Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Monica Maier · Capítulo 2 de 19

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Para ti, mi cielo (Spanish Edit

Capítulo 2

Sara se sentó en un banco del paseo marítimo esperando a que llegase Lucía. Miró el reloj. Eran las once en punto.

El cielo parecía un terso terciopelo azul cobalto salpicado de estrellas.

Una ligera ráfaga de aire hizo que la recorriera un escalofrío, por lo que se puso por encima del vestido la chaqueta que, hasta ese momento, descansaba sobre sus rodillas. Se acomodó el pelo sacándolo del cuello que lo aprisionaba. Notó el contacto de la mano de Lucía sobre su hombro y se giró con una sonrisa.

—¡Hola! ¿No llego tarde, verdad? ¿Llevas mucho esperando? —dijo sin aliento. Estaba sofocada como si hubiera venido corriendo.

—Apenas nada, unos cinco minutos —señaló su mejilla para que Lucía le diera un beso—. ¿Qué tal fue la cena?

—Tranquila, pero larga. Pensé que no llegaba —sonrió—. Mis padres están de un buen humor increíble; supongo que es por las vacaciones. Y mi hermano Diego, hecho un sol, como siempre. Así que todo paz y armonía, para variar. ¿Y tú, qué tal?

—Pues nada a destacar, estuve un rato en la playa con mi padre y luego pasé a ver a Mario.

La madre de Sara había muerto durante el parto. Ella aseguraba que no la echaba de menos porque nunca la había conocido. Lo que si añoraba de vez en cuando era una figura materna en su vida. Su padre nunca se había vuelto a casar, por lo que siempre habían sido ellos dos solos y tenían una relación muy especial.

—Por cierto, en la playa me encontré con Alex, ya sabes, el chico de esta mañana. Me comentó que quizá pasaría esta noche por la fiesta.

—¿Y me cuentas eso por…?

—Por nada especial, pensé que quizá te interesase —dijo Sara encogiéndose de hombros.

—¿Y por qué me iba a interesar? Me pareció un creído y un presuntuoso.

Además de un maleducado. No me interesan en absoluto esa clase de chicos.

La verdad era que últimamente no le interesaba esa ni ninguna otra.

Había tenido dos relaciones en el último año que habían durado varios meses. Y los dos tipos resultaron ser unos imbéciles. Especialmente el último, al que había pescado en una discoteca metiéndose mano con una rubia. Eso le hizo daño. Así que ahora estaba centrada en sus estudios y sus amigos y de otra cosa no quería ni oír hablar.

—Pues me parece que a él tú le interesas bastante… —su tono era de clara diversión.

Lucía la miró airada. No tuvo oportunidad de responder ya que habían llegado a la fiesta y Mario las saludaba desde la puerta de entrada.

La casa se recortaba contra el cielo en lo alto de un promontorio. Sus inmensos ventanales, derramando luces por doquier, iluminaban la noche.

El sonido de la música llegaba atenuado hasta la zona de aparcamiento.

Alex encontró sitio al lado de un BMW X1 gris y con pericia aparcó su Suzuki HFS. Se quitó el casco, con su mano derecha retiró los mechones oscuros que le caían por la frente y con un ágil movimiento se bajó de la moto y avanzó por la ligera pendiente hacia la puerta de entrada. Entró y se perdió entre la multitud.

El enorme salón y el jardín que lo rodeaba estaban atestados de gente.

Lucía y Sara se movían, en la improvisada pista de baile, al ritmo de David Guetta. Hacía calor y tenían la cara algo enrojecida. La música se detuvo un instante en espera del inicio de la siguiente canción.

—Estoy agotada, ¿tú no? Vayamos a por algo de beber —sugirió Sara al oído de Lucía para que pudiera escucharla entre el bullicio.

—Está bien, la verdad es que estoy muerta de sed —convino Lucía siguiendo a su amiga que ya se dirigía fuera de la pista.

La música volvió a sonar. Sara se inclinó sobre la barra y le pidió al camarero dos mojitos. Se giró y le tendió una de las copas a Lucía que miraba fijamente a un grupo de chicos que charlaban, entre risas, al final de la barra.

—¿Quiénes son? Me resultan familiares —preguntó sin apartar la vista de ellos.

Sara siguió la dirección de su mirada.

—No creo que les conozcas. Son David y Derrik.

—¿Derrik?

