Operación Gladio

Benjamín Prado · Capítulo 17 de 26

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Operación Gladio

Capítulo diecisiete

 

Dos días después de haber denunciado la desaparición de Alicia, Juan Urbano seguía sin saber absolutamente nada de ella, y ni la policía ni el director del periódico habían averiguado gran cosa. En el hotel de Florencia donde se alojó, en la Via Strozzi, la habían visto por última vez al regresar de su entrevista con el juez Baresi, hacia las once de la noche; eso lo afirmaba sin dudas uno de los recepcionistas, al que pidió que le proporcionara la clave para acceder a Internet y así mandar su trabajo por correo electrónico, como siempre hacía, a su propia cuenta y a la de Juan; pero nadie recordaba que hubiera vuelto a salir de allí; ningún otro huésped había coincidido con ella, a la mañana siguiente, en el desayuno, o en el gimnasio, o en el ascensor; ningún empleado le preparó su factura, ni cargó con su equipaje, que no estaba en su cuarto, ni le pidió un taxi para ir al aeropuerto. Y al avión, en cualquier caso, no llegó a subir, sobre eso no existían dudas porque lo había confirmado la compañía aérea: la pasajera Durán no voló de Roma a Madrid, ni ese día ni los siguientes. En cuanto a los colaboradores del juez Pier Luigi Baresi, tampoco volvieron a saber de aquella periodista española, tras el encuentro en el restaurante del hotel Regency: sencillamente, la cena llegó a su fin, se despidieron de ella en la Piazza D’Azeglio y no hubo más contactos, ni llamadas, ni mensajes. Alicia Durán se había evaporado y, buscases donde buscases, no había ni rastro de ella. Era igual que si se la acabara de tragar la tierra.

Mientras la angustia se extendía por él como el moho por una manzana cortada en dos, el profesor Urbano intentaba distraerse con sus clases en el instituto y trabajando en su libro sobre el timador Von Filek o, cuando se cansaba de él, en una edición crítica de Óxido, la primera y única novela de una misteriosa autora de la postguerra llamada Dolores Serma, que le había encargado una editorial universitaria; y entre una cosa y la otra, se sugestionaba a sí mismo para tratar de convencerse de que tarde o temprano todo tendría una explicación, y de ese modo poder seguir adelante con su vida, pero sin mucho éxito, porque pensar no le dejaba tener ideas y porque le pisaban los talones ciertas frases del libro de Alicia que daban a entender que algunas de las personas a las que entrevistó le habían transmitido una oscura sensación de amenaza; o porque de su lectura se sacaba la impresión de que la red Gladio seguía en activo, aunque fuera con otro nombre, y por lo tanto señalarla era correr un gran riesgo; o porque la imagen de la botella de Ca’Bianca Barolo, inadmisiblemente olvidada en su habitación, daba vueltas en su cabeza mezclada con aquellos datos que hablaban de casi mil periodistas asesinados tan sólo en la primera década del siglo XXI… Para empeorar las cosas, le avergonzaba que una parte de él no lamentase lo que ocurría sino el momento en el que pasó: «Justo ahora que estábamos a punto de separarnos —se decía, sintiéndose el rey de los egoístas—. Yo sé que suena mezquino, pero también que tengo parte de razón, aunque sea una razón inoportuna», pensaba, pero eso no le hacía sentirse mucho mejor: es difícil darle esquinazo a la mala conciencia. Y además había un pequeño detalle que, sin embargo, provocaba una gran alteración en sus sentimientos, y era aquel regalo lujoso y simbólico que Alicia le fue a comprar a la Cantinetta Antinori, según su interpretación para mandarle un mensaje: no te quiero perder. Recordó que habían hablado de ese vino durante su primera cita, de la lucha que mantenía con el Château Pétrus francés por ser considerado el mejor del mundo; y que él, al ver que el tema le interesaba, aunque pronto descubriría que, en realidad, a ella le atraía casi todo, porque su curiosidad y sus ganas de aprender eran insaciables —hasta el punto de que al hacerle un comentario sobre otras marcas y cosechas que le gustaban sacó una libreta y apuntó dos, el St. Jean Millesime de 2005 y el Quintarelli Amarone de 1998—, le contó cómo se hacía aquel oro rosso, con uvas de una variedad llamada nebbiolo, en viñas que deben plantarse en pendientes arcillosas que estén orientadas hacia el sol del atardecer y dándole un tiempo mínimo de añejamiento de tres años, en toneles de roble.

—Oye, ¿y tú por qué sabes tanto de eso? Yo esperaba que me hablases de literatura —dijo ella, abultando su asombro—. Ya sabes, la ironía en Quevedo, la tumba de Lorca, Unamuno y la Iglesia…

—Por razones de salud: tuve un problema en el intestino y el médico me prohibió las legumbres, la carne picada, la lechuga y las bebidas carbónicas, así que seguí comiendo lo de siempre y cambié la cerveza por el vino. Creo que he salido ganando.

