Para ti, mi cielo (Spanish Edit
Capítulo 6
El camino de vuelta a San Roque fue tranquilo. Alex condujo sin prisa disfrutando las sensaciones que le producía tener el cuerpo de Lucía tan cerca, sus manos aferradas a su cintura. Ya en el casco antiguo buscó un sitio libre y aparcó. Paró la moto y la ayudó a bajar. Él también desmontó, pero se mantuvo apoyado en el asiento. Rodeó su cintura y la acercó hasta que quedó recostada contra su cuerpo. Ninguno de los dos hizo intención de moverse. La mañana había sido perfecta y ambos estaban reacios a dejar ir el momento.
Su mirada recorrió su rostro, no mintió cuando le dijo que era preciosa.
Los ojos le brillaban con el verde vivo de la hierba en primavera y tenía los labios rosados y suaves, ligeramente hinchados por sus besos.
—Tienes pecas —dijo.
Siguió con su dedo el rastro de pequeñas motitas doradas que cubrían ligeramente la nariz y los pómulos de Lucía.
—Lo sé. En verano no hay manera de disimularlas —ella hizo una mueca de disgusto.
—No tienes que hacerlo, a mí me parecen adorables —puso un breve beso en su nariz.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Alex? —preguntó con recelo.
—Acaso insinúas que normalmente no soy encantador… —con una sonrisa traviesa buscó su cuello y lo mordisqueó con suavidad.
Lucía gimió.
Su cuerpo entero se tensó al oírla. Todo en ella le volvía loco, su olor, su tacto, su sabor. Aflojó el agarre separándola unos centímetros.
—Será mejor que nos vayamos antes de que me olvide de que estamos en plena calle y decida devorarte aquí mismo —murmuró en su oído.
El comentario hizo estremecer a Lucía. Un pequeño escalofrío la recorrió de pies a cabeza.
—¡Eres un peligro! —aseguró Alex riendo al notar su reacción.
Caminaron unos pasos con las manos entrelazadas. Al acercarse a La Sal Lucía intentó liberarse con disimulo. Alex la miró interrogante, sin embargo, permitió que se soltara.
Recorrieron la terraza hasta ver a Sara. Miraba distraída el móvil.
Mientras, junto a ella, Mario holgazaneaba apoyado en el brazo del sillón.
David, uno de los amigos de Alex, estaba sentado con ellos.
Mario fue el primero en verlos.
—Vaya, vaya. Mira quiénes están aquí. Si son los desparecidos —se burló.
Lucía le ignoró y se sentó al lado de Sara que seguía mirando su móvil indiferente a su presencia.
—¿Estás enfadada? —preguntó en un susurro.
No hubo respuesta.
—Vamos, Sara. No lo he hecho a propósito, es que me he despistado.
Silencio. Lucía empezó a ponerse nerviosa.
—Pensé que eras tú, pero abrí y estaba Alex y, no sé cómo, me convenció para ir a dar un paseo y… —las palabras salían atropelladas de su boca.
Sara dejó su móvil en la mesa y la miró con cara seria.
—¿Me perdonas? —rogó Lucía con gesto compungido.
—Con una condición —repuso su amiga.
Lucía la miró esperanzada.
—Que reconozcas que yo tenía razón y que estás colada por el idiota —
una sonrisa de suficiencia se dibujó en su rostro.
—Serás… —Lucía le dio un manotazo fingiendo indignación—. Yo aquí preocupada por si no volvías a hablarme y tú riéndote de mí.
—Reconoce al menos que te merecías que te hiciera sufrir un poco.
Nena, ¡qué te has olvidado de mí! —le recordó Sara.
—Vale… Me lo merezco.
Con una sonrisa, Sara la atrajo hacia sí en un cariñoso abrazo.
—Eso sí, esta vez no te libras —la señaló con un dedo acusador—.
Quiero pelos y señales. Hasta el último detalle.
—Está bien —capituló Lucía—. Pero que conste que solo lo hago porque soy la peor amiga del mundo.
—En eso te tengo que dar la razón.
Ambas chicas estallaron en risas.
—¿Qué? —preguntó Alex irritado a los dos chicos que no dejaban de mirarle con una expresión burlona en sus caras.
—¿Qué? —contestó David divertido.
—¿Se puede saber qué miráis con esa cara?
