Para ti, mi cielo (Spanish Edit
Capítulo 1
Lucía se desperezó en el asiento trasero y miró a través de la ventanilla.
La vista le arrancó una sonrisa. Sus ojos recorrieron los muros encalados, tan blancos que refulgían bajo la luz del sol. La amplia terraza rodeaba la planta superior, desde la que se veía el mar; y los arcos de ladrillo, sostenidos por columnas, daban paso al hermoso jardín y la piscina.
Sí, definitivamente sentía que estaba de vacaciones.
Era sábado, a finales de junio. El día era luminoso y la sal y la humedad, por la cercanía del mar, se pegaban a su piel. Acababan de llegar a San Roque.
La casa se llamaba La Canela. Sus padres la compraron cuando su hermano Diego tenía seis años y ella tres. Siempre habían estado enamorados de aquel rincón desde que lo encontraron, casi por casualidad, en uno de sus viajes siendo aún novios. Estaba situada en una zona tranquila, al final de un paseo que bordeaba la playa del Salazar. Cuando la vieron por primera vez estuvieron seguros, al instante, de que era lo que estaban buscando. Desde entonces todas las vacaciones las habían pasado en aquella casa.
La cálida luz de la mañana entraba por la ventana. Lucía aún estaba deshaciendo las maletas, lo que le daba a su habitación el aire de un pequeño bazar, con montones de ropa y zapatos apilados por todas partes.
Un golpe en la puerta la hizo girarse y allí, sonriendo, estaba Sara.
—¡Bienvenida preciosa!
—¡Sara! Te he echado de menos.
Ambas amigas se fundieron en un gran abrazo.
Las dos chicas eran amigas desde hacía media vida, como decían ellas.
Se habían conocido, por casualidad, un verano cuando tenían diez años.
Lucía se había caído con la bicicleta y Sara y su padre la socorrieron. Tenía el brazo roto y estaba muy asustada, pero Sara le sostuvo la mano todo el camino mientras le contaba historias de valientes princesas para tranquilizarla. Desde ese día eran inseparables.
—Vaya, estás guapísima. Parece que hace una eternidad que no te veía.
¡Qué cambió chica! —dijo Sara mientras hacía girar a su amiga para verla completamente—. Este invierno te ha sentado de maravilla.
A sus diecinueve años, recién cumplidos, Lucía era alta y delgada; demasiado delgada, pensaba ella habitualmente. El pelo rizado color chocolate, al que el sol arrancaba reflejos de color dorado, enmarcaba un rostro dulce y hacía destacar unos bonitos ojos verdes, bordeados de unas espesas pestañas oscuras.
Hasta el verano anterior se la veía un poco desgarbada, insegura en su cuerpo, pero en los últimos meses esa actitud parecía haber desaparecido.
Caminaba erguida, con los hombros echados hacia atrás y un ligero movimiento de caderas. El pelo le había crecido hasta la mitad de su espalda y le caía como una cascada, en suaves ondas chocolate y miel. Y en su expresión se revelaba una seguridad de la que antes carecía.
—Tú también estás preciosa —repuso Lucía con una sonrisa.
Sara era todo lo opuesto a Lucía, era menuda y tenía suaves curvas en las caderas y la cintura. Su pelo era totalmente liso, del color del oro viejo y tenía los ojos de un azul cristalino.
Hacían una curiosa pareja.
—Bueno, ¿qué planes tienes para hoy? —preguntó Sara dejándose caer distraídamente sobre la cama.
—Aparte de terminar de colocar todas mis cosas no tenía pensado nada especial, quizá ir un rato a la playa, no sé —contestó Lucía mientras se ponía una camiseta de tirantes blanca, que contrastaba con su pelo y su piel morena, encima de unos pantalones cortos de una suave tela azul marino.
—Yo he quedado con Mario en pasar por La Sal, ¿por qué no vienes?
Seguro que se alegra de verte —sugirió con un deje de humor en su voz
—Seguro —repitió Lucía con ironía.