—Bueno, al menos no te prohibió el tabaco y las mujeres.

—Ninguna de las dos cosas me hubiera importado, una porque ya no fumaba y la otra porque aún no te había conocido a ti.

Alicia lo miró con cierta severidad, fue a decir algo que no dijo, se sonrojó y se echó a reír. Él contempló aquella sonrisa como quien ve caer un muro.

El primer viaje que habían hecho juntos, seis meses más tarde, fue a Italia, al Piamonte, y estuvieron en la propia Barolo, pasearon por la antigua ciudad medieval, visitaron la Enoteca y el castillo Falletti, comieron en una trattoria frente a las colinas de la Bassa Langa, y luego, en un coche alquilado, hicieron turismo por Alba, Grinzane Cavour, Novello, Roddi, Verduno… Juan Urbano se pasó una mano por la cara, como si los recuerdos estuvieran escritos en ella con una tiza y de ese modo los pudiese borrar. Fue a la cocina, se preparó un café negro doble y se puso a trabajar en El vendedor de milagros. No era fácil saltar de aquella Italia romántica de sus primeros tiempos con Alicia a la España patética de la postguerra.

A pesar de todo, cuando a eso de las once de la noche sonó el teléfono, había logrado abstraerse escribiendo sobre los años cuarenta, el estraperlo, la desnutrición, las leyes de Redención de Penas por el Trabajo, los motores de gasógeno, las cartillas de racionamiento, los jerarcas que trataban de enmascarar las epidemias de tifus, sarna o tuberculosis con los delirios de la autarquía y los nombres altisonantes: Servicio Nacional del Trigo, Comisaría de Abastecimientos y Transportes… Estaba contento porque había encontrado un ejemplar de La Vanguardia que anunciaba a bombo y platillo, en su portada del 8 de febrero de 1940: «Dentro de ocho meses España producirá tres millones de litros diarios de carburante». La información explicaba que eso, además de solucionar los problemas energéticos del país, iba a convertirlo en una potencia económica a causa de las seguras exportaciones de aquel producto innovador, y que todo ello iba a ocurrir gracias al invento de un científico llamado «Alberto Elder von Filek, austriaco pero español de corazón», que había desarrollado un sistema capaz de convertir el agua en gasolina, mediante una fórmula secreta. Según el diario, aquel líquido mágico era de una calidad muy superior a la del petróleo, no engrasaba las bujías ni desgastaba los electrodos y, por añadidura, facilitaba el arranque en frío del vehículo. El creador del maravilloso carburante era devoto del Generalísimo, al que admiraba desde sus tiempos de África, y había sido torturado en las chekas de Madrid por negarse a entregarle su descubrimiento al enemigo: «Los rojos intentaron persuadirle para que colaborara en sus industrias de guerra, pero todo fue inútil». Juan se rió del lenguaje de opereta que utilizaba esa gente y reparó en esa absurda regla de estilo de los recaderos y porteadores del Régimen, sin duda entendida como un modo de afirmación patriótica, que consistía en traducir a nuestro idioma los nombres extranjeros, de modo que los libros, por ejemplo, apareciesen firmados por Guillermo Shakespeare, Juan Milton o Enrique Heine.

«Los infiernos son el paraíso de los truhanes —escribió—, y en aquél se movía a sus anchas un ejército de oligarcas desalmados y estúpidos a partes iguales, que lo mismo asesinaban a miles de personas indefensas, o justificaban esos crímenes, que prometían repartir un millón de zapatos a los indigentes o un kilo de arroz a cada ciudadano que, naturalmente, jamás llegaban a su destino; o que se dejaban engañar por cualquier farsante que les fuera con el cuento de que los fondos marinos y el subsuelo de España estaban llenos de petróleo y oro. El Jefe del Estado era también el generalísimo de los necios, hasta tal punto que después de descubrir las argucias de Von Filek y mandarlo a la cárcel, tras haberse creído que su coche y también algunos de los camiones que traían pescado desde el norte hasta la capital funcionaban ya, en pruebas, con aquel compuesto químico revolucionario, al poco tiempo volvieron a convencerle de que unos investigadores estaban a punto de conseguir un combustible hecho con una mezcla de carbón y pizarras bituminosas, aunque no se sabe si esta vez llegarían a echarlo en el depósito de su Mercedes 540 G4, regalo de Hitler, su Cadillac Fleetwood Brougham o cualquier otro de los vehículos de lujo que usaba».

