Operación Gladio
Capítulo veinticinco
Salvador Silva (1910-1939 y 1959). Mientras Paulino vigilaba, Dolores había estampado eso en la cruz del Valle de los Caídos, con pintura roja y en un instante, rociando con un aerosol la cartulina en la que antes, en su casa, había escrito y luego recortado esa enigmática inscripción. El servicio de seguridad, que controlaba con cámaras todo el monumento, los detuvo cinco minutos después y avisó a la policía. Ahora, el matrimonio era conducido en un coche patrulla a El Escorial, para prestar declaración en comisaría. Por el camino, preguntaron si podían hacer una llamada y telefonearon a Mónica Grandes para contarle lo que sucedía.
Dolores y Paulino habían decidido hacer eso la noche antes, mientras cenaban, hartos de ver que el tiempo iba pasando y nada ocurría, que todas sus peticiones de justicia eran como palomas mensajeras ahogándose en el agua estancada de la burocracia. Desde la tarde en que tuvieron con Francisca Prieto, el profesor de francés y Mónica aquella conversación en la que la primera les anunció que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica había presentado una demanda ante la Audiencia Nacional, el segundo les dijo que estaba seguro de que lograrían rescatar los restos de su padre y la tercera les puso al corriente de la desaparición de Alicia Durán, ya habían transcurrido siete meses en los que hubo muchas promesas, la seguridad, en un momento concreto, de que estaban a punto de conseguir su objetivo y, finalmente, ningún resultado. La idea de hacer esa pintada en Cuelgamuros se les ocurrió al evocar aquel encuentro y acordarse de que ese día Paulino contó que había grabado a cuchillo los nombres de sus padres, Lucrecia y Abel, en uno de los chopos a cuya sombra descansan, en Cornellà del Terri, a veinte metros del río Fluvià. ¿Por qué no hacer lo mismo en la tumba apócrifa del impresor republicano? Al recordar el título que Alicia Durán le había puesto en su libro al capítulo sobre él, «Los dos entierros del camarada Salvador Silva», decidieron que poner tras su fecha de nacimiento las de su muerte y su traslado al Valle de los Caídos era un buen modo de denunciar la injusticia que sufrían y la tortura que significaba saber que su familiar estaba allí, secuestrado después de muerto, pero no se lo podían llevar donde querían, que naturalmente era al Cementerio Civil de Madrid, para que reposara junto a su mujer, Visitación. ¿A quién podía hacerle daño eso? ¿Qué derechos de otros vulneraba?
Después de la denuncia presentada ante la Audiencia Nacional, aquélla había seguido una serie de trámites y saltado de unas instancias a otras sin ningún resultado, pero con un pequeño éxito, que fue lograr que Patrimonio Nacional le confirmara que Salvador Silva estaba allí y que era una de las 21.317 víctimas que están identificadas: la inscripción del registro del 1 de febrero de 1959 dice que ese día llegaron al Valle de los Caídos, procedentes de Navacerrada, los restos de cinco personas, una sin identificar y las otras cuatro, entre las que se encontraba el padre de Dolores, con su documentación metida en una botella atada al pie, como era bastante habitual que ocurriese. Estaban localizados en el columbario número 274. Cuando esa información llegó a ellos, y mientras su mujer lloraba lágrimas agridulces, Paulino se quedó mirando esa cifra y dijo: «Fíjate qué casualidad: dos más siete más cuatro suman trece, igual que Salvador Silva».