Podía imaginar su cara de alegría. Habían transcurrido casi dos años desde que Sara y él comenzaran a salir y la relación entre Lucía y el novio de su mejor amiga no había mejorado ni un ápice. Mantenían las apariencias; eso sí, para cualquiera que prestase un poco de atención sería evidente que su relación era más bien una no relación. Interactuaban lo justo.
Sara decía que, a veces, parecían dos niños que no quisieran compartir su juguete preferido, lo que no podía evitar que le hiciera cierta gracia.
La verdad es que es un sitio agradable, pensó Lucía mientras se acercaban hacia la plaza donde se ubicaba La Sal. Mario trabajaba allí como camarero. Normalmente alternaba el trabajo con sus clases, estudiaba Derecho en la universidad, aunque en vacaciones trabajaba a jornada completa.
La terraza estaba situada en el casco antiguo de San Roque y tenía cierto aire chillout, con sus butacas de aluminio blanco, con enormes cojines, y sus delicados toldos en color arena.
Desde que Sara y Mario estaban juntos se había convertido en el punto de encuentro y el lugar donde pasar las horas.
Se acomodaron en una de las amplias mesas esperando a que les tomaran nota. La plaza estaba tranquila a pesar de ser sábado, solo unas pocas personas transitaban por la calle. Una pareja que conversaba en la mesa de al lado y ellas eran los únicos clientes en ese momento. Lo más probable era que casi todo el mundo estuviese en la playa.
Mientras miraba distraídamente a su alrededor Lucía notó que su amiga esbozaba una enorme sonrisa por lo que supuso que Mario se acercaba a su mesa.
—Hola, amor.
—Hola, preciosa —Mario depositó un suave beso en los labios de Sara y se giró hacia ella con una sonrisa.
—Lucía, cuánto tiempo —rápidamente la besó en ambas mejillas—.
¿Qué tal todo? ¿Cómo te ha ido el invierno?
—Bien, tranquilo. Ya sabes, estudiar mucho, salir poco...
Ese año Lucía había comenzado Historia del Arte. La seducía la idea de intentar entender la visión del mundo de nuestros antepasados a través de las ideas o emociones que estos plasmaban en sus obras. Le apasionaban sobre todo los artistas clásicos italianos. Estaba feliz con su decisión, aunque tenía que aguantar constantemente las bromas de su hermano acerca de que con esa carrera se iba a morir de hambre. Diego, que era un chico de ciencias, estudiaba Ingeniería Industrial, no podía ser de otra manera.
—Bueno, pues te ha sentado bien. Estás guapa.
—Muchas gracias —respondió Lucía con cierto rubor.
Mario apuntó lo que le habían pedido y se encaminó hacia la barra.
—¿A que está guapísimo? —suspiró Sara girándose para mirarle mientras se alejaba.
—Ya sabes que no es mi tipo, pero a ti siempre te parece que está perfecto —replicó Lucía sonriendo abiertamente a su amiga.
Podía decir que, más que guapo, Mario era un chico atractivo. Debía medir sobre el metro setenta y cinco y era delgado. Su pelo era rubio, más oscuro en las raíces, y lo llevaba largo a la altura de la barbilla. Tenía los ojos color miel y unos rasgos delicados, demasiado para el gusto de Lucía;
«demasiada cara de niño bueno», solía contestarle a Sara siempre que le preguntaba. Sin embargo, Sara se había quedado embobada con él desde el primer momento.
Mario volvió y depósito dos Coca colas light sobre la mesa.
—Esta noche hay una fiesta en la casa que tiene mi amigo Rober en la playa, ¿nos vemos allí cuando salga? —se sentó en un brazo del sillón en el que estaba Sara.
—Por mi estupendo. ¿Te animas, Luci?
—No sé —dudó—, tengo cena familiar esta noche y no sé a qué hora acabaré.
No estaba segura de querer pasar toda la noche sola con Sara y Mario haciéndose arrumacos.
Sara la miró e insistió.
—Vamos, Luci… Seguro que lo pasamos bien.
—Luego hablamos entonces, tengo que seguir trabajando —Mario se inclinó y besó fugazmente a Sara en los labios. Dio media vuelta y se marchó.