Acababa de rematar esa frase cuando sonó el teléfono. Era el director del periódico en el que trabajaba Alicia. Había repasado sus entrevistas centradas en la Semana Negra y la que le hizo al juez Pier Luigi Baresi en Florencia, esta última porque se la envió Juan, pero también quería leer el manuscrito de su libro. Estaba dispuesto a publicar en primera plana que una periodista del diario había desaparecido, a seguir el asunto hasta sus últimas consecuencias y a hacer todo el ruido que fuese necesario, pero no sin antes saber qué era lo que ella había escrito. Juan le respondió que no podía darle ese material sin el consentimiento de Alicia.

—Discúlpame —le respondió el director, con una pincelada de impaciencia en la voz—, pero a las personas desaparecidas no se les puede pedir permiso para encontrarlas.

—Seguro, y tampoco se debe vulnerar su intimidad.

—Ya, pero no puedes pretender investigar algo y a la vez esconderlo, ¿no crees?

—Supongo que no.

—Y además, en cuanto sepa que ese libro existe, la policía también te lo va a pedir, como imaginarás. Y yo creo que es mejor que nosotros lo publiquemos antes, porque eso lo hará visible y les dará ganas de resolver el caso para ponerse una medalla en público.

—Es posible. Déjame que lo piense, ¿de acuerdo?

—Pues entonces, me temo que hasta que te decidas, no tenemos nada que hacer. No le puedes pedir a la policía que investigue un robo sin decirle lo que se han llevado los ladrones —dijo, siguiendo su costumbre de ilustrar sus frases con un ejemplo en forma de parábola.

—De acuerdo, te lo enviaré —dijo Juan, porque supo que aquel desalmado tenía razón, que era absurdo ocultarle ningún dato y que si al final todo era un simple contratiempo y Alicia regresaba a casa con una explicación, él también podría justificar que le hubiera dado el libro a su jefe y a la policía.

Nada más colgar, el teléfono fijo sonó otra vez.

—¿Eres Juan, el compañero de Alicia?

—¿Quién llama?

—Mi nombre es Mónica Grandes. Soy arqueóloga y voluntaria de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Conocí a tu mujer en la plaza de San Juan de la Cruz, la noche en que quitaron de allí la estatua del dictador.

—Ah, sí, Alicia me habló de ti. Te iba a hacer una entrevista, ¿verdad?

—Exacto. De hecho, me llamó justo antes de salir para Italia, se lo acabo de contar a la policía. Quedamos en vernos al día siguiente.

—¿Has ido a la policía?

—En realidad, han venido ellos a mí: al parecer, investigaron sus llamadas y vieron que el último número que marcó fue el mío. En fin, que no te quiero molestar, sólo ofrecerte mi ayuda para cualquier cosa que puedas necesitar.

—Te lo agradezco, Mónica.

—La verdad es que es un asunto muy raro. ¿Ha habido alguna novedad?

—Ninguna.

—¿Investigaba ella alguna otra cosa, aparte de lo de la Transición? Porque en este país hay mucha gente que no quiere hablar de eso, pero ¿tú crees que llegarían hasta el punto de eliminar a los periodistas conflictivos, como en Irán o en Rusia?

—Esperemos que no vayan por ahí los tiros, y que en este caso nadie haya eliminado a nadie.

—Ella estaba muy interesada en el caso de un impresor republicano llamado Salvador Silva, ¿te suena?

—Conozco la historia. He leído la entrevista que les hizo a su hija y a su yerno. Dolores y Paulino, si no me equivoco.

—Eso es. Y también fue a ver a la jueza que ha instruido el sumario. Nosotros nos ocupamos de ese asunto en la Asociación. El otro día abrimos la fosa común en la que lo enterraron en 1940, junto a otras cuatro personas, al pie de las tapias del cementerio de Navacerrada, y comprobamos que estaba vacía. La última vez que hablamos, invité a Alicia a que estuviese presente en la exhumación, y parecía tan entusiasmada con la idea que me extrañó que no apareciese por allí. Me dijo que si nuestras sospechas se confirmaban, en la tumba no había nadie y lográbamos demostrar que los restos fueron trasladados al Valle de los Caídos, veinte años más tarde, como los de otros miles de fusilados, ese episodio sería uno de los platos fuertes de su libro. ¿Cómo es posible entonces que no fuese, ni me llamara para que le contara lo que había ocurrido?

—Sí, es todo muy raro. Ojalá que se solucione pronto. Te agradezco mucho tu interés. ¿Le has contado todo esto a la policía?

—Naturalmente. No te molesto más, si quieres te dejo mi número de móvil, o me das el tuyo, como prefieras, para que podamos comunicarnos si hay alguna novedad.

—Por supuesto, el tuyo ya lo tengo registrado en éste, y ahora te hago una llamada perdida con el otro, para que grabes el mío. Oye, una curiosidad: ¿fue la propia Alicia quien te dio nuestro número fijo?

