Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey
Fernando
La voz de la naturaleza desarma el brazo de la venganza, y cuando la inadvertencia reclama la piedad, no puede negarse a ello un padre amoroso. Mi hijo ha declarado ya los autores del plan horrible que le habían hecho concebir unos malvados: todo lo ha manifestado en forma de derecho, y todo consta con la escrupulosidad que exige la ley en tales pruebas. Su arrepentimiento y asombro le han dictado las representaciones que me ha dirigido y siguen:
«Señor:
»Papá mío: he delinquido, he faltado a V. M. como rey y como padre; pero me arrepiento, y ofrezco a V. M. la obediencia más humilde. Nada debía hacer sin noticia de V. M.; pero fui sorprendido. He delatado a los culpables, y pido a V. M. me perdone por haberle mentido la otra noche, permitiendo besar sus reales pies a su reconocido hijo.
»FERNANDO
»San Lorenzo, 5 de noviembre de 1807.»
«Señora:
»Mamá mía: estoy muy arrepentido del grandísimo delito que he cometido contra mis padres y reyes, y así, con la mayor humildad, le pido a V. M. se digne interceder con papá para que permita ir a besar sus reales pies a su reconocido hijo.
FERNANDO
»San Lorenzo, 5 de noviembre de 1807.»
El emperador no había dado por recibida la carta de don Fernando.
Comprende que su embajador puede estar implicado de un modo que deje comprometido el honor imperial; decide actuar tajantemente. Ordena a Masserano:
… escribid inmediatamente a vuestra corte que jamás el príncipe de Asturias me ha escrito -innecesaria mentira de mi hermano, que puede verse desmentido, y que aumentó las suspicacias españolas sobre su lealtad -, que mi embajador no entró en ningún tipo de intriga. Decidles que desde este momento tomo bajo mi protección al príncipe de Asturias, que si se le toca, por poco que sea, o si se acusa a mi embajador, declararé la guerra a España y me pondré a la cabeza de mi ejército para invadirla…
El ministro Champagny dice a don Eugenio Izquierdo, representante atemorizado del rey y de Godoy en París:
… Me limito a decir a usted de orden del emperador: 1.°) Que muy de veras pide a S M. que por ningún motivo ni razón, y bajo ningún pretexto, se hable ni publique de este negocio [la causa de El Escorial ] cosa que tenga alusión al emperador ni a su embajador en Madrid…
2.°) Que si no se ejecuta lo que acabo de decir lo mirará como una ofensa hecha directamente a su persona, que tiene, como usted sabe, medios de vengarla, y que la vengará.
3.0) Declara positivamente S. M. I. y R. que jamás se ha mezclado, y asegura solemnemente que jamás se mezclará en cosas interiores de
España…
Mi hermano tiene la costumbre de decir una cosa y hacer otra, pero dar órdenes apoyadas en amenazas a un país, y en el mismo escrito afirmar
«positivamente» que ni se ha metido ni jamás se meterá en sus cosas interiores, y escribirlo en las mismas líneas, es muestra de su actual ceguera para la menor oposición a sus deseos. Me preocupa por su honor. Me desasosiega que su genio, que todo lo ha superado, empiece a superarle a él mismo.
Tal es el miedo que el emperador inspira en Europa, que el gobierno español suspende el proceso de El Escorial. El ministro marqués de Caballero había afirmado delante de los reyes que: «… el príncipe de Asturias es reo de pena capital por siete capítulos». El 25 de enero de 1808
los jueces absolvieron por completo y declararon libres de todo cargo a los reos, entre ellos Escoiquiz, el duque del Infantado, el duque de San Carlos, el conde de Orgaz y el marqués de Ayerbe.
El mismo 25 de octubre el emperador da orden de que nuevos ejércitos suyos penetren por distintos puntos en España y, «discretamente», se vayan apoderando de las principales fortalezas.
Nunca se aclarará del todo el enredo de El Escorial. Con los datos que hoy tengo parece que don Fernando, en toda su irresponsabilidad y conducta malicioso-pueril, no pretendía ni destronar a su padre ni atentar contra la vida de su madre. El rey Carlos se precipitó al hacer una apreciación tan desorbitada de las faltas de su hijo. Fue injusto y, además, aún más irresponsable que don Fernando al publicar el decreto de acusación y luego las dos vergonzosas cartas en que el príncipe reconoce su culpa y pide perdón. Puede que esté en lo cierto la condesa de Albany, que en esos días escribió desde Madrid: «… todos estos príncipes son unos cretinos.»
