Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey

Juan Antonio Vallejo Nagera · Capítulo 1 de 34

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Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey

Bayona, 7 de Junio de 1808

Su Majestad Imperial no dio el mando de los ejércitos de España al rey José… En el fondo de su alma el emperador no quería que el rostro siempre sereno y los modos amables del rey, tan opuestos a su aire amenazador…, ofreciesen el contraste entre quien merece que se le ame y quien impone que todos tiemblen en su presencia. En verdad parecía decir al rey José: «Si con las cualidades amables que la naturaleza os ha regalado lográis por añadidura una reputación militar, me haréis sombra.»

General De CLERMONT-TONNERRE

La figura del rey José era graciosa, y sus maneras elegantes… por la forma de llevar su corte se le hubiese tomado por un monarca de vieja estirpe.

General FOY

Deseado y añorado por los que abandono, recibo la corona del país que parece rechazarme y, dándome cuenta de todo, actúo como si no me percatase. Mi posición me disgusta. No la soportaré si tengo que hacer algo que vaya contra mi conciencia.

JOSÉ BONAPARTE

José ha nacido para ser amado.

TALLEYRAND

BAYONA, 7 DE JUNIO DE 1808

¡Yo, EL REY, don José 1, rey de España y de las Indias!

¿Qué hago yo, rey de España, contemplándome en el espejo vestido de coronel del regimiento de mi guardia de Nápoles?

Debe de haber resultado incómodo para el grupo de españoles que acaba de rendirme pleitesía como su rey.

El emperador lo ha insinuado:

–He dado orden de que os hagan inmediatamente un uniforme español. –

Empleó un tono entre condescendiente y cansino, como quien se dirige a un

inútil con quien quiere estar amable, relativamente amable.

Fue sólo un destello, pero ha bastado para ponerme alerta este regreso al viejo tono, porque el emperador había estado todo el día afectuoso, como siempre hace conmigo cuando desea algo. Lo que ahora desea es hacerme el mayor de los regalos: la corona de España. Esta donación me parece injusta e impolítica. Tampoco la deseo. No me he atrevido a decirle ninguna de las dos cosas.

Del incidente del uniforme, como de tantas cosas que me censura, la culpa es suya. Sin advertencia, sin aviso que me hubiera permitido apercibirme, llegó a Nápoles su carta:

… El rey Carlos IV, por el tratado que he hecho con él, me cede todos sus derechos a la corona de España. El príncipe de Asturias renunció antes a su pretendido título de rey, pues el rey Carlos alegó que su abdicación fue obtenida por la fuerza. La nación, por el órgano del Consejo Supremo de Castilla, me pide un rey. ES A VOS A QUIEN DESTINO ESTA CORONA…

recibiréis esta carta el día 19, partiréis el día 20, llegando aquí el primero de junio… guardad el más absoluto secreto.

La víspera de esta carta me había proclamado, sin mi conocimiento, rey de España y de las Indias.

Abandonar un reino para buscar otro en veinticuatro horas obliga a dejar muchas cosas pendientes, más importantes que el guardarropa, pero fastidia no tener el adecuado. Parece un tema insignificante, mas es cierto que el camino a la catástrofe está empedrado de trivialidades fallidas. Esta vez no puedo equivocarme ni de camino ni de empedrado. Mi desgracia sería la de todo un pueblo.

La experiencia me obliga a ser suspicaz con mi hermano. En la misiva en que me ofrece la corona incluye demasiados argumentos ensalzando el regalo: «España no es el reino de Nápoles: tiene once millones de

habitantes, más de ciento cincuenta millones de renta, sin contar los inmensos ingresos y la posesión de todas las Américas. Es una corona que, además, os coloca en Madrid, a tres días de Francia. Nápoles está en el fin del mundo…»

Si fuese tan claro el beneficio, no precisaría vendérmelo. Me gusta Nápoles, prefiero Nápoles a España.

Hace más de dos años que reino en Nápoles. Tomé posesión del país con sólo dos muertos. ¿Cuántos costará instalarme en el trono de España? Es un tema del que mi hermano ha evitado hablarme en todo el día de hoy. La carta con la oferta-orden está fechada el 11 de mayo de 1808. Tengo que recordar las fechas porque son muy importantes para desenredar todo ese embrollo. «Embrollo», la palabra es también del emperador. Hace meses que me habla o escribe de las cosas de España. Nunca hasta el 11 de mayo asociándolas conmigo. Cuando nos vimos en Venecia en diciembre pasado se refirió a España como algo que le preocupaba, que se estaba complicando, es un « imbroglio» me dijo. Si se lo pareció entonces, mucho más me lo parece hoy a mí. El enredo más complejo de que tengo noticia.

Un laberinto que ha empezado a teñirse de sangre. La carta del emperador, del 6 de mayo, cinco días anterior a la otra, no deja lugar a dudas: Hermano, os envío adjuntos unos documentos que os permitirán conocer los asuntos de España. Nos aproximamos al desenlace. El rey Carlos me ha cedido todos sus derechos al trono, se retira a Compiégne con la reina y parte de sus hijos. Días antes de la firma de este tratado, el príncipe de Asturias renunció a la corona, devolviéndosela al rey Carlos.

El gran duque de Berg ha sido nombrado lugarteniente general del reino y presidente de todos los consejos. Ha habido una gran insurrección en Madrid el 2 de mayo. De treinta a cuarenta mil individuos se reunieron en las calles y las casas, haciendo fuego por las ventanas. Dos batallones de fusileros de mi guardia, quinientos caballos, pusieron todo en orden.

Murieron más de dos mil hombres de este populacho. Yo tenía en Madrid sesenta mil hombres que no pudieron hacer nada. Se aprovechó esta circunstancia para desarmar Madrid.

¡Dos mil muertos en un solo motín! En más de dos años de reinado en Nápoles no ha ocurrido nada similar, gracias a no haber seguido sus instrucciones. Es mi mayor orgullo.

Haberme puesto dócilmente en viaje muestra, una vez más, que no soy capaz de resistir a su voluntad.

Cuando hace más de dos años me ofreció el trono de Nápoles, dio opción al rechazo: «… Mi intención es que los Borbones cesen de reinar en Nápoles.

Quiero sentar en ese trono a un príncipe de mi casa: a vos, si os conviene; en caso contrario, a otro…» Ahora me vuelve a utilizar, esta vez con los Borbones de España. No es una oferta, es una orden: «… recibiréis esta carta el 19, partiréis el 20…» Mi único gesto de resistencia fue retrasar la salida un día.

Hoy ha tenido una deferencia inusitada: salir unas leguas a mi encuentro, con todo el protocolo y boato reservados a un rey. Por el rey de Nápoles no se hubiese molestado tanto. Deseaba realzar la importancia del rey de España.

Salí de Pau a las siete de la mañana, y él de Bayona en mi busca. Le he escuchado burlarse de la importancia que las gentes dan a las apariencias.

No creo que en toda la historia haya existido alguien que las utilice para su provecho tan hábilmente como mi hermano.

La solemnidad de las ceremonias, la brillantez de los uniformes, los títulos altisonantes, los pormenores de la etiqueta, todo lo tiene medido con precisión, como los ingredientes de una pócima. El «buró de propaganda»

es una de sus más útiles invenciones. Usa de modo magistral todo lo que pueda impresionar, desde el ascenso arbitrario de un soldado por un desplante ingenioso, hasta la dosificación de las cortesías a un monarca.

En el día de hoy ha sido muy notable el despliegue de esos recursos en torno a mi llegada.

Nos encontramos a mitad del camino. El cortejo del emperador es siempre impresionante, por el porte de los carruajes y también por la endiablada velocidad a la que viaja.

Cada desplazamiento de mi hermano es mucho más complejo que el de cualquier otro monarca. Desde el atentado de la «máquina infernal», no comunica la hora de salida ni la ruta que va a utilizar. Unas horas antes parten varios convoyes, por todos los posibles trayectos, para tener bien preparado el descanso en los eventuales puntos de parada. Napoleón parece complacerse en desorientar incluso a los encargados de esos preparativos.

Emprende camino por los vericuetos más inesperados, y alienta a ese cochero perturbado que lleva la carroza imperial a galope tendido.

Al atravesar los pueblos es milagro que no haya más víctimas de los escuadrones de caballería de la escolta y de las ruedas de los carruajes. Es otro portento que éstos no vuelquen con más frecuencia.