—Sí, me lo dio ella, según me comentó por si necesitaba decirle algo urgente y no la localizaba en el suyo. Espero que no te importe.

—No, en absoluto. Te lo preguntaba para saber el grado de interés que tenía en Salvador Silva y en el tema de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica: ya veo que era mucho y que quería que la tuvieses localizada. Me alegro de que estemos en contacto, Mónica: en estas cosas, cuanta más información, mejor.

Se despidieron y Juan hizo un intento de seguir con su novela, pero ya era imposible, porque la concentración se había desvanecido, y él era uno de esos escritores que sólo pueden progresar en su tarea cuando están ensimismados. Le gustaba esa frase de Antonio Machado que dice que en algunos autores lo mejor es «que la reflexión improvise y la inspiración corrija». Se puso a preparar sus clases del día siguiente en el instituto y, cuando acabó, a leer el recorte de otra de las entrevistas de Alicia publicadas en el diario, que no le dijo gran cosa, al menos no más de lo que ya sabía, aparte de hacerle reír melancólicamente al recordarle su estilo incisivo, que en esa ocasión tuvo que padecer uno de los líderes históricos del partido socialista: Isidoro Mercado: «Algunos españoles ganaron la guerra y todos la Transición».

 

Sobre su mesa de despacho hay una fotografía en blanco y negro de Pablo Iglesias y otra en color de él mismo con el Rey, y nada más sentarnos, uno a cada lado de ese escritorio, le pregunto si la distancia ideológica que separa esas dos fotografías es un reflejo de su evolución y la de su partido.

—En el mundo de la política, evolución es una palabra mucho mejor que involución o incluso que inmovilismo. En cualquier caso, déjeme que le diga que la primera pregunta de una conversación suele servir para romper el hielo, no para formarlo.

Después de decir eso me mira expectante, con los ojos entrecerrados, como quien ve tambalearse un blanco al que no ha acertado de lleno, y luego iniciamos la charla. Mientras argumenta, suele apartar la mirada de su interlocutor y fijarla en algún objeto cercano, más para concentrarse que en señal de incertidumbre, cosa que notas por el modo en el que remata las frases, con alguna sentencia contundente y clavándote los ojos de una manera entre persuasiva y conminatoria que parece decirte: harías bien en estar de acuerdo conmigo. Cuando te escucha, suele acariciarse la barbilla suavemente con los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha, dando a entender que medita lo que le dices y que va a evaluarlo con esmero antes de darte una respuesta. Y ese gesto no miente, porque su habilidad para convertir la cabeza de tus ideas en la cola de las suyas es legendaria.

—¿A cuántas cosas renunció su partido, durante la Transición, para hacerse con el poder?

—No renunció a nada, fue capaz de adaptarse a las circunstancias, que no es lo mismo. Renunciar es un acto de dejación y cambiar es un signo de inteligencia.

—¿No tuvieron que echarse a la derecha para adelantar a los comunistas y, una vez allí, moverse al centro, que es donde está el poder?

—En nuestras carreteras se adelanta por la izquierda, no por la derecha; y en nuestro partido también. Y en cuanto al poder, es mejor que lo busque a uno, en lugar de al contrario, porque eso significa que sólo lo quieres para gobernar a partir de tus principios, no a pesar de ellos.

—Sin embargo, los puntos número diez y dieciocho del programa con el que se presentó su partido a las elecciones de 1976 señalan, literalmente, que dos de sus objetivos esenciales tenían que ser «la conquista de la hegemonía entre la clase trabajadora» y «la búsqueda del poder».

—Exacto, y cuando tuvimos esas dos cosas, las utilizamos para hacer políticas de izquierda, para promover la libertad sindical, el derecho de huelga, la jornada laboral de cuarenta horas, la creación de un salario mínimo, la ley de divorcio, la mejora de la Seguridad Social, la objeción de conciencia… Por todo eso, que es una parte mínima de las transformaciones que emprendimos en aquellos años, y porque los españoles sabían que nosotros íbamos a cumplir con nuestros compromisos, es por lo que el Partido Socialista dio un salto tan grande y logró multiplicarse de tal manera que cuando se celebró el Congreso de Suresnes, en 1974, teníamos tres mil quinientos afiliados y ocho años más tarde ganamos las elecciones.

—¿A costa del Partido Comunista?

