Operación Gladio
Capítulo ocho
¿Puede esconderse un tigre de Bengala de trescientos kilos detrás de un gato persa? Sí, cuando los dos son Bárbara Valdés. Eso lo dice su marido, que conoce bien la furia que oculta en su interior esa mujer aparentemente serena que a menudo, durante los juicios, siente deseos de lanzarse contra los abogados y darles de bofetadas; o de insultar de la manera más soez a las personas que en los procesos de separación intentan, según ella, evaporarse de sus vidas, parar el cronómetro a mitad de la carrera y eludir sus obligaciones. Enrique suele decirle que en ese terreno es una retrógrada de manual, que actúa en base a criterios morales propios de la Edad Media y, por lo tanto, está convencida de que un hombre que se quiere divorciar debe ser castigado a vivir con una cruz al hombro. Más de una vez han tenido peleas muy serias sobre ese asunto que, en algunas ocasiones, dejaron en ellos una oscura cicatriz.
—No me extraña que defiendas a tus iguales —le dijo un día la jueza—; es decir, a los que no se comprometen jamás, con nada ni con nadie.
—Para ti comprometerse es atarse a otro y cumplir sus órdenes. Tienes una idea castrense del matrimonio, y por eso afrontas los divorcios como si celebraras un consejo de guerra contra el marido.
—Te equivocas. Yo me limito a valorar los hechos. O sea, a sumar, restar y decidir.
—¿Sabes?, creo que padeces lo que llamamos «negligencia hemisférica». Es un deterioro cerebral que provoca que el enfermo sólo vea la mitad de las cosas. De manera que algunos sólo comen del lado izquierdo del plato, otros se atan sólo el zapato derecho y tú sólo ves culpables a los hombres.
—A los que no quieren cumplir con sus obligaciones, sí; y también a los que sólo piensan en ellos, como tú.
—Eso no es verdad.
—Lo es. Y también es la razón, por ejemplo, de que no hayamos tenido hijos, porque tú no te has atrevido a tenerlos.
—No es recomendable tener hijos con alguien que siente «rencor hacia la vida», como dice Nietzsche.
—¿Lo dices por ti o por mí?
—Lo digo porque uno de nosotros es un escéptico y el otro un amargado — respondió Enrique, abriendo una herida que tardó semanas en cerrarse.
No estaba segura de por qué había recordado eso de repente, mientras cenaban en una pizzería cercana a su casa, el mismo día que conoció a Dolores Silva. Tal vez porque en el rencor suenan todos los discos a la vez, de manera que uno sigue oyendo la marcha fúnebre mientras baila la rumba. O quizá, simplemente, porque en aquel momento sus sensaciones eran agridulces: por un lado, estaba contenta de salir con Enrique y de que compartieran aquel asunto del impresor fusilado en Navacerrada; por otro, no le había gustado lo que ocurrió en la reunión con su hija, que no apareció acompañada por una historiadora, como había creído entender que haría, sino por una periodista. ¿Cómo se le ocurrió semejante cosa? ¿No se daba cuenta de que aquello la comprometía?
—No te preocupes tanto —le dijo Enrique, sirviéndole más vino italiano, «un Brunello di Montalcino, del 2001», según les informó solemnemente el camarero, «hecho con uva sangiovese, de la Toscana»—. No has cometido ningún delito llamándola por teléfono, puesto que, según me dices, ésa es una práctica poco frecuente pero legal, ¿no? Lo único que pretendías con ese encuentro era conocer más a fondo el caso, antes de tomar una decisión. ¿Quién podría echarte eso en cara? Y en cuanto a la periodista, le iba a contar todo en cualquier caso, si es que son amigas, o están en contacto, así que no le veo tanta importancia al hecho de que la saludases en el pasillo. Ummmm, sangiovese: sanguis Jovis: la sangre de Júpiter.
—Ya, pero no me gustó en modo alguno que estuviese allí —respondió Bárbara, pasando por encima del último comentario—. Y en cuanto a la declaración oral, no es muy frecuente. No te digo que sea irregular, porque no lo es; pero no se suele hacer. En todo caso, lo lógico hubiera sido contactar con su abogado, no directamente con ella. Y encima, da la casualidad de que la tal Alicia Durán también conocía de antes a Mónica, porque estaba en la plaza de San Juan de la Cruz la famosa noche de la estatua, cubriendo la noticia para su periódico, y de hecho ya habían hablado y pensaban verse esta semana. ¿No es increíble?