—¿Con qué cara? —el chico pestañeó intentando parecer confundido.
—¡Vete a la mierda! —explotó Alex levantándose de golpe.
—Vamos, tío, que solo estábamos bromeando —Mario le retuvo apoyando una mano en su antebrazo.
—Pues también en broma, como no paréis, vais a ver cómo se siente mi puño en vuestras caras —advirtió él. Tranquilamente se volvió a sentar.
David trató de disimular una sonrisa.
—Me parece que a alguien le han dejado a dos velas hoy.
Alex le lanzó una mirada amenazadora.
—No creo que quieras seguir por ahí —le aconsejó.
—Entendido. Ya paro —dijo su amigo conciliador—. No hace falta que estés tan irritable, qué le vamos a hacer si a la chica no le resultas irresistible… —se dobló sobre si mismo intentando ahogar una carcajada.
—Creo que me confundes contigo —apuntó Alex y rápidamente soltó un derechazo que fue a parar directo al hombro del chico.
—Joder, tío, qué poco sentido del humor —David, recostado sobre el brazo del sillón, se frotó el hombro sin parar de reír.
Alex miró el reloj y se puso en pie.
—Me voy a casa. Para escuchar tonterías prefiero el Paramount Channel.
Ellos por lo menos tienen gracia.
Observó a Lucía que charlaba alegremente con Sara. Rodeó la mesa y llegó hasta ella. Se agachó, para quedar a su misma altura, apoyando una
mano en su muslo y la otra en el brazo de la silla.
—Dime, princesa, ¿necesitas que te lleve a casa? —susurró cerca de su oído.
La piel del cuello de Lucía se volvió de gallina ante la cercanía de sus labios.
Ella se giró hacia su rostro. Como le siguiera mirando de ese modo no se hacía responsable de sus actos. Inconscientemente Lucía se humedeció los labios y los ojos de Alex volaron hacia su boca.
—Gracias —sonrió—. No hace falta. Voy con Sara.
—Bien. Entonces me voy —frotó la nariz contra su cuello—. Sé buena.
Lucía dio un pequeño respingo por su caricia.
Él rio suavemente, le dio un breve beso en la mejilla y se marchó.
Caminó pensativo, calle abajo, hasta su Suzuki. Las cosas se estaban complicando. Se puso el casco, giró la llave en el contacto y se adentró en el tráfico. Al principio lo había tomado como un entretenimiento, un pequeño reto. Se la veía tan altiva y controlada que pensó que sería divertido conseguir que cayera en sus redes y perdiese un poco los papeles.
Y él confiaba en su atractivo para lograrlo. No podía negar, por otra parte, que su físico era un aliciente más en su decisión. Ese cuerpo esbelto de líneas suaves le atrajo desde el principio, sin embargo, a partir de ahora, habiendo podido vislumbrar las sensuales promesas que dormían en él, estaba seguro de que le iba a quitar el sueño. Pero había más, por supuesto.
Era inteligente, divertida, dulce, orgullosa, y aunque podía ser un dolor de cabeza con ese carácter endemoniado que tenía, eso también le atraía.
Prefería las chicas guerreras a las sumisas.
Apretó más el acelerador y zigzagueó entre los coches. La pregunta que tenía que hacerse era si realmente quería esto ahora en su vida, más que eso, si estaba realmente preparado para tenerlo. Habían sucedido tantas cosas en los dos últimos años. Su vida se había convertido en una montaña rusa.
Ahora parecía que iba recuperando el control, pero ¿era así?, ni siquiera él lo sabía.
Giró la primera a la derecha y recorrió la calle hasta el número diez.
Se detuvo frente a una casa de estilo colonial franqueada por un alto muro. Subió la moto a la acera, desmontó y llamó al timbre.
—¿Sí? —una voz de mujer habló por el portero automático.
—Soy Alex.
Sonó un chasquido y la puerta se abrió. Un sendero de piedra serpenteaba por una pradera de césped hasta llegar a la casa. Llamó al timbre y esperó.
Una mujer menuda abrió la puerta.
—Señorito, Alex. Cuánto tiempo sin verle —le abrazó brevemente.
—Hola, Teresa —saludó Alex con una sonrisa.