—Mire usted, yo creo que ya es hora de que en este país cada uno asuma sus responsabilidades y entre todos logremos zafarnos de esa clase de tópicos. ¿Qué quiere decir «a costa de…»? ¿Es una expresión que le quita legitimidad a nuestra tarea y minusvalora nuestros éxitos? ¿Es una acusación de juego sucio? Usted, cuando ve un partido de tenis o una carrera ciclista, ¿concluye que el ganador lo es a costa del perdedor? Me parece que ya nos han contado todas las historias de boxeadores a los que les han robado el combate que estamos dispuestos a oír. Y además, esas leyendas que quieren presentar a mi partido como una formación advenediza que le robó el electorado de izquierdas al PCE son un mito y una falsedad. Déjeme recordarle, por ejemplo, que en las revueltas estudiantiles de 1956, que todos los analistas señalan como el principio del fin de la dictadura, tan importante como el Frente de Liberación Popular comunista fue la Agrupación Socialista Universitaria. Como ve, nosotros ya estábamos ahí desde el comienzo.

—¿Y no cree que ese famoso principio del fin de la dictadura al que hace mención también es una fantasía? Porque eso ocurría en 1956 y el dictador se murió en la cama y veinte años más tarde.

—Pues no, no lo creo de ninguna manera. Lo que yo creo es que las cosas tienen unos orígenes, un desarrollo y una trayectoria. Y, de hecho, he mencionado ese episodio en particular porque si está trabajando sobre la Semana Negra quizá le interese saber que aquellas protestas también fueron el germen del neofascismo español, porque tras los desórdenes, el Régimen llegó a la conclusión de que convenía organizar un grupo violento que vigilase las facultades, y de ahí salió el grupo Defensa Universitaria, que más tarde pasaría a denominarse Guerrilleros de Cristo Rey, cuyo jefe, Mariano Sánchez Covisa, fue llamado a declarar como sospechoso en relación con la matanza de los abogados laboralistas de la calle de Atocha.

—Es un dato interesante. Y más si tenemos en cuenta que ese hombre era uno de los enlaces en España de los terroristas italianos de la Internacional Negra: dos de ellos lo acompañaban cuando fue detenido en Madrid por montar una fábrica de armas en la calle Pelayo. Pero los jueces lo dejaron libre, y también cuando fue incriminado por el asesinato del estudiante Arturo Ruiz; y una vez más tras el crimen de la calle de Atocha. Esa gente actuó con total impunidad y ninguno de los dos partidos que nos gobernaron durante la Transición, la UCD y ustedes, se atrevió a molestarlos demasiado.

—Nosotros lo que hicimos, hacemos y haremos es respetar a los tribunales. Y esa persona fue juzgada y cumplió las condenas que se le impusieron. Nada más. Un Gobierno democrático no manipula las leyes, las acata, tanto si comparte las sentencias como si no.

—¿Y no cree que de todo eso es lógico deducir que ustedes negociaron con esa gente democracia a cambio de impunidad?

—Un desvarío no puede ser lógico, de forma que la única respuesta posible a esa pregunta es: no. Se pueden hacer todas las especulaciones que se quiera, pero aquí, en el terreno de la política, no hay trampas ni intrigas ni conjuras, lo único que hay son proyectos políticos en los que confían o no los ciudadanos, sencillamente porque les merecen más o menos crédito. Y nosotros no debimos de defraudarlos mucho, como usted comprenderá, cuando nos mantuvieron doce años en el Gobierno con sus votos.

—Sin embargo, eso ocurrió a pesar de algunos incumplimientos por su parte. Por ejemplo, habían prometido desmantelar las bases militares estadounidenses y se declararon contrarios a nuestra entrada en la OTAN…

—Y convocamos un referéndum para preguntarles a los españoles qué querían hacer en esos dos casos, y ellos decidieron. Creo que los ciudadanos sabían que era muy importante estar junto a nuestros aliados y que resultaba de una importancia capital mantener unas relaciones cordiales con los Estados Unidos, que eran, son y serán una nación amiga. De todos modos, veo que avanzamos lentamente: sólo ha sustituido el «a costa de» por un «a pesar de». Hágame caso, no se fíe de sus ideas cuando esté de servicio, porque la animadversión no es compatible con la ecuanimidad, y se supone que los periodistas deben ser imparciales.

—¿No es verdad, en cualquier caso, que ustedes cambiaron de orientación para llegar al Gobierno? En 1979 renegaron del marxismo, argumentando que su partido debía «ser consecuente y abandonar ese término si aspira a ganar dos millones de votos». ¿El suyo no fue un viaje de la clase obrera a la clase media?

—¿Es que le parece mal eso que llama, creo intuir que con cierto menosprecio, «la clase media», que al fin y al cabo es la máxima expresión del bienestar equitativo? Por lo demás, es cierto que hubo un viaje: el que nos llevó de la dictadura a la democracia. Para hacerlo, nosotros y las demás fuerzas políticas tuvimos que atravesar un campo minado. Si usted trabaja sobre la Semana Negra sabrá muy bien que en aquellos momentos la amenaza de un golpe de Estado era palpable y muy virulenta. Y, además, que llegaba de todas partes. Esquivar el fuego cruzado del terrorismo y los extremistas no fue una tarea fácil.