—No, lo que era es inevitable. A fin de cuentas, sois cuatro mujeres que se están ocupando del mismo asunto, y os movéis en un terreno pequeño. Dolores Silva fue a ti y a la asociación con la que colabora Mónica; Alicia Durán fue a ellas dos y, tarde o temprano, habría ido a por ti. Ella y la historia del impresor han hecho de imán, si quieres, pero poco más. Así de fácil. O sea, que alégrate: si era algo que iba a ocurrir tarde o temprano, mejor que haya sido cuanto antes, ¿no?
—Yo no lo veo tan sencillo, si quieres que te diga la verdad —respondió la jueza Valdés, haciendo un mohín de niña contrariada que a Enrique debió de gustarle, porque sonrió, la tomó de la barbilla impulsivamente y la besó en los labios.
—La única casualidad es que el muerto esté aquí, en Navacerrada —dijo, llenando su copa, mientras su mujer miraba a su alrededor para ver si alguien los observaba—; y aun así, lo es relativamente, porque si de verdad se ponen a desenterrar a todos los que hay en fosas comunes por el país, me temo que dentro de poco no va a existir un juzgado que no tenga su Salvador Silva. De modo que estamos en las mismas: sólo era cuestión de tiempo. La historia que ha acabado en tus manos es ésta; pero si no, hubiera sido otra igual de insólita.
—Ay, sí, pero tenías que haber oído a esa mujer, Dolores… Cree que su padre era el no va más, y sólo porque le llevó una revista a Antonio Machado y estuvo diez minutos con él.
—¡Mujer, y porque lo mataron, lo enterraron en una fosa común, robaron sus huesos y se los llevaron al Valle de los Caídos! —replicó Enrique, sacando sucesivamente, igual que si fueran zarpas, el pulgar, el índice, el corazón y el anular de la mano derecha.
—Sí, sí, claro, aunque lo último aún está por ver, ¿eh? Y en cualquier caso, lo que digo es que esa gente vive fuera de la realidad, se ha fabricado una mitología de andar por casa y piensa que todos sus familiares, sin excepción, fueron mártires, héroes…
—Y a sus ojos lo son. El tamaño de las cosas cambia con la distancia, no lo olvides, y ellos te están hablando de algo muy cercano —añadió Enrique, levantando el dedo índice y clavándole una mirada que a la jueza Valdés la volvía loca.
—Precisamente: ellos hablan de cosas muy cercanas, y cuando algo está demasiado próximo, lo que ocurre es que se vuelve borroso.
—En fin… Ya sé que tú no eres lo que se dice muy partidaria de la memoria histórica.
—Ni tampoco enemiga suya, no se trata de eso, sino de que encuentro…, cómo decirte… —la jueza Valdés tanteó distraídamente, moviéndolos con su tenedor hacia los lados del plato, los tagliolini con trufa negra que le habían servido—, algo indecorosas todas estas ganas de darle vueltas al pasado. Hay algo obsceno en ello, si me apuras. ¡Como si el presente no nos plantease problemas de sobra!
—Lo que tú quieras, pero por lo común no son tan interesantes como las andanzas de tu impresor comunista —dijo Enrique, a la vez que le pedía al camarero, con una seña inequívoca, una segunda botella de Brunello di Montalcino—. ¿Sabes?, he estado hojeando una biografía de Miguel Hernández y ahí se cuenta que cuando cayó Madrid, en lugar de refugiarse en la embajada de Chile, como le ofrecían, se fue andando a Orihuela, pero de camino pasó por Valencia, ¿adivinas para qué? Pues para recoger en los talleres de la Tipografía Moderna un ejemplar sin encuadernar de El hombre acecha, el libro que hizo nuestro Salvador Silva. Qué emocionante todo, ¿no crees?
A Bárbara Valdés le sonaron a música celestial esas dos palabras, emocionante y nuestro.
No muy lejos de allí, en otro restaurante de la zona, Héctor y Mónica cenaban en un silencio arisco que lo volvía todo absurdo, desde el propio acto de alimentarse hasta el ruido de los cubiertos sobre la loza, pasando por la vela verde encendida en la mesa.