Pero ¿de qué iba a servir eso, si la Audiencia Nacional había paralizado las exhumaciones que ordenó el juez Garzón de forma cautelar, justo a tiempo para impedir que se iniciaran, y muy poco después, con una velocidad y eficacia increíbles en un país donde la Justicia es de una lentitud exasperante, lo declararon incompetente para indagar ese asunto y fue perseguido con saña hasta que el Tribunal Supremo logró expulsarlo de su puesto e iniciar una implacable cacería contra él? Como tantos millones de ciudadanos, Dolores Silva y Paulino Valverde se habían quedado perplejos al ver el modo en que una parte sustancial de la magistratura se apresuró a cubrirle las espaldas al genocida, con una devoción sólo comparable a la que de principio a fin sintió por él la Iglesia católica, «siempre dispuesta a lamer la sangre de las espadas de los asesinos», según suele decir la joven Laura Roiz. No hacía falta irse muy lejos para darle la razón, bastaba recordar que en el año 2003, en la misa que, como cada 20 de noviembre, se ofició en la basílica del Valle de los Caídos en honor del atroz Caudillo, el abad afirmó ante la familia del general, dos ministros de sus Gobiernos, el coronel de la Guardia Civil que comandó el asalto al Congreso del 23 de febrero de 1981 y varios cientos de nostálgicos falangistas, que aquel lugar que «resume su espíritu como hombre y como cristiano», «no es el monumento a una victoria sino la lamentación por una guerra», y para concluir el sermón, quiso dejar en el aire un consejo con atmósfera de advertencia: «No abráis viejas heridas, no cavéis viejas trincheras ni desatéis vientos que presagian y traerán tempestades».
Después de ver cómo el Tribunal Supremo, sin duda con el beneplácito del Gobierno socialista, aniquilaba sin contemplaciones todas sus esperanzas, Dolores y Paulino quedaron destrozados: la costumbre de perder no hace menos amarga la derrota. Mónica Grandes solía llamarlos por teléfono desde el museo, para saber cómo estaban y para darles ánimos, y les mantenía al corriente de las iniciativas de la ARMH. Un día, por ejemplo, les contó que habían mandado una carta sobre el Valle de los Caídos a la Moncloa, en la que le preguntaban al Presidente «hasta cuándo va a seguir obligando el Estado a las víctimas de la dictadura a financiar con sus impuestos el mausoleo del responsable de la muerte de decenas de miles de civiles y de la persecución de millones de españoles», y en la que reclamaban que la necrópolis se convirtiese en un «lugar que honre el recuerdo de quienes fueron obligados a construirlo por la fuerza, como esclavos políticos», a la manera del Centro de Interpretación del Nazismo, en Núremberg; el Museo Gulag en Perm, Rusia, el del Holocausto en Jerusalén o el del Distrito Seis en Ciudad del Cabo, Sudáfrica; el Espacio para la Memoria, en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada, en Buenos Aires; la Casa de los Esclavos, en la isla de Gorée, en Senegal, o el Parque por la Paz Villa Grimaldi en Santiago de Chile. Por supuesto, no habían obtenido ninguna contestación. ¿Qué iban a contestar, si en el artículo 16 de su Ley de Memoria Histórica ya sancionaban que ese monumento «se regirá estrictamente por las normas aplicables con carácter general a los lugares de culto y a los cementerios públicos» y recalcaba que «en ningún lugar del recinto podrán llevarse a cabo actos de naturaleza política ni exaltadores de la Guerra Civil o de sus protagonistas». Es decir, que nada de museos ni centros de estudios: aquello era un camposanto y una iglesia, nada más. Aunque también siguió siendo el santuario de los fascistas españoles y de toda Europa. Ante tal despropósito, ellos y el resto de las organizaciones pertenecientes a la Federación Estatal de Foros por la Memoria intentaron endurecer su postura y habían celebrado varias concentraciones en Cuelgamuros bajo el lema «Verdad, Justicia, Demolición».
—Ha habido más de un intento de echarlo abajo, no te creas —le dijo a Bárbara Valdés su marido, una noche en la que, como tantas otras, hablaban del tema—. En agosto de 1962 explotó un artefacto en la basílica y como no sabían de dónde venían los tiros ni por dónde empezar a buscar, detuvieron a un estudiante de Ciencias Económicas que estaba fichado por repartir propaganda anarquista, pero que evidentemente no tuvo nada que ver en aquel ataque, lo acusaron de rebelión militar y lo condenaron a veinticinco años. En abril del 99, tras más de dos décadas de democracia, los GRAPO colocaron otra bomba en un confesionario y pasó un poco lo mismo: atraparon a una terrorista que ni mucho menos había sido la autora material del atentado, fue juzgada por un delito de «estragos terroristas» y le cayeron siete años. Y en 2005 ETA colocó otro explosivo junto al funicular que sube a los visitantes hasta la base de la cruz. Pero fueron ofensivas pequeñas, yo creo que más propagandísticas que otra cosa, hechas para llamar la atención, o para distraerla, no para derribarlo.