Hoy sí han volcado varios. Al tener que acompasar la salida con el anuncio de mi llegada, no pudieron partir con antelación, como es costumbre para la mayoría, y arrancaron todos al tiempo, tras la caravana imperial, tratando de seguir su paso.

La berlina del emperador es una máquina de nueva invención. Asombro de ingeniería, con un complicado sistema de suspensión que permite pasar por baches y obstáculos sin percance. También están preparadas las veintiocho carrozas que siempre van con el séquito. Los demás invitados a acompañarle en este trayecto, toda una caravana, tuvieron que hacerlo al ritmo frenético que marca César, el cochero del emperador, entre el agobio de los aurigas, el pánico de los ocupantes y la inutilización de buen número de vehículos. Fuimos luego reencontrándolos por el camino, al regreso a Bayona, con sus atribulados ocupantes, más o menos maltrechos, buscando

acomodo para volver tras nosotros en algún carruaje que tuviese sitio para ellos.

No olvidaré fácilmente el momento del encuentro. Avanzaba lentamente mi caravana por la llanura, cuando la polvareda, acercándose como un torbellino, anunció la de su Majestad Imperial y Real.

Ambos descendimos. En contraste con la impetuosidad de la marcha, su acercamiento fue pausado, solemne, llevando el protocolo hasta el extremo.

Hace cinco años que no me tutea en las cartas. Hoy quiso mostrar que no venía a recibir con afecto a su hermano mayor, sino con deferencia de emperador al monarca soberano de un país importante.

Tras la ceremonia me invitó a subir a su carruaje y, en la intimidad de la berlina, los dos solos, volvió a mostrarse el hermano jovial y cariñoso de nuestra infancia, un talante que no he disfrutado en los últimos años.

Entre sus múltiples talentos, la cualidad que más me asombra es la capacidad que tiene para fascinar. Napoleón es un seductor. Seductor de monarcas, de mariscales, de mujeres, de soldados, de cabos, de pueblos, de naciones, de ejércitos, de multitudes plebeyas, de príncipes y cortes. Hoy se está tomando la molestia de fascinarme a mí. ¿Por qué?

Donde menos efecto ha tenido esa capacidad es en su propia familia. Soy la excepción. Me he dejado arrastrar por él en todas las circunstancias, aun sabiendo que no tenía razón y que era injusto conmigo. ¿Por qué desde la infancia, siendo yo el primogénito, ha ejercido ese dominio sobre mí? ¿Me estaré dejando envolver de nuevo? ¿Es la corona de España una trampa?

Contra su costumbre, el emperador no fue directamente al núcleo del asunto, lo que aumentó mi suspicacia. El tema de España se desarrolló de refilón, a través de una charla enlazada en cadeneta, más propia de plática de ociosos que de diálogo de dos monarcas.

–Sire -por cierto, no me ha dispensado del tratamiento-, ¿no creéis que

puede costaros la vida permitir a César esa velocidad?

–Aún seguiría en deuda, ya me la ha salvado dos veces.

Comprendí que era inútil todo intento de reducir el ritmo desenfrenado de la marcha, y pasé a elogiar el suave movimiento de la berlina y la sorpresa que tuve con su elasticidad al poner el pie sobre el estribo.

–No podéis imaginar el susto que ese balanceo le produjo al pobre Carlos IV.

–¿Por qué?

–Está acostumbrado a su carroza. Una antigualla del tiempo de Luís XIV, rígida como un leño y arrastrada por mulas, a la española.

–Es extraño que no prefieran caballos.

–¡Ah, ya veréis! Los españoles están orgullosos de todos sus errores, y se aferran a ellos. El rey, con la edad, se ha vuelto torpe y medroso. Una cantidad absurda de servidores se agolpan para ayudarle a subir al carruaje.

Uno de ellos es de lo más pintoresco. Un lacayo que porta a su espalda un artilugio, especie de estribo, sujeto con correas. Se agacha y, cuando el monarca ha puesto el pie en ese escalón humano, el criado se incorpora y con la ayuda de otros servidores introducen, entre todos, al rey en el coche.

–Todo un espectáculo. ¿Qué decíais que pasó con vuestra berlina?

–El día de la llegada de los reyes de España a Bayona envié mi coche a buscarlos para traerlos a la cena en su honor en el cháteau de Marrac. Su escalón humano no se adaptó bien al estribo de mi berlina y, al pisarlo, el balanceo le produjo pánico. Fue difícil introducirle en el coche, sufrió todo el trayecto temblando ante la idea de que volcase el vehículo. El descenso al llegar a Marrac fue un número de comedia. Yo le esperaba al pie de la escalinata. Tardó varios interminables minutos en descender. Primero se

trabó con la espada en la portezuela, luego con sus criados amontonados y estorbándose al intentar ayudarle. Alarmado, reculaba cada vez que, al poner el pie en el estribo, se inclinaba el carruaje. Nos obsequió con la repetición de la maniobra varias veces. Yo al principio estaba impaciente, luego irritado; al final tuve que hacer esfuerzos para contener la risa.

–Es explicable en un anciano. El rey Carlos quedaría muy azorado.

–¿Eso pensáis? También yo lo esperaba. Pues no. Quedó tan tranquilo, incluso le hizo gracia. El rey tiene una extraña mezcla de la solemnidad del torpe con una natural majestad de movimientos y aire patriarcal y bonachón. Da la impresión de sentirse siempre rey, aun en las circunstancias más embarazosas o ridículas. Al acompañarle en la escalera noté su dificultad para subir los peldaños y se me escapó una cruel ironía.

Le dije: «Apoyaos en mí, tengo fuerzas por los dos.»

–¿Como reaccionó el rey?

–Suspendió la marcha, separó el brazo del mío en que se apoyaba y balanceando la cabeza verticalmente con los ojos fijos en mi rostro dijo:

«En verdad que lo creo, y lo espero.» Volvió a apoyarse en mi brazo.

–Parece imposible que sea así el rey Carlos.

–Si no las hubiese comprobado durante su estancia en Bayona, también seguiría yo sin creer muchas de las cosas que me habían contado. En los próximos días iréis recibiendo informes documentados de su conducta en asuntos de estado, que también os costará creer.

–Los de los últimos meses, que conocen todas las cortes de Europa, nos han dejado perplejos.

–Esperad a que os dé algunos detalles de su comportamiento cotidiano. En la mesa de Marrac, comía con apetito voraz, y le decía a la reina, delante de toda la corte francesa: «Luisa, repite esto, está bonísimo.» Bebe sólo agua,

pero hay que colocarle tres jarras, una con agua helada, otra la contiene tibia y una tercera a la temperatura ambiente. Mezcla diligentemente de las tres en el vaso, hasta que la temperatura le parece ideal. Entonces bebe.

–Sire, ¡no es posible!

–Se lo he visto realizar en todas las comidas que hemos compartido.

Además se empeñó en que el agua que mejor le sentaba era la de una fuente de Bayona y había que traérsela a Marrac.

–Menos mal que son manías inofensivas.

–Es más chocante lo que hace con su confesor. Mejor dicho, con su equipo de confesores. No tiene uno fijo, que ha sido la costumbre de los reyes españoles, sino una especie de turno de confesores. Permanecen de guardia, como los centinelas. Jamás está sin uno de ellos. Durante una conversación de estado, confidencial, le hace esperar en una habitación contigua. Si cree necesitarlo, imagino que será por un mal pensamiento, le silba como a un perro, con lo que el confesor acude de inmediato, musita el rey unas palabras, recibe la absolución y despide de nuevo al sacerdote que sigue de guardia. Y no me digáis que no es posible -comentó el emperador riendo-porque se lo he visto hacer.

–¿También en Marrac? ¿En circunstancias tan dramáticas?

–Sí, y naturalmente no estaba previsto ese detalle. Ya veréis que en Marrac hay poco espacio y muchas personas. No sabíamos dónde diantre colocar al salvador de su alma. Los reyes, que han sido tan fáciles, tan increíblemente fáciles en los temas graves y espinosos, nos crearon multitud de pequeños quebraderos de cabeza con esas extravagancias.

–Sire, ha sido una suerte para vos ese acento en lo extravagante

–Y para vos. Sin la extraña condición de su persona, quizá no pudiese ofreceros el trono de España. Lo más curioso es que el rey Carlos, con esos

disparates, acaba resultando simpático. La emperatriz, ya conocéis la bondad de su corazón, le ha tomado afecto y dice que no se consuela de la desgraciada suerte de los príncipes españoles. El rey Carlos sí se ha consolado. Me escribe cartas cada vez más afectuosas. Es difícil comprender sus sentimientos: sólo quiere a tres personas, a la reina María Luisa y a los dos que le hemos arruinado, el príncipe de la Paz y yo.