—Está muy cambiado. Casi no puedo reconocer en usted al diablillo que me traía por la calle de la amargura con sus travesuras —dijo con afecto.
—Pues te puedo prometer que ese diablillo todavía está aquí —aseguró él guiñándole un ojo.
Teresa rio divertida.
—El señorito Jose está en su habitación —le indicó con un gesto.
—Muchas gracias, Teresa —besó su mejilla y enfiló el largo pasillo.
Sensaciones familiares llegaron a él en tropel mientras recorría el camino hacia la habitación de su amigo. Un millón de recuerdos le asaltaron en un momento. Recuerdos felices de dos niños jugando, corriendo, peleando, riendo. Entonces era todo mucho menos complicado.
La puerta estaba entornada. Decidido, entró sin llamar.
Derrik se quitó los cascos del IPod y apartó el libro que tenía sobre la mesa.
—¿Qué tal, tío?
Los dos chicos chocaron brevemente las manos. Alex se desplomó en el sofá de cuero frente al televisor.
—Hasta las narices. Llevo toda la mañana a piñón fijo con el Cálculo, pero no hay manera, no me entra.
—Lo siento, yo no puedo ayudarte, lo aprobé por los pelos, así que…
Alex cogió el mando de la tele y empezó a pasar los canales.
—¿Y tú qué? ¿Qué te cuentas? —Derrik apartó la silla del escritorio y se levantó para dejarse caer junto a él en el sofá.
—Poca cosa —contestó distraído mirando un capítulo de Sobrenatural que estaba empezando.
Su amigó le estudió con atención. Alex notó su mirada.
—¿Qué? —preguntó sin quitar ojo del televisor.
—Dímelo tú.
—¿Se puede saber qué os pasa a todos hoy? Parece que tengo monos en la cara —gruñó exasperado.
—Nos conocemos demasiado. Suéltalo de una vez —aconsejó el chico sin perder la calma. Con él a Alex no le valían sus numeritos ni sus amenazas.
—No sé de qué hablas.
—Está bien. Como prefieras —se levantó y encendió la PlayStation que estaba al lado del televisor.
—Me han traído el Metal Gear V. ¿Echamos una partida? —volvió a su sitió en el sofá.
Alex cogió el mando que su amigo le ofrecía y se acomodó.
Llevaban un cuarto de hora jugando y ya le habían quitado todas las vidas. No estaba funcionando. Había ido allí buscando una distracción que sacase a Lucía de su cabeza, pero no lo conseguía.
Tiró el mando encima de la mesa soltando un juramento.
Derrik, sin decir una palabra, dio al pause congelando la imagen en la pantalla.
Alex sujetó su cabeza y apoyó los codos sobre sus rodillas.
—Las cosas no están saliendo como yo había planeado. Creo que se me está yendo de las manos —miró a su amigo a los ojos.
Él le devolvió la mirada con interés.
—¿De qué hablamos exactamente? —su voz traslucía una nota de preocupación.
—De la amiga de Sara, Lucía.
La tensión de los hombros de Derrik se relajó un poco. No dijo nada, esperó. Sabía por experiencia que con Alex era mejor así.
—Ella es diferente. Me afecta. Cuando la tengo cerca parece como si un remolino de emociones estallara en mí. Y siento como si me fuera a descontrolar de nuevo —se pasó las manos por el pelo.
—Ella no es Adriana —afirmó Derrik.
—Lo sé. Adri ya no está —sacudió la cabeza.
—Si te afecta así quizá sería mejor que te alejaras de ella. Prefiero que no lo tomes como un consejo sino como una advertencia —declaró. Su rostro estaba serio.
—No sé, puede que tengas razón. Quizá sea lo mejor —dijo Alex pensativo.
Lucía encendió el agua de la ducha y reguló la temperatura. Se soltó el pelo que cayó en ondas cubriendo su espalda. Todavía lo tenía lleno de sal de cuando Alex la había tirado al mar esa mañana en la cala. El recuerdo le dibujó una sonrisa.
La pantalla de su móvil se encendió. Había recibido un Whatsapp. Era un número desconocido. Quizá era de Alex, pensó emocionada. El texto saltó a sus ojos en cuanto abrió el mensaje que le gritaba en grandes letras mayúsculas: NO DEBERIAS IGNORAR MIS ADVERTENCIAS.
ALÉJATE.
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