Operación Gladio

Benjamín Prado · Capítulo 12 de 26

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Operación Gladio

Capítulo doce

 

Se pasó toda la vista oral pensando en Salvador Silva, y cuando los abogados de la mujer y el hombre que peleaban en la sala por ganar su proceso de divorcio pusieron fin a sus alegatos con algún gesto sentencioso y alguna frase vulgar y aromática, dictó las mismas medidas provisionales de casi siempre: guarda y custodia de los hijos para la madre, además del usufructo del domicilio familiar hasta que aquéllos se emanciparan; régimen de visitas para el padre de unos nueve días al mes, tres horas los martes, desde la salida del colegio hasta las ocho de la noche, todos los jueves y fines de semana alternos; y una pensión alimenticia a cargo del marido que, aproximadamente, equivaliera al cincuenta por ciento de sus ganancias. El hombre palideció al oír la sentencia y se llevó una mano incrédula a la frente. La jueza Valdés lo miró y se dijo: habértelo pensado antes. Pero nada más decirse eso, recordó a Enrique acusándola de ser una amargada que sentía rencor hacia la vida, y el resultado fue que, sin darse cuenta, levantó la sesión en un tono tan elevado que la fiscal, los procuradores, la secretaria y el resto de las personas que estaban allí interrumpieron sus conversaciones y se la quedaron mirando con extrañeza. Ella, que ya estaba acordándose de algo más agradable, la cena con su marido en la trattoria, las dos botellas de Brunello di Montalcino y, sobre todo, la vuelta a casa, también los miró sin comprender. El demandado la observaba con fijeza y sus ojos, entre implorantes y rencorosos, le parecieron patéticos. Apartó la vista de él y lo maldijo en su interior: «Cuánto daño hacéis las personas inofensivas».

Aquella mañana, nada más entrar en su despacho, la jueza Valdés había hecho lo mismo que todos los días desde que comió con Dolores Silva: hojear con cierto miedo el periódico en el que escribía Alicia Durán. Seguía temiendo que esa joven «inteligente e impertinente», como la había definido ante Enrique, hiciera pública aquella reunión que a ella tanto intranquilizaba porque, dijese él lo que dijese, no sería algo irregular pero tampoco era nada frecuente y, en el peor de los casos, «les servía en bandeja a las malas personas las malas interpretaciones». Los jueces no almuerzan de ningún modo con los implicados en un proceso, ni toman declaración en los bares, por decirlo así, y si ella se enterase de que lo había hecho algún colega, su forma de actuar le resultaría muy equívoca. Es verdad que en este caso no se trataba de un pleito, por lo que de momento no había parte contraria que fuese a pedir su recusación, pero estaba completamente segura de que cuando la historia llegase a los diarios, si es que lo hacía, o apareciera en el libro que preparaba la amiga de Mónica, si es que lo era, los medios de comunicación no dejarían pasar de largo una historia tan llamativa como la de Salvador Silva. No había más que ver a Enrique, que seguía entusiasmado con el asunto del impresor republicano, y más aún desde que había descubierto a su sombra a Abel Valverde, el camarada que fue con él a inspeccionar la frontera para ver por dónde pasaban a Francia a Antonio Machado, al leer el escrito que le había remitido a su mujer la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica:

—¿Sabes que Silva y Valverde, con la ayuda de otros soldados, imprimieron España en el corazón en un taller tipográfico que había en el monasterio de Montserrat, en Gerona? El editor fue Manuel Altolaguirre, ¿te acuerdas? Hicieron sólo tres libros, ése de Neruda, uno de Emilio Prados que se llamaba Cancionero menor para los combatientes y otro de César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz, con dibujos de Picasso. ¿Sabes que Valverde estaba en el Reformatorio de Adultos de Alicante cuando ingresaron allí a Miguel Hernández? Tendríamos que hablar con su hijo, para que nos dijera si lo conoció, aunque no sé, porque el poeta sólo duró unos meses, y gran parte de ellos estuvo en la enfermería. ¿Sabes que hasta que no aceptó casarse por la Iglesia, ya casi agonizante, no permitieron a su mujer entrar a verlo? Allí sólo pasaban las esposas y la suya ya no lo era, porque habían anulado todos los matrimonios civiles.

—Oye, oye, perdona… ¿Cómo que tendríamos que hablar con él? Me parece que has olvidado dos cosas —añadió Bárbara, sonriendo—: Que yo soy jueza, no novelista, y que tú no eres ni lo uno ni lo otro.

—Lo sé, pero ¿no sientes curiosidad? Y, en cualquier caso, ¿qué te cuesta satisfacerla, si en realidad no arriesgas nada? ¿No me dijiste que tienes sobre la mesa la resolución de la ONU sobre los desaparecidos que te cubre las espaldas?

—Mi amor, no te lo tomes a mal, pero la curiosidad no está entre mis prioridades: te recuerdo que mi trabajo no consiste en enterarse, sino en saber. ¿Comprendes la diferencia?

—Entiendo que a la hora de saber es mucho mejor que sobre información antes que falte, ¿no te parece? Además, esa historia es algo fantástico, que no merece seguir oculto, está lleno de interrogantes y de coincidencias maravillosas. Por ejemplo: si parece probado que mientras huía hacia Orihuela, Miguel Hernández fue a buscar un ejemplar de El hombre acecha a Valencia, ¿lo tendría con él en la cárcel de Alicante? Y, en cualquier caso, ¿hablaría de ello con Abel Valverde y éste le diría: ese libro lo hemos hecho mi colega Salvador Silva y yo?

—Son preguntas muy interesantes… Si yo fuese un crítico literario, me encantaría responderlas.

—Si lo fueras, el nivel de suicidios entre los autores españoles alcanzaría el setenta por ciento, en los meses de sol. Imagínate en las frías, grises y húmedas tardes de invierno.

—Peor les iría a los supervivientes: tendríamos que mandarlos a tu consulta para que les sacases doscientos euros por pensar en tus cosas mientras te hablan y luego recetarles una caja de clonazepam.

—Eres lo peor —dijo Enrique, riéndose—. Y otra cosa: me gusta que me llames «mi amor».

—Pues eso es fácil de conseguir: sólo tienes que serlo.

Mientras recordaba todo eso, dio los primeros pasos para instruir el sumario de Salvador Silva, porque a esas alturas ya era obvio que autorizaría la exhumación de su «primera tumba», como la llamaba su hija, y más desde que la gente de la ARMH le había pedido que abriera diligencias apoyándose en esa resolución favorable de la ONU sobre los desaparecidos que acababa de mencionar Enrique y que, efectivamente, ella consideró que le ofrecía una buena cobertura legal. El hecho de que la tumba fuera una fosa común en la que además de Salvador Silva había, supuestamente, otras cuatro personas, tampoco le iba a plantear problemas, porque la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica ya se había ocupado de todo eso hablando con las familias para lograr su apoyo y que sumaran sus nombres y sus firmas a la solicitud hecha por Dolores Silva. También habían localizado la fosa basándose en diversos testimonios, habían reconstruido la historia de los ajusticiados y pedido permiso al Ayuntamiento para acotar los terrenos municipales y meter en ellos una excavadora. Aun así, la tramitación del expediente sería compleja, y debía tener cuidado con cada una de sus palabras, para que no las tergiversasen o pudieran acusarla de nada. ¿Quiénes? Eso daba igual, porque ella siempre ha sido de esas personas a las que les gusta anticiparse: la mejor manera de no tener enemigos es inventándotelos para poder vencerlos cuando aún no saben que existen. De manera que tenía mucho trabajo por delante. «Y total, para nada, o casi nada —se dijo, mientras comenzaba a resumir en pocas líneas el caso Silva, esgrimiendo su condición de víctima sucesiva, su paso por Argelès-sur-Mer, su deportación a España y su asesinato y enterramiento ilegales—, porque lo de Navacerrada no será difícil, pero lo del Valle de los Caídos será imposible».

En el escrito de la ARMH se añadía al drama de Salvador el de su mujer, Visitación Merodio, y su hija Dolores, cuyo sufrimiento exigía una reparación inmediata. La jueza Valdés vio la mano de Mónica Grandes en el estilo del texto, que era inestable porque en él se mezclaban al cincuenta por ciento la reflexión y la exaltación, lo cual lo sometía al desequilibrio de las cosas que son proporcionales sin tener que serlo.

Bárbara leyó el relato de cómo en 1939, al consumarse la victoria de los golpistas, Salvador, Visitación y Abel habían seguido sendas diferentes del mismo laberinto pero sólo ella encontró la salida, al entrar en Francia y tener a su hija Dolores en Bourg-Madame. En cuanto a los dos impresores, de Silva se dudaba si fue detenido en Portbou, es decir, aún en territorio español, o ya en Cerbère, porque había algunos testimonios de personas que aseguraban haberlo visto allí por última vez, en los alrededores del hotel Belvédère du Rayon Vert. En su opinión, sin embargo, había algo que no casaba, al margen del lugar donde lo arrestasen o, como habría dicho Mónica, lo secuestraran. ¿Por qué a él lo fueron a buscar a un campo de concentración, lo trasladaron a Madrid, lo metieron en la cárcel de Porlier y una noche lo subieron a Navacerrada para matarlo, mientras que a su colega Abel Valverde, a quien habían apresado en el puerto de Alicante, donde esperaba un barco que lo llevara al exilio y que nunca llegó, tan sólo lo mandaron al Reformatorio de Adultos? ¿Por qué el trato fue tan diferente, si sus vidas eran tan similares? Los dos eran militantes del Partido Comunista, habían imprimido propaganda, revistas y libros al servicio de la República, tenían cierta relación con algunos políticos y con algunos célebres escritores de izquierdas, habían ido juntos a inspeccionar la frontera con Francia para facilitar la salida de personalidades como Antonio Machado… Podían pasar dos cosas: o todo se debió a la arbitrariedad de los vencedores de la Guerra Civil, lo cual en aquel tiempo de odios y venganzas no le parecía en absoluto descartable, o Salvador Silva era alguien mucho más señalado de lo que aparentaba. Bárbara Valdés telefoneó a Enrique para contarle esa teoría y al colgar no estuvo segura de si, en el fondo, la habría formulado tan sólo para acentuar el interés de su marido, que fue exactamente lo que ocurrió:

—No es una idea descabellada —dijo él, desde su consulta—, aunque yo creo que en aquel momento todo era un poco a cara o cruz, una simple cuestión de suerte. Te mataban, o no, porque sí. Y eso era todo. La mayoría de las veces no necesitaban una razón, sólo una disculpa.

—Supongo que sí. Pero ¿por qué se tomarían tantas molestias con Salvador Silva? Ensañarse con alguien requiere interés y esfuerzo.

—Y perseguir a una fiera también, pero a los cazadores les gusta… Bueno, te veo esta noche y hablamos. Tengo una tarde bastante complicada en la consulta: trastornos de la personalidad, bulimia, agorafobia y un paciente con síndrome de Stendhal que, por supuesto, es mi favorito. La contemplación de la belleza le produce vértigos, taquicardia y, en algunos casos, alucinaciones. ¿No es fantástico?

—O sea, que lo de siempre: a ése, que es el más grave, le recetas haloperidol, y a los otros tres, clorpromazina. Un trabajo agotador, sin duda —ironizó Bárbara.

—Sí, y a ti te voy a poner anestesia para caballos en la lengua, no vaya a ser que te la muerdas y te envenenes. Te inyectaré una dosis capaz de dormir a un hipódromo entero. Bueno, tengo que dejarte, Barbi, me esperan para comer. Cuídame bien a nuestro misterioso Salvador Silva.

Tres horas más tarde, la jueza Valdés y Mónica Grandes daban uno de sus largos paseos por los pinares de Navacerrada. No era sencillo añadirle el eco del horror a aquel paisaje, y las dos iban pensando en eso mientras caminaban junto al río Samburiel y veían frente a ellas las cumbres nevadas de La Maliciosa y la Bola del Mundo. Cómo cambiar el día por la noche, poner encima de esas carreteras pacíficas un camión siniestro en el que iban el impresor y otros cuatro condenados, oír las voces iracundas de los verdugos, el ruido seco de los disparos, los proyectiles contra la tapia del cementerio…

—Estoy pensando en Visitación Merodio y en Dolores Silva —dijo Mónica—. La verdad es que impresiona imaginárselos por aquí cada 10 de enero, que era el día del cumpleaños de Salvador, viniendo en tren desde Madrid para poner flores en una tumba vacía. ¿Sabes que fue Abel Valverde el que indagó el lugar en que lo habían matado?

—No le sería difícil. Supongo que los comunistas estaban bien organizados y se pasaban información. Además, por lo que yo sé, las tapias de los cementerios eran el lugar más común para esas ejecuciones sumarísimas.

—No te creas, había muchos lugares porque había muchos miles de muertos: fusilar a doscientas mil personas convierte al país entero en un paredón. ¿Sabes lo que ponía en el letrero que clavaron sobre las puertas de todas las cárceles? «La disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco y la caridad de un convento.» Las tres cosas son asquerosas y, encima, sólo la primera fue verdad.

—No me des un mitin, que no me apetece aplaudir. Me estabas hablando del otro editor.

Antes de contestar, Mónica le hizo a Bárbara ese gesto contradictorio en el que parecen enfrentarse la cabeza que niega y la sonrisa que permite, o al menos pasa por alto, y que significa, palabra arriba o abajo: hay que ver cómo eres.

—Sí, de Abel… Su hijo Paulino me contó que le dieron la noticia de que habían ejecutado a Salvador mientras estaba en el Reformatorio de Adultos de Alicante, así que eso debió de ocurrir entre enero del 41 y mediados del año siguiente, porque a Silva lo mataron en diciembre de 1940 y él fue trasladado al Valle de los Caídos en junio del 42.

—Tampoco es que importe mucho cuándo se lo contasen, ¿no? —dijo Bárbara, irritada por lo que ella, para divertir a Enrique, solía llamar la «beatería insurgente» de su amiga.

—Sí que importa. Por supuesto que sí. El pacto de no agresión entre Hitler y Stalin es de agosto del 39, y en esa fecha uno de ellos estaba condenado a muerte en Porlier y otro en el Reformatorio de Adultos de Alicante, de manera que no sólo debieron de venirse abajo, igual que los otros miles de presos que esperaban que la Unión Soviética y los Aliados vinieran a salvarlos, sino que los fascistas se vieron con las manos libres y sus víctimas con las manos atadas; unos podían matar con absoluta impunidad a gente de la clase de Salvador Silva y otros, como Abel Valverde, tenían que ir pensando en salir adelante por sí mismos y de uno en uno, cosa que él intentó alistándose voluntario para trabajar en Cuelgamuros.

—Lo cual, como suele decirse, es cambiar el hambre por las ganas de comer.

—Bueno, pero entre lo peor y lo menos malo, todos elegiríamos lo segundo, ¿no crees? Supongo que el instinto de supervivencia funciona de ese modo: si no puedes huir, al menos muévete de sitio.

—Oye, ten mucho cuidado: ya hablas con sentencias, igual que tu compañero de la asociación esa en la que te has metido —insistió la jueza—. Ya sabes a quién me refiero, el profesor de francés con el que cenamos aquella noche. ¿Cómo se llamaba?

Mónica la miró e hizo una vez más aquel gesto: no tienes arreglo. Después, tras unos segundos en los que una y otra permanecieron en silencio, mirando volar sobre sus cabezas a una de esas majestuosas águilas reales que hay en la sierra de Guadarrama, añadió:

—… y es una persona muy inteligente, que te podría explicar, por ejemplo, lo que significaba venir a Cuelgamuros a trabajar en el Valle de los Caídos, y te diría que aquel tenebroso Plan de Redención de Penas por el Trabajo que propició el uso de los presos como esclavos es una explicación perfecta de por qué dentro de la palabra genocidio está oculta la palabra negocio.

—Una frase preciosa. ¿Significa algo?

—Explica con mucho ingenio el cinismo de esa gente que sólo quería el poder y sólo sabía tenerlo a tiros, y deja claro que todo lo demás era mentira. Por ejemplo, lo de las cárceles, porque la propaganda decía que querían conseguir «un rescate físico y espiritual» de los reclusos, pero en realidad lo único que hacían era explotarlos y torturarlos. Eran civiles pero estaban sujetos al Código de Justicia Militar, lo cual equivale a decir que no había para ellos más ley que la obediencia y el castigo. Cobraban dos pesetas al día, de las que les descontaban una y media para su manutención, y con los cincuenta céntimos restantes debían comprarse la ropa y las mantas, además de mandarles dinero a sus familias, que por lo general habían sido expoliadas por los golpistas en aplicación de la Ley de Responsabilidades Políticas, que era otro atropello jurídico pensado para robarles sus propiedades. Y sólo de postre, entre los objetivos de aquella política penitenciaria estaba «el mejoramiento espiritual y político de los presos y sus familias», es decir, un adoctrinamiento forzoso que sirviese para «arrancar de los unos y de las otras el veneno de sus ideas» —enfatizó Mónica, recalcando las citas como si las dijera subrayadas, o en mayúsculas—. Por eso es por lo que pasaron Salvador Silva, Abel Valverde y los suyos, en el Valle de los Caídos y en otros mil lugares, porque todas aquellas razones morales y religiosas de las que hablaban no eran más que simple publicidad; imagínate, si el patronato que se ocupaba de aquel engendro tenía cuatro vocales y uno de ellos era un representante del Servicio Nacional de Prensa y Propaganda; porque lo único que pretendían era lo que siempre ha querido y querrá esa gente: tener siervos, obreros a los que tratar como a bestias de carga, que estén a su servicio de sol a sol y a cambio de un plato de comida y un colchón, y además intentar convencer al mundo de que los machacan por su bien. Los hicieron trabajar en minas de mercurio, de carbón y de antracita, drenar pozos, desbrozar montes, limpiar las márgenes de los ríos, construir vías ferroviarias, túneles, carreteras, prisiones, estadios de fútbol, puertos, embalses, acequias, saltos y canales, entre otros muchos el del Jarama, aquí al lado, y reconstruir lo que ellos habían destruido con sus bombas: Belchite, Oviedo, Huesca, Teruel, Guernica, Toledo, Lérida, Amorebieta, Quinto de Ebro, Éibar, Sabiñánigo, Boadilla del Monte, Figueras… La lista es interminable.

—Sí, sí, claro —la interrumpió Bárbara Valdés, visiblemente incómoda—, todo eso es muy interesante, pero lo que me gustaría que me contaras, si es que lo sabes, son dos cosas: la primera, si está probado que a él y a Salvador Silva los detuvieron cuando iban a inspeccionar la frontera con Francia por encargo del Partido Comunista, para ver por dónde sacaban de España a Antonio Machado; la segunda es qué fue de la mujer de Valverde. Me ha llamado la atención que en todo este tiempo nadie me haya dicho una palabra acerca de ella.

—Lo primero es fácil de responder con un sí, porque se lo contó él mismo, con todo lujo de detalles, a su hijo y a su nuera. Entre otras cosas, al parecer siempre recalcaba que la orden de dar prioridad absoluta a la salida de Machado y de tomar todas las precauciones posibles para evitar que fuese detenido y entregado a los fascistas la dio el Presidente del Gobierno, el doctor Juan Negrín, y que cuando ellos la recibieron estaban en la masía Mas Faixat, en Viladasens. Abel fue con Salvador hasta la frontera, pero aquello era un caos, había miles de personas intentando escapar, y allí se separaron y no volvieron a verse nunca más.

—¿Y por qué les preocupa tanto saber si Silva consiguió o no consiguió pasar a Francia? ¿Qué más da si lo detuvieron en Portbou o en Cerbère?

—Es muy importante, porque si llegó a Cerbère es que no había cumplido la misión que le habían encomendado, que era ir, mirar e informar. Eso, por una parte; y por otra, podría deducirse que si estaba allí es porque se quiso salvar él solo, dejando atrás a su mujer. Es algo que le dejaron caer a Visitación, cuando estaba en Burdeos, algunos camaradas del PCE que eran miembros de una fracción del partido enfrentada a Negrín, mientras que Salvador era partidario suyo. Pero eso no se puede creer. Abel Valverde decía que la prueba de que su camarada sólo pensaba en regresar a la masía Mas Faixat para dar su informe era que llevaba en el bolsillo un regalo para Machado, que pensaba darle a modo de despedida y por si no volvían a encontrarse, para que le trajera suerte, y que eran los siete tipos de imprenta que formaban su apellido y que se habían utilizado para imprimir su colaboración con la revista Comisario. Ya ves que eran gente romántica, nada que ver con la caricatura de rojos desalmados que hacían de ellos los golpistas.

—¿Y qué hay de la mujer de Abel Valverde?

—Poca cosa. Se llamaba Lucrecia y murió en un bombardeo, camino del exilio, cerca de Bañolas, creo que en un sitio llamado Cornellà del Terri. Es una zona preciosa, Héctor y yo estuvimos por allí una Semana Santa, visitando las iglesias románicas del Pla de l’Estany y viendo Borgonyà, Pont-xetmar, Pujals dels Cavallers, Santa Llogaia, Sords… Son pueblos ideales para que no te asesinen, pero los aviones fascistas no pensaron igual y ametrallaron la columna de republicanos que huía hacia Francia, y en la que iba ella. Su marido la tuvo que enterrar con sus propias manos, al pie de un antiguo molino, junto al río Fluvià, y seguir adelante con Paulino, que tenía dos o tres meses. Antes de que lo detuvieran en Alicante, tuvo tiempo de entregárselo a unos camaradas del Partido Comunista que podían llevarlo en tren a Marsella, y que después de un tiempo localizaron a Visitación en Burdeos y lo dejaron en su casa. Allí se crió junto a Dolores. Ya ves, toda la vida juntos.

—¿Y no volvió a ver a su padre hasta que lo dejaron en libertad?

—Hasta que tuvo ocho años, para ser exactos. El Servicio Exterior de la Falange repatrió al niño y lo ingresaron en un seminario. Abel y Paulino se reencontraron allí, el primer día que hubo visitas. Al niño lo habían vestido de fraile y lo acompañaba un sacerdote, para vigilar la conversación.

—Terrible, sin duda —dijo Bárbara Valdés, que ahora sí que parecía sinceramente conmovida—. ¿Y qué ocurrió con su madre? ¿Recuperaron los restos?

—No, Abel hizo algo mucho más romántico: compró aquel molino.

—Vaya… ¿En serio?

—Pues sí. Estuvo ahorrando durante años gran parte de lo que ganaba como empleado en una rotativa, de lunes a viernes, y los fines de semana sirviendo cervezas en un bar, y lo compró en cuanto pudo, al parecer por muy poco dinero, porque estaba en ruinas, y lo fue restaurando poco a poco, con ayuda de algunos albañiles comunistas. No le hizo una tumba en condiciones a su mujer porque le daba miedo, pero plantó encima geranios rojos, que le gustaban mucho a ella, que era andaluza. Dolores y Paulino siguen pasando allí los veranos.

La jueza Valdés no dijo, naturalmente, que a ella esas cosas le parecían absurdas, con su épica inútil y su heroísmo doméstico; ni que en su opinión la nostalgia es un pretexto de la pereza y un síntoma de debilidad, de cobardía o de falta de imaginación. «Ser fiel es, precisamente, lo contrario de detenerse», dice el pintor y escritor Ramón Gaya, a quien ni Bárbara ni Mónica han leído ni leerán, pero que tiene muchos puntos en común con Salvador Silva y Abel Valverde, entre otros que su mujer también falleció a causa de un ataque aéreo, en ese caso sobre Figueras, al que sobrevivieron él y la hija de ambos; y que también huyó de España en 1939, cruzando los Pirineos; y que fue internado en el campo de concentración de Saint-Cyprien. A partir de ahí, tuvo más suerte que ellos, porque pudo embarcar en el famoso Sinaia, rumbo a Veracruz, y exiliarse en México. Las historias de los derrotados siempre se parecen, son la misma con nombres distintos, pero por fortuna no todas tienen el mismo final.

—Me ibas a contar algo acerca de Visitación y de Paulino, creo. ¿Tal vez algún detalle que se te olvidó incluir en el documento que me habéis remitido al juzgado?… —dijo Bárbara, con toda la malicia que pudo juntar en esas dieciocho palabras. Le extrañó que Mónica no sonriera, como solía hacer en esas ocasiones.

—Ah, sí, ya ves tú… Ni que yo fuera Seshat, la diosa egipcia de la escritura. Algo he tenido que ver, pero lo hemos hecho entre varios.

—Es el profesor de francés, ¿verdad? —dijo Bárbara Valdés, de repente, al tiempo que se detenía para clavarle los ojos.

—Claro, él suele ser quien redacta los documentos, y el que…

—Por el amor de Dios, Mónica… Sabes perfectamente que no me refiero a eso: te estoy preguntando si es con ese hombre con el que engañas a Héctor.

Mónica Grandes iba a soltar una carcajada; o tal vez iba a hacerse fuerte en las ruinas, como un ejército cercado, o sea, a refugiarse en sus conocimientos, en un territorio al que la mayor parte de las personas con las que hablaba no podían llegar; iba a ponerse didáctica, a comparar a la jueza Valdés con Argos, a hablarle de sus cien ojos y de cómo siempre mantenía cincuenta abiertos, hasta que Mercurio le cortó la cabeza y Juno los cosió en la cola de un pavo real, lo que, en su opinión, demostraba que hay una línea recta que va de la perspicacia a la jactancia, y que no se puede ser sagaz sin vanagloriarse, y que la presunción siempre tiene su castigo… Pero todo eso pasó de largo por ella y, simplemente, se le hizo un nudo en la garganta y se echó a llorar.