–Sire, comprendo el desvalimiento de España, si tales sentimientos guiaron su gobierno.

–Así es como la ha puesto en nuestras manos, como fruta madura a la que sólo hay que tomar de la rama para que Francia la disfrute.

Guardé silencio. He reinado en Nápoles para el bien de los napolitanos.

Seré un leal aliado del emperador, mas si reino en España mi honor exige que sea para beneficio de los españoles.

Tras una pausa, mi hermano reanudó el diálogo. En realidad un monólogo, sólo punteado por mis preguntas. Parecía necesitar un descargo de conciencia, a través de la acumulación de muestras de ineptitud para el gobierno, de la familia real española. No lo hace así normalmente, va derecho a lo esencial. Cuando alguien se porta de modo inesperado, es cuando mejor descubre su alma. Por eso quiero recordar cuanto me dijo en la berlina, acompañado por el ruido y los botes de la carroza, que me hacían perder el aliento y que él parece no acusar.

–Cada rato con los reyes me hizo evocar aquellas cosas que nos escribía desde Madrid nuestro hermano Luciano, cuando le tuve de embajador en España.

–Sire, en la entrevista que por indicación vuestra acabo de tener en Bolonia con Luciano, repasamos juntos esos recuerdos. La conversación no me tranquilizó: Luciano cree, igual que yo, que los españoles no son como los napolitanos. Es un pueblo orgulloso y fiero. Su historia lo demuestra.

–La historia es pasado. Los pueblos envejecen, igual que las personas. A

veces al compás que marca una de ellas. El rey Carlos ha perdido la fuerza hercúlea de su juventud, está gotoso y anquilosado. La ineptitud de su gobierno ha convertido también a España en reumática y anquilosada.

–Sire, también los pueblos rejuvenecen, resucitan por el aliento de un hombre. Vos lo habéis conseguido en Francia.

–En eso podéis estar tranquilo. He tenido buen cuidado en informarme. Ni un solo hombre. En su ejército y en el gobierno; ni uno sólo que pueda unir en su torno a los demás. Los de relieve han pasado todos por aquí. Creo que el menos torpe es el príncipe de la Paz. Nunca han odiado tanto a uno de sus compatriotas. Ésta va a ser vuestra mayor ventaja. Carecéis de oponente.

También vuestra mayor tribulación, sois vos el único que puede agrupar a los españoles para su salvación. Por eso os he llamado.

Preferí aplazar la exposición de mis dudas a un momento más sereno que el que permitía el bailoteo de la berlina. Llevé de nuevo la atención de mi hermano al rey Carlos.

–No sabía que el rey Carlos disfrutase de un vigor hercúleo.

–En su juventud podía haberse ganado la vida como forzudo de barraca de feria. Una de sus diversiones favoritas era desafiar a los mozos de cuadra a levantar grandes pesos, y vencía a todos.

–Original entretenimiento para un rey. Si poseía esas cualidades, la tendencia lógica era el competir en juegos y destreza con los cortesanos, al modo de Enrique VIII de Inglaterra.

Napoleón rió antes de contestar; sin duda el tema le mantenía de muy buen humor.

–No esperéis lógica en ninguno de los actos del buen rey Carlos. Además -

volvió a reír-, los aristócratas españoles no están inclinados a gozar con el ejercicio. El rey carecía de competidores de alcurnia. Hace muchos años realizó un simulacro de lucha con el conde de Aranda y el marqués de

Grimaldi, y quedaron maltrechos. Es un remoto episodio del que aún se habla en la corte española.

Permaneció ensimismado unos instantes; al reanudar el discurso su tono y expresión eran distintos.

–Todo esto que os cuento, y que parece insignificante, tiene repercusiones políticas. Al aburrirse con sus cortesanos, el rey ha pasado la vida entre palafreneros, lacayos, artesanos y monteros. Las únicas excepciones, la reina y el príncipe de la Paz. No se le conoce otro amigo. Los grandes de España no tenían más función palatina que la breve ceremonia del besamanos. Es una de las causas de su enajenamiento del rey y de que tomasen partido por el príncipe de Asturias.

–Los reyes tenemos una dura servidumbre en cuidar tanto las minucias cotidianas como las decisiones de gobierno, sire.

–El rey Carlos ha seguido, casi hasta el foral, disfrutando sus minucias, en vez de cuidarlas. Excepto en lo que imagina son sus obligaciones religiosas, en las que también se porta de modo absurdo.

–Ya lo he visto con lo del confesor.

–En otros muchos detalles. Se levanta todos los días a las cinco de la mañana para tener tiempo de oír en su cámara dos misas seguidas.

¿Con qué ha sustituido las proezas musculares?

–Sigue departiendo en las cuadras y bromeando familiarmente con mozos, sotas, aurigas y palafreneros; es la tertulia que prefiere, pero antes trabaja en los talleres en tareas manuales.

–Creí que en España está mal considerado el trabajo manual, que para pertenecer a un cuerpo de la nobleza hay que demostrar que ningún antepasado utilizó las manos para el trabajo. A eso se atribuye que no

tengan grandes artesanos.

–El rey, en su aparente sencillez y modestia, se cree, de verdad, compuesto de una materia distinta a la del resto de los mortales. Para él las «otras personas» somos sólo los reyes; el resto de la humanidad, y sus normas, sólo el fondo de un paisaje en el que pasear. Trata igual a un lacayo que a un duque. A todos con distante afabilidad, pero por el mismo rasero, se encuentra tan por encima de todos que, desde su altura, no distingue la diferencia de estatura entre ellos. Ya os digo que esto explica el abandono que ha sufrido por parte de la nobleza.

–Los forzudos no suelen ser artesanos hábiles.

–Éste sí. Al menos lo dicen. En sus palacios tiene instalados unos magníficos talleres, con los mejores artífices que hay en España. La rutina del rey era inmodificable. Tras las dos misas, el desayuno. Después a los talleres. Allí se recreaba un par de horas, especialmente en trabajos de ebanistería y marquetería. Ya los veréis en los «reales sitios», en vuestros reales sitios (dijo mirándome de reojo), ya podréis juzgar por vos mismo.

–Son gustos sencillos, no precisa para satisfacerlos su condición de rey.

–No creáis. Falta su monomanía, la pasión por la caza que heredó de su padre. Cazaba dos veces al día, por la mañana y por la tarde, hasta el anochecer. Todos los días de su reinado. Movilizaba unas mil personas a diario para este fin, entre ojeadores, guardas, transportes. Es un gran tirador, cosa que sabéis que no puedo decir de mí mismo.

–Con este programa le quedaba poco tiempo para las tareas de gobierno.

–Dedicaba una media hora diaria al despacho. También en esto era rutinario. Siempre con alguno de los ministros a solas, nunca en reunión con ellos. El resto lo dejaba al príncipe de la Paz. En cuanto a la vida de corte, la redujo a una breve ceremonia, el besamanos que os mencioné antes. Ya os contaré lo que ocurrió en el besamanos al llegar a Bayona. A la familia concedía un cuarto de hora, sin contar a la reina y a don Manuel

Godoy. Como veis, en total una hora a los deberes del trono y de la familia.

El resto a sus particulares gustos. No conozco otro monarca contemporáneo del que se pueda decir lo mismo.

–Cuenta, Luciano, que dentro de su espíritu poco cultivado, tiene aficiones artísticas.

–A su manera. Las manualidades de que hemos hablado. Los relojes y la música. También en esto, como en todo, mezcla lo extravagante con lo ridículo.

Ahora fui yo quien sonrió.

–Sire, encuentro original hacer el ridículo con los relojes.

–En el terreno de hacer el ridículo nuestro rey Carlos no tiene rival. La nota grotesca queda atenuada por su naturalidad y buen corazón, pero no puede dejar de percibirse constantemente. En ocasiones el buen corazón se eclipsa en un ramalazo de la simpleza y brutalidad primarias. Aseguran que mandó encerrar dos mil ciervos en un gran parque amurallado, y se divirtió contemplando cómo sus artilleros los mataban a cañonazos.

