Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Monica Maier · Capítulo 4 de 19

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Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Capítulo 4

Diego giró la manilla y la puerta comenzó a subir con un quejido. Los tres chicos echaron una mirada al atestado garaje.

—¡Dios, esto es un basurero! —exclamó Lucía con un gesto de desagrado.

—No seas quejica hermanita.

Diego entró y depositó varias bolsas repletas de botes de pintura, rodillos y brochas de diferentes tamaños en el suelo.

—Es cierto, no es para tanto —Sara avanzó hasta colocarse a su lado con un rollo de papel de pintor bajo el brazo—. Solo hay que limpiar, poner un poco de orden y como nuevo. Además, pintar es muy divertido —parecía entusiasmada.

—¿Divertido? ¿Pero tú de qué planeta vienes? —dijo Lucía con desconcierto—. Lo que es, es un asco. Todo está sucio y seguro que lleno de bichos, ¡puaj! —cogió una especie de manta con dos dedos mirándola como si en cualquier momento le fuera a saltar encima.

—Venga, Luci. Deja ya de hacer pucheros y ayúdanos a mover estas cajas. Cuanto antes empecemos antes terminaremos.

Miró a su hermano y a Sara que ya habían empezado a sacar bultos y a depositarlos en el pavimento fuera del garaje y resignada se acercó a un montón de cajas.

La tarde pasó rápida y para la hora de la cena el garaje estaba libre de trastos. Lucía miró satisfecha al interior.

—Bueno, pues ya está.

—Sí, yo creo que por hoy hemos cumplido —Sara se detuvo a su lado admirando complacida el resultado.

—Entonces vayamos dentro y démonos un ducha —Lucía tironeó a Sara del brazo y las dos juntas se encaminaron hacia la casa.

Tras la ducha, Lucía se vistió y se dirigió a la planta baja. Cuando entró en la cocina Diego ya estaba allí. Su pelo castaño, aún húmedo, caía sobre

su frente y llevaba puestos unos vaqueros desgastados y una camiseta azul de manga corta. Estaba apoyado en la encimera mirando a través de la ventana, totalmente absorto en sus pensamientos. Su gesto era apacible.

Una oleada de cariño la invadió mientras le miraba.

La relación con su hermano siempre había sido especial. Diego y ella estaban muy unidos. Solo se llevaban tres años, sin embargo, su hermano siempre era como su ángel guardián. La protegía como si de un león con su cría se tratase, intentando que nada ni nadie la dañaran. Su carácter cariñoso y amable hacía que fuera un puerto seguro en el que refugiarse, en todo momento dispuesto a escuchar y a ayudar. Lucía le quería profundamente.

Al oír sus pasos dirigió su mirada hacia ella esbozando una sonrisa.

—¿Qué? ¿Cansada, hermanita?

—Agotada, me duele hasta el último músculo de mi cuerpo.

Se dejó caer en una silla.

—Pues no te des por vencida aún, que mañana tenemos que empezar a pintar —repuso divertido.

—¿Y no podrías hacerlo tú solo con Sara? —preguntó esperanzada—. Al fin y al cabo a ella le parece divertido.

—Ni de coña, ya te dije que esta vez no te escapabas.

Le dio un suave achuchón. Lucía resopló.

La puerta de la cocina se abrió y Sara apareció tras ella.

—¿Es que no se cena en esta casa? Estoy hambrienta.

Lucía y Diego se echaron a reír. Sara siempre tenía hambre. Podía comerse dos hamburguesas y a los veinte minutos hacerles buscar una pastelería para comprar cualquier cosa de chocolate. Se pasaba el día devorando toda clase de porquerías. No sabían dónde lo metía.

—Pediré una pizza.

Diego descolgó el teléfono y marcó el número de la pizzería.

—¿Qué os parece si luego vemos una peli? —sugirió Sara.

Lucía miró a su amiga extrañada.

—¿No has quedado con Mario?

