Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey

Juan Antonio Vallejo Nagera · Capítulo 23 de 34

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Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey

10 de Julio de 1808, San Sebastián-Tolosa

gracias y unas monedas a los cantantes, que rechazaron el dinero. Recibí a la comisión.

Venían amedrentados con gran congoja de ánimo a pedir clemencia. El general Merle, al tomar posesión de Santander el día 23 de junio, impuso a la ciudad la sanción de una contribución muy penosa. Los miembros de la comisión juran que la ciudad no ofreció resistencia y que, antes de rendirse, habían liberado un navío francés arribado a su puerto y permitido embarcar en él a nuestro cónsul y a todos los franceses de la ciudad.

Tan limpio y generoso comportamiento no nos ha librado de las derramas e imposiciones del general Merle. Los ciudadanos quedarán en total ruina.

Hemos oído del buen corazón de Vuestra Majestad…

La crueldad de las tropas del general Lasalle en Torquemada, con el saqueo e incendio de la villa, fue una acción de guerra ocurrida el 6 de junio, antes de mi llegada a Bayona. Mucho he lamentado tal brutalidad, que sólo puede engendrar odio. La noble victoria de Cabezón el día 12 de junio también quedó empañada con muertes inocentes y destrucción. No dio tiempo a consultarme. Esta sanción a Santander, ya durante mi reinado, no debió imponerla el general Merle sin mi permiso.

Despedí a los atribulados santanderinos con promesas de intercesión ante el emperador. Estoy fatigado en exceso para escribir ahora.

Con tan encontradas emociones, no es extraño que mi primer sueño en España estuviese entreverado de pesadillas.

10 DE JULIO DE 1808, SAN

SEBASTIÁN-TOLOSA

DOMINGO. Pedí ayer al obispo que adelante la hora de la misa mayor en la iglesia de San Ignacio a las ocho de la mañana. A la puerta del templo aguardaban, revestidos de pontifical, el obispo y los dignatarios eclesiásticos. A su vera seis sacerdotes sostenían las varas de plata labrada de un palio. Es privilegio de los reyes de España entrar bajo palio en las iglesias. Mi primer uso de una prerrogativa de la corona.

También mi primera decepción.

En Francia, en una ceremonia religiosa de solemnidad, hasta el sacristán usa bastón y tiene empaque. Los seis canónigos portadores del palio eran de estatura desigual: dos gordos como toneles, con cuello de toro y papada colgante; otro esquelético, nariz aguileña, ojos hundidos; una calavera que camina. Los seis marchando desgarbadamente, sin llevar el paso ni tampoco atender a que el palio estuviese tenso, bien extendido. Se aproximaban demasiado en su marcha tambaleante, con lo que el rico brocado, bordado en oro y pedrería, hundido por el centro, rozaba mi cabeza, despeinándome, pues soy mucho más alto que ellos. Mis intentos de esquivar la tela ahondada me hacían desplazar a un lado, quitando todo empaque y lucimiento a una entrada que debía haber sido triunfal, en toda su solemnidad.

El sermón largo, aburrido, en voz monótona. La preciosa liturgia católica y las majestuosas vestiduras sagradas, degradadas con los desmadejados movimientos de los oficiantes. Los cánticos desafinados.

Me fue provocando irritación y tristeza. Una nación tan preocupada por las prácticas religiosas descuida de este modo las formas cuando tiene que ofrendarlas a Dios. ¿Qué hará cuando le toque ofrecérmelas a mí? Es lo primero que veo hacer al clero español y resulta difícil ejecutarlo de modo más torpe.

Al final de la ceremonia, cuando nos aprestábamos a salir, ocurrió el milagro. El sonido vibrante y poderoso de cien voces varoniles retumbó en

las bóvedas y en nuestros corazones. Las palabras y la melodía de la Salve, exaltadas por una fuerza y un empeño que se notaba brotar del fondo de los corazones de cada uno de los cantores. La melodía tierna pero anodina, que hemos cantado tantas veces, transfigurada en sublime ofrenda a la Madre de Dios. Las palabras dichas, gritadas, como sólo puede hacerlo un hijo a su madre. Ni en la ópera de París ni ante los coros del Vaticano he sentido una emoción semejante. Ha hecho renacer en mi corazón adormecido la esperanza en la Virgen, que a los Bonaparte nos inculcó de niños nuestra madre. Hace mucho tiempo que no me ha pasado por las mientes pedirle algo a la Virgen. Hoy he vuelto a hacerlo, de un modo vergonzante, casi a hurtadillas de mí mismo. Le he pedido por España.

Mirando al coro, vi que estaba abarrotado de hombres vestidos a la manera del pueblo. Pregunté a los que estaban a mi vera:

–¿Quiénes son?

–Majestad, son los pescadores, que tienen por costumbre ofrendar la Salve Marinera.

Al salir, nueva irritación al volverme a rozar la cabeza el paño del dosel. En la puerta de la iglesia los gestos obsequiosos y poco agraciados del alto clero. Éstos se unen a mi partido. Yo querría a quienes han cantado. Están con los rebeldes. Quizá por eso cantaban tanto.

Pedí que descendiese el coro de pescadores para felicitarlos. En la espera se fueron agrupando en un gran corro los fíeles que salían de la iglesia tras el cortejo. Noté que a los cantores marinos y a quienes habían parado a observarnos agradó el gesto.

Al partir, murmullos entre los asistentes. Escuché un «¡Viva el rey!». El primero. Cascabeleó alegremente dentro de mí.

Antes de marchar de San Sebastián, regresé a casa para escribir al emperador.

San Sebastián, 10 de julio de 1808, a las 10 de la mañana.

Sire:

He prolongado mi estancia en esta villa hasta este momento para conocer la disposición de los habitantes y lograr que mi paso por la ciudad no sea del todo inútil.

Una diputación de Santander se ha llegado a pedir que yo descargue a esa ciudad de una contribución de doce millones de reales que le ha sido impuesta.

Creo que en lo sucesivo no se debe imponer contribución alguna sin orden mía. Tampoco debe imponerse castigo a una ciudad entera. Se conoce a los jefes principales. Basta confiscar los bienes de éstos. Si se hace de otro modo, no avanzaremos en ganarnos la voluntad del pueblo, y sin esto, nada se puede hacer en una nación como España.

Esta contribución de doce millones de reales ¿la ha ordenado Vuestra Majestad Imperial? ¿Estoy autorizado a disminuirla, a liberar Santander totalmente, según las circunstancias? Los ingleses tienen cuatro fragatas en las costas. Han hecho proposiciones. Ofrecen comercio libre y armas.

Hay mucho por hacer para conquistar la opinión de esta nación; y con moderación y con justicia esto será posible. Especialmente en cuanto los insurgentes sean derrotados.

Terminada la carta (qué humillante tener que pedir licencia para disminuir un castigo injusto, ¡en mi reino!), salí de la ciudad. Las calles estaban mejor engalanadas (comienzo a fijarme en la calidad de las colgaduras), y se escucharon algunos vivas. El esfuerzo no ha sido en vano.

De San Sebastián llegué en la misma jornada a dormir a Tolosa. Ni por el camino ni en la ciudad hubo muestras entusiasmo, pero la recepción resultó