Temo que el emperador, en su afán de encontrar justificado el destronamiento de los Borbones, nubla su proverbial perspicacia y acepta todas las versiones negativas. Las personas no actúan de forma tan incongruente. He de averiguar si hay algo de cierto en esa historia.

–Sire, no me habéis aclarado lo de los relojes.

–Los tiene a centenares. Forman una parte importante del equipaje que ha traído a Bayona y le sigue en el exilio. Todos los días al vestirle, un criado le entrega ocho o diez relojes de bolsillo, los reparte por todos los de su traje y pasea luego enérgicamente por la habitación, porque está convencido de que eso es bueno para los relojes.

–Al menos será puntual.

–Maniáticamente puntual. Un segundo de retraso y lo convierte en un drama. Menos en la música, en la que se sale de tiempo y además presume de ello.

–Sire, me tenéis que preparar para tanta sorpresa. Tampoco entiendo cómo puede presumirse de salir de tiempo en la música.

–Ya os digo que es una caja de sorpresas; por eso os estáis encontrando con tantas. Me contó que ha empezado a tocar el violín cuando el reuma y la gota le entorpecieron el disfrute de la caza. No ha progresado mucho en la música. En España disponía de un cuarteto como acompañante. Entre sus componentes estaba el famoso violinista Boucher. Se empeña en que, como es rey, debe empezar antes que los músicos que le acompañan. Al hacerle Boucher alguna observación le dijo: «No creo que mi papel sea esperar a nadie, tampoco a ti.» Me lo contó riendo muy satisfecho, podéis imaginar el resultado.

–Sire, tiene que ser una exageración de cortesanos chismosos. No es posible.

–Otra vez me decís que no es posible. Espero que en lo sucesivo os fiéis más de mí -rió de nuevo el emperador-. Mandé que le buscaran unos músicos para acompañarle en las veladas de Bayona, y los dejó tocando solos, quejoso de que no sabían seguirle y se atropellaban intentando ir al mismo compás que el suyo. Creo que es de lo único que se me quejó. La diplomacia tampoco es una de sus virtudes. Nada más llegar a Bayona, en la visita que les hice en su residencia, repitió varias veces, como si una no bastase: «Vuestra Majestad no sabe lo que es tener que dolerse de un.hijo, es la desgracia más penosa que se puede sufrir. No sabéis cuán grande es vuestra suerte de no tener hijos.» ¡El pobre cretino, incapaz de percatarse de mi amargura por no tener un hijo, un sucesor!

Como tantas veces cuando el emperador se queja de un defecto de otro,

simultáneamente lo muestra en sí mismo. No resulta demasiado diplomático en mi presencia el tema del sucesor, después de haber regateado tantas veces nombrarme como tal, siendo yo como hermano mayor el heredero natural. Es humillante que haya pensado en sustituciones tan arbitrarias como el hijo de otro matrimonio de su mujer. Es la mejor prueba de que el cariño, que no cabe duda me tiene, está misteriosamente entrelazado de odio, rencor y desdén, cuyo origen no comprendo.

Nuevamente era mejor cambiar el tema de la conversación.

–Sire, ¿ha heredado el príncipe de Asturias las cualidades diplomáticas de su padre?

–Es completamente distinto. Es bruto y malvado. Muy enemigo de Francia.

Las condiciones diplomáticas es difícil valorarlas; en todos los días que permaneció aquí no conseguí sacarle una sola palabra. Desde nuestro primer contacto comprendí que nada me llevaría a reconocerle como rey de España.

–¿Pensabais hacerlo?

No. No era ése mi proyecto, pero aún cabía alguna posibilidad.

–Si acudía sólo con ese propósito.

–Es cierto y también que no jugué limpio. Cuando dudó en Vitoria, intentando interrumpir el viaje, envié a Savary con órdenes de traerle de cualquier forma, de grado o por fuerza. La verdad es que, pese a todo, cuando me anunciaron que había cruzado la frontera no me lo podía creer.

Afirman que no hubo que emplear la fuerza, que acudió de buen grado.

–Savary esbozó las amenazas, rodeándole con mis tropas «para su protección», y puso el acento en las promesas. Se extralimitó. Luego le hice pagar al general el exceso de iniciativa. Fijaos que le dijo al príncipe: «Os

aseguro que el emperador os dará el tratamiento de rey. Puede que no en el primer instante, pero me dejaré cortar la cabeza si no lo hace antes de un cuarto de hora.» No tolero que mientan mis intenciones de forma tan descarada, ni con el propósito de cumplir mis deseos.

–No podíais sancionar a Savary, os traía en bandeja el triunfo.

–Al general Savary le di un escarmiento simbólico. Le concedí el honor de ser él mismo quien fuese a comunicar al príncipe de Asturias, la misma noche de su llegada, que yo había decidido no reconocerle como rey. No sé a cuál de los dos resultaría más violenta la escena.

Yo sí lo sé. Detesto a Savary. Es un cínico. Un militar con vocación de jefe de esbirros de policía secreta. Estoy seguro de que disfrutó del honor de tan alta comisión, sin padecer la vergüenza que hubiese puesto enfermo a cualquier hombre de honor. No dije nada al emperador. Si nota mi aversión por el general, me lo enviará a España.

–El mensaje de Savary sería anterior a vuestra entrevista con el príncipe Fernando.

–Primero fue la entrevista conmigo. A su llegada le invité a cenar en Mancar. Mandé que se le rindiesen honores solamente de alteza real. Le traté con amabilidad, pero siempre, con el título de Vuestra Alteza… Ni una sola vez como rey Le despedí en el primer peldaño de la escalera, sin bajarla.

–Prefiero no verme en situación semejante.

–No os la merecéis como él. Quedó mudo, y nada más regresar al alojamiento que le había dispuesto en Bayona, envió a quejarse a su consejero de Estado, Cevallos. ¿Qué creéis que me dijo? Que el edificio «a todo el mundo le ha parecido, y es, poco adecuado para la dignidad del huésped augusto que debe albergan». Tal minucia en situación tan grave sólo puede proceder de una mente pequeña. ¡Ocuparse de la casa y muebles

de Bayona, cuando se pierden un reino y un imperio, cuando se le escapan entre los dedos de las manos España y América! Con tales ineptos España hubiese ido a la ruina. Os incumbe la hermosa tarea de regenerarla, como habéis hecho con Nápoles.

Al fin ese le ha escapado un elogio. No interrumpí el discurso del emperador por si brotaba algún otro, pero se había agotado el manantial.

Siguió con los españoles.

–En cuanto Carlos IV cruzó la frontera, mandé al príncipe de Asturias recado de que no quería más relación con él, y ordené que interceptasen sus correos. No lo podréis creer, pero en una de las cartas hablaba de «éstos cornudos franceses», y en otra nos llamaba «malditos», fijaos, «malditos», es casi italiano maledetti.

Lo pude creer perfectamente. Lo único que me extraña es que al emperador le extrañase. También que le irritase más lo de maledetti que lo de cornudos. Se conoce que cuando los insultos se pueden, traducir literalmente a nuestra lengua originaria, duelen más. Tras una pausa el emperador siguió hablando, ensimismado, como en un monólogo en que hiciese balance de su impresión de la familia real española.

–La reina María Luisa es fea y perversa. La emperatriz, a pesar de que les ha tomado apego, quedó horrorizada del odio a su hijo primogénito, del que dijo varias veces que merecía la muerte.

–¿Cuál es el aspecto de esa reina de amoríos tan sonados?

–Mantiene el afán de agradar. No existe nada más ridículo que esa mujer de sesenta años, ajada, de piel amarillenta, presentándose como una momia concupiscente, con gran escote y los brazos desnudos, sin guantes.

–Luciano; dice que tiene bonitos brazos.

–Fueron el último vestigio de su antigua belleza; se los han elogiado tanto

que cree seguir seduciendo con ellos; la intención es tan evidente que resulta molesta. Me ha correspondido ofrecerle el brazo en repetidas ocasiones, y lo entrega como quien presta un vaso precioso para que se le admire, y teme que se caiga y rompa en mil pedazos.

–En las bellezas marchitas, me agrada que brille aún un destello de presunción.

–Con la reina no hubieseis tenido ese placer. De paseo con ella del brazo, en el parque de Marrac, al notar que yo, distraído, caminaba demasiado ligero y le costaba seguirme, le pregunté: «¿Encontráis, Majestad, que voy muy de prisa?» Contestó con una sonrisa, mientras apretó insinuante mi mano entre su brazo y el costado: «Sire, es vuestra costumbre.» ¿Podéis creerlo?