—Tal vez porque no se quiso llegar hasta sus ideólogos y siempre se recurrió a la teoría del criminal espontáneo, el saboteador anarquista o los grupos ultras que actuaban por impulsos y sin planes. Delincuentes pequeños detrás de los que se ocultan organizaciones enormes como la CIA y su mano armada en Europa, la red Gladio.

—La fantasía no tiene límites, pero la ley llega sólo hasta donde se lo permiten las pruebas. Ésa es la diferencia entre una cosa y la otra y es también la base de la democracia. Lo demás son simples elucubraciones.

—¿Quiere decir que los servicios de inteligencia, los espías, las bandas paramilitares y el terrorismo de Estado, entre otras cosas, no son más que inventos de la prensa? ¿Nunca existieron la Internacional Negra, la red Gladio, la Guerra Fría y la estrategia de la tensión?

—Quiero decir que de todo eso hay muchas más leyendas que evidencias. Y añadiré que, en mi opinión, ni a la política ni al periodismo les conviene alimentarse de rumores.

—Ya sabe lo que se dice: el rumor es la antesala de la noticia.

—Tal vez en ocasiones lo sea, pero otras veces es la sala de máquinas de la calumnia.

—¿Supieron ustedes en su momento, o saben hoy, quién mató a los abogados laboralistas de la calle de Atocha?

—Debo responderle una obviedad: quienes los jueces dictaminaron que lo habían hecho. La sentencia dice que la matanza fue encargada por el secretario provincial de Madrid del Sindicato Vertical de Transportes y ejecutada por un comando ultraderechista.

—Ésos fueron los autores materiales del crimen, o al menos una parte de ellos. Le preguntaba por sus ideólogos.

—Mire, yo creo que no conviene quitarles a las cosas su importancia: hubo una investigación, unos encausados, un proceso y una sentencia. Muchos historiadores sostienen que aquello fue el primer juicio a la dictadura.

—Bueno, el problema es que también fue el último.

—No es verdad, y decir eso es menospreciar el coraje, el valor, la clarividencia y la generosidad extraordinarios que tuvieron los ciudadanos de este país para pasar de un régimen totalitario a un sistema de libertades, y los riesgos que corrieron muchos cargos públicos a la hora de ir tomando decisiones que desmantelaran poco a poco el entramado de la dictadura.

—Pero sin tocar a ninguno de sus jerarcas, a los que nadie ha sentado en un banquillo.

—Y en lo que respecta al juicio del caso Atocha —dice, levantando un poco la voz para que quede claro que deja aparte esa última cuestión, y después hace una pausa y se pone el dedo índice sobre los labios, lo mismo que si fuese a pedir silencio o tal vez se lo impusiera a sí mismo—, puedo asegurarle que nosotros vigilamos con enorme interés todos los acontecimientos relacionados con aquel suceso y recordarle dos cosas: la primera, que varios de los abogados que representaban a las víctimas eran militantes de nuestro partido; y la segunda, que en 1977 nosotros no estábamos en el Gobierno, y por consiguiente nuestro papel no podía ser otro que el de observadores.

—No lo estaban entonces pero sí en 1983, que fue cuando el jefe y un inspector de la llamada Brigada Antigolpe, el famoso inspector Medina, se pusieron a seguir el rastro de la ametralladora que había sido usada en el atentado; la identificaron como un subfusil Ingram M-10, de 9 milímetros Parabellum, perteneciente al Servicio Central de Documentación de la Presidencia del Gobierno y comprada en Atlanta, Estados Unidos; después descubrieron que había sido entregada a un terrorista italiano de Ordine Nuovo, y cuando iban a viajar a Roma con la intención de mostrarle las fotos de varios miembros de los servicios secretos españoles, para que identificase al policía que se la había dado, ustedes los destituyeron.

—Mire: en un Estado de derecho a los miembros de las fuerzas de seguridad los destituyen sus superiores, no el Gobierno. Y si esa investigación no siguió adelante, sería porque no se contaba con las evidencias necesarias.

—Yo le puedo dar una: ¿sabe quién le entregó la metralleta Ingram a uno de los jefes de la Internacional Negra, Vincenzo Vinciguerra? Según su propia declaración fue, precisamente, Mariano Sánchez Covisa, el jefe de los Guerrilleros de Cristo Rey, y éste la recibió de un agente del CESID.

—Pero de lo que dice un terrorista no se puede uno fiar mucho, ¿no cree? Esos individuos suelen cambiar de verdad con frecuencia.

—¿Ustedes sabían que detrás de ese crimen, o al menos en su fondo, estaban los servicios secretos norteamericanos y pensaron, otra vez, que era mejor cerrar los ojos, archivar el caso y no soliviantar a esa nación amiga que, por otra parte, fue tan amiga de la dictadura?