—Sí, realmente su nombre es Jose, aunque todo el mundo le llama Derrik

—aclaró Sara—. Viven en la parte antigua de San Roque. Se pasan el día en la playa, jugando al vóley, o en La Sal. Es posible que los hayas visto esta mañana, estaban allí —alcanzó su copa que aún estaba encima de la barra

—. ¡Ah!, por cierto, suelen frecuentar la compañía de esa clase de tipos que no te interesan en absoluto. Son amigos de Alex.

Lucía hizo memoria, eran los mismos chicos con los que Alex se había marchado esa mañana, pero en ese instante él no se encontraba con ellos.

Quizá no hubiera venido, pensó esperanzada. Lo cierto es que Alex le crispaba los nervios, todo en él era arrogancia. En ese momento el más moreno de los chicos levantó sus ojos oscuros y los posó sobre ella. Su mirada era fría.

Lucía bajó la vista rápidamente hacia el suelo con el rostro arrebolado por la vergüenza y miró de soslayo en su dirección; el chico volvía a reír con su amigo y ya no le prestaba ninguna atención.

Un fuerte brazo la agarró de la cintura. Se volvió sobresaltada para encontrarse con la cálida sonrisa de su hermano Diego. Una sombra de desilusión pasó por su rostro.

—¿Esperabas que fuese otra persona? —preguntó mirándola curioso.

—Eh, no que va, solo me he sobresaltado —respondió ella rápidamente, pero notó cierta decepción aleteando en su pecho. Esbozó una breve sonrisa.

—Lucía no me advirtió de que ibas a venir —Sara se acercó y le dio dos besos.

—Lo decidimos a última hora. Me alegro, no obstante, parece que nadie se lo ha querido perder —dirigió una mirada a la abarrotada sala.

—Y Mario, ¿no ha venido?

—Sí, está jugando al billar con los chicos, ya sabes, el baile no es lo suyo

—rio—. Creo que debería ir a ver qué tal le va, seguro que me echa de menos.

—Espera, te acompaño —dijo Diego caminando tras ella.

Sara se volvió.

—¿Vienes, Luci?

—No, voy a salir un rato a tomar el aire. Estoy un poco acalorada con tanto bailar.

Lucía se sumergió en la luminosa noche y durante unos segundos disfrutó de la sensación que le provocaba la caricia del aire sobre su piel ardiente.

Diversos grupos se repartían cada pocos metros por el inmenso jardín, bien recostados sobre blandos cojines distribuidos por el césped, o bien tumbados en espaciosas hamacas con mullidos colchones. Se apoyó en el muro de mampostería observando el reflejo de la luna rompiendo sobre la playa de la pequeña cala, a merced de las olas. La noche se había vuelto un poco fría y un temblor la recorrió.

—¿Te estás divirtiendo?

Lucía reconoció el tono burlón y como movida por un resorte se volvió.

Alex estaba allí, de pie, observándola con un extraño brillo en los ojos.

Vestía vaqueros y una camisa blanca, ligeramente remangada, que destacaba el moreno de su piel. Caminó resueltamente y se acomodó en el muro, al lado de ella.

—Creía que no habías venido.

—Y apuesto a que eso te hizo sentir feliz —su boca se curvó en una sonrisa irónica.

—No veo por qué debería hacerme eso feliz. Me es indiferente lo que hagas.

—Me han definido de muchas maneras, pero indiferente no es uno de los adjetivos que me suelen aplicar —dijo divertido.

—¿Y qué te parece arrogante, irritante, insufrible…?

—Me parece que el Scrabble se te debe dar muy bien —parecía estar pasando un buen rato a su costa.

Lucía bufó. Nunca había conocido a nadie que le hiciera perder los nervios como él.

Alex volvió su rostro hacia ella.

—Demos un paseo —sonó más como una orden que como una petición.

Lucía le miró como si estuviera borracho.

—Vamos, no te voy a morder. La playa allá abajo está increíble, merece la pena verla —le tendió la mano.

Lucía dudó, mirando la mano de Alex, firme, esperando a que ella la cogiera. Subió la vista hacia su rostro, no mostraba rastro de burla.

Finalmente, sin saber muy bien por qué, puso la mano sobre la de él que tiró ligeramente de ella dirigiéndola hacia la oscuridad.

Alex mantuvo sujeta su mano mientras recorrían el tramo de escaleras que llegaba hasta la playa. Caminaron en silencio el uno al lado del otro.