Mi hermano parece hoy empeñado en que no voy a poder creer nada, la cosa no es para tanto.

–Sire, ¿no queda algún vestigio de esa aureola que nimba a las mujeres que han sido muy admiradas?

–Quizá el porte airoso, con cierta majestad, que logra con su costumbre de llevar la cabeza muy erguida. El resto no es grato. Caminar torpe y bamboleante, falta de gracia en los gestos. Tiene una voz desagradable, que emplea para hablar a gritos, aun más fuertes que los de su esposo el rey. Por lo menos lo hace en francés; es la única entre estos descendientes de Luis XIV que tiene un francés pasable.

–¿Y el príncipe de la Paz?

–Godoy tiene todavía un cierto aire de toro. De todas formas debe haberle costado mucho mantener tranquila a esa mujer.

El recuerdo del trato que los españoles han dado a don Manuel Godoy, no logro disociarlo del temor de que me lo proporcionen a mí si las cosas se tuercen. Quise preguntar por la suerte última del príncipe de la Paz, pero el

emperador, ensimismado en su rememoración del grupo español, no me dio lugar al continuar sus reflexiones.

–¡Qué familia! Mañana o pasado Duroc os dará cuenta de sus relaciones que afectan temas de estado, pero creo que no podré olvidar la escena de la noticia de la rebelión del 2 de mayo. Recordaréis los detalles que os escribí.

–En vuestra carta me decíais que Madrid está a tres días de Francia.

¿Cuánto tardan los correos de Madrid?

–Este mensajero vino en dos días y algunas horas. Paseaba con Savary a caballo al atardecer del 5 de mayo, mientras la emperatriz hacía una visita de cortesía a los reyes españoles, cuando llegó el capitán Danoncurt, enviado por Murat desde Madrid con un despacho urgente del día 3.

Pese a haber advertido que ya me lo comunicó por escrito, repitió casi textualmente las palabras de la carta. Luego, en una especie de trance, dejó escapar algo que nunca le había escuchado:

–¡Al fin tenía un pretexto! ¡Años esperándolo! Desde el desliz de la proclama de Godoy de octubre de 1806, ha sido desesperante la sumisión española, doblegándose a cada una de nuestras exigencias. Sin obstáculo a la entrada de mis tropas. Con honores y rindiendo armas al paso del ejército de Junot por la frontera. Han cumplido las normas del bloqueo continental; el único país que lo ha hecho de verdad. Entregaron las plazas fuertes de San Sebastián, Pamplona, Montjuic sin un disparo. Dejaron ocupar Madrid por el gran duque de Berg. Vinieron a Bayona el rey y el príncipe de Asturias, sometidos en todo. Pero ahora, ahora era distinto. Las bajas en mis soldados y esos dos mil españoles muertos, esos oportunos cadáveres por los que nunca podré felicitar bastante a Murat, me permitían representar el papel de Júpiter tonante y, en verdad, que,lo adopté con gusto…

Quedé perplejo. Con mil preguntas que no osaba formular. Tampoco me dio ocasión el emperador. Siguió hablando:

–A galope tendido llegamos a la residencia de los reyes. Espolear

frenéticamente el caballo, contagia nuestras emociones y me convenía llegar enfurecido. Nada más entrar le dije al rey: «Ved lo que recibo de Madrid, no puedo explicarlo.» Leyó la carta y en tono enérgico se dirigió al príncipe de la Paz: «Haz buscar a Carlos y Fernando.»

–Estabais solos?

–Luego me he enterado de que Savary y Godoy quedaron escuchando detrás de la puerta Al entrar el príncipe de Asturias, que tardó bastante en aparecer, le interpeló con el ceño fruncido: «¿Tienes noticias de Madrid?»

El príncipe miró con expresión perpleja, lógicamente no podía haber recibido noticias, pero su padre no le dejó exponerlo, siguió con talante muy violento: «¿No las tienes? Pues yo te las puedo dar.» Y leyó airadamente el despacho de Murat. «¿Crees que no tienes responsabilidad en ese saqueo?» No sé por qué habló de saqueo, pero fue la expresión que utilizó. El príncipe siguió mudo e inexpresivo. «Sí. Tú o los miserables que te dirigen. ¿Es para hacer degollar a mis súbditos para lo que te has empeñado en hacerme bajar del trono? ¿Crees que se puede reinar mucho tiempo con tales métodos? ¿Quién te ha aconsejado esa monstruosidad?

¿No aspiras a otro tipo de gloria que a la de un asesino? ¡Habla!»

–¿Qué dijo el príncipe?

–Como en todas las entrevistas que celebraron en mi presencia, el príncipe Fernando permaneció callado, silencio que rompió el rey de nuevo: «Ya te lo había dicho, que te perderías, y mira por dónde nos has metido a nosotros también; tu desatino nos habría hecho morir a nosotros si hubiésemos permanecido en Madrid. ¿Cómo hubieras podido impedirlo? Eres un pérfido y un traidor.» Carlos IV camina apoyado en un bastón, lo movió agitadamente en este parlamento y parecía que iba a golpear a Fernando con él cuando intervino la reina María Luisa: «i Pero ¿vas a hablar de una vez?!

Siempre pasa lo mismo: después de cada una de tus majaderías no sabes nada de nada.» Se aproximó amenazándole con el abanico.

–La escena no podía ajustarse más a vuestros deseos.

–De todos modos consideré oportuno interrumpirla.

–¿Contabais con alguien para sosegar a los reyes?

–No. Permanecíamos solos en la estancia. En la contigua seguían escuchando y espiando por la cerradura Savary y Godoy, y en una sala vecina aguardaban los grandes de España que habían acompañado a don Fernando. Desde su llegada a Bayona el 30 de abril, el rey Carlos sólo dirigía la palabra al conde de Fuentes, a todos los demás los consideraba traidores. Fuentes no debía hablarles, y ellos no deseaban hacerlo en presencia del conde, guardaban silencio, por lo que pueden haber escuchado alguna frase.

–¿Fue en esta ocasión cuando la reina dijo que su hijo merecía subir al patíbulo?

–Veo que os han informado.

–Sire, se comenta en todas las cancillerías.

–Pues la noticia sólo es aproximada. Lo dijo ante otros testigos en nuestro primer encuentro, a la llegada de los reyes a Bayona. En esta ocasión lo repitió al quedarse los reyes conmigo a solas, pero antes corté las recriminaciones iniciando las mías. Dije a don Fernando: «Príncipe, hasta este momento no he tomado partido sobre el asunto que os ha traído aquí.

La sangre vertida en Madrid termina con mi resolución. Esa masacre sólo puede ser obra de un partido, el que vos favorecéis. Jamás reconoceré como rey de España al primero que ha roto la larga alianza que desde hace tanto tiempo la une con Francia, y vos habéis roto esa alianza al ordenar la muerte de soldados franceses, a la vez que veníais a pedirme que sancionase la acción impía por la que pretendíais subir al trono. Ahí tenéis el resultado de los malos consejos que habéis seguido. Ya sólo tengo vínculos ton vuestro padre, es a él a quien reconozco como rey, y le enviaré a Madrid como tal en cuanto me lo pida.»

–Era lo que los reyes venían buscando.

–Eso creía yo. Mi ofrecimiento, un tanto precipitado y que de todos modos no pensaba cumplir, fue lo que inclinó el fiel de la balanza en sentido contrario del esperado. El rey Carlos interrumpió con grandes muestras de excitación: «¡Yo! ¿Volver a Madrid como rey? ¡No lo deseo! ¿Qué voy a hacer en un país en que él ha armado todas las pasiones contra mí?

Encontraría por todas partes súbditos sublevados. No quiero deshonrar mi vejez haciendo la guerra a mis provincias, o llevando mis súbditos al cadalso. No quiero hacerlo de ninguna manera; esto lo haría él mucho mejor que yo.»

El emperador quedó mirándome:

–Parecéis fatigado, no quiero abrumaros con demasiadas noticias a la vez.

En cuanto vea un lugar adecuado, pararemos remos para un almuerzo breve y que podáis descansar. Son muchos días de viaje.

–Sire, parad cuando os convenga. Yo estoy tan fascinado por el relato que no siento fatiga. Es curioso que los historiadores atribuyen todo a las batallas, y los destinos de las naciones se deciden, a veces, en escenas como ésta, que ellos no conocen y, por tanto, no relatan.

