Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Monica Maier · Capítulo 3 de 19

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Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Capítulo 3

La luz se filtraba desde la ventana situada encima de su cama inundando la habitación. Debía ser al menos mediodía, pensó Lucía con fastidio. Se levantó con pereza, cogió una chaqueta blanca, de suave algodón, y bajó las escaleras rumbo a la cocina. La noche pasada le había costado mucho conciliar el sueño después de la escenita con Alex. No sabía si estaba más furiosa con él por confundirla como lo hizo o con ella misma por dejarse llevar. A partir de ahora le mantendría alejado, se dijo con confianza, pero una suave sensación en el estómago al pensar en él desafió a su determinación.

—Buenos días, bella durmiente —saludó Sara.

Estaba sentada cómodamente en una de las sillas de la cocina y conversaba con Diego. Ambos tenían una taza de café en la mano. En el centro de la mesa destacaba un plato lleno de bollería recién hecha.

—Buenos días —murmuró malhumorada.

—No tienes buena cara. ¿No has dormido bien?

Lucía gruñó algo parecido a un no y se dispuso a preparase un Cola Cao.

—Bueno, no hay nada que no solucione una buena dosis de azúcar —dijo Sara con alegría empujando el plato repleto hacia ella.

Lucía examinó los diferentes bollos que se apilaban y eligió un croissant.

Luego se dejó caer en una silla, con poco interés en participar en la conversación que mantenían Sara y Diego.

—Entonces, ¿Mario se encuentra mejor?

—Eso parece. Le llamé esta mañana y se estaba preparando para ir a trabajar. Supongo que algo de lo que comió no le sentó bien.

—Genial, me alegro —repuso Diego sin mucho entusiasmo.

Desperezándose Sara se levantó y depositó su taza vacía en el fregadero.

—¿Sabes, nena?, necesito un cambio de look. Voy a buscar en tu armario algún conjunto sexy para ir a la playa —acto seguido trotó escaleras arriba hacia la habitación de Lucía.

Diego observaba fijamente la taza en su mano con la frente ligeramente arrugada.

—¿Te pasa algo, hermanito?

Saliendo de su ensimismamiento le dedicó una cálida sonrisa

—No, nada, solo pensaba.

—Un euro por tus pensamientos —sonrió Lucía

—No era nada —dijo restándole importancia—. Y bien, ¿vais a ir a la playa entonces?

—Eso parece, ¿te vienes? —Lucía mordisqueaba un dónut de chocolate con placer.

—Tengo que ir a comprar pintura y brochas, recuerda que le prometimos a mamá que esta semana pintaríamos el garaje. Y esta vez no te vas a escaquear —advirtió.

Lucía encogió los hombros, nunca tomaba en serio las amenazas de su hermano.

Diego paró el coche en doble fila al lado de una de las escaleras que llegaban hasta la playa, se había ofrecido a llevarlas de camino a Leroy Merlin. Ambas chicas se bajaron del coche y, con un rápido movimiento, se despidieron de él.

La playa de Poniente era una playa ancha, de fina arena dorada que cosquilleaba bajo los pies al caminar. Solía ser una de las más frecuentadas de San Roque por lo que ese domingo estaba bastante llena.

El día se había levantado caluroso. El sol brillaba con intensidad, alto en el diáfano cielo azul, y la brisa era tan ligera que apenas refrescaba la piel con su roce. Caminaron rápido por la ardiente arena, sorteando varios grupos de sombrillas y hamacas, hasta que encontraron un sitio libre, cerca de la orilla, donde extender sus toallas.

—¿Y bien? —la mirada de Sara era inquisitiva.

—¿Y bien qué?

—¿Y bien qué tal el paseo de anoche en moto con Alex? —repuso Sara poniendo los ojos en blanco.

—Mareante.

—Mareante —repitió Sara con incredulidad—. ¿Es eso lo único que vas a decir?

Lucía asintió y alzó su rostro para que le diera el sol.

—Al menos tienes que reconocer que es sexy con ese cuerpo atlético y esos labios. Mmm…

—Es un idiota —sentenció Lucía.

—Sí, pero un idiota muy, pero que muy sexy —apuntó Sara tumbándose boca abajo para que le diera el sol en la espalda.

Lucía recordó la sensación de su cuerpo apretado contra él mientras rodaban a toda velocidad por la carretera y una oleada de calor la recorrió.

Decidió que era mejor cambiar de tema.

Contempló cómo Sara se extendía el protector solar. Hasta ese simple movimiento quedaba sexy en ella.

—Te queda ideal ese bikini azul —comentó.

—Muchas gracias, lo cogí de tu armario —rio la chica estirando perezosamente su cuerpo en la toalla.