El emperador había llegado a la misma conclusión un par de semanas antes.
El 10 de enero escribe a Carlos IV sobre el tan manido tema del matrimonio de don Fernando en nuestra familia, en forma que mucho debió doler al rey:
… Vuestra Majestad debe comprender que ningún hombre de honor desea vincularse por lazos de familia a un hijo deshonrado por su real proclama, sin tener la seguridad de que ha recuperado todas vuestras gracias.
El rey Carlos dio garantías en este sentido. Es sorprendente cómo todos los españoles se aferraban a esta idea del matrimonio, como a una única tabla de salvación.
El emperador tampoco desecha del todo el proyecto. En uno de los intentos de acercamiento a nuestro díscolo hermano Luciano, llevé con venia del emperador la proposición a la hija mayor de Luciano. Ha producido tal daño en todas las cortes la publicación de los documentos de El Escorial, que mi sobrina, que es hija de un príncipe en desgracia que está en el exilio y arruinado, contestó a la proposición de matrimonio con el heredero del trono de España y de las Indias:
Mi honor no me permite unirme a un hijo que ha traicionado a su padre.
Aunque con esta respuesta fracasaba mi misión, siendo hombre de honor, no pude dejar de alabar cómo mi sobrina defiende el suyo.
Éstos son los hechos. Interpretaciones las hay de muy variado pelaje. Dejo su análisis para mañana. Alaban que el emperador trabaje algunos días quince horas. Hoy empecé a las cinco de la mañana. Llevo dieciséis de tarea. Nadie se ha percatado ni lo hará notar. Pasaré a la historia como
«débil y flojo para el trabajo», pues así hace ya muchos años me definió mi hermano, y no cambia de parecer. El suyo se impone a los demás.
Son las nueve. No me siento con fuerzas para asistir a la velada de palacio, que suele prolongarse hasta las doce. Doy licencia para retirarse a mis agotados colaboradores. Debo pedir la venia del emperador para marchar a
mi alojamiento.
El gran salón de Marrac está lleno con los invitados que disfrutan de los sorbetes y otros refrigerios esperando la cena. Pocas personas y bien elegidas, como es habitual. Algún invitado de compromiso. No está el emperador. Muchas noches no acude. En estos casos la emperatriz suele ir a hacerle un rato de compañía antes de reintegrarse para la cena.
La emperatriz pone de buen talante a mi hermano. Es momento oportuno para pedir una breve audiencia y despedirme. Está de ayudante de campo La valet te. Me desagrada. Dice el marqués de Gallo que La valet te es el encargado de registrar toda nuestra correspondencia y mostrársela al emperador. Es una de sus misiones, pero hay tareas que tiñen de colores agrios a quienes las ejercen. Indico a La valet te que solicite mi audiencia al emperador.
Mientras regresa el general, paseo por el salón. Están preparadas las mesas para los juegos de whist y de la macedonia, con los que se entretienen después de la comida. Se han formado algunos grupos.
En un rincón el joven polaco, Chaplowski, con las más hermosas. Veo acercarse al pintoresco Roustan, el mameluco del emperador, perro fiel que no se le separa más que cuando le envía a una misión confidencial. Hoy viene vestido de griego. Tanto él como el emperador parecen recrearse en esa costumbre de los variados uniformes de Roustan, que en realidad son disfraces. Se acerca a madame Gazzani, susurra algo en su oído y ésta se levanta y sale. Si hubiese sido un lacayo portando la librea de todos, de esos que sólo notamos cuando queremos que nos sirvan algo y tardan; podría haber pasado inadvertido. Pero mandar a Roustan, con su ridículo traje de falda blanca luminoso como un faro, eso equivale a publicarlo en el Monitor. Aunque la emperatriz no esté en este momento en el salón, es indelicado. Directamente, o de reojo, todo el mundo ha visto salir a madame Gazzani.
Otro grupo, de pie, escucha y ríe en tomo a Castellanne, prefecto de la zona
donde estamos, a quien tocó la ingrata misión de despedir a Carlos IV.
Habitualmente los graciosos me aburren, éste no. Además de gracia tiene un encanto personal llamativo. Sabe combinar el descaro con la cortesía. Es un soplo de aire fresco entre tanta ampulosa hipocresía y aburrido circunloquio. En el corro está el único español asistente, el conde de Fuentes.