–Estos encuentros influyen en que haya combates o que no ocurran, pero a la postre son las batallas las que marcan la historia.

–Por favor, continuad el relato.

–El rey siguió abrumando al príncipe con recriminaciones. Puede que olvide alguna; creo recordar las principales: «¿Crees que no cuesta nada el reinar? Mira los daños que has preparado a España. Has seguido malos consejos. Ya no puedo hacer nada. Sal ahora como sepas de este laberinto.

No quiero mezclarme. ¡Vete!» El príncipe sólo interrumpió para decir que nada había tenido que ver con el 2 de mayo. Intervine de nuevo y le dije secamente: «Si de aquí a medianoche no habéis reconocido a vuestro padre como rey legítimo, seréis tratado como rebelde. ¡Marchaos!» Salió y, al

atravesar la sala donde aguardaban, le siguieron los españoles adictos a su persona. Quedé unos minutos hablando con los reyes y regresé a caballo a Marrac. Por el camino se me ocurrió enviar a un oficial con orden al príncipe de la Paz de venir esa misma noche, para concertar un arreglo definitivo, todavía bajo la impresión de los sucesos del 2 de mayo.

–Por la fecha tiene que ser el segundo tratado de renuncia de la corona del rey Carlos, del que me enviasteis copia.

–Sí. Comprendo que lo que hice desde cierto punto de vista no está bien, pero la política exige que no deje a mis espaldas, tan cerca de París, una dinastía enemiga mía.

«Desde cierto punto de vista no está bien.» ¿Desde qué moral puede estarlo? No recuerdo en la Historia una maquinación semejante. Sigo sin comprender qué ha llevado a la casa real española de Madrid a Bayona, cada uno por su cuenta e intentando adelantarse al otro, a postrarse ante el emperador. ¿Voy a ceñir una corona así obtenida? Llevo diecisiete días diciendo en mi fuero interno que no, y con mis actos aceptándola. ¿Es cobardía ante el emperador? ¿Es la extraña fascinación con que me domina?

O, contra lo que digo a todos y lo que me repito a mí mismo, ¿estoy dejándome seducir por el brillo de la corona de España?

En ese momento, ya cerca de Bayona, decidió el emperador parar a tomar un refrigerio en el prado rodeado por el meandro de un riachuelo. Pensé que sería el momento adecuado para departir con los dignatarios del séquito; algunos no los he visto hace años, pero el emperador no les hizo signo que se acercasen. Permanecieron alejados, agrupándose según iban llegando los coches.

Me ha vuelto a impresionar el funcionamiento de máquina bien engrasada que tiene el cortejo imperial. Inmediatamente sacaron de los bajos de la carroza, para el servicio de mesa, una batería de cocina y un horno portatorio. En un instante encontramos instaladas las dos tiendas de campaña, Una para la mesa con los platos y las fuentes de vermeille y otra a

cierta distancia, más pequeña y sin techo, en realidad dos biombos que forman un cuadrado, para el discreto alivio de la servidumbre humana al funcionamiento corporal.

Aunque empezaba a chispear, el emperador prefirió caminar por el prado, con el capote sobre los hombros y la mano en esa postura que tantas veces han reproducido los artistas. Marcha con viveza y para en seco al final del trayecto, mira a los ojos del interlocutor y vuelve a pasear por la misma línea que a la ida.

¡Cómo ha cambiado el emperador! Ha cumplido treinta y nueve años y está avejentado. Mucho más que yo, y con una obesidad que no se mitiga, pese a la enorme actividad que mantiene.

La transformación del carácter es aún más notable. Desde Tilsit ha recibido tales dosis de adulación y servilismo, que cualquier contradicción o reparo le parece un delito de lesa majestad. Antes, pedía consejo a los demás, escuchaba atentamente para usar los consejos útiles. Ahora ninguno se lo parece. Encuentra una pérdida de tiempo escucharlos y no los tolera. Las características del despotismo y de la ambición desenfrenada enturbian esta personalidad resplandeciente y su genio sin par.

Entre sus enemigos de París empiezan a circular rumores maliciosos sobre una alteración del equilibrio de su mente. De forma más diplomática, Metternich habla de un carácter en el que el menor atisbo de modestia es un recuerdo del pasado. Como resultado tiemblan y enmudecen en su presencia. Al no poderle aconsejar con serenidad de ánimo, empieza a aislarse en el ejercicio del poder. Es demasiado poderoso.

Napoleón, mientras pasea, habla en tono distinto del familiar que empleó en el carruaje.

–Conviene que en los días próximos os instruyáis al detalle de la crisis española. Después de haber tratado a fondo al príncipe de Asturias, comprendo que hubiera sido mejor esperar. Al menos a que los españoles, conociéndole también, se hubiesen desencantado de él. Los acontecimientos

me han empujado.

Vimos aproximarse a Constant, el valet del emperador. El almuerzo estaba dispuesto. En la puerta de la tienda de campaña esperaba el gran mariscal de palacio, Duroc. Al pasar junto a él se detuvo un instante y, mirándonos a los dos, comentó:

Duroc está casado con una española, hija del marqués de Almenara; en cierto modo es muestro «súbdito consorte».

Acentuó solemnemente las dos últimas palabras, y rió después de pronunciarlas. No invitó a entrar al gran chambelán, como yo esperaba. Al menos había recuperado disposición festiva de ánimo.

En la mesa sentí una gran curiosidad por lo que iba a ocurrir con el vino.

Tiene el hábito de que sirvan vino de Chambertin sólo para él, y a los comensales otro, de los mejores pero distinto. Hoy es el día en que recibe solemnemente a otro soberano. Soy su hermano mayor. Nos encontramos solos en la mesa. Ha estado muy deferente. ¿El vino? Me lo sirvieron de otra clase. Es un tema ridículo porque, para colmo, ninguno de los dos bebe más que unos sorbos, pero ha servido para confirmarme lo que apuntó al dejarme llamarle «Sire» estando solos. No me considera a su nivel. No se me ha ocurrido preguntar qué vino le sirvió al zar en Tilsit; averiguaré qué hace cuando este verano se reúnan en Erfurt.

El emperador sigue siendo muy frugal. El almuerzo terminó rápidamente.

En el café me dijo:

–Tengo una agradable sorpresa para vos. En Marrac nos espera para la velada mi corte… y la vuestra.

Mi corte quedó en Nápoles.

–La española.

–Sire, ¿la habéis nombrado ya?

No. Esa tarea os corresponde. Están en Bayona numerosos españoles, llamados para la Asamblea Constitucional. A los principales les di aviso de que estuviesen hoy apercibidos por si los necesitaba. Los más representativos de la grandeza, y de los consejos de Castilla, de Indias y de la Inquisición y del Ejército. He dado instrucciones para que, durante la tarde, los avisen que deben acudir y presentaras cada grupo un breve discurso de bienvenida. Prefiero que lo improvisen, por eso no les doy mucho tiempo para prepararlo.

–Sire. ¡Yo tampoco tengo presto el mío de contestación!

–Hoy bastarán unas vaguedades amables. Debéis inspiraros en mi proclama del 25 de mayo a los españoles, que habéis recibido durante el viaje.

Mientras nos acercamos a Bayona haced el esquema de vuestra respuesta.

No os turbaré con más conversación, pues debo repasar unos documentos.

–Al subir a la berlina, Duroc entregó al emperador una abultada carpeta.

Iniciada la marcha, comenzó a estudiar documentos. No me ofreció otra a mí para la preparación de mi discurso. Tampoco la pedí a mi séquito. No puedo leer ni escribir en el coche, me mareo. El emperador revisa los papeles a gran velocidad, escribe notas al margen o tacha alguna frase.

Según lee los papeles, los tira al suelo, en cada parada acude un secretario a recogerlos y ordenarlos de nuevo. No interrumpió la tarea hasta llegar a Bayona.

Me preocupa la primera entrevista con mis nuevos súbditos. La impresión que les cause irá transmitiéndose a los restantes de Bayona, y de allí, por sus cartas y enviados, se extenderá a toda España. Se pensará que esta primera huella puede ir corrigiéndose en los días siguientes. No. La primera es la más efectiva, la que se difunde. Rectificar es muy difícil.

La entrada en la ciudad fue majestuosa. Un largo trecho antes de las murallas estaba guarnecido con tropas formadas que rendían honores.