—Cosa que a ti no te parecería bien que se hiciera, ¿no? —preguntó la jueza Valdés—. O al menos eso le dijiste a Mónica en Cercedilla… Hasta me acuerdo de que comparaste a los partidarios de la voladura con los talibanes que destruyeron los Budas de Bamiyan.
—Y no he cambiado de opinión; por una parte, porque me parece que la dinamita nunca es un buen argumento y que destruir obras de arte te pone a la altura de Hitler, que quemaba los cuadros que no le gustaban, por ejemplo El pintor en el camino a Tarascón, de Van Gogh; y por otra, porque para mí no hay mejor modo de recordar lo patético, cruel, vengativo, inmisericorde, megalómano y hortera que fue aquel canalla, que visitar su mausoleo de imitación mientras recuerdas que lo puso en pie usando a doce mil esclavos como albañiles.
—¿Eso no vale para dejar allí a tu Salvador Silva? Las cosas son como fueron.
—Pues mira: no, para eso no sirve. De hecho, son cuestiones que no tienen nada que ver. Vaciar las fosas comunes es un deber moral y un acto de civilización, lo mismo que conservar una obra de arte: cuando un criminal de guerra asesina a un inocente y lo sepulta en una cuneta, hay que sacarlo de allí; y cuando un loco entra a la basílica de San Pedro y destruye a martillazos la Piedad de Miguel Ángel, hay que restaurarla. Así de sencillo.
Sin embargo, los jueces del Tribunal Supremo no compartían esa idea, y su defensa a ultranza del olvido y la impunidad dejaban en el más absoluto abandono a personas como Dolores y Paulino. Pero perder y rendirse son verbos distintos, y aquella noche, mientras volvían a repasar las historias de sus padres, recordaron a Visitación y Abel tratando de liquidar al dictador en el hospital de La Paz, para evitarles a todos los españoles demócratas la vergüenza de verlo morir en la cama sin haber llegado a pagar por sus miles de crímenes; y a él ahorrando toda su vida para comprar el molino de Cornellà del Terri donde estaba enterrada Lucrecia; y a los dos impresores componiendo en el monasterio de Montserrat los libros de Neruda, César Vallejo y Emilio Prados; y a Amparo, la enfermera que le escondió una pequeña insignia del Partido Comunista en la guerrera al general; y al propio Salvador dirigiéndose a la muerte con las siete letras de plomo de la palabra Machado en el bolsillo… Eran lecciones que ellos no tenían derecho a olvidar.
Subieron en tren a El Escorial, como habían ido durante tantos años a Navacerrada, cada 10 de enero, desde el regreso de Visitación y Dolores a España, para poner flores en la tumba vacía de Salvador. Después tomaron un autobús al Valle de los Caídos, donde ninguno de ellos había estado jamás, él porque su padre no quería ni oír hablar de volver a aquel mausoleo aborrecible que había ayudado a levantar trabajando prácticamente como un esclavo, en una de las cuadrillas del Plan de Redención de Penas por el Trabajo; ella, porque se había jurado que sólo pisaría ese lugar una vez, cuando fuese allí para que le entregaran los huesos del suyo. En vivo y recortado violentamente sobre el portentoso cielo azul de la sierra de Guadarrama, les pareció aún más horrible que en las fotografías, aunque también les impresionaron sus dimensiones, aquella grandiosidad conminatoria y fúnebre que lo impregnaba todo; los arcángeles del atrio; la basílica excavada en la roca; la nave central de la cripta, con su oscura solemnidad; los cuatro evangelistas, con sus ojos apocalípticos y sus animales simbólicos, y las cuatro virtudes teologales, la Prudencia, la Justicia, la Fortaleza y la Templanza; Juan y el águila, Marcos y el león, Lucas y el toro, Mateo y el hombre alado… Todos eran sus enemigos, monstruos adiestrados por el siniestro sepulturero que estaba allí enterrado y cuya tumba se negaron a visitar.