—En absoluto. Si eso hubiera sido cierto, la Justicia habría seguido adelante. Si no lo hizo fue porque no encontró ningún camino por el que avanzar. En cualquier caso, ni los tribunales españoles ni los italianos hablaron de la CIA sino, en todo caso, de algún grupo neofascista italiano.

—Eso es cierto pero no es toda la verdad. Efectivamente, el juez Pier Luigi Baresi, de Florencia, documentó la presencia de varios pistoleros de la Internacional Negra en España y «su aseverada participación en la conocida matanza de cinco abogados sucedida en 1977 en el barrio de Atocha de Madrid». Pero resulta que esa organización terrorista estaba manejada por Washington.

—Mire usted: yo lo que creo es que no tiene sentido regresar a todo eso para reescribirlo y lograr que la realidad se transforme en una novela de espías. Yo le recomiendo una visión más generosa del pasado, porque con ella se dará cuenta de que no conviene echar por tierra aquellos años que tienen más de admirables que de censurables y cuya consecuencia fue un país sin vencedores ni vencidos. El resultado es que hoy podemos afirmar que si algunos españoles ganaron la Guerra Civil y otros la perdieron, todos ganaron la Transición.

—¿Las víctimas de la ultraderecha también?

—Las víctimas siempre son un drama, pero nunca deben ser un sistema de medida. Su lugar es la memoria, no el futuro; y por consiguiente, están allí para honrarlas, no para ser vengadas.

—Ellas y sus familias no hablan de venganza, sino de rehabilitación.

—Y eso se ha hecho, y se continúa haciendo. Ahí tiene usted, para demostrarlo, la Ley de Memoria Histórica, que es el tipo de iniciativa que sacamos adelante los socialistas cuando tenemos el privilegio de que los votantes nos otorguen su confianza.

—El juez Baresi, por volver al asesinato de los abogados laboralistas, se ha quejado oficialmente, en numerosas ocasiones, de la absoluta falta de colaboración de su Gobierno en ese caso. Afirma que cuando les pidió informes relativos al crimen de la calle de Atocha y a la conexión entre los pistoleros de Ordine Nuovo y la policía española, ni siquiera recibió respuesta.

—Pues si la Justicia española no pudo, por la razón que sea, ayudarle en sus pesquisas, será porque no estaba en su mano. O porque lo que pedía era imposible: el mundo está lleno de gente que se queja de que no le den lo que no existe.

—El otro sospechoso de haber sido el italiano que apretó el gatillo de la Ingram M-10 en el despacho de los abogados laboralistas de la calle de Atocha es Carlo Cicuttini, y los jueces italianos han acusado a su Gobierno de evitar su extradición y de protegerlo.

—Ni el Gobierno del que formé parte ni ningún otro de la democracia ha protegido a delincuentes, de eso estoy seguro.

—El juez veneciano Felice Casson afirmó en su día que las pesquisas judiciales para esclarecer la matanza de Peteano se vieron «al principio del proceso muy dificultadas por la negativa a entregar a Cicuttini por parte de las autoridades españolas, que en junio de 1987 firmaron su orden de expulsión y después no llegaron a ejecutarla debido a que éste adquirió la nacionalidad española, tras casarse con la hija de un general de brigada del Ejército español».

—Pues mire, como usted sabrá que en los Estados de derecho los poderes ejecutivo, legislativo y judicial son independientes, podrá deducir que si la ley le otorgaba esa prerrogativa, el Gobierno no estaba en condiciones de impedirlo —dice, en un tono que delata que contiene a duras penas la irritación, como quien tira de la correa de un perro enfurecido.

—Pero unos documentos desclasificados del CESIS que se entregaron al Parlamento italiano revelan que ustedes acordaron con ellos, en 1986, expulsar a Cicuttini a Alemania, de donde sería posteriormente llevado a Roma, pero que después lo incumplieron. ¿Fue para ganar tiempo hasta que se les ocurrió el truco de la boda?

—Tenga cuidado —dice—, porque cuando los periodistas saltan de la información a la intoxicación pierden por el aire toda la credibilidad. La realidad no es una película de espías.

—Pero la realidad es que Italia pidió dos veces la extradición de Cicuttini y que en ambas ocasiones ésta fue rechazada por la Audiencia Nacional, por estimar que sus delitos se beneficiaban de la amnistía dictada en octubre de 1977 para lograr la reconciliación entre los españoles.

—Y así era, sin duda, si nuestros tribunales así lo dictaminaron. Lo que no se puede esperar es que exista una ley a la carta, en la que según lo que les interese a unos u otros el Código Penal cambie de dirección y de sentido. Una amnistía general es un riesgo, claro que sí, pero creo que en el caso de nuestro país no hay más que ver dónde estábamos y adónde hemos llegado para darse cuenta de que mereció la pena correrlo.