Comenzaron a sonar todas las campanas de la ciudad y a la vez las salvas de honor, que contestaban los cañones del puerto y de los barcos anclados en la ensenada. A las puertas de la muralla, la guardia de honor de la villa.

Gallardetes y banderas. Una multitud abigarrada, tras los cordones de tropas en uniforme de gala.

En la plaza principal, sobre un estrado engalanado con banderas, las autoridades de la ciudad. Me extrañó que sólo paráramos unos instantes. El emperador recibió los homenajes sin bajarse de la carroza. Respondió con una inclinación y un gesto con la mano y partimos de nuevo. En ese momento me enteré de que Marrac no estaba en la villa, sino a una legua de sus murallas, en dirección a España

Llegamos entre dos luces.

A una distancia notable había de nuevo tropas en formación, a los dos lados del camino. Marrac está rodeado de campamentos militares. Tenían encendidas multitud de hogueras ante las tiendas de campaña y en el parque del castillo de Marrac; luces en faroles colocados en el suelo y colgados de las ramas de los árboles, como un eco en la tierra de las estrellas que se habían encendido en el firmamento tras el crepúsculo. Era uno de los espectáculos más hermosos que se puedan contemplar.

En la avenida central las dos filas de soldados portaban antorchas.

Dispararon de nuevo las salvas de honor, y entre gritos de la tropa: «¡Viva el emperador!, ¡Viva el rey José!», paramos ante la escalinata de palacio.

Al pie de la escalinata, iluminada por la luz de multitud de candelabros, la visión incomparable de la emperatriz rodeada de sus damas de honor.

Me invitó el emperador a que me adelantase. Sin esperar mi llegada, avanzó la emperatriz y, sonriendo, me dijo, en voz casi susurrada, pero acentuando la expresión en los gestos del rostro: «Viva su Majestad Católica el rey José Napoleón Primero.»

Majestad Católica. Es la primera vez que me lo oigo decir. Difícil que lo

repitan de modo tan seductor.

Subí con los emperadores la escalinata, seguido de toda la corte. A mitad del tramo de la escalera, Napoleón dejó caer:

–No os extrañe encontrar a algunos de vuestros súbditos con la cabeza cubierta. Son los grandes de Espada. Tienen ese privilegio. Suele realizarse como una ceremonia ante cada nuevo rey. He ordenado que disfruten esta noche de ese honor. Les dará a ellos, y a los restantes españoles al contemplarlos cubiertos, la impresión de que en su esencia todo sigue igual para España. Cambia la dinastía, pero no la monarquía, a la que son tan fieles.

Típico de la certera minuciosidad de mi hermano. No puedo ocultar que sentí un cierto regocijo, que cuidé bien de ocultar, al ver que a Napoleón se le había olvidado algo que yo he aprendido con los napolitanos: no todos los pueblos saben ser tan disciplinados y puntuales como los franceses.

Los españoles no habían terminado aún sus deliberaciones.

Por la distribución de los muebles comprendí que Marrac se había adaptado para el acto de esa noche. En el segundo salón, el de mayor tamaño, encontré una tarima y sobre ella un sillón con pretensiones de trono. Las sillas distribuidas en semicírculo de varias filas permanecían vacías. Tenían que estar ocupadas por los españoles.

Acudió presuroso el ministro Champagny, a explicar que seguían en otra sala preparando los discursos. Mandó el emperador que, sin continuar las deliberaciones, acudiesen de inmediato. Regresamos nosotros al salón de la entrada, para dar lugar a la suya al salón del trono. Mientras hacíamos tiempo, departí con la emperatriz y sus damas. A la mayoría las conozco. A las más jóvenes, no. Sorprendente la belleza de algunas de ellas. La emperatriz, que es tan celosa, debiera tener cuidado en no presentar tentaciones tan difíciles de resistir al emperador. Una de ellas, me la presentó Josefina como su lectora; sin ser la más bella, me pareció de atractivo singular, acentuado por un gracioso mohín con el que desvía la

boca hacia un lado al sonreír.

Cesó el ruido de movimiento de sillas en el salón contiguo, y acudió Duroc a comunicar que los españoles aguardaban.

Decidió el emperador que esperasen algunos minutos más y que luego yo entraría solo, acompañado del gran chambelán de palacio, Duroc, que haría las presentaciones, y de mis dos ayudantes de campo.

No voy a negar que sintiera esa especie de encogimiento del estómago, que dicen notar los actores antes de salir a escena en un estreno… En realidad se iba a representar un gran acto teatral. Pido a la Providencia que no haya sido una farsa.

Se pusieron en pie a mi entrada, en el más absoluto silencio. Caminé por el centro, sin mirarlos, hasta estar sentado en el sillón. Por la altura de la tarima pude contemplarlos a todos.

Duroc inició los formulismos protocolarios. Durante ellos fui estudiando rostros y apariencias. Me gusta comparar la primera impresión con la que me producen luego al conocerlos mejor. Mis súbditos y yo nos veíamos por vez primera. Noté que su curiosidad era tan intensa como la mía. Nos percatábamos de que este primer encuentro iba a pesar mucho en nuestro común futuro.

Acostumbrado a las cortes europeas, que tanto se han transformado en los últimos años, el encuentro con los españoles me pareció una manifestación de ese fenómeno de la mente tan curioso, que los franceses llamamos déjá vu, ya visto, y que consiste en que al entrar en un lugar nuevo, aun sabiendo que lo es para nosotros, no podemos evitar la impresión de que lo hemos visto, de que ya hemos estado antes allí. Efectivamente, los había visto en el pasado. Parecían un residuo, un islote, del viejo régimen. No eran sólo las pelucas anticuadas, las casacas de añejo corte. También las posturas y los gestos. Comprendí que tendré que traer del pasado a una sociedad, a todo un país, como quien sube agua de un pozo, cubo a cubo.

Los grandes de España habían cumplido la orden del emperador de esperarme cubiertos. Por su distribución en la sala vi que estaban agrupados. No del todo. Lo mismo los que por su uniforme militar o por su hábito eclesiástico representaban otro estamento. La disciplina no parece ser la más destacada de las virtudes españolas.

Dentro del aspecto general de desván, donde algunas familias gustan conservar el guardarropa de la generación anterior, algunos chocaban por su aspecto contemporáneo. Como esa noche me los presentaron a todos, y tengo buena memoria para los nombres y fisonomías, sé quiénes son.

Vestido impecablemente a la francesa el duque del Infantado y a la última moda inglesa el conde de Fernán Núñez, es un detalle que no va a agradar al emperador. También a la moda inglesa, aunque no la última, don Mariano Luis de Urquijo, antiguo ministro de Carlos IV. Los restantes, en una gradación entre el aspecto de actores que van a representar una comedia de época, en realidad de varias épocas distintas, y versiones torpes y pretenciosas de la actual moda francesa.

Inició los discursos, en nombre de los grandes de España, el duque del Infantado.

Me agradó el contenido y el tono. El duque sabe expresarse con respeto no teñido de servilismo. Todo fue bien al principio.

Señor. Los españoles esperan del reinado de Vuestra Majestad toda su felicidad. Se desea ardientemente vuestra presencia en España… Señor, los grandes de España se han distinguido siempre por su fidelidad a sus soberanos. Vuestra Majestad lo comprobará, y también nuestro afecto personal.

Aceptad, señor, estos testimonios de nuestra lealtad, con esa bondad tan reconocida por vuestros pueblos de Nápoles, y de la que el renombre ha llegado hasta nosotros.

El duque se expresó en un francés perfecto, sin acento, como el más distinguido de los parisinos. El tono de voz bien timbrado. Los ademanes nobles. Se había creado un ambiente de serena dignidad. Inició lo que parecía iba a ser el último párrafo de su parlamento:

… Las leyes de España no nos permiten ofrecer otra cosa a Vuestra Majestad; esperamos que la nación se explique y nos autorice a dar mayor ensanche a nuestros sentimientos.

En ese momento oímos gran estruendo. El emperador había abierto la puerta de una patada. Sí, lo he presenciado y yo mismo no me lo puedo creer. ¡De una patada! ¡Las dos hojas de la puerta!

Sin saberlo nosotros, permanecía en la estancia inmediata, escuchando los discursos. Le pareció que el duque estaba reticente, aplazando («… a que la nación se explique y nos autorice…») mi reconocimiento.

Como un basilisco se dirigió al duque, primero con una gruesa palabrota, luego le gritó: «¡Si sois un caballero, portaos como tal!»