Es persona que también me resulta simpática. No al modo de Castellanne, Fuentes es serio y un poco solemne, pero con esa irradiación de noble dignidad de algunos españoles que comienzo a apreciar.
Fuentes era el único español invitado junto a los reyes a las reuniones de Marrac, porque a todos los otros nobles los consideraba Carlos IV unos traidores. Fuentes quiso marchar con su rey. No se le permitió, porque debe asistir a las sesiones de la asamblea que comienzan pasado mañana. La emperatriz le sigue llamando a palacio. Le hice seña de que se acercase.
Busqué dos asientos un poco apartados, ofrecí uno al conde.
–Es un honor, Majestad.
–Para mí un placer departir con vos.
–Es posible que Vuestra Majestad no lo sepa, pero tengo audiencia para veros mañana.
–No lo sabía y me satisface haberme anticipado a vuestro deseo. Veo con simpatía la lealtad que habéis mostrado hacia vuestro soberano. Deseo recompensarla manteniéndoos el antiguo puesto en la corte.
En lugar de la reacción de mal disimulado alivio que he percibido en tantos cortesanos en situación parecida, nubló su rostro el conde. Tras una pausa, en que miró ensimismado al suelo, dirigió sus ojos a los míos.
–Señor. Es otra muestra de la bondad de vuestro corazón. Me duele deciros que no puedo aceptar. Vuestra Majestad, en los tiempos difíciles que se avecinan, precisa servidores activos y despiertos. Yo no podría seros útil.
Necesito tiempo para componer mi ánimo, desolado por la suerte del rey mi señor. No sé mudar de lealtades tan presto. Merecéis, por vuestra bondad, ser mejor servido de como yo podría hacerlo. Con vuestra venia deseo recogerme apartado de la corte.
Es la primera renuncia que recibo. No esperaba el desplante. Eso pasa por mi tendencia a ofrecer antes de que pidan. No percibí en la expresión de Fuentes ni altivez ni despego. Las palabras amables que mezcló a su negativa, las dijo en tono de sincero aprecio. Hombres así deseo acercar a mi partido. No quise dejar impresión de estar molesto por su renuncia.
–Vuestra sinceridad os honra, conde. Como he comprobado que no vais a ocultar la verdad, deseo preguntaros algo sobre el rey Carlos.
–Decid, Majestad.
–Por mejor servir a España procuro enterarme de lo que en ella ha ocurrido, especialmente en la familia real. El rey Carlos me ha parecido, en las referencias, un hombre bueno y de sentimientos delicados.
–Señor. No me precio de conocer bien a mi rey, sino de bien haberle servido. Si de una cosa puede estar seguro Vuestra Majestad, es del gran corazón y de la bondad natural del. Rey Carlos.
–Por eso no me cuadra una de las historias que me han contado de él. Deseo que me digáis si es cierta.
–Majestad, el odio y la envidia son las dos maldiciones que pesan sobre nuestra raza. España está sembrada de calumnias y difamaciones.
–Sospecho que ésta es una de ellas. Por eso os pregunto. Me han dicho que en su pasión por la caza, el rey mandó disparar a sus artilleros sobre dos mil ciervos cercados en un parque, para divertirse con el espectáculo.
El conde crispó las manos sobre los brazos de la butaca y pareció ir a incorporarse. Controló el gesto, pero las palabras salían de su boca sibiladas
con ira. Los ojos encendidos.
–¿¡Cómo es posible, Majestad, cómo es posible que hayan cometido la villanía de contaros semejante infundio!? Mi padre fue montero mayor de Su Majestad. Improbable que una historia semejante me sea desconocida.
Imposible que el rey Carlos haya ni pensado en algo parecido.
–¿De dónde creéis que procede la difamación?
–Señor. Antaño podría haber sido un embajador veneciano, ahora no sé…
Interrumpió su frase, creo poder completarla: ahora el embajador de Francia.
–No, conde; os pregunto de qué acontecimiento deformado por la malicia puede haber surgido esta leyenda.