—No, aún no se encuentra bien del todo y prefiere descansar después del trabajo —se encogió de hombros.

Vaya. Lucía estaba sorprendida, era rara la noche que Sara y Mario no se veían.

—La pizza vendrá en unos veinte minutos —anunció Diego dejando el teléfono sobre la mesa—. La verdad es que esta podía haber sido una noche perfecta —dijo con aire soñador—. Después de todo ya tengo dos de las tres pes: la peli y la pizza.

Sara sintió curiosidad.

—¿Y cuál es esa tercera pe?

—¿De verdad quieres saberlo? —Diego alzó una ceja, su tono era juguetón.

Un gesto de reconocimiento asomó por la cara de Sara que soltó un pequeño grito.

—¡Dios, Diego! ¿Tú también? Y yo que creía que eras la excepción que rompía la regla.

—Qué quieres, tengo veintidós años, ¿en qué voy a pensar mejor que en eso? —le guiñó un ojo divertido.

Unas horas después la caja de pizza vacía descansaba sobre la mesa de la cocina y los tres chicos estaban tumbados en el sofá viendo una película.

Lucía llevaba un rato haciendo grandes esfuerzos por mantener los ojos abiertos, pero le resultaba casi imposible. La noche pasada sin casi dormir y la sesión de limpieza en el garaje le estaban pasando factura.

—Me voy a la cama, no puedo más —su boca se abrió en un bostezo.

Se levantó con pereza y se dispuso a dirigirse a las escaleras, se detuvo al pasar al lado de Sara que estaba tumbada con las piernas encima de Diego.

—¿Te quedas a dormir?

—Sí, si no te importa. Se ha hecho un poco tarde y estoy molida —

contestó la chica.

—Está bien, voy para arriba, sube cuando quieras —Lucía se inclinó y puso un beso en la mejilla de su amiga.

—¿Cómo vais, chicos?

La madre de Diego y Lucía entró al garaje sosteniendo una bandeja con varias latas de Coca Cola y unos cuencos con patatas y aceitunas.

—Esto tiene muy buen aspecto —se giró mirando a su alrededor, apreciando el trabajo que Sara, Lucía y Diego habían realizado en los últimos días.

La zona que utilizaban como trastero ya estaba terminada. Las paredes brillaban inmaculadas en un tono albero, y Diego había montado varias estanterías en las que colocaron las cajas y los diferentes objetos que antes se apilaban en el suelo sin ningún orden.

—Solo nos queda pintar la zona de aparcamiento y habremos terminado

—explicó Diego.

—Me voy entonces. Seguid así, estáis haciendo un buen trabajo —su madre apoyó la bandeja sobre unas cajas, le dio un apretón cariñoso en el brazo a su hijo y se fue.

—¿Me pasas una Coca?, por favor —pidió Lucía acomodándose sobre un bote de pintura.

Diego le dio una lata a su hermana y otra a Sara y se sentó en el suelo apoyando su espalda contra la pared. Sara se sentó junto a él.

—¿Te han dicho ya papá y mamá cuántos días van a estar fuera? —

preguntó Lucía.

—Les falta confirmar el vuelo de vuelta, si no hay ningún cambio serán tres semanas —respondió el chico mientras cogía una patata y se la metía en la boca.

—¿Vais a tener la casa para vosotros solos durante tres semanas? —Sara estaba sorprendida

—Sí, eso parece. Está siendo un año duro por el trabajo de mi padre. Lo ha pasado casi entero viajando y mama y él han pensado que sería bueno que pasasen algo de tiempo de calidad juntos —explicó Lucía con una pequeña mueca.

—Eso es genial —chilló Sara entusiasmada—. Si no hay padres, no hay horarios. Se puso a dar saltitos extasiada.

Diego sonrió viéndola tan emocionada.

—Cálmate un poco, Sara; aunque no estén mis padres yo soy responsable de vosotras y tendremos que poner algunas normas.