Para Lucía era algo inexplicable cómo le sentaba su ropa a Sara. Lo que en ella solía quedar recatado e incluso ñoño, en el cuerpo de Sara lucía absolutamente sensual. Tenía que ver con sus voluptuosas curvas, estaba claro; podía notar las miradas que le lanzaban los chicos al trasero de su amiga al pasar por su lado.

Por su parte ella no se sentía especialmente atractiva, sabía que era mona, pero su cuerpo no le parecía en absoluto sexy con esas piernas largas y las sutiles curvas que se adivinaban en sus pechos y caderas.

Las horas pasaban de forma tranquila. Lucía dejó a un lado el libro que estaba leyendo y echó un vistazo a su alrededor. Sara seguía tumbada en la toalla, a su lado, con la cabeza enterrada en los brazos y expresión relajada.

En la orilla contempló a varias parejas jugando a las palas, niños haciendo castillos y un incesante ir y venir de grupos de gente paseando. Un poco más allá, detrás de la zona de tumbonas, se veía un campo de vóley y un

grupo de chicos y chicas estaban jugando un animado partido. Parecían divertirse a juzgar por las risas y las expresiones de sus rostros.

Su vista se detuvo en uno de los chicos. Tenía la piel morena, la espalda ancha y unos brazos bien definidos. Su postura erguida denotaba seguridad.

De repente, como si hubiera notado su mirada, el chico volvió su rostro y se encontró con su mirada. Era Alex.

Tras un primer instante de estupor él esbozó una amplia sonrisa y la saludó con una cómica reverencia.

Lucía le miró paralizada por la sorpresa con un cosquilleo nervioso en el estómago. En ese momento, un balón pasó cerca de Alex haciéndole volver su atención de nuevo al juego. Una de las chicas que estaban en su equipo se acercó sonriendo y le dio un pequeño golpe en el hombro reprendiéndole por haber perdido el punto. Luego le pasó la mano cariñosamente alrededor de la cintura llevándole de nuevo hacia el centro del campo.

Lucía retiró la mirada, de pronto se sentía un poco acalorada y tenía nauseas en la boca del estómago.

—Voy a por algo frío de beber —dijo precipitadamente.

Sara, medio adormilada, le hizo un vago gesto de asentimiento sin quitar la cabeza de entre los brazos.

Se levantó y se calzó sus Havaianas rojas, a juego con su bikini, dejó caer un vestido blanco de tirantes por encima del mismo y se encaminó al chiringuito que estaba unos metros más allá de sus toallas. Bajó las escaleras en dirección al cuarto de baño y, una vez allí, mojó su cara y su nuca con agua fría. De inmediato se sintió mucho mejor. Quizá le había dado demasiado el sol. Tenía que haber alguna razón que justificase la reacción de su cuerpo. Ya más calmada se dirigió hacia la barra para comprar una botella de agua.

Era casi la hora de la comida y el local se estaba llenando rápidamente.

Era el típico chiringuito de playa. Las paredes, blancas y azules, estaban repletas de motivos marineros. Tenía una larga barra y al final de la misma se abría en un comedor con cristaleras, repleto de mesas de madera con sus blancos manteles, desde donde se podía ver la playa. Allí donde terminaba el comedor había una pequeña terraza con mesas de plástico blanco.

Lucía se situó en el extremo de la barra más cercano a la puerta esperando a que alguno de los camareros le prestase atención.

Llevaba ya un rato allí, y estaba pensando en darse por vencida, cuando Alex y sus amigos entraron por la puerta.

—¡Oh, no! ¡Mierda! —Miró disimuladamente hacia abajo con la esperanza de no ser vista.

No dio resultado. Alex la miraba y sonreía divertido. Se giró para decir algo a sus amigos que alzaron los hombros en señal de indiferencia y continuaron caminando hacia una de las mesas vacías que quedaban en la terraza. Caminó hasta apoyarse a su lado en la barra.

—No puedes vivir sin mí, ¿verdad, princesa? —tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Vete al cuerno!

—¿Al cuerno? ¿De veras? —dejó escapar una carcajada—. Vaya, vaya.

Menudos modales para una señorita. Cualquiera diría que has estudiado en un colegio privado —se mofó simulando estar escandalizado.

Lucía le encaró.

—¿De verdad que no tienes nada mejor que hacer que estar aquí agotando mi paciencia? —¡Dios mío, qué irritante podía ser!

—Lo cierto es que tengo muchas cosas buenas que hacer, aunque ninguna tan interesante como estar aquí contigo —deslizó la punta de su dedo índice por el hombro de ella.

Lucía le miró confundida. Su boca estaba curvada en una mueca irónica, sin embargo, sus ojos brillaban con intensidad mientras la miraba. Podía sentir un suave cosquilleo por donde él había rozado su piel.

—¿Y a qué se debe tanto interés por mi persona? —preguntó con sarcasmo. ¿Qué estoy haciendo?, se dijo irritada. Aunque ya era tarde, la curiosidad la había vencido.

