Premio Planeta 1985 - Yo, El Rey
20 de Julio de 1808, Buitrago-Madrid
Hago partir la carta de inmediato, antes de que mi cobardía frente al emperador me haga romperla.
Espero dormir como un lirón, unas tres horas; saldremos hacia Madrid a las tres de la madrugada.
20 DE JULIO DE 1808,
BUITRAGO-MADRID
SALIMOS PUNTUALMENTE de Buitrago a las tres de la mañana, para entrar a las once y media en el último pueblo que hay antes de llegar a Madrid, Chamartín, en el que tiene una gran casa de campo el duque del Infantado. Allí me reposé a esperar la hora adecuada para hacer entrada en la capital al atardecer, aliviados ya los calores que tanto nos han hecho sufrir en el camino, y que no deseo que castiguen a las multitudes que acudan a recibirme, cosa que acaecería si entro en hora importuna, como la del mediodía.
Es muy notable el palacio campestre del duque del Infantado, sus parques y bosques se extienden en la lontananza. Está amueblado con lujo y comodidades, más al gusto de Viena que al de París. Es un oasis de bienestar tras las fatigas y privaciones de los días pasados.
Me esperaban a la puerta el duque y su madre, la princesa de Salm-Salm. El parecido a la princesa explica el pelo rubio, ojos azules y aspecto germánico del duque. Es la princesa de porte majestuoso y amable trato. Su hijo le muestra deferencia, y es ella quien hizo los honores de la casa y la estancia tan grata.
Aguardaban los ministros en el salón principal, tanto los que se adelantaron
en mi viaje como los que estaban desde tiempo atrás en Madrid.
Marcharon pronto los españoles para concederme algún descanso. Quedé entonces con el general Savary, que estaba acompañado del general Belliard y del embajador de Francia, conde de La Forest. Disimulé ante Savary el enfado que tengo con él. Le ordené que envíe de inmediato un propio al general Gobert, para que acuda en apoyo del general Dupont, hoy mismo.
La verdad es que Savary estuvo de lo más obsequioso; parecía sinceramente ilusionado al decir que me había preparado el más grande de los recibimientos. Tuvo, igual que los españoles, la cortesía de retirarse con presteza. Quedamos en iniciar mi salida de Chamartín a las cinco y media.
La princesa, como su hijo el duque, es cosmopolita, ha vivido muchos años en Paris y está libre de esa pesadez con que otros se empeñan en ofrecer obsequios inoportunos. Supo adivinar mis deseos. En lugar de aprovechar la ocasión para su lucimiento, dando un gran convite presidido por el rey, me ofreció que almorzase solo o con alguno de mis acompañantes, según mis preferencias.
–Princesa, no imagino más grata compañía que la vuestra y la del duque y, si no os incomoda, pueden sentarse con nosotros los generales Merlin y Franceschi-Delonne.
–Vuestra Majestad es de la edad de mi hijo; eso disculpará a vuestros ojos el atrevimiento de pensar como madre. Tenéis preparado el baño; es arriesgado tomarlo después de comer; esperaremos con gusto.
Bendita ocurrencia. Acepté complacido. Cristophe aguardaba en las habitaciones del duque, que me habían asignado. Junto a la bañera a medio llenar de agua tibia, varias jarras, unas humeantes, otras con agua fría para lograr la temperatura conveniente. Cristophe sabe la que prefiero.
Por mi gusto hubiera permanecido en la bañera con los ojos cerrados, horas enteras. Apresuré el arreglo para no abusar de la paciencia de los anfitriones. Al frotarme Cristophe el torso con la colonia del duque percibí una nota familiar. Sí, estoy seguro, es el mismo aroma: el duque usa
idéntica colonia que el emperador. No la fabrican en Alemania sólo para mi hermano, como afirma Constant. Curioso que dos personas que tanto se desagradan gusten del mismo perfume.
Al vestirme observé los cuadros que adornan las paredes del gran dormitorio. Un retrato del anfitrión, muy joven, en uniforme de coronel del regimiento de Castilla. Otro reciente, en que ostenta el Toisón de Oro, me recuerda el incómodo obsequio que debo hacer a Bessières. Reposteros y tapices en que están bordadas las armas, títulos y apellidos del retratado: décimo tercero duque del Infantado, duque de Lerma, de Pastrana, Francavilla… Los apellidos son igualmente sonoros: Toledo, Pimentel, Enríquez, Silva, Hurtado de Mendoza. Están tejidos en el entramado de la historia de España.
El almuerzo, exquisito y servido con rapidez. Apenas pruebo bocado. Noto ese encogimiento en el estómago que precede a los acontecimientos que nos afectan sobremanera. Al final de la comida, nuevo regalo de la princesa.
–Quizá Vuestra Majestad prefiera tomar el café en el dormitorio y así ganar algún tiempo para la siesta.
–No pensáis sólo como una madre, princesa: lo hacéis como una madre bondadosa y discreta.
Qué alivio no tener que luchar durante una conversación tediosa con el sopor de la canícula. En la cama he retirado el mosquitero que pende del dosel, para dejar el aire que se filtra entre las persianas. Llega del parque, atenuado, el canto de las cigarras que desde la salida acompasó mi caminar por la estepa.
¿Cómo será el recibimiento de Madrid? Los he tenido muy diversos en las distintas ciudades.
La incertidumbre me desvela y no logro dormir. Recuerdo Nápoles a esta misma hora: quedaba la ciudad desierta, ni un solo napolitano visible desde
la una hasta las cuatro; por las calles, únicamente perros en la sombra y algún francés que cumplía con su deber sudando dentro del uniforme. Esta tarde el francés que cumple con su deber dentro del uniforme voy a ser yo.
Contemplo mi traje cuidadosamente extendido sobre un sofá. Tarda en venir el sueño; busco un libro entre los que hay en la mesilla al lado de la cama, para distraer el forzado ocio. Por sus títulos deduzco que el duque no lee, los tiene sólo de adorno.
Como amante de los libros y de las bellas ediciones, me llama la atención un volumen preciosamente encuadernado, sin duda en Francia en el estilo Luis XVI. Resulta ser un manual, impreso en París, como yo suponía, para la educación del duque y de su hermano menor cuando eran niños: Compendio de la Historia de España, para uso del Exmo conde de Saldaña y de su hermano don Emanuel de Toledo y Salm-Salm. De inmediato me acucia la curiosidad: deseo saber cómo aprenden los grandes de España la historia de su patria. Abro el libro al azar: «¿Qué nos enseña la historia de san Hermenegildo? Que una mujer virtuosa es la mayor felicidad que le puede caber a un casado y que en las persecuciones se descubre y brilla la verdadera virtud.» Con tan peregrina educación es asombroso que muestren ardor patriótico. En esta apasionante lectura quedé profundamente dormido.
Desperté al ruido de los carruajes y cascos de los caballos, al tiempo que entraba mi ayuda de cámara con los útiles de barbería.
En el salón encontré, como por la mañana, a Savary, La Forest y Belliard.
Adelantó unos pasos Savary a ofrecerme una medalla de plata, de las que ha hecho acuñar para echarlas a la multitud desde la comitiva. Tienen mi efigie y en la otra cara las cifras conmemorativas.
–¿Dónde aguardan los grandes de España?
–No han acudido, Majestad.
–¿Y el duque del Infantado?
–Dice la princesa que se ha adelantado a esperaros en palacio.
Disimulé el enojo para no dar a Savary y La Forest, que tanto lo han anunciado, el gusto de verme alterado por el cumplimiento de su profecía.
De todos los nobles que salieron de Bayona acompañándome en brillante comitiva, que aceptaron nombramientos y honores; de mis mayordomos de palacio, chambelanes, caballerizo y montero mayor, capitán de la guardia real… ni uno solo para formar a mi lado en el cortejo de entrada. Han preferido no aparecer ante el pueblo de Madrid en mi compañía. Esperan dentro de palacio para no figurar como traidores en público e intentar quedar a bien conmigo por estar allí… si es que alguno ha acudido.
Me vino a la memoria el último día de Nápoles: di una fiesta en el palacio a la que acudieron tres mil invitados, lo más florido del reino, a celebrar la llegada de la reina, con orgullo y gozo en compartir mi compañía. ¿Tendré ocasión semejante en Madrid?
Esperaba a la puerta la princesa. Agradecí su hospitalidad. Nada le dije del duque su hijo.
Formó el cortejo… del mejor modo posible. Fui solo en mi carroza. Junto a las portezuelas, los generales Merlin y Franceschi Delonne y mi ayudante de campo el coronel Clermont-Tonnerre. En la segunda carroza, el general Salligny. La tercera estaba vacía.
He de reconocer que Savary ha presentado el aparato militar en toda su magnificencia. Parece que ha puesto en formación de uniforme de gala a los treinta mil soldados de la guarnición. Desde la salida de Chamartín, casi a una legua, marchamos entre dos filas de soldados que presentan armas. Los escuadrones de caballería que preceden y siguen a las carrozas han de impresionar por su porte y formación a todos quienes los hayan contemplado. No sé cuántos han sido, pues las contraventanas cerradas permiten la visión a través de una rendija. Desde la calle casi nadie los ha mirado.
Subió el cortejo a una loma hacia la izquierda, para llegar hasta el Retiro y
entrar, como por arco de triunfo, a través de la puerta que edificó Carlos III, con el fin de cruzar la ciudad por su diámetro más ancho. Colgaduras en algunos balcones. Pocos. Los tapices de baja calidad: ya soy un experto en su evaluación.
Encontramos las puertas y las ventanas de las principales mansiones cerradas. No sé a qué multitud van a arrojar las medallas que acuñó Savary, porque no hay «multitud» para recogerlas. Pequeños grupos de mendigos corrían al paso de las carrozas y de tarde en tarde vocearon un «viva el rey»
desganado, que coreó la hilera de soldados. A los pordioseros sobornados les faltaba el aliento para seguir el cortejo; si no habíamos alcanzado el próximo grupo, el «viva» lo lanzaba algún sargento, para que la tropa tuviese alguna aclamación a la que contestar. No cuidaron ni el acento.
«Vivá el gggey.» ¿A quién cree Savary que va a engañar con esa farsa grotesca? Ni el pueblo de Madrid ni yo somos idiotas.
Los madrileños. Apenas he visto alguno, de lejos, los labios mudos, mirada.
hosca, el gesto desdeñoso.
Al prolongarse la repetición de las escenas, el final del trayecto me resultó interminable. Espero no haber recorrido las mismas calles en que se luchó el 2 de mayo. Es una suerte no haber llegado a tiempo de presidir la victoria de Bessières; gracias a eso puedo entrar en Madrid sin haber manchado las manos con sangre española.
Tras unos pasajes angostos, desembocamos de repente ante el palacio real.
Grandioso edificio. Al descender de la carroza paré un momento a contemplarlo. Semeja al de Nápoles y al de Caserta, pero más grande y mucho más hermoso; no recuerdo un palacio igual.
En el patio, como en formación, los cuerpos togados, el clero y los ministros. Al pie de la escalera, los grandes. Faltan varios de los que conozco, hay algunos nuevos para mí.
Me siguieron todos al salón del trono, donde di audiencia. Por momentos tuve la ilusión de una corte española. Poco a poco fui notando que las
amabilidades que escuchaba, casi todas salían de mi boca.
El palacio de Madrid da la impresión de no haber sido tocado desde la marcha de los reyes. Los robos de que acusan a los oficiales franceses o fueron de poca monta o se han repuesto.
Recordé que debía salir a recibir las aclamaciones del pueblo, como hacen desde el balcón de este palacio los reyes de España. Savary me dijo que se había suprimido la ceremonia. Hablando con unos y otros me acerqué a los ventanales y, con disimulo, miré a la plaza. No hay pueblo del que recibir aclamaciones, es él quien ha cancelado la ceremonia.
Esta reflexión me quitó ánimo para prolongar las pleitesías palaciegas.
Mantuve el tono deferente con los nuevos cortesanos y cariñoso con los conocidos. Abrevié la ceremonia, pues deseaba conferenciar con el mando militar.
Antes de salir el grupo de españoles, se acercó Cevallos.
–Señor, os ruego que os informéis de lo ocurrido en Toledo y Cuenca. Si se repite algo parecido, nuestros compatriotas matarán a quienes sigamos el partido de Vuestra Majestad.
El ministro no se expresó en el tono obsequioso de Bayona: me recordó al Cevallos que me había descrito el emperador.
Quedé solo con el alto mando francés en Madrid, el embajador conde de La Forest y mi estado mayor. Antes de analizar la situación general quise no relegar al olvido la petición que había hecho Cevallos en molesto tono de advertencia.
–General Savary, ¿qué ha ocurrido en Toledo?
–Ninguna acción importante, Majestad, se ha sometido.
–Creo que ha ocurrido algo grave que hiere los sentimientos españoles.
–Vuestra Majestad se refiere sin duda al expolio del monasterio de Santa María de las Nieves -intervino Belliard.
–No me refiero aún a nada, porque habéis tenido buen cuidado de no informarme. Explicaos, general.
–El general Vedel estaba en Toledo desde fines de mayo; lo abandonó el 19
de junio; en ese momento ocurrió el incidente.
–Habláis de incidente; antes os he oído algo de un expolio.
–Vuestra Majestad sabe que gran parte de las tropas son bisoñas y la disciplina carece del rigor debido. El general Vedel instaló sus seis mil infantes en la ciudad, pero le pareció prudente emplazar la artillería y la caballería en las afueras. Los setecientos de a caballo se alojaron en un monasterio inmediato a la ciudad, llamado Santa María de las Nieves. Está en medio de un extenso olivar; era buen cobijo para la caballería.
–¿Y bien, general?
–Parece que al recibir orden de abandonar Toledo, algunos soldados asaltaron la bodega y bebieron… El vino español, Majestad, hace estragos en nuestros soldados…
Interrumpió Belliard su discurso, como si no desease continuar.
–Os escucho muy atentamente general, seguid.
–Quiso el prior, acompañado de dos monjes, cortar el despojo de la bodega.
Unos soldados, aturdidos por la embriaguez, los apuñalaron. Al revolverse los restantes monjes, encerraron a todos en la bodega, para impedir nuevas reyertas. El ardor del forcejeo enloqueció a los soldados, que se lanzaron al saqueo del monasterio. Robaron los vasos sagrados, las custodias, los candelabros de plata, arrancaron el frontal de los altares, destrozaron estatuas y retablos.
–Esto no es un incidente, general; vos sabéis cómo se llama.
–Por desgracia es aún peor, Majestad. Enardecidos al foral por la violencia, prendieron fuego a la iglesia, quizá para ocultar el despojo. El incendio se extendió al monasterio. En el aturdimiento olvidaron liberar a los monjes.
Murieron.
–¿Cuántos?
–Lo ignoro, Majestad. Sé que algunos libraron tan infausta suerte por haberse escondido en unas pequeñas ermitas que hay en el olivar en tomo al convento.
Intervino Savary con su mirada de serpiente al acecho.
–Vuestra Majestad sabe que media España está ocupada por conventos. No se puede dar un paso sin tropezar con uno.
–En este convento hemos tropezado todos los franceses, general. En los de Rioseco hubo la disculpa de la acción de guerra. En Santa María de las Nieves, ¿qué descargo existe? Hay en España ciento cincuenta mil frailes.
Tienen que haber enloquecido con estas historias. Ciento cincuenta mil predicando en púlpitos, en plazas y casas. ¿Quién va a creer que no dicen la verdad cuando afirman que los franceses son los enemigos de Dios? Los acusamos de fanatismo. No se me ocurre nada peor que lo que habéis contado para excitarlo.
Se hizo un largo silencio, en el que pensé qué medidas podía tomar para mostrar al pueblo mi respeto por la religión.
–General Franceschi-Delonne, os encomiendo que convoquéis para mañana al obispo y al capítulo de la catedral, cuanto antes a los priores y generales de las órdenes religiosas: deseo hablarles. Enteraos de cuál es la primera procesión importante: la presidiré. Desde mañana habrá misa a las seis de la mañana en la capilla de palacio, asistiré a diario.
Por casualidad logré ver la expresión burlona del conde de Girardin. Una cosa es que yo le dé mi confianza y otra que él se tome demasiadas.
–Vos, conde, tendréis el honor de acompañarme en mis devociones.
Se le borró la sonrisita.
El general Merlin había mostrado varias veces su deseo de intervenir. Lo hizo al fin:
–Majestad, durante la recepción he hablado con el general Foyb y otros mandos. Están desolados por lo de Cuenca. Es aún peor que lo de Toledo.
–Cevallos me ha hablado de Cuenca. ¿Qué ha pasado en Cuenca?
–El general Caulaincourt la ha saqueado a fondo. Tanto él como sus oficiales y tropas han estado vendiendo en Madrid los despojos del tesoro de la catedral y de los conventos y casas de Cuenca. Los plateros de Madrid se han negado a comprarlos; los ha adquirido la tropa y algunos usureros. El general Caulaincourt ha obtenido en la venta más de sesenta mil francos.
–Nadie me ha dicho que hubiese una batalla en Cuenca.
Merlin habló con el rostro vuelto hacia mí, pero los ojos desviados hacia Savary, de quien no apartó la mirada. Savary es amigo de Caulaincourt, y Merlin, como casi todos los generales, detesta a los dos.
–No hubo batalla, Majestad, sólo saqueo. El efecto en Madrid de la noticia y la aparición descarada de los despojos ha sido tan nefasto en la población, que mis compañeros de armas piensan que hubiese sido menos grave perder una batalla.
–No lo entiendo, general, si no hubo combate, ¿cómo es posible el saqueo?
–Por la fría determinación del general Caulaincourt.
–Es muy grave esa acusación; espero que tengáis en qué fundaros.
–He llegado a Madrid con vos, Majestad. Sólo tengo los informes que me han dado mis antiguos compañeros que he encontrado en palacio hace una hora. Me han hablado de este hecho con preocupación y vergüenza.
–Hacedme un resumen de vuestros informes.
–El mariscal Moncey, camino de Valencia, pasó por Cuenca. Dejó en esta ciudad trescientos heridos sin escolta. Los hospitales de Cuenca los atendieron humanitariamente, pese a los sentimientos antifranceses de la ciudad.
–¿Por qué dejó Moncey a los heridos sin protección?
–El mariscal llevaba escasas tropas, no podía abandonar ningún grupo en retaguardia. Moncey, al vencer en los combates, ha tenido cuidado de no dañar a los habitantes. Su equidad y justicia la han pagado los de Cuenca cuidando los heridos.
–Bien, hasta ahora es una digna historia. ¿Cuál es la causa del saqueo?
–Según me han contado, Majestad, al ver aproximarse a la tropa del general Caulaincourt en despliegue de combate, la ciudad de Cuenca envió a sus regidores y al cabildo de la catedral, con banderas blancas a implorar merced. El general, resuelto al pillaje, los desbandó a cañonazos. Con el ruido de la artillería, alarmados los vecinos de Cuenca, huyeron casi todos a los montes próximos. Quedaron sólo los ancianos, los enfermos y cinco comunidades religiosas de clausura. Las tropas profanaron conventos y personas, mataron ancianos indefensos. Las muertes, violaciones y robos han sido el pago al cuidado de los trescientos heridos, que regresaron con nuestras tropas.
–General Savary, recuerdo que el emperador os ordenó en mí presencia prohibir saqueos.
–Sí, Majestad; pero Su Majestad Imperial más tarde ha instruido que toda ciudad que se resista sea saqueada.
–Me contaréis la resistencia de Cuenca.
–Majestad, el relato del general Merlin es incompleto. En una posada próxima a Cuenca hubo resistencia, y algún disparo.
–Hablaremos con detenimiento, general Savary. Imagino que tenéis otras noticias urgentes.
–Sí, Majestad; la resistencia del Consejo de Castilla a vuestra proclamación y a jurar la Constitución.
–Convenceré a los miembros del Consejo.
–Muchos merecen ser arcabuceados.
–Prefiero las razones a la fuerza. Por cierto, general, me ha parecido a mi entrada en Madrid que algunas de las campanas, en vez de repicar a fiesta, tañían al modo de difuntos.
Se le iluminó la cara a Savary con el cambio de tema. En terreno de policía se siente seguro.
–Algunas parroquias han aprovechado que había defunción entre sus fieles para tocar a muerto. Estamos meditando qué hacer.
El embotamiento por la fatiga induce a cometer torpezas. No quise correr el riesgo de hacerlo en asuntos de consecuencia. Había cambiado de conversación para terminar sin graves diferencias el conciliábulo. Sería disparate escuchar a Savary detalles de la sanción a los campaneros y otros propósitos ruines.
–Señores, son las diez de la noche; los de Buitrago nos hemos levantado a
las dos; aún he de escribir al emperador y… asistir mañana a misa de seis.
Os servirán en el comedor; yo tomaré algún bocado en mis aposentos. Hasta mañana.
Salí acompañado del general Salligny, que está de servicio. Los criados de palacio no han tenido ocasión de presentarse; esperan a la puerta los principales, me siguen como en una diminuta procesión de la que yo fuese el santo hacia mis aposentos; allí aguardan los de cámara junto a Cristophe.
Son las habitaciones del rey Carlos. Las ocupó unos días don Fernando; luego tuvo la osadía de aposentarse en ellas mi cuñado Murat; casi muere envenenado o de cólico, en la cama que tengo preparada. Sé que Savary se alojó en palacio, espero que no haya dormido en mi lecho.
–¿Hay recado de escribir?
–Sí, Majestad, en la estancia contigua.
Me acompañó el viejo criado que había hablado. Aún porta peluca blanca.
Sobre la mesa, junto a la escribanía, hay una caja de madera, fino trabajo de marquetería. No he preguntado, pero el criado contesta a mis pensamientos:
–Es obra del rey Carlos, nuestro señor; la hizo con sus propias manos.
La reverencia en las palabras y la mirada del sirviente me hacen sospechar que si muevo la caja de su sitio puedo sufrir envenenamiento, como Murat.
Dejaré la caja en su sitio y cambiaré el criado por uno francés. No-están descarriados los consejos del emperador. Le escribo una carta. Fue tan dura la de ayer que hoy no quiero cargar las tintas.
Madrid, 20 de julio de 1808, a las once de la noche.
Sire:
Hice hoy mi entrada en Madrid No me han recibido los habitantes de esta villa como lo hicieron los de Nápoles, ni como hoy lo han hecho las tropas francesas; sin embargo, menos mal de lo que pudiera temerse de los habitantes de una ciudad en la que las disposiciones son muy adversas.
Vuestra Majestad habrá visto por mi carta de ayer queme he percatado de la necesidad de reforzar a Dupont. ESTA TARDE HA MARCHADO UN
CORREO AL GENERAL GOBERT CON LA ORDEN DE UNÍRSELE.
Pensaré en el mariscal Bessières en cuanto conozca mi situación en torno al Toisón de Oro.
No encuentro un céntimo en las arcas. Que Vuestra Majestad haga todos los esfuerzos posibles para nuestro socorro.
Al fin, en la cama. He dejado una vela encendida; estoy demasiado fatigado; sé que tardaré en dormir. La luz se quiebra en los cristales de la gran araña del techo en mil reflejos tornasolados. Hay muchas similares en palacio. Pensé que eran venecianas; me extrañó que hubiese tantas de esta procedencia. Me explicaron que son del Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, uno de «mis» reales sitios, como aclaró maliciosamente el emperador. Resulta que ahora las fabrico yo. Había otra parecida en el dormitorio de Chamartín. ¡Qué lejos están Chamartín y Buitrago! Parece imposible que sean recuerdos de hoy mismo. El baño, la siesta, el almuerzo estimo… Ahora comprendo mi inocencia, la imaginada cortesía de la princesa, de no presumir con mi presencia ante sus invitados, era en realidad cautela para no comprometerse. Su hijo Infantado me abandonará también. Mejor, prefiero tener un enemigo enfrente que colocarlo a mis espaldas.
Me atormenta el relato de Cuenca. El grupo de sacerdotes y magistrados enarbolando banderas blancas, dispersados a cañonazos.
¿En qué escuela ha aprendido Caulaincourt a cerrar los ojos y oídos a ofertas de paz y de rendición incondicional?
Quisiera no pensar en ello, pero Junot recibió orden de no darse por enterado de que Portugal se entregaba sin condiciones. Ese día atravesó la frontera española. Ahí comienza esta historia. Es repetición de otras.
No, no lo puedo olvidar, es demasiado grave. Intenté no entrar en Nápoles en son de guerra, pues sabía que habían enviado emisarios de paz. Recibí carta del emperador:
… Oigo que la corte de Nápoles envía al cardenal Ruffo con proposiciones de paz. He dado orden de que no se le permita llegar a París. Tenéis que comenzar inmediatamente las hostilidades, y haced todos los arreglos para tomar presto el reino de Nápoles SIN ESCUCHAR NINGUNA PROPOSICIÓN DE PAZ, ARMISTICIO O DE SUSPENSIÓN DE LAS
HOSTILIDADES. Rechazadlas todas indiscriminadamente…
Logré entrar en Nápoles con sólo dos muertes. ¿Cuántas han ocurrido en España?
Me pregunté en Bayona si podía aceptar la corona, obtenida por tales medios. Apagué las protestas de mi conciencia y de mi honor con la esperanza de traer a España paz y progreso.
Todavía hoy en la carroza me he alabado por entrar en Madrid sin tener las manos manchadas de sangre española. Hasta los hombres sinceros nos mentimos a nosotros mismos. No debo engañarme más, conmigo no ha venido la paz. Ríos de sangre, muerte, ruina y odio se desbordan por doquier inundando la nación. Ya no me exculpa haber venido con buenas intenciones.
Inicié estos recuerdos con una reflexión sobre el sendero del fracaso, que está empedrado de trivialidades fallidas. Tengo clavado en el alma un dicho popular: el suelo del infierno está empedrado de buenos propósitos.