—Ya veremos si eres capaz don Aguafiestas —le desafió feliz enviándole un beso.

Terminaron sus bebidas en silencio. Diego se incorporó y dejó la lata vacía sobre la bandeja.

—Vamos, perezosas, que ya se ha terminado el descanso, no me hagáis tener que levantaros. —Acto seguido comenzó a remover la pintura y a echarla en un cubilete de plástico.

Sara se acercó sigilosamente a su espalda y le dio un golpecito en el hombro. Él se giró sonriendo cuando la chica sacó la mano que llevaba escondida detrás de la espalda y rápidamente le plantó sendos brochazos de pintura blanca en las mejillas.

—¿Pero qué…? —dijo Diego entre confundido y enojado mirándose con sorpresa los dedos que estaban llenos de pintura por haberlos pasado por su cara.

Sara y Lucía estallaron en carcajadas.

—Estás realmente gracioso —dijo Lucía riendo más fuerte ante la cara de shock de su hermano.

—Ah, ¿sí? Os resulto gracioso, ¿eh? Pues ahora os vais a enterar —

amenazó. Cogió otra brocha del bote de pintura y saltó sobre su hermana y Sara que huyeron como alma que lleva el diablo.

Los tres chicos corrían por el garaje entre risas esgrimiendo sus brochas y embadurnándose de pintura unos a otros.

Lucía hizo un quiebro a la derecha esquivando a su hermano que iba directamente hacia ella y este chocó con Sara cayendo ambos al suelo.

Diego se sentó a horcajadas sobre ella y le inmovilizó los brazos sobre la cabeza con una de sus manos.

—¿Y ahora qué, listilla? —sus ojos bailaban por la diversión.

Sara, riendo, se retorcía debajo de él intentando escabullirse, pero el peso del cuerpo del chico la mantenía presionada contra el suelo.

Con la mano que tenía libre Diego metió dos dedos en un bote de pintura y comenzó a trazar arabescos sobre el rostro enrojecido de su presa.

—¡Para, para! ¡Por favor! —gritó Sara jadeando por la risa y el esfuerzo de intentar mover a Diego de encima de ella. Podía sentir el frío suelo contra su espalda y el calor del cuerpo que la inmovilizaba subiendo por su estómago.

Diego paró, aunque mantuvo sus dedos contra la acalorada piel de la mejilla de Sara. Su mirada permaneció inmóvil en el rostro de la chica.

Lucía, que observaba la escena percibió el cambio en la actitud de su hermano. ¿Pero qué…? ¿Es posible…? No, no lo creo. Aunque puede qué…

Diego se recompuso rápidamente y se incorporó. Con una sonrisa le tendió la mano a Sara y la levantó con delicadeza.

Después de recoger el desorden generado por la guerra de pintura hicieron análisis de daños.

—Con toda la pintura que hemos desperdiciado no queda suficiente para terminar. Me voy a acercar en un momento a comprar un par de botes más

—anunció Diego.

—¿Me harías un favor ya que sales? —pidió Sara—. Me olvidé el teléfono ayer en la chaqueta de Mario. ¿Te importaría pasar por La Sal a recogerlo?

—En absoluto. Sus deseos son ordenes para mí, milady —con humor se inclinó y le besó el dorso de la mano.

De vuelta a casa Diego se desvió hacia el centro de San Roque. Encontró un hueco vacío en una calle que hacía esquina, antes de entrar a la plaza donde se encontraba el local en el que trabajaba Mario, y aparcó.

Era media mañana y la terraza estaba vacía. Un hombre colocaba botellas dentro de la barra. Diego se acercó y reconoció a Ricardo, el propietario de La Sal.

—Buenos días, Ricardo. ¿Cómo va eso? —le saludó con afecto.

—Ahí vamos, no me puedo quejar —el hombre le dio un recio apretón de manos.

—Estaba buscando a Mario, ¿sabes dónde está?