—Exactamente no lo sé. Tienes algo diferente, algo que me resulta…

perturbador y me atrae. —La miraba con ojos entrecerrados como queriendo ver a través de ella.

Lucía se quedó inmóvil, mirándole, la sorpresa pintada en su rostro. De ninguna manera se esperaba esa contestación.

Una voz la sacó de su abstracción. Un camarero se encontraba parado al otro lado de la barra esperando. Alex se volvió hacia ella.

—¿Qué quieres, Lucía? —su tono era normal como si hubieran estado hablando del tiempo.

—Una botella de agua, por favor —intentó que su voz sonara tranquila aunque podía sentir la presión de los nervios aferrados a su estómago.

El camarero volvió con la botella y Alex se la tendió con amabilidad.

Cuando extendió su mano para cogerla, la mano libre de Alex se apoderó de la suya.

—Estaba pensando que quizá uno de estos días podríamos salir a dar un paseo en moto —sugirió posando sus increíbles ojos verdes en su rostro.

—No creo que sea buena idea, teniendo en cuenta cómo me sentó la última vez —repuso Lucía.

Podía sentir el calor de su piel suave en la palma de la mano. Quería estar enfadada con él pero su cuerpo la traicionaba temblando ante su leve roce.

¿Cómo podía hacerla sentir así?.

—Esta vez seré más cuidadoso. Prometo ir más despacio.

Su pulgar trazaba suaves círculos por el interior de su muñeca enviando pequeñas descargas por todo su brazo. Lucía tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad.

—De verdad, Alex, que creo que no es una buena idea. Al fin y al cabo casi no nos conocemos y no creo que tengamos mucho en común.

Si la respuesta le sorprendió o decepcionó, nada en él lo hizo ver. Soltó su mano con suavidad y esbozó una sonrisa.

—Supongo entonces que ya nos veremos por ahí —dijo y, con paso decidido, se encaminó a la terraza donde sus amigos estaban sentados.

Lucía observó cómo se alejaba. Empezaba a sentir cierto abatimiento, realmente una parte de ella deseaba haber aceptado su oferta. No me he equivocado, dijo con firmeza, es un engreído y para él es solo un juego.

Recordó a la chica que le abrazaba un rato atrás, durante el partido. Ya bastaba de idiotas por ese año, había cumplido el cupo. Con un pequeño esfuerzo relegó la sensación de pesar a un rincón de su corazón y volvió a la playa.

Sara estaba sentada en la toalla con las piernas recogidas debajo de su cuerpo. Alzó la cabeza cuando la vio llegar.

—Has tardado un siglo. Ya pensaba que te habían secuestrado o algo así.

—Había mucha gente. Ya sabes, hora de comer.

Con intención, imprimió un tono de aburrimiento a sus palabras. Sara era su mejor amiga, siempre se confiaban todo, pero no tenía ganas de escuchar el ya repetitivo sermón sobre su aburrida vida sentimental y cómo debería hacer algo para remediarlo.

Para Sara, que era toda pasión y corazón, había que dejarse llevar. Era preferible arrepentirse de haber hecho algo y que no saliera bien a arrepentirse de no haberlo intentado. Lo cierto era que ellas dos eran totalmente diferentes. Lucía era cerebral, todo reflexión y cerebro. Siempre tendía a pensar las cosas detenidamente y no le gustaba correr riesgos. Y

acercarse a Alex era sin duda un riesgo, para su corazón y para su cabeza.

Cuando estaba con él era incapaz de pensar con claridad. Todo su cuerpo se sentía atraído hacia él. Ya había visto lo que era capaz de hacerle a su autocontrol solo con una simple mirada o un ligero roce, no quería averiguar cómo sería algo más. Sara sin duda la animaría a que quedase con él. Podía oírla diciendo un poco de diversión no te matará, Luci, e insistiría y seguiría insistiendo hasta que ella, por no escucharla más, accediera, que era lo que solía pasar. Pero esta vez no quería dejarse convencer, ¿o sí?

Eran ya más de las tres de la tarde cuando Lucía llegó a La Canela.

Atravesó la puerta principal, colgó las llaves de uno de los ganchos situados detrás de la puerta para ese fin y subió directa a su habitación.

La casa estaba silenciosa y en penumbra, sus padres comían fuera y debían haber bajado las persianas antes de marcharse para que no entrara el sol.

Sacó la toalla de la bolsa de playa y la colocó sobre el respaldo de una silla.

Alcanzó el libro que estaba leyendo y se recostó sobre la cama, quería terminar el capítulo que había dejado a medio leer en la playa, luego bajaría y se prepararía algo de comer.

Buscó el marcapáginas y abrió el libro. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Las páginas estaban emborronadas y en grandes letras rojas se podía leer: ZORRA. ALÉJATE. Paralizada, dejó caer el libro.

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