Lucía podía notar el calor que emanaba del otro cuerpo a pesar de la suave brisa. Su proximidad, de pronto, hizo que se sintiera cohibida. Le observó disimuladamente, con la luz de la luna creando claroscuros sobre su rostro.

El perfil recto de su nariz, sus marcados pómulos, los labios llenos y perfectamente definidos; era más que atractivo, era verdaderamente guapo.

Tenía esa clase de belleza sutil que no impresiona a primera vista pero que, a fuerza de mirarle, se hacía cada vez más evidente. Se detuvieron en un saliente de rocas que avanzaba hasta introducirse dentro del mar.

—Estás muy callada.

—Disfrutaba del paseo —Lucía intentó disimular la timidez en su voz—.

Es una playa preciosa —dijo dejando vagar su vista alrededor.

—Lo es. De pequeño, cuando vivía aquí, mi abuela me traía todas las tardes. Paseábamos, recogíamos conchas, hacíamos castillos; lo pasaba realmente bien —se podía percibir la añoranza en su voz—. Siempre me encantó vivir aquí.

—¿Por qué te fuiste?

—No tuve elección, mi padre aceptó un trabajo en Madrid y tuvimos que mudarnos. Más tarde, decidieron que debía terminar mis estudios en el extranjero y me enviaron a Canadá. Los últimos dos años los he pasado allí.

Hace unos meses que regresé a España, sin embargo, aún no había vuelto a venir por aquí.

Lucía pudo ver de nuevo esa extraña sombra en su mirada.

—Parece que lo has echado mucho de menos. Tiene que ser duro estar lejos de casa, de la familia y los amigos. Supongo que te alegras de haber

vuelto.

—Esta vez, me alegro de verdad de estar aquí —puso un especial énfasis en sus palabras.

Lucía notó su mirada fija sobre ella y alzó los ojos hacia su rostro. De manera casi imperceptible, algo cambió en el ambiente. La intensidad que revelaban los ojos verdes que la miraban les asemejaban a dos brillantes esmeraldas resplandeciendo bajo la luz de la luna.

El corazón de Lucía comenzó a golpear fuertemente en su pecho y por un momento casi dejó de respirar. Alex alargó la mano y, con delicadeza, acomodó un rizo que se había escapado de su trenza. Al retirarla, trazó la curva de su pómulo suavemente con las yemas de los dedos. El tiempo parecía haberse detenido. Podía oír el sonido blando de las olas, mientras rompían contra las rocas, mezclado con el latido apresurado de su propio corazón.

—¡Lucía! —lentamente una voz se abrió paso en su mente.

—¡Lucía! —de nuevo escuchó su nombre, esta vez más cerca.

Por fin, consiguió liberar su mirada de los ojos de Alex, que seguían fijos en ella, y volvió su rostro hacia el lugar de donde provenía la voz. Alex se deslizó de manera sutil quedando apoyado de nuevo sobre las rocas.

—¡Lucía! ¡Por fin! —la voz de Sara sonaba aliviada—. Llevo un buen rato buscándote.

—Bajamos a dar un paseo —se excusó. Su voz resultó rara.

Sara pasó su mirada de Lucía a Alex que permanecía tranquilamente recostado sobre las rocas, como si nada de aquello le interesase en absoluto.

—Lo siento mucho, Luci, ya sé que contabas con que te llevásemos de vuelta, pero Mario no se encuentra muy bien y me gustaría acompañarle hasta su casa. Si quieres puedes esperar que vuelva a por ti…

—No te preocupes por nada —la tranquilizó Lucía viendo la angustia en el rostro de su amiga. Seguro que Sara preferiría quedarse en casa de Mario vigilando su recuperación—. Es posible que mi hermano aún esté en la fiesta y si no, siempre puedo ir dando un paseo, no me va a pasar nada, ya soy mayorcita.

Sara no pareció muy convencida.

—Yo te llevaré —ahora Alex permanecía de pie justo detrás de ella.

—No hace falta que te molestes, de veras, la fiesta todavía no ha acabado y no quiero que te pierdas lo que queda de noche por mi culpa —replicó ella en un torpe intento de disimular su inquietud. Solo pensar en volver a estar a solas con él la perturbaba profundamente.