—Sí, está dentro tomando su descanso. Pasa al vestuario a buscarle si quieres —le indicó una puerta de madera al final de la sala.

Diego cruzó la puerta y recorrió el estrecho pasillo que desembocaba en una pequeña sala de paredes ocres. En un lado de la sala descansaba una mesa rectangular de madera con seis sillas y por encima de ella colgaba de la pared un televisor que en ese momento permanecía apagado.

Al otro lado se podía ver una hilera de taquillas y bancos. Apoyado de espaldas, con una pierna doblada sobre una de ellas, estaba Mario.

Tenía la cabeza inclinada hacia una chica. Su pelo largo caía hacia delante ocultando sus rostros. Se encontraban muy cerca el uno del otro. La mano de él, apoyada suavemente en su cintura en una pose de intimidad.

Ella debió advertir la presencia de otra persona ya que dio unos pasos atrás rompiendo el contacto.

Mario, confuso, siguió la mirada de la chica hasta Diego. Al verle se irguió y caminó hacia él.

—Eh, tío. Qué pasa —saludó.

Diego permaneció quieto. Su rostro estaba rígido y tenía los puños apretados a los lados. Estaba furioso.

Mario siguió actuando con toda normalidad.

—Ella es Nuria, una compañera. Estábamos haciendo un descanso.

Diego la miró. Era menuda y tenía el pelo castaño recogido en una coleta.

Parecía nerviosa.

—Mi turno empieza ahora, yo ya me iba —dijo la chica sin dirigirse a nadie en especial. Pasó al lado de Diego y abandonó la habitación.

—¿Me puedes decir de qué coño va todo esto? —explotó Diego. Podía contener su ira a duras penas.

—No sé de qué estás hablando —respondió Mario impasible.

—¿Qué mierda estabas haciendo con esa chica?

—Solo estaba charlando con una compañera. De todas formas lo que yo haga o deje de hacer no creo que sea asunto tuyo —remarcó el tuyo.

Diego se acercó hasta que estaba tan solo a unos centímetros y le agarró del pecho del polo que llevaba.

—Siempre que lo que tú hagas afecte a una persona a la que quiero será asunto mío. Te aconsejo que te lo pienses dos veces antes de hacer cualquier cosa que dañe a Sara.

Le soltó con fuerza suficiente para que el otro chico se tambaleara hacia atrás.

—Creía que éramos amigos —dijo Mario. Parecía estar dolido.

—Creíste mal. Espero que no tengamos que tener esta conversación de nuevo porque si es así primero te partiré la cara y luego iré y le contaré a Sara la clase de tipo que eres —le advirtió Diego. Sin darle tiempo para añadir nada más se marchó.

Una vez en el coche golpeó el volante con furia dejando salir su rabia.

Luego respiró hondo varias veces intentando calmarse, no quería preocupar a las chicas.

Condujo despacio de vuelta a casa reflexionando sobre lo ocurrido. Para cuando llegó a La Canela había decidido que lo mejor sería no decir nada y mantenerse vigilante respecto de Mario.

Lucía y Sara seguían pintando cuando Diego entró de nuevo en el garaje.

Dejó los dos botes de pintura en un rincón.

Sara se giró hacia él.

—¿Pudiste recoger mi teléfono? —preguntó con una sonrisa.

—No, lo siento, Mario lo dejó olvidado en casa —mintió. La verdad era que después de lo que había visto ni siquiera se acordó de pedírselo.

—¿Qué tal estaba mi amor?

A Diego se le revolvió el estómago al ver la cara de felicidad de Sara cuando hablaba de su novio. La ira volvió, le estaban entrando ganas de matarle.

—Bien —respondió escuetamente, temiendo que si decía una palabra más no fuera a ser capaz de controlarse.

Sara no pareció percatarse de la tensión en su voz.

—Gracias de todos modos por haber ido hasta allí —se acercó y le dio un suave beso en la mejilla. Luego continuó con lo que estaba haciendo.

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