—Bueno, ¿entonces qué? ¿Vas a venir? —insistió Sara Antes de que Lucía pudiese responder una voz de chico a su espalda la interrumpió.
—Hola, Sara, cuánto tiempo sin verte —la voz era profunda y tenía cierto aire burlón.
—Sí, una barbaridad, desde ayer sobre estas horas en el mismo sito —
murmuró Sara con fastidio.
—¿No me invitas a sentarme? —el tono de burla seguía allí.
—Por supuesto que n… —comenzó Sara, no obstante el chico ya estaba dejándose caer en el sillón situado enfrente de Lucía.
—Hay que ver qué poca educación —chasqueó la lengua—. No me invitas a sentarme, ni me presentas a tu amiga. Me llamo Alex —Clavó en Lucía unos felinos ojos verdes.
—Yo soy Lucía —se presentó y, acto seguido, dirigió su mirada interrogante hacia Sara.
—Es mi vecino, provisionalmente. Este año Alex está pasando las vacaciones en la casa de al lado de la mía, es el nieto de Ana —explicó esta con resignación.
Lucía volvió la mirada hacia el chico y le observó con curiosidad. Estaba recostado en la butaca de manera descuidada, con sus largas piernas estiradas y jugueteaba distraídamente con un teléfono que sostenía en su mano. Vestía unos vaqueros azules desgastados, camiseta blanca y zapatillas deportivas Adidas, blancas y verdes. Todo en él tenía un aire casual. Su pelo oscuro, brillante y ondulado descansaba sobre su frente casi como si se acabase de levantar.
La mirada de Lucía se detuvo en su mano que ahora apoyaba relajada sobre la mesa. Tenía dedos largos y una suave piel morena. En conjunto era atractivo, pensó sin darle mucha importancia.
—Creo que no te había visto nunca por aquí.
—Si así hubiera sido me recordarías seguro, no soy fácil de olvidar —
contestó él con media sonrisa y aire de suficiencia—. Sin embargo, yo a ti sí te recuerdo; claro que lo que veo ahora me gusta mucho más —su mirada la recorrió sin ningún disimulo—. Nada que ver con la niña larguirucha que jugaba en el patio de la casa de Sara.
La mirada incómoda de Lucía se clavó en Sara que se encogió de hombros.
—Alex, podrías dejar de ser tan… tú y ser más amable, por favor —pidió irritada.
Los ojos del chico destellaron y su sonrisa se ensanchó. Sin embargo, cuando volvió a hablar su tono era más suave.
—Lo cierto es que hacía una temporada que no venía a San Roque, aunque parte de mi infancia la pasé aquí. Cuando nos mudamos seguía viniendo todas los veranos y las fiestas a casa de mi abuela. Desde hace unos dos años no había vuelto —su tono era desapasionado, pero cierta tensión apretó su mandíbula.
La curiosidad asomaba a los ojos de Lucía y estaba a punto de preguntar cuando, por un instante, una sombra cruzó la mirada de Alex. Decidió que sería mejor dejarlo estar.
—Bueno, y ahora que ya os he entretenido un rato con mi apasionante vida es el momento de que me marche; mis obligaciones me reclaman —se puso de pie con la elegancia de un gato y, resueltamente, se dirigió hacia la barra desde donde dos chicos le observaban con cierta curiosidad.
De repente se detuvo, como si acabase de darse cuenta de que olvidaba algo importante Retrocedió hasta la mesa y rozando apenas con sus labios la mejilla de Lucía, susurró con voz queda:
—Ha sido un placer conocerte, princesa.
Alex se acercó a los chicos que esperaban en la barra. Ambos vestían camiseta de manga corta y bermudas.
—¡Eh! ¡Vaya horas de llegar! —saludó.
—Pues no tenías cara de que te estuviera importando mucho esperar.
¿Quiénes eran esas? —el chico que preguntó era corpulento, algo más bajo que Alex, y le contemplaba con los ojos entornados desde detrás de sus gafas.
—Nadie importante, solo pasaba el rato —distraído, apoyó los codos inclinándose sobre la barra, con la mirada fija en algún punto de la pared de enfrente.