—Otro magistrado de Módena, Alberto Bertoni, aseguró al diario El País que la negativa española a entregar a Cicuttini se debería a que «sabía demasiado en torno a la guerra sucia contra ETA».

—Se lo voy a repetir: ese tipo de especulaciones no merece siquiera un desmentido, ni un análisis, ni tan sólo un minuto de conversación. Pero déjeme que añada algo más, y es que en temas como el del terrorismo no es conveniente hacer juegos de manos, ni frivolizar.

—Un documento confidencial de la Brigada de Información Interior, fechado en 1983, recuerda que cuando Cicuttini fue detenido e interrogado, admitió haber trabajado para la policía española «llevando a cabo en Francia tareas de seguimiento y observación de activistas de ETA y una serie de atentados contra ellos».

—Pero usted comprenderá que por lo común los condenados hacen dos cosas en la cárcel: cumplir su pena y buscar disculpas. Y yo creo que es tan importante que los jueces acierten en lo primero como que los medios de comunicación no se equivoquen en lo segundo.

—¿Su Gobierno tenía tanto interés en ser aceptado como miembro de la OTAN que se podría decir que sacrificó, entre otras cosas, a los abogados de la calle de Atocha? Tal vez es que no puede uno darles la mano derecha a los Estados Unidos y con la izquierda señalarles la CIA.

—Naturalmente que puede usted decir eso, y también cualquier otra cosa que crea conveniente. ¿Sabe por qué? Pues porque gracias a los esfuerzos y los sacrificios que todas las fuerzas políticas y casi todos los ciudadanos de este país hicimos durante la Transición, hoy en día vivimos en un Estado de derecho y disfrutamos de la oportunidad de expresar libremente cualquier opinión, por disparatada que ésta resulte.

Y con ese latigazo verbal, que suena tan irrevocable como el martillo de un subastador en una puja, Isidoro Mercado se levanta, tensa los labios de un modo que no deja muy claro si intenta reprimir una sonrisa o forzarla, rodea la mesa que nos separaba y me tiende la mano, con el brazo muy recto y los dedos muy extendidos, lo cual le permite tomar la iniciativa y ser afectuoso al tiempo que marca las distancias. La entrevista ha llegado a su fin, pero yo aún guardo una última pregunta, que me atrevo a hacerle en el último instante:

—Sólo una cosa más: ¿el PSOE se asustó con la espiral de violencia que hubo durante la Transición y en 1981 pactó con la Casa Real y con los otros partidos que se oponían a la UCD el intento de golpe de Estado del 23 de febrero? Se dice que ustedes apoyaban un Gobierno de concertación presidido por el general Armada y en el que el secretario general de su partido iba a ir de vicepresidente.

Pero Isidoro Mercado no responde, sino que se limita a mover la cabeza en señal de desaprobación y de incredulidad, y le pide amablemente a una de sus empleadas que me acompañe a la salida. Hay temas e instituciones por los que en nuestro país aún es mejor pasar de largo.

 

Juan acabó la lectura de ese texto y mientras volvía a poner en su sitio aquellas páginas del periódico que Alicia había recortado y guardado escrupulosamente, igual que todo lo que publicaba, en un archivador que tenía en su cuarto de trabajo, cerró los ojos y negó con la cabeza, lamentándose por la evidente agresividad que destilaban algunas de sus preguntas, tan incisivas y por momentos tan atosigantes que en ocasiones parecían más propias de un interrogatorio que de una entrevista y, por extensión, lograban convertir a su interlocutor en sospechoso, les ponían una mancha o un cerco de duda a sus palabras, en las que siempre parecía faltar algo, uno de esos detalles que precisamente por ser invisibles son ostensibles y te alertan desde su ausencia, del mismo modo en que una sombra en la pared llama la atención sobre el cuadro, el espejo o el mueble que se ha retirado de allí. Era muy difícil que los personajes a los que ella se enfrentaba te pareciesen de fiar, gente digna de confianza, se dijo, temiendo que esa insolencia suya le hubiese buscado la ruina. Pero, por otra parte, no dejó de admirar su trabajo, el rigor con el que lo preparaba y el alarde de documentación que se dejaba entrever en cada una de aquellas conversaciones que, en realidad, había sacado de la nada, partiendo de cero cuando empezó a publicar su serie en el diario, porque por su edad y sus intereses, y más aún en aquel momento en el que lo que quería era cambiar de vida y montar su famoso hotel en la sierra, aquellos episodios de la Transición le quedaban muy lejos. Alicia era una buena profesional cuyo único error consistía en plantear su profesión como una pelea de la verdad contra la mentira. Cruzó los dedos para que no se tratase de un error fatal.