Todos se pusieron en pie. Los grandes de España, tan ostentosamente cubiertos, destocados como autómatas, en un instante. Todos. Cuando me di cuenta, yo había bajado del trono y, aún me da más coraje reconocerlo, también de la tarima. Prosiguió el emperador:

En vez de altercar acerca de los términos de un juramento, si como creo pensáis quebrantarlo, poneos al frente de vuestro partido en España, lidiar franca y lealmente… Pero os advierto, si faltáis, quizá antes de ocho días seréis arcabuceado. Enmendad esas palabras. Habéis venido a reconocer a mi hermano. Hablad como se habla a un rey y ¡prestad juramento!

Salió el emperador tan bruscamente como había entrado. Quedamos

petrificados, inmóviles y en silencio. Tal como he notado que me ocurre en momentos trascendentales, mi atención se concentró en una insignificancia, la anómala cantidad de moscas que había en el salón. En esta estación del año las hay en todas partes. En tan gran concentración no las he visto más que en una cuadra. También observé que ni uno solo de los grandes había vuelto a cubrirse.

El primero en recuperar el movimiento fue don Miguel de Azanza. Se acercó.

–Con la venia de Vuestra Majestad, me retiraré unos instantes, con el duque del Infantado, a cumplir los deseos de Su Majestad Imperial y Real.

Roto mi bloqueo interior, ardí en cólera. ¡Ofender en mi presencia, de tal modo, a uno de mis grandes! Logré que nadie pudiese percibir el enojo que me consumía.

Reconozco ahora que, como tantas veces acontece, ese desgraciado incidente fue una bendición. En esos «instantes», que fueron en realidad varios minutos, paseé entre los amedrentados españoles. Como si nada hubiese ocurrido. Me los hice presentar uno a uno por Duroc, enterándome de su rango y dedicación. Les fui hablando con especial afabilidad. Procuré dar un toque de atención personal siempre que identificaba sus intereses. Si vestía de obispo le expresaba mis deseos de salvaguardar la religión. A un militar con uniforme de artillería, el propósito de que no hubiese cañones más modernos y perfectos que los españoles. Si alguno se apoyaba en un bastón, mis solicitudes por las causas y deseo de recuperación, le debían dejar convencido de que ninguna otra cosa me interesaba tanto en este mundo.

Tranquilizados con mis palabras y muestras de afección, poco a poco recuperaron iniciativa. Fueron acercándose, buscando ser ellos quienes me saludasen, anticipándose a mis cortesías con las suyas.

Alguien, una vez presentado, no se resignaba a quedar fuera de mi atención, y hacía, suficientemente cerca para que yo pudiese escucharlo, comentarios

de elogio. Algunos no hablaban francés y perdí el significado. No me gusta la adulación; por eso me chocó un personaje, al que los demás daban muestras de deferencia, don Pedro Cevallos, que elevando la voz y en francés exclamó: «Por mi fe, habría que ser muy difícil para no querer un rey como éste. ¡Tiene el aire tan dulce!, no hay por qué temer que no triunfe en España, no tiene más que mostrarse lo antes posible.»

Al presentármelo unos momentos antes Duroc, caí en la cuenta de que era el mismo Cevallos, secretario de Estado de don Fernando, que protestó al emperador por la calidad del alojamiento de su rey.

Pasado el sobresalto, fueron animándose, quizá en exceso. Comenzaron a hablar todos a la vez. No era fácil entenderse.

Es curioso lo comunes que son las reacciones que pensamos tener sólo nosotros. Divertido, los vi prestar atención a las moscas. Voy notando que los españoles tienen inclinación a excederse en todo. No se conformaban con apartarlas a manotazos. Varios pretendían aplastarlas con el golpe allí donde se habían posado. Un canónigo ceñudo deslizaba lentamente la mano engatillada, y luego, en un movimiento rápido, lograba cogerlas en la mano.

Debía darle asco aplastarlas entre los dedos, porque levantaba el puño cenado y, en un gesto muy brusco, lo lanzaba hacia abajo; la mosca caía aturdida al suelo y allí la pisaba. Muy hábil, pero poco apropiado a la solemnidad del acontecimiento. Debió de pensar lo mismo un obispo que estaba a su lado. Le observé reconvenir al canónigo. Tengo que aprender el nombre de los dos. Ya sé el puesto que corresponde a cada uno.

Silencio sepulcral al regresar Infantado y Azanza. Se aproximó el duque.

–Señor, tengo tan turbado el ánimo que no sabría leer la enmienda de mi discurso con la dedicación que Vuestra Majestad merece. Pido vuestra venia para que lo haga en mi lugar el señor Azanza.

No quería el duque sufrir la humillación de retractarse en público. Me pareció conveniente evitársela. Di consentimiento.

Recuperamos nuestros asientos, pero no la atención para los discursos.

Tenían todos sus sentidos puestos en mi persona. Con su violenta entrada, mi hermano me había hecho el mayor de los favores. Marcar la diferencia de trato que podían esperar de cada uno de nosotros dos.

Tras las palabras de Azanza, habló el magistrado representante del Consejo de Castilla.

Vuestra Majestad es rama principal de una familia destinada por el cielo para reinar… quiera el cielo que nuestros deseos sean oídos y que Vuestra Majestad se convierta en el rey más dichoso del universo, tal como se lo deseamos en nombre del Tribunal Supremo, cuyos representantes somos.

Es chocante la manía de los españoles de mezclar al cielo en sus asuntos.

Las frases ya no importaban demasiado, atendían mucho más a si yo sonreía o aceptaba con una inclinación de cabeza sus palabras.

A continuación el inquisidor don Raimundo Etenhard y Salinas, que representaba a los consejos de la Inquisición, de las Indias, de las Finanzas y de las órdenes Militares, fue, para mi sorpresa, uno de los más laudatorios.

… Las órdenes que represento están llenas de fidelidad y de afecto a la persona de Vuestra Majestad, encargado de regir la patria, y hacen votos para que encontréis la felicidad en su seno, haciendo así la de vuestros súbditos. Elevaréis la patria al grado de prosperidad que debe alcanzar, sobre todo con la ayuda del genio y del poder de Napoleón el Grande, vuestro augusto hermano.

Ignoro si la última frase la improvisó el inquisidor, por si el emperador estaba de nuevo a la escucha. Sólo restaba, por fortuna, otro discurso, el del duque del Parque, en nombre del Ejército. Me garantizó, en frases que habrán podido ser escuchadas sin desagrado por cualquier oído suspicaz al otro lado de la puerta, su fidelidad y la del Ejército, en el que «combatiría

como el primer soldado en defensa de su rey, si fuese preciso».

Era mi turno. Decidí hacer un discurso breve, que atendiese a los temores y esperanzas que yo imaginaba turbaban sus almas. Comencé, como es obligado con españoles, por una devota mención a la Providencia, «que me llamaba a tan gran tarea, sin duda por haber penetrado mi ánimo y leído en mi alma que: [estaba decidido a] conservar la santa religión católica y la independencia de la monarquía española, y la integridad absoluta de su territorio y del de todas sus colonias de América y de cualquier parte […]

resucitar el tiempo en que el mundo estaba lleno de la gloria del pueblo español». En el estribillo final insistí en el propósito de asentar la dicha en el seno de cada familia, gracias a una buena organización social… «Nos corresponde hacer felices a nuestros pueblos. Pondremos toda nuestra gloria en su felicidad. Ningún sacrificio nos será gravoso a ese precio. Nos PROPONEMOS REINAR PARA EL BIEN DE LOS ESPAÑOLES Y NO

PARA EL NUESTRO.»

En verdad que creo en mis últimas palabras. En Nápoles he demostrado que es así como entiendo que puede reinar un monarca, sin ofender a su honor y a su conciencia. Si ahora voy a hacerlo en España, ese propósito será mi única guía.

Finalizado el acto, departí una media hora más con mis súbditos. Más que las palabras, que en cortesanos poco significan, era con, los gestos y las miradas con lo que expresaban la confortación de su ánimo en el duro trance de mudar de dinastía, gracias al trato de mí recibido. Marcharon esperanzados.

Ausentes los españoles, recibí los parabienes de la corte imperial en un salón lateral, mientras a toda prisa retiraban las sillas y tarima del principal, e instalaban las mesas para la cena.

El emperador acudió en el momento de ir a sentarnos.

Disfruté del privilegio de estar al lado de la emperatriz. Conozco muy bien