—A la rubita la conozco, es tu vecina, se llama Sara, ¿no? —apuntó el segundo chico, apartándose el rizado pelo castaño de la cara.
Alex no contestó y el silencio los envolvió durante un instante. Como si acabase de despertar de un ligero sueño sacudió la cabeza e inspiró.
—¿Qué? ¿Vamos a estar aquí todo el día? ¿No habíamos quedado en la playa para jugar un partido?
—Esa era la idea —media risa se adivinaba en el rostro del chico de las gafas—. Pero como hemos llegado y te hemos visto tan cómodo pensábamos que quizá los planes habían cambiado.
—Déjate ya de tanta risita y vamos a la playa, o ¿es que tienes miedo de que te vuelva a dar una paliza? —repuso Alex pasando un brazo con afecto alrededor del cuello de su amigo mientras se dirigían fuera de La Sal.
Lucía se despidió de Sara, no sin que antes, y tras mucho insistir, esta consiguiese que prometiera que la acompañaría a la fiesta de esa noche.
Caminaba sin prisa por el paseo hacia su casa. Hacía un día cálido, a pesar de estar ya en el mes de junio. El sol le calentaba la piel haciéndole sentir un ligero cosquilleo como si de una caricia se tratase. Aun siendo sábado, la zona de la playa que llegaba hasta su casa estaba bastante tranquila.
Contempló a varias familias con niños pequeños jugando bajo el sol y haciendo construcciones en la arena, probablemente el agua del mar estaría aún fría para bañarse.
Pasó tras el arco de entrada y, bordeando la casa, se dirigió hacia la puerta que daba a la terraza de la cocina. Divisó varias figuras y escuchó el eco de risas. Abrió la puerta y entró.
El sol se colaba a raudales por la ventana de la cocina, iluminando la amplia estancia y templando el ambiente. En el aire flotaba el olor del pan y algún tipo de pescado se estaba cocinando en el horno.
—¡Hola! ¿Qué hacéis? —Lucía se acercó y besó a su madre y a su hermano que charlaban animadamente sentados a la mesa, con dos vasos de una bebida fría en la mano.
—Tu hermano me estaba contando la aventura del fin de semana pasado en Asturias.
Observó a su madre. Se la veía relajada con la sonrisa aún en el rostro, el pelo moreno recogido en un nudo improvisado en lo alto de la cabeza.
Vestía un caftán blanco de algodón sobre su bañador, le hacía parecer más joven, pensó Lucía.
—¿Qué tal fue la mañana? ¿Te has divertido con Sara?
—Sí, ha estado bien. Fuimos a La Sal a tomar algo, tenía muchas ganas de verla.
—¿Y qué tal tu amigo Mario? —inquirió Diego con una mueca irónica.
—Sorprendentemente amable —contestó ella.
Mario y Diego tenían la misma edad. Solían ir con la misma pandilla hasta que Mario había empezado a salir con Sara. Ahora solo coincidían de vez en cuando. Nunca habían sido íntimos, pero tenían una buena relación a pesar de que Diego no aprobaba ciertos comportamientos.
—Bueno, eso es buena señal. Quizá haya madurado este invierno —dijo sin mucha convicción.
—Por cierto, y ya que hablamos de madurar —comenzó Lucía—, esta noche hay una fiesta en casa de un amigo de Mario, en la playa, y hemos quedado allí con él. ¿Podría llegar un poco más tarde, mamá?
Todo el invierno había sido una verdadera batalla campal entre Lucía y su madre. Uno de los motivos que más discusiones causó fue la hora de llegada a casa. Lucía defendía su postura de manera tan vehemente que normalmente terminaban discutiendo. Tampoco ayudaba mucho que su padre hubiera pasado casi todo el año viajando por trabajo, ya que hacía que su madre fuese mucho más estricta.
Lucía la observaba expectante mientras su madre reflexionaba durante un minuto.
—Está bien —accedió—. Pero que alguien te acompañe de vuelta a casa,
¿de acuerdo?
—No hay problema, Sara y Mario me traerán —aseguró Lucía con una sonrisa radiante.
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