–Dejad que piense un poco, Majestad… no sé… Recuerdo que en uno de los palacios reales, el de Riofrío, cuyo parque está cercado de una tapia, se crían gamos, no ciervos, como en la historia que os han contado. Allí se celebran grandes monterías para la corte y los embajadores. Ahora me viene a la memoria que en una de ellas una epidemia había matado a casi todos los perros de las realas, que acosan a los gamos. Esos animales tan ágiles sorteaban a los ojeadores de a pie. Se acordaron de los cañones usados para las salvas de honor; los dispararon sin proyectiles, porque el ruido asusta y pone en movimiento a las reses, y la montería pudo celebrarse. Sin duda, de esta ingeniosa improvisación sacaron esa mentira de estúpida crueldad. No me extraña, Majestad, la historia de mi patria se conoce en Europa a través de «verdades» como ésta. Ocurre tanto para los grandes hechos como para la que en Francia, Majestad, llamáis «pequeña historia». Al resultado se le conoce como leyenda negra y forma la opinión por la que se nos juzga. El buen rey Carlos no se ha librado. Cuentan de él otras historias tan falsas como ésta.
–Gran parte de la culpa la tenéis los españoles. Muchas de esas historias las
han escrito compatriotas vuestros.
–Vuestra Majestad tiene razón, es uno de nuestros defectos.
–Pienso adoptar las costumbres españolas, pero en ese terreno prefiero contagiaros nuestra manía nacional de alabar sin mesura todo lo francés. En relación con cosas de otra monta, ¿qué nuevas tenéis de la insurrección?
–Graves, Majestad. Los avisos que nos llegan a los españoles de Bayona son mucho más serios que los que oigo en la corte imperial. Conviene que Vuestra Majestad esté apercibido.
–Es mi primera obligación. ¿Aceptaréis formar con otros miembros de la junta una comisión para aconsejarme?
De nuevo oscureció su talante el conde. Tras un largo silencio y en otro tono de voz, que había aligerado durante el relato de Riofrío, respondió interrumpiéndose en cada frase, como si tuviera que sopesar las palabras:
–No he explicado aún a Vuestra Majestad el motivo de mi audiencia de mañana. Es despedirme… y con vuestra venia lo hago ya ahora. No participaré en las sesiones de la asamblea. Tampoco lo hará el duque de Medinaceli. Yo pensaba pretextar motivos de salud. Vuestra sinceridad, que ahora conozco mejor, me impide un engaño, ni con la excusa de la cortesía.
–Estáis convocado para la asamblea. No os darán licencia para partir, os detendrán igual que al duque de Medinaceli.
–El duque partió anoche y ha cruzado la frontera. Por eso he osado mencionarlo. Yo lo haré en la madrugada de mañana… a no ser que Vuestra Majestad me haga arrestar.
–No retendré a nadie en mi partido por la fuerza. Quiero comenzar el reinado con un perdón general y otras medidas de clemencia. ¿Cómo imagináis que os voy a hacer arrestar? – resentido por el desaire, no resistí
la tentación de burlar su tono solemne. Encampané un poco la voz-: Id en buena hora, conde, id con Dios donde vuestra conciencia os lleve.
Me levanté para dar fin a la conversación con el conde, al ver acercarse en mi busca al general La valet te. Al ponerse en pie el conde dijo en voz baja, casi como para sí mismo:
–Quiera la Providencia, señor, que mis compatriotas os conozcan, antes de que sea demasiado tarde.
Acompañado por el general hasta la puerta de los aposentos del emperador, encontré a mi hermano de pie tras la mesa cubierta de mapas, atendido por el príncipe de Neufchâtel. Ambos saludaron: el emperador con amabilidad, Berthier del modo seco de este mariscal, tan grande estratega como frío cortesano.
–Sire, me gustaría retirarme para preparar la jornada de mañana.
–Veo que la de hoy ha sido dura. Medid vuestras fuerzas, van a resultar necesarias. Mañana a las siete me acompañaréis a pasar revista a la guardia imperial. Luego os llevarán los documentos a vuestro alojamiento para seguir el trabajo de hoy. Para la velada os espero en mi palco en el teatro de Bayona. He traído a una compañía de la Comédie Francaise, para una representación en vuestro honor… Una hora antes el príncipe de Neufchâtel pasará por vuestro palacio para informaros de la situación de mis ejércitos en España; ahora debe seguir la tarea conmigo. Hasta mañana.
–Sire, hasta mañana.
En el coche, de regreso a Bayona, guardé silencio, que Girardin, que me acompañaba, supo respetar. No puedo dejar de reflexionar sobre mi hermano y su extraño comportamiento conmigo. Con las cortesías y halagos, incluso con las pruebas de afecto, no deja de incluir alguna crítica o reticencia. «Medid vuestras fuerzas», «… ahora debo seguir la tarea»
(cuando me retiro agotado) y ese tono imperativo, «… me acompañaréis»,
«… os espero». Con ¡el rey de España! Luego, tanto afán de grandiosidad,