a Julio, porque, además, su número es el último que consta en la lista de llamadas de Joaquín. El móvil poco más ha arrojado... Pero sí que el artista fue la última persona con la que el muerto habló. Aprovecharemos para llamar a su hijo y, con su declaración, le pediremos que contraste los números de teléfono de la agenda del padre a los que llamó con más frecuencia, a ver si surge ahí algo interesante.
Llamaba mucho a una tal Paloma... Habrá que ver quién es. —Marta hablaba muy deprisa, de manera que a su interlocutora le costaba meter baza.
—Marta... —insistió Valeria elevando el tono.
—Lo que me resulta extraño es que no se llevaran nada más que eso, pues en la casa había más objetos de valor. Además, había una caja fuerte en la misma habitación en la que se cometió el crimen, que no intentaron ni forzar. Estoy pensando que quizá el robo se haya cometido por encargo, alguien que quisiese esa pintura específicamente. Una especie de sicario.
—¡Marta! —gritó Valeria tocando a su jefa en el brazo.
—¿Qué? Ay, hija, por Dios, que prisas tienes…
—Que nadie ha robado, ni ha comprado, ni nada de nada, un cuadro en el museo Lázaro Galdiano —dijo la inspectora Jara muy despacio y vocalizando—. Que "El conjuro" de Goya sigue ahí tan campante, en la pared del museo. Que no lo han vendido, que no han denunciado nada porque no les ha pasado nada. He tenido una conversación muy absurda, creo que el gerente me ha tomado por tonta… —Se rio de sí misma—. En fin, que no. Que no sé, que creo que han matado a un hombre por una obra falsa.
—¡Ojú! ¿Pero qué te han dicho?
—Nada, mujer —contestó ya riendo abiertamente recordando la conversación esperpéntica que había mantenido—. Que voy y le suelto al tipo toda una retahíla acerca de que el cuadro se había visto envuelto en una investigación policial por homicidio y que si me podía dar detalles del robo o de la venta del mismo. Y me dice: Señora, ¿de qué me habla? ¿Quién me ha dicho usted que es?
Marta ya se reía, más por contagio que por el contenido del relato.
—Y yo: “¿No les han robado “El conjuro” de Goya?” Y él: “No”. Y yo:
“Ah, pues lo han vendido, ¿me puede decir a quién?” Y el hombre ya mosqueado me dice: “Haga el favor de identificarse otra vez”.
Marta soltó una carcajada al oír aquello, justo cuando Verónica se acercó a ellas.
—¿Qué pasa, Marta? Hoy no sales, ¿eh? —dijo.
Marta asintió apesadumbrada. El problema ya no era que estuviera involucrada en la investigación de las primeras horas de un homicidio, sino que aquel Martes Santo llovía y que, tras los acontecimientos del día anterior, en los que tantas imágenes se habían mojado, con casi toda probabilidad nadie se iba a atrever a salir de su templo.
Verónica cambió de tercio.
—Anda, venid, ya he visionado todas las imágenes. Os va a resultar muy interesante —añadió, misteriosa.
Verónica Fuentes se dirigió a la sala de audiovisuales en la que tenía preparadas las imágenes de las cámaras de la calle Virgen de Luján. Sabían que Joaquín estaba vivo a las diez de la noche, puesto que había hablado con un amigo por teléfono y lo habían confirmado con el interlocutor, que había añadido que durante la conversación le había dicho que estaba solo en casa y que no pensaba salir ya a aquellas horas. Por ello, Verónica acotó el
visionado a una franja que abarcaba desde las nueve hasta las tres de la mañana. Antes de llegar al momento que les interesaba, fue pasando las imágenes a cámara rápida y les fue contando.
—Como veis hay mucho trasiego, lo normal un Domingo de Ramos.
Hemos enviado a un par de oficiales a interrogar a los vecinos con algunos fotogramas imprimidos de la gente que sale y entra, por lo que podemos explicar la presencia de todos los que van saliendo y entrando a cara descubierta. Pero mirad aquí… Poco después de la hora que el forense certifica como de la muerte de Joaquín... ¡Un nazareno! —exclamó, triunfante, mientras las otras dos mujeres veían las imágenes por primera vez.
—Y túnica y antifaz blancos… como La Candelaria…
—Sí. Pero tú sales el martes. El domingo hay unas cuantas hermandades a las que echarle el ojo…
Durante el intervalo mostrado habían visto entrar y salir a diversas personas con la túnica de nazareno, como era habitual en muchas casas aquella semana y en todos los barrios de la ciudad. Algunas de ellas iban a cara descubierta, pues, tras procesionar, agotados y con el calor, preferían quitarse el capirote e ir más cómodos, aunque estuviera oficialmente prohibido. Otros, más rigurosos, lo llevaban puesto.
—Descartando a los niños, durante el intervalo que hemos visto entran dos hombres vestidos de nazareno y sale tan solo uno, el que veis. Porque, además, al otro hemos podido identificarlo como vecino del inmueble. Por lo que me parece más que probable que la persona que se oculta tras ese ropaje sea el homicida al que buscamos.
Marta ni se inmutó, pero Valeria no pudo disimular su sorpresa. Desde luego, la época del año era propicia para ocultarse de las cámaras y, sin
duda, el asesino había aprovechado la tesitura para evitar que se le reconociera a pesar de haber sido grabado.
—Se le ve a pie, aquí. —Señaló la pantalla, haciendo retroceder las imágenes—. Entra en el portal y desaparece en su interior. Lleva puesto el capirote, por lo que solo nos podemos hacer una idea de su estatura y corpulencia. Ni siquiera se le ven los zapatos porque arrastra la túnica. Sale del portal unos quince minutos después. Rápido y limpio. Le importaba una mierda que lo grabaran, porque sabía perfectamente que nadie lo iba a reconocer.
Había sido una jugada inteligente, con esa vestimenta no sólo pasaba desapercibido su físico, sino él mismo, pues las calles de la ciudad estaban inundadas de gente igualmente ataviada esa semana del año. Además, como apuntó la propia Marta, la corpulencia podía haber sido simulada con ropa debajo, e incluso el sexo al que pertenecía el criminal era imposible de determinar mediante las imágenes obtenidas.
Una vez vistas las grabaciones, Marta se dirigió de nuevo a Verónica encargándole que averiguara lo que pudiera sobre el cuadro que habían robado en casa de la víctima, así como que hiciera un barrido por las hermandades vestidas de blanco por si habían registrado cualquier incidente de interés. Aquella tarde, ella y Jara tomarían declaración a algunas personas relevantes para el caso.
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