—No es molestia —una sonrisa de suficiencia apareció en su rostro y comenzó a caminar hacia las escaleras, sin volverse a mirar si las dos chicas le seguían.

—Todo arreglado, entonces —dijo Sara satisfecha y se encaminó hacia la casa.

Lucía suspiró resignada y los siguió.

Las dos chicas se despidieron con un abrazo y Lucía se dirigió hacia la calle. Deseó que Alex hubiera cambiado de idea y pudiera irse sola caminando, había sido una noche extraña y le vendría bien pensar en lo ocurrido. No obstante, no parecía que eso fuera a suceder pues Alex la esperaba en el aparcamiento, apoyado tranquilamente sobre una enorme moto gris y negra.

—No pensarás que voy a subirme contigo en eso —le espetó con desconfianza al llegar a su altura.

—Vamos, te creía más valiente —su sonrisa se ensanchó mientras le tendía un casco.

—Pues me da que me juzgaste mal. No soy valiente en absoluto —su voz contenía una nota de pánico.

Alex había arrancado la imponente moto, que rugía en la tranquilidad de la noche como si de un enorme animal se tratase, y esperaba erguido a que ella se decidiera a subir.

Se mordió el labio inferior, con fuerza, dudando.

—Confía en mí —la voz de Alex era cálida—. No dejaré que te pase nada.

Finalmente se puso el casco, recogió a la altura de los muslos la falda de su vestido y, apoyando un pie en el estribo, subió detrás de él. Alex le tomó las manos y las guio con suavidad alrededor de su cintura.

—Agárrate fuerte —advirtió y con un rápido movimiento hizo que la moto se deslizara calle abajo.

La proximidad del cuerpo de Alex pegado al suyo, la velocidad y el frío hicieron que Lucía temblara ligeramente cuando la Suzuki se detuvo a unos metros de la entrada de su casa.

Alex la ayudó a bajar.

—¿Te encuentras bien? Estás pálida y tiemblas como si hubieras visto un fantasma —la observó con preocupación.

—No es nada, solo estoy un poco mareada.

—Sentémonos un rato hasta que se te pase. No confío en que no te caigas antes de llegar a la puerta —le puso la mano en la espalda y la dirigió hasta uno de los bancos que se encontraban al borde del paseo.

Lucía apoyó la cabeza en la fría piedra y cerró los ojos. Podía oír el rugir acompasado del mar. Poco a poco, el mareo y los nervios fueron cediendo y pudo abrir los ojos de nuevo.

Alex estaba sentado a su lado, en el respaldo del banco, y contemplaba fijamente la playa con aspecto pensativo. Cuando la oyó moverse bajó su mirada hacia ella.

—¿Mejor? —preguntó con suavidad.

Lucía asintió.

—Lo siento, debería haber venido más despacio. Hay veces que no sé qué es lo que me pasa por la cabeza —sonaba enfadado consigo mismo.

—No tienes por qué disculparte, normalmente me mareo hasta en el metro —y lo cierto es que notar cada perfecto músculo de tu espalda pegado a mí ha contribuido mucho a ello, se dijo Lucía sintiéndose un tanto avergonzada.

Sin dejar de mirarla, Alex se dejó caer hasta quedar sentado a su lado.

—Lucía.

—¿Sí? —musitó.

—Creo que deberías entrar. Es tarde —no quedaba ni rastro de la calidez anterior en su voz.

Le miró confundida, realmente no sabía qué había esperado que pasara.

Si ni siquiera me cae bien; menuda idiota estoy hecha, pensó con rabia.

—Sí, es cierto, debería entrar —intentó disimular su disgusto.

Se incorporó bruscamente tratando de terminar con la situación lo antes posible, pero se enredó con la falda de su vestido y perdió el equilibrio.

Alex se levantó y la sujetó al vuelo. Sus rostros quedaron apenas a unos centímetros. Sus ojos eran increíbles, de un verde intenso moteado con relucientes gotas de ámbar. No podía dejar de mirarlos, se sentía como hipnotizada. Tras unos segundos Alex le liberó los brazos, que aún mantenía sujetos, y se retiró un paso hacia atrás dándole espacio para volver a la realidad.

—Buenas noches, Lucía —su tono seguía siendo formal. Sin embargo, en su boca se adivinaba una sonrisa irónica.

—Buenas noches —contestó ella irritada. Dio media vuelta y con paso decidido cruzó el paseo hasta llegar a su casa.

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