—¿Te he contado que me llamó esta mañana la periodista de la que te hablé? — preguntó ella, para romper aquel hielo.
—¿Eh? ¡Ah, no! Perdona, ¿que si me has dicho qué? —respondió él, saliendo de sus propios pensamientos con tanto sobresalto que Mónica supo que lo fingía, para aparentar un desinterés ridículo.
—Lo de Alicia Durán —dijo, suspirando también aparatosamente, como lo hacen quienes luchan para dominar su impaciencia o su cólera—. La periodista a la que conocí el día de la estatua.
—Lo recuerdo, claro. La que te iba a hacer una entrevista.
—Bueno, más bien me va a pedir algunos datos, para hacer un reportaje que tal vez acabe siendo parte de un libro. Quiere que le cuente cosas de la Asociación, desde cuándo y por qué colaboro con ellos, ese tipo de cosas.
—Respóndele que es para perderme de vista.
—Pues mira, igual sí. «¿Que por qué trabajo como voluntaria para la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica? Para no oír las impertinencias de mi novio.»
—Genial. Si lo haces, descubriremos que todo el mundo puede ser sincero una vez en su vida —contestó, con los ojos clavados en el mantel y con una sonrisa de hombre vencido.
—No seas desagradable, por favor. Bueno, pues resulta que una mujer que sabe que a su padre lo mataron aquí en Navacerrada, al acabar la Guerra Civil, y sospecha que veinte años más tarde robaron sus huesos y los trasladaron al Valle de los Caídos, ha puesto una denuncia ¡en el juzgado de Bárbara!
—¿Y qué tiene eso que ver contigo?
—Todo, porque ella ha hablado con la Asociación, o sea que vamos a asesorarla, y también ha hablado con Alicia Durán…
—… Y tú, por tu parte, lo has hecho con la periodista y con la jueza. Y mañana mismo, lo harás con la demandante.
—Claro, he pedido que me dejaran ocuparme de estudiar ese caso, y vendrá a verme al museo, a las once. Y ya he quedado también con Alicia, para comer.
—Qué bien. Ojalá te tomases el diez por ciento de esas molestias por mí.
—No, otra vez no, ¡para ya con eso, por Dios! Estás obsesionado.
—Normal, cuando tu pareja te rehuye lo mismo de día que de noche.
—Pues mira, pregúntate por qué.
—Sería una pérdida de tiempo. ¿De qué sirven las preguntas cuando lo único que puedes recibir a cambio de ellas son mentiras?
—¿No podemos hablar, sólo dejar de dirigirnos la palabra o pelearnos?
—Podríamos hacer cualquier cosa, si estuviéramos juntos.
—Estamos juntos.
—No, sólo estamos al lado.
—Tú no estás al lado, sino enfrente. Te opones a todo. Te parece mal cualquier cosa que haga. Nunca me apoyas. Nunca me ayudas. Nunca te interesas por mis proyectos, sean los que sean. He encontrado en la Asociación un motivo para sentirme útil, y tú lo pisoteas. No te imaginas cómo fue lo de la fosa de Lerma, sacamos treinta cuerpos, incluidos los del alcalde y media corporación municipal del Ayuntamiento de Aranda de Duero, y venían con nosotros voluntarios de Estados Unidos, Canadá, Guatemala, Japón… Es una lástima que no quieras compartir esto conmigo.
—Pero ¿cómo te atreves a ser tan cínica? Te dije que estaba dispuesto a acompañarte en esa historia, ir contigo a esos lugares a los que vas, lo que fuera; y me soltaste el sermón de siempre, todo eso de guardar las distancias y tener cada uno su propio espacio.
—Dos personas normales pueden compartir las cosas que hacen por separado. Pero el problema es que a ti no te interesa nada en cuyo centro no estés tú. Yo llego a casa con ganas de contarte lo que he hecho, de implicarte en mis asuntos, y eres tú el que cierra la puerta.
—Qué buen detalle. Eres un empleado de pompas fúnebres que vuelve a casa con un ramo de flores robadas de las coronas de muerto.
—Y tú una persona que cree que querer a alguien es tenerlo encerrado en un puño.
—Lo de Lerma, sí… ¿Cómo olvidarlo? Solicitaste un permiso, cosa que jamás has hecho para que tú y yo nos marcháramos de vacaciones a alguna parte, y te fuiste dos días a Burgos, y luego tres más a Bilbao, de fin de semana…
—¿Por qué dices eso? Sabes de sobra dónde estuve y para qué. ¿Te lo repito? En el laboratorio del Departamento de Medicina Forense de la Universidad del País Vasco —dijo, imitando una voz mecánica, igual que si repitiera una lección de memoria—, que es donde se estudiaron los restos para poderlos identificar, trabajando con la catedrática Francisca Prieto, que era la directora de la excavación.
—¿Y allí trabajan los sábados y los domingos?
—¿Y tus suposiciones ridículas no descansan nunca?
En ese preciso instante, el teléfono de Mónica sonó de forma inoportuna, dentro de su bolso. Pero ella no contestó.
—¿Cómo se llama? —dijo Héctor—. ¿Quién es? ¿Un colega de la Asociación?
—¿Qué? ¿De qué me estás hablando? ¿Quién es qué?
—Por favor, Mónica, no me ofendas: lo sabes perfectamente. ¿Quién es el tío con el que me estás engañando? El que acaba de llamarte.
—Estás loco, Héctor. Y ¿sabes lo que te digo? Que yo no quiero estar con un loco —le respondió, con los ojos llenos de furia.
En la pantalla del móvil, el número del hombre con el que, efectivamente, estaba siéndole infiel brilló unos segundos, iluminando los objetos que había a su alrededor: una pluma estilográfica, una cartera, las llaves, una caja de aspirinas, un pintalabios, un libro… Y después todo quedó de nuevo a oscuras.
La segunda botella de Brunello di Montalcino aún estaba por la mitad, y Bárbara y Enrique acababan de pedir el postre, panna cotta con chocolate caliente, para compartir. Él tenía en la mano las memorias de Neruda, Confieso que he vivido, y le leía algunos párrafos.
—«La guerra comenzaba a perderse. Federico ya había sido asesinado en Granada. Miguel Hernández se había transformado en verbo militante. Manuel Altolaguirre seguía con sus imprentas…»
—¿Quién era ese Altolaguirre? Me resulta familiar.
—Un poeta y editor, amigo íntimo de Lorca, Alberti, Cernuda y todos esos.
—Perdona, te he interrumpido. Continúa.
—«… Altolaguirre seguía con sus imprentas e instaló una en pleno frente del Este, cerca de Gerona, en un viejo monasterio. Allí se imprimió de manera singular mi libro España en el corazón. Creo que pocos libros hayan tenido tan curiosa gestación y destino. Los soldados del frente aprendieron a parar los tipos de imprenta. Pero entonces faltó el papel. Encontraron un viejo molino y allí decidieron fabricarlo. De todo le echaban al molino, desde una bandera del enemigo hasta la túnica ensangrentada de un soldado moro. A pesar de los insólitos materiales, y de la total inexperiencia de los fabricantes, el papel quedó muy hermoso. Los pocos ejemplares que de ese libro se conservan, asombran por la tipografía y por los pliegos de misteriosa manufactura. Años después vi uno en Washington, en la biblioteca del Congreso, colocado en una vitrina como uno de los libros más raros de nuestro tiempo.» Bueno, y luego cuenta cómo decenas de miles de fugitivos se echaron a las carreteras, huyendo de los fascistas con dirección a Francia, y que entre ellos iban Altolaguirre y los soldados que hicieron España en el corazón. Uno de ellos debía de ser tu Salvador Silva. Otro era Antonio Machado, al que visitó en aquella masía llamada Mas Faixat, en un pueblo de Gerona, que fue su última casa en España.
—Es posible. Y también que de verdad el Partido Comunista lo enviara a la frontera, a ver por dónde sacaban de España a Antonio Machado. O no es más que un invento de su hija.
—Huiría con Altolaguirre; volvería atrás y tal vez se reencontrase con Machado, con otros compañeros del PCE… Quién sabe, nada es raro en medio del caos, todo es imaginable cuando se produce un éxodo de aquellas dimensiones, con cientos de miles de personas que trataban de escapar sabiendo que tenían una frontera cerrada al frente y un ejército de asesinos a sus espaldas. En algún momento le transmitirían esa orden que su familia magnifica pero que, en realidad, no es para tanto: acércate a la aduana, mira cómo está el patio y nos lo cuentas. De hecho, lo interesante del personaje no es eso, sino todo lo que hizo antes y todo lo que le hicieron después.
—Bueno, pero ese episodio sí que tiene relevancia, porque igual si no va allí no lo detienen y lo mandan a un campo de concentración.
—O sí, porque en esos campos acabaron muchísimos republicanos, entre ellos el propio Altolaguirre, que debía de estar en la misma columna de fugitivos que él. Hay quien afirma que el propio Machado también fue internado en uno, de hecho en el de tu Salvador Silva, el de Argelès-sur-Mer, y que lo sacaron de allí medio muerto, para llevarlo a Collioure, que está muy cerca.
—Pero ¿quiénes? Y ¿por qué?
—El propio Gobierno francés, porque la humillación a un intelectual tan conocido como Antonio Machado, al que ellos mismos habían concedido la Legión de Honor, les habría parecido comprometedora. Pero, en fin, eso es simplemente algo que he encontrado en Internet y que me parece difícil de creer —enfatizó Enrique, bebiendo un poco más de Brunello di Montalcino.
—Veo que te has tomado muy en serio tu investigación del caso —dijo Bárbara, por fuera tan sardónica como siempre y por dentro complacida como nunca por el interés de su marido.
—Es que ya sabes que a mí estas cosas me fascinan. Si no fuese médico, sería historiador, fíjate qué contrasentido: una cosa que trata de resolver el futuro y otra que trata de resolver el pasado.
—Cariño, los matasanos sabéis mejor que nadie que el futuro no se resuelve, sólo se aplaza.
—Ja, ja, ¡bien, nena, bien! ¡Ésa es mi Barbi! —dijo Enrique, dando palmas, tal vez eufórico a causa del vino—. Pero no nos dispersemos. Escucha lo que escribe Neruda del libro que imprimió tu Salvador Silva: «La inmensa columna que caminaba rumbo al destierro fue bombardeada cientos de veces. Cayeron muchos soldados y se desparramaron los libros en la carretera. Otros continuaron la inacabable huida. Más allá de la frontera trataron brutalmente a los españoles que llegaban al exilio. En una hoguera fueron inmolados los últimos ejemplares de aquel libro ardiente que nació y murió en plena batalla». Bueno, es emocionante estar, de algún modo, en contacto con todo eso, ¿no crees?
Mientras veía resucitar ante sus ojos al Enrique de veinte años antes, aquel joven entusiasta, infatigable y ávido de conocimientos que acababa de terminar Psiquiatría, trabajaba por las mañanas en un sanatorio privado y se había puesto a estudiar Filosofía y Letras por las tardes, la jueza Valdés pensó que si le dabas la vuelta a todo aquel entusiasmo, tendrías la medida de su fracaso. Porque él no lo iba a reconocer jamás, pero sus sueños se parecían mucho más a lo que no logró que a lo que había conseguido. ¿Por qué nunca pudo escribir los libros que proyectó alguna vez? ¿Por qué no llegó a ser catedrático, o al menos profesor en la Universidad, como sin duda le hubiese gustado? Pretender abarcar tanto ¿no era un síntoma, más que de ambición, de indecisión? ¿Por qué las innumerables anotaciones que les hacía a los cientos de libros que había leído en todo ese tiempo no cristalizaron en nada? Enrique era una de esas personas que teniéndolo todo no tienen lo que quieren, pero Bárbara no estaba segura de si él estaría de acuerdo con eso.
—No sé si es emocionante, pero al menos es… curioso —le respondió—. ¿Qué? ¿Por qué me miras con esa cara? ¿Te parece poco curioso? Vale, ¿te gusta más, por ejemplo, distinto.
—No.
—¿Original?
—Tampoco.
—¿Llamativo?
—Menos aún.
Siguieron con ese flirteo hasta la última copa de Brunello di Montalcino y la última cucharada de panna cotta, y después pagaron su cuenta, la mitad cada uno como de costumbre, y se fueron a casa. Como en sus mejores épocas, cuando llegaron al dormitorio ya estaban casi desnudos, y Enrique le dijo al oído todas las palabras que la excitaban y que al día siguiente fingiría no haber escuchado.