Se dirigieron al coro, con un ramo de margaritas, porque ésas eran las flores que Salvador solía regalarle a Visitación cuando eran novios e iba a buscarla a La Bordadora Española, el taller de costura del barrio de Lavapiés en el que ella, Petra Cuevas y otras mil mujeres hacían la ropa de las mujeres de la alta sociedad. Avanzaban entre sitiales de madera labrada y les pareció que sus pasos tenían un sonido sobrenatural, un eco de otro mundo. En los laterales, encontraron las ocho capillas que acogen los restos de las al menos cuarenta mil víctimas, aunque Mónica Grandes le había dicho que ellos calculaban casi el doble, llevadas a aquella necrópolis entre 1959 y 1983, que es la fecha del último apunte hecho en el registro. Le preguntaron a un benedictino si era posible acceder a los columbarios, pero les dijo que esa zona estaba cerrada y que su acceso era restringido, y ellos tampoco quisieron darle más explicaciones. Dolores Silva lloró silenciosamente y sintió que las lágrimas le quemaban la piel mientras miraba aquellos tabiques como si pudiera ver a su padre a través de ellos: en la imaginación las paredes son de cristal.
Después salieron de nuevo al exterior y tomaron el funicular que llevaba a la base de la cruz. Lo habían inaugurado en 1975, para sustituir el ascensor original, y en el año 2004 se gastaron dos millones y medio de euros en reformarlo. Al llegar a su destino, Dolores sacó su spray de pintura roja y su plantilla y estampó aquella leyenda en el granito, Salvador Silva (1910-1939 y 1959), y unos minutos más tarde, cuando descendían por el camino de la cara oeste, fueron arrestados. A los dos meses, el juez les impuso una multa de dos mil euros, la mitad como indemnización a los responsables de la abadía y el resto por daños al patrimonio cultural, lo que explica lo mucho que ha avanzado el país: en 1960, a un joven falangista recién licenciado en Magisterio que se atrevió a llamar traidor al Generalísimo durante un funeral celebrado en la basílica en honor de José Antonio Primo de Rivera, le torturaron en la DGS, lo condenaron a doce años de cárcel y lo enviaron a un batallón de castigo en el Sáhara. Dolores y Paulino pagaron la multa con sus ahorros, pero hasta el momento nadie ha borrado el epitafio de Salvador Silva. Es más, desde entonces, y tras la pequeña polémica que originó su iniciativa y que fue reflejada por algunos periódicos, entre otros el de Alicia Durán, han ido apareciendo otras inscripciones similares que misteriosamente no logran detectar las cámaras, por lo que se sospecha que tal vez se realicen de noche, o en connivencia con algún empleado, y que poco a poco van ascendiendo por la cruz, cuya altura es de ciento cincuenta metros. Todas siguen el modelo de la que hizo Dolores Silva, acaban con las tres fechas del nacimiento, la muerte y el segundo entierro de cada víctima y empiezan con su nombre: Walérico Canales, Flora Labajos, Celestino Puebla, Víctor Blázquez, Pedro Ángel Sanz, Emilio Caro, Mercedes Calatrava, Román González, Pedro Gil, Fausto Canales…
Algunos periódicos han repetido últimamente este titular: «Los republicanos saldrán del Valle de los Caídos en 2011», pero aunque muy pocas personas lo han creído, Dolores Silva y Paulino Valverde están entre ellas, porque a la hija de Salvador no se le olvida esa frase que, según su madre, él solía repetir para justificar su decencia, quitarle hierro a su valor o disculparse por su honradez: «Yo no tuve valor para rendirme